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Full text of "Obras escogidas de Don Juan de Cominges;"

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OBRAS    ESCOGIDAS 


DE 


D.  JUAN  DE  COMINGES 


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D.   JUAM   DE   COMINGES 


OBRAS  ESCOGIDAS 


DE    DON 


JUAN  DE  COMINGES 


'r>e<'i^'V«3K>'*^ 


CON  SU  BIOGRAFÍA 


POR    EL   DOCTOR 


D.  MATÍAS  ALONSO  CRIADO 


BUENOS  AIRES 
Casa  Editora  de  Juan  A.  Alsina,  México,  1422. 

1892. 


SpyCUv^   S  (o  Q  i .  I  O .  ^ 


HASVASD  COLLEGE  L;:.X.r 

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ARCfllBALD  CARY  COeUDaK    ' 
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CLARENCE  LEONARD  HAY 


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DOS     PALABRAS. 


Pocos  días  después  del  fallecimiento  de  mi  querido  padre, 
al  guardar  los  diversos  apuntes  y  libros  que  ojeó  él,  en  sus 
últimos  días,  encontré  una  hoja  de  papel  escrita  de  su  pufio,y 
letra  dirigida  á  mí,  y  que  dice  así: 

■ 

«Antonio:  no  resistiré  otro  golpe  de  tos.  Tengo  una 
«  sola  voluntad  que  cumplirás.  Gasta  en  un  hoyo  de  cinco 
«  ó  seis  varas  de  hondo  lo  que  habías  de  gastar  en  un 
«  nicho. 

«  Modestia  suma  en  conducirme  al  hoyo. 

«  Nada  de  sufragios. 

«  Pompas  y  misas  son  vanidades.  » 

Cominges, 

Estas  cortas  líneas  confirman  por  escrito  las  últimas  disposi- 
ciones que  recibí  de  sus  labios,  y  retratan  la  sencillez  de  su 
carácter  y  la  firmeza  de  sus  ideas,  hasta  el  postrer  momento 
de  su  vida. 

Sus  últimos  deseos  han  sido  cumplidos.  Un  grupo  de  amigos 
íntimos  le  acompañó  por  última  vez  hasta  el  cementerio  de  La 
Chacarita,  y  una  modesta  inscripción  señala  allí  solamente  el 
lugar  dónde  descansan  sus  restos  mortales. 

Pero  sus  hijos  han  sentido  como  una  necesidad  imperiosa  de 
su  espíritu,  el  deseo  de  honrar  su  cariñosa  memoria,  ya  que  no 
con  pompas  suntuosas  ni  con  lujoso  mausoleo,  imprimiendo 


en  un  modesto  libro  algunos  de  sus  escritos,  de  sus  poesías  y 
de  sus  exploraciones,  que  recuerdan  constantemente  sus  vir- 
tudes y  los  delicados  sentimientos  de  su  alma;  que  encierran 
la  historia  de  su  laboriosa  vida;  que  son  la  expresión  fiel  de  su 
profundo  amor  á  este  país  hospitalario,  de  su  entusiasmo  y  su 
fe  por  su  progreso,  de  su  pasión  por  la  Agricultura  y  de  su 
cariño  fraternal  y  entrañable  á  los  inocentes  indígenas  de  las 
selvas  del  Chaco,  á  cuya  defensa  y  servicio  consagró  los  últi- 
mos años  de  su  existencia. 

Dedicarle  este  humilde  homenaje  de  cariño  y  respeto  filial, 
es  el  único  objeto  de  este  libro;  y  no  podemos  dejar  de  hacer 
presente  aquí  nuestra  gratitud  hacia  los  dos  queridos  amigos 
de  nuestro  inolvidable  padre,  que  con  tanto  amor  se  han  aso- 
ciado á  este  pensamiento,  el  Dr.  D.  Matías  Alonso  Criado,  es- 
cribiendo una  sentida  biografía,  y  el  Sr,  D,  Trinidad  Sbarbi 
Osuna,  encargándose  del  orden  y  de  la  ¿orrrección  del  libro, 

Buenos  Aires,  Junio  i.<>  de  1892. 

Antonio  de  Cominges, 


D.JUAN  DE  COMINGES 


El  siglo  XIX^  que  pasará  indudablemente  á  la  historia  como 
el  más  útil  á  la  humanidad  por  los  grandes  adelantos  y  mejo- 
ras que  ha  obtenido  en  todas  las  esferas  de  la  vida,  resolviendo 
grandes  problemas  que  eran  un  secreto  para  los  siglos  prece- 
dentes, ha  dado  en  compensación  de  estos  beneficios  una  vejez 
prematura  á  la  generación  contemporánea,  factor  principal  en 
tan  notable  progreso. 

Período  de  transición  en  la  historia  del  mundo,  las  luchas 
de  ideas  antagónicas,  de  intereses  opuestos  y  de  sentimientos 
contrarios  han  creado  preocupaciones  que,  variando  los  rumbos 
de  la  vida,  han  acortado  la  duración  de  ésta,  por  la  influencia 
de  la  agitación  constante,  del  movimiento  continuo,  de  la  oposi- 
ción sin  tregua  y  de  la  aspiración  sin  límites  que  caracterizan 
la  existencia  personal  en  nuestra  época. 

Si  España,  en  el  apogeo  de  su  grandeza  y  poderío,  dio  las 
joyas  de  sus  monarcas  y  la  sangre  de  sus  capitanes  más  ilustres 
para  descubrir  y  poblar  el  continente  americano,  en  los  siglos 
XV  y  XVI,  en  nuestro  siglo,  no  obstante  las  vicisitudes  políti- 
cas de  la  ex-metrópoli,  desangrada  por  haber  engendrado  diez 


VIII  JUAN    DE    COMINGES. 


y  ocho  naciones  de  su  estirpe  é  idioma  en  América,  ha  dado 
también  á  ésta  un  buen  contingente  de  hijos  ilustres,  que' no 
han  venido  en  son  de  guerra,  sino  con  bandera  de  paz,  á  difun- 
dir en  el  nuevo  continente  la  ciencia  y  experiencia  adquiridas 
en  Europa  bajo  obstáculos  tradicionales,  asociándose  al  pro- 
greso americano  é  identificándose  con  sus  aspiraciones  con 
tanto  entusiasmo,  y  aún  á  veces  con  mas  pasión,  que  los  hijos 
>.  naturales  de  este  suelo.  Desde  el  golfo  de  Méjico  al  estrecho 

de  Magallanes,  no  existe  nación  alguna  que,  después  de  su 
independencia,  haya  dejado  de  recibir  de  España  un  contin- 
gente poderoso  de  hombres  competentes  en  el  profesorado, 
en  las  ciencias,  en  el  comercio  y  aún  en  la  milicia. 

Confirma  esta  verdad,  el  móvil  que  nos  guía  á  escribir  estas 
líneas  á  impulsos  de  doble  simpatía,  de  recuerdo  y  homenaje 
al  padre,  y  de  aplauso  y  felicitación  al  hijo  que  consagra  este 
libro  al  sentimiento  mas  puro,  al  deber  filial  ii^as  honroso,  per- 
petuando en  el  Río  de  la  Plata  y  Europa  la  memoria  de  uno 
de  los  caracteres  mas  honrados  y  de  los  genios  mas  activos  y 
universales  que  ha  recibido  América  en  su  seno. 

Hemos  visto  á  Cominges  en  muy  diversas  situaciones  de 
esta  vida,  múltiple  en  sus  faces,  como  el  diamante  hábilmente 
pulido  que  reverbera  en  cada  uno  de  sus  cortes  las  cambiantes 
siempre  distintas,  pero  también  siempre  intensas. 

Con  frases  expresivas  y  honrosas  para  su  memoria,  la  prensa 
del  Río  de  la  Plata  dio  cuenta  del  fallecimiento  del  cumplido 
caballero  cuyo  nombre  sirve  de  epígrafe  á  estas  líneas,  ocurri- 
do en  Buenos  Aires  el  día  13  de  Enero  de  este  año:  El.  Bo/e- 
tin  Industrial,  la  Revista  Ilustrada^  La  Patria  de  Dolores, 
El  Correo  Español^  La  España^  La  Nación  y  algunos  otros 
diarios  publicaron  artículos  biográficos  ámecrológicos  que  de- 
muestran la  general  simpatía  que  Cominges  supo  conquistarse; 
y  nosotros,  que  nos  honrábamos  con  su  amistad,  por  que  le 
conocíamos  bien  de  cerca  y  á  fondo,  fuimos  los  primeros  en 
rendirle  el  último  tributo,  ó  mas  bien  en  pagarle  una  deuda  de 
la  conciencia  y  del  corazón,  ya  que  no  con  lágrimas  vertidas 


biografía  IX 


oportunamente  sobre  su  fosa,  con  el  reconocimiento  y  la  con- 

• 

fesión  pública  de  sus  virtudes  y  méritos.  No  deja  otra  herencia 
á  su 'familia  que  su  buen  nombre,  como  todos,  ó  la  mayor  parte 
de  los  hombres  consagrados  á  la  ciencia  por  amor  á  la  divina 
verdad,  y  atentos  á  sus  conclusiones  como  único  medio  de 
cumplir  con  el  deber  universal  humano  que  impone  la  justicia. 
Los  que  viven,  como  Cominges,  la  vida  espléndida  y  rica  de 
la  dignidad  subjetiva,  vida  llena  de  placeres  íntimos,  pero 
neutralizados  casi  por  los  males  positivos  del  infortunio,  mueren 
por  lo  general  en  el  desamparo  y  en  la  pobreza;  pero  dejan  en 
el  mundo  huellas  perdurables  bien  diferentes  de  aquellas  de 
los  egoistas  afortunados,  que  pueden  compararse  en  lo  efímeras 
con  las  estelas  que  dejan  los  buques  sobre  la  inconstante  super- 
ficie del  mar. 

Si  D.  Juan  de  Cominges  no  hubiera  sido  un  carácter  digno  de 
servir  de  ejemplo  en  esta  época  de  mercantilismo  y  de  sórdido 
interés,  la  fortuna  le  hubiera  sonreido;  pero  entonces  su  nom- 
bre se  sepultaría,  como  sus  restos  mortales,  en  el  silencio,  y 
los  defensores  de  los  intereses  morales  del  presente,  centinelas 
avanzados  de  las  futuras  generaciones,  no  tendríamos  nada  que 
hacer.  Hombres  de  su  talla,  temple  é  ilustración  tienen  el  privi- 
legio de  perpetuar  sus  nombres  con  el  recuerdo  de  sus  emi- 
nentes servicios  á  la  causa  del  progreso,  que  es  la  sacrosanta 
de  la  humanidad,  y  especialmente  los  que,  como  Cominges, 
mueren  tal  vez  prematuramente  á  causa  de  sus  mismos  afanes. 

Por  muchas  consideraciones,  sin  embargo,  nos  es  imposible 
hacer  la  biografía  completa  de  este  mártir,  como  homenaje 
á  su  memoria  y  á  la  amistad  con  que  nos  honraba;  pero  no 
podemos  méqosde  dar  á  conocerá  nuestros  lectores  una  parte 
de  su  agitada  vida,  consagrada  por  entero  á  la  libertad  de  su 
patria,  al  trabajo  moralizador  y  al  progreso  de  América. 


X  JUAN    DE    COMINGES. 


Nació  en  Madrid  el  9  de  Enero  de  1833,  siendo  sus  padres 
D.  Pedro  de  Cominges,  oficial  del  ejército  francés  que,  habien- 
do ido  á  España  durante  la  invasión  de  Napoleón,  se  había 
retirado  después  de  la  carrera  militar,  contrayendo  matrimonio 
por  dos  Veces  en  España  y  fijando  allí  su  residencia  definitiva, 
como  lo  habían  hecho  también  sus  demás  hermanos  (i)y  doña 
Mariana  Prat  y  Prim,  natural  deReus,  de  una  familia  antigua  y 
distinguida  de  Cataluña  (2).  Era  nuestro  biografiado  el  hijo 
menor  del  segundo  matrimonio,  teniendo  una  hermana,  Matilde, 
y  un  hermano,  Francisco.  Del  primer  matrimonio  tenía  dos 
hermanos,  D.  Antonio  y  D.  José. 

Siendo  aún  muy  niño  (á  los  siete  años)  Cominges  perdió  á 
su  padre.  En  su  hermano  mayor,  don  Antonio,  que  era  ya  un 
hombre  y  gozaba  de  una  posición  desahogada,  encontró  la 
infortunada  viuda  un  protector  generoso,  y  Cominges  otro 
padre  cariñoso  y  un  maestro  ilustrado  que  encaminó  sus  pri- 
meros pasos,  cuidando  de  su  primera  enseñanza  y  esmerada 
educación,  haciéndole  ingresar  en  el  colegio  de  los  P.  P.  Esco- 
lapios, donde  comenzó  á  cursar  los  primeros  estudios  que  luego 


(i)  Entre  éstos,  ha  sido  célebre  en  España  y  de  grandes  tradiciones 
en  el  ejército,  el  mayor,  llamado  Carlos,  ascendido  por  Fernando  VII 
á  capitán  general  con  el  título  de  Conde  de  España,  hombre  de  ca- 
rácter duro  y  enérgico,  que  fué  por  algunos  años  capitán  general 
de  Barcelona,  hombre  que,  impresionado  siendo  casi  un  niño  ante 
el  sacrificio  sangriento  de  su  inocente  y  desgraciado  padre  el  Conde 
de  Cominges,  efectuado  en  París  por  las  hordas  desenfrenadas  que 
mancharon  con  inauditas  crueldades  la  revolución  francesa  del  89, 
no  gozó  desde  entonces  del  equilibrio  completo  de  su  razón,  y  que, 
sustituyendo  á  su  noble  carácter  la  rigidez  mas  inflexible  y  las  ex- 
travagancias mas  descabelladas,  fué  abandonado  por  todos  sus  her- 
manos; llegando  á  tal  punto  su  locura  que  cierto  día  declaró,  como 
fuera  de  sí,  que  odiaba  al  pueblo  catalán,  sobre  el  cual  hacía  pesar 
su  implacable  autoridad,  porque  los  gorros  colorados  que  usaba  le 
parecían  aquellos  que  llevaban  en  París  las  turbas  que  asesinaron  á 
su  padre.  El  Conde  de  España  murió  asesinado  por  los  carlistas 
en   1839. 

(2)  Á  ella  perteneció  el  general  don  Juan  Prim  y  Prat— Capitán 
General  y  Ministro  de  la  Guerra  en  España  en  1869. 


biografía  XI 


continuó  con  notable  aplicación  hasta  el  Bachillerato  en   la 
Universidad  Central  de  Madrid. 

Era  entonces  su  hermano  D.  Antonio  gentil-hombre  de 
Cámara  del  palacio  real,  y  gozaba  por  sus  bellas  prendas  de  la 
estimación  de  los  reyes  y  de  toda  la  corte  (3).  Distinguiéndose 
por  su  carácter  franco  y  generoso  y  como  amaate  y  protector 
de  las  letras,  don  Antonio  de  Trueba  le  dedicó  su  primera 
obra  literaria  titulada  «El  cantar  de  los  cantares», 'llamándole 
cariñoso  maestro  y  protector. 

Bajo  tan  docta  y  cariñosa  dirección,  hizo  el  joven  Cominges 
todos  sus  primeros  estudios,  aficionándole  su  hermano  mayor, 
desde  muy  niño,  á  la  literatura  y  la  poesía,  formando  su  estilo 
y  su  gusto,  apartándole  de  los  malos  escritores,  y  poniendo  en 
sus  manos  los  mejores  autores  antiguos  y  modernos,  que  el 
niño  Cominges  devoraba  con  pasión  entusiasta.  Dotado  de  una 
memoria  pasmosa,  sabía  recitar  de  memoria  dramas  enteros, 
comedias  y  buenas  poesías  de  todas  clases  que  no  olvidó  jamás 
después. 

Creada  por  doña  Isabel  II  la  Real  Escuela  de  Agricultura 
y  Horticultura  en  Madriji,  Cominges,  á  la  sazón  de  14  años 
de  edad,  fué  de  los  primeros  alumnos  que  ingresaron  en  ella, 
demostrando  en  lojs  seis  años  de  estudio  sus  aptitudes  y  su 
grande  afición  á  la  Botánica  al  obtener  seis  notas  de  sobre- 
saliente en  los  seis  años  de  curso  y  el  título  de  Ingeniero  Agró- 
nomo á  los  veinte  años  de  edad,  en  1853. 

El  mismo  año  en  que  terminó  sus  estudios,  fué  nombrado 
Ayudante  del  Jardín  Botánico  del  Buen  Retiro,  al  lado  del 
sabio  naturalista  don  Fernando  Boutelou,  pasando  poco  des- 
pués con  el  mismo  cargo  á  los  Jardines  del  Real  sitio  de  Aran- 
juéz.  En  esta  época,  Cominges  empezó  á  distinguirse  por 
algunas  sentidas  poesías  á  la  v^z  que  por  su  carácter  franco  y 
en  extremo  jovial  y  bullicioso,  haciéndose  querer  en  el  acto 


(3)  Don  Antonio  de  Cominges  falleció  en  1890  en  Madrid  siendo 
decano  de  los  Gentiles  Hombres  del  Palacio  de  los  Reyes  de  España. 


XII  JUAN    DE    COMINGES. 


por  cuantos  le  trataban,  y  siendo  el  alma  y  la  animación  de 
las  alegres  fiestas  de  la  juventud  de  aquella  época;  resaltando 
más  estas  prendas  y  siendo  mas  apreciables  por  cuanto  el 
joven  Cominges  era  ya  entonces,  en  sus  ideas  y  sentimientos^ 
el  polo  opuesto  de  la  sociedad  en  que  vivía.  De  condición 
sencilla,  ingenuo,  despreocupado,  enemigo  de  ceremonias  y  de 
ostentaciones,  Cominges  era  demócrata  en  medio  de  los  cor- 
tesanos, demócrata  de  corazón,  y  emitía  con  naturalidad  y 
energía  sus  ideas,  censurando  los  vicios  y  costumbres  de  la 
corte  y  hablando  con  verdad  y  franqueza  á  los  mismos  mo- 
narcas. 

En  1855  ingresó  en  la  Milicia  Nacional,  donde  pronto  fué 

» 

ascendido  á  cabo  y  después  á  sargento  primero  en  el  batallón 
Ligeros  de  Madrid,  tomando  parte  activa  en  todos  los  movi- 
mientos populares  de  aquel  tiempo.  En  la  sangrienta  jorna- 
da de  1856  en  Madrid,  cuando  una  intriga  palaciega  derribó 
por  segunda  vez  á  Espartero,  el  batallón  á  que  pertenecía 
ocupaba  el  palacio  de  Vista  Hermosa,  esquina  al  paseo 
del  Prado  y  frente  al  Retiro.  A  poca  distancia,  el  general 
Dulce  estableció  en  una  altura  del  mismo  Retiro  una  batería, 
cuyos  cañones  dominaban  el  palacio  convertido  en  baluarte 
de  las  libertades  públicas.  Cominges  nos  ha  narrado  los 
episodios  de  aquel  triste  día.  El  mencionado  general  envió 
un  mensaje  proponiendo  la  rendición  con  honrosas  condicio- 
nes, supuesto  que  toda  resistencia  sería  inútil.  Rechazada  la 
intimación,  batió  la  artillería  el  palacio  durante  algunas  horas 
hasta  convertirlo  en  ruinas;  cesó  el  fuego  y  el  general  Dulce 
en  persona,  con  bandera  de  parlamento,  se  acercó  al  palacio, 
en  cuyo  interior  habían  muerto  heroicamente  el  comandante 
del  batallón,  un  capitán  y  varios  oficiales,  cuyos  nombres  sen- 
timos no  recordar.  Los  nacionales  que  quedaban  vivos,  reu- 
nidos en  consejo,  resolvieron  enviar  á  Cominges,  aunque  te- 
nía un  brazo  fracturado  por  una  bala,  para  hacer  saber  al 
general  que  estaban  dispuestos  á  todo  menos  á  rendirse.  El 
palacio  fué  entonces  asaltado  por  tres  veces  por  varios  regi- 


biografía  .  XIII 


mientes  de  infantería  que  fueron  otras  tantas  veces  rechazados 
por  sus  bravos  defensores.  De  noche  ya,  el  general  mandó 
otro  parlamentario  para  hacerles  saber  que  no  quedaba  ya  en 
todo  Madrid  un  solo  miliciano  nacional  con  las  armas  en  la 
mano;  que  concedía  todps  los  honores  de  la  guerra  con  tal 
que  desocuparan  el  palacio;  y  que  le  causaría  honda  pena  el 
tener  necesidad  de  acabar  de  derribar  aquellas  ruinas,  enter- 
rando bajo  de  ellas  aquel  puñado  de  valientes.  Reunidos  por 
segunda  vez  en  consejo  y  aceptada  por  fin  la  capitulación, 
unos  cuantos  soldados,  todos  heridos,  mandados  por  un  te- 
niente  con  la  cabeza  vendada,  único  jefe  que  quedaba,  y  el 
sargento  Cominges,  también  herido,  desocuparon  el  palacio 
saliendo  de  él  ya  muy  entrada  la  noche,  en  formación  y  á  tam- 
bor batiente. 

Antes  de  ésto,  por  real  orden  de  fecha  15  de  Noviembre 
de  1855,  Cominges  fué  comisionado  para  dirigir  las  nuevas 
plantaciones  que  se  iban  á  ejecutar  en  el  terreno  que  fué 
huerta  de  San  Jerónimo,  al  lado  del  histórico  templo  del  mis- 
mo nombre;  y  terminadas  estas  plantaciones,  por  real  orden 
de  5  de  Octubre  de  1857,  volvió  á  desempeñar  su  antiguo  des- 
tino en  Aranjuez. 

En  1858,  fué  nombrado  director  de  los  reales  jardines  y 
bosques  de  San  Ildefonso,  y  en  1860  fué  pensionado  por  el 
gobierno  español  durante  un  año  para  visitar  y  estudiar  los 
jardines  botánicos  de  Francia,  Inglaterra  y  Alemania  y  los  ade- 
lantos agrícolas  de  estas  naciones. 

En  San  Ildefonso,  durante  las  temporadas  de  verano  en  que 
se  reunía  allí  toda  la  Corte,  Cominges,  en  compañía  de  las 
principales  familias  de  la  población,  organizó  y  dirigió  excelen- 
tes representaciones  de  comedias  y  dramas  en  el  teatro  de 
aquella  localidad,  tomando  parte  en  ellas,  debiendo  advertirse 
que  también  representaban  muchas  veces  los  actores  mas  no- 
tables de  España,  como  eran  Julián  Romea,  Matilde  Diez,  Teo- 
dora Lamadrid  y  el  jovencito  Rafael  Calvo,  que  empezaba 
entonces  á  aparecer  en  las  tablas;  siendo  Cominges  muy  aplau- 


XIV  JUAN    DE    COMINGES. 


dido  por  la  vida  que  daba  á  sus  papeles,  por  su  naturalidad  y 
por  su  fina  y  desembarazada  elegancia. 

Por  entonces  y  para  ser  representadas  en  aquel  teatro  á 
beneficio  de  los*  heridos  de  la  guerra  de  África,  escribió  Co- 
minges  varías  comedias  de  costumbres  en  verso,  tales  como: 
t^  El  paralelo  T^  ^El  Tesoro,!^  y  «Z?.  Rufo  Pajares^  Alcalde 
perpetuo  del  pueblo  de  Tabanera^  ^  que  fueron  muy  aplaudidas 
y  celebradas  por  la  gracia  y  la  facilidad  de  su  estilo. 

Es  memorable  el  atractivo,  y  la  animación  que  Cominges  con 
su  alegre  carácter  supo  dar  en  aquella  época  á  las  temporadas 
de  verano  en  que  la  Corte  de  España  pasaba  algunos  meses 
en  la  Granja,  ya  en  frecuentes  paseos  y  meriendas  campestres, 
ya  en  expediciones  á  las  sierras  viajando  en  burros,  ora  en 
cacerías  por  los  bosques  de  Balsain  y  Río  Frío,  ora  en  origina- 
les fiestas  de  todo  género  en  los  jardines  reales.  Por  sus  bellas 
prendas  morales,  por  su  ameno  y  amable  trato,  por  la  ternura 
y  delicadeza  de  sus  sentimientos  juntamente  con  la  viveza  de 
su  alegre  genio,  fué  Cominges  como  el  niño  mimado  de  aquella 
sociedad  y  mereció  señaladas  pruebas  del  aprecio  de  los  Reyes, 
á  quienes  siempre  respetó  y  profesó  leal  cariño,  no  obstante 
sus  convicciones  democráticas  y  republicanas. 

Para  conocer  hasta  que  punto  rayaba  en  franco  y  original 
su  carácter,  narraremos  el  siguiente  hecho :  Paseaba  una  tarde 
la  reina  doña  Isabel  II  por  los  jardines  de  San  Ildefonso, 
acompañada  de  las  personas  mas  distinguidas  de  la  Corte, 
grandes  de  España,  generales,  prelados  y  demás  altas  dignida- 
des, y  rodeaban  al  príncipe  Alfonso,  muy  niño  entonces,  mu- 
chas  señoras  de  edad,  monjas,  frailes  y  sacerdotes.  Iba  Comin- 
ges bastante  atrásenla  comitiva,  en  el  puesto  que  por  etiqueta 
le  correspondía,  cuando  la  reina  le  indicó  que  se  acercase  para 
hacerle  algunas  preguntas  sobre  los  jardines,  como  solía  ha- 
cerlo muy  á  menudo.  Aproximóse  Cominges,  que  en  aquel 
momento  llevaba  de  la  mano  á  su  hijo. 

— Dime,  Cominges — le  dijo  la  reina — ¿por  qué  tu  hijo,  sien- 


BIOGRAFÍA  XV 


,do  dos  años  menor  que  Alfonso,  está  mucho  más  desarrollado 
y  robusto? 

— Señora,  respondió  en  el  acto  Cominges,  ^por  que  no  se 
cria  entre  frailes  ni  viejas.  » 

Hizo  reír  á  la  reina  esta  ocurrencia,  y  á  muchas  de  las  per- 
sonas que  la  acompañaban  y  que  alcanzaron  á  oiría. 

—  <  Señora,  continuó  Cominges,  la  educación  que  recibe  el 
niño  príncipe  está  matando  la  grandeza  de  su  alma  y  el  vigor 
de  su  cuerpo.  Eso  de  que  «  S.  M.  no  se  aparte  de  la  sombrilla, 
que  S.  M.  no  salte  ese  reguero  » ,  encadenando,  por  decirlo 
así  en  una  palabra,  todos  los  actos  propios  de  su  edad,  le  con- 
vierten en  un  autómata,  en  un  esclavo  sin  voluntad  ni  alegría. 
Por  otro  lado,  con  un  celo  de  piedad  mal  entendida,  se  llenan 
las  paredes  de  su  estancia  con  láminas  de  santos,  de  purgato- 
rios con  llamas,  de  demonios  y  horribles  suplicios,  y  ocupando 
su  imaginación  constantemente  con  estas  ideas  y  con  este  gé- 
nero de  vida,  están  fabricando,  señora,  un  nuevo  Carlos  II. 
Dad  al  niño  una  educación  científica  y  varonil ;  dejadle  la  liber- 
tad que  requiere  la  infancia  para  su  desarrollo  físico  y  propor- 
cionadle distracciones  y  ejercicios  marciales  que  ensanchen  su 
espíritu.» 

El  día  siguiente  se  encargaba  un  distinguido  general  de  la 
educación  del  príncipe,  y  como  principal  entretenimiento,  se 
formaba  en  San  Ildefonso  un  batallón  de  niños  que  él  mandaba, 
haciendo  ejercicios  y  maniobras  militares  y  ejercitándose  en  la 
construcción  de  fortificaciones. 

Tal  era  Cominges  en  la  sociedad  aristocrática.  Veamos 
ahora  como  era  apreciado  entre  la  gente  humilde  del  pueblo. 

Después  de  una  ausencia  de  más  de  veinte  y  cinco  años,  le  re- 
cuerdan aún  todos  los  días  en  la  Granja  como  al  padre  cariño- 
so, como  al  amigo  sencillo,  como  al  protector  en  todas  sus  des- 
gracias. 

El  vecindario  de  San  Ildefonso  se  compone  en  su  mayor  parte 
de  los  obreros  que  cuidan  sus  soberbios  jardines  y  montes 
reales.  Cuando  Cominges  fué  nombrado  Director,  era  eos- 


XVI  JUAN    DE    COMINGES. 


tumbre  durante  el  riguroso  invierno,  que  allí  dura  ocho  meses, 
el  suspender  los  trabajos  casi  todos  los  días  por  causa  de  las 
nevadas,  perdiendo,  por  tanto,  los  obreros  sus  jornales  y  su- 
friendo con  los  rigores  de  la  estación  una  miseria  espantosa. 
El  primer  día  que  Cominges  tomó  posesión  de  su  cargo, 
modificó  radicalmente  este  inhumano  procedimiento:  ordenó 
que  cuando  nevara,  se  ocupasen  todos  los  obreros  en  los  inver- 
náculos; ideó  la  construcción  de  grandes  edificios  destinados 
á  fábricas  de  canastería,  macetas,  caños  de  barro  para  las 
aguas  de  las  fuentes,  etc.  etc.,  con  el  solo  objeto  de  entretener 
á  los  obreros  cuando  el  tiempo  no  permitiese  otras  labores; 
dispuso  que  cada  jornalero  llevase  diariamente  á  su  casa  un 
haz  de  leña  de  los  residuos  de  la  poda  de  los  árboles,  y  con 
tales  arbitrios  Cominges  tuvo  el  placer  de  acabar  en  un  solo 
día  con  el  frío  y  las  miserias  de  aquel  pueblo  trabajador  y  mo- 
rigerado. Añádase  á  ésto  la  sencillez  y  afabilidad  con  que  Co- 
minges trataba  hasta  al  mas  ínfimo  de  los  obreros,  demostrando 
la  delicadeza  y  bondad  de  su  alma,  y  la  tierna  amistad  que  es- 
trechó con  todos,  asistiéndoles  personalmente  en  cuantos  casos 
le  necesitaban,  y  se  formará  idea  del  modo  de  ser  de  Comin- 
ges y  del  cariño  que  le  profesaron. 

No  satisfecho  con  ésto,  en  su  casa  particular  instaló  con 
sus  propios  y  cortos  recursos  una  cátedra  de  matemáticas  y 
una  academia  de  dibujo  lineal  que  él  personalmente  dirigía  y  á 
la  que  asistía  todas  las  noches  la  juventud  del  pueblo. 


Cominges,  aunque  pertenecía  á  una  familia  monárquica, 
aunque  educado  en  la  Corte  y  en  una  escuela  realista,  aunque 
verdaderamente  sentía  cariño  y  gratitud  hacia  las  personas 
de  los  reyes,  era  por  organización  de  su  naturaleza  demócrata 
y  republicano  ardiente.  Veía  con  amargura  las  miserias  y  do- 
lores de  una  nación  en  otro  tiempo  grande  y  feliz;  veía,  por 
estar  cerca  de  la  Corte,  la  vana  ostentación,  el  lujo,  el  derroche 


BIOCRAFIAS  XVII 


de  inmensos  caudales  por  parte  de  una  clase  privilegiada  de 
la  sociedad,  mientras  que  existía  un  pueblo  digno  de  mejor 
suerte,  que  con  el  trabajo  rudo  y  constante  de  todo  el  año  no 
obtenía  lo  necesario,  no  ya  para  el  preciso  sustento  y  la  edu- 
cación de  sus  hijos,  sino  para  pagar  siquiera  los  impuestos  y 
las  contribuciones.  En  el  buen  camino  en  que  desde  su  niñez 
se  hallaba,  hubiera  encontrado  vasto  espacio  para  su  actividad, 
amplias  recompensas  y  los  honores  que  mas  estima  la  vulga- 
ridad de  las  gentes,  con  solo  conformarse  con  las  condiciones 
del  medio  social  en  que  fatalmente  se  había  desarrollado  y 
educado;  pero,  dotado  naturalmente  de  clarísima  inteligencia 
y  de  corazón  invariablemente  inclinado  á  la  rectitud  y  á  la  hon- 
radez, no  pudo  transigir  con  los  principios  que  allí  prevalecían; 
el  uniforme  brillante,  que  los  grandes  de  España  lucían  con 
orgullo,  lo  llevaba  Cominges  con  dolor,  viendo  en  él,  según 
sus  palabras,  solo  la  servil  librea  del  lacayo;  y  antes  que  vivir 
ostentosamente  haciendo  traición  á  sus  convicciones  y  senti- 
mientos, prefirió  abandonar  su  carrera.  Tenía  fé  y  entusiasmo 
por  la  causa  republicana  y  no  pudo  dejar  de  tomar  parte  activa 
en  la  revolución  del  22  de  Junio  de  1866  en  Madrid,  revolu- 
ción que  fué  enérgicamente  reprimida,  y  por  cuyas  consecuen- 
cias fué  condenado  á  la  pena  de  muerte,  que  en  seguida  se  la 
conmutó  Isabel  II  por  la  de  destierro  á  la  ciudad  de  León,  sa- 
liendo muy  luego  para  ella  custodiado  por  la  guardia  civil. 

Cominges  se  encontró  de  repente  en  una  población  aparta- 
da y  desconocida,  sin  dinero  y  sin  relaciones,  como  preso, 
pues  tenía  la  ciudad  por  cárcel,  vigilados  por  la  policía  sus  me- 
nores movimientos,  mirado  de  reojo  por  las  personas  de  aque- 
lla población  que  veían  en  el  joven  forastero  al  revolucionario, 
al  demagogo,  al  republicano,  y  sin  saber  en  que  ocuparse  para 
sostener  á  su  familia. 

Pero  Cominges  era  uno  de  esos  caracteres  enérgicos  que 
no  se  acobardan  ante  ninguna  desgracia,  y,  hombre  de  fé, 
confiado  siempre  en  una  Providencia  justa.  Su  carrera  estaba 
cortada:   sus  estudios  de  veinticuatro  años  aparecían  inútiles 


XVIII  JUAN    DE    COMINGES 

t 

en  aquel  terrible  momento;  pero  era  joven,  tenía  fuerzas  para 
trabajar,  sabía  entre  otras  cosas,  hacer  jabón;  y,  ayudado  con 
algunos  recursos  por  su  constante  y  generoso  amigo,  el  Sr.  D, 
Ramón  Aranáz,  diputado  á  Cortes  y  rico  banquero  y  propie- 
tario de  Madrid,  estableció  una  pequeña  fábrica,  donde  traba- 
jando él  y  su  esposa  por  la  noche  al  lado  de  la  caldera,  y 
vendiendo  por  el  día  el  jabón  en  el  mercado,  ganaban  lo  sufi- 
ciente para  sostenerse. 

Fuertes  emociones  conmovieron  entonces  el  alma  de  Co- 
minges.  ¡Qué  contraste  aquél,  tan  repentino  como  tremendo; 
Pocos  días  antes,  querido,  mimado,  rodeado  de  todas  las  como- 
didades en  medio  de  la  sociedad  mas  distinguida  de  la  corte 
de  España,  con  una  carrera  brillante,  por  ,1a  cual  tenía  pasión 
profunda  y  en  una  posición  envidiable  en  atención  á  su  edad 
entonces;  poco  después,  solo,  en  un  lejano  pueblo  de  provin- 
cia, vestido  como  un  lugareño  del  país  y  vendiendo  á  gritos  su 
jabón  en  medio  de  la  plaza  de  una  feria  semanal  para  mante- 
ner á  su  familia.  Solo  un  espíritu  de  su  temple  pudo  soportar 
aquel  infortunio  y  adaptarse  á  tal  género  de  vida,  y  lo  que  es 
más  aún,  sin  perder  su  característico  buen  humor. 

Pronto  se  hizo  célebre  entre  las  gentes  de  todos  los  pueblos 
inmediatos  á  León,  que  solían  ir  á  comprar  á  las  ferias:  todos 
le  conocían  y  le  designaban  con  el  sobrenombre  del  Tio  Cua- 
tro ojos^  á  causa  sin  duda  de  que  siempre  usaba  gafas  por  ser 
muy  miope,  y  las  mozas  de  aquellos  lugares  preferían  su  pues- 
to por  la  razón,  según  declaraban,  de  gustarles  mucho  las  co- 
sas que  les  decía  el  Tio  Cuatro  ojos. 

La  desgracia,  la  pobreza,  (4)  el  rudo  trabajo  diario  y  la  so- 


(4)  Careciendo  de  recursos  Cominges  se  dirigía  á  las  Ferias  de 
la  provincia  de  León,  conduciendo  tres  ó  cuatro  burros  cargados 
con  jabón — hacía  noche  debajo  de  los  depósitos  de  agua  en  las  es- 
taciones del  ferro -carril  y  una  vez,  al  entrar  en  La  Bañesa,  por 
haber  equivocado  la  calle  en  que  estaba  el  fielato  ó  inspección  de 
impuestos  municipales,  se  le  decomisó  la  mercancía  y  estuvo  preso 
algunas  horas. 


biografía  XIX 


ledad  en  que  vivía  en  León^  contribuyeron,  sin  duda,  á  arrai- 
gar cada  vez  más  sus  ideas  democráticas.  Los  momentos  que 
su  trabajo  material  le  permitía,  los  ocupaba  Cominges  en  dis- 
traer su  espíritu  estudiando  los  monumentos  y  preciosas  anti- 
güedades que  existen  en  aquella  ciudad.  Sacó  copias  de  los 
dibujos  y  relieves  de  su  hermosa  catedral;  visitó  el  cadáver 
de  la  reina  doña  Sancha  que  se  conserva  en  una  iglesia  de 
aquella  capital.  Está  el  sepulcro  en  el  centro  de  una  oscura 
nave  lateral  cerrada  por  una  espesa  verja  de  hierro  y  fabricado 
de  macizo  granito.  Descorrida  por  varios  hombres  su  pesada 
tapa  de  piedra  se  vé  allí  intacto  el  cuerpo  de  doña  Sancha, 
que  se  conserva  admirablemente  después  de  algunos  siglos, 
con  el  severo  traje  de  tupida  seda  negra  usado  en  aquella 
época.  Solo  le  falta  un  pié,  que  se  conoce  ha  sido  cortado  y, 
según  se  cree  vulgarmente,  fué  robado  por  un  viajero  inglés. 

Contrajo  Cominges  en  León  relaciones  amistosas,  (y  esto 
es  verdaderamente  curioso,)  con  los  padres  Jesuitas  que  ocu- 
paban el  histórico  convento  de  San  Marcos,  dirigiendo  allf  un 
colegio.  (5)  Este  convento  es  famoso  por  haber  estado  preso 
en  él  en  el  siglo  XVII  don  Francisco  de  Quevedo  y  Villegas, 
célebre  poeta,  y  su  fachada  principal  es  de  una  belieza  y  un 
mérito  notables. 

Algún  tiempo  después,  con  permiso  del  gobierno,  trasladó 
su  fábrica  de  jabón  á  la  ciudad  de  Astorga,  capital  de  los 
Maragatos,  fundadores  de  San  José  en  la  República  Oriental 
y  de  Patagones  en  la  Argentina.    En  Astorga  también  se  ocu- 


(5)  Estos  sabios  jesuítas  pusieron  á  la  disposición  de  Cominges  su 
magnífica  biblioteca  y  demostraban  particular  agrado  en  que  les 
acompañara  á  comer  algunos  días,  y  sobre  todo,  en  las  conversacio- 
nes y  discusiones  á  que  daban  lugar  de  sobre  mesa  sus  opuestas  ideas. 
— Cominges,  esta  vez,  supo  también  h^.cerse  querer,  de  aquellos  ilus- 
trados jesuítas  y  estrechó  con  ellos  una  tierna  amistad.  Poco  tiempo 
después,  triunfante  la  revolución  del  68,  Cominges  recibía  encargo 
del  Gobernador  Acevedo  de  comunicar  á  sus  amigos,  la  orden  de 
destierro  y  entonces  hizo  con  su  influjo  que  se  les  guardara  todas 
las  atenciones  que  merecían  por  parte  del  nuevo  gobierno. 


XX  JUAN    DE    COMINGES. 


pó  en  la  construcción  de  la  carretera  que  vá  desde  dicha  ciu- 
dad á  la  estación  del  ferro-carril,  y  fué  destagista  de  la  vía 
férrea  de  Astorga  á  Brañuelas. 

Por  real  orden  del  26  de  Septiembre  de  1867,  se  Je  reco- 
noció el  derecho  á  la  jubilación  por  los  diez  y  ocho  años  y 
algunos  meses  quc:  le  resultaban  de  servicios  abonables  á  la 
real  casa  como  Director  de  los  reales  jardines  de  San  Ildefon- 
so. Esta  medida,  era  impulsada  por  la  bondad  de  Isabel  II, 
que  apreciaba  y  quería  á  Cominges  á  pesar  de  sus  ideas  re- 
publicanas. 

En  León  se  relacionó  estrechamente  Cominges  con  el  dis- 
tinguido patricio  don  Mariano  Alvarez  de  Acevedo  y  otros 
caracterizados  jefes  de  los  partidos  liberales,  y  con  el  entu- 
siasmo de  siempre  trabajó  y  luchó  valerosamente  á  su  lado 
por  el  triunfo  de  la  revolución  de  1868,  que  derrocó  á  doña 
Isabel  II  y  acabó  por  el  pronto  con  la  dinastía  de  los  Borbones. 
Allí  fundó  Cominges  y  redactó  con  valentía  el  primer  diario 
que  en  España  se  tituló  La  República, 

Tomamos  los  siguentes  párrafos  de  una  carta  escrita  des- 
pués de  la  revolución  por  D.  Mariano  Alvarez  de  Acevedo, 
siendo  Gobernador  de  León,  y  que,  refiriéndose  á  Cominges, 
demuestran  el  aprecio  y  la  estimación  que  le  merecía:  «Al 
«  hacer  una  tentativa  para  sublevar  la  ciudad  de  Astorga  y 
«  los.  obreros  del  ferrocarril  del  Noroeste,  cuando  el  alzamiento 
«  de  Agosto  de  1867,  me  hubiera  visto  solo,  abandonado  de 
«  todos  mis  amigos  y  lleno  de  amargura,  á  no  ser  por  la  es- 
«  pontánea  presentación  de  don  Juan  de  Cominges  y  Prat, 
«  quien  con  sus  criados,  armas  y  dinero  me  acompañó  desa- 
le fiando  todos  los  riesgos,  hasta  que,  frustrados  mis  planes, 
«  y  estando  en  terreno  conocido,  le  mandé  retirarse  y  aguar- 
«  dar  ocasión  más  favorable. 

«  Desde  aquella  época  estoy  en  relación  con  él,  y  en  quien 
«  deposito  mi  confianza  porque  me  consta  su  abnegación  y 
«  patriotismo.  En  esta  última  tan  corta  como  penosa  campa- 
re ña  le  he  privado  del  placer  de  acompañarme  algunas  veces, 


BIOÍ:  RAFIA  XXI 


«  por  considerarle  indispensable  para  el  desempeño  de  comi- 
«  siones  de  la  más  alta  importancia,  cuales  han  sido  común i- 
«  car  mis  órdenes  por  terrenos  escabrosos  y  llenos  de  enemi- 
«  gos  y  sublevar  el  pueblo  de  la  Magdalena  de  donde  sacó 
«  diez  voluntarios  armados». 

Perteneciente  á  esta  época,  recordaremos  un  hecho  que  re- 
vela el  modo  de  ser  y  de  sentir  de  Cominges  en  todos  los  ac- 
tos de  su  vida.  Una  mañana  recibió  carta  de  Madrid  en  la  que 
su  hermano  D.  Francisco  le  comunicaba  la  triste  noticia  del 
fallecimiento  de  su  querida  madre,  y  al  mismo  tiempo  le  remitía 
en  una  letra  de  cambio  la  parte  que  le  correspondía  de  su  cor-  ^ 
ta  herencia,  rogándole  que  por  esta  vez,  aunque  no  fuese  muy 
de  acuerdo  con  sus  ideas,  hiciera  un  funeral  y  ordenara  misas 
durante  algún  tiempo  por  el  alma  de  la  finada,  haciendo  ade- 
más algunas  limosnas  á  la  iglesia;  para  cumplir  así  sus  últimos 
deseos,  del  mismo  modo  que  en  Madrid  lo  habían  efectuado 
todos  sus  hermanos.  ^ 

Cominges,  que  adoraba  á  su  anciana  madre,  terminó  la  lec- 
tura de  la  carta,  rodando  algunas  lágrimas  por  sus  mejillas:  sa- 
lió silencioso  á  la  calle  y  en  seguida  recorrió  sin  descansar 
durante  todo  el  día  las  calles  y  plazas  de  León  en  busca  de  los 
pobres  mendigos  para  citarles  á  su  casa  á  las  ocho  de  la  ma- 
ñana del  día  siguiente.  Antes  de  la  hora  indicada,  la  calle  de 
su  domicilio  se  hallaba  atestada  de  centenares  de  indigentes, 
pues  fué  aquel  un  año  en  que,  habiéndose  perdido  las  cose- 
chas, familias  enteras  de  labradores  pedían  limosna  por  los 
pueblos.  Cominges,  haciéndoles  pasar  uno  á  uno  y  ocupado 
en  esta  faena  todo  el  día  con  su  familia,  distribuyó  entre  los 
pobres  el  importe  de  su  pequeña  herencia  y  con  el  sentimien- 
to de  que  no  fuese  más  cuantiosa  para  remediar  mejor  tan 
grandes  necesidades.  Los  socorridos  se  pusieron  de  acuerdo 
para  quedarse  en  la  calle  y  rezar  después  todos  juntos,  según 
costumbre  piadosa  en  la  provincia  de  León;  pero  sabido  que 
fué  por  Cominges,  bajó  en  seguida  á  la  calle  y  les  rogó  con 
dulzura  que  cada  uno  fuese  á  su  casa  y  allí,  solos  y  sin  testigos, ' 


XXII  JUAN  DE  COMINGES 


rezaran  particularmente  cuanto  quisieran  por  el  alma  de  la 
más  virtuosa  de  las  madres. 

[Madre  mía — exclamó  Cominges  cuando  se  vio  solo — tú 
que,  ya  libre  de  las  miserias  y  de  las  preocupaciones  de  este 
mundo,  gozas  en  este  momento  de  la  verdad  eterna  en  premio 
de  tus  virtudes,  aprobarás  complacida,  seguro  estoy  de  ello, 
que  honre  con  la  santa  caridad  tu  sagrada  memoria! 

Cominges  era  verdadero  creyente  y  sincero  religioso:  creía 
en  el  Ser  Supremo,  en  un  Dios  de  infinita  bondad  y  perfección 
que  preside  la  harmonía  del  universo  y  todo  lo  dirige  con  sus 
sabias  é  inmutables  leyes;  pero  era  un  franco  é  implacable 
enemigo  del  fanatismo,  de  las  supersticiosas  ceremonias  y  de 
las  vanidosas  ostentaciones.  Para  admirar  y  venerar  la  gran- 
deza de  Dios,  hallaba  solo  digno  el  gran  templo  de  la  natura- 
leza, y  así  es  que  exclamaba  en  una  de  sus  poesías,  que  el 
hombre 


Podrá  doquiera  levantar  altares, 
Que  Dios  se  manifiesta  por  doquiera, 
En  los  astros  que  brillan  á  millares, 
En  la  gentil  palmera, 
En  el  profundo  abismo  de  los  mares; 


Ya  sin  trabas  la  humana  inteligencia 
No  encerrará  en  un  mísero  palacio 
De  Dios  la  omnipotencia. 
Cuyo  palacio  y  templo  es  el  espacio; 
Que  allí  donde  la  vida  está  sembrada. 
Allí  de  Dios  existe  la  morada. 


Enemigo  del  orgullo  y  de  la  vanidad  humana,  sencillo  por 
naturaleza,  al  visitar  algunos  años  antes  el  magnífico  cemente- 
rio del  Padre  Lachaisse  en  París,  miraba  con  desprecio  los  lu- 
josos mausoleos  ó  monumentos 


BIOGRAFÍA  XXIII 


Que  alzó  la  humaua  soberbia 
Para  llevar  sus  locuras 
Más  allá  de  la  existencia. 


Su  alma  solo  se  conmueve  ante  la  modesta  tumba  de  un  ni- 
ño, abandonada  y  cubierta  de  yerba,  en  la  que 

Solo  una  cruz  de  madera 
Nos  dice  que  allí  reposa 
Un  querubín  de  la  tierra. 

Solo  entonces,  ante  tan  humilde  sepultura,  siente  Cominges 
vibrar  las  delicadas  «fibras  del  sentimiento,  y  dice  su  natural 
ingenuidad: 

Del  corazón  á  los  ojos 

Subió  una  lágrima  tierna; 

Se  doblaron  mis  rodillas, 

Tocó  mi  labio  la  tierra, 

Y  exclamé:     ¡Si  aquí  hay  dolores 

En  el  cielo  hay  recompensa! 

El  afto  1869,  estando  Cominges  ya  en  Madrid,  supo  que  en 
León  se  había  levantado  una  partida  carlista  bajo  las  órdenes 
del  coronel  Balanzátegui,  de  gran  prestigio  en  aquella  provin- 
cia y  que  contaba  con  grandes  ramificaciones  en  toda  España; 
partida  que,  apesar  de  las  persecuciones  por  las  tropas  del  go- 
bierno, engrosaba  cada  día  sus  filas,  sin  ser  alcanzada  nunca, 
favorecida  por  las  asperezas  de  aquellas  montañas  y  las  sim- 
patías de  causa  en  aquellos  parajes.  D.  Mariano  Alvarez  de 
Acevedo  comprendió  desde  luego  que  aquél  era  el  principio  y 
el  centro  de  la  formidable  rebelión  carlista  que  siguió  después; 
que  las  tropas  regulares  del  gobierno  tardarían  mucho  en  al. 
canzar  á  las  carlistas;  y  que  era  necesario  dar  un  golpe  de  ma- 
no atrevido,  con  gente  de  las  mismas  montañas,  cosa  que  solo 
á  él  le  era  posible.   Telegrafió  á  Cominges,  ordenándole  que 


XXIV  JUAN    DE    COMINGES. 


en  el  día  pidiera  al  general  Prím  las  armas  y  recursos  necesa- 
rios para  tal  campaña. 

— Ya  he  mandado  tropas,  le  dijo  Prím. 

— Que  están  dejando  á  Balanzátegui  que  organice  las  suyas, 
le  contestó  Cominges  con  energía. 

Aquella  misma  tarde  salió  Cominges  de  Madrid  en  un  tren 
especial  con  las  armas  y  elementos  requeridos,  llegando  pocas 
horas  después  á  León,  donde  le  esperaba  D.  Mariano  Alvarez 
de  Acevedo  con  los  voluntarios  leoneses  y  otras  numerosas 
personas,  entre  las  cuales  recordamos  á  su  intrépido  sobrino 
D.  Emilio  Reyero  y  Acevedo  y  al  distinguido  ingeniero  D.  Luis 
Ferié. 

Al  día  siguiente,  organizada  una  división  de  unos  trescientos 
voluntarios,  subdividida  en  tres  compañías,  una  de  las  cuales 
mandaba  Cominges,  y  después  de  marchar  día  y  noche  tre- 
pando por  las  fragosidades  de  la  montaña  del  Norte  de  la  Pro- 
vincia de  León,  se  acercó  una  madrugada  á  la  altura  del  pueblo 
de  Prioro  donde  muy  tranquilos  acampaban  los  carlistas  sin 
sospechar  la  llegada  del  enemigo. 

Había  dividido  Acevedo  su  gente  de  tal  manera  que  mandó 
á  Cominges  que  se  acercara  por  la  ladera  izquierda  de  la  mon- 
taña, mientras  que  otra  compañía  se  aproximara  por  las  al- 
turas de  la  derecha,  y  él,  con  el  resto  de  la  fuerza  y  la  caballe- 
ría que  había  podido  reunir,  siguió  por  el  centro  que  era  la 
parte  baja  del  terreno.  Los  carlistas  acampaban  descuidados, 
como  hemos  dicho,  al  lado  de  Prioro  en  una  pequeña  meseta 
que  solía  servir  de  era  para  trillar  las  mie.ses.  El  jefe  liberal 
había  ordenado  acercarse  con  el  mayor  sigilo  antes  de  amane- 
cer, y  á  cien  metros  de  distancia  comenzar  el  ataque  por  los 
tres  puntos  indicados.  La  sorpresa  y  la  confusión  fueron  tales 
que  Balanzátegui,  á  pesar  de  su  arrojo  y  prestigio,  no  pudo 
mantener  la  disciplina  y  gran  parte  de  su  gente  se  desbandó 
batiéndose  el  resto  en  retirada.  Acevedo  entonces  ordenó  des- 
plegar en  guerrillas  las  dos  alas  de  su  gente  hasta  rodear  por 
completo  á  los  carlistas,  logrando  después  de  algunas  horas 


biografía.  XXV 


cl^  fuego  y  de  lucha  encarnizada  hacer  prisioneros  á  la  mayor 
parte,  pues  pasaban  de  quinientos,  entre  ellos  muchos  sacer- 
dotes. El  general  Prím  recibió  con  gran  satisfacción  la  noticia 
de  este  brillante  hecho  de  armas.  Cominges,  dijo  el  bizarro 
general  á  su  regreso:  «Aquí  tiene  usted  la  cruz  del  mérito 
militar  para  todos  los  que  han  tomado  parte  en  el  ataque  de 
Prioro.» 

— General,  contestó  Cominges,  ninguno  la  acepta,  por  que 
todos  son  demócratas  y  republicanos. 

El  gobierno  provisional,  presidido  por  el  general  Serrano  Do- 
minguez,  estuvo  muy  lejos  de  corresponder  á  las  esperanzas 
de  los  partidos  que  llevaron  á  cabo  la  revolución  que  reivindi- 
có para  el  pueblo  español  la  plenitud  de  la  soberanía  y  que 
sucesos  posteriores  han  demostrado  que  fué  traicionada  desde 
su  principio  por  algunos  de  sus  principales  caudillos,  hasta 
que,  no  tanto  á  fuerza  de  violencias  cuanto  de  intrigas,  llegó  á 
fracasar  en  la  época  misma  de  la  República  á  principios  de 
1874. 

En  Madrid  Cominges  fué  repuesto  afines  de  1868  en  su 
antiguo  destino  de  San  Ildefonso,  destino  que  no  aceptó;  pre- 
firiendo ganar  por  riguroso  concurso  de  oposición  la  cátedra 
de  Prácticas  Agrícolas  en  la  Escuela  de  la  Florida  en  la  misma 
capital;  pero  muy  luego  renunció  esta  cátedra  cuando,  como 
empleado  del  gobierno,  se  le  quiso  obligar  á jurar  la  Constitu- 
ción monárquica  de  1869,  que  no  era  por  la  que  había  derra- 
mado su  sangre  y  sacrificado  su  carrera  y  su  familia,  según  di- 
jo con  energía  en  pleno  Congreso  en  el  solemne  acto  de  la 
jura.  Entre  sus  numerosos  papeles  y  documentos  se  conserva 
la  nota  en  que  el  gobierno  aceptó  su  renuncia,  firmada  por  don 
José  Echegaray,  ministro  entonces  de  Fomento  y  después  cé- 
lebre poeta  dramático. 

Tal  era  el  cariño  que  profesaban  á  Cominges  los  alumnos 
de  la  Escuela  de  Agricultura,  hombres  ya  todos,  que  al  saber 
su  separación  dejaron  de  asistir  á  las  clases  en  masa.  Avi- 
sado de  ésto  por  el  Director  D.  Pedro  Muñoz  y  Rubio,  puso 


XXVI  JUAN    DE    COMINGES. 

todo  SU  empeño  en  que  sus  alumnos  volvieran  en  seguida  á 
las  clases  para  no  perder  su  carrera.  Hacerse  querer  siempre 
por  cuantos  le  trataban  era  el  don  principal  que  Dios  concedió 
á  Cominges  y  el  que  produjo  la  satisfacciones  más  dulces  de 
su  vida. 

Poco  después  salió  de  Madrid  para  encargarse  de  la  construc- 
ción de  más  de  treinta  kilómetros  del  ferro-carril  que  vá  de 
Orense  á  Vigo,  empresa  importante  que  le  fué  proporcionada 
por  su  consecuente  amigo  el  señor  Aranáz  y  en  cuyo  punto 
permaneció  hasta  fines  del  año  1870;  pero  siempre  perseguido 
por  sus  ideas  republicanas  y  decepcionado  por  la  próxima 
reacción  monárquica  de  Amadeo  de  Saboya,  resolvió  por  fin 
emigrar  á  América  con  toda  la  familia  y  se  embarcó  para 
Montevideo. 


Al  pisar  Cominges  por  primera  vez  las  hermosas  playas  de 
Montevideo,  creyó  respirar  con  placer  el  aire  puro  de  la  de- 
mocracia, que  había  sido  la  ilusión  de  toda  su  vida.  Al  con- 
templar su  espléndida  naturaleza,  escribió  su  carta'á  don  Lucio 
Rodríguez,  titulada  «Impresiones  de  un  extranjero»,  carta  que 
publicó  «El  Siglo»  y  la  reprodujeron  los  demás  diarios  de  la 
República  Oriental. 

'^Cumplo  con  un  deber  de  gratitud  (decía)  al  manifestarle 
mis  primeras  impresiones  ante  el  sublime  panorama  de  esta 
naturaleza  virgen,  cuyos  encantos  nunca  fueron  empañados  con 
el  aliento  de  los  hombres^'. 

Y,  después  de  describir  con  elegancia  la  frondosa  vegetación 
de  aquellas  comarcas,  la  feracidad  de  su  suelo  y  la  benignidad 
de  su  clima,  exclamaba: 

*' j  Vengan  aquí,  pues,  los  que  confiados  en  sus  merecimien- 
tos, esperan  en  vano  labora  de  la  justicia;  vengan  aquí,  pues, 
cuantos   no   pueden  respirar  en  la  corrompida  atmósfera  del 


biografía.  XXVII 


viejo  mundo,  vengan  aquí,  y  bendicirán  como  yo  el  día  en  que 
por  vez  primera  pisen   las  playas  del   rico  continente  ameri- 


cano." 


Pocos  días  después  de  llegar  á  Montevideo  visitó  al  presi- 
dente BatUe,  quien,  lleno  de  amor  por  la  agricultura  y  el  pro- 
greso de  su  patria,  le  encomendó  la  fundación  y  dirección  de 
la  Escuela  Central  de  Agricultura,  que  Cominges  estableció 
en  Nueva  Palmira  á  principios  de  1871,  con  la  valiosa  coope- 
ración de  otro  héroe  del  trabajo,  del  doctor  D.  Domingo  Or- 
doñana.  En  la  misma  época  efectuó  un  estudio  de  canaliza- 
ción en  la  barra  del  Río  Negro  y  en  el  arroyo  de  las  Vacas, 
hizo  un  estudio  del  río  Cebollati  y  la  laguna  de  Merín  por  orden 
del  barón  de  Mauá,  levantó  planos  de  algunas  colonias,  y 
efectuó  un  estudio  de  ferro-carril  entre  Fray- Rentos  y  Mercedes. 

Desafiando  Cominges  todos  los  peligros  ó  más  bien  quizás 
atraido  por  ellos,  efectuó  una  expedición  el  mismo  año  de  187 1 
por  las  Pampas  Argentinas,  entonces  en  pleno  dominio  de 
los  salvajes,  con  el  objeto  de  hacer  el  estudio  de  un  canal  de 
navegación  que,  partiendo  del  Carcarañá  fuera  en  línea  recta  á 
desembocar  á  la  laguna  de  Junín.  Á  pié,  con  solo  diez  hom- 
bres y  dos  muchachos  y  acompañado  por  dos  soldados  baquea- 
nos que  le  dieron  en  la  Guardia  de  la  Esquina,  atravesó  la 
pampa  haciendo  un  estudio  exacto  de  nivelación.  No  causó 
poca  admiración  á  los  jefes  de  algunos  fortines  de  la  frontera 
el  ver  semejante  puñado  de  hombres  atravesando  á  pié  el  de- 
sierto. En  el  fortín  de  Melincué  fué  cariñosamente  recibido 
por  su  distinguido  jefe  el  comandante  Berráutia,  el  mayor  Ruiz 
y  demás  oficialidad,  obligándole  á  pasar  allí  varios  días  en  su 
compañía. 

Llegado  á  Junín,  visitó  acompañado  por  el  coronel  Lagos, 
entonces  jefe  de  aquella  frontera,  la  tribu  de  indios  del  cacique 
Coliqueo. 

Estos  continuos  trabajos  no  le  impedían  cultivarla  poesía  y 
la  literatura.  Durante  la  epidemia  de  fiebre  amarilla  en  Bue- 
nos Aires,  en  187 1, se  organizó  en  Montevideo  una  velada  li- 


XXVIII  JUAN    DE    COMTNGES. 

teraria  con  el  objeto  de  reunir  fondos  para  socorrer  á  las  in- 
numerables víctimas,  é  inspirado  y  conmovido  Cominges  ante 
aquella  catástrofe  sin  ejemplo  en  estos  países,  escribió  su  oda 
«Armonías»,  una  de  sus  poesías  mas  elegantes  y  profundas, 
que  mereció  el  honor  de  ser  elogiada  como  la  mejor  composi- 
ción de  aquella  notable  velada. 

A  los  pocos  meses  de  haber  llegado  á  Montevideo,  ocurrió 
un  suceso,  cuyo  simple  recuerdo  demostrará  que  nuestro  bio- 
grafiado era  constante  en  sus  genialidades.  Unos  cuantos  jóve- 
nes de  aquella  ciudad  dieron  muerte  de  dos  balazos  á  un  humil- 
de obrero.  Un  hermano  de  la  víctima  en  vano  buscó  algún 
abogado  que  tomara  á  su  cargo  la  acusación  formal  de  este 
delito.  Al  saberlo  Cominges,  se  ofreció  espontáneamente  para 
hacer  la  acusación. 

Las  influencias,  los  ofrecimientos,  las  amenazas,  el  sentimien- 
to de  tener  que  disgustar  á  personajes  á  quienes  debía  amistad 
y  gratitud,  nada  pudo  hacerle  desistir  de  su  empeño;  vanos  fue- 
ron cuantos  resortes  se  tocaron,  cuantos  arbitrios  se  pusieron 
en  juego:  Cominges  se  presentó  en  é[jurí  con  entereza  y  pro- 
nunció ante  el  tribunal  y  ante  numerosa  barra  un  notable  dis- 
curso de  acusación.  El  público  en  general  le  era  adverso:  una 
atronadora  silba  interrumpió  al  principio  su  oración,  y  Comin- 
ges silencioso  miró  á  la  barra  con  digna  arrogancia...  Cuando 
cesó  el  ruido,  el  orador  repitió  sus  últimas  frases,  marcándolas 
con  viril  entereza.  Vuelta  otra  vez  la  silbatina  y  el  infernal  ba- 
rullo, y  vuelta  otra  vez  Cominges  á  callar  hasta  que  pasara  la 
tormenta,  y  hasta  que  al  fin  su  poderosa  elocuencia  pudo  con- 
mover á  aquellos  mismos  que  habían  ido  dispuestos  á  reprobarle 
á  todo  trance,  y  terminó  su  discurso  calurosamente  aplaudido. 

Había  la  costumbre  de  enviar  á  los  reos  al  servicio  de  las 
armas,  y  Cominges  gritaba  en  el  jurado  dirigiéndose  á  los  mi- 
litares presentes: 

«No  los  recibáis  en  vuestras  filas;  para  defender  la  patria 
solo  sirven  soldados  honrados  y  valientes,  y  los  asesinos  no 
son  ni  lo  uno  ni  lo  otro:  no  los  admitáis,  por  que  de  valientes  ca- 


biografía.  XXIX 


pitanes  de  soldados,  os  convertiríais  en  capitanes  de  ladrones 
y  asesinos.» 

Dotado  de  raras  condiciones  de  actividad,  de  inteligencia  y 
ánimo  emprendedor,  aquí  Cominges  vinculó  su  nombre  á  mu- 
chas empresas  en  ambas  márgenes  del  Plata.  Durante  vein- 
tidós años  de  residencia  en  América  fué  el  apóstol  de  la  agri- 
cultura, de  la  colonización,  de  la  industria  y  -de  la  subdivisión 
de  la  propiedad  como  únicas  positivas  fuentes  de  su  riqueza. 
Consideró  que  la  cría  primitiva  y  rutinaria  de  ganado  no  es 
suficiente  para  formar  un  pueblo  rico  y  culto,  y  que,  por  el  con- 
trario, excluyendo  este  sistema  la  población  del  suelo,  impide 
el  desarrollo  déla  producción  agrícola  é industrial. 

Muchos  sinsabores  le  valió  á  Cominges  en  esta  República 
el  ardor  con  que  defendía  estas  doctrinas,  hoy  aceptadas  por 
todos,  de  parte  de  los  ganaderos  que  aún  no  se  habían  con- 
vencido de  la  necesidad  y  conveniencia  de  perfeccionar  su  pri- 
mitivo sistema  de  cría,  combinándolo  con  la  agricultura. 

Habiéndosele  pedido  en  cierta  ocasión  que  hiciese  un  estudio 
sobre  el  mejor  modo  de  cercar  los  terrenos  destinados  á  la 
agricultura,  demostró  én  él  Cominges  que  los  cercos,  por  su 
mucho  costo,  eran  la  causa  que  impedía  á  la  agricultura  desa- 
rrollarse, y  terminaba  aconsejando  que  «^^  mejor  cerco  es  un 
buen^ódigo  rural:  cuanóo  un  caballo  ó  una  vaca,  añadía,  vengan 
á  hacer  daño  á  mis  plantas,  multa;  cuando  mis  lechugas  y  mis 
cebollas  vayan  á  hacer  daño  á  la  propiedad  del  vecino,  multa 
también.» 


4>  « 


A  fines  de  1873  fué  nombrado  por  el  gobierno  argentino 
Director  de  la  Escuela  Agronómica  de  Tucumán,  cargo  que 
se  vio  precisado  á  aceptar,  á  consecuencia  de  las  dificultades 
que  en  la  Banda  Oriental  puso  el  nuevo  gobierno  en  la 
marcha  de  la  Escuela.    El  Municipio  de  Tucumán  le  confió  al 


XXX  JUAN  DE  COMINGES. 


mismo  tiempo  el  cargo  de  ingeniero  municipal.  Trabajó  allí 
sin  descanso,  como  lo  hacía  en  todas  partes;  corrigió  y  amojo- 
nó el  plano  y  el  ejido  de  la  ciudad,  y  practicó  el  estudio  de 
un  canal  municipal  de  riego,  mereciendo  que  por  ambos  traba- 
jos le  acordara  por  unanimidad  un  voto  de  gracias  aquella 
corporación,  presidida  entonces  por  el  ilustrado  y  querido 
presbítero,  señor- Zabaleta. 

Desde  la  ciudad  de  Tucumán,  situada  en  la  falda  de  la  cor- 
dillera de  los  Andes  en  una  hermosa  llanura  cubierta  de  fron- 
dosos naranjos  y  de  caña  de  azúcar,  se  divisan  al  Sudoeste  las 
elevadas  cumbres  de  la  Sierra  de  Aconquija,  cuyo  pico  mas 
elevado  y  que  es  uno  de  los  mas  altos  y  escabrosos  de  la  cor- 
dillera de  los  Andes,  se  conoce  allí  con  el  nombre  de  Cerro 
Bayo^  tal  vez  á  causa  de  su  color  amarillento.  Cominges  supo 
que  catorce  expediciones  de  mineros  que  habían  intentado 
trepar  á  su  cumbre  para  descubrir  unas  minas  de  plata  que  por 
tradición  se  aseguraba  que  existían  allí,  habían  todas  fracasa- 
do antes  de  llegar,  pereciendo  en  algunas  todos  los  expedi- 
cionarios sepultados  en  la  nieve. 

Cominges  no  pudo  resistir  al  deseo  de  ascender  hasta  el 
pico  más  elevado  de  la  cordillera,  y  decidió  organizar  una  ex- 
pedición para  subir  al  Cerro-Bayo^  la  que  llevó  á  cabo  con 
éxito  feliz,  aunque  á  costa  de  dos  meses  de  viaje  y  de  toda 
clase  de  trabajos  y  penalidades.  En  esta  expedición  le  acom- 
pañó el  ingeniero  de  minas  señor  don  Vicente  Alcalde  Espejo, 
que  á  la  sazón  era  Rector  del  Colegio  Nacional  de  Santiago 
del  Estero. 

En  otra  ocasión,  en  compañía  del  ingeniero  y  naturalista  don 
Rafael  Hernández,  hizo  Cominges  una  excursión  por  las  sier- 
ras Calchequíes  y  por  los  valles  de  Tafí  (célebre  por  sus  es- 
quisitos  quesos);  visitó  también  las  sierras  donde  en  tiempo 
de  la  conquista  se  refugiaron  los  indios  Quichuas  y  allí  desen- 
terró y  recogió  preciosas  curiosidades,  entre  ellas  algunas  mo- 
mias y  esqueletos  de  indios,  y  un  jarrón  de  barro  cocido,  bar- 
nizado y  pintado  con  dibujos  y  colores  admirables,  objetos  que 


BIOGRAFÍA.  XXXI 


regaló  al  Comisario  Argentino  de  la  exposición  de  Filadelfia. 

En  Tucumán,  escribió  Cominges  sobre  agricultura  é  in- 
trodujo mejoras  prácticas  en  el  cultivo  de  la  caña  de  azúcar 
y  del  tabaco;  hizo  en  la  Escuela  de  Agricultura  grandes 
plantaciones  de  eucaliptus  y  repartió  gratuitamente  plantas 
por  toda  la  provincia,  haciendo  conocer  sus  buenas  propieda- 
des para  impedir  el  desarrollo  de  las  fiebres  palúdicas.  Allí 
también  Cominges  criticó  algunas  añejas  costumbres  ó  más 
bien  dicho  corruptelas,  entre  las  cuales  sobresalía  la  poca  con- 
sideración que  por  lo  general  se  tenía  á  los  obreros,  y  la  ma- 
la alimentación  que  se  les  daba,  pues  solo  se  componía  ésta 
de  maíz,  naranjas  y  caña  de  azúcar.  Esta  propaganda  le  cos- 
tó también  perder  su  buena  amistad  con  algunas  personas 
principales  de  aquella  provincia,  y  es  preciso  decirlo  en  su 
biografía;  pues  Cominges  era  así;  la  cuerda  mas  sensible  de 
su  alma  era  su  estremado  amor  á  las  clases  humildes  del  pue- 
blo, y  su  anhelo  constante,  el  trabajar  y  procurar  mejorar  su 
suerte,  sin  detenerle  jamás  el  temor  de  acarrearse  enemigos 
ni  el  de  perjudicar  sus  propios  intereses. 

A  principios  del  año  1876  Cominges  recibió  comunicacio- 
nes del  gobierno  oriental  participándole  que  se  le  reconocía 
un  saldo  á  su  favor  de  algunos  miles  de  pesos,  que  de  su  pe- 
culio particular  había  invertido  en  la  fundación  de  la  Escuela 
de  Palmira  y  cuyo  pago  estaba  ordenado  en  Tesorería.  Co-; 
minges  se  trasladó  otra  vez  á  Montevideo,  donde  el  coronel 
Latorre,  amigo  particular  suyo  y  que  en  aquellos  dias  se 
hizo  cargo  del  gobierno  provisional  de  la  República,  se  empe- 
ñó en  tenerle  á  su  lado,  encomendándole  la  redacción  del 
diario  La  Tribuna.  Por  su  carácter  franco,  justo  y  honrado 
mereció  la  mayor  confianza  del  dictador,  cuya  enérgica  admi- 
nistración debe  á  dos  españoles,  los  señores  Cominges  y  Ordo- 
ñana,  las  principales  iniciativas  en  la  organización  de  los  ser- 
vicios públicos  urbanos  y  rurales.  Redactó  Cominges  por 
algún  tiempo  La  Tribmia^  en  cuyo  diario,  con  imparcial  cri- 
terio lo  mismo  elogiaba  los  actos  honrosos  del  Dictador  que 


XXXII  JUAN    DE    COMINGES 


fustigaba  los  malos  y  censuraba  á  los  consejeros  que  abusa- 
ban del  poder  discrecional  del  coronel  Latorre,  diciendo  á 
éste  siempre  la  verdad;  pero  bien  pronto  comprendió  Comin- 
ges  que  no  había  nacido  para  político  al  uso;  sus  inclinacio- 
nes naturales  le  arrastraban  á  la  agricultura.  Fuéle  permitido 
fundar  en  Montevideo  una  cátedra  de  agricultura,  y  al  sepa- 
rarse de  la  política  militante,  escribió  al  coronel  Latorre  la 
siguiente  carta: 

«Señor:  Refrenando  á  los  caudillos  turbulentos  habéis  ase- 
gurado la  paz  sobre  un  hermoso  suelo  arrasado  por  las  luchas 
intestinas. 

«Castigando  el  crimen,  habéis  hecho  habitable  la  campaña. 

«Confiando  los  puestos  públicos  á  los  hombres  más  merito- 
rios de  todos  los  partidos,  habéis  amortiguado  los  enconos 
políticos. 

«En  posesión  de  la  paz,  la  confianza  y  la  armonía,  hoy  des- 
pertáis los  dormidos  gérmenes  de  la  prosperidad  nacional, 
creando  instituciones  que  encaminen  á  la  juventud  por  el  noble 
sendero  de  la  agricultura. 

«Ya  que  vuesta  hofiradez  ^z2svl6  el  premio  de  la  estimación 
pública;  ya  que  no  es  preciso  luchar  á  vuestro  lado  contra  los 
demoledores  como  periodista,  permitidme,  señor,  la  honra  de 
seguir  prestándoos  mi  débil  concurso,  trabajando  al  lado  vues- 
tro como  agrónomo». 

«Montevideo,  Julio  9  de  1877 — Juan  de  Cominges,* 

En  aquella  época  escribió  un  « Tratado  Teórío-práctico  de 
As^rictfllura  General,-»  por  el  cual  esplicó  sus  lecciones.  Al 
mismo  tiempo  efectuó  una  plantación  de  tabaco  en  grande 
escala  en  Villa  Colón,  pintoresco  paraje  situado  cerca  de  Mon- 
tevideo, introduciendo  por  primera  vez  en  la  República  Oriental 
este  importante  cultivo:  trajo  y  repartió  las  mejores  semillas 
de  tabaco  habano;  y  publicó  un  tratado  práctico  del  cultivo  y 
beneficio  del  tabaco,  escrito  con  elegante  sencillez  y  dedicado 
á  sus  amigos  los  labradores. 


biografía  xxxm 


En  la  misma  época  escribió  infinidad  de  artículos  y  folletos 
sobre  agricultura,  colonización,  inmigración,  etc.  y  pronunció 
sus  magníficas  conferencias  acerca  de  la  necesidad  de  conservar 
y  reglamentar  la  explotación  de  los  bosques:  entonces  publicó 
su  precioso  y  profundo  estudio  titulado  ^La  propiedad  y  el 
cultivo*  y  SMS  €  Carlas /amiliares  *  á  los  iBhrSidorQs,  sus  ^Con- 
ferencias Agrícolas  y>  y  otros  muchos  artículos  que  sería  largo 
enumerar;  siendo,  sin  duda  éste,  el  período  mas  activo  de  su 
vida. 


En  1878  hizo  un  viaje  al  Paraguay  á  donde  llevó  y  repartió 
semillas  de  tabaco  habano  y  enseñó  allí  prácticamente  á  pre- 
parar y  secar  sus  hojas  á  la  sombra;  á  la  vez,  tomó  parte  en 
su  prensa  y  en  el  renacimiento  social  y  económico  de  aquel 
pueblo,  en  el  que  se  recuerda,  lo  mismo  en  la  Asunción  que 
en  Villa-Rica,  los  grandes  servicios  que  prestó  con  sus  ense- 
ñanzas, sus  iniciativas  y  sus  variados  trabajos. 

Comprendiendo  el  gran  problema  y  las  grandezas  que  con- 
tiene el  Chaco,  cuya  riqueza  no  es  bastante  apreciada  en  el 
Río  de  la  Plata,  Cominges  se  asoció  en  1879  á  la  gran  empre- 
sa Bravo,  que  se  proponía  establecer  comunicaciones  entre 
Bolivia  y  el  Paraguay,  atravesando  con  un  ferro-carril  el  Chaco 
del  Norte,  cuyo  gran  pensamiento  mejoraría  las  condiciones 
mediterráneas  de  aquellas  infortunadas  repúblicas  y  daría  al 
Río  de  la  Plata  el  comercio  y  movimiento  fluvial  para  todo 
el  centro  de  Sud-América.  El  29  de  Julio  de  1879  salió 
iCominges  de  la  Asunción  del  Paraguay  abordo  de  la  go- 
eta  ^Gióraltarjt  y  del  patacho  ^María^y>  al  frente  de  unos 
cuarenta  expedicionarios,  despedido  por  un  pueblo  nume- 
roso y  con  un  estrecho  abrazo  del  empresario  Bravo.  Em- 
prendió su  primera  exploración  siguiendo  las  ya  borradas 
huellas  de  Irála,  expedición  atrevida  que  abona  á  su  nombre, 


XXXIV  JUAN    DE    COMINGES 


aunque  no  tan  molesta  y  peligrosa  como  la  que  posteriormente 
llevó  á  cabo  en  el  mismo  Chaco  del  Norte.  Sus  trabajos  en 
este  sentido  han  sido  muy  elogiados  por  la  prensa  y  revelan 
en  libros  y  en  mapas  el  espíricu  emprendedor  y  la  valerosa 
actividad  de  ese  español  de  pura  raza,  animado  de  todas  las 
virtudes  y  libre  de  todos  los  defectos  de  los  primitivos  explo- 
radores de  estas  tierras.  Con  escasa  gente  y  débiles  recursos, 
se  engolfó  en  el  vasto  y  desconocido  territorio  que  se  extiende 
entre  la  costa  occidental  del  río  Paraguay  y  la  frontera  oriental 
de  Bolivia;  sufrió  con  resignación  y  hasta  con  entusiasme  el 
hambre,  la  sed  y  los  rigores  de  aquel  clima  abrasador,  animan- 
do con  el  ejemplo  á  sus  desgraciados  compañeros;  rebelde  la 
naturaleza  les  cerró  el  paso  con  bosques  y  pantanos  infran- 
queables, y,  hambrientos,  andrajosos,  acosados  por  las  fiebres 
palúdicas,  llenos  de  heridas  y  picaduras,  se  vieron  obligados  á 
retroceder,  viéndose  luego  Cominges  abandonado  por  los  que 
le  acompañaban  en  la  expedición;  y,  antes  de  desistir  de  su 
empeño,  venció  solo  cuantas  dificultades  se  presentaron,  se 
confió  en  la  colonia  *Apa^  á  los  mismos  indígenas,  que  le 
acogieron  con  cariño  y  le  prestaron  un  concurso  inextimable 
en  aquellas  soledades,  salvándole  de  una  muerte  segura.  Así 
recorrió  todo  el  Gran  Chaco  del  Norte,  estudió  su  suelo,  su 
flora,  sus  maderas,  las  costumbres  de  sus  numerosas  tribus  de 
indios,  y  formó  un  pequeño  vocabulario, del  idioma  de  los  Gua- 
nas^ volviendo  á  su  regreso  á  la  Asunción,  aclamado  por  mi- 
llares de  indios  y  en  compañía  de  los  caciques  Keirá  y  Michí. 

Acompañó  después  como  naturalista  la  expedición  científica 
y  militar  organizada  por  el  general  Victorica  para  ir  al  encuen- 
tro del  comandante  Sola  en  el  Chaco  Central. 

En  1882  estableció  una  colonia  en  La  Herradura^  costa 
del  río  Paraguay,  y  en  varias  excursioiies  atrajo  á  las  tribus 
de  Pichón  y  Carayá,  cuyos  caciques  le  acompañaron  á  Buenos 
Aires  y  visitaron  al  presidente  de  la  República. 

Mas  tarde  fué  nombrado  Inspector  de  Bosques  Nacionales 
en  la  República  Argentina,  y  publicó  varios  folletos  estudiando 


BIOGRAFÍA  XXXV 


los  sistemas  mas  adelantados  para  la  conservación  y  aprove- 
chamiento de  las  maderas,  en  los  que  trata  con  lucidez  de  la 
importancia  de  los  árboles  y  de  su  influencia  en  el  clima  y  en 
las  costumbres  de  los  pueblos. 

En  1889,  en  una  expedición  que  hicimos  con  don  Carlos 
Casado,  don  José  Segundo  Decoud,  don  Antonio  Quijarro  se- 
ñores Christophersen,  Bogami,  Monte  y  otros  amigos  al  Chaco 
Boreal,  abordo  de  los  vapores  ^  Boliviai^  y  «  Doña  Ramona^T> 
fuimos  testigos  en  el  Alto  Paraguay,  lo  mismo  en  Puerto- 
Casado  que  en  Fuerte-Olimpo  y   Puerto-Ayolas,  del  cariño  y 

• 

veneración  que  los  indios  Mbayas,  Sanapanás,  Angaites,  Cha- 
macocos y  Guanas  tenían  por  Cominges,  viniendo  desde  largas 
distancias  á  saludarle  los  principales  caciques,  como  al  cristiano 
querido  de  sus  exploraciones  de  diez  años  antes.  Como  algu- 
nos administradores  de  los  inmensos  territorios  de  don  Carlos 
Casado,  aconsejasen  á  éste  cierto  rigor  con  los  indios,  Comin- 
ges defensor  de  éstos,  buscó  en  su  apoyo  el  concurso  de  las 
señoras  y  señoritas  de  abordo,  que  iban  cosiendo  trajes  para 
regalar  á  los  indígenas  de  las  posesiones  de  Casado.  Satisfe- 
cho de  tan  poderoso  contingente — una  mañana  apareció  abor- 
do un  improvisado  estandarte  con  oportunas  alegorías  al  nom- 
bre del  vapor  y  de  la  señora  de  Casado  y  debajo  el  lema  : 

Aquí  Santa  Ramona 

De  los  Indios,  es  Patrona. 

El  triunfo  de  Cominges  fué  completo,  el  señor  Casado  re- 
comendó á  todos  sus  administradores  en  el  Chaco,  el  mejor 
trato  y  consideraciones  con  los  indios. 

A  principios  de  1881  fué  presentado  Cominges  al  doctor 
Rocha,  y  se  le  encomendó  practicar  un  estudio  del  puerto  de 
la  Ensenada  y  de  los  terrenos  de  Tolosa  como  uno  de  los  lu- 


XXXVI  JUAN     DE    COMINGES. 


gares  mas  adecuados  para  la  fundación  de  la  ciudad  capital  de 
la  provincia  de  Buenos  Aires.  En  algunos  meses  de  trabajo, 
Cominges  levantó  el  plano  topográfico  del  terreno  que  hoy 
ocupa  la  ciudad  de  «La  Plata»,  y  practicó  un  detenido  estudio 
hidrográfico  del  puerto  de  la  Ensenada  y  de!  rio  Santiago? 
acompañando  al  plano  un  informe  en  el  que  recomendaba  y 
hacía  resaltar  las  ventajas  de  aquel  punto  para  la  construcción 
de  la  capital  y  del  mejor  puerto  del  Rio  de  la  Plata,  trabajo 
que  hizo  Cominges  con  placer  por  lo  mismo  que  era  gratuito 
y  solo  con  la  satisfacción  de  servir  á  un  país  que  quería  y 
consideraba  como  suyo.  Era  uno  de  esos  hombres  de  ciencia 
y  corazón,  que  no  comprenden  jamás  que  sus  conocimientos  y 
su  saber  puedan  ser  aplicados  á  intereses  propios,  sino  en  be- 
neficio de  la  humanidad,  y  que,  sencillos  y  modestos  por  natu- 
raleza, bástales  para  ser  felices  la  honrada  posición  en  que 
viven. 

El  carácter  servicial  de  Cominges  rayaba  en  el  extremo  de 
lo  increíble;  no  había  sacrificio  que  le  detuviera  si  con  él  podía 
servir  en  algo  á  cualquier  persona,  aún  sin  conocerla,  y  sobre 
todo,  si  esta  era  pobre  ó  desgraciada. 

Estando  en  Buenos  Aires,  ya  bastante  enfermo  de  resultas 
de  sus  expediciones  por  el  desierto,  los  médicos  le  recomendaron 
el  reposo  y  el  método  en  la  alimentación,  como  único  remedio; 
pero  jamás,  debido  á  su  genial  carácter,  pudo  obedecer  estas 
prescripciones  facultativas.  Tenía  muy  encargado  siempre  á  su 
familia  que  no  dejara  de  recibir  á  los  que  llegasen  á  su  casa. 

Acontecía,  pues,  que  diariamente  iban  en  busca  de  Comin- 
ges numerosas  personas  recomendadas,  entre  ellas  muchos 
industriales  y  obreros  recién  llegados,  y,  aunque  enfermo, 
se  levantaba,  salía  con  ellos  á  la  calle,  recorría  con  ellos  los 
talleres  y  visitaba  sus  numerosas  relaciones,  no  volviendo  á  su 
casa  hasta  haber  conseguido  colocarles.  Llegaba,  como  debe 
comprenderse,  rendido,  sin  haberse  acordado  de  medicinarse 
ni  aún  de  alimentarse  en  todo  el  día;  y  cada  vez  mas  débil  y 
mas  enfermo:  en  vano  su  familia  le  reconvenía,  pues  él  sonreía 


BJOGRAFÍA  XXXVII 


muy  satisfecho  y  contento  ¡Era  para  él  un  placer  tan  grande 
haber  podido  ser  útil  á  unos  infelices  obreros  I 

En  1883  escribió  Cominges  un  importante  trabajo  que  de- 
mostraba las  buenas  condiciones  del  Chaco  para  la  industria 
azucarera,  y  para  el  cultivo  del  algodón,  del  tabaco  y  del  maní, 
y  también  por  entonces  publicó  la  relación  de  todos  sus  viajes 
y  dio  varias  conferencias  sobre  diferentes  materias  en  el  Con- 
greso Económico,  en  el  Club  hidustrial  y  en  la  Sociedad  Geo- 
gráfica Argentina.  Sus  numerosos  escritos  de  esta  época  tratan 
la  mayor  parte  sobre  la  colonización  del  Chaco,  dando  á  conocer 
la  fertilidad  y  riqueza  de  su  inmenso  territorio  y  las  buenas 
cualidades  de  sus  indígenas,  así  como  la  conveniencia  y  la  facili- 
dad de  atraerlos  á  la  vida  del  trabajo  y  de  la  civilización  por 
medios  pacíficos. 

Últimamente,  dedicado  siempre  á  su  profesión  de  ingeniero, 
hizo  dos  viajes  á  Bélgica,  donde  contrató  y  dirigió  la  construc- 
ción del  hermoso  viaducto  y  muelle  de  hierro  del  puerto  de  la 
Concepción  del  Uruguay  y  la  de  varios  puentes  ejecutados  por 
el  gobierno  argentino. 

En  1886  fué  miembro  importante  déla  Comisión  Directiva 
del  Club  hidustrial  Argentino,  trabajando  constantemente  y 
sosteniendo  con  inteligencia  la  necesidad  de  proteger  la  agri- 
cultura y  las  industrias  como  única  base  del  engrandecimiento 
de  la  República. 

En  1888  fué  vocal  titular  del  Consejo  de  Administración  de 
la  Unión  Industrial  Argentina. 

El  16  de  Mayo  de  1890  pronunció  una  conferencia  industrial 
en  el  local  de  dicha  importante  asociación,  la  que  fué  impresa 
en  folleto,  siendo  éste  su  último  trabajo  escrito  en  defensa  de 
la  industria  nacional. 

Últimamente,  en  1891.  hallándose  gravemente  enfermo,  los 
médicos  le  aconsejaron  un  viaje  á  Europa  en  busca  de  nuevo 
aire  para  sus  gastados  pulmones.  Este  recurso  de  la  ciencia 
de  nada  le  sirvió,  regresando  á  Buenos  Aires  á  fines  de  aquel 
mismo  año  en-  completo  estado  de  extenuación,  y  falleciendo 


XXXVIII  JUAN    DE    COMINGES 


rodeado  de  todos  los  suyos  el  día  1 3  de  Enero  de  1892,  víctima 
de  una  afección  palúdica. 

Dicen  los  que  rodeaban  su  lecho  en  la  hora  suprema  del 
tránsito,  que  la  muerte  le  sorprendió  en  la  plenitud  de  sus  fa- 
cultades, como  si  lo  desconocido  hubiese  temido  ofender  á  Dios 
apagando  la  luz  de  aquella  inteligencia  prodigiosa  antes  que 
el  cuerpo  úubiese  extinguido  su  vigor.  Sus  postreras  palabras 
en  el  último  instante  fueron  estas:  «No  he  hecho  nunca  mal 
á  nadie  y  muero  contento.» 

Y  después  de  una  pausa  añadió  con  sosiego  y  naturalidad: 
«Hijos  mios:  esto  se  vá.»    Un  segundo  después  no  existía. 

Trapense  de  esta  inmensa  Cartuja  que  forman  las  naciones, 
nunca  se  creyó  con  derecho  al  descanso,  ni  se  reputó  extran- 
jero en  ninguna,  hablasen  ó  no  su  nativo  idioma.  No  cavaba 
su  propia  tumba  como  los  monjes  legendarios;  abría  sobre  la 
tierra  extraña  los  surcos  fecundizantes  de  la  semilla  que  sin 
cesar  sembraba. 


El  ¡lustrado  diario  de  Buenos  Aires,  ^El  Correo  Español ^^^ 
en  un  artículo  biográfico  que  publicó,  estampaba  las  sentidas 
frases  siguientes : 

«Entre  e^  tos  españoles  que  todos  hemos  conocido  y  estimado, 
que  llenan  esas  condiciones  por  las  cuales  serían  tan  culminan- 
tes, tan  eminentes  á  haber  perma\ecido  en  el  seno  de  la  patria, 
como  lo  han  sido  fuera  de  ella,  porque  su  talento  y  su  carácter 
los  hubiera  hecho  triunfar  allá  como  aquí  triunfaron,  entre  esos 
españoles  notables  cuya  mano  amiga  hemos  estrechado  todos 
con  admiración  y  cariño,  el  primero  que  se  despide  de  nosotros, 
después  que  concebimos  este  propósito,  es  nuestro  inolvidable 
amigo,  el  sabio  agrónomo  é  ingeniero  industrial,  el  bravo  ex- 
plorador y  esforzado  publicista,  el  altivo  caballero  chapado  á 
la  antigua,  como  se  dice  vulgarmente,  el  soñador  siempre,nifio 


BIOGRAFÍA  XXXIX 


como  muchos  le  decían,  el  corazón  bien  templado  para  la  lucha 
con  lo  desconocido,  el  hombre  de  ciencia  y  hombre  de  senti 
miento,  el  soldado  y  el   poeta,  en  una  palabra,  Juan  de  Co- 
minges. » 

€  Espíritu  varonil  y  austero,  enemigó  irreconciliable  de  toda 
frivolidad  y  todo  positivismo,  de  la  nulidad  encumbrada  y  del 
vicio  y  de  la  aventura  triunfantes,  era  hombre  que  no  se  avenía 
con  su  siglo,  y  por  sus  pensamientos,  por  sus  ideales  como  por 
sus  empresas,  mas  parecía  uno  de  los  compañeros  de  Vasco 
de  Gama  ó  de  Magallanes  que  un  hombre  moderno.» 

Dijo  también  otro  diario  que  al  entierro  de  Cominges,  que 
ha  honrado  á  su  patria  en  una  tierra  para  él  querida,  la  de  sus 
hijos,  asistió  numerosa  y  distinguida  concurrencia.  Algo  es 
esto;  pero  no  basta  para  ofrecer  al  mundo  testimonio  de  que 
se  sabe  hacer  justicia  aunque  tardiamente  á  los  hombres  supe- 
riores destinados  por  la  naturaleza  para  servir  de  modelo  de 
fé,  honradez  y  constancia. 


Montevideo,  22  de  Junio  de  1892. 


Matías  Alonso  Criado 


■ 


EXPLORACIONES 


^ 


EXPLORACIONES 


AL 


CHACO  DEL  NORTE. 


FRAGMENTOS  DEL  DIARIO  DE  LA  PRIMERA  EXPEDICIÓN  O 


ANTECEDENTES    HISTÓRICOS. 

Dudosa,  aunque,  apoyada  por  autores  extranjeros,  existe  en 
Portugal  la  tradición  de  que  en  1526,  cuatro  valientes  aven- 
tureros  de  aquella  nación,  mandados  por  un  tal  Alejos  García, 
salieron  por  San  Vicente  de  las  posesiones  portuguesas  y  cru- 
zando el  río  Paraná  hicieron  la  penosa  travesía  del  Paraguay, 
para  caer  sobre  el  río  de  este  nombre,  muy  poco  más  arriba 
del  lugar  que  hoy  ocupa  la  ciudad  de  la  Asunción. 

Bien  recibidos  por  los  guaranís,  que  todavía  no  tenían  mo- 
tivos de  encono  contra  la  raza  europea,  se  prestaron  á  guiar- 
los y  acompañarlos,  en  muy  crecido  número,  hasta  las  cordille- 
ras del  Perú,  por  lo  que  juntos  todos  penetraron  en  el  Chaco 
por  el  costado  del  río  Paray,  que  debe  ser  el  Confuso,  y  cami- 
naron al  Occidente,  no  sin  guerrear  con  cuantas  tribus  trataron 
en  vano  de  disputarles  el  paso,  en  defensa  de  su  honor,  su 
propiedad  y  su  vida. 

Alcanzado  que  hubieron  las  serranías  entre  Mirque  y  To- 


(^)    El  Diario  completo  de  la  Primera  expedición  fué  publicado 
por  la  casa  editora  del  Sr.  D.  Juan  A.  Alsina,  en  el  año  1882. 


JUAN    DE    COMINGES. 


mina,  saquearon  sin  piedad  á  los  laboriosos  é  inofensivos  sub- 
ditos del  poderoso  rey  Inca  y  continuaron  sus  depredaciones 
hasta  las  cercanías  de  los  pueblos  de  Presto  y  Tarabuco,  donde 
los  muchos  charcas  que  les  hicieron  frente,  les  obligaron  á  re- 
tirarse retrocediendo  al  Paraguay,  por  mejor  camino,  y  cargados 
de  un  rico  botín,  consistente  en  telas  preciosas,  vasos  y  coro- 
nas de  plata  y  oro. 

Una  vez  Alejos  en  territorio  paraguayo  y  en  posesión  de  tan 
rico  tesoro,  creyéndose  seguro  entre  los  guaranís,  sus  com- 
pañeros de  exterminio,  mandó  a  dos  de  sus  compatriotas  al 
Brasil  con  encargo  de  que  dieran  cuenta  de  su  descubrimiento 
á  las  autoridades  portuguesas,  á  fin  de  que,  sin  pérdida  de 
tiempo,  se  le  remitieran  los  elementos  necesarios  para  realizar 
la  conquista  de  tan  vastos  y  ricos  territorios,  lo  que  el  Brasil 
se  apresuró  á  reaJizar,  mandando  incontinenti  al  capitán  Sede- 
ño con  6o  soldados  perfectamente  pertrechados. 

Mas  es  el  caso  que,  como  siempre  el  que  siembra  cosecha, 
Alejos,  que  había  despertado  los  instintos  feroces  de  los  ¿ua- 
ranís  al  enseñarles  el  camino  del  pillaje  y  del*  asesinato,  fué  á 
su  vez  víctima  de  la  codicia  de  éstos  y  motivo,  no  sólo  de  que 
pereciera  Sedeño  con  toda  su  gente,  sino  de  que,  excitada  la 
codicia  entre  las  diversas  tribus,  numerosas  hordas  de  para- 
guayos penetraran  de  nuevo  por  toda  la  extensión  del  Chaco 
del  Norte,  dejando  en  pos  de  sí  las  huellas  de  la  desolación  y 
de  la  muerte. 

En  esta  invasión  simultánea,  los  guaranís,  vecinos  de  las 
riberas  del  Paraná  y  del  Tevicuarí,  ( i )  hicieron  su  entrada  por 
el  río  Araguay  (2)  y  remontando  al  O.  se  establecieron  en  las 
inmediaciones  de  Tarija :  los  del  l^ambaré  (3)  penetraron  por 


(i)     Nombre  de  un  río,  compuesto  de  las  palabras  TEVI,  (anoj,  CUÁ 
(agujero)  y  la  partícula   V,  (agua). 

(2)  Rio  del  Entendimiento,  que  es  la  boca  de    arriba  del  Pilco- 
mayo. 

(3)  Nombre  del  cacique  que  resistió,  cuando  la  conquista,   contra 
las  fuerzas  de  Ayolas. 


EXPLORACIONES. 


el  Monte  Grande  y  los  del  Ipané  (i)  al  Itatín  (2)  entraron  por 
cerca  del  i8<*  de  latitud,  donde,  según  Azara,  están  las  sierras 
de  San  Fernando  y  se  establecieron  á  las  orillas  del  Guapa, 
donde  con  el  tiempo  han  tomado  el  nombre  de  chiriguanos  (3). 

No  fueron  solamente  víctimas  del  furor  de  estas  hordas  des- 
enfrenadas los  pacíficos  indios  del  Bajo  Perú,  sino  que  tam- 
bién sufrieron  con  ellos  los  españoles  de  Tarija,  Paspaya,  Mir- 
que,  Pilaya,  Tomina,  etc. 

Dos  razones  hay  que  tienden  á  comprobar  la  tradición  se- 
mi-histórica  de  la  excursión  del  portugués  Alejos.  La  primera 
y  principal  es:  que  habiendo  ciertamente  tenido  lugar  la  grande 
invasión  de  los  guaranís  por  todo  el  Chaco  del  Norte,  y  su 
establecimiento  definitivo  en  la  falda  de  la  cordillera,  bien  pue- 
de esta  correría  haber  tenido  por  causa  el  conocimiento  que 
habían  adquirido  de  la  riqueza  de  los  territorios  peruanos  y  los 
temores  que  abrigarían  de  ser  castigados  por  las  armas  por- 
tuguesas, á  causa  del  atropello  cometido  con  Alejos,  Sedeño 
y  demás  compañeros  mártires.  Es  la  segunda:  que  no  tenien- 
do hoy  ni  habiendo  tenido  jamás  el  Paraguay  minas  de  oro 
y  plata,  porque  no  lo  permite  su  constitución  geológica,  ocul- 
tando su  procedencia,  los  guaranís  regalaron  á  Gaboto  algu- 
nos objetos  de  estos  ricos  metales  por  el  año  1530,  cuando 
llegó  por  el  rio  Paraguay  hasta  la  confluencia  del  Apa;  regalos, 
que  engañaron  al  gran  náutico  y  á  la  España  entera,  que  pen- 
só que  el  Paraguay  sería  la  patria  del  Dorado ! ! ! 

¿No  pudieron  proceder  los  preciosos  objetos  que  recibió 
Gaboto  de  mano  de  los  guaranís,  de  los  sustraídos  por  ellos 
cuando  el  asesinato  de  Alejos  ? 

Mas  si  las  cosas  sucedieron  de  esta  manera,  ¿cómo  se  ex- 
plica que  en  medio  de  las  amistosas  relaciones  que  Gaboto 


(i)     Rio  Desdichado,  porque  no  tiene  pesca. 

(2)  Hoy  río  de  Apa.  Campo  pedregoso. 

(3)  Frioleros. 


JUAN    DE    COMINGES. 


mantuvo  con  los  indios  del  Itatín,  no  pudiera  imponerse  de  un 
acontecimiento  tan  reciente  como  trascendental? 

¿  Cómo  se  explica  que  ningún  autor  contemporáneo  se  ocu- 
pase de  él  ? 

¿Por  qué  no  confiaron  jamás  su  secreto  á  Ayolas,  á  Irala,  á 
Mendoza,  á  Chaves,  á  Vero^ara,  á  los  jesuitas  ó  á  cualquiera 
de  los  grandes  amigos  que  tuvieron  entonces  y  que  aún  hoy 
conservan  en  el  Paraguay? 

Dudosa,  pues,  y  muy  dudosa  es  la  tradición  de  Alejos. 


Por  el  año  1530  llegó  Gaboto  al  Río  de  la  Plata  y  después 

de  fundar  el  fuerte  del  Espíritu  Santo,  en  el  lugar  donde  el  río 

Carcarañá  (1)  confluye  con  el  Paraná,  dejando  en  él  unaguar 

nición  respetable  en  la  mejor  armonía  con  los  indígenas,  y  de 

mandar  por  tierra  á  César  con  dos  ó  tres  españoles  más,  para 

que  descubriesen  camino  hasta  el  Pacífico,  tomó  río  arriba  hasta 

el  Itatín,  donde  llegó  después  de  algunas  pequeñas  escara- 
muzas. 

Era  entonces,  y  es  en  la  actualidad,  el  río  de  las  Corrientes 
ó  Apa,  el  límite  Norte  de  la  región  habitada  por  los  guara- 
nís.  Este  punto  es  muy  célebre  en  los  fastos  paraguayos;  pues 
en  los  tres  siglos  y  medio  que  han  transcurrido  desde  que  allí 
fueron  sacrificados  los  portugueses  Alejos  y  Sedeño,  hasta  que 
en  tiempo  del  dictador  López  cruzaron  aquel  río  los  feroces 
indios  mbayás  (2)  para  destruirlas  florecientes  cuanto  populo- 
sas colonias  de  San  Salvador,  no  han  cesado  de  ocurrir  allí 
acontecimientos  notables. 

Fué  en  este  lugar  donde  Gaboto  entabló  cordiales  relacio- 
nes con  los  naturales  y  donde  deslumbrado,  en  vista  de  los 


(i)     Car-cara-ña.  (Carancho  pintado).  Alcotán. 

(2)  Mbayás.  (Cañizo).  Gente  que  vive  entre  los  pajonales.  Es  cier- 
to que  desde  el  22°  al  18»  de  latitud,  donde  habitan  los  mbayás, 
son  terrenos  muy  bañados  por  las  aguas. 


EXPLORACIONES. 


ricos  presentes  de  plata  y  oro  con  que  le  obsequiaron,  decidió 
regresar  inmediatamente  á  Espafta,  para  llevar  la  nueva  del 
descubrimiento  de  una  provincia  que  tantos  tesoros  encerralba. 
Por  desgracia,  ó  más  bien  dicho  por  fortuna  para  los  indí- 
genas y  para  España,  los  cerros  del  Paraguay  no  sudaban  oro 
sino  quebrachos,  cedros,  guayabos,  lapachos,  palo-santo  y  tré- 
bol, y  aquellas  alhajas  debieron  proceder  de  algún  regalo  ó  de 
algún  malón  que  se  hubiese  dado  en  años  anteriores  á  los  in- 
dios peruanos. 


Ayolas  fué  sin  duda  e!  primer  conquistador  del  Paraguay  y 
el  primer  europeo  que  penetró  por  las  misteriosas  regiones  del 
Chaco  del  Norte. 

Después  de  la  victoria  que  obtuvieron  las  armas  españolas 
contra  los  caciques  Lambaré  y  Yanduazubí  y  de  la  capitula- 
ción de  los  guaranís,  en  15  de  Agosto  de  1536,  fundó  Ayo- 
las  el  fuerte  de  la  Asunción  y  dejándolo  bien  guarnecido, 
remontó  el  Paraguay,  con  objeto  de  buscar  sobre  la  costa  del 
Chaco  un  puerto  para  atracar  sus  buques  y  un  camino  que  lo 
condujera  al  Perú,  con  cuyo  virrey  deseaba  ponerse  en  comu- 
nicación. 

Los  indios  payaguás  (i)  que  le  acompañaban,  sirviéndole  de 
baqueanos  (2),  le  indicaron  un  lugar  donde  afluía  una  senda, 
que  conducía  á  las  tolderías  del  N.  O.,  lugar  elevado  á  donde 
atracó  Ayolas  cómodamente,  por  permitirlo  la  profundidad  del 
río  y  la  configuración  de  la  costa,  dando  á  aquel  punto  el  nom- 
bre de  Puerto  de  la  Candelaria. 

Muy  disconformes  están  los  poquísimos  autores  que  dan 
noticias,  así  del  punto  geográfico  que  ocupó  el  puerto  de  la 


(i)  Payaguás  y  (los  que  viven  colgados  á  los  remos).  Indios  del 
Chaco  fronterizos  á  la  Asunción,  hoy  casi  civilizados;  pero  se  conclu- 
yen, porque  matan  casi  todos  sus  hijos. 

(2)     Guías,  prácticos,  conductores. 


8  JUAN  .DE    COMINGES. 


Candelaria  como  de  la  fecha  precisa  en  que  tuvo  lugar  el  des- 
embarque. 

Y  no  se  crea  que  este  error  proceda  de  haber  confundido 
lastimosamente  esta  Candelaria  (puerto)  con  otra  Candelaria 
(misión)  establecida  y  trasladada  á  diversos  parajes  y  finalmen- 
te á  la  costa  del  río  Paraná  en  1627,  entre  los  27°  26'  46*' 
de  latitud  y  los  58®  f  34"  de  longitud,  sino  de  que  las  tradicio- 
nes de  los  conquistadores  han  estado  en  desacuerdo  y  de  que 
los  indios  han  guardado  reserva,  por  temor  de  que  se  cono- 
ciera, si  no  la  única,  por  lo  menos  una  de  las  mejores  entradas 
que  tiene  el  Chaco  del  Norte,  por  donde  podrían  penetrar  los 
europeos  á  castigarles  de  la  muerte  de  Ayolas,  que  se  les 
atribuye  hasta  nuestros  dias. 

Ha  llegado  hasta  tal  punto  el  extravío  de  los  autores  en 
esta  materia,  que  algunos  colocan  el  puerto  de  la  Candelaria 
dentro  de  la  laguna  que  hoy  se  llama  Bahía  Negra,  situada 
sobre  los  20**  de  latitud,  y  otros  al  pié  de  las  sierras  de  San 
Fernando  que  están  entre  los  17**  57'  y  los  17^  50'  de  latitud. 

No  tiene  disculpa  el  que  siendo  este  puerto  el  de  más  im- 
portancia histórica  que  tiene  el  río  Paraguay,  hayan  guardado 
muchos  historiadores  y  geógrafos  antiguos  y  modernos  el  más 
doloroso  silencio  con  respecto  á  su  situación;  tanto,  que  ape- 
nas existirán  media  decena  de  mapas  en  que  bien  ó  mal  situa- 
do figure  el  puerto  de  la  Candelaria. 

En  la  carta  de  José  María  Cabrer,  trazada  en  1802  y  publi- 
cada en  París  en  1853,  figura  el  puerto  de  la  Candelaria  á 

los  20<'  38'. 

En  la  de  Martín  de  Moussy  aparece  el  mismo  puerto  en 
los  21°  25'  . 

Azara  dice  en  sus  descripciones  que  está  á  los  21®  5'.  Y 
en  la  recopilación  de  Angelis  se  dice  que  la  laguna  de  Ayolas 
está  sobre  los  1 8^ . 

Entre  estos  cuatro  autores  respetables  hay  tres,  por  lo  me- 
nos, que  han  sido  mal  informados  acerca  del  verdadero  lugar 
en  que  desembarcó  Ayolas,  siendo,  entre  todos,  Angelis,  el  que 


EXPLORACIONES. 


más  se  aleja  de  la  verdad;  sin  duda  por  haber  pensado  que 
Irala  penetró  en  el  Chaco  por  el  mismo  lugar  que  lo  hizo 
Ayolas. 

Reservando  para  después  la  más  poderosa  prueba  de  que 
tampoco  desembarcó  Ayolas  por  los  20"  38' ,  como  lo  afirma 
Cabrer,  debe  suponerse  que  este  autor  no  está  en  lo  cierto 
por  dos  razones;  es  la  primera  porque  desde  el  20'^  al  21^  de 
latitud,  aunque  efectivamente  existen  hoy  sobre  la  costa  algu- 
nas barrancas  elevadas  que  pueden  servir  de  puerto,  sin  que 
se  cubran  de  agua  cuando  llega  la  época  de  las  crecientes,  es 
de  todo  punto  imposible  el  que  en  el  siglo  XVI  se  pudiera 
pasar  desde  ellas  al  interior  del  Chaco  y  menos  en  Febrero  y 
con  centenares  de  hombres  y  caballos  como  lo  hizo  el  intrépido 
conquistador . 

Preciso  es  no  saber  leer  en  las  elocuentes  páginas  que  la  na- 
turaleza ha  escrito  sobre  la  extensa  sábana  del  Chaco,  para 
suponer  que,  á  mediados  del  siglo  XVI,  no  conocían  los  prác- 
ticos de  aquellos  lugares,  mejor  camino  que  el  que  comenzaba 
en  los  20®  38'  de  latitud,  para  llegar  hasta  la  cordillera  de  los 
Andes;  pues  esa  palpitante  lección  de  geología  dice  á  voces 
que  muchos  siglos  después  de  que  la  espina  dorsal  de  ambas 
Américas  surgiera  del  seno  de  las  aguas,  las  llanuras  dilatadas 
que  hoy  se  extienden  desde  su  falda  oriental  hasta  el  Río  de 
la  Plata,  no  eran  otra  cosa  que  el  fondo  de  un  profundo  lago, 
salpicado  de  muy  corto  número  de  islas;  lago  que  aún  no  ha 
desaparecido  completamente  ni  desaparecerá  del  todo,  hasta 
que,  saliendo  este  territorio  del  periodo  de  la  adolescencia,  se 
formen  canales,  que  hoy  no  existen,  por  los  que  se  deslicen 
hacia  los  ríos  principales  las  aguas  excedentes. 

El  Chaco  del  Norte  no  tiene  ríos  sino  lagos,  y  aunque  la 
naturaleza  previsora  va  rellenando  sus  profundidades  con  los 
aluviones,  los  restos  de  los  mariscos  y  de  la  vegetación  acuá- 
tica, aún  pasarán  muchos  siglos  para  que  los  pocos  milímetros 
de  sedimentos  que  en  su  fondo  se  depositan  anualmente,  bas- 
ten para  transformarlos  en  terrenos  cultivables. 


I  o  Jl'AN    DE    COMINGES. 


Cabrer,  al  fijar  en  su  mapa  el  lugar  del  puerto  por  donde 
penetró  Ayolas  en  el  Chaco,  ignoraba  que,  por  regla  general, 
las  barrancas  existentes  en  las  costas  occidentales  del  Río  de  la 
Plata,  del  Paraná  y  del  Paraguay,  son  más  altas  que  los  terre- 
nos interiores  que  suelen  permanecer  sumergidos,  en  una  faja 
más  ó  menos  ancha,  durante  la  estación  de  las  crecientes  ó  de  las 
lluvias,  y  que  precisamente  donde  con  más  puntualidad  se  ob- 
serva este  fenómeno,  es  entre  el  20"  y  2 1®,  donde  la  faja  para- 
lela de  curiches  (i)  no  tiene  menos  de  seis  á  ocho  leguas  de 
anchura,  la  que  hoy  mismo  es  casi  imposible  de  atravesar,  á  pe- 
sar de  que  el  suelo,  ha  de  estar  un  metro  más  alto  que  en 
tiempo  de  la  conquista,  á  causa  de  los  sedimentos  que  en  él 
depositan  las  crecientes  y  las  lluvias  torrenciales  del  verano. 

Aunque  esta  enredada  madeja  de  curiches  está  salpicada  de 
algunas  islas  cubiertas  de  palmas  caranday  (2)  que,  enlazándose 
unas  á  otras,  suelen  por  casualidad  permitir  el  paso  durante  las 
sequías  excepcionales,  es  lo  cierto  que  en  la  estación  de  las  llu- 
vias, que  empieza  en  Diciembre  y  acaba  en  Marzo,  se  cubren 
también  de  agua,  cerrando  completamente  la  entrada  del  de- 
sierto. 

Está,  pues,  demostrado  que  el  puerto  de  la  Candelaria  no 
fué  bien  situado  por  Cabrer,  porque  á  estar  en  los  20°  38', 
Ayolas  no  hubiera  podido  penetrar  en  el  Chaco  con  cargas  y 
caballos,  y  menos  en  el  siglo  XVI,  en  que  el  suelo  estaría  me- 
nos elevado  sobre  el  nivel  ordinario  del  río  Paraguay,  y  menos 
aún  en  el  mes  de  Febrero,  que  es  como  quien  dice,  en  plena 
estación  de  lluvias. 

•  La  segunda  razón,  que  puede  aducirse  para  probar  la  impo- 
sibilidad de  que  el  puerto  de  la   Candelaria  estuviese  situado 


(1)  Bañados  ó  pantanos  con  vegetación,  consistente  en  totoras, 
ninfeas,  etc. 

(2)  Cocos.   Copernicia  cerífera. 


EXPLORACIONES.  I  I 


entre  los  20"  y  21®  de  latitud,  es  que  en  una  comunicación  (i) 
del  coronel  don  José  Antonio  Zabala,  comandante  del  fuerte 
Borbón,  hoy  fuerte  Olimpo,  situado  en  la  margen  del  río  Para- 
guay, sobre  el  cerro  más  saliente  de  los  que  hay  en  el  lugar  lla- 
mado las  Tres  Hermanas  á  los  2  1"  1'  26"5  de  latitud,  se  decía 
al  gobernador  del  Paraguay,  que  deseando  contener  las  corre- 
rías de  los  indios  chamacocos  (2)  no  había  tenido  inconveniente 
en  permitir  que  se  organizaran  al  pie  del  fuerte,  de  su  mando, 
unas  cuantas  tribus  de  hu^nás,móayds  y  otros,  para  ir  á  pelear 
á  los  que  están  establecidos  al  occidente  del  Monte  Grande,  al 
pie  de  la  cordillera.  Que  no  pudiendo  cortar  rectos  al  Oeste  ó 
N.  N.  O.  por  exceso  de  agua,  al  principio  del  camino,  y  por 
falta  absoluta  después,  se  vieron  obligados  los  indios  á  cami- 
nar por  la  barranca  que  hay  en  la  costa,  entre  el  río  y  los  cu- 
riches, hasta  Bahía  Negra,  á  donde  llegaron  en  ocho  días,  des- 
pués de  perder  muchos  caballos,  por  causa  de  las  lagunas  que 
atravesaron.  Que  desde  ese  punto  tomaron  al  poniente  cami- 
nando, hasta  dar  con  los  chamacocos,  unas  80  leguas  por  te- 
rrenos estériles,  sin  agua  y  por  un  monte  interminable,  donde 
los  caballos  morían  de  sed  y  donde  ellos  apagaban  la  suya  con 
la  poca  agua  que  guardan  las  acanaladas  hojas  del  caraguatá 
(3)  y  finalmente,  que  después  de  hacer  una  regular  carnicería 
con  los  enemigos,  regresaron  por  el  mismo  camino  al  fuerte 
Borbón,  para  desde  allí  retirarse  á  sus  respectivas  tolderías  de 
ambas  costas. 


(i)  Esta  comunicación  y  otros  datos  muy  interesantes,  me  fueron 
regalados  por  un  nieto  del  ilustré  Zabaía,  que  es  el  caballero  Machain 
vecino  de  la  Asunción  del  Paraguay.  Hoy  los  posee  don  Francisco 
J.  Brabo. 

(2)  Saramacosis,  según  algunos  autores.  Nombre  quichua  com- 
puesto de  cara,  (maíz)  y  macuisiy  (ayudar  á  comer).  Habitan  al  Oeste 
d^I  Guapay,  al  pie  de  la  cordillera  y  suelen  llegar  al  río  Paraguay,  jun- 
to á  Bahía  Negra,  sobre  el  20»,  donde  está  el  puerto  Vargas. 

(3)  Bromelia-caraguatá  Planta  que  surte  de  agua  en  el  desierto  y 
de  la  cual  sacan  los  indios  las  delicadas  fibras  con  las  que  fabrican  sus 
cuerdas,  bolsas,  hamacas,  etc. 


12  JUAN    DE    COMINGES. 


Ahora  bien;  si  los  indios  vecinos  de  aquellos  lugares  tuvie- 
ron que  caminar  por  los  catetos,  por  no  poderlo  hacer  por  la 
hipotenusa,  del  gran  triángulo  que  forman  la  Bahía  Negra,  fuer- 
te Borbón  y  el  pueblo  de  los  chamacocos,  ¿  cómo  es  posible 
creer  que  Ayolas  hiciera,  más  de  dos  siglos  antes,  lo  que  con- 
sideraban imposible  los  indígenas  contemporáneos? 

No  hay  que  fatigarse  El  pueito  de  la  Candelaria  no  está 
tampoco  donde  Cabrer  lo  representa  en  su  carta. 

Nunca  se  insistirá  bastante  en  traer  la  luz  sobre  estas  mate- 
rias ;  pues  que  los  errores  de  la  Historia  suelen  acarrear  con- 
secuencias funestas  para  el  progreso  de  las  sociedades.  ¡Cuánto 
tiempo  !  j  Cuánto  capital !  ¡  Cuánta  fatiga  y  cuánto  peligro  se 
hubieran  economizado  las  expediciones  exploradoras  mandadas 
por  el  empresario  Brabo  al  Chaco  del  Norte,  si  no  hubiesen 
existido  tantas  sombras  sobre  el  punto  geográfico  que  debía 
ocupar  el  puerto  de  la  Candelaria  ! 

Por  respeto  que  inspire  el  nombre  de  Azara  á  los  que  cono- 
cen las  prendas  poco  comunes  con  que  fué  favorecido  por  la 
Providencia,  no  puede  desconocerse  que  también  pudo  errar 
al  consignar  que  el  puerto  de  la  Candelaria  estaba  situado  á  los 
2 1**  5'  de  latitud;  esto  es,  á  poco  más  de  una  legua,  río  abajo, 
del  fuerte  Olimpo  y  no  muy  lejos  de  un  arroyo  que  desemboca 
en  el  río  Paraguay. 

Esto  no  puede  ser  tampoco;  porque  en  la  distancia  de 
unas  cinco  leguas  desde  el  fuerte  Olimpo  para  abajo,  toda  la 
costa  del  Occidente  ó  es  pantanosa  ó  es  susceptible  de  inun- 
darse con  crecientes  regulares,  y  no  es  creíble  que  un  capitán 
de  las  condiciones  de  Ayolas,  hiciera  su  desembarco  en  un  pan- 
tano, cuando,  á  una  legua  más  arriba,  tenía  una  barranca  es- 
paciosa, á  la  que  pueden  atracar  los  buques  de  mayor  calado; 
barranca  libre  de  las  más  altas  crecientes;  con  pastos  exquisitos 
para  los  animales;  con  leña  abundante  y  defendida  por  Norte 
y  Oeste,  con  el  grupo  de  cerros  que  se  conocen  con  el  nom- 
bre de  las  Tres  Hermanas,  atalayas  naturales  y  posiciones 
estratégicas,  que  no  debe  perder  de  vista  el  que,  al  penetrar 


EXPLORACIONES.  1 3 


guerreando  en  el  Chaco,  precisa  una  base  de  operaciones,  ó 
por  lo  menos,  un  punto  seguro  donde  organizarse  para  entrar 
en  campaña. 

Aunque  ciertamente  la  senda  del  Perú,  ó  más  bien  alguna 
ramificación  de  ella,  hubiera  venido  á  parar  al  punto  de  la 
costa,  que  Azara  indica  como  puerto  de  Ayolas,  lo  que  acaso 
tenga  algún  fundamento;  de  todos  modos,  el  conquistador  no 
hubiera  cometido  la  imprudencia  de  bajarse  en  él,  sino  que  lo 
hubiera  hecho  en  la  explanada  de  las  Tres  Hermanas,  y  desde 
allí  se  habría  ido  por  la  costa  abajo  á  tomar  la  senda  que  ha- 
bía de  conducirle  á  la  cordillera  (i) . 

Decididamente,  tampoco  el  puerto  de  la  Candelaria  debió 
estar  situado  sobre  los  21®  5,  y  si  algo  Azara  pudo  aproximar- 
se á  la  verdad,  fué  porque  acaso  el  punto  donde  desembarcó 
Ayolas,  sería  al  pie  de  las  Tres  Hermanas,  donde  después  edi- 
ficaron los  españoles  el  fuerte  Borbón. 

Sin  embargo  de  que  esta  sospecha  no  sea  muy  vehemente, 
lo  que  no  ofrece  duda  es :  que  el  puerto  de  la  Candelaria  está 
colocado  entre  los  2 1°  y  22**  de  latitud  ;  bien  sea  en  la  Angos- 
tura á  los  21**  17',  frente  á  cuyo  punto  hay  un  cerro  pequeño 
en  el  Chaco  y  otro  como  dos  leguas  más  al  N.  O.,  bien  sea 
frente  á  Pan  de  Azúcar,  á  los  21"  22',  donde  hay  una  barran- 
quita  de  alguna  extensión  ;  bien  al  lado  de  un  arroyo  muy  sa- 
lado, que  Cabrer  lo  llama  con  razón  de  los  Huanás,  colocado 
en  los  21**  56',  ó  bien  sobre  los  21**  25',  donde,  con  no  poco 
fundamento,  lo  coloca  el  geógrafo  francés  Martín  de    Moussy. 

Con  no  poco  fundamento,  porque  en  nuestro  viaje  de  explo- 
ración, hemcs  caminado  por  una  senda,  espaciosa  y  muy  tri- 
llada por  hombres  y  caballos,  que  viene  como  de  Santa  Cruz 
de  la  Sierra,  recta  de  N.  O.  á  S.  E.,  la  que  al  llegar  como  á 
tres  ó  cuatro  leguas  del  río  Paraguay,  próximamente  á  los 


(i)  El  P.  Lozano  afirma  que  Ayolas  desembarcó  al  abrigo  de  las 
sierras  de  Cuneyeguá.  ¿Serán  estas  sierras  los  cerros  de  las  Tres  Her- 
manas ? 


14  JUAN    DE    COMINGES 


2  1°  23'  de  latitud,  como  se  manifiesta  en  el  mapa  que  acom- 
paña á  esta  Memoria,  cambia  de  rumbo  al  Sud,  y  casi  paralela 
á  un  arroyo  salado,  que  debe  ser  el  arroyo  de  los  Huanás,  y 
viene  á  alcanzar  la  costa  del  río  Paraguay,  diez  leguas  más 
abajo,  poco  más  ó  menos,  y  en  el  lugar  donde  dicho  arroyo 
confluye  con  el  río. 

Los  huanás  conservan  la  tradición  de  que  por  ese  camino 
pasó  el  PRIMER  CACIQUE  BLANCO  á  la  cordillera. 

No  hay  duda  de  que  esta  senda  debe  ramificarse  en  otras 
dos  más,  en  el  punto  donde  cambia  tan  bruscamente  de  rum- 
bo; una  qiie  siga,  como  continuación  de  la  primera,  su  rumbo 
general  de  N.  O.  á  S.  E.,  saliendo,  por  lo  tanto,  próxima  al 
paraje  señalado  por  Moussy  corao  puerto  de  la  Candelaria,  y 
otra  que  se  dirija  á  N.  E.,  buscando  el  fiíerte  Borbón,  que  es  el 
camino,  que  según  Zabala,  llevaban  los  huanás  antes  de  ser 
enemigos  mortales  de  los  mbayás. 

Tanto  la  parte  de  la  senda  general,  que  debe  continuar  hasta 
el  río  Paraguay,  como  el  ramal  que  en  otro  tiempo  marchaba 
al  fuerte  Borbón,  deben  estar  ya  cerrados;  no  sólo  por  la  ve- 
getación del  medio  siglo  que  hace  que  no  se  transita^  por  los 
indígenas,  y  porque  precisamente  por  allí  empieza  ya  la  faja  de 
los  grandes  curiches  de  que  se  ha  hecho  mención,  sino  porque 
rotas  ya  las  relaciones  entre  los  huanás  y  mbayás  que  á  prin- 
cipio de  este  siglo  vivían  en  grande  armonía,  y  declarada  por 
los  segundos  una  guerra  de  exterminio  á  los  primeros,  procu- 
ran éstos  cerrar  todas  las  entradas  á  sus  enemigos,  que  pre- 
cisamente residen  y  tienen  sus  formales  aldeas  desde  el  22** 
al  I S^  próximamente. 

Dados  estos  antecedentes,  no  será  muy  aventurado  el  ase- 
gurar que  el  puerto  de  la  Candelaria  estuvo  en  la  costa  Occi- 
dental del  rio  Paraguay  sobre  el  21^  25',  como  lo  afirma  el 
geógrafo  moderno  Martín  de  Moussy,  que  es  sin  duda  el  que 
formuló  sus  opiniones  en  vista  de  mejores  datos. 

Así  como  el  más  poderoso  fundamento  que  tenemos  para 
afirmar  que  el  puerto  de  la  Candelaria  está  en  el  21**  25',  repo- 


EXPLORACIONES.  1 5 


sa  en  nuestra  propia  experiencia,  del  mismo  modo  el  fuerte  mo- 
tivo que  nos  indujo  á  negar  que  dicho  puerto  estuviese  entre 
el  20°  y  2i<>,  estribaba  también  en  que  hemos  reconocido  per- 
sonalmente la  imposibilidad  que  hay  de  abrirse  paso  desde  allí 
al  interior  del  Chaco,  á  través  de  los  curiches. 

Demostrado  ya  cuál  es  el  puerto  de  la  Candelaria,  ó  más 
bien  dicho,  cuál  es  el  camino  mejor  y  más  natural  de  la  cordi- 
llera, digamos  algo  acerca  de  la  fecha  en  que  Ayolas  plantó  en 
el  Chaco  el  primer  estandarte  de  la  civilización. 


Es  un  acontecimiento  histórico  perfectamente  comprobado, 
que  la  victoria  obtenida  por  el  conquistador  Ayolas  sobre  los 
caciques  Lambaré  y  Yanduazubí,  tuvo  lugar  el  1 5  de  Agosto 
de  1536,  y  que  soló  después  dt  este  brillante  hecho  de  armas, 
fué  cuando  remontó  el  río  Paraguay  en  busca  de  un  camino 
que  lo  pusiera  en  relación  con  el  Pacífico. 

Es  también  un  hecho  indiscutible  que  por  haber  Ayolas 
desembarcado  en  el  Chaco  el  2  de  Febrero,  dio  al  lugar  del 
desembarco  el  nombre  de  Puerto  de  la  Candelaria,  en  conme- 
moración al  día. 

Siendo  esto  así,  se  equivocan  tanto  los  diversos  autores,  que 
afirman  que  fué  el  1 2  de  Febrero  el  día  del  desembarco,  como 
los  que  aseguran  que  éste  tuvo  lugar  en  1536. 

En  2  de  Febrero  de  1537,  sobre  la  costa  Occidental  del  río 
Paraguay,  y  en  un  lugar  situado  próximo  á  los  21^  25'  de  la- 
titud, desembarcó  Ayolas,  dando  á  aquel  sitio  el  nombre  de 
Puerto  de  la  Candelaria,  en  conmemoración  al  dia.  Esta  es  la 
Historia. 

Informado  por  los  indios  payaguás,  que  le  acompañaban 
para  servirle  de  guías,  acerca  de  la  docilidad*  de  las  tribus  que 
tenían  que  recorrer,  así  como  de  las  facilidades  del  tránsito, 
Ayolas  que  no  tenía  motivo  para  desconfiar  de  unos  indios  que 
tan  gustosos  le  servían  y  mucho  menos  estando  casado  con  la 


1 6  JUAN    DE    COMINGES. 


hija  de  Tamatié,  su  principal  cacique,  creyó  bastante  una  fuer- 
za de  doscientos  españoles  y  trescientos  payaguás  y  un  plazo 
de  seis  meses  para  llevar  á  cabo  su  expedición;  así  es,  que  de- 
jando á  su  segundo,  Irala,  en  aquel  puerto  con  la  demás  gente 
y  las  embarcaciones,  y  con  orden  de  esperar  su  regreso  duran- 
te seis  meses;  tomó  la  senda  del  N.  O.  que  era  entonces  ya,  y 
es  ahora,  digámoslo  así,  la  carretera  principal  del  Paraguay  al 
Perú;  la  que  pasa  por  innumerables  poblaciones  de  indios,  y  de 
la  que  á  cada  paso  salen  otras  sendas  laterales,  que  forman  la 
inmensa  red,  el  estudiado  sistema  de  caminos  que  cubren  ese 
feraz  y  poblado  territorio,  tan  mal  llamado  el  desierto. 

Vencido  el  plazo  de  los  seis  meses,  impuesto  por  Ayolas  para 
que  se  le  esperase  con  los  navios  en  el  puerto  de  la  Candelaria, 
Irala  recorrió  la  costa  en  todas  direcciones,  y  no  encontrando 
indicio  de  su  regreso,  volvió  al  Paraguay,  donde  se  hacía  nece- 
saria su  presencia. 

Mucho  tiempo  después,  un  indio  lenguaraz  informó  á  Irala 
de  que  Ayolas  había  llegado  con  toda  felicidad  hasta  la  cordi- 
llera, donde  después  de  recojer  grandes  riquezas,  regresó  con 
todos  sus  compañeros  al  punto  de  partida  sin  encontrar  á  na- 
die esperándole,  ni  aviso  ni  señal  alguna,  lo  que  le  obligó  á  es- 
perar largo  tiempo  entre  los  indios  y  tan  confiado  en  su  lealtad, 
que  pagó  su  descuido  con  su  vida  y  la  de  todos  los  españoles 
que  le  acompañaron. 

Este  informe  bastó  para  que  se  tomara  por  cierta  la  noticia 
con  todos  sus  detalles,  sin  que  hasta  hoy  nadie  se  haya  ocu- 
pado en  contradecirla  ni  en  ponerla  en  duda,  sin  embargo 
de  que  existen  algunos  datos  contradictorios  que,  procediendo 
de  muy  diversos  orígenes,  dicen  más  que  la  palabra  de  un  indio 
solo. 

Si  Ayolas  llegó  al  puerto  de  la  Candelaria,  sano  y  bueno  y 
con  toda  su  gente,  ¿por  qué  no  mandó  algunas  canoas  con  pa- 
yaguás para  dar  aviso  de  su  llegada  en  el  fuerte  de  la  Asun- 
ción? Este  era,  río  abajo,  viaje  de  seis  ó  siete  días.  ¿Por  qué 
no  pasó  á  la  costa  Oriental  con  toda  su  gente  y  comiendo  car- 


EXPLORACIONES.  1  ^ 


pinchos  y  yacarés  se  fué  por  tierra  á  la  Asunción?  Y,  si  esto  no 
le  conyenía  por  no  abandonar  sus  enfermos  ó  por  otra  causa, 
¿por  qué  no  fabricó  canoas  para  todos  y  para  más  que  hubiera 

Si  las  gentes  de  Ayolas  se  hubieran  dejado  ver  sobre  la 
costa  de  un  río  tan  frecuentado  en  todo  tiempí;  por  las  canoas 
¿cómo  era  posible,  que  de  toldo  en  toldo,  no  hubiera  llegado  la 
nueva  á  la  Asunción  ? 

Si  los  conquistadores  estaban  seguros  de  la  verdad  de  los 
informes  suministrados  por  el  chana,  ¿por  qué  no  modificaron 
sus  opiniones  cuando  supieron  por  mil  conductos  diversos  que 
existían  ó  habían  existido,  mucho  después  de  la  catástrofe  y  en 
toldos  muy  apartados  entre  sí,  españoles,  soldados  de  Ayolas 
en  la  mejor  armonía  con  los  indios  ? 

Si  los  indios  tenían  voluntad  y  fuerza  para  matar  á  las  gen- 
tes de  Ayolas,  ¿  por  qué  aguardaron  á  realizar  su  intento  al  fin 
del  viaje  y  precisamente  al  lado  del  río  por  donde  de  un  mo- 
mento á  otro  podrían  llegar  los  españoles  ? 

Si  á  Irala  le  señalaron  el  lugar  preciso  de  la  hecatombe,  ¿por 
qué  no  cayó  sobre  aquellos  toldos  para  Vengar  la  muerte  de 
su  jefe?  ¿Por  qué  no  acudió á  dar  sepultura  á  sus  restos?  ¿Por 
qué  no  intentó  siquiera  cerciorarse  por  sí  mismo  de  la  verdad? 

¿Cómo  es  posible  creer,  que  Irala,  que  había  sido  víctima 
de  la  perfidia  de  sus  inmediatos  subalternos  y  del  desenfreno 
brutal  de  la  soldadesca,  no  pudiera  explicar  de  un  modo  más 
racional  el  fracaso  de  la  expedición  de  Ayolas? 

¿Por  qué  cargar  tan  de  ligero  sóbrelos  indios  una  odiosidad, 
que  tantas  víctimas  ha  costado  después  y  que  tanto  ha  dife- 
rido la  verdadera  civilización  del  Río  de  la  Plata? 

No  ignoran  los  historiadores  que  entre  los  jefes  que,  en  todo 
tiempo,  exploraron  regiones  desconocidas,  son  pocos  los  que 
no  han  tenido  que  sofocar  motines  y  sediciones;  algunos,  los 
que  han  perdido  en  ellas  la  libertad  ó  la  vida,  y  muchos,  los 
que  sometiéndose  vergonzosamente  han  preferido  arrastrar  el 
calificativo  de  cobardes,  antes  de  pasar  por  déspotas,  que  es 
el  epíteto  con  que  las  multitudes  inconscientes  suelen  pagar  al 


l8  JUAN    DE    COMINGES. 


que,  á  la  conciencia  de  sus  deberes,  acompaña  la  energía  de 
cumplirlos. 

Irala,  Nuflo  de  Chaves,  Mendoza,  Vengara,  Alvar-Nuñez, 
todos  aquellos  genios  inspirados,  á  quienes  un  sentimiento  he- 
roico guiaba  á  la  conquista  del  desierto,  todos  ellos  han  tenido 
que  pasar  por  el  dolor  de  tener  que  remolcar,  por  la  persua- 
ción  ó  por  la  violencia,  á  esos  indispensables  elementos  de 
fuerza,  á  esos  autómatas,  á  quienes  solo  guía  la  sórdida  codi- 
cia ó  el  interés  de  un  miserable  salario  !  I ! 

Sólo  ese  sacrificio  es  el  que  merece  la  gloria;  porque  los  ver- 
daderos méritos  del  explorador,  no  consisten  en  triunfar  sobre 
la  rebelde  naturaleza  sino  en  saber  apropiarse  los  medios  con 
que  cuenta,  para  aplicarlos  unidos,  con  oportunidad. 

Si  los  antecedentes  de  Ayolas  no  permiten  la  sospecha  de 
que  fuese  uno  de  esos  genios  flexibles  que  se  someten  á  las 
imposiciones  de  los  sediciosos,  no  es  muy  aventurado  deducir, 
que  si  no  llegó  al  puerto  de  la  Candelaria  en  el  plazo  estipu- 
lado, fué  porque  murió  procurando  arrancar  á  sus  soldados 
de  aquellos  cerros  que  sudaban  plata. 

Y  téngase  presente  que  la  plata  era  entonces,  como  es  hoy 
todavía,  un  objeto  despreciable  para  los  indígenas  del  Chaco 
del  Norte. 

No  culpemos,  pues,  á  los  indígenas  de  ese  crimen:  i.<*  Por- 
que ninguna  utilidad  les  reportaba;  2.®  Porque  dada  su  timi- 
dez no  querrían  ejecutarlo  por  temor  á  la  represalia;  y  ¡.^ 
Porque  no  tenían  elementos  para  ello. 

Por  encima  de  todas  estas  lógicas  deducciones,  que  se  des- 
prenden de  la  Historia,  está  la  tradición  que  hemos  tenido  la 
fortuna  de  recoger  de  boca  de  los  huanás  en  el  mismo  teatro 
de  los  sucesos : 

TiBAG-EGNEM  (l)  ALUGUATÁ  (2)  TEMEMEK  (3)  MPIECEN  (4)  (kID- 


(i)      Tibag-Egfum .   Salida  del  Sol  ó  sea  Oriente, 

(2)  Aluguatá.  Rio  Grande. 

(3)  Témeme fc.  Cinco  ó  quinto. 

(4)  Mpieccn.  Padre. 


EXPLORACIONES.  1 9 


KIAD  (l)  EGNEM  (2)  EMANABIE  (3)  UBIATÚM  (4)  APMÜPUIYÁ  (5)  AN- 
CEGAMÁ  (6)  AMAIGAÁ  (7)  AMPIRABIE  (8)  CAMÁY  (9)  NESKILJÁ  (lO) 
ALUGUATA  MTEALMÓ  (ll)  IKTEMANETÉN  (12)  CRISTIANO  JIMME- 
PEE  (13)  TUGUCUÁ  ( 1 4)  KIDKIÁD-EGNEM  ( I  5)  ALMEATÓ  ( 1 6)  ETIEMÓK 
( I  7)  CRISTIANO  ENNORTENGUE  ( I  8)  AERTEKE  ( 1 9)  EMAIAIJA  (20)  CA- 
BALLÚ(2  ()  ANTALA(22)  TAGSENÁ-EGNEM(2  3)  ENEMOATEA  (24)pAÁT 
(25)  CAMÁY  (26)  HUANÁS  LEKTESMA  (27)  APUINEJE  (28)  KIDKIÁD 
EGNEM  (29)    PAYAGÜÁS,     AMAIGÁS,     ANGAITES,      SANAPANAS,    CHA- 


(1)  Kidkiád.  Hijo. 

(2)  Egnétft,  Sol,  Dios,  padre. 

(3)  Emanabié.  Hombre. 

(4)  Ubiatüm,  Pelo  de  barba. 

(5)  Apntupuy-yá,  Blanco. 

(6)  Ancegamá.  Marchar  ó  caminar. 

(7)  Amaigaá,  Reunidos  en  grupo. 

(8)  Ampirabié,  Recto. 

(9)  Camáy,  Camino. 

(10)  Neskiljá,  Noroeste. 

(11)  Mtealmó.  Piedra,  cerro,  montaña. 

(12)  Yktemaneién.  Arriba,  cumbre. 

(13)  Cristianos  gintmepeén.  Cristianos  lucharon. 

(14)  Tugucuá.  Pegar,  castigar,  golpear. 

( 1 5)  Kidkiád' Egném.  Hijo  del  Sol,  ó  hijo  de  Dios. 

(16)  Almeaió,  Morir,  murió. 

(17)  Eiiemók.  caer. 

(18)  Cristianos  ennortefigué.  Cristianos  arrebatar. 

(19)  Aertéke.  Plomo,  bala,  mineral. 

(20)  Emaiaijá.  Ponerse  el  morral. 

(21)  Caballü,  Como  el  caballo  fué  importado  por  los  españoles,  lo 
nombran  casi  como  nosotros. 

(22)  Antalá,  Marcharse. 

(23)  Tagsená'Egném.  Puesta  del  Sol,  Occidente. 

(24)  Enemoateá,  Enemigos  malos. 

(25)  Paát,  Toldo,  vivienda,  casa,  rancho. 
(26J  Catnáy.  Camino,  senda,  vereda. 

(27)  Htianás  Uktesmás,  Huanás  amigos. 

(28)  Apuinejé,  Llorar  á  gritos. 

(29)  Kidkiád'Egném.  Hijo  del  Sol. 


20  JUAN    DE    COMINGES. 


MACOCOS,  MBAYAS,  GUAICÜRUZES,  GUARAÑOCAS  (l)  APUINEJE  (2) 
KtDKIÁD-tGNEM  (3)  ALMEATÓ  (4). 

La  traducción  del  huaná,  tal  como  la  hemos  comprendido, 
es  ésta: 

«Por  el  río  grande  del  Oriente,  vio  mi  quinto  abuelo  apa- 
recer al  hijo  del  Sol;  hombre  de  barba  blanca  y  junto  con  él 

■ 

marchó  camino  recto  del  río  del  N.  O.  á  la  cumbre  de  las 
sierras. 

«Lucharon  entre  sí  los  cristianos  y  golpeado  el  hijo  del  Sol, 
cayó  muerto. 

« Después  de  que  los  cristianos  arrebataron  los  metales,  col- 
garon las  mochilas  sobre  los  caballos  y  marcharon  al  Poniente 
por  el  camino  de  la  morada  de  los  enemigos. 

«Sus  amigos  los  huanás,  lloraron  al  hijo  del  Sol. 

«Payaguás,  amaigás,  angaités,  sanapanás,  chamacocos,  mba- 
yás,  guaicuruces  y  guarañocas,  lloraron  la  muerte  del  hijo 
del  Sol». 


(i)  Payaguás..  Indios  vecinos  de  la  Asunción,  que  antes  residían  en 
el  Chaco  frente  al  Paraguay. 

Amaigás.  Indjos  establecidos  y  casi  confundidos  con  los  huanás,  re- 
sidentes en  el  interior,  sobre  el  .20''  de  latitud. 

Angaités.  Indios  confundidos  con  los  huanás  y  residentes  frente  á  la 
Colonia  Apa,  á  las  márgenes  del  río  Paraguay,  entre  el  22®  20*  y  el  23" 
de  latitud. 

Sanapanás.  Indios  confundidos  con  los  huanás  residentes  entre  los 
210  y  22"  de  latitud,  como  á  ocho  leguas  del  río. 

Chamacocos.  Indios  que  aparecen  con  frecuencia  en  Bahía  Negra  y 
cuya  residencia  es  mu)^  al  interior  del  Chaco. 

Mbayás.  Indios  portugueses,  fronterizos  á  los  huanás  que  en  otro 
tiempo  habitaron  algunos  en  el  Chaco  y  fueron  amigos,  y  que  hoy  se 
racen  cruda  guerra.  Habitan  desde  el  río  Apa  hasta  el  frente  de  Cu- 
humbá. 

Guaicunues.  Indios  de  la  margen  del  Paraguay  del  Pilcomayo  y  de 
las  fronteras  de  Salta  y  Jujuy. 

Ciiarañocas.  Indios  residentes  al  Sud  de  las  Salinas,  de  San  José  y 
Santiago  de  Chiquitos. 

(2)  Apidnejé.  Llorar  á  gritos. 

(3)  Kidkiád-Egncm.  Hijo  del  Sol. 

(4)  Almeatd.  Morir,  cadáver. 


EXPLORACIONES.  2 1 


Esta  sencilla  tradición,  que  hasta  hoy  ha  permanecido  ig- 
norada de  todos  los  historiadores  y  de  todos  los  hombres  civi- 
lizados, no  puede  ser  una  fábula  inventada  por  unos  indios  tan 
ingenuos,  para  disculparse  de  un  crimen  de  sus  antecesores. 

Pero  si  aún  quedase  alguna  duda  sobre  este  error  histórico, 
sépase  que  los  huanás  son  más  hospitalarios,  más  sinceros  y 
más  morales  que  la  mayoría  de  los  hombres  que  se  llaman  ci- 
vilizados, y  entonces  se  comprenderá  que  ni  hoy  mienten,  ni 
ayer  pudieron  ser  traidores. 

Informado  Carlos  III  por  el  virrey  don  Nicolás  Arredondo  de 
que  los  portugueses  habían  establecido  presidios  (i)  sobre  las 
costas  españolas  del  río  Paraguay,  por  real  orden  de  1 1  de 
Junio  de  1799,  se  mandó  formar  guardias  en  ambas  costas  de 
este  río,  lo  que  el  Intendente  del  Paraguay  cumplió  en  el  mis- 
mo  año,  siendo  una  de  ellas  el  fuerte  Borbón,  situado  como  se 
ha  dicho  en  la  costa  del  Chaco,  en  el  cerrito  que  está  más  al 
Norte  del  grupo  llamado  las  Tres  Hermanas,  sobre  el  2 1*»  1' 
26' '5  de  latitud. 

El  tacto  exquisito  que  desplegaron  los  comandantes  de  esta 
fortaleza,  para  atraerse  el  respeto  y  hasta  el  cariño  de  los  in- 
dígenas fué  tal,  que  aún  sin  el  socorro  de  víveres  que  les  He- 
gaba  con  frecuencia  desde  la  Asunción,  hubieran  podido  sub- 
sistir con  los  regalos  que  recibían  de  las  infinitas  tribus  que  se 
establecieron  en  las  inmediaciones  de  ambas  costas. 

Hasta  tal  extremo  llegó  á  intimarse  la  relación  de  éstos  con 
los  españoles,  que  aún  hoy,  entre  los  mbayás  y  los  amaigás, 
subsisten  algunos  indios  que  han  heredado  de  sus  padres  el 
nombre  de  Zabala,  que  les  fué  dado  por  uno  de  los  comandan- 
tes de  esta  guarnición  así  llamado.  Nombre  que  deberían  llevar 
con  orgullo,  porque  recuerda  á  un  gran  patriota  y  gran  político, 
español. 

Si  después  que  el  Paraguay  se  emancipó  de  la  Metrópoli,  se 
hubiera  provisto  esa  plaza  con  hombres  de  las  aptitudes  de  Za- 


(i)     Nova  Coimbra  y  Alburquerque. 


2  2  JUAN    DE    COMINGES. 

bala,  nunca  el  Imperio  del  Brasil  hubiera  conseguido,  como  lo 
consiguió  durante  la  última  guerra,  lanzar  armados  á  los  indios 
fronterizos  sobre  colonias  tan  florecientes  como  las  del  Sal- 
vador. 

La  política  usada  con  los  indios  por  los  comandantes  para- 
guayos fué  diametralmente  opuesta.  El  cañón  del  cubo  del 
Oeste  comenzó  por  vomitar  metralla  sobre  todo  grupo  de  in- 
defensos indios  que  se  divisaban  en  el  Chaco  y  los  cañones  de 
los  otros  tres  cubos,  hacían  lo  mismo  con  cuantas  canoas  apa- 
recían por  el  río;  lo  que  no  impidió  que  por  dos  veces  fuera  la 
guarnición  pasada  á  cuchillo,  víctima  de  las  más  justas  repre- 
salias y  que  en  una  de  éstas  persistieran  los  indios  en  la  pose- 
sión del  fuerte  durante  mucho  tiempo. 

Es  inútil  decir  que  esta  política  fué  no  sólo  el  motivo  por 
que  se  despoblaron  las  tribus  de  la  costa  occidental,  sino,  y  lo 
que  es  peor  para  los  intereses  paraguayos,  la  causa  de  que  los 
mbayás  fronterizos  se  hayan  convertido  todos  en  soldados,  ves- 
tidos y  armados  por  el  vecino  imperio.  Indios  que  hablan  por- 
tugués y  que  dicen  con  toda  arrogancia  que  son  subditos 
brasileros. 

Aquí  termina  la  historia.de  las  exploraciones,  de  esta  parte 
del  Chaco;  mejor  dicho,  aquí  dá  fin  la  narración  histórica  de 
las  relaciones  que  los  indios  huanás  han  tenido  directamente 
con  el  mundo  civilizado;  pues  las  conquistas  de  Manso,  man- 
dado por  el  Perú  para  defender  á  los  charcas  de  las  correrías 
de  los  guaycuruces  y  los  chiriguanos,  apenas  pasaron  algo  de 
la  falda  de  las  cordilleras;  y  las  verificadas  por  los  conquista- 
dores del  Paraguay,  fueron  ó  por  el  Pilcomayo,  ó  por  las  Sie- 
rras de  San  Fernando,  situadas  á  los  19**  13'  ó  por  la  Ga'ba 
que  lo  está  á  los  1 7®  50'.  Los  que  penetraron  por  estos  dos 
últimos  punto,  sólo  caminaron  al  Occidente  sin  tratar  más  que 
con  los  dulcísimos  guatos  ó  con  las  tribus  que  poblaban  lo  que 
hoy  es  provincia  de  Chiquitos,  donde  fundaron  Santa  Cruz  de 
la  Sierra,  en  las  inmediaciones  del  actual  pueblo  de  San  José. 

Resumiendo  en  pocas  palabras  cuanto  llevamos  manifesta- 


EXPLORACIONES.  23 


do  acerca  de  los  antecedentes  históricos  de  los  lugares  que  he- 
mos explorado  por  orden  de  la  empresa  Brabo,  para  ver  si 
era  posible  abrir  una  vía  de  comunicación  que  transformase  á 
Bolivia  en  una  nación  del  Plata,  sólo  diremos,  que  el  día  de 
nuestra  entrada  en  el  Chaco  del  Norte,  siendo  más  desconoci- 
do  que  los  más  remotos  confines  del  África,  nada  sabíamos 
acerca  de  las  condiciones  de  su  suelo  ni  de  sus  habitantes,  ni 
nada  sabían  tampoco  los  historij;dores. 

Cábenos  el  honor,  ya  que  no  de  haber  penetrado  los  prime- 
ros porque  Ayolas  se  adelantó  á  nosotros,  por  lo  menos,  de 
haber  sido  los  primeros  que,  después  de  recorrer  el  interior  del 
Chaco  del  Norte,  han  regresado  al  seno  de  la  sociedad  civi- 
lizada. 


CAUSAS  QUE  MOTIVARON  LA  EXPEDICIÓN 

No  hay  más  que  recorrer  un  poco  las  páginas  de  la  historia 
de  la  conquista  del  Río  de  la  Plata  y  las  de  la  historia  de  las 
Misiones,  para  persuadirse  del  grande  empeño  con  que  con- 
quistadores y  jesuitas,  magistrados  é  intendentes,  goberna- 
dores y  virreyes,  buscaban  el  modo  de  romper  las  ligaduras 
geográficas,  que  oprimen  á  ese  emporio  de  riquezas  naturales 
que  hoy  se  llama  República  de  Bolivia. 

El  Perú,  Chile,  Buenos  Aires  y  sobre  todo  el  Paraguay,  coo- 
peraban á  la  empresa  con  toda  la  buena  voluntad  que  puede 
emplear  un  enfermo  para  buscar  los  medios  de  curarse ;  porque 
el  Perú,  Chile,  Buenos  Aires,  el  Paraguay  y  Bolivia,  no  tenian 
como  hoy,  intereses  opuestos;  no  eran  países  que  tratasen  de 
sacar  provecho  de  las  desventajas  de  sus  vecinos ;  no  eran  en 
fin,  naciones  que  se  explotasen  mutuamente,  sino  pueblos  her- 
manos; hijos  que  vivían  bajo  la  patria  potestad  de  su  madre 


^ 


24  JUAN    DE    COMINGES. 


España  y  que  por  tanto  al  cooperar  por  los  intereses  de  un 
miembro  de  la  familia,  cooperaban  por  los  suyos  propios.  Pero 
desgraciadamente,  aunque  doloroso  sea  confesarlo,  y  aunque 
esto  no  sirve  para  empañar  el  lustro  de  las  grandes  virtudes 
que  resplandecieron  en  la  mayor  parte  de  los  conquistadores 
del  Paraguay,  es  preciso  decir,  que  teniendo  más  de  valientes 
que  de  ilustrados,  jamás  supieron  mantener  con  buena  política, 
las  brillantes  conquistas  que  realizaron  con  la  espada,  pues  no 
es  á  ellos  á  quien  debe  agradecer  la  humanidad  el  que  la  raza 
guaraní  no  hubiera  preferido  aniquilarse  (i)  á  someterse  y  con- 
fundirse, como  por  fin  lo  hizo  con  la  raza  española. 

Los  verdaderos  conquistadores  del  Paraguay  y  de  las  pro- 
vincias de  Corrientes,  Moxos  y  Chiquitos  fueron  los  Padres 
Jesuitas,  y  pluguiese  al  Cielo  que  ellos  hubieran  precedido  á 
Ayolas  nada  más  que  tres  siglos,  para  que  hoy  existiera  sobre 
la  tierra  un  solo  pueblo  que  hiciese  honor  á  la  humanidad. 

La  índole  dulcísima  de  los  indígenas,  unida  al  sistema  segui- 
do por  los  jesuitas  para  atraerlos  á  la  vida  de  la  actividad,  del 
progreso  y  de  la  virtud,  hubieran  terminado  el  milagro;  pero 
Dios  no  quiso  que  tan  pronto  existiera  un  pueblo,  donde  los 
buenos  pudieran  refugiarse  contra  las  tormentas  de  la  ini- 
quidad. 

Los  que  encadenan  y  los  que  explotan  á  la  humanidad  se 
apercibieron  demasiado  pronto  de  que  en  el  seno  de  los  mis- 
teriosos bosques  de  la  virgen  América,  se  estaba  incubando  el 
germen  de  la  más  grande  de  las  revoluciones  humanas,  puesto 
que  allí  existía  una  sociedad,  que  al  salir  de  la  inocencia  primi- 
tiva, había  caido  entre  manos- de  la  virtud  que  la  enseñó  á  tra- 
bajar con  inteligencia  para  vivir  en  la  abundancia,  á  cultivar  las 
bellas  artes,  para  vivir  en  la  alegría,  y  á  amar  á  Dios  como  Pa- 
dre y  al  prójimo  como  hermano,,  para  no  temer  los  peligros 


(i)  Los  payaguás  y  la  mayor  parte  de  los  indígenas  que  aun 
viven  en  el  Paraguay,  procuran  el  aborto,  ó  matan  al  nacer  casi  todos 
sus  hijos,  para  librar  á  su  raza  de  las  miserias  de  la  vida. 


EXPLORACIONES.  25 


del  porvenir.  Estos  pueblos  que  habían  empezado  por  aprender 
á  ser  buenos  y  por-  aprender  á  pasarse  sin  verdugos,  hubieran 
terminado  por  encariñarse  con  sus  costumbres  y  por  no  con- 
sentir que  ningún  poder  humano  atentase  contra  su  feliz  inde- 
pendencia. 

Los  magnates  y  los  demás  encomenderos  que,  desatendiendo 
las  instrucciones  de  la  Metrópoli  y  obedeciendo  sólo  á  las  su- 
gestiones de  la  codicia,  la  lujuria  y  la  crueldad,  esclavizaban  á 
sus  mujeres,  y  dejaban  morir  á  sus  hijos  víctimas  de  la  orfan- 
dad,  (i)  no  pudiendo  soportar  el  freno  que  ponía  á  sus  pasio- 
nes la  noble  actitud  de  los  misioneros  que  día  á  día  represen- 
taban á  los  reyes  lo  difícil  que  les  era  mantener  sus  conquistas 
sobre  unos  indios  tan  constantemente  hostilizados  por  el  sen- 
sualismo de  los  españoles,  organizaron  desde  todas  las  pose- 
siones del  Nuevo  Mundo  una  formidable  cruzada,  que  movió 
la  poderosa  palanca  de  la  calumnia  para  despertar  los  celos 
del  monarca,  que  decretó  muy  de  ligero  la  expulsión  de  los 
jesuítas  de  todos  los  dominios  españoles. 

Y,  ¿cuál  fué  la  consecuencia  inmediata  de  este  decreto?  Que 
sustituidos  los  Padres  de  la  Compañía  por  un  clero  ignorante  y 
corrompido,  pero  más  transigente  con  los  opresores,  dieron 
los  reducidos  el  salto  atrás  y  se  lanzaron  de  nuevo  á  la  profun- 
didad de  las  selvas,  para  gozar  allí  de  una  existencia  más  inde- 
pendiente, más  moral  y  más  feliz,  que  la  que  arrastraban  uncidos 
al  carro  triunfal  de  lo  que  sólo  por  sarcasmo  puede  llamarse  la 
civilización ! ! 

Estamos  en  1881  y  todavía  sobre  la  superficie  de  la  América 
del  Sud,  ocupa  la  barbarie,  mayor  espacio  que  la  civilización. 

El  monarca  español  prefirió  ser  el  señor  in  pártibus  de 
unos  bosques  poblados  de  fieras  y  de  indios,  á  correr  el  riesgo 
de  que  algún  día  pudieran  emanciparse  parte  de  los  subditos 
de  aquella  corona,  sobre  la  cual  el  Sol  resplandecía  siempre. 


(i)  Carta  de  D.  Martín  González  al  emperador  Carlos  V,  en  25  de 
Junio  de  1556. 


20  JUAN    DE    COMINGES 


No;  no  fueron  lasespadas  delrala  ni  de  Nuflo  de  Chaves,  las 
que,  respondiendo  á  las  necesidades  más  urgentes,  abrieron  el 
camino  del  Paraguay  al  Perú,  fueron  sí  aquellos  abnegados 
mártires,  mil  veces  más  valientes  que  los  conquistadores,  que 
impulsados  por  su  fé  en  el  porvenir  de  la  humanidad,  y  por  su 
esperanza  en  los  destinos  futuros,  se  lanzaban  solos  en  medio 
de  las  fragosidades  de  las  selvas,  para  llevar  el  pan  de  la  cari- 
dad á  los  semejantes  que  aún  yacían  en  las  tinieblas  de  la 
ignorancia. 

En  19  de  Setiembre  de  1773  decía  Azara,  refiriéndose  al 
di.irio  del  P.  Sánchez,  qtie  desde  el  p7'incipio  de  la  conquista 
hubo  empeño  en  encontrar  caminos  á  Moxos  y  Chiquitos,  y 
propone  como  bueno,  el  frecuentado  por  los  indios,  añadiendo, 
que  al  N.  de  los  mbayás  había  un  paso  que  daba  á  los  hua- 
nás  del  Occidente.  (1) 

El  mismo  autor,  lamentándose  de  que  se  hubiese  perdido 
el  camino  de!  Perú,  dice  que  no  es  tan  difícil,  como  lo  que 
cree  el  gobernador  de  la  provincia  de  Chiquitos,  el  abrirle  de 
nuevo,  pues  por  él  fueron  recientemente  quince  portugueses 
pretextando  ir  en  busca  de  unos  esclavos  fugitivos;  por  él  en- 
traron ¡os  mbayás  en  tiempo  de  las  Misiones,  para  atacar  á 
los  chiquitos  y  cuando  no  pudieron  estos  indios  internarse  por 
allí  á  sus  correrías,  por  causa  del  presidio  que  se  habia  estable- 
cido (2)  se  vieron  forzados  á  introducirse  por  el  20"  de  latitud 
donde  además  de  ser  el  terreno  pantanoso,  tenían  que  atravesar 
un  monte  7nuy  grande  que  habitan  los  niquilás  (3);  y  concluye, 
por  fin,  asegurando  qtie  eii  tiempo  de  los  jesuitas,  el  camino 
entre  Santiago  de  Chiquitos  y  el  Sagrado  Corazón  era  tan  tra- 
jinado como  el  de  Getafe.  (4) 


(i)  El  paso  del  Consejo,  lugar  extrecho  y  poco  profundo  del  Pa- 
raguay, situado  á  los  19"  41',  frente  á  las  sierras  de  San  Fernando  y 
algo  más  arriba  de  una  isla. 

(2)  Nova  Coimbra. 

(3)  Monte-Grande.  Caá-Guazú. 

(4)  Pueblito  próximo  á  Madrid. 


EXPLORACIONES.  27 


De  todo  esto  se  deduce:  i.**  Que  los  jesuítas  mantuvieron 
transitable  y  transitado  el  camino  del  Perú.  2 ."  Que  después 
de  su  expulsión,  los  españoles  no  adelantaron  en  la  conquista, 
pues  hasta  dejaron  cerrarse  los  caminos  más  interesantes.  Y 
3.**  Que  cuando  la  fuerza  délas  circunstancias  hizo  recordar  las 
necesidades  políticas,  económicas  y  morales  de  esta  vía,  era 
ya  tarde,  porque  los  portugueses,  más  previsores,  se  habían 
apoderado  de  la  única  puerta  de  los  caminos  que  hasta  hoy  se 
han  creído  posibles  para  poner  en  relaciones  á  Bolivia  con  el 
Río  de  la  Plata. 

A  tal  extremo  llegó  la  incuria  de  las  autoridades  españolas 
del  Paraguay,  que  habiéndose  establecido  Coimbra  en  1775 
sobre  territorio  legítimamente  español,  no  sólo  ignoraron  por 
quince  años  este  acontecimiento  ocurrido  en  la  propia  casa, 
sino  que  no  protestaron  del  atentado  hasta  1795,  en  que  lo 
hizo  personalmente  el  capitán  de  fragata  D.  Martín  Boneo. 

Por  feliz  que  se  contemplase  la  nación  Boliviana  después  de 
su  emancipación,  al  encontrarse  dueña  absoluta  del  más  rico 
retazo  del  Universo,  no  podía  menos  de  inquietarse  mucho 
acerca  de  su  porvenir,  si  al  dirigir  una  mirada  en  torno,  se  pe- 
'netrabade  los  peligros  con  que  la  amenazaba  para  siempre 
aquella  doble  muralla  que  la  Naturaleza  y  la  política  habían  in- 
terpuesto entre  ella  y  los  pueblos  civilizados  de  la  Europa. 

Al  Norte,  pantanos,  desiertos  pestile  iciales,  tribus  feroces, 
cataratas  y  lo  que  es  mc*s  infranqueable,  las  fronteras  de  una 
monarquía.  Al  Occidente,  inaccesibles  cordilleras,  y,  ó  desierto 
ó  medianería  con  un  hermano  emancipado.  Al  Sud,  elevadas 
montañas  y  fronteras  de  Estados  independientes;  y  al  Oriente, 
bosques  tan  extensos  como  desconocidos,  indios,  terrenos 
pantanosos  y  disputados  por  un  vecino;  ríos  cerrados  á  la  na- 
vegación por  la  Naturaleza  ó  por  la  malicia,  ó  si  no  plazas 
fuertes  enclavadas  en  propio  territorio  por  un  invasor  tan  po- 
deroso como  perspicaz. 

Los  pueblos  que  lo  rodeaban  por  el  Sud,  Oriente  y  Occidente 
ya  no  eran  aquellos  cariñosos  hermanos  de  otro   tiempo  con 


28  JUAN    DE    COMINGKS. 


quienes  había  vivido  en  esa  comunidad  de  intereses  que  se 
llama  familia;  eran  naciones  independientes,  que,  como  todas, 
tenían  el  deber  de  procurar  por  sí  ante  todas  las  cosas,  y  que 
como  todas  obedecían  á  ese  egoismo  tan  común,  á  ese  pre- 
cepto político  consagrado  por  la  costumbre,  que  manda  sacar 
p.irtido  de  las  circunstancias,  ó  lo  que  es  igual,  que  ordena 
convertir  en  provecho  propio,  las  calamidades  ajenas. 

Bolivia  no  podía  caer  en  esa  ilusión  ridicula,  mil  veces  des- 
truida por  la  experiencia  desde  el  principio  de  las  sociedades, 
de  que  siendo  estas  n^iciones  tan  semejantes  á  ella  en  institucio- 
nes, en  usos,  en  idiomas  y  en  origen,  como  ramas,  en  fin,  del  mis- 
mo tronco,  podían  hacer  compatible  el  ejercicio  de  su  autono- 
mía dejando  persistentes  los  lazos  de  h  fraternidad.  Sabido  es 
que  los  pleitos  son  más  ruinosos  cuanto  más  próximos  parien- 
tes son  los  litigantes.  Bolivia,  pues,  no  podía  esperar  ningún 
apoyo  desinteresado  de  sus  vecinos.  Era  independiente;  pero 
estaba  sola  y  separada  del  comercio  humano  por  barreras  insu- 
perables que  impedían  la  entrada  de  fuerzas,  capitales  y  luces 
que  explotasen  sus  productos  naturales.  Bolivia,  en  fin,  vivía 
cual  nuevo  Tántalo,  amarrada  con  cadenas  de  oro  á  la  fuente 
de  sus  propias  riquezas,  sin  que  una  sola  gota  viniera  á  miti- 
gar la  sed  devoradora  de  sus  labios.  Cual  opulenta  y  hermosa 
doncella,  sobraban  á  Bolivia  pretendientes  que  se  disputasen  su 
alianza,  y  aunque  ésta  bien  conociese  que  todos  ellos  más  aspi- 
raban al  dote  que  á  la  posesión  de  su  belleza,  veíase  forzada 
á  aceptar  alguno,  para  salir  de  una  vez  del  aislamiento  en 
que  yacía. 

Tentadoras  eran,  en  efecto,  las  utilidades  que  podría  dejar  el 
comercio  de  tránsito  á  la  nación,  que  abriendo  una  vía  férrea 
al  través  de  los  Andes,  los  desiertos,  las  cataratas  ó  los  panta- 
nos, brindase  con  un  puerto  sobre  el  Atlántico,  sobre  el  Pací- 
fico ó  sobre  el  Plata,  al  vecino  cuyo  comercio  de  importación 
y  exportación,  ascendía  á  20.000.000  de  pesos  fuertes  y  que 
ascendería,  á  no  dudarlo,  dada  la  baratura  de  los  fletes,  las 
facilidades  de  la  producción,   ó  la  afluencia  de  inmigrantes,  á 


EXPLORACIONES.  29 


sesenta  ó  cien  millones  de  pesos,  y  tanto  más,  cuanto  que  á 
estas  ventajas  materiales,  se  agregaban  otras  de  mayor  enti- 
dad, entre  las  que  figuraba  en  primera  línea,  no  ya  el  mono- 
polio, digámoslo  así  del  comercio,  sino  también  el  monopolio 
de  la  política. 


PELIGROS    Y    ESPERANZAS 

No  bien  hubo  zarpado  del  puerto  de  la  Asunción  el  vapor 
«Gualeguay » ,  que  conducía  para  Bahía  Negra  la  primera  expe- 
dición exploradora  al  mando  del  ingeniero  D.  Juan  B.  Minchín, 
cuando  el  empresario  Sr.  Brabo  me  honró  con  el  cargo  de  jefe 
de  otra  que  pensaba  mandar  al  Chaco  tan  pronto  como  estu- 
viese organizada,  para  lo  cual,  y  con  objeto  de  acelerar  juntos 
los  trabajos  preliminares  y  de  tener  el  tiempo  necesario  para 
comunicarme  sus  ideas,  dispuso  que  me  trasladase  á  una  habi- 
tación del  Hotel  del  Tren-vía,  donde  él  moraba,  y  donde  durante 
dos  meses  nos  ocupamos  exclusivamente  del  asunto,  sin  con- 
versar de  otra  materia  ni  aún  durante  la  comida;  pues  es  Brabo 
uno  de  esos  hombres  escasos,  que  discurren  con  acierto,  ex- 
presan con  prontitud  y  elegancia  y  determinan  con  claridad; 
son  infatigables  y  perseverantes  en  sus  propósitos;  pero  que  no 
molestan  nunca,  porque  tienen  el  don  de  dar  un  gracioso  colo- 
rido á  las  ideas  más  serias  y  de  transmitir  su  entusiasmo  á  todo 
el  que  le  escucha. 

Mas  no  precisaba  yo  de  atractivos  tan  poderosos  para  per- 
tenecerle  en  cuerpo  y  alma;  bastaban  sólo  mis  inclinaciones 
para  identificarme  con  la  Empresa  y  como  la  Empresa;  era  él, 
con  él  me  identifiqué,  y  dos  en  uno,  juntos  trabajamos  como  en 
cosa  propia. 


30  JLMN    DE    COMINGES. 


Aunque  mis  relaciones  con  Brabo,  databan  ya  de  1 874,  época 
en  que  siendo  yo  Director  del  Departamento  Agronómico  de 
Tucumán,  él  fué  á  la  capital  aquella  en  comisión  de  la  testa- 
mentaría del  general  Urquiza,  puedo  asegurar  que  no  le  conocí 
hasta  que,  á  principios  de  Junio  de  1879,  me  trasladé  á  vivir 
en  su  compañía  en  el  Hotel  del  Tren-vía  de  la  Asunción.  En  el 
mismo  caso  se  encontraba  Brabo  respecto  á  mí;  mas  como  por 
relación  de  nuestros  mutuos  amigos  y  de  algunos  diarios,  estaba 
enterado  del  estudio  de  nivelación  que  en  1873  hice  por  me- 
dio de  las  Pampas  Argentinas,  sin  más  compañía  que  6  hom- 
bres y  4  muchachos  de  edad  de  14  años,  y  de  la  exploración, 
que  por  mera  curiosidad,  llevé  á  cabo,  aprovechando  las 
vacaciones  de  1875,  hasta  la  cumbre  del  cerro  Bayo  donde 
tuve  la  suerte  de  ser  el  primer  hombre  qne  ha  llegado  des- 
pués del  fracaso  de  catorce  expediciones,  no  vaciló  en  confiarme 
misión  tan  delicada;  pero,  hay  que  confesarlo,  Brabo  no  me 
conocía  del  todo  cuando  en  18  de  Diciembre  de  1879  se  em- 
barcó para  Europa,  creyéndome  victima  de  los  indios  del 
Chaco. 

Conocer,  pues,  á  Brabo  es  lo  mismo  que  estimarle,  y  para 
mí  era  también  reconocer  mi  pequenez. 

Brabo  no  pierde  la  lucidez  de  su  inteligencia,  aunque  tra- 
baje quince  noches  consecutivas;  yo  no  puedo  escribir  una 
carta  después  de  la  media  noche. 

Brabo  recibe  la  correspondencia  y  después  de  enterarse  de 
que  tai  especulación  le  ha  producido  una  pérdida  considerable; 
de  que  tal  socio  ó  tal  gobierno  le  ha  faltado  con  todo  cinismo 
á  sus  contratos;  de  que  su  hijito  sufre  del  sarampión;  de  que 
su  banquero  ha  quebrado,  y  de  que  varios  periodistas  se  han 
coaligado  para  empeñar  su  buen  nombre,  almuerza  con  buen 
apetito,  gasta  bromas  con  sus  amigos  de  confianza,  discute, 
contrata,  redacta  y  duerme  como  de  ordinario.  Yo  no  nece- 
sito de  tanto  para  sufrir  una  congestión  cerebral. 

Brabo,  pues,  debía  conocer  y  deplorar  éstas  y  otras  desven- 
tajas mías;  pero  tuvo  la  conciencia  de  que  los  hombres  de  mi 


EXPLORACIONES.  3 1 


temperamento  cumplen  lo  que  prometen,  y  más  cuando  se  trata 
de  llenar  una  misión  honrosa  y  que  está  de  acuerdo  con  sus 
costumbres  é  inclinaciones.  Yo  habría  pagado  á  Brabo  por- 
que me  hubiese  consentido  acompañar  á  la  expedición  como 
simple  soldado,  y  me  encontraba  con  que  Brabo  me  retribuía 
espléndidamente  y  la  ponía  bajo  mis  órdenes.  ¿Qué  más  podía 
desear?  Sobre  todo,  la  armadura  indispensable  para  no  su- 
cumbir en  el  desierto,  la  tenía  yo,  y  bien  experimentada:  esta 
es,  la  resistencia.  Nada  nuevo  podría  sorprenderme,  porque  ni 
el  termómetro  habría  de  descenderá  m.enos  de  19**  centígrado 
bajo  cero  como  le  he  visto  en  la  cumbre  del  cerro  Bayo:  ni  pasar 
de  63**  al  sol,  como  lo  vi  durante  quince  días  en  Tucumán;  ni 
las  marchas  alcanzarían  á  24  leguas  por  día,  como  acostumbra- 
ba hacerlas  en  el  Paraguay;  ni  las  fiebres  serían  más  peligrosas 
que  las  que  he  sufrido  al  Norte  de  la  República  Argentina;  ni  el 
trabajo  físico  habría  de  sobrepasar  al  que  he  soportado  durante 
meses  enteros  en  las  rudas  faenas  déla  agricultura;  ni  las  vigi- 
lias serían  más  rigurosas  que  cuando  he  sido  cabo  de  guardia, 
durante  44  noches  consecutivas,  en  medio  de  las  pampas  y 
sin  dejar  por  eso  de  nivelar  durante  el  día;  ni  las  abstinencias 
serían  tan  grandes  que  si  faltaban  ciervos  ó  avestruces,  no  hu- 
biese para  regalarse  nutrias  ó  carpinchos,  alcotanes  ó  ñacuru- 
túes, cocodrilos  ó  iguanas,  vizcachas  ó  aperiázes,  monos  ó 
cogollos  de  palma.  Con  esto  y  botas  de  dos  suelas  para  sal- 
varse de  las  serpientes  de  cascabel;  rémington  para  defenderse 
de  los  tigres;  buena  intención  y  vigilancia  para  entenderse  con 
los  indios;  justicia  y  disciplina  para  manejar  á  los  expedicio- 
narios, y  poca  ropa  para  secarse  más  pronto,  después  de  la 
lluvia,  cualquiera  entra  en  el  desierto,  si  le  acompaña  un  poco 
de  entusiasmo  hacia  esas  empresas  que  llaman  extraordinarias 
los  afeminados  hombres  del  siglo  XIX. 

Por  otra  parte,  como  después  que  Ayolas  nadia  había  pe- 
netrado por  el  Chaco,  era  muy  seductor  el  marchar  sobre  sus 
huellas.  ¿Con  qué  se  podría  pagar  el  honor  de  haber  acom- 
pañado  á  tan   ilustre  capitán?  ¿Con  qué  pagaría  yo  el  que 


32  JUAN    DE    COMINGES. 


Brabo  me  proporcionaba,  encargándome  de  sustituir  al  con- 
quistador Ayolas  en  sus  gloriosas  tentativas? 

Entre  todas  las  personas  de  mi  amistad,  no  hubo  una  sola 
que  aprobase  mi  resolución  de  penetrar  en  el  desierto;  yo  no 
sé  por  qué,  parecía  que  todos  se  habían  puesto  de  acuerdo 
para  hacerme  desistir  de  mi  propósito  y  de  mi  compromiso. 
No  hay  duda  que  habrían  de  estar  organizados  de  otro  modo 
los  amigos  del  Siglo  XVI;  pues  á  ser  como  los  de  hoy,  segura- 
mente que  América  no  sería  conocida,  ni  las  páginas  de  la 
Historia  de  España  se  honrarían  con  los  nombres  ilustres  de 
sus  conquistadores.  Empecé  por  la  agradable  sospecha  deque 
me  envidiaban  y  terminé  por  la dolorosa convicción  de  queme 
compadecían.  Parecía  que  me  hubiese  ocurrido  alguna  gran 
desdicha;  pues  no  veía  más  que  semblantes  macilentos,  ni  es- 
trechaba más  que  manos  temblorosas,  y  si  la  voz  pública  alguna 
vez  se  abría  paso  hasta  mis  oídos  era  para  decirme:  eres  un 

LOCO,  QUE    NO    TIENES    LA    CONCIENCIA    DEL    PELIGRO.    Esta    VOZ 

pública  me  acompañó  al  desierto;  me  persiguió  durante  la  pri- 
mera expedición;  encerrada  en  cartas  llegó  hasta  los  oídos  del 
empresario  Brabo  (i)  con  motivo  de  mi  segunda  entrada  en 
el  Chaco  y  estampada  en  las  columnas  de  "La  Reforma''  déla 
Asunción  del  Paraguay,  habrá  llegado  á  las  cinco  partes  del 
mundo. 

j  Loco ! 

¿Habremos  degenerado  los  hombres?  ¿Por  qué  hemos  de 
contener  con  tan  duro  epíteto  los  nobles  arranques  de  que  nos 
consideramos  incapaces? 

¡Loco!  ¿Y  qué  importa  esa  ofensa  gratuita,  propia  de  las 
almas  sin  jugo,  de  los  envidiosos  de  honra  ajena  y  de  los  co- 
bardes? ¿Quién  ignora  que  la  sociedad  actual,  creyéndose  muy 
positiva,  suele  calificar  de  locos  álos  mismos  que  en  otro  tiempo 
se  honraba  con  el  título  de  héroes  ? 


(i)  Carta  del  ingeniero  director  de  la  colonia  Apa,  D.  Liberato  de 
Amicis,  Octubre  de  1879,  en  la  que  me  califica  de  loco,  porque  no 
quise  ser  cobarde. 


EXPLORACIONES.  3  J 


¡  Oh  AyolasI  ¡  Cuan  á  tiempo  has  perecido ! !  Pero  no  hade 
valerte;  pues  si  del  mismo  modo  que  descubrí  tu  huella  á  tra- 
vés de  las  selvas  del  Chaco,  alcanzo  algún  día  á  descubrir  tu 
sepultura,  yo  prometo,  para  satisfacción  de  la  sociedad  contem- 
poránea poner  sobre  ella  un  epitafio  que  diga:  Aquí  yace  un 
LOCO.  Desgraciadamente  para  mí,  llevaba  entre  los  expedicio- 
narios algunos  que  lo  eran  ó  lo  parecían,  y  cuyos  nombres  su- 
primiré en  el  transcurso  de  esta  Memoria,  porque  temo  mar- 
carlos para  siempre  con  el  estigma  de  sus  extravíos. 

Las  gestiones  de  mis  amigos,  para  alejarme  de  mis  propósi- 
tos, fueron  rechazadas  con  dulzura  y  las  sátiras  de  los  bufones 
abandonadas  al  desprecio. 

Yo  deseaba  entrar  en  el  Chaco  y  mi  solo  temor  era  el  de 
que  Brabo  aplazara  la  expedición. 

Veamos  ahora  si  yo  tenía  conciencia  del  peligro,  ó  si  abri- 
gaba las  ilusiones  de  que  iba  á  emprender  un  viaje  de  recreo. 

Conocía  la  tradición,  cierta  ó  fabulosa,  por  la  que  se  pre- 
senta al  portugués  Alejos,  en  1526,  como  maestro  y  primer 
instigador  de  crímenes  y  ambiciones  entre  la  raza  guaraní;  sus 
sangrientas  excursiones  por  el  Chaco;  sus  robos  entre  los  char- 
cas y  su  muerte  desastrosa  á  manos  de  sus  discípulos,  así  como 
la  del  capitán  Sedeño  y  de  la  gente  que  llegó  en  su  compañía 
por  llamado  de  Alejos. 

Tenía  noticia  de  la  gran  expedición  guerrera,  que  poco  des- 
pués realizaron  las  numerosas  tribus  guaranís  para  invadir  y 
arrasar  el  Chaco,  por  toda  la  extensión  que  media  entre  los 
20**  y  30"  de  latitud;  usurpación  que  fué  consumada  sustitu- 
yéndose por  tribus  de  la  raza  invasora(i)las  tribus  aborígenes, 
que  no  pudieron  salvarse  entre  las  fragosidades  de  las  selvas. 

Estaba  enterado  de  la  astucia  y  valor  que  desplegaron  en 
1530  los  indios  de  ambas  costas  del  Paraguay,  para  poner 
dificultades  al  paso  de  los  buques  de  Gaboto. 

Había  leido  el  acta  levantada  por  Irala  en  1538,  para  com- 


(i)  Chiriguanos,  guarayos,  etc. 


34  J^'AN    DE    COMINGES. 


probar  que  Ayolas  había  sido  traicionado  vilmente  y  muerta 
por  los  indígenas  dd  Chaco  del  Norte. 

Tenía  comprobado  hasta  la  evidencia,  por  centenares  de  in- 
formaciones de  testigos  presenciales,  entre  los  que  figuran 
Ortiz  de  Vergara,  en  su  carta  á  D.  Juan  Ovando,  Presidente 
del  Real  Consejo  de  Indias,  que   los  guaranís    habían  sida 

ANTROPÓFAGOS. 

Sospechaba  y  sospecho  que  las  diferentes  tribus,  proceden- 
tes  de  la  raza  tupí  no  han  perdido  por  completo  esta  costumbre,, 
tan  poco  agradable  para  los  exploradores,  y  me  apoyo  en  el 
misterio  y  el  secreto  de  que  les  gusta  rodearse  en  la  actuali- 
dad cuando  celebran  grandes  fiestas,  (i) 

Estaba  enterado  de  la  bien  preparada  astucia  con  que  los 
indios  sorprendieron  á  Irala,  cuando  esperaba  en  una  isla  del 
río  Paraguay  que  le  dieran  noticias  del  malogrado  Ayolas; 
astucia  que  dio  por  resultado  la  muerte  de  muchos  centenares 
de  indígenas,  gracias  á  los  heroicos  esfuerzos  de  los  españoles. 

Conocía  la  resistencia  que  los  caries  y  otros  indios  de  treinta 
leguas  á  la  redonda,  opusieron  al  mismo  Irala,  cuando  en  1545, 
entrando  por  los  Xarayes,  pretendió  vanamente  abrirse  paso 
hasta  el  Perú. 

No  ignoraba  el  inútil  reconocimiento  practicado  en  1546  por 
Nuflo  de  Chaves,  por  las  sierras  de  San  Fernando,  cuando  yendo 
con  el  mismo  objeto  y  acompañado  de  50  españoles  y  de  3.00a 
indios  amigos,  se  vio  obligado  A  dar  la  vuelta  antes  de  dos 
meses,  á  pesar  de  que  no  faltaba  la  comida. 

Me  eran  conocidas  las  dificultades  que  de  nuevo  tuvo  que 
vencer  Irala,  cuando  en  Noviembre  de  1547,   logró   penetrar 


(i)  Véase  lo  que  dice  Castelnau  «Viaje  á  los  países  centrales  de  la 
América  del  Sud»,  refiriéndose  á  los  terenes,  aldea  colocada  cerca  de 
Miranda,  provincia  de  Matto-Grosso.  De  esta  verdad  me  he  conven- 
cido después;  porque  me  ha  contado  un  mbayá  el  dolor  que  le  costó 
tener  que  permitir  que  se  sacrificase  á  este  rito  cruel  un  mocito  chama- 
coco,  que  habiéndole  tomado  cautivo  en  una  pelea  con  los  de  esta  na- 
ción, lo  crió  entre  sus  hijos  hasta  la  edad  de  la  pubertad. 


EXPLOK  ACIONES.  35 


hasta  los  corocotoquis  que  estaban  establecidos  52  leguas 
más  adelante  de  los  samacocoSy  los  escandalosos  ejemplos  de 
inmoralidad,  de  codicia  y  de  insubordinación  que  allí  se  die- 
ron por  sus  gentes,  y  los  atropellos  que  al  regreso  se  come- 
tieron contra  los  naturales,  tanto  por  los  insurrectos  españoles 
como  por  sus  indios  auxiliares. 

Sabía,  por  carta  que  el  clérigo  D.  Antonio  de  Escalada  diri- 
gió desde  la  Asunción  al  emperador  Carlos  V,  en  25  de  Abril 
de  1556,  que  al  regresar  del  Perú  las  gentes  de  Irala,  traían, 
no  más  de  mil  prisioneros,  sino  más  de  mil  esclavos. 

Por  el  mismo  conducto  estaba  enterado  de  la  manera  con 
que  trataba  aquella  soldadesca  codiciosa,  á  los  jefes  que,  como 
Álvar-Núñez  Cabeza  de  Vaca,  procuraban  mantener  la  dis- 
ciplina, por  humanidad  hacia  los  indígenas,  por  seguridad  pro- 
pia y  por  honra  de  las  armas  españolas.  Este  jefe  ilustre,  á 
causa  de  una  sedición  provocada  por  sus  propios  oficiales,  se 
vio  obligado  á  retroceder  al  puerto  de  los  Reyes,  á  los  pocos 
dias  de  haberse  internado  en  dirección  al  Perú. 

Había  leído  la  carta  fechada  en  la  Asunción  en  25  de  Junio 
de  1556,  queD.  Martín  González  dirigió  al  mismo  emperador, 
dándole  cuenta  de  la  imposibilidad  de  ensanchar  por  aquellos 
lugares  los  dominios  españoles,  á  causa  de  la  corrupción  de 
las  autoridades;  carta  en  que  se  dice  que  los  indios  reducidos 
por  la  persuación  de  los  misioneros,  se  desbandaban /¿?r  temor 
á  las  correrías  que  hacían  los  cristianos^  los  cuales  saqueaban 
los  pueblos,  cautivaban  á  los  hombres  para  tenerlos  por  es- 
clavos y  abandonaban  á  los  niños  de  pecho  á  la  orfandad  y  á 
la  muerte,  porque  secuestraban  las  mujeres  para  tenerlas  por 
co  icubinas.  Que  cuando  la  entrada  de  D.  Francisco  Mendoza 
en  el  Perú,  los  indios  caries  que  acompañaban  á  los  españo- 
les, mataron  toda  la  chusma  (i)  y  sólo  reservaron  á  los  mozos 
para  regalárselos  á  sus  amos. 


(i)     Mujeres,  niños  y  ancianos. 


36  JUAN    DE    COMINGES. 


Que  cuando  uno  de  estos  cautivos,  á  quien  se  obligaba  á 
servir  de  guía,  por  sendas  desconocidas,  llegaba  á  perder  el 
rumbo,  se  le  quemaba  vivo.  Que  se  mandó  á  Nuflo  de  Chaves 
con  gente  para  que  pasase  á  cuchillo  á  todo  un  pueblo,  menos 
unos  cuantos  mozos. 

Que  los  indios  acompañantes,  robaban,  mataban  é  incen- 
diaban con  permiso  de  los  españoles. 

Que  los  indígenas  más  confiados,  que  se  acercaban  expon- 
te neamente  para  socorrer  con  víveres  á  los  españoles,  eran 
tomados  á  la  íuerza  para  guias  y  atenazados  si  se  extraviaban 
del  sendero. 

Tenía  conocimiento  de  las  intrigas  de  Nuflo  de  Chaves  con 
Manso;  de  la  traidora  y  desastrosa  muerte  de  ambos  caudi- 
llos y  de  la  destrucción  de  la  mayor  parte  de  los  pueblos 
fundados    por   éstos  en  la  falda  oriental  de  la  cordillera. 

Conocía  el  trágico  fin  de  todas  las  expediciones  que  han  te- 
nido por  objeto  la  exploración  del  río  Pilcomayo. 

Estaba  enterado  de  la  emboscada  que  en  el  camino  del  Perú 
prepararon  los  chiriguanos  á  las  fuerzas  mandadas  por  Verga- 
ra,  cuando  después  de  matar  á  un  fnaile  de  la  Merced,  que 
no  quiso  apearse  de  su  acémila,  y  de  saquear  al  obispo  Acu- 
ña, llevaron  su  descaro  y  osadía  hasta  el  punto  de  mofarse  de 
los  españoles  revestidos  con  la  casulla,  el  alba  y  la  mitra  del 
prelado. 

Sabía  cómo  los  chiriguanos  habían  destruido  otro  pueblo 
español,  distante  cuarenta  leguas  de  Santa  Cruz  de  la  Sierra, 
en  el  que  mataron   al  capitán  Pedraza  y  á  Antón  Cabrera. 

Me  constaba  que  los  feroces  charrúas  (i)  del  Uruguay  eran 
una  rama  de  los  guaranís. 

Estaba  seguro  de  que  estos  indios,  que  según  Alvear,  bajo 
el  dominio  de  los  jesuitas,  llevaban  su  docilidad  hasta  el  extre- 
mo de  agradecer  el  castigo  (2)  á  que  se  hacían  acreedores ;  al 


ii)     Indios  cuyo  nombre  guaraní  quiere  decir:  somos  turbulentos. 
(2)     Aguyebé^  chemba,  Ckentboará,  guá  á  Téepé:    Dios   te  pague, 
padre,  que  me  has  dado  entendimiento  para  conocer  mis  yerros. 


EXPLORACIONES.  37 


retroceder  á  la  barbarie,  por  el  sensualismo  de  sus  nuevos 
pastores,  por  los  atropellos  de  las  autoridades,  y  por  los  resa- 
bios, siempre  subsistentes,  de  mitas^  encomiendas  y  malocas^ 
serían  mil  veces  más  perversos  que  en  su  origen,  y  sobre  todo 
mil  veces  más  enemigos  de  mi  raza,  por  ser  aquella  que  los  ha 
pervertido. 

Conocía  lo  mal  que  habían  sido  recibidos  por  los  indígenas 
del  Chaco,  los  misioneros  que  en  1608  mandó  Felipe  III  para 
procurar  su  reducción. 

Me  constaban  las  opiniones  del  respetable  Azara  cuando 
con  motivo  de  un  informe  sobre  la  posibilidad  de  abrir  camino 
al  Perú,  por  medio  del  Chaco,  decía:  «que  eran  peores  sus 
pobladores  que  los  guaranís,  pues  si  los  valientes  conquistado- 
res no  pudieron  hacer  este  camino,  menos  podríamos  ncsotros, 
ahora  que  los  indios  son   más  altaneros  con  sus  victorias.» 

Había  leido  la  historia  de  cuantas  colonias  trataron  de  es- 
tablecerse sobre  las  márgenes  del  Bermejo,  colonias  qne  han 
arrastrado  una  vida  tan  corta  y  tan  desdichada,  como  la  de 
Santiago  de  Guadalcázar. 

Yo  sabía  de  memoria  las  «Noticias  Secretas  de  x^mérica», 
obra  escrita  por  UUoa. 

Había  tenido  en  mis  manos  los  documentos  auténticos,  en 
virtud  de  los  cuales  se  ordenaba  al  comandante  paraguayo, 
disparar  los  cañones  del  fuerte  Olimpo,  sobre  cuantos  indios 
se  divisasen  por  los  contornos. 

Estaba  enterado  de  que  ese  mismo  fuerte  Olimpo,  hoy 
abandonado,  había  sido  tomado  dos  veces  por  asalto  y  dego- 
llada su  guarnición  por  los  indios;  y  era  por  ese  sitio  por  donde 
yo  debía  penetrar  en  el  Chaco. 

No  me  eran  desconocidas  ni  las  incursiones  vandálicas  rea- 
lizadas por  los  mbayás,  contra  el  Norte  del  Paraguay,  donde 
destruyeron  la  floreciente  colonia  del  Salvador,  ni  las  llevadas 
á  cabo  por  angaités,  lenguas  y  guaicuruces  del  Chaco,  contra 
San  Pedro,  Villa  Concepción  y  la  Emboscada;  pueblos  de  la 
margen  oriental  del  río  Paraguay. 


38  JUAN    DE    COMINGES. 


Había  escuchado  de  boca  de  testigos  presenciales,  la  na- 
rración de  las  atrocidades  cometidas  por  el  ejército  del  Para- 
guay con  los  indios  del  Chaco,  no  en  defensa  de  la  patria,  sino 
en  defensa  de  la  ganadería  de  los  dictadores,  y  asimismo  la 
de  los  crímenes  cometidos  por  estos  indios  contra  los  solda- 
dos paraguayos,  para  robar  más  á  sus  anchas  los  ganados. 

No  ignoraba  que  los  robos  y  los  frecuentes  asesinatos  que 
cometen  los  indios  del  Chaco,  habían  sido  la  causa  de  la  rá- 
pida despoblación  de  la  colonia  Nueva  Burdeos,  que  allí  se 
estableció  entre  los  ríos  Verde  y  Confuso,  por  el  gobierno  del 
Paraguay. 

Había  visto  que  la  audacia  de  los  indios  no  disminuyó  des- 
pués que  la  República  Argentina  fundó  la  Villa  Occidental, 
sóbrelas  ruinas  de  Nusva-Burdeos;  pues  ni  los  caballos  esta- 
ban seguros  en  los  patios  de  las  casas,  y  no  eran  pocas  las 
víctimas  humanas,  (i). 

No  me  había  pasado  desapercibida  la  mala  costumbre  que 
tienen  algunos  pasajeros  y  tripulantes  de  los  barcos  que  reco- 
rren el  río  Paraguay,  quienes  por  entretener  sus  ocios  suelen 
distraerse  soltando  indistintamente  balazos  á  los  cocodrilos  y 
á  los  indios  de  la  costa. 

En  una  palabra:  conocía  todos  los  peligros  que  podian  ame- 
nazarme por  parte  de  los  indios ;  porque  conociendo  su  histo- 
ria, desde  la  pelea  entre  las  mujeres  de  Guaraní  y  de  Tupí, 
por  causa  del  célebre  papagayo,  hasta  el  día  en  que  me  de- 
cidí á  penetrar  entre  ellos;  conocía  todos  los  malos  ejemplos 
que  han  recibido,  todas  las  razones  que  creerán  tener  para  con- 
servar su  independencia,  y  todos  los  motivos  de  represalia  que 
nuestra  conducta  pasada  y  presente  les  ha  dado. 

Pero  por  si  esto  que  acabo  de  exponer,  no  era  bastante 
todavía  para  disuadirme  de  mi  empeño,  aún  tenía  presente  un 


(i)  a  fines  de  1878,  en  este  higaryen  presencia  mía,  se  lleva- 
ron los  indios  30  bueyes  de  la  propiedad  de  un  obrajero  llamado 
D.  Jerónimo,  quien  nunca  pudo  recobrarlos. 


EXPLORACIONES.  39 


cúmulo  de  dificultades  de  otro  orden,  que  eran  de  tanto  peso 
por  lo  menos,  como  las  mencionadas. 

¿Por  qué  no  siguió  Irala  la  misma  ruta  que  Ayolas  ? 

¿Por  qué  no  se  excusó  por  lo  menos  de  haber  preferido 
otro  camino  para  penetrar  en  el  Occidente  ?  ¿Sería  por  temor  á 
los  indios  r  Sus  hechos  valerosos  disipan  esta  duda. 

Si  el  intrépido  Irala  no  siguió  las  huellas  de  su  predecesor 
y  jefe  el  desdichado  Ayolas,  sería  por  avisos  confidenciales,  de 
que,  no  los  hombres,  sino  la  Naturaleza  pondría  dificultades  á 
su  marcha.  Tal  vez  extensos  y  profundos  pantanos ;  acaso  bos- 
ques impenetrables ;  quizás  carencia  absoluta  de  agua  dulce  ; 
puede  ser  que  fiebres  palúdicas ;  quién  sabe,  en  fin,  si  el  te- 
mor de  hallarse  sin  pastos  y  sin  víveres  en  un  desierto  inhos- 
pitalario y  repleto  de  bestias  feroces,  de  vegetales  y  de  reptUes 
ponzoñosos. 

¿Podría  yo  ignorar  el  que  ningún  hombre  civilizado  había  pe- 
netrado desde  tres  siglos  y  medio  en  aquellas  misteriosas  so- 
ledades } 

¿Por  qué  sería  esto,  cuando  ni  aún  los  más  remotos  confi- 
nes del  África  se  ven  hoy  libres  de  la  invasión  de  los  apóstoles 
y  de  los  mártires  de  la  ciencia  ? 

Bien  sabía  yo  que  el  mismo  Azara,  en  1 9  de  Setiembre  de 
1793  informaba  al  gobierno  español  de  «que  no  había  modo 
de  que  Chiquitos,  se  comunicase  con  Borbón,  por  causa  de 
montes,  de  inundaciones  y  de  falta  de  agua.» 

También  yo  había  visto  en  todas  las  historias  y  en  todas 
las  geografías  de  Bolivia,  que  su  Oriente  eran  praderas  inun- 
dadas durante  muchos  meses  del  año,  bosques  habitados  por 
salvajes,  etc.,  etc. 

Cuantos  mapas  había  consultado,  representaban  los  lugares 
que  iban  á  ser  objeto  de  mi  exploración  como  terrenos  panta- 
nosos. 

A  cuantos  capitanes,  patrones  y  viajeros,  que  hacen  la  ca- 
rrera del  Paraguay,  había  interrogado  sobre  sus  observaciones 
al  respecto,  me  habían  respondido  unánimes  y  contestes:  que 


40  JUAN   DE   COMINGES. 

esa  parte  del  Chaco  era  intransitable  por  causa  de  los  panta- 
nos ;  que  sólo  en  la  costa  había  algunas  barranquitas  de  poca 
elevación ;  que  en  ciertas  épocas  del  año  habían  acortado  las 
revueltas  del  río,  navegando  en  línea  recta  por  encima  de  las 
copas  de  los  árboles. 

En  una  excursión  que  en  1878  hice  al  Oeste  de  la  Villa-Oc- 
cidental, en  compañía  de  un  amable  oficial  del  ejército  argen- 
tino, me  había  convencido  de  las  dificultades  que  opone  al  paso 
el  suelo  del  Chaco;  pues  á  pesar  de  no  ser  estación  de  lluvia^ 
debían  cruzarse  bañados  enteramente  intransitables. 

Me  habían  informado  oficiales  y  soldados  paraguayos,  que 
en  otro  tiempo  formaron  parte  de  la  guarnición  del  fuerte  Olim- 
po, que  los  palmares  que  hay  al  Occidente  de  aquella  plaza,  se 
suelen  convertir  en  un  lago  sin  horizonte  durante  ciertas  es- 
taciones del  año,  y,  que  aunque  las  aguas  se  retiran  algunas 
veces,  siempre  quedan  los  terrenos  pantanosos 

H'-bía  leido  la  carta  que  Manuel  de  Flores  dirigió  en  1750 
al  marqués  de  Valdelirios,  com.isario  general  de  S.  M.  C,  para 
la  ejecución  del  tratado  de  límites  que  se  celebró  en  Madrid 
en  1 7  50,  y  sabía  por  ella  que  el  terreno  del  Chaco  era  bajo  hasta 
los  22^  6^  de  latitud  en  que  se  encuentran  los  cerros  de  Cal- 
van y  que  los  salvajes  que  por  allí  se  encontraban  eran  huanás 
y  mbayás,  bárbaros  y  malos  enemigos  del  Paraguay,  que  siem- 
pre estaban  en  guerra  con  los  demás  indios  del  Occidente. 

Había  tenido  en  mis  manos  un  manuscrito  del  gobernador 
de  Chiquitos,  por  el  que  en  1 794  informaba  que  no  conside- 
raba difícil  el  abrir  camino  hasta  la  desembocadura  del  Otu- 
quis(i);  pero  que  era  de  todo  punto  imposii) le  el  hacerlo  hasta, 
el  22^  de  latitud. 

Del  mismo  modo  había  leído  otro  interesante  manuscrito^ 
que  me  regaló  el  respetable  anciano  señor  Machain,  vecino  de 
la  Asunción  del  Paraguay,  en  el  que  su  abuelo  Zabala,  coman- 


(i) — Se  creía  que  el  Otuquis  salía  del  Paraguay  por  Bahía  Negra. 
Hoy  se  niega :  acaso  sin  razón  bastante. 


EXPLORACIONES.  4 1 


dante  del  fuerte  Bórbón,  dando  cuenta  de  una  entrada  que 
hicieron  los  indios  para  pelear  con  los  del  interior,  decía:  que 
no  pudieron  entrar  directamente  por  causa  de  los  bosques,  de 
los  pantanos  y  de  la  falta  de  agua  dulce,  por  lo  que  se  vieron 
obligados  á  caminar  por  la  costa  hasta  Bahía  Negra,  para  to- 
mar desde  allí  su  rumbo  al  Occidente. 

Sabía  que  no  había  remedio  para  la  picadura  de  la  víbora 
de  cascabel ;  que  los  lagos  están  plagados  de  cocodrilos  ;  que 
los  mosquitos  no  dejan  descansar  ni  de  día  ni  de  noche ;  que 
los  incendios  de  praderas  y  palmares  son  espantosos  y  duran 
meses  enteros ;  que  de  Octubre  á  Marzo  llueve  todos  los  días 
á  torrentes ;  que  donde  la  temperatura  es  tan  elevada  y  hay 
humedad,  se  corrompen  las  sustancias  orgánicas  produciendo 
miasmas  que  ocasionan  la  muerte. 

Sabía,  en  fin,  y  esto  vale  por  todo,  que  cuando  el  Portugal 
no  ocupó  más  territorio  del  Chaco  que  hasta  el  20®  de  latitud, 
sería  por  estar  muy  seguro  de  que  con  eso  le  bastaba  para 
mantener  cerrados  al  Perú,  hoy  Bolivia,  sus  únicos  puertos  del 
Atlántico. 

¿Era  yo  un  loco  que  no  tenía  la  conciencia  del  peligro? 

Acepté  con  gusto  el  calificativo  de  loco,  por  ser  honroso 
cuando  le  aplican  los  pusilánimes  y  los  decrépitos,  aunque 
sospechaba  que  pocos  de  los  que  me  compadecían  ó  me  insul- 
taban, estarían  tan  penetrados  como  yo  de  las  dificultades  de 
todo  género  que  tendría  que  arrostrar  si  había  de  cumplir  mi 
cometido. 

¿Qué  era  pues,  lo  que  me  lanzaba  en  medio  de  peligros  tan 
inminentes  ?  ¿  El  interés  ? 

Nadie  cambia  su  cabeza  por  un  mendrugo. 

¿  La  gloria  ? 

Estábamos  en  el  año  1879. 

¿  La  sed  de  emociones } 
Tengo  familia. 

Debo  decirlo,  aunque  el  disculparme  me  cueste  también 


42  JUAN    DE    COMINGES 


arrostrar  las  burlas  de  tantos  y  tantos  que  blasonan  de  posi- 
tivistas. 

Quería  cerciorarme  por  mí  mismo  de  si  era  fundado  el  des- 
dén que  me  inspiraba  una  sociedad  que  en  el  siglo  XIX  toda- 
vía emplea  medios  bárbaros  para  extender  los  dominios  de  la 
civilización. 

Quería  buscar  en  su  origen  un  dato  que  ayudase  á  la  huma- 
nidad á  resolver  el  problema  social  presentado  por  Montesquieu, 
Raynal,  Buffón,  Poivre,  Montaigne  y  J.  J.  Rousseau. 

Quería  saber  si  Chateaubriand  había  sido  un  profeta  ó  un 

visionario,  y  si  Gustavo  de  Beaumont  había  sido  un  político  ó 
un  poeta. 

Quería  encontrar  la  analogía  que  hubiese  entre  los  hijos  de 
la  naturaleza,  que  describe  Tácito  en  sus  «Costumbres  Ger- 
mánicas» y  los  hijos  de  la  única  selva  virgen  que  acaso  exista 
en  la  actualidad  sobre  la  faz  de  la  tierra. 

Quería  desembarazar  el  estudio  de  las  ciencias  morales  de 
uno  de  los  obstáculos  que  ha  de  encontrar,  hasta  tanto  que  se 
conozca  positivamente  la  diferencia  que  existe  entre  el  estado 
natural  y  el  estado  salvaje,  y  la  diferencia  que  existe  entre  el 
estado  salvaje  y  la  civilización. 

Quería  persuadirme  de  una  vez  de  si  es  cierta  esa  teoría  de 
que,  las  razas  salvajes  desaparecen  ante  la  luz  de  la  civilización 
como  la  nieve  ante  la  luz  del  Sol,  ó  si,  más  bien  era  la  causa  de 
su  exterminio,  el  remington  de  los  ejércitos  acampados  á  las 
márgenes  del  río  Negro  y  el  aguardiente  de  los  mercaderes 
poblados  á  las  orillas  del  río  Colorado. 

Quería,  en  fin,  asegurarme  de  si  los  grandes  defectos  de  la 
sociedad  contemporánea,  nos  han  sido  trasmitidos  de  genera- 
ción en  generación  desde  nuestros  primeros  padrcsy^  ó  si  son 
tan  recientes  como  las  necesidades  que  nos  ha  creado  la  civi- 
lización. 

¿Qué  valía,  pues,  lo  que  arriesgaba  en  mi  empresa,  si  por 
fin  podía  consultar  á  la  Naturaleza  virgen,  para  obtener  una  res- 


EXPLORACIONES.  43 


puesta  categórica  que  satisfaciera  mis  dudas  sobre  los  destinos 
de  laespecie  humana  ? 

Ignén-an-ék  (i),  me  respondió  el  oráculo,  mostrándome  los 
huanás. 

Arrojen  su  linterna  los  discípulos  de  Diógenes,  porque  aquí 
hay  hombres,  dije  yo,  conmovido  en  presencia  de  los  virtuosos 
hijos  de  la  Naturaleza. 


Fragmentos  del  diario  de  la  expedición. 
2g  de  Julio  de  i8yg. 

A  las  4  p.  m.  se  terminó  la  carga  en  esta  forma:  el  patacho 
«María»  lleva  una  parte  del  cargamento  en  la  bodega  de  proa, 
1 7  muías  y  5  caballos  sobre  cubierta  y  muy  bien  amarrados, 
porque  son  animales  demasiado  ariscos ;  los  fardos  de  alfalfa  y 
él  maíz  para  pienso,  y  5  peones  de  los  mejores  para  atender 
al  cuidado  de  estos  animales. 

En  la  goleta  «Gibraltar»  van  todos  los  peones  y  el  resto 
de  los  equipajes. 

En  el  vapor  remolcador  «Anita»,  capitán  don  Manuel  Co- 
pello,  van  los  objetos  de  más  valor,  el  escritorio  y  la  plana 
mayor,  compuesta  del  director,  el  médico,  el  administrador  y 
el  capitán. 

Un  pueblo  numeroso,  compuesto  de  parientes  y  amigos  de 
los  expedicionarios,  y  de  curiosos,  nos  despide  con  señaladas 
muestras  de  sentimiento,  porque  desconfía  de  nuestra  sal- 
vación. 

Recibo  un  abrazo  de  Brabo  y  él  una  promesa  mía. 


(i) — Dios  existe.  Estas  palabras  son  frecuentes  en  boca  de  los  huanás. 


44  JUAN   DE    COMINGES. 


Pasa  lista  el  capitán  Pagani  y  partimos  en  medio  de  las  ma- 
yores aclamaciones. 

Dos  distinguidos  comerciantes  de  la  Asunción,  nos  acom- 
pañan hasta  Villa-Hay  es,  para  regresar  por  tierra  al  dia  si- 
guiente. 

Viene  también  á  bordo  el  propietario  del  obraje  que  se  ti- 
tula «Colonia  Apa»,  dueño  del  vapor  que  nos  conduce  y  con 
quien  hemos  contratado  el  flete. 

A  las  8  p.  m.  llegamos  á  Villa-Hayes,  donde  tengo  que  re- 
coger á  varios  délos  expedicionarios  contratados  por  el  capitán 
Pagani,  y  cargar  los  bueyes  en  la  costa  oriental. 

Para  el  embarque  de  los  empleados  se  presentaron  algunas 
dificultades,  porque  en  el  Paraguay,  aunque  inconstitucíonal- 
mente,  las  autoridades  prestan  demasiado  apoyo  á  los  amos 
que  reclaman  deudas  de  los  que  fueron  sus  criados;  pero  todo 
se  arregló  con  la  buena  intervención  del  coronel  Mesa,  jefe  de 
la  Villa,  y  con  la  facultad  que  me  dieron  los  peones,  para  ex- 
tender por  cuenta  de  su  servicio,  algunos  vales  á  plazo  y  á  la 
orden  de  sus  patrones. 

La  oscuridad  de  la  noche  no  permitió  el  embarque  de  los 
bueyes,  por  más  que  esto  me  contraría,  porque  tengo  ya  un 
atraso  de  9  días  restado  al  plazo  que  se  me  ha  dado  para  llegar 
al  punto  donde  me  espera  Minchín,  y  porque,  por  más  que  se 
me  diga  otra  cosa  por  Gómez,  sospecho  que  los  bueyes  h.in 
pasado  algunos  días  encerrados,  esperando  el  vapor  que  debió 
llegar  el  día  2 1 ,  como  se  le  tenía  prevenido,  y  por  lo  tanto 
necesitarán  llegar  pronto  al  pastoreo,  donde  se  repongan  antes 
de  empezar  la  expedición. 

Fondeamos  á  media  noche  atracados  á  la  barranca  oriental, 
en  el  punto  denominado  el  Paso  de  la  Guardia,  y  frente  al 
corral  donde  están  encerrados  nuestros  bueyes  y  otros,  que 
también  han  de  cargarse  para  el  servicio  de  lo  que  en  adelante 
llamaré  Colonia  Apa. 

No  hay  comodidad  para  ninguno  de  los  expedicionarios  por 
las  malas  condiciones  y  la  excesiva  carga  de  los  buques. 


EXPLORACIONES.  45 


Diajo  de  yulio 

Al  despuntar  el  día,  se  dio  principio  á  la  pesada  y  dolorosa 
operación  de  cargar  los  bueyes,  por  cuanto  que  hubo  preci- 
sión de  martirizarlos  izándolos  atados  por  los  cuernos.  Esta 
operación,  sin  más  intervalo  que  el  de  la  comida,  duró  hasta 
las  3  y  30  m.,  p.  m. 

Habiendo  notado  que  el  bote  comprado  para  la  expedición 
y  embarcado  á  última  hora  por  el  señor  Ugarriza,  sin  que  yo 
lo  viera,  era  un  cascajo  viejo  y  tan  inútil  como  peligroso,  su- 
pliqué al  señor  Bello  que  se  encargase  de  devolverlo  en  la 
Asunción. 

Tanto  dicho  señor  Bello  como  el  señor  Bochi,  Calderini, 
Perruquín  y  Hércules,  que  nos  habían  acompañado  todo  el  día, 
se  despidieron  á  las  4  y  30,  m.  p.  m.,  momento  en  que  la  ex- 
pedición siguió  camino  aguas  arriba. 


Dia  2  de  Agosto. 

A  las  2  de  la  tarde  han  venido  varias  canoas  de  indios  ore- 
judos á  visitarnos;  son  atléticos  y  bien  formados,  pero  con 
boca  grande  y  dientes  enormes.  Van  desnudos  y  por  todo 
adorno  se  pintan  con  color  azul  y  se  ponen  vinchas  en  la  frente 
con  algunas  plumas  de  avestruz. 

Es  curioso  que  estos  desgraciados  saludan  masónicamente, 
haciendo  como  los  monos  acobardados  la  señal  de  misericordia. 

Protestan  de  su  mansedumbre;  piden  galleta  y  cigarros  en 
cambio  de  los  productos  de  su  pesca,  y  tienen  tal  destreza 
para  manejar  la  canoa,  que  se  agarran  á  la  proa  del  vapor  que 
camina  con  más  fuerza. 

A  las  4  de  la  tarde  el  dueño  del  vapor,  Mr.  Grillé,  ordenó 


46 


JUAN   DE    COMINGES. 


sigilosamente  desamarrar  la  goleta  y  el  patacho,  sin  prevenir- 
me de  una  resolución  que  me  alejaba  de  la  vigilancia  de  mis 
intereses,  la  cual  no  me  pareció  muy  bien,  pues  no  medió  tiem- 
po más  que  para  prevenir  que  se  cortase  pasto  fresco  para  los 
animales. 

Este  acto  tuvo  lugar  con  motivo  de  carecer  absolutamente 
de  combustible,  por  lo  que  se  hacía  preciso  disminuir  la  trac- 
ción para  aumentar  la  velocidad  y  regresar  con  nuevas  provi- 
siones de  leña.  Desgraciadamente  la  máquina  estaba  sucia  y 
hubo  que  fondear  á  media  noche  para  limpiar  los  tubos  y  con- 
tinuar viaje  con  poco  más  de  seis  libras  de  vapor. 


Día  j  de  Agosto, 

A  las  2  de  la  mañana  llegamos  á  la  Colonia  Apa,  donde  en- 
contramos la  población  alborotada  á  causa  de  la  escasez  de 
víveres. 

Todos  se  ofrecían  á  acompañarnos  por  cualquier  precio  con 
tal  de  salir  de  aquellas  miserias.  No  acepté  ninguno,  y  por  el 
contrario  procuré  calmarlos,  manifestándoles  que  su  apuro  te- 
nía por  origen  no  un  descuido  sino  una  larga  baradura. 

Bajé  á  tierra  con  el  doctor,  para  saludar  al  Director  de  la 
Colonia  don  Carlos  Roux,  y  saber  de  él  el  comportamiento 
de  Tello. 

Había  cumplido  bien  con  su  deber.  Los  indios  estaban  dis- 
puestos por  intercesión  de  éste  y  del  mismo  Director  á  servir- 
nos de  guías,  durante  tres  días,  hasta  tropezar  con  la  toldería 
de  los  huanás.  Nos  estuvieron  esperando  con  impaciencia  hasta 
el  día  antes  de  nuestra  llegada,  en  que  cambiaron  de  opinión 
manifestando  á  Tello  con  franqueza,  que  sabían  que  nuestro 
propósito  era  tomarlos  para  venderlos  como  esclavos  en  el 
Brasil. 

I  Gran  contratiempo  I 


EXPLORACIONES.  47 


¿  De  dónde  ha  podido  salir  una  mentira  tan  contraria  á  nues- 
tros intentos? 

Esta  noticia  trascendental  me  contrariaba  mucho ;  pero  no 
perdiendo  completamente  las  esperanzas,  mandé  á  Tello, 
acompañado  de  otros  dos  hombres  en  la  canoa,  para  que  se 
acercase  á  las  tolderías  fronterizas  y  procurase,  valiéndose  de 
grandes  promesas,  traerme  algunos  indios  para  que  hablasen 
comigo,  entretanto  regresaba  el  vapor  con  los  buques  remol- 
cados. 

No  tardó  Tello  en  dar  la  vuelta ;  pero  con  la  triste  noticia 
de  que  los  indios  se  habían  internado,  probablemente  para 
prevenir  á  los  huanás  de  la  llegada  de  los  nuevos  negreros  de 
tierra  firme. 


Dia  4  de  Agosto, 

Aguardando  que  el  vapor  « Anita »  regrese,  he  subido  al 
cerro  del  Apa  en  compañía  del  doctor  y  de  un  ingeniero  de 
minas  llamado  D.  Liberato  de  Amicis,  que  se  encuentra  en 
este  punto  haciendo  algunos  estudios  hidrográficos,  y  minera- 
lógicos, joven  que  parece  práctico  en  expediciones,  desde  que 
es  uno  de  los  que  acompañaron  á  Antenor  en  su  viaje  directo 
de  Túnez  á  Zanzíbar.  Es  probable  que  nos  acompañe  hasta  el 
fuerte  Borbón  con  objeto  de  mostrarnos  unos  cerros  que  ha 
visto  en  el  Chaco  desde  las  cumbres  del  Apa  y  que  le  parecen 
el  principio  de  una  serranía,  por  cuya  ladera  acaso  pudiera 
penetrarse  en  el  desierto. 

ínterin  trepamos  al  cerro  donde  se  encuentra  la  cresta  del 
Apa,  el  señor  de  Amicis,  que  se  muestra  extraordinariamente 
afligido  por  el  contratiempo  que  nos  ocasiona  la  retirada  de  los 
indios,  me  ha  manifestado  que  él  sabe  de  dónde  procede  el 
origen  de  la  calumnia,  pues  que  su  mucho  prestigio,  entre  los 
indios,  hace  que  éstos  no  tengan  secretos  para  él. 

Dice  que  entre  los  peones  escapados,  por  el  hambre,  de  la 
Colonia  Apa,  salió  un  indio  correntino,  quien  al  pasar  por  Villa- 


48  JUAN    DE    COMINGES. 


Concepción  con  su  canoa,  exparció  esta  noticia  entre  los  goiai- 
curuces.  Añade  también  que  en  la  misma  Colonia  Apa  hay 
uno,  cuyo  nombre  me  da,  que  soliendo  ocupar  á  los  indios  en 
algunos  servicios  particulares  y  temiendo  verse  privado  de 
este  provecho,  si  los  llevamos  con  nosotros,  les  ha  dado  tam- 
bién malos  consejos. 

Creo  cuanto  me  dice  con  la  mejor  buena  fe  y  siento  no  tener 
jurisdicción  en  el  territorio  para  hacer  un  ejemplar  castigo  con 
quien  tanto  perjudica  los  nobles  propósitos  de  la  empresa. 

Desde  la  cumbre  del  cerro  del  Apa  se  ven  en  el  Chaco  las 
sierras  de  Galván,  como  á  diez  leguas  al  N.  O. 

En  este  cerro  hay  una  gruta  calcárea  que  es  de  las  más 
bellas  obras  de  la  Naturaleza.  Su  descenso  es  muy  difícil;  pero 
una  vez  abajo  vale  la  pena  del  sacrificio.  No  hay  catedral  más 
suntuosa  ni  formas  arquitectónicas  que  no  estén  allí  represen- 
tadas. No  hay  efectos  de  luz  que  puedan  conmover  el  alma 
como  los  de  la  gruta  del  Apa. 

Por  otra  parte,  aquello  es  una  lección  palpitante  de  geolo- 
gía, desde  que  allí  se  están  formando  á  la  vista  y  en  la  actuali- 
dad calcáreos  modernos,  coa. los  despojos  de  los  pájaros,  rep- 
tiles y  roedores  que  depositan  las  lechuzas  y  murciélagos, 
conglomerados  con  la  cal  diluida  en  las  aguas  que  gotean  por 
todos  los  intersticios  de  las  rocas. 

Al  bajar  del  cerro  del  Apa  he  paseado  qon  Mr.  Grillé  por 
una  espaciosa  y  larga  calle  abierta  en  el  bosque  con  objeto  de 
extraer  por  ella  las  más  colosales  vigas. 

No  hay  campos  cultivados,  ni  puede  haberlos  tampoco  en 
la  proximidad  de  los  cuatro  miserables  ranchos  que  constiteyen 
la  población ;  porque  la  capa  del  suelo  vejetal  es  de  muy  poco 

expesor  y  descansa  inmediatamente  sobre  rocas  calcáreas. 

Para  pastos  y  bosques  el  terreno  es  excelente ;  pero  jamás 
en  él  podrá  florecer  una  colonia  agrícola. 

Como  el  vapor  no  regresó,  tuvo  Mr.  Grillé  que  darnos  de 
almorzar,  lo  que  hicimos  en  su  casa  en  compañía  de  él,  de  su 


EXPLORACIONES.  49 


señora,  del  ingeniero  De  Aniicis  y  del  director  de  la  colonia, 
Mr.  Roux. 

Tello  me  hizo  saber  que  había  sido  bien  acogido  por  el 
señor  Roux,  quien  se  había  portado  á  medida  de  nuestros  de- 
seos, aconsejando  públicamente  á  los  indios  que  acompañasen 
á  nuestra  expedición,  porque  éramos  buenos  amigos. 

Roux  no  es  tan  cumplimentero  ni  tan  expresivo  como  De 
Amicis;  pero  creo  haber  descubierto  en  sus  modales  y  en  sus 
pocas  palabras  un  gran  fondo  de  honradez  y  de  sinceridad. 

Se  manifestó  muy  afectado  por  nuestra  contrariedad  y  dejó 
ver  que  imaginaba  á  quién  se  debía  el  espanto  de  los  indios ; 
pero  trató  de  tranquilizarme  diciendo  con  intención,  en  presen- 
cia de  todos  los  de  la  mesa,  y  sin  que  nadie  le  desmintiese, 
que  él  era  la  única  persona  del  Apa  en  quien  los  indios  tenían 
confianza  y  que  en  cuanto  calmase  el  viento  y  el  oleaje  lo  per- 
mitiera, iría  en  persona  á  la  costa  vecina  con  el  fin  de  disua- 
dir á  los  caciques  de  su  inesperada  resolución. 

No  me  gustó  el  oir  decir  á  todos  los  de  la  mesa :  que  el 
paso  era  difícil ;  que  la  canoa  de  la  casa  era  demasiado  peque- 
ña y  que  la  mía  no  podría  llevarse  porque  se  necesitaban  cua- 
tro remeros  para  manejarla. 

Roux  no  aguardó  á  que  el  tiempo  mejorase.  Conocía  mi 
situación  apremiante  y  para  salvarme  de  ella  salió  con  la  pe- 
queña canoa  en  medio  de  las  más  furiosas  marejadas. 


Dia  5  de  Agosto, 

Aja  una  de  la  mañana  llegó  por  fin  el  vapor  con  los  buques 
remolcados. 

El  estado  de  los  animales  era  lastimoso,  por  más  que  los 
encargados  de  cuidarlos  habían  hecho  lo  posible  para  atender- 
los con  esmero. 

Tello  me  llamó  aparte  y  me  dijo  que  sabía  que  todos  los 
operarios  del  Apa  estaban  resueltos  á  marcharse  al  regreso 

4 


5  o  JUAN    DE    COMINGES. 


del  vapor  « Anita »  y  que  por  tanto  era  posible  que  se  hiciesen 
promesas  seductoras  á  los  que  componían  el  personal  de  la 
expedición,  como  á  él  se  las  habían  hecho,  para  que  se  que- 
dase en  la  colonia. 

Con  esta  noticia  no  dejé  bajar  á  tierra  sino  á  los  que  fueron 
necesarios  para  ayudar  á  cargar  leña  para  el  vapor,  pues  que 
los  peones  sublevados  ninguno  quería  trabajar. 

Apurado  por  la  necesidad  de  llegar  á  tiempo  á  la  cita  con 
Minchín  y  por  desembarcar  pronto  unos  animales  que  tan  ho- 
rriblemente sufrían,  pedí  al  señor  Grillé  que  descargase  los  su- 
yos para  continuar  mi  viaje  en  la  madrugada,  á  lo  que  no 
quiso  acceder  á  pesar  de  la  claridad  de  la  luna,  poniéndome  por 
pretexto  la  falta  de  peones.  No  debía  ser  ésta  la  causa,  porque 
habiéndole  yo  ofrecido  los  míos,  para  este  servicio,  me  respon- 
dió que  no  era  la  operación  de  descargarse  animales  como 
para  hacerse  de  noche. 

El  señor  Roux  regresó  de  su  expedición  á  la  toldería  sin 
haber  encontrado  á  los  indios.  Durmió  dos  horas  y  salió  de 
nuevo  en  su  busca  en  mi  canoa  y  acompañado  por  Tello  y 
dos  peones  de  los  míos,  que  también  conocían  á  los  indios. 
Estos  peones  son  Tiburcio  y  Santiago. 

Aunque  los  bueyes  del  Apa,  se  han  concluido  de  desem- 
barcar á  las  8  de  la  mañana,  no  hemos  podido  seguir  camino 
hasta  las  4  de  la  tarde,  por  haber  esperado  el  regreso  del 
señor  Roux,  quien  por  fin  vino  sin  encontrar  á  los  indios. 

Gran  contratiempo  es  éste  para  la  expedición  y  para  la  em- 
presa. Hubiéramos  podido  tornar  nuestro  peligroso  viaje  en 
una  marcha  triunfal,  recomendados  de  toldería  en  toldería  por 
indios  amigos  y  confiados;  pero  una  infame  calumnia,  proba- 
blemente concebida  por  una  persona  decente,  ha  empezado  ya 
á  hacer  sospechosos  nuestros  generosos  intentos,  ha  alarmado 
á  la  crédula  indiada  y  quién  sabe  si  su  retraimiento  ó  su  hos- 
tilidad serán  motivo  de  grandes  desastres. 

No  perdonaré  nunca  al  que  tantos  perjuicios  ha  producido 
á  la  causa  de  la  civilización. 


EXPLORACIONES.  5 1 


Saludados  por  las  gentes  de  la  colonia  Apa  y  por  el  cañón 
de  la  «Gibraltar»  y  llevando  el  patacho  amarrado  á  estribor, 
hemos  continuado  la  marcha  á  las  4  de  la  tarde  y  con  toda  la 
gente  muy  contenta. 

Nos  acompañan  el  ingeniero  De  Amicis  y  el  director  del 
Apa,  D.  Carlos  Roux. 

No  hay  cómo  agradecer  á  este  último  señor  los  buenos  ser- 
vicios que  ha  prestado  á  la  empresa.  Para  esto  era  preciso 
haber  visto  el  viaje  que  hizo  ayer  y  el  que  ha  hecho  hoy,  bajo 
un  temporal  muy  fuerte,  en  una  débil  canoa,  remando  todo  el 
día,  con  viento  de  proa,  mojado  hasta  los  huesos  y  sin  comer, 
sólo  por  una  complacencia  desinteresada  á  la  que  le  anima,  sin 
duda,  la  secreta  intuición  del  bien  que  vamos  á  hacer  á  los  in- 
felices indios. 

Un  solo  rasgo  completará  el  retrato  moral  de  este  caballero, 
á  quien  los  indígenas  llaman  cacique  Carapé, 

Las  vicisitudes  por  que  ha  pasado  esta  colonia  han  acabado 
por  fin  su  inquebrantable  paciencia,  colmándose  con  ciertas 
cosas  que  ocurren  en  la  actualidad  y  que,  amenazando  su  in- 
mediata ruina,  le  han  decidido  á  dimitir  el  puesto  que  desem- 
peña. 

El  día  que  tomó  esta  resolución  se  la  comunicó  á  los  caci- 
ques, quienes  derramaron  abundantes  lágrimas. 

Quédame  aún  una  esperanza  de  deshacer  el  enredo;  por 
más  que  la  desaparición  de  los  indios  fronterizos  del  Apa,  y 
las  repetidas  hogueras  que  hemos  visto,  durante  la  noche  an- 
terior, son  señales  evidentes  de  gran  alarma  entre  elJos. 

Esta  esperanza  consiste  en  que  encontremos  algunos  indí- 
genas sobre  la  costa  del  Chaco,  que  serán  precisamente  cono- 
cidos del  señor  Roux,  en  cuyo  caso  parará  el  vapor. 

El  señor  Rcmx  nos  acompaña  expresamente  por  el  deseo  de 
convencerlos  á  que  nos  acompañen,  si  llegasen  á  presentarse 
sobre  la  costa. 

No  puedo  menos  de  sentir  una  nueva  sospecha,  que  puede 
dar  la  clave  que  justifique  el  retraimiento  de  los  indios. 


í  ' ' 


52  JUAN    DE    COMINGES. 


¿Qué  será  de  Minchín?  Su  gente  no  era  muy  útil  para  el 
manejo  de  las  muías,  era  poca  y  aún  de  ésta  unos  desertaron 
de  su  puesto,  otros  enfermaron  y  otros  tuvo  que  mandarlos  á 
Curumbá,  por  causa  de  los  equipajes. 

¿Qué  será  de  Minchín? 

jNo  habrán  hecho  con  él  los  chamacocos  algo  que  les  dé 
motivo  para  alarmarse  con  mi  llegada?  Allá  veremos.  De  todos 
modos  cumpliré  con  mi  deber  y  estoy  más  tranquilo,  porque 
los  animales  han  mejorado  y  el  espíritu  de  la  gente  parece 
bueno. 

A  las  8  de  la  noche  he  divisado  varios  fogones  sobre  la  ri- 
bera occidental  frente  á  Confluencia;  pero  no  hemos  podido 
ponernos  en  comunicación  con  los  indios  por  la  mucha  mare- 
jada y  porque  la  oscuridad  de  la  noche  nos  impidió  reconocer 
quiénes  y  cuántos  eran. 

Pensamos  parar  en  la  estancia  de  Mayero  para  comprar 
bueyes  ó  vacas. 

El  señor  De  Amicis,  que  nos  acompañaba  con  el  principal 
objeto  de  mostrarnos  desde  lo  alto  de  un  cerro  un  rumbo  para 
las  Salinas,  no  ha  podido  prestarnos  este  servicio,  porque  ha- 
biendo tenido  lugar  demasiado  tarde  nuestra  salida  del  Apa, 
nos  sorprendió  la  noche  antes  de  llegar  al  cerro  deseado. 

A  las  diez  de  la  noche  hemos  llegado  á  la  estancia  de  Ma- 
yero, donde  hay  un  señor  brasilero  llamado  D.  Juan  Canavaro, 
que  es  el  encargado  y  tiene  cierta  autoridad  entre  los  indios 
mbayás  que  allí  están  establecidos. 

Aunque  el  fuerte  Olimpo  dista  poco  de  este  punto,  como  no 
era  hora  para  desembarcar  los  efectos,  decidí  fondear  aquí,  á 
fin  de  comprar  algunos  animales  y  algunos  cueros,  y  sobre 
todo,  con  el  objeto  de  ponerme  en  relación  con  los  indios  para 
ver  si  conseguía  algunos  que  se  decidieran  á  acompañarme 
por  el  Chaco. 

Pocos  momentos  antes  de  llegar  á  esta  toldería,  entregué 
las  armas  y  las  municiones  á  todos  los  expedicionarios,  encar- 
gándoles que  no  impidiesen  á  los  indios  el  subir  á  bordo,  si  lo 


EXPLORACIONES.  53 


pretendían,  pero  que  estuviesen  sobre  aviso  sin  manifestarles 
desconñanza. 

Apenas  sonó  el  pito  del  vapor,  nos  asaltaron  multitud  de 
canoas,  cargadas  de  hombres,  mujeres  y  niños,  que  traían  aba- 
nicos, pájaros,  pesca,  cueros,  gallinas,  cabezas  de  ciervo  y 
otras  chucherías  para  cambiar  por  caña,  galleta,  velas,  platos 
ó  yerba  paraguaya. 

Noto  con  cierta  extrañeza  que  todos  los  indios  saludan  afec- 
tuosamente á  uno  de  los  soldados  expedicionarios  que  se  llama 
Albino,  y  hasta  me  apercibo  de  que  uno  de  ellos  le  habla  en 
buen  portugués  y  le  dice  que  su  reloj  y  sus  documentos  los 
tiene  muy  bien  guardados  y  á  su  disposición. 

Extraño  mucho  que  Albino,  sabiendo  el  interés  que  yo  tenía 
en  relacionarme  con  los  indios,  no  me  hubiese  dado  cuenta  de 
las  estrechas  relaciones  que  él  mantenía  con  ellos. 

Bajé  á  tierra,  con  el  doctor,  el  ingeniero,  el  director  y  el 
peón  Albino;  pero,  desgraciadamente,  la  multitud  de  canoas 
que  nos  rodeaban  y  la  oscuridad  de  la  noche  dio  lugar  á  que 
el  doctor  sufriese  un  golpe  terrible  en  la  mano  derecha  aplas- 
tándole completamente  un  dedo. 

Es  valiente  y  no  quería  regresar  á  bordo;  pero  cuando 
aproximé  el  farol  y  vimos  la  falanje  despedazada,  retrocedimos 
al  vapor  inmediatamente  donde  se  le  prestaron  los  auxilios 
necesarios. 

Después  de  curar  al  doctor,  volvimos  á  tierra  acompañados 
del  encargado  de  la  estancia,  D.  Juan  Canavaro,  quien  parece 
tener  autoridad  y  prestigio  entre  los  indios. 

Compónese  esta  aldea  de  una  plaza  cuadrada,  que  tendrá  la 
superficie  de  una  hectárea.  Tres  de  sus  frentes  son  grandes 
cobertizos  ó  galpones  de  palma,  divididos  en  tintos  departa- 
mentos como  familias  hay  en  la  toldería :  advirtiendo  que  cada 
familia  es  por  lo  regular  muy  numerosa. 

La  casa  de  Canavaro,  que  vive  con  su  esposa,  una  cuñada  y 
una  hija  mocita,  está  inmediatamente  sobre  la  barranca  del  río 
y  cierra  el  cuarto  lado  del  cuadrado  que  constituye  el  pueblo. 


I     .' 


54 


JUAN    DE    COMINGES. 


Entramos  en  su  casa  y  tras  de  nosotros,  una  muchedumbre 
de  indios  de  todos  sexos  y  edades,  trajes  y  tipos.  Unos,  desnu- 
dos completamente,  pero  muy  bien  pintados  con  figuras  circu- 
lares y  concéntricas;  otros,  con  un  pequeño  trapo  rodeado  á 
la  cintura;  otros,  con  casacones  desechados  por  los  soldados 
brasileros;  otros,  vestidos  con  buenas  bombachas,  camisas  ge- 
novesas  y  sombreros  de  paja. 

Las  mujeres  demasiado  desenvueltas  y  provocativas,  con  el 
beneplácito  de  sus  maridos,  se  acercaban  á  nosotros  con  dema- 
siada confianza,  á  excepción  de  algunas  jóvenes  paraguayas 
que,  habiendo  sido  cautivadas  por  los  indios,  en  tiempo  de  la 
guerra,  vestían  con  más  pudor  y  conservaban  costumbres  más 
honestas. 

El  encargado  de  la  estancia,  después  de  hacernos  sentar, 
nos  presentó  á  otro  señor  brasilero,  encargado  de  otra  estancia, 
que  el  mismo  Mayero  mantiene  á  cierta  distancia  de  ésta,  y 
también  hizo  la  presentación  del  capitán  Neuille,  hombre  grave 
é  imperturbable,  á  quien  los  brasileros  no  quieren  de  modo 
alguno  denominar  cacique.  De  prevención  llevaba  yo  un  fi-asco 
de  ginebra  y  una  copa  de  cristal  con  la  que  se  sirvió  á  todos 
hasta  donde  alcanzó,  pudiendo  notar  que  hubiera  habido  poco 
licor  aunque  hubiese  llevado  conmigo  media  pipa.  Tales  la  avi- 
dez de  los  indios  por  los  espíritus.  Del  mismo  modo,  repartí  un 
centenar  de  cigarros,  dándose  el  caso  de  que  hasta  las  mujeres 
me  presentaban  á  sus  niños  de  pechos,  haciéndome  señas  de  que 
también  fumaban. 

Después  de  contar  á  la  concurrencia,  con  muchos  detalles, 
el  objeto  que  me  proponía  y  de  saber  por  el  encargado  la  nece- 
sidad en  que  todos  estaban  por  falta  de  comestibles,  salimos 
á  visitar  la  toldería,  acompañados  por  Neuille,  quien  nos  pre- 
sentó en  el  departamento  de  cada  una  de  las  familias,  que  nos 
recibieron  con  el  mayor  agasajo,  aunque  muchas  estaban  ya 
durmiendo.  Por  fin,  llegamos  al  departamento  del  capitán,  que 
nos  mostró  á  su  numerosa  familia  y  con  especialidad  á  una  ni- 
ñita  que  dormía  bajo  un  mosquitero  de  color  de  rosa.  A  esta 


EXPLORACIONES.  55 


criatura,  que  era  verdaderamente  hermosa,  yo  la  coloqué  un 
collar  queme  agradecieron  mucho  sus  padres. 

Poco  después  de  media  noche  nos  retiramos  á  bordo,  que- 
dando en  volver  á  tierra  á  la  madrugada. 

Por  más  que  yo  advertí  á  todos  los  expedicionarios  y  particu- 
larmente al  administrador,  que  no  se  tomaran  ninguna  liber- 
tad con  las  indias,  tuve  el  disgusto  de  saber  que  no  se  había  te- 
nido mucho  respeto  á  mi  mandato,  lo  que  censuré  duramente, 
manifestando  al  administrador  en  particular  que  si  uo  hacía 
propósito  de  corregirse  en  lo  sucesivo,  me  vería  en  el  caso  de 
mandarle  á  la  Asunción,  antes  de  que  nos  comprometiese  con 
sus  desórdenes. 


ñeros. 


JJza  6  de  Agosto, 

A  las  seis  de  la  mañana  salté  á  tierra  con  el  doctor,  con  el 
director  y  con  Albino,  encargando  nuevamente  al  administrador 
que  nadie  saliera  del  buque  para  evitar  escándalos,  que  irre- 
misiblemente ocurrirían.  Mi  objeto  era  comprar  vacas  y  pro- 
curarme guías.  He  comprado  un  buey;  pero  como  tienen  que 
ir  lejos  á  buscarle  y  yo  no  puedo  esperar,  he  dispuesto  que  se 
quede  la  lancha  de  á  bordo  y  el  peón  Albino  para  que  me  lo 
lleven  carneado  al  fuerte  Olimpo.  En  cuanto  á  guías,  nada 
puedo  esperar,  á  causa  de  que  si  bien  en  otro  tiempo  existían 
grandes  relaciones  entre  los  indios  de  ambas  costas,  en  la  ac- 
tualidad son  enemigos  mortales.  Los  mbayás  no  pasarán  al 
Chaco  nunca  sino  en  grandes  grupos  y  bien  armados,  para  ex- 
terminar á  sus  vecinos,  de  quienes  cuentan  las  mayores  trai- 
ciones. El  capitán  Neuille  me  dice  que  habiendo  sido  invitados 
los  suyos  por  los  chamacocos,  para  asistir  á  una  fiesta  en  la 
que  se  trataba  de  reanudar  las  relaciones,  y  habiendo  aceptado 
sin  malicia  el  convite,  pasaron  al  lado  opuesto,  donde  fueron 
sacrificados  en  gran  número,  quedándole  allí  dos  hijos  prisio- 


56  JUAN    DE    COMINGES. 


Como  yo  le  pregunto  el  nombre  de  estos  hijos,  con  objeto 
de  procurar  rescatarlos,  él  me  dice  para  interesarme  más,  que 
si  tal  logro  me  lo  agradecerá  eternamente  y  me  regalará  uno 
de  ellos. 

Los  mbayás  tienen  cautivos  muchos  indios  de  las  tribus  con 
quienes  viven  en  guerra,  pero  suelen  no  tratarlos  mal,  aún 
cuando  algunas  veces  sacrifiquen  alguno. 

No  quiso,  pues,  el  capitán  Neuille  concederme  ninguno  de 
los  suyos  para  guiarme  en  el  desierto,  á  pesar  de  que  mis  ofre- 
cimientos debieron  seducirle. 

Notando  que  á  la  puerta  de  todas  las  casas  había  carretas 
y  bueyes  ensillados,  pregunté  al  seftor  Canavaro  qué  signifi- 
caba aquello,  quien  me  dijo  que  los  indios  habían  resuelto  la 
noche  anterior  el  internarse  á  los  montes  para  ocuparse  unos 
días  en  construir  canoas. 

Desde  la  guerra  del  Paraguay,  el  Brasil  ha  estrechado  mu- 
cho sus  relaciones  con  los  indios  mbayás,  quienes  atraídos  por 
regalos  que  reciben  de  las  autoridades  del  Imperio,  hacen  cons- 
tantes viajes  á  las  plazas  de  Corumbá,  Coimbra  y  Alburque- 
que,  donde  cambalachan  sus  chucherías,  por  pólvora,  telas, 
cuchillos  y  otras  cosas,  y  donde  se  les  engaña  y  se  les  atrae 
dándoles  fusiles  antiguos,  uniformes  de  desecho  y  diplomas 
de  oficiales  del  ejército  imperial. 

ínterin  estaba  entregando  al  señor  Canavaro,  encargado  de 
la  estancia,  ciertos  comestibles,  que  absolutamente  precisaba, 
algunos  expedicionarios  bajaron  á  tierra  contraviniendo  mis 
órdenes;  y  habiéndoles  hecho  regresar  á  bordo  inmediata- 
mente, donde  les  esperaba  un  castigo,  se  disculparon  con  que 
el  doctor  les  había  autorizado,  lo  que  no  quise  aclarar  por  te- 
mor de  que  resultase  verdad  lo  que  me  interesaba  tomar  por 
un  pretexto. 

El  doctor,  á  pesar  del  mal  estado  de  su  salud,  se  había  ocu- 
pado en  visitar  todos  los  enfermos  de  la  aldea,  que  no  eran 
pocos,  en  darles  medicinas  y  en  marcarles  el  plan  curativo, 
con  lo  que  quedaron  verdaderamente  agradecidos. 


EXPLORACIONES.  57 


Á  las  8  y  30  a.  m.,  y  después  de  una  despedida  cariñosa 
con  todos  los  habitantes  de  la  aldea,  en  la  que  les  manifesté 
que  hasta  el  día  1 1  estaría  en  el  fuerte  Olimpo,  por  si  querían 
visitarme,  zarpamos  en  esta  dirección,  donde  llegamos  al 
poco  rato  y  atracamos  á  una  barranca  situada  poco  más  de  un 
kilómetro  al  Norte  de  la  fortaleza,  no  haciéndolo  directamente 
al  pié  de  ésta,  por  la  circunstancia  de  no  haber  puerto. 

Acto  continuo  saltamos  en  tierra  todos  los  expedicionarios 
annados  y  Cí^n  la  bandera  á  la  cabeza,  y  asimismo  los  seño- 
res que  nos  acompañaron  y  los  capitanes  y  tripulantes  del 
vapor -y  del  patacho,  quienes  formando  un  círculo  en  torno  de 
la  bandera  que  acababa  de  plantar  en  tierra,  presenciaron  con 
el  mayor  respeto  y  compostura,  el  acto  de  toma  de  posesión, 
firmando  después  el  acta,  que  es  como  sigue: 


Copia  del  acta  de  la  toma  de  posesión  del  fuerte  Olimpo 

EN  NDMBRE  DE  LA  EMPRESA  BraVO. 

Yo,  Juan  de  Cominges  y  Prat,  español,  de  profesión  inge- 
niero agrónomo,  jefe  de  la  expedición  exploradora  al  Oriente 
de  Bolívia,  y  usando  de  los  derechos  que  á  esta  empresa  ha 
concedido  el  Gobierno  y  el  Cuerpo  Legislativo  del  Paraguay, 
tomo  solemne  posesión  del  fuerte  Olimpo  y  de  toda  la  exten- 
sión que  media  entre  las  fronteras  Sud  y  Oeste  del  Paraguay 
y  el  paralelo  que  pasa  20  leguas  más  abajo  de  Bahía  Negra 
y  en  presencia  de  los  testigos  que  firman  abajo,  clavo  en  tierra 
la  blanca  insignia  de  la  empresa,  símbolo  de  la  paz  que  repre- 
senta la  verdadera  civilización,  tal  cual  pueden  concebirla  los 
más  fervorosos  cristianos  y  los  más  puros  demócratas  del  XIX 
siglo.  ' 

Que  el  Dios  de  las  alturas  ayude  nuestros  esfuerzos  que, 
aunque  débiles,  tienden  únicamente  á  favorecer  los  más  altos 
intereses  de  la  humanidad,  sacando  de  la  barbarie  á  las  tribus 
salvajes  que  pueblan  este  desierto,  abriendo  ancha  puerta  á 


58  JUAN    DE    COMINGES. 


los  hijos  desheredados  de  todas  las  naciones  de  la  tierra  y 
rompiendo  las  únicas  murallas  que  impedían  la  expansión  na- 
tural de  un  pueblo  grande,  noble,  rico  y  generoso. 

Fuerte  Olimpo,  6  de  Agosto  de  1879. 

Juan  de  Cominges.  —  Manuel  Copello,  capitán  del  vapor 
« Anita»  "Liberato  De  AmiciSy  ingeniero  geólogo — Silvio  An- 
dreuzzi,  médico — José  Nuñell — A,  Roux^  director  de  la  QíAo- 
nia,  ApB,— Jioóerl  A.  Ceily,  i  *'"•  engeneer,  S.  S.  Anita — Julio 
MagallaaeSy  patrón  del  patacho  « María  > — Luígi  Siri,  nostra- 
mo  del  «Anita» — Aqui  GiacÍ7iti,  marinero  del  «Anita» — En- 
rique Pagani — José ZolesijVñ^y oxáovcio  del  «Anita» — Agustín 
Estigarribia  —  Francisco  Almeida  — Isidoro  Tello  —  Doroteo 
Medifia — Jenaro  Estigarribia — Salvador  Martínez —  Vicente 
Ruiz — José  Cuevas —  Trifón  Gómez —  Tiburcio  Gómez — San- 
tiago Gauna — Julián  Barros — José  Gómez-  Pedro  Maidana 
— Estanislao  Centurión — Eustaquio  Saavedra — Pedro  Cabral 
—  José  Piris  —  Jfoaquin  Pedro  —  Juan  Fer reirá  —  Albino 
Viera. 


Día  12  de  Agosto, 

A  las  2  a.  m.  regresó  Ferreira  acompañado  de  los  dos  boli- 
vianos, que  se  fueron  inmediatamente. 

A  las  8  a.  m.  salió  la  vanguardia  al  mando  del  administrador 
que  lleva  la  brújula  y  el  cargo  de  tirar  y  separar  del  camino, 
que  es  al  rumbo  de  N.  66«  25'  al  O.,  las  palmas  que  pueden 
estorbar  para  el  paso  del  carro.  Va  muy  advertido  de  las  condi- 
ciones que  debe  tener  el  lugar  que  elija  para  campamento,  la 
distancia  que  tiene  que  recorrer,  si  el  camino  y  el  tiempo  lo 
permiten,  y  la  conducta  que  debe  observar  con  los  indios  que 
puedan  presentarse. 


EXPLORACIONES.  59 


Le  hago  salir  temprano  para  que  tengan  tiempo  suficiente 
de  ir  desembarazando  el  camino,  mientras  llegan  las  cargas. 

Llevan  dos  caballos  y  una  muía  con  víveres,  utensilios  de 
campamento,  herramientas,  etc. 

A  las  9  a.  m.  sale  el  carro,  con  dos  carreros  y  la  sección  del 
sargento  Almeida. 

Las  muías  son  muy  ariscas,  pues  á  pesar  de  que  todos  los 
días  se  han  ensillado  algunas  y  de  que  Pagani,  las  entiende  bien 
y  tiene  paciencia  con  ellas,  no  quieren  soportar  la  carga;  así  es 
que  algunas  se  han  roto  los  cascos  y  casi  todas  han  arrojado 
por  diferentes  veces  la  carga ,  mordiendo ,  manoteando  y  ti- 
rando coces  á  cuantos  se  acercan.  Han  roto  algunos  efectos  y 
principalmente  los  sillones  de  carga;  pero  como  son  i6,  esco- 
gemos las  mejores  y  así  es  que  sólo  á  las  3  p.  m.  logro  tener 
siete  cargadas,  y  con  el  resto  de  la  tropilla  y  suficientes  mu- 
leros, los  mando  con  el  doctor  por  la  huella. 

Una  de  estas  muías,  antes  de  haber  caminado  400  metros 
arrojó  su  carga,  despedazando  todos  los  arreos;  por  lo  que 
muía  y  mulero  regresaron  al  fuerte,  dejando  abandonados  los 
efeitos  por  el  camino,  porque  ya  era  noche. 

Nos  quedaba  un  resto  de  provisiones  que  tenían  que  llevarse 
con  .1  carro  en  un  segundo  viaje,  pero  como  éste,  aunque  ca- 
minara toda  la  noche,  no  podría  regresar  sino  á  la  madrugada, 
fué  necesario  meter  los  víveres  en  el  rancho  para  librarlos  de 
la  tormenta  que  amenazaba,  pues  ya  no  teníamos  cueros  ni  car- 
pas con  que  taparlos. 

No  quedaban  conmigo,  en  el  fuerte,  más  que  Tello  y  Pagani 
y  nos  ocupamos  en  la  anterior  operación,  en  acabar  de  techar 
el  rancho  y  en  improvisar  una  puerta  para  defendernos  en  caso 
de  algún  ataque  de  los  mbayás. 

Afortunadamente,  á  las  8  p.  m.  y  en  medio  de  la  oscuridad 
más  completa,  regresó  el  carro  con  los  dos  conductores.  Dimos 
de  comer  á  los  bueyes  abundantemente  y  nos  acostamos  en  el 
rancho,  manteniendo  un  centinela  que  se  relevaba  cada  hora. 

El  doctor,  el  administrador  y  la  demás  gente,  llegaron  al  pri- 


6o  JUAN    DE    COMINGES. 


mer  campamento  distante  tres  leguas,  á  cuyo  lugar,  por  ser  el 
primero,  aunque  no  muy  apropósito  para  acampar,  le  pusimos 
el  nombre  de  campamento  Brabo. 

El  camino  ha  sido  fácil  y  sin  agua  que  pasar,  ni  muchas 
palmas  que  tirar  á  tierra,  y  dicen  los  conductores  del  carro,  que 
José  Gómez,  apenas  se  enteró  del  rumbo,  por  la  dirección  de 
la  brújula,  se  fué  adelante  con  más  seguridad  y  exactitud  que 
el  mismo  que  llevaba  el  instrumento. 

Los  peones  de  la  vanguardia  siguen  á  los  rumberos  y  ade- 
más de  tirar  las  plantas  que  impiden  el  paso,  van  marcando 
con  los  machetes  las  palmas  que  hay  sobre  ambos  lados  del 
camino,  para  que  en  todo  tiempo  quede  señalada  nuestra 
huella  y  puedan  ir  los  que  quieran,  siguiendo  el  mismo  camino. 


Día  75  de  Agosto, 

Á  las  5  a.  m.  se  toca  diana  y  empieza  la  gente  á  tomar  el 
mate  y  la  galleta. 

He  preparado  las  secciones  de  vanguardia  y  para  evitar  que 
el  carro  tenga  que  hacer  dobles  viajes,  he  dispuesto  que  el  car- 
pintero Julián  Barros  construya  rastras  para  conducir  en  ellas 
parte  de  los  regalos  que  traigo  para  los  indios ;  pues  de  otro 
modo  preveo  que  tendré  que  dejarlos  por  el  camino,  porque 
son  muy  pesados. 

He  nombrado  pastores  permanentes  que  tengan  la  respon- 
sabilidad de  los  animales  que  se  pierdan,  y  he  destinado  una 
muía  para  que  acompañe  á  la  vanguardia,  cargada  con  algunos 
víveres  y  las  herramientas  necesarias. 

Dejo  en  el  «Paso  Nuñél »  la  sección  de  Pagani  y  la  de  Es- 
tigarribia,  ocupadas  en  secar  los  equipajes  mojados,  en  char- 
quear el  animal  que  se  mató  ayer  y  estaquear  su  cuero,  en 
construir  rastras,  en  recoser  bolsas,  en  engrasar  arneses,  en 


EXPLORACIONES.  6 1 


componer  el  carro,  y  salgo  con  ios  demás  abriendo  camino  por 
el  rumbo.  El  doctor  y  el  secretario  quedan  también  en  el  cam- 
pamento, encargando  á  este  último  que  se  ocupe  en  copiar 
mi  Libro  Diario,  y  al  primero  que  al  amanecer  de  mañana,  se 
ponga  en  marcha,  si  antes  no  tiene  contraorden. 

A  las  8  a.  m.  empezamos  nuestro  trabajo  por  un  palmar 
muy  espeso,  si  bien  con  el  piso  limpio  de  malezas  á  causa  del 
incendio  del  dia  anterior.  Desgraciadamente,  todavía  ardían 
las  innumerables  palmas  que  se  encuentran  siempre  tendidas 
en  tierra  y  esto  nos  envolvía  en  una  nube  de  humo. 

Á  las  II  habíamos  andado  una  legua  y  nos  encontramos, 
con  un  extensísimo  bañado,  que  por  no  tener  plantas  acuáticas 
en  el  centro,  demostraba  ser  de  mucha  profundidad.  Era  tan 
ancho  que  no  podía  cruzarse  en  línea  recta,  ni  prometía  po- 
derse costear  por  el  S.  E.,  porque  se  extendía  en  todas  direc- 
ciones por  ese  lado;  me  resolví,  pues,  á  caminar  por  su  orilla 
en  dirección  Norte  y  al  poco  rato  me  apercibí  que  formaba 
como  un  arco  de  círculo  casi  completo,  pues  luego  de  haber 
caminado  otra  legua  me  encontré  al  lado  opuesto  sobre  mi 
mismo  rumbo. 

Mucho  gustaba  á  mis  gentes  el  caminar  á  la  orilla  de  las  la- 
gunas, porque  en  estos  lugares  hay  siempre  una  faja  de  terre- 
no libre  de  vegetación  arbórea,  por  la  que  se  camina  sin  más 
trabajo  que  el  de  separar  las  palmas  secas  que  han  caído  ha- 
cia  ese  lado  y  que  estorban  para  el  camino  de  la  carreta. 

Caminando  por  este  rumbo  noté  huellas  humanas  como  de 
una  mujer  ó  de  un  muchacho  de  mediana  edad;  pero  Tello 
me  hizo  notar  que  los  indios  huanás  que  él  había  visto  en  la 
colonia  Apa,  aunque  muy  buenos  mozos,  todos  tienen  un  pié 
muy  diminuto. 

Un  poco  más  adelante  vimos  palmas  cortadas  con  canche- 
ro, que  es  un  hacha  pequeñita,  que  siempre  llevan  consigo 
los  indios.  En  este  lugar  las  huellas  eran  infinitas,  y  el  corte 
de  las  palmas  muy  reciente,  sin  que  se  pudiera  precisar  el 
tiempo  que  había  trascurrido  desde  que  los  indios  habían  es- 


62  JUAN    DE    COMINGES. 


tado  allí,  pues  que  el  fuego  había  ennegrecido  y  cauterizado 
los  cortes. 

Los  indios  tienen  la  costumbre  de  derribar  las  palmas  para 
comer  la  parte  más  tierna  de  su  cogollo,  que  aunque  poco 
nutritiva  y  algo  indigesta,  es  una  comida  agradable,  y  que  á 
falta  de  otra,  puede  sostener  la  vida  durante  algún  tiempo. 

Por  regla  general,  los  indios  cortan  las  palmas  á  70  centí- 
metros del  suelo,  pero  como  encontramos  dos  muy  juntas  cu- 
yo corte  lo  habían  dado  como  á  la  altura  de  un  hombre,  com- 
prendí que  esto  debía  ser  una  señal,  y  lo  era  en  efecto,  por- 
que allí  mismo  los  camalotes  de  la  orilla  estaban  arrancados 
á  tirones.  Era  indudablemente  el  punto  donde  los  indios  atra- 
can sus  canoas  cuando  vienen  á  sus  correrías. 

Cuando  volvimos  á  encontrarnos  de  nuevo  sobre  nuestra  lí- 
nea, calculé  aproximadamente  en  media  legua  la  longitud  de  la 
cuerda,  cuyo  arco  acabábamos  de  recorrer. 

En  este  lugar  volvimos  á  comenzar  á  derribar  palmas  y  á 
señalar,  como  siempre,  casi  todas  las  que  quedan  á  ambos 
costados  del  camino,  y  después  de  caminar  otra  legua  en  esta 
forma,  dimos  otra  vez  con  el  mismo  pantano,  descubriendo  al 
S.  E.  y  al  S.  un  horizonte  sin  límites  todo  cubierto  de  agua. 

Igual  que  antes  lo  costeamos  también  en  curva  al  N.,  y  á 
los  cinco  cuartos  de  legua,  volvimos  á  encontramos  otra  vez 
sobre  nuestro  rumbo,  calculando  igualmente  en  media  legua  la 
cuerda  de  este  arco. 

En  este  lugar  forma  el  lago  un  ángulo  muy  agudo  con  el 
vértice  al  O.,  y  aquí  acampamos  á  la  1  p.  m.  en  medio  de  una 
pradera  circular  muy  deliciosa,  donde  por  el  desarrollo  del  pas- 
to, calculé  que  haría  8  dias  que  los  indios  la  habían  dado 
fuego. 

A  este  lugar  se  le  puso  el  nombre  de  «Constancia»,  en 
recuerdo  de  una  interesante  señorita,  hija  del  empresario 
Brabo. 

Aquí  nos  alcanzó  el  carro ;  cortamos  algunas  cabezas  de 
palmas  para  dar  de  comer  á  los  animales,  pues  no  había  otro 


EXPLORACIONES.  63 


pasto,  ni  siquiera  se  habían  salvado  los  camalotes,  y  descan- 
samos y  comimos  en  media  hora. 

El  fuego,  que,  desde  la  colonia  Apa,  desde  el  río  y  desde 
el  fuerte  Olimpo,  hemos  visto  constantemente  en  esta  direc- 
ción, unido  á  las  señales  que  en  este  momento  tengo  ante 
mis  ojos,  me  corroboran  en  la  idea  de  que  hemos  sido  misera- 
blemente vendidos  por  la  gente  del  Apa,  y  que  los  indios  nos 
cierran  el  paso  quemando  los  pastizales  ante  nosotros. 

No  importaría  esto  mucho,  si  hubiese  camalotes,  pero  en 
caso  contrario,  preveo  que  con  hojas  de  palma  no  sostendre- 
mos las  muías  ni  los  bueyes. 

Á  la  I  y  30  p.  m.  continuamos  la  marcha;  pero  á  la  media 
legua  salimos  á  una  abra  verdaderamente  pintoresca,  pues  á 
la  derecha  y  á  la  izquierda  de  nuestra  ruta,  no  se  descubría 
otra  cosa  que  un  lago  sin  límites  cubiertos  de  millones  de  aves 
acuáticas  de  infinitas  clases  y  colores,  por  cuyas  orillas  se  pa- 
seaban perezosos  carpinchos  en  fraternal  consorcio  con  lobos, 
sucurís  y  cocodrilos. 

A  nuestro  frente,  como  á  una  legua  de  distancia,  se  veía 
por  primera  vez  un  bosque  de  vegetales  dicotiledóneos,  que 
contrastaba  por  su  belleza  con  la  triste  monotonía  de  los  pal- 
mares. 

Aquello  era  el  paraíso  y  «r  Paraíso»  se  llamará  siempre ;  pero 
¿  serían  los  expedicionarios  dignos  de  penetrar  en  él  ? 

Por  su  valor,  su  fuerza  y  su  entusiasmo  todos  eran  dignos ; 
pero  ¿  quién  vence  los  grandes  obstáculos  que  opone  á  veces 
la  Naturaleza  .í^ 

Como  yo  montaba  el  mejor  animal  quise  tantear  el  fondo 
del  lago  y  á  pocos  pasos  nadó  mi  caballo.  Nadé  yo  también 
retrocediendo ;  pero  pronto  el  caballo  se  enredó  en  la  totora  y 
con  los  esfuerzos  que  hizo  para  desprenderse  se  clavó  en  el 
cieno ;  lo  mismo  me  sucedió  á  mí,  pero  gracias  á  unos  cueros, 
unos  lazos  y  unos  puñados  de  totora,  salimos  sin  lastimarnos. 

No  me  detuve  en  secarme ;  tomé  las  armas  que  había  deja- 
do en  la  orilla  y  sin  pensar  en  costear  el  lago  en  rumbo  Sud, 


64  Jl^AN    DE    COMINGES. 


porque  se  veía  claramente  que  él  era  una  parte  del  que  venía- 
mos dejando  á  la  izquierda,  desde  que  caminamos  dos  leguas, 
después  de  salir  del  fuerte  Olimpo,  me  dirigí  al  Norte  con  la 
gente  y  á  la  media  legua  me  pareció  que  había  encontrado  el 
paraje  á  propósito  para  entrar  en  el  Paraíso,  pues  era  la  parte 
más  estrecha  y  tenía  la  ventaja  de  que  por  nuestro  lado  el 
agua  se  había  retirado,  dejando  al  descubierto  mil  metros  de 
terreno  un  poco  pantanoso,  pero  que  podía  pasarse  formando 
un  piso  de  juncos  y  espadañas,  y  de  que  por  la  parte  opuesta 
no  había  sino  quinientos  metros  de  laguna  que  atravesar,  la- 
guna, que  por  estar  llena  de  plantas  acuáticas,  denunciaba  su 
poca  profundidad. 

Como  el  piso  era  bastante  pantanoso  y  se  hundían  los  pies 
de  los  caballos,  hasta  el  punto  de  no  poder  acercarse  á  las  ori- 
llas del  lago,  dispuse  que  toda  la  gente  se  ocupase  en  cortar 
juncos  y  espadañas  con  lo  que  se  formó  una  senda  almohadi- 
llada, por  encima  de  la  cual  pasamos  á  pie,  llevando  los  anima- 
les del  diestro. 

En  el  momento  de  aproximarnos  al  agua,  se  desnudó  la  gente 
y  empezó  la  penosa  operación  de  formar  vereda  en  el  pantano, 
arrancando  las  plantas  acuáticas  para  que  no  estorbasen  el  paso 
de  los  animales. 

Cada  uno  de  los  obreros  dejó  á  la  orilla  del  agua  su  ropa  y 
sus  armas,  y  yo  quedé  con  el  anteojo  subido  en  un  árbol,  ob- 
servando la  orilla  opuesta  por  si  sobre  ella  aparecían  indios, 
hasta  que  al  cabo  de  una  hora  de  mucho  trabajar  dejaron 
abierta  una  trocha  suficiente  para  las  necesidades  del  momento 
y  entonces  penetré  por  ella  á  caballo,  sin  grandes  dificultades, 
aunque  el  piso  era  muy  blando;  pero  cuando  llegaba  como  á 
cien  metros  de  la  orilla  opuesta,  espadañas  del  fondo  trabaron 
las  manos  á  mi  caballo,  que  varias  veces  cayó  de  pecho  y  otras 
tantas  pude  levantarle,  hasta  que  por  fin,  enredado,  empan- 
tanado y  fatigado  de  tanto  esfuerzo,  cayó  sobre  el  costado  de- 
recho, tomándome  el  pie  de  este  lado,  sin  que  él  ni  yo  pudié- 
ramos hacer  otra  que  sacar  la  cabeza  á  flor  de  agua. 


EXPLORACIONES .  6  5 


Bastante  tiempo  permanecí  en  esta  postura,  porque  los  peo- 
nes habían  pasado  en  busca  de  sus  armas  y  sus  ropas,  y  aun- 
que hicieron  todo  lo  posible  por  acudir  á  mis  voces  con  pronti- 
tud, se  tarda  mucho  en  recorrer  cuatrocientos  metros  con  el 
agua  á  los  hombros  y  el  suelo  pantanoso.  Ya  me  faltaban  las 
fuerzas  para  continuar  en  la  obligada  posición  en  que  tenía  que 
mantenerme  para  no  ahogarme,  y  me  afligían  mucho  los  ron- 
quidos del  pobre  animal,  que  de  vez  en  cuando  sumergía  en  el 
agua  parte  de  su  cabeza.  Por  fin  llegó  el  auxilio,  y  gracias  á  que 
en  aquel  lugar  el  bañado  no  era  tan  profundo,  por  su  proxi- 
midad á  la  orilla,  pudieron  desenredar  las  manos  del  caballo, 
alzarle  y  sacarme  de  aquella  posición  desesperada. 

Por  fortuna  no  había  fractura  ni  dislocación,  sino  una  relaja- 
ción propia  del  peso  que  había  soportado  y  de  los  esfuerzos 
que  yo  había  hecho  para  libertarme,  y  que  fueron  tan  grandes, 
como  grande  era  el  riesgo  de  morir  ahogado,  estrangulado  por 
alguna  serpiente  ó  devorado  por  algún  cocodrilo.  También 
tenía  una  cortadura  cerca  del  tobillo,  producida  por  un  estribo 
que  había  quedado  interpuesto  entre  mi  pierna  y  el  caballo. 

Me  pasaron  los  peones,  encendieron  gran  fuego,  me  desnudé 
para  que  secaran  mis  ropas,  me  lavé  y  vendé  las  heridas,  hice 
pasar  á  la  cabeza  la  carga  de  las  muías  de  vanguardia,  ordené 
que  Tello  y  Joaquín  pasaran  la  noche  al  lado  opuesto  con 
grandes  fogatas;  para  que  los  tigres,  de  los  que  había  mucha 
huella,  no  devorasen  nuestros  animales ;  hice  que  se  preparase 
la  comida,  que  se  levantasen  las  tiendas  y  que  se  hiciera  con 
troncos  de  palma  un  pequeño  fortín,  que  nos  defendiera  en  caso 
de  ser  atacados  durante  la  noche,  di  un  buen  trago  de  caña  á 
cada  uno  de  los  peones,  y  mandé  acostar  á  todos,  menos  á  los 
que  hacían  las  centinelas,  de  los  que  era  yo  uno,  á  pesar  de  mis 
heridas,  y  la  noche  trascurrió  sin  otra  novedad  que  los  gritos 
que  daba  sin  cesar  el  peón  Facundo,  en  medio  de  una  fiebre 
que  le  había  producido  tan  furioso  delirio,  y  los  ahullidos  fre- 
cuentes y  cercanos  de  tigres,  leones  y  yacarés. 

A  pesar  de  las  dificultades  que  nos  había  presentado  la  lagu- 

S 


66  JUAN    DE    COMINGtS. 


na,  de  las  que  ofrecería  al  día  siguiente  para  el  paso  de  nuestra 
gente  y  nuestros  animales,  de  la  enfermedad  de  Facundo  y  de 
los  grandes  dolores  de  mis  heridas,  estaba  muy  satisfecho  de 
encontrarme  por  fin  en  terreno  elevado,  fuera  de  palmares  y  de 
tacuruces,  y  rodeado  de  esa  espléndida  vegetación,  de  que  no 
pueden  formar  una  idea  los  que  no  han  visto  las  selvas  tropicales. 

Estábamos  á  una  legua  del  fuerte  Olimpo,  y  probablemente 
el  bañado  que  teníamos  á  la  espalda  sería  el  último  ob  táculo 
que  teníamos  que  vencer.  Tal  vez  en  adelante  podríamos  cami- 
nar con  más  ligereza  y  acaso  saliésemos  á  campos  limpios,  que, 
al  menos,  nos  permitiesen  ver  las  señales  que  nos  hiciese  Min- 
chín,  ya  que  no  nos  fuese  dado  llegar  á  las  Salinas  con  la  pun- 
tualidad apetecida. 

Hice  mi  centinela  sentado,  porque  no  podía  hacerlo  de  otra 
modo,  dada  la  hinchazón  del  pie.  A  mi  espalda  estaba  un  lago 
que  ocupaba  hacia  el  S.  O.  y  l)aciael  Norte  extensiones  desco- 
nocidas, sobre  cuyas  limpias  aguas  flotaban,  provistas  de  boyas 
dadas  por  la  Naturaleza,  las  blancas,  azules  y  rosadas  flores  de 
las  ninfeas,  contrastando  con  el  pulimentado  verde  de  sus  abro- 
queladas hojas,  entre  las  que  sobresalen  por  su  tamaño  y  brillo 
las  de  esa  deidad  de  Kin-Garden  hallada  por  Shomburgk  en  las 
templadas  aguas  del  Berbice,  á  la  que  hoy  distingue  el  mundo 
con  el  nombre  de  Victoria  Regia. 

Numerosas  variedades  de  cisnes,  canaós,  gansos,  zambulli- 
dores, mergos,  patos,  colimbos,  flamencos,  ánades,  espátulas,, 
mancos,  caracoleros,  gallinetas,  ocas,  faetones,  fúlicas,  javirús, 
camichús,  ibis,  cigüeñas,  grullas,  chajás,  savacús,  garzas  y  pe- 
lícanos, escondidos  entre  los  tallos  de  juncos,  tifas  y  ciperos, 
y  abrigadas  bajo  las  hojas  de  las  nepenthes,  cefalotus,  panda- 
nos  y  aróideas,  aguardaban  con  silenciosa  timidez,  á  la  orilla 
del  agua,  que  la  aurora  viniese  á  dar  fin  á  las  horas  angustiosas 
del  terror  y  del  peligro,  presintiendo,  por  misterioso  instinto, 
las  feroces  represalias,  que  los  poetas  admiran  como  armonías 
de  la  Naturaleza  y  que  los  naturalistas  desdeñan  como  meta- 
morfosis de  la  materia. 


EXPLORACIONES.  67 


Sí;  estas  aves  de  blancas,  rosadas,  negras,  amarillas,  pardas, 
doradas,  azules  y  cenicientas  plumas,  al  parecer  tan  tímidas  é 
inocentes,  son  las  mismas  que  pasan  el  día  devorando  peces, 
moluscos,  testudos  y  hasta  los  más  feroces  y  venenosos  rep- 
tiles. 

Pero  llégala  noche,  y  del  fondo  de  este  apacible  lago,  salen 
monstruosas  focas  y  carpinchos,  sucuríes  de  doce  metros,  y 
enormes  cocodrilos,  los  que  después  de  recorrer  la  ribera  de- 
vorando huevos,  aves,  nutrias  y  aperiacios,  se  devoran  entre  sí 
y  concluyen  por  ser  devorados  por  el  astuto  tigre,  que  vive 
tranquilo  y  repleto  entre  los  pajonales  que  bordean  las  lagunas. 

Sorprende  la  boa  á  la  lacerta  iguana;  lánzase  la  iguana  so- 
bre la  nutria ;  pelea  la  foca  con  el  carpincho ;  acomete  el  coco- 
drilo á  éste  y  á  la  foca,  y  el  tigre  se  regala  con  el  cocodrilo. 

No  hay  noches  silenciosas  á  la  orilla  de  los  lagos  del  desierto. 
Carreras  de  la  fiera  que  arrastra  su  presa  entre  los  pajonales; 
gritos  de  las  aves  que  se  levantan  espantadas;  bufidos  de  los 
grandes  anfibios  que  se  arrojan  al  agua;  peleas  entre  los  rep- 
tiles y  los  roedores;  ronquidos  amorosos  de  los  caimanes; 
cárabos,  ñacurutús,  mochuelos  y  lechuzas  imponiendo  silencio 
con  su  monótono  chitón,  y  allá,  en  el  fondo  del  bosque  fronte- 
rizo, los  dolorosos  quejidos  del  urutaú.  Jeremías  de  la  Natura- 
leza, que  parece  lamentarse  de  una  vida,  que  es  á  la  vez  la 
causa  y  el  efecto  de  la  muerte. 

Una  faja  de  tierra  desprovista  de  vegetación  arbórea,  y  de 
la  anchura  de  sesenta  metros,  separa  el  límite  de  los  pajonales 
que  rodean  el  lago,  del  límite  de  la  selva  fronteriza,  á  cuya 
orilla  arden  multitud  de  hogueras,  que  alumbran  la  escena, 
ahuyentan  las  fieras  é  impiden  que  podamos  ser  víctimas  de 
una  sorpresa  por  parte  de  los  indios. 

Todos  duermen,  menos  Ferreira  que  vigila  el  costado  Norte 
del  campamento  y  el  infeliz  Facundo,  á  quien  la  fiebre  tiene 
trastornado  hasta  el  punto  de  creer  que  está  en  el  agua,  esci- 
tando á  sus  camaradas  en  el  trabajo  de  arrancar  camalotes. 

A  las  10  p.  m.    vino   Albino   á  relevarme    y   después  de 


68 


JUAN    DE    COMINGES. 


recomendarle  que  vigilase  mucho  por  el  Sud  y  por  el  Este^ 
pues  las  fieras  se  acercaban  más  por  esa  parte,  me  fui  á  des- 
cansar á  mi  carpa,  lo  que  conseguí  á  duras  penas,  á  causa  de 
los  dolores  de  mi  pierna. 


Dia  20  de  Agosto, 


Se  pasó  la  noche  sin  novedad,  aunque  con  guardia  redo- 
blada, porque  hay  un  tigre  siempre  cerca  de  nosotros,  que 
trae  acobardadas  á  las  muías  y  á  los  perros. 

Como  no  hay  cafetera  en  que  calentar  agua  para  tomar 
mate,  dispongo  que  en  la  olla  de  hacer  el  puchero  hagan  los 
peones  café  para  todos,  y  después  de  tomarlo  mando  á  Simeón 
con  la  muía  más  cansada,  para  que  la  cambie  por  otra,  y  trai- 
ga agua  y  víveres  que  preciso,  sin  olvidarse  de  la  hamaca  y  la 
cafetera,  y  acto  continuo  salimos  á  continuar  la  senda  en  la 
misma  forma  que  el  día  anterior. 

Nadie  habla  una  sola  palabra.  El  cabo  Gómez  y  Doroteo  van 
delante  cortando  á  machete  la  multitud  de  lianas  que  enmara- 
ñan el  camino  é  impiden  el  manejo  de  las  hachas.  Estas  lianas 
ó  trepadoras  son  innumerables  y  están  entretejidas  como  una 
telaraña.  Muchas  son  pasifloras,  otras  rosáceas,  otras  orquí- 
deas, otras  soláneas,  otras  clemátides,  etc. ;  etc. ;  pero  por  lo 
general  son  unas  aróideas  sem i-parásitas,  que  crian  grandes 
tubérculos  sobre  las  ramas  de  los  más  altos  árboles,  despren- 
diendo desde  allí  raíces  aéreas,  tan  flexibles  y  tan  resistentes, 
que  podrían  servir,  y  con  efecto  sirven,  para  cuerda.  A  estos 
hilos  los  llaman  sipo  los  guaranís  y  sacha-huasca  ( casi-soga ) 
los  peruanos.  Dice  Gutiérrez  el  boliviano,  que  esta  planta  es 
venenosa  si  se  come  cruda,  pero  que  en  su  país,  se  le  hace 
perder  su  astringencia,  cociéndola. 

Detrás  de  éstos  van  el  cabo  Cuevas  y  Santiago,  cortando 


EXPLORACIONES.  69 


las  ramas  que  caen  sobre  el  camino  y  que  estorban  por  ocultar 
los  troncos  que  han  de  cortarse  con  el  hacha. 

Vienen  después  dos  hombres  con  grandes  horquillas  sepa- 
rando á  derecha  é  izquierda  de  la  trocha  cuanto  han  derribado 
los  que  van  por  delante  y  las  opuntías,  mamilarias  y  cereus 
que  alfombran  el  suelo  y  trepan  por  las  ramas.  Todos  esta- 
mos heridos  con  las  enconosas  espinas  de  estas  plantas,  sobre 
todo  yo,  que  he  tenido  que  atar  el  caballo  á  la  cola  de  la  muía 
de  vanguardia,  por  no  poder  conducirlo  con  la  mano  que  me 
deja  libre  la  brújula,  á  consecuencia  de  no  haber  podido  sa- 
carme una  de  estas  espinas  y  tener  la  mano  hinchada.  Facundo 
también  tiene  los  pies  ensangrentados. 

Detrás  de  los  que  manejan  las  horquillas  voy  yo,  para  que 
no  se  pierda  el  rumbo,  á  pesar  de  que  es  fácil  con  sólo  mirar 
atrás. 

A  continuación  vienen  nueve  hombres  con  hachas  cortando 
los  árboles  que  pueden  impedir  el  paso  á  una  muía  cargada,  y 
llevan  la  precaución  de  dar  el  corte  de  modo  que  la  caída  sea 
sobre  los  costados  y  no  sobre  el  camino. 

Además  de  los  cactus  que  revisten  el  suelo,  hay  otra  planta 
también  espinosa  de  la  familia  de  las  bromelias,  que  se  llama 
caraguatá^  la  que  por  formar  en  cierto  modo  un  gran  cáliz  con 
sus  hojas  envainadoras  por  abajo,  y  rígidas  y  acanaladas,  suele 
conservar  el  agua  de  la  lluvia  durante  meses  enteros.  Hoy  por 
desdicha  no  tienen  ni  una  gota,  porque  hace  mucho  tiempo 
que  no  llueve,  y  sólo  encierran  en  su  interior  los  restos  de 
multitud  de  abejas  y  otros  insectos  que  allí  murieron  desalen- 
tados y  sedientos. 

Hay  muchas  especies  de  esta  planta,  casi  todas  parásitas, 
pero  la  más  notable  es  la  que  produce  un  hilo,  preferible  al  cá- 
ñamo para  las  jarcias  y  demás  cuerdas  que  han  de  estar  ex- 
puestas á  la  humedad. 

Sobre  la  copa  y  el  tronco  de  los  árboles  hay  una  variedad  tan 
infinita  de  parásitos,  que  serían  objeto  de  un  largo  estudio,  si 
se  les  sorprendiese  en  el  período  de  su  florescencia ;  y  baste 


7  o  JUAN    DE    COMINGES. 


decir  que  aún  prescindiendo  de  los  datos  que  suministre  la 
flor,  he  contado  más  de  cien  géneros  diferentes  de  orquídeas 
sin  exceptuar  la  vainilla.  Musgos,  liqúenes,  muérdagos  de  fila- 
mentos blancos  que  llegan  al  suelo;  agáricos  colosales  y  fos- 
forescentes de  varios  colores  y  duros  como  la  madera,  brome - 
lias,  aróideas,  cariofíleas,  crasuláceas  y  tantas  otras,  cuya 
familia  no  he  podido  determinar  á  punto  fijo,  pueblan  el 
espacio. 

Hay  una  salsolácea  semi-leñosa  que  invade  todo,  la  cual 
tiene  un  tronco  muy  ramificado  desde  la  base  y,  aunque  grueso 
hasta  de  1 5  centímetros,  de  muy  poca  consistencia ;  sus  hojas 
verdes  recuerdan  por  su  color  y  su  forma  á  los  del  evónimus  y 
por  su  jugosidad  á  las  del  sempervivum  arbóreum.  He  tenido 
la  curiosidad  de  quemarlas  y  dan  una  potasa  más  abundante  y 
más  pura  que  el  jume  de  Santiago  del  Estero.  Esto  puede  ser 
objeto  de  un  gran  comercio  para  el  Río  de  la  Plata,  donde  se 
consume  tanto  jabón. 

En  cuanto  á  los  árboles  principales  que  forman  estos  bos- 
ques no  hay  mucha  variedad;  hay  algarrobo  blanco,  presopi, 
acacia,  aroma  ó  tusca;  acacia  procox  ó  garabato,  molle  espi- 
noso ó  molle  negro,  porlieria  higrométrica  ó  guayacán, 
loxopteryngium  lorentzii  ó  quebracho  colorado ;  celtis  ó  tala, 
eriodendrón,  samauama,  ó  sunchal,  palo  borracho  ó  samahú, 
tecoma  guaraniensis  ó  lapacho,  tamarindus  guaraniensis  ó  ibá- 
hay.  psidieum  ó  guayabo.  En  cuanto  al  palo  santo  y  el  Jaca- 
randa tampoco  faltan  ejemplares,  pero  no  abundan  tanto. 

El  terreno  del  monte,  aunque  de  base  arcillosa,  es  bastante 
fértil  por  la  cantidad  de  sales  que  suministra  al  suelo  la  frecuente 
quemazón  de  los  pastos  y  de  todos  los  restos  vejetales;  pero 
esta  circunstancia  ha  de  dar  motivo  á  que  las  aguas  que  cir- 
culen próximas  á  la  superficie  sean  salitrosas. 

Como  nuestra  ansiedad  por  encontrar  agua  es  tan  grande, 
miramos  con  atención  la  dirección  que  llevan  los  pocos  pájaros 
que  se  dejan  ver,  y  luego  sube  el  vijía  á  los  árboles  más  altos, 
pero  nada  se  descubre. 


EXPLORACIONES.  7  I 


No  hemos  visto  más  que  un  hornero;  un  alonso-garcía,  de 
ojos  colorados;  dos  perdices  martinetas,  dos  de  las  pequeñas 
y  dos  loros. 

No  hay  hormigueros  ni  otra  clase  de  insectos  mas  que  algu- 
nas moscas  y  multitud  de  abejas  de  especies  desconocidas,  que 
no  podemos  comprender  á  donde  beben.  Apenas  hay  árbol 
grande  que  no  tenga  en  su  interior  algunas  arrobas  de  miel, 
muy  blanca,  muy  líquida,  muy  agradabl  2  de  tomar,  pero  que 
emborracha.  Tengo  prohibido  ocuparse  en  sacar  miel,  porque 
no  se  pierda  el  tiempo  ni  se  aumente  la  sed.  Los  guaranís 
reconocen  la  existencia  de  la  colmena,  aplicando  la  oreja  a  los 
troncos :  el  zumbido  del  enjambre  lo  denuncia. 

El  calor  de  este  día  es  insoportable,  así  es  que  la  gente  ne- 
cesita llenar  de  agua  la  cantimplora  á  cada  instante.  El  trabajo 
y  el  calor  en  este  clima  produce  el  fenómeno  de  que  cada  hom- 
bre consume  una  arroba  de  agua  al  día.  Hoy  encontramos 
una  gran  tortuga  viva.  Hay  también  abu  idancia  de  unos  cara- 
coles de  8  centímetros,  blancos  y  con  la  boquilla  rosada. 

Hemos  recibido  auxilios  del  campamento  á  las  12  del  día  y 
á  las  4  p.  m.  lo  que  me  tiene  contento. 

El  último  atalaya  anuncia  que  se  ve  palmar,  como  á  la  media 
legua  por  N. 

Al  acabar  el  día  habíamos  adelantado  legua  y  media. 

No  se  puede  pedir  más,  pues  todos  hacen  lo  que  pueden 
por  salir  de  esta  picada,  donde  el  calor  nos  abrasa,  donde 
falta  el  aire  á  los  pulmones,  donde  todos  están  lastimados  con 
las  espinas  y  donde  hasta  los  perros  nos  han  abandonado. 

Hoy  era  el  día  de  haber  llegado  á  las  Salinas  á  reunirse  con 
\\  gente  de  Minchín. 

Es  posible  que  los  genios  burocráticos,  que  todo  lo  arreglan 
desde  su  retrete  y  que  no  pueden  salir  á  la  calle  sin  sombrilla, 
me  pidan  algún  día  cuenta  de  esta  tardanza;  á  mí,  que  daría 
la  mitad  de  la  vida  por  coronar  la  empresa.  Pero  Brabo  me 
conoce  y  me  cree,  y  si  duda,  oiga  el  informe  de  cualquiera  de 
los  mártires  que  me  acompañan. 


72  JUAN    DE    COMINGES. 


Esta  es  la  justicia  humana.  Aquí  se  califíca  de  temerario  y 
en  otra  parte,  al  no  ver  mis  señales,  tal  vez  se  me  califique  de 
cobarde ;  pero  el  tiempo  demostrará  que  no  soy  lo  uno  ni  lo 
otro. 

Este  es  el  segundo  campamento  de  la  picada  Grande. 


Día  j  de  Setiembre, 

Favorecido  por  la  luna  y  como  una  hora  antes  del  día,  salí 
con  la  vanguardia  haciendo  camino;  pero  éste  es  muy  difícil, 
pues  como,  para  evitar  tantas  revueltas,  suelo  cortar  por  la 
cuerda  las  puntas  de  monte  que  lo  permiten,  tengo  que  tirar 
á  tierra  muchas  plantas. 

Siendo  ya  las  doce  del  día  y  estando  la  vanguardia  muy 
cansada  por  causa  de  los  infinitos  árboles  que  había  cortado  y 
separado  del  camino,  á  pesar  de  no  haber  caminado  en  linea 
recta  al  O.  sino  dos  y  media  leguas,  hice  alto  en  un  lugar 
donde  desde  la  costa  opuesta  viene  una  cintura  de  palmas  que 
llega  hasta  noventa  metros  de  nosotros. 

Tello,  que  había  salido  adelante  explorando  la  costa  de  este 
bañado,  dice  que  ha  caminado  tres  leguas  al  O.  y  que  como  á 
esa  altura  ya  tiene  poca  agua  y  estrecha  mucho,  sospecha  que 
el  monte  que  tenemos  al  lado  opuesto  es  el  mismo  en  cuya 
orilla  nos  encontramos.  Yo  pienso  lo  mismo,  y  como  no  me 
es  agradable  caminar  cuatro  ó  cinco  días  para  venir  luego  á 
encontrarme  poco  más  ó  menos  en  el  mismo  punto,  falto  á  lo 
que  en  mi  interior  tenía  resuelto  de  no  cruzar  arroyo  ni  aban- 
donar la  costa  del  monte,  pero  lo  hago  obligado  por  las 
circunstancias,  pues  tengo  muchos  enfermos;  la  estación  de  las 
lluvias  se  acerca ;  escasean  las  provisiones  y  los  hombres  y  los 
animales  están  rendidos.  Esto  no  es  decir  que  yo  desista  de 
costear  el  Monte  grande;  pero  el  Monte  grande  es  sin  duda  el 


EXPLORACIONES.  73 


que  tengo  enfrente  y  voy  á  cruzar  estos  setenta  metros  de 
laguna  que  me  separan  de  la  lengua  de  tierra  que  puede  con- 
ducirme al  otro  lado,  donde  con  la  economía  de  algunos  días 
seguiré  costeándole. 

El  lago  es  pantanoso  y  tiene  más  de  dos  metros  de  agua, 
por  lo  que  no  puede  atravesarse  sin  puente. 

Come,  pues,  la  gente,  y  al  llegar  la  noche,  ya  tengo  con- 
cluido un  puente  de  noventa  metros  de  largo  y  tres  de  ancho, 
compuesto  con  nuevecientas  palmas,  y  por  el  que  podrían 
pasar  los  trenes  de  un  ejército. 

Para  construir  estos  puentes  semi-flotantes  en  el  Chaco,  se 
empieza  por  cortar  y  descabezar  las  palmas  que  se  consideren 
necesarias.  Hecho  esto  se  colocan  unas  cuantas  de  estas 
cabezas  sobre  la  linea  dentro  del  agua  y  á  la  distancia  de  ocho 
metros  para  formar  el  primer  pilar,  y  del  mismo  modo  se  cola- 
can  otras  pocas  en  la  parte  fangosa  de  la  orilla  para  que :  sirvan 
de  estribo.  Entonces  desde  el  estribo  al  pilar  se  tienden-  pal- 
mas, que  suelen  tener  de  diez  á  doce  metros,  y  atravesados 
sobre  éstas,  trozos  de  palma  cortados  á  la  medida  de  la  an- 
chura que  se  quiera  dar  al  puente.  Una  vez  formado  el  primer 
tramo,  se  pasan  sobre  él  tanto  los  cogollos  que  han  de  formar 
el  segundo  pilar  como  las  palmas  que  se  precisen  para  la 
construcción  del  segundo  tramo,  y  así  se  continúa  hasta  alcanzar 
la  orilla  opuesta. 

Concluido  el  puente,  es  preciso  cubrir  el  piso  de  pajas  ó 
camalotes,  tanto  para  que  los  animales  no  se  asusten,  como 
para  evitar  que  metan  los  pies  entre  los  espacios  que  suelen 
resultar  á  causa  de  las  tortuosidades  ó  curvas  de  los  rollizos 
con  que  se  forma  el  piso. 

Tengo  la  satisfacción  de  haber  hecho  comer  al  dpctor  un 
poco  de  arroz  con  pato;  pero  esto  no  puedo  conseguirlo  de 
otro  modo  sino  siendo  yo  mismo  el  cocinero. 

Cuando  Tello  andaba  esta  tarde  en  exploración  á  pie,  por 
la  costa  opuesta,  le  han  acometido  un  centenar  de  jabalíes,  te- 
niendo que  trepar  á  un  árbol  para  salvarse .  Cuando  llegó  al 


74  JUAN    DE    COMINGES. 

campamento  con  esta  noticia  mandé  tres  hombres  de  los  más 
cazadores,  pero  se  volvieron  manifestando  que  habían  visto 
huella  de  un  millar  de  jabalíes  y  la  de  un  tigre  que  los  perse- 
guía, y  también  me  trajeron  la  noticia  de  que  no  les  gustaba 
nada  el  camino  que  habíamos  de  seguir  al  siguiente  día,  por 
cuanto  que  nos  iba  á  llevar  en  rumbo  diametralmente  opuesto 
al  de  las  Salinas. 


Día  \f  de  Setiembre, 

Encontrándome  con  bastante  fiebre  y  no  pudiendo  por  lo 
tanto  salir  en  exploración,  como  lo  hago  siempre,  he  mandado 
á  los  dos  cabos  con  Tello,  Tiburcio  y  Eustaquio  para  que  á 
caballo,  y  llevando  siempre  monte  á  la  izquierda  y  lago  á  la  de- 
recha, caminen  cuatro  ó  cinco  leguas  y  estudien  un  lugar  á  pro- 
pósito para  acampar  mañana.  Además,  como  estos  sitios  van 
siendo  habitables ,  van  muy  advertidos  de  que  si  encuentran 
indios  deben  tratarlos  con  la  mayor  dulzura. 

Es  excusado  decir  que  nuestras  muías,  como  son  tan  falsas, 
no  pueden  pasar  el  puente  sino  descargadas,  con  los  ojos  ven- 
dados, llevadas  del  ramal  por  un  hombre  y  arreadas  por  dos  ó 
tres.  Esto,  y  el  pasar  las  cargas  á  brazo,  fatiga  mucho  á  la 
gente  y  ocupa  largas  horas. 

Mando  á  cazar  aves,  que  aquí  abundan  mucho,  con  lo  cual 
economizo  los  bueyes  y  el  tiempo  que  se  pierde  en  charquear  y 
aguardar  á  que  se  seque  el  charque.  Al  poco  rato,  después  de 
un  tiroteo  que  me  alarma  y  de  salir  con  refuerzo  por  el  rumbo 
donde  se  dejan  oir  los  disparos,  me  encuentro  con  una  nume- 
rosa tropa  de  jabalíes  que  se  oculta  entre  las  pajas  del  bañado 
y  que,  por  venir  huyendo  del  lugar  donde  se  encuentran  los  ca- 
zadores, me  dan  la  explicación  de  los  disparos.  Con  efecto,  los 
cazadores  traían  cuatro  jabalíes  y  no  traían  cuatrocientos  por- 
que no  tenemos  qué  hacer  con  ellos  ^  pues  la  piara  era  nu- 


EXPLORACIONES.  75 


merosa,  y  como  les  hizo  frente  les  daba  tiempo  para  concluir 
con  ella. 

Esta  clase  de  jabalíes  son  más  pequeños  que  los  europeos  y 
viven  en  manadas  más  ó  menos  numerosas,  que  algunas  veces 
alcanzan  á  dos  mil  individuos.  Se  alimentan  con  las  raíces  y  las 
frutas  de  algunas  plantas,  y  como  les  gusta  bañarse,  caminan 
siempre  por  la  orilla  de  los  bosques  que  están  próximos  á  las 
lagunas  ó  más  bien  dicho,  á  los  curiches  revestidos  de  pajo- 
nales,  donde  puedan  esconderse.  Es  su  tamaño  como  el  de  los 
cerdos  ordinarios  ó  quizá  más  chicos,  y  su  color  entre  negro  y 
ceniciento,  aunque  en  los  bosques  de  Tucumán  los  he  visto 
blancos.  Sus  colmillos  no  salen  al  exterior  de  la  boca.  Pero  en 
lo  que  más  se  distinguen  de  todos  los  animales  de  este  género, 
es  en  una  glándula  llena  de  un  humor  fétido  que  tienen  en 
medio  del  lomo,  la  que  debe  sacarse  antes  de  desollar  el  ani- 
mal para  que  no  se  comunique  á  su  carne  un  olor  que  la  haría 
insoportable,  y  la  que  una  vez  sacada,  hace  que  sea  más  ape- 
titosa que  la  de  los  mejores  cerdos. 

He  notado  que  tienen  poco  tocino  y  poca  grasa,  sospecho 
que  esto  sea  accidental  á  causa  de  las  quemazones  últimas  que 
les  han  arrebatado  los  cocos  del  carandai,  que  son  su  prin- 
cipal alimento. 

Estos  animales  no  son  muy  feroces,  pero  persiguen  y  aco- 
meten al  que  los  hostiga  y  tratan  de  amedrentarle  con  un  cas- 
tañeteo de  dientes  que  se  oye  á  larga  distancia. 

Como  no  pueden  levantar  mucho  su  cabeza  es  fácil  sus- 
traerse de  sus  ataques,  por  enfurecidos  que  se  encuentren,  con 
sólo  subir  á  un  árbol  ó  á  un  tacurú  que  tenga  un  metro  de  al- 
tura; pero  infeliz  del  caballo  que  caiga  por  su  cuenta,  pues 
empieza  por  despedazarle  las  manos  hasta  que  cae  á  tierra  y 
concluyen  por  devorarle  en  pocos  segundos. 

Lo  más  curioso  que  he  observado  acerca  de  las  costumbres 
de  estos  chanchos  cimarrones,  es  que  apenas  alguno  caía  he- 
rido por  nuestras  balas,  al  escuchar  sus  gruñidos,  acudían  los 
otros  sobre  él  y  lo  despedazaban  á  mordiscos,  lo  que  nos  daba 


76  JUAN    DE   COMINGES. 


tiempo  para  herir  á  otros  que  sufrían  á  su  vez  la  misma  suerte, 
ó  para  huir  si  no  queríamos  más  caza. 

Las  cigüeñas  de  todas  clases,  los  canáos,  gansos,  patos, 
cisnes ,  aves  acuáticas  y  de  ribera,  pueblan  estos  lugares;  pero 
lo  que  más  abunda  es  una  especie  de  pavo  pequeño  de  color 
de  ceniza  y  de  pescuezo  largo,  el  cual  se  llama  jocó,  derivando 
su  nombre  de  su  grito  peculiar.  Esta  ave  es  también  de  un 
gusto  exquisito. 

Mientras  que  estábamos  fabricando  el  puente,  hemos  visto 
en  el  agua  una  serpiente  cuya  longitud  no  puedo  asegurar,  pero 
sí  que  la  parte  de  cuerpo  que  dejó  ver  medía  tanto  diámetro 
como  el  cuerpo  de  un  caballo.  Era  un  sucuri  que  se  come  los 
carpinchos  enteros  y  hasta  los  terneros  que  se  descuidan.  No 
es  venenosa,  pero  su  fuerza  es  tal,  que  varias  veces  durante  la 
tarde  anterior  ha  hecho  oscilar  el  puente  que  estábamos  cons- 
truyendo. 

Abundan  también  en  estas  lagunas  unos  peces  llamados  pi- 
raña^ y  cuyo  nombre  traducido  de  guaraní  quiere  decir  pez- 
diablo,  porque  son  tan  carniceros  y  tan  unidos  para  el  asalto, 
que  en  viendo  en  el  agua  un  cuerpo  y  sobre  todo  si  está  he- 
rido, lo  concluyen  á  bocados  en  pocos  minutos.  Este  carnicero 
ha  sido  clasificado  bajo  el  nombre  á^  pygocentnis  piraya. 

Hay  también  unas  anguilas  muy  semejantes  ^jimnoto  eléc- 
trico, que  sin  tocarlas,  suelen  producir  dentro  del  agua  des- 
cargas eléctricas  que  extremecen  á  un  tiempo  á  todos  los 
hombres  que  se  encuentran  sumergidos  en  las  inmediaciones. 

El  basiliscus  mitratus  es  también  muy  común  en  los  curi- 
ches, y  si  como  los  griegos  creían,  fuese  cierto  que  matan  con 
la  vista,  ninguno  de  nosotros  hubiese  salido  del  Chaco,  pues 
hemos  tenido  en  la  mano  muchos  capuchinos. 

El  yacaré,  champsa  sclerops^  es  también  tan  abundante  que 
las  orillas  están  llenos  de  estos  monstruos  que  llegan  algunas 
veces  á  medir  cuatro  metros  de  longitud  y  que  no  dejan  dor- 
mir durante  la  noche  con   sus  gritos  estentóreos. 

El  crótalus  horridus,  6  vívora  de  cascabel,    pulula  siempre 


EXPLORACIONES.  7  ^ 


entre  los  camalotes  que  alfombran  la  orilla  de  los  lagos ;  pero 
como  es  un  reptil  que  no  muerde  sino  cuando  se  le  pisa,  y 
que  no  se  deja  pisar  porque,  como  al  enfurecerse  en  presen- 
cia de  cualquier  animal,  hace  resonar  las  membranas  de  la 
cola,  avisa  al  que  se  acerca  y  se  denuncia  á  sí  propio  para 
que  lo  maten. 

En  los  bosques  próximos  á  los  lagos  hay  otras  serpientes 
entre  las  que  sobresalen  una  especie  de  boa  que  los  brasile- 
ros llaman  stcrucucú  y  que  debe  ser  el  lachesis  mutus. 

Con  estos  animalitos  no  es  extraño  que  me  repugne  meterme 
en  el  agua  y  el  que  procure  no  se  meta  ninguno  de  los  míos. 

Hay  ciertamente  grandes  precauciones  para  todo.  No  se 
procede  á  nada  sin  preveer  antes  las  consecuencias,  pero  Dios 
debe  estar  de  nuestra  parte  según  vamos  escapando  sin  que 
ocurran  desgracias  de  mayor  consideración. 

A  las  3  p.  m.  vuelvo  á  sentir  tiroteo  hacia  el  camino  que 
llevaron  los  exploradores,  quienes  al  poco  rato  se  presentan  en 
el  campamento  con  otros  tres  jabalíes,  y  no  traen  más  por  no 
cansar  los  caballos,  pero  dicen  que  puedo  mandar  el  carro  para 
traerse  los  que  han  dejado  muertos  por  el  camino. 

Han  hecho  una  nueva  observación  acerca  de  estos  animales, 
y  es  la  de  que  el  tigre,  que  no  se  atreverá  á  acometerlos  cuando 
están  reunidos,  camina  constantemente  á  cierta  distancia  tras 
de  la  piara  para  devorar  á  los  heridos  ó  rezagados. 

Vienen  muy  contentos,  porque  han  descubierto  un  arroyo 
profundo  por  donde  corre  el  agua  y  á  cuyas  orillas  hay  cama- 
lotes.  Han  visto  muchas  huellas  de  indios,  muchas  palmas 
cortadas  con  canchero  y  muchos  cacharros  rotos. 

La  tarde  se  ha  empleado  en  charquear  la  carne  de  jabalí  y 
en  dar  fuego  á  las  praderas  y  curiches  que  dejamos  á  la  es- 
palda. También  los  exploradores  quemaron  los  matorrales 
que  cercaban  el  camino  que  vamos  á  continuar  mañana. 

Con  el  fin  de  saber  con  entera  seguridad  la  distancia  que 
recorro,  he  puesto  un  contador  en  la  rueda  de  la  carreta,  por 
más  que  temo  que  se  rompa  ó  se  pierda  con  los  traqueteos. 


78  JUAN    DE    COMINGES. 


La  cena  de  esta  noche  ha  •  sido  la  mejor  de  cuantas  hemos 
hecho  en  el  desierto.  Justa  reputación  adquiriría  el  hotel  que 
pudiera  presentar  á  sus  parroquianos,  asados  tan  sabrosos  de 
jabalí  como  los  que  hemos  devorado  esta  noche. 

Los  peones  están  contentos.  Con  banquetes  de  palmas  han 
improvisado  un  salón  de  baile.  Con  latas,  baquetas  de  fusil, 
cucharas  de  palo  y  el  acordeón,  formaban  una  orquesta  que  se- 
ría la  admiración  de  los  indios  si  por  aquí  se  acercaran.  En 
cuanto  á  las  luces  no  había  más  que  pedir ;  las  palmas  son  los 
más  excelentes  candelabros. 


Día  ij  de  Setiembre, 

Al  despuntar  la  aurora  empezamos  á  tender  sobre  los  cama- 
lotes  y  espadañas  del  curiche  que  teníamos  al  E.,  una  faja  de 
palmas  secas  para  que  flotasen,  sobre  las  que  pasamos  todos, 
menos  el  boliviano  Gutiérrez,  á  quien  dejé  al  otro  lado  al  cui- 
dado del  campamento  y  de  la  muía,  y  encargándole  que  cazara 
ó  pescara  para  que,  cuando  regresáramos,  nos  tuviese  prepa- 
rado un  guiso  cualquiera. 

Naturalmente,  este  puente  provisional,  no  impidió  que  nos 
mojásemos,  á  causa  que  la  densidad  de  las  palmas  era  dema- 
siada para  soportar  nuestro  peso  sin  sumergirse. 

Con  la  esperanza  de  encontrar  el  río  muy  pronto,  pues  el 
ruido  de  las  ruedas  del  vapor  indicaba  su  proximidad,  no  qui- 
simos secarnos  y  caminamos  al  naciente  exacto,  teniendo  la 
desgracia  de  encontrar  á  los  seiscientos  metros  otro  arroyo  se- 
mejante al  primero,  al  que  nos  arrojamos  sin  detenernos  á  cons- 
truir puente,  pasando  con  mucha  dificultad  por  lo  profundo, 
cenagoso  y  enmarañado,  y  continuamos  nuestro  rumbo  por 
enmedio  de  unes  palmares,  donde  notamos  que  un  viento  muy 
fresco  y  agradable  que  no  debía  proceder  sino  del  río,  soplaba 
hacia  nosotros,  por  lo  que  algunos  treparon  á  las  copas  de  las 


EXPLORACIONES.  79 


palmas  con  objeto  de  descubrirlo,  sin  que  al  bajar  pudieran 
afirmar  de  positivo  si  era  el  río  ó  grandes  bañados  lo  que  ha- 
bían descubierto. 

Continuamos  adelante,  y  como  á  la  distancia  de  media  legua 
de  nuestro  último  campamento,  se  nos  presentó  otro  arroyo 
cerrándonos  la  marcha,  pero  tan  profundo  y  ton  lleno  de  plan- 
tas acuáticas,  que  ninguno  de  nosotros  pudo  atravesar,  por  lo 
que  completamente  mojados  le  costeamos  hacia  al  sur  como 
media  legua,  teniendo  la  suerte  de  que  á  esa  altura  describiese 
una  curva  que  le  hacía  revolver  otra  vez  al  N.,  lo  que  nos  per- 
mitió continuar  en  nuestro  rumbo.  Otro  arroyo  más  pequeño, 
paralelo  á  los  anteriores  y  con  anchos  bañados  á  sus  orillas,  se 
nos  presentó  un  cuarto  de  legua  más  adelante,  el  que  pasamos 
sin  tanta  dificultad  como  los  anteriores  y  casi  sin  hacer  men- 
ción de  haberlo  visto. 

Es  indudable  que  en  la  estación  de  las  lluvias  deben  estar 
inundados  completamente  todos  los  terrenos  que  hemos  cru- 
zado desde  que  caminamos  al  Naciente;  es  decir,  desde  que 
abandonamos  la  vereda  de  los  indios  que  marcha  por  el  límite 
del  bosque;  pues  así  lo  hacen  sospechar  la  profundidad  del 
suelo,  los  extensos  bañados,  la  clase  de  vegetación,  las  brozas 
enredadas  en  las  copas  de  los  arbustos,  el  color  de  la  corteza, 
inferior  de  algunos  troncos,  las  cantidades  de  hojas  y  de  ramas 
secas  amontonadas  por  la  resaca  contra  los  matorrales  y  la 
forma  y  tamaño  de  los  tacuruces. 

El  arroyo  último  que  hemos  atravesado  limita  un  gran  ba- 
ñado que  forma  herradura,  como  casi  todas  las  ensenadas  que 
hemos  encontrado,  y  su  diámetro  mide  poco  más  de  media 
legua.  Al  E.  el  horizonte  está  completamente  despejado ;  pero 
no  se  puede  cruzar  directamente  á  causa  de  impedirlo  la  es- 
pesa vegetación  de  esta  ensenada,  la  que  no  puede  incendiarse 
por  ser  muy  tierna  y  jugosa. 

El  punto  en  que  nos  encontramos  es  precisamente  el  eje 
simétrico  de  esta  figura,  por  lo  que  dado  caso  que  el  río  corra 
del  lado  opuesto,  me  es  indiferente  para  llegar  á  él  tomar  al 


8o  ^  JUAN    DE    COMINGES. 


N.,  que  tomar  al  Sur,  y  tanto  más  cuanto  que,  en  ambas  extre- 
midades de  este  arco,  se  notan  altas  barrancas  pobladas  de 
palmeras.  En  esta  alternativa  mandé  al  cabo  Gómez  y  al  peón 
Maidana  que  costeasen  al  S.,  é  hiciesen  fuego  en  el  caso  de 
que  por  aquella  parte  descubrieran  el  río,  y  que  en  caso  con- 
trario se  volvieran  sobre  nuestra  huella.  Y  yo  con  los  nueve 
hombres  restantes  tomé  al  N.  E.,  hacia  la  opuesta  extremidad 
del  arco,  que  efectivamente  terminaba  en  el  brazo  principal  del 
río  Paraguay,  lo  que  infundió  nuevo  aliento. 

Apenas  avistamos  el  río,  que  ante  nosotros  corría  en  un  solo 
canal  de  N.  á  S.,  pero  que  más  abajo  cambiaba  rápidamente 
su  rumbo  al  E.,  divisamos  como  á  una  legua  aguas  arriba  ósea 
al  N.,  un  puntito  negro  en  medio  del  cauce  que  parecía  una 
canoa  con  gente.  En  esta  sospecha  no  permití  que  mi  gente 
encendiera  fuego  para  secarse,  ni  para  hacer  á  Gómez  la  señal 
de  haber  encontrado  el  río,  pues  me  parecía  prudente  sor- 
prender á  los  indios  antes  de  que  nos  apercibieran  y  pudieran 
emprender  la  fuga.  Esperamos  hasta  que  el  punto  negro,  to- 
mando forma  poco  á  poco,  nos  dejó  ver  una  gran  canoa  api- 
ñada de  cabezas  humanas  que  bajaba  tranquilamente  hacia 
nosotros.  Pero  es  el  caso  que  la  vista  de  los  indios  es  tan  pe- 
netrante, que  á  pesar  de  estar  nosotros  escondidos  entre  las 
ramas  y  los  pastos,  nos  apercibieron  perfectamente  y  se  que- 
daron fijos  en  medio  del  río,  haciendo  señas  hacia  la  costa  de 
occidente  á  indios  que  en  otras  tres  canoas  tan  grandes  como 
la  primera  se  les  reunieron,  dirigiéndose  hacia  la  costa  opuesta 
para  desembarcar  en  un  arenal  limpio  que  en  línea  recta  dis- 
taría quinientos  metros  de  nosotros. 

En  vista  de  esto,  dispuse  que  todos  se  quedaran  inmóviles 
en  el  mismo  lugar  donde  estaban  desde  que  los  habíamos  aper- 
cibido y  con  las  municiones  prontas,  aunque  en  actitud  ino- 
fensiva, dejando  las  armas  como  estaban,  unas  á  la  espalda  su- 
jetas por  el  porta-fusil,  otras  en  el  suelo  y  otras  apoyadas  en 
los  árboles  inmediatos  y  que,  sin  hacer  nada  que  pudiera  reve- 
lar ajitación,  esperásemos  el  desenlace.  Sobre  todo,  les  encar- 


EXPLORACIONES.  8 1 


gué  que  no  hablaran  ni  una  sola  palabra,  ni  dieran  voces,  si 
por  casualidad  se  acercaban  á  nosotros,  y  que  temieran  más  á 
los  peligros  que  pudiesen  venirnos  por  el  río  que  los  que  pu- 
dieran llegarnos  por  retaguardia,  pues  era  muy  posible  que  si 
los  indios  venían  con  mala  intención,  hubieran  combinado  su 
plan  atacándonos  simultáneamente  por  tierra  y  por  el  río. 

Nosotros  éramos  nueve  hombres,  bien  armados  y  municio- 
nados y  ea  una  posición  magnífica.  Los  indios  nos  parecieron 
como  unos  50;  nada  había  que  temer  y  nadie  temió  si  no  es 
ellos,  que,  después  de  saltar  á  tierra,  deliberaron  largamente 
en  voz  tan  alta  que,  aunque  sin  entender  las  palabras,  llegaban 
hasta  nuestros  oídos,  hasta  que  concluyeron  por  embarcarse  y 
continuar  su  marcha  aguas  abajo  y  completamente  pegados  á 
la  costa  opuesta,  lo  que  de  nada  les  hubiera  servido  si  yo  hu- 
biese tenido  la  mala  intención  de  hostilizarlos. 

Cuando  llegaron  al  alcance  de  mi  voz,  les  grité  en  portu- 
gués que  viniesen  hacia  nosotros,  porque  éramos  mansos  ami- 
gos^ compadres  y  cristianos;  á  lo  que,  después  de  deliberar  unos 
instantes,  contestó  uno  en  buen  portugués  que  no  podían  Venir, 
porque  el  lugar  donde  nos  encontrábamos  era  muy  desierto; 
pero  que  Mayero  venía  muy  cerca  con  un  vapor  de  su  propie- 
dad y  con  él  podríamos  entendernos. 

De  pronto  el  secretario  que,  según  mis  órdenes,  había  guar- 
dado silencio  no  pudiendo  reprimir  un  arranque  de  portuguesa 
elocuencia  gx\X.6\  fica  lá!  muy  convencido  de  que  secundaba 
mis  propósitos  haciéndoles  que  se  acercasen  cuanto  antes,  sin 
apercibirse  de  que  aquellas  palabras  encerraban  una  orden  im- 
perativa, completamente  opuesta  á  mis  deseos,  que  produjo  su 
efecto;  pues  que  los  indios,  al  ver  que  le  daban  el  alto,  forza- 
ron la  marcha  que  antes  habían  contenido,  sin  dejarme  tiempo 
más  que  para  preguntarles  si  estaba  cerca  Bahía  Negra,  á  lo 
que  me  respondieron  que  moito  pertinho  y  desaparecieron 
aguas  abajo  en  la  revuelta  que  formaba  el  río. 

Es  excusado  decir  que  reconvine  al  secretario  ásperamente 
por  su  desobediencia  y  por  las  consecuencias  dolorosas  que 

6 


vñS 


82  JUAN   DE    COMINGES. 


había  producido,  pues  sin  aquella  impertinencia,  dado  caso 
que  los  indios  no  se  hubiesen  acercado,  por  lo  menos  nos  hu- 
bieran dado  informes  más  precisos. 

Muy  disgustado  con  este  contratiempo  y  sin  detenerme  más 
en  aquel  lugar,  corté  la  curva  de  la  ensenada  que  me  separaba 
de  Maidana  y  del  cabo  Gómez,  quienes  habían  encendido  un 
grandísimo  fuego,  en  señal  de  haber  encontrado  el  río,  y  los 
que  podían  ser  víctimas  de  un  atentado  por  parte  de  los  indios ; 
idea  vaga  que  pronto  tomé  por  una  realidad,  cuando  á  lo  lejos 
me  apercibí  de  que  Maidana,  sin  armas  y  sin  sombrero,  corría 
hacia  nosotros  haciéndonos  señas  desesperadas.  Salimos  á  la 
carrera  y  cuando  le  alcanzamos  nos  dijo,  que  los  indios  habían 
desembarcado,  que  eran  muy  buenos  y  muy  generosos  y  que 
venía  á  llamarnos  de  su  parte  para  convidarnos,  porque  sabían 
por  el  cabo  que  estábamos  sin  almorzar  y  sin  provisiones. 

Cuando  salí  fuera  de  los  pajonales  de  la  ensenada,  no  pude 
por  menos  de  sorprenderme  muy  agradablemente,  en  presen- 
cia del  paisaje  pintoresco  que  aquel  lugar  ofrecía. 

Clavada  en  tierra  una  vara  muy  larga,  á  cuyo  extremo  es- 
taba atado  un  pañuelo  que  había  sido  blanco;  cuatro  grandes 
canoas  atracadas  á  la  costa,  dentro  de  las  que  quedaban  algu- 
nas mujeres  y  niños  y  variedad  de  efectos  como  armas,  baúles, 
damajuanas,  cestos,  lios  de  ropa,  y  montones  de  huevos  de 
aves  acuáticas,  y  Gómez  sentado  en  la  pradera,  con  la  carabina 
á  la  espalda,  con  una  costilla  de  ciervo  en  la  mano  derecha  y 
una  botella  de  miel  en  la  izquierda,  y  rodeado  de  una  treintena 
de  indígenas  de  diferentes  sexos  y  edades,  que  se  esforzaban 
en  hacerle  aceptar  diversos  comestibles  y  le  obligaban  á  comer 
á  dos  carrillos. 

Estos  indios  eran  mbayás,  que  ellos  se  titulan  cadubeus,  y 
en  todo  semejantes  á  los  de  la  aldea  de  Mayero,  sin  que  notase 
en  ellos  otra  nueva  particularidad  que  la  de  tener  los  dientes 
aguzados  á  lima,  como  si  fueran  una  sierra,  y  la  de  estar  per- 
fectamente vestidos,  con  buenos  sombreros  de  paja,  calzonci- 
llos y  camisas  limpias  y  flamantes. 


EXPLORACIONES .  8  3 


ínterin  descendía  yo  hasta  el  lugar  á  donde  se  encontraban, 
uno  de  ellos  preguntó  á  Gómez,  en  portugués,  si  el  viejo  que 
venía  primero  era  el  comandante,  y  cuando  éste  respondió  afir- 
mativamente, un  anciano  robusto,  buen  mozo  y  de  simpático 
aspecto,  vino  á  abrazarme  como  si  fuésemos  antiguos  conoci- 
dos y  me  dijo,  por  medio  del  único  indio  que  hablaba  portu- 
gués, que  me  conocía,  pues  le  había  dicho  el  capitán  Neuille 
que  yo  era  un  comandante  muy  bueno,  muy  generoso,  porque 
había  regalado  cigarros,  y  de  muy  buen  corazón,  porque  había 
prometido  rescatar  unos  muchachos  de  su  familia,  que  tenían 
cautivos  los  chamacocos. 

Este  hombre  y  todos  los  demás  nos  obsequiaron  con  cuanto 
pudimos  comer  y  cargar  de  lo  que  tenían  en  sus  canoas,  que 
-era  pan,  huevos  cocidos,  fariña,  miel  de  caña,  pescado  y  carne 
de  yacaré,  de  ciervo  y  de  carpincho,  á  cuyos  regalos  corres- 
pondí yo  dándoles  6,000  reis  en  billetes  brasileros,  que  guar- 
daba el  secretario  en  una  cartera  de  cuero,  un  cuchillo,  todos 
los  cigarros  que  llevábamos  encima  y  lo  que  estimaron  más, 
seis  municiones  de  revólver. 

En  presencia  de  nuestro  aspecto  mutuo  y  de  nuestra  recí- 
proca conducta,  cualquiera  hubiera  imaginado  que  nosotros 
éramos  los  hijos  de  la  naturaleza  y  ellos  los  hijos  de  la  civili- 
zación. Nuestras  caras  estaban  más  sucias  y  más  negras  que 
las  de  ellos,  nuestras  ropas  mojadas  y  llenas  de  barro  se  caían 
á  pedazos,  mientras  que  las  suyas  eran  completamente  nuevas, 
y  nuestras  armas  brillaban  menos  que  los  lustrosos  y  pulimen- 
tados fusiles  de  pistón  que,  por  un  exceso  de  delicadeza  ó  por 
un  alarde  de  confianza,  habían  dejado  en  las  canoas. 

El  intérprete  habló  mucho  conmigo,  aunque  con  muchas 
contradiciones,  que  me  dejaban  en  la  duda  de  si  sería  verdad 
todo  lo  que  me  decía,  aun  cuando  podría  explicármelas  por  la 
falta  que  él  tenía  para  expresarse  en  portugués  y  por  mi  tor- 
peza para  comprenderle. 

Empezó  por  decirme  que  venían  de  Coimbra,  en  cuyo  pre- 
sidio les  había  regalado  el  comandante  pólvora,  ropas  y  comes- 


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84  JUAN    DE    COMINGES. 


tibies,  y  que  todos  los  años  hace  lo  mismo  con  ellos,  por  lo- 
que ningún  cadubeu  deja  pasar  un  año  sin  ir  con  toda  la  fami- 
lia á  visitarle.  Que  la  caza  y  pesca  que  traían  en  sus  canoas,, 
así  como  los  huevos  de  aves  acuáticas,  eran  muy  abundantes 
para  los  que  viajan  como  ellos  despacio  y  en  canoa.  Que  los 
fusiles  se  los  regala  el  comandante  principal  de  Matto-Grosso- 
para  que  maten  la  onga.  Que  el  humo  que  notaron  ayer  tarde 
les  alarmó,  porque  creyeron  que  estaban  allí  los  chamacocos,, 
que  son  tan  malos  que  yantan  a  gente.  Que  nos  apercibieron 
tan  pronto  como  nos  presentamos  sobre  la  barranca  del  río,, 
porque  con  motivo  del  miedo  que  tienen  á  los  chamacocos  iba 
siempre  una  lancha  por  el  medio  del  canal  en  observación, 
mientras  que  las  otras  marchaban  cazando  cerca  de  la  costa,, 
y  que  cuando  nos  vieron  se  pasaron  á  la  costa  opuesta  y  deli- 
beraron sobre  si  deberían  seguir  aguas  abajo  ó  internarse  por 
un  arroyo,  que  afluye  al  río  Paraguay  en  el  mismo  lugar  donde 
saltaron  á  tierra.  Que  aunque  muchos  dudaban  si  éramos  cha- 
macocos ó  cristianos,  prevaleció  esta  idea,  porque  el  gefe  de 
la  familia,  que  es  el  anciano  que  me  ha  abrazado,  les  dijo  que 
le  constaba  que  andaban  por  el  desierto  unos  soldados  cris- 
tianos en  busca  de  camino  para  Bolivia.  Que  cuando  yo  les 
hablé,  él  quería  acercarse  hasta  nosotros  y  que  lo  estaba  pro- 
poniendo, cuando  uno  de  nosotros  les  gritó  que  no  se  movieran 
de  allí,  por  lo  que  salieron  escapadas  las  dos  primeras  canoas 
y  después  las  otras  dos.  Que  en  la  revuelta  del  río  se  pusieron 
camisas  y  pantalones,  con  la  intención  de  retroceder  para  visi- 
tarnos, pero  que  habiendo  apercibido  que  los  llamaban  cris- 
tianos desde  más  abajo,  haciéndoles  señas  con  una  bandera 
blanca,  decidieron,  sin  miedo  ninguno,  atracar  á  donde  los  en- 
contramos. 

Dijo  también  que  todos  ellos  no  constituían  más  que  una 
sola  familia,  que  vivía  á  dos  días  de  camino  aguas  abajo,  en- 
trando por  un  riacho  que  está  frente  al  segundo  cerro  de  la 
costa  oriental  y  como  á  seis  leguas  de  Borbón^  á  cuyo  pueblo 
nos  convidaban  para  el  día  de  nuestro  regreso,  donde  seríamos 


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EXPLORACIONES.  85 


obsequiados  con  una  gran  fiesta.  Que  él  se  llamaba  Juan  Joaquín 
y  que  era  muy  rico,  porque  tenía  muchas  vacas  y  muchas  notas; 
y  por  último  dijo  que  la  Barranca  de  los  chamacocos  la  po- 
dríamos alcanzar,  siguiendo  la  costa  del  río,  á  los  tres  días  de 
camino,  sin  tropezar  con  ninguna  dificultad  para  el  paso  de 
nuestros  animales  ni  aún  del  carro. 

Preguntado  si  habría  entre  ellos  alguno  que,  mediante  una 
buena  paga,  se  animase  á  servirnos  de  guía  hasta  las  Salinas  de 
Santiago  ó  hasta  la  Barranca  de  los  chamacocos,  me  respondió 
Juan  Joaquín  que  á  las  Salinas  no  sabían  el  camino  ni  tampoco 
irían  aunque  lo  supieran,  porque  estos  indios  del  poniente  se 
comen  los  centinelas^  y  que  á  la  Bahía  Negra  él  se  animaba  á 
ir,  siempre  que  le  dieran  6o,oüo  reis,  y  que  fiíera  verdad  que 
yo  tenía  cuarenta  hombres,  tan  bien  armados  como  los  diez 
que  me  acompañaban. 

Aunque  me  alegró  mucho  tener  un  guia  práctico  por  tan 
poco  precio,  no  quise  aceptar  inmediatamente  la  condición  que 
me  imponía  para  no  darle  á  comprender  lo  mucho  que  le  pre- 
cisaba; pues  entonces  era  posible  que  hiciera  subir  sus  exigen- 
cias hasta  un  punto  que  me  fuera  imposible  satisfacerlas.  Así, 
pues,  empecé  por  hacerle  presente  que  con  30  patacones  se 
puede  comprar  diez  vacas  en  su  tierra,  y  en  la  mia  un  fusil 
como  el  que  tenía  en  la  mano,  cuyo  proyectil  mata  á  quinientos 
pasos  y  hace  diez  disparos  en  menos  tiempo  que  el  que  él 
precisa  para  cargar  su  fusil ;  pero  como  él  me  arguyese  que 
no  precisaba  de  la  plata  y  que  más  bien  se  había  ofrecido  á 
acompañarnos  por  complacencia,  me  dejé  convencer  y  prometí 
pagarle  lo  que  me  pedía,  aunque  lo  quisiese  adelantado.  Juan 
Joaquín  entonces  consultó  en  lengua  mbayá  á  sus  compañeros 
y  después  de  una  breve  discusión  me  dio  la  mano,  exigiéndome 
que  le  dijera  lealmente  si  todos  los  que  me  acompañaban  eran 
<nertamente  cristianos  ó  si  había  entre  nosotros  algún  indio  del 
poniente,  á  lo  que  le  respondí  que  él  debía  comprender  que 
si  tuviese  conmigo  algún  iiidígena  no  le  precisaría  á  él  para 
¿a^ueano. 


T. 


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86  JUAN   DE   COMINGES. 


Convencido  de  este  irrefutable  argumento,  n\e  dijo  que  sólo 
le  faltaba  para  decidirse  el  consentimiento  de  su  mujer,  en 
busca  del  cual  bajó]  hasta  una  de  las  canoas,  en  que  estaba  una 
india  robusta,  con  un  niño  en  brazos,  quien  al  oirle  se  enfadó, 
gritó  mostrándole  la  criatura,  como  si  pretendiera  por  su  inter- 
medio disuadirle  del  propósito  de  acompañarnos.  El  pobre 
Juan  Joaquín  cedió  á  los  ruegos  de  su  esposa,  y  muy  cabizbajo 
subió  hasta  el  lugar  donde  me  encontraba  para  decirme  que  no 
podía  venir  conmigo,  porque  su  mujer  no  le  dejaba.  Que  lo 
sentía  mucho,  por  más  que  comprendía  que  no  era  necesario, 
pues,  que  cómo  nos  había  dicho,  no  había  dificultad  para  llegar 
á  Bahía  Negra  caminando  al  N.,  sin  abandonar  la  costa. 

Viendo  que  no  había  medio  de  reducirle,  porque  entre  los 
indios  mbayás  ejercen  las  mujeres  tanto  influjo  como  entre 
nosotros,  escribí  con  lápiz  una  carta  para  el  capitán  del  primer 
vapor  que  cruzara  el  río,  en  la  que  diciéndole  quién  era,  á 
dónde  iba  y  cuáles  eran  nuestras  circunstancias,  le  suplicaba 
que  hiciera  saber  esto  á  D.  José  María  Bello,  comerciante  de 
la  Asunción  y  representante  en  aquel  punto  de  la  Empresa 
Brabo,  carta  que  puse  en  manos  de  Juan  Joaquín  para  que  él 
me  hiciera  el  servicio  de  mandarla  á  bordo  del  primer  buque 
que  pasara. 

Recibió  Juan  Joaquín  la  carta,  y  después  de  mirarla  y  remi- 
rarla treinta  veces  me  la  devolvió,  diciendo  que  escribiese  en 
ella  que  el  capitán  del  buque  le  diera  un  puñado  de  cigarros, 
cuya  postdata  añadí  con  mucho  gusto. 

Por  último,  á  las  12  en  punto  del  día  y  después  de  habernos 
dado  de  cuanto  tenían  y  todos  los  informes  que  les  pedimos, 
se  despidieron  de  nosotros  con  muestras  de  la  mayor  simpatía 
y  continuaron  aguas  abajo  su  camino,  siempre  invitándonos  á 
pasar  unos  días  en  su  aldea. 

El  informe  de  los  indios  acerca  de  las  facilidades  que  ofre- 
cía el  camino  para  llegar  hasta  la  Barranca  de  chamacocos,  no 
me  inspiraba  completa  confianza,  por  lo  que  me  era  muy  sensi- 
ble construir  tres  grandes  puentes  para  trasladar  el  campa- 


EXPLORACIONES .  8  ^ 


mentó  general  hasta  el  lugar  donde  me  encontraba,  cuando  tal 
vez  poco  más  arriba  de  la  costa  volvieran  á  presentarse  difi- 
cultades iguales  ó  mayores,  que  nos  dejasen  más  encerrados 
que  nunca  y  más  imposibilitados  de  retroceder ;  por  más  que 
la  barranca  en  que  estaba  se  elevaba  3.50  metros  sobre  el  ni- 
vel del  río,  que  es  lo  suficiente  para  no  correr  el  riesgo  de 
anegarse. 

Deseaba  cerciorarme  por  mis  ojos  de  la  verdad.  Eran  las 
1 2  del  día.  El  calor  inaguantable,  la  gente  sin  abrigos  ni  provi- 
siones y  á  más  de  cinco  leguas  del  campamento  general  y  de 
dos  y  media  del  lugar  donde  habíamos  dejado  la  muía  de  van- 
guardia con  los  equipajes  y  la  poca  fariña. 

¿Quién  quiere  atormentarse  conmigo.^  pregunté,  y  Gómez 
respondió: — Estos  cinco,  que  nos  hemos  puesto  de  acuerdo 
adivinando  lo  que  Vd.  pensaba.  Estos  eran  Gómez,  Cueva, 
Maidana,  Santiago  y  Tiburcio,  á  quienes  miré  con  agradeci- 
miento, sintiendo  que  no  estuviese  en  mi  mano  el  recompen- 
sarlos en  la  medida  de  sus  merecimientos. 

Con  objeto  de  escribir  mi  diario,  pues  me  había  dejado  el 
libro  en  la  muía  de  vanguardia,  pedí  al  secretario  una  cartera 
que  yo  le  había  comprado  para  la  contabilidad,  la  que  se  resis- 
tía á  entregarme,  hasta  que  le  dije  con  fi-anqueza  que  arrancase 
de  ella  todo  lo  que  tuviera  escrito  en  contra  mía  y  se  apresu- 
rase á  dármela,  lo  que  hizo  con  bastante  turbación. 

Al  sargento  Estigarribia  le  encomendé  la  gente  que  regresaba 
y  le  entregué  una  hoja  de  la  cartera  del  secretario  en  la  que 
estaban  escritas  estas  palabras:  ^Pagant:  Un  cohete  á  las  8  y 
otro  á  las  12  de  la  noche.  Hacia  donde  vean  humo  ú  oigan  dis- 
paros mande  exploradores  con  ropa  de  abrigo  y  algo  de  comida. 
Caminges, » 

Nos  despedimos  hasta  luego  de  los  cinco  hombres  que  iban 
á  reunirse  con  Gutiérrez  para  regresar  al  campamento  general, 
donde  debían  estarantes  de  las  12  de  la  noche,  á  fin  de  que  no 
me  faltase  absolutamente  la  señal  de  los  cohetes,  Ínterin  per- 
maneciera fuera  del  campamento,  y  nosotros  nos  quedamos  á 


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88  JUAN    DE    COMINGES. 


la  orilla  de  unas  palmeras,  que  apenas  daban  sombra,  donde 
nos  desnudamos  completamente  y  tendimos  nuestras  ropas  que 
no  tardaron  en  secarse  merced  á  los  candentes  rayos  de  un  Sol 
abrasador,  y  mientras  tanto  fajamos  las  heridas  de  los  pies  que 
todos  tenemos,  no  sólo  por  los  pinchazos,  sino  por  las  que  se 
forman  cuando  se  camina  con  las  botas  llenas  de  agua. 

A  las  dos  p.  m.  nos  pusimos  en  marcha  por  la  costa,  an- 
dando cuatro  leguas  en  línea  recta,  pues  abandonamos  en  lo 
posible  las  inmensas  curvas  que  describe  el  río  en  sus  infinitas 
ensenadas. 

Estas  ensenadas  del  brazo  principal  del  río,  así  como  las  que 
se  forman  en  sus  canales  secundarios,  afectan  siempre  la  forma 
de  herradura  y  los  arroyos  que  á  ellas  afluyen  no  las  cortan 
por  su  eje  simétrico  sino  que,  como  ya  lo  tengo  dicho,  se  di- 
rigen al  río  paralelos  al  contorno.  Aunque  el  río  se  encuentra 
en  su  mayor  bajante,  algunas  de  estas  ensenadas  están  cubier- 
tas de  agua ;  pero  por  regla  general  están  secas  y  si  no  pueden 
cortarse  diametralmente,  no  es  por  causa  de  los  arroyos  que 
las  circundan,  sino  por  la  espesura  de  los  pajonales  que  en  ellas 
vejetan  y  más  que  todo  por  la  'poca  firmeza  de  un  piso  com- 
puesto de  una  capa  espesísima  de  residuos  vejetales,  que  están 
semicarbonizados,  por  lo  que  no  pueden  solidificarse  formando 
un  lecho  de  mantillo. 

Por  otra  parte,  es  verdaderamente  peligroso  el  aventurarse 
entre  las  pajas  de  estas  ensenadas  que  constituyen  la  guarida 
de  las  bestias  más  feroces,  de  los  más  ponzoñosos  reptiles  y 
de  una  nube  de  mosquitos  de  picadura  enconosa,  que  se  in- 
troducen por  las  narices,  por  los  oídos  y  hasta  por  los  ojos. 

La  costa  del  río  se  compone,  ó  de  barrancas  elevadas  sobre 
su  nivel  ordinario,  dos  á  cuatro  metros,  cubiertas  siempre  de 
palmeras,  ó  de  grandes  bañados  de  mayor  extensión  que  las 
barrancas,  que  son  los  que,  en  forma  de  herradura,  constituyen 
estas  ensenadas. 

El  que  se  encuentra  sobre  una  barranca  de  la  costa  se  ima- 
gina que,  al  llegar  á  una  de  estas  ensenadas,  la  barranca  que 


EXPLORACIONES.  89 


hasta  entonces  ha  venido  costeando  el  río  dará  la  vuelta  para 
costear  estos  extensos  bañados  y  continuar  de  nuevo  paralela 
al  río ;  pero  se  engaña,  porque,  por  regla  general,  los  terrenos 
que  se  encuentran  en  el  Chaco,  á  un  cuarto  de  legua  de  la 
costa,  son  siempre  más  bajos  que  las  barrancas  de  la  costa. 
Así  es  que  en  la  estación  de  las  lluvias  no  hubiéramos  podida 
dar  un  paso  fuera  de  estas  barrancas,  porque  al  salir  de  una 
para  costear  la  ensenada  que  de  otras  nos  separaba,  teníamos 
que  caminar  por  terrenos  sumamente  bajos  y  que  atravesar 
uno  ó  dos  arroyos  más  ó  menos  secos,  que  con  las  ensenadas 
confluían. 

Por  esta  causa,  los  que  recorran  estos  parajes  en  estación 
adecuada,  si  quieren  adelantar  camino,  deben  marchar  para- 
lelos al  río;  pero  no  precisamente  por  la  ribera,  sino  todo  lo 
interiormente  que  los  bañados  lo  consientan,  con  lo  que  se 
evita  rodeos  infinitos. 

Esto  no  quiere  decir  que,  desembarcando  en  cualquiera  de 
estas  barrancas,  no  pueda  casi  siempre  contarse  con  un  par  de 
leguas  cuadradas  de  terrenos  inmejorables,  que  nunca  se  inun- 
dan ;  pero  que  quedan  aislados  por  las  aguas  en  la  estación  de 
las  crecientes. 

Á  la  orilla  más  interior  de  una  de  estas  ensenadas  y  próxi- 
mos á  un  arroyito,  en  el  lugar  denominado  las  Tres  Palmas, 
hemos  pasado  la  noche  sin  abrigo,  sin  leña  y  con  muy  poca 
agua.  Por  fortuna.  Dios  nos  ha  proporcionado  un  ciervo  muy 
grande,  que  pudimos  asar  con  mucha  dificultad  en  unas  varitas 
semi-herbáceas,  con  el  que  tuvimos  para  matar  el  hambre  y 
para  guardar  que  comer  al  siguiente  día. 

Con  el  fin  de  que  los  del  campamento  general  que,  según 
mis  cálculos,  deben  estar  legua  y  media  de  nosotros,  hacia  el 
O.,  puedan  apercibirse  de  la  posición  en  que  nos  encontramos 
y  mandarnos  mañana  las  ropas  que  tanto  precisamos,  durante 
la  noche  he  prendido  fuego  á  los  pajonales  de  la  ensenada  que 
tenemos  al  costado,  y  arde  de  una  manera  tan  espantosa,  que 
no  hay  ruido  de  tormenta  con  que  pueda  compararse. 


L 


90  JUAN   DE    COMINGES. 

A  la  medía  noche,  miramos  con  todo  empeño  hacia  el  O., 
para  ver  si  descubríamos  las  luces  del  cohete  que  debían  ele- 
var desde  nuestro  campamento,  pero  nada  vimos,  lo  que  nos 
afligió  mucho,  porque  no  eran  los  árboles  ni  la  distancia  lo  que 
podía  impedirlo,  sino  alguna  otra  causa  que  no  me  explicaba. 


Dia  i^  de  Setiembre, 

El  frío  de  la  noche  era  inaguantable,  por  más  que  la  pasa- 
mos enterrados  hasta  el  cuello  en  un  montón  de  totoras, 

Al  romper  la  marcha  en  rumbo  N.,  no  podíamos  caminar,  á 
causa  de  los  dolores  reumáticos  producidos,  tanto  por  la  hu- 
medad del  día  anterior,  como  por  el  entumecimiento  ocasio- 
nado por  el  frío  de  la  noche,  y  sobre  todo,  por  las  vejigas  de 
los  pies ;  pero  era  preciso  reconocer  el  camino ;  y  despacio  al 
principio ,  y  corriendo  después ,  cuando  entramos  en  calor, 
anduvimos  tres  leguas  hasta  las  9  a.  m.,  en  que  ya  el  calor  se 
dejaba  sentir  de  una  manera  insoportable. 

Hoy  como  ayer,  no  hemos  caminado  sobre  la  misma  costa 
sino  retirados  de  ella  á  cierta  distancia,  para  evitar  rodeos,  por 
lo  que  no  pocas  veces  he  dudado  si  volvería  á  encerrarme  en 
un  nuevo  laberinto  de  arroyos  y  pantanos,  supuesto  que  la 
costa  no  se  compone  sólo  de  barrancas  y  ensenadas,  sino  que 
en  muchas  ocasiones  penetran  brazos  del  río  más  ó  menos 
grandes,  más  ó  menos  limpios,  y  que  á  más  ó  menos  distancia 
vuelven  de  nuevo  sobre  el  canal  principal.  Uno  de  estos  brazos 
es  el  que  más  ha  excitado  mi  desconfianza,  porque  me  hizo 
marchar  una  hora  al  N.  N.  O.,  por  lo  que  me  resolví  también 
á  seguir  su  orilla,  cuando  cambió  al  N.  N.  E.,  que  á  su  vez  era 
costeada  por  el  límite  de  un  bosque  alto,  frondoso  y  de  pre- 
ciosas maderas. 

Por  fin,  el  monte  se  abría  en  una  calle  recta  y  limpia  de 


EXPLORACIONES.  9 1 


200  metros  de  anchura,  descubriendo  al  N.  y  á  muy  poco  dis- 
tancia el  canal  principal  del  Paraguay. 

Era  aquel  lugar  el  más  pintoresco  de  cuantos  había  visto, 
pues  además  de  ser  una  esplanada,  cuatro  metros  más  elevada 
que  el  nivel  del  río,  estaba  poblada,  por  excepción,  de  robustos 
vegetales  dicotiledóneos,  y  no  de  las  monótonas  palmeras  que, 
por  lo  general,  visten  la  costa;  tenía  por  el  N.  N.  O.,  un  ex- 
tenso bañado  cubierto  de  aves  acuáticas  y  al  N.  se  descubría 
el  río  hasta  perderse  en  el  horizonte. 

No  es  á  mí  sólo  á  quién  debió  parecer  bien  aquel  paisaje, 
supuesto  que  en  él  existían  tan  recientes  señales  de  indios, 
que  llegué  á  pensar  si  estarían  pescando  al  pie  de  la  misma 
barranca,  donde  me  encontraba  en  aquellos  momentos. 

Nos  desayunamos,  y  convencidos  de  que  Juan  Joaquín  no 
había  mentido,  volví  pies  atrás,  con  intención  de  caminar 
aquella  tarde  las  siete  leguas  que  me  separaban  de  la  Barranca 
del  encuentro,  si  antes  no  encontraba  por  el  camino  algún  en- 
viado del  campamento  general  con  los  efectos  pedidos,  pues 
no  era  posible  soportar  tres  noches  tan  malas  como  la  pasada 
últimamente. 

He  visto  varias  veces  en  Tucumán  llegar  el  termómetro  cen- 
tígrado á  63*^,  sin  que  se  asfixiasen  las  personas,  temperatura 
que  resistía  perfectamente,  sin  que  me  pareciese  muy  extraor- 
dinaria; pero  la  de  hoy  temo  que  acabe  con  la  vida  de  algunos 
de  nosotros.  Llevamos  bajo  el  sombrero  hojas  de  palmas,  que 
refrescan  mucho  la  cabeza  é  interceptan  los  rayos  del  sol. 

Al  medio  día  llegamos  al  campamento  de  las  Tres  Palmas, 
y  como,  por  los  rumbos  y  distancias  recorridas,  infiero  que  no 
podemos  estar  muy  lejos  del  campamento  general,  del  que,  á 
seguir  por  el  camino  que  ya  conocemos,  nos  apartan  doce  le- 
guas y  tres  lagunas  importantes,  me  decido  á  correr  el  albur 
de  perder  un  día  de  camino,  ó  ganar  dos,  marchando  sobre 
él  directamente,  por  lo  que  tomé  recto  al  O.,  en  la  seguridad 
de  que  encontraría  los  pantanos  y  los  arroyos  que  el  día  1 2 
cerraron  el  paso  á  los  exploradores ;  pero  que  tal  vez  hoy  nos 


92  JUAN    DE    COMINGES. 


lo  permitiesen  á  nosotros,  no  sólo  porque  íbamos  á  pie,  sino 
también  porque  yendo  yo,  se  harían  para  ello  todos  los  esfuer- 
zos posibles.  Por  otra  parte,  las  dificultades  del  otro  camino 
ya  me  eran  conocidas,  y  precisaba  saber  si  las  de  éste,  que 
era  la  tercera  parte  más  corto,  serían  también  menores. 

j Pobres  compañeros!  Esta  tarde,  si  que  os  he  dado  motivo 
para  insubordinaros ! 

A  los  pocos  pasos  de  cambiar  el  rumbo,  la  misma  bahía  que 
por  la  cuerda  habíamos  pasado  en  seco  y  sin  pasto  la  tarde 
anterior,  al  continuarla  por  la  ságita,  empezó  á  molestarnos 
con  un  pastizal  tupido,  que  nos  cerraba  el  paso,  hasta  el  ex- 
tremo de  tener  que  relevarnos  frecuentemente  con  el  que 
marchaba  á  la  cabeza  haciendo  huella,  y  poco  á  poco  fué  agra- 
vándose este  inconveniente,  pues  se  empezó  á  pisar  sobre 
terreno  blando,  hasta  entrar  de  lleno  en  un  bañado  con  una 
cuarta  de  agua  completamente  corrompida. 

El  calor  del  sol,  las  dificultades  que  oponían  el  pasto,  el 
agua  y  el  piso  cenagoso,  eran  como  para  hacernos  regresar; 
mas  como  quiera  que  ya  llevábamos  andada  media  legua,  y  no 
muy  lejos  de  nosotros  divisamos  un  palmar  limpio  y  elevado, 
comprendí  que  más  fácil  nos  sería  llegar  hasta  él,  aunque  fuese 
nadando,  que  retroceder  aquella  media  legua,  para  lo  cual  á 
nadie  quedaban  fuerzas.  Pero  como  estaba  escrito  que  éste 
había  de  ser  el  día  de  la  prueba,  la  cuarta  de  agua  se  trasformó 
en  un  metro  con  un  cieno  en  el  fondo  y  con  unas  espadañas 
tan  enredosas  y  enmarañadas,  cual  no  puede  describirse. 

Al  detenerse  la  gente  en  presencia  de  aquella  barrera  insu- 
perable, y  al  mirarme  como  quien  aguarda  una  solución  para 
aquel  conflicto,  reuní  el  poco  aliento  que  me  quedaba  y  les 
dije: — No  puede  ser  muy  ancho,  hemos  visto  pocos  arroyos 
de  más  de  doscientos  metros,  ¿quién  tiene  fuerzas  para  volver 
atrás? 

Penetramos,  no  prestándonos  apoyo,  no  abriendo  un  callejón 
entre  las  totoras  y  los  juncos  para  marchar  unos  tras  otros,  no 
agrupados  para  defendernos  de  la  multitud  de  sucuríes,  y  de 


EXPLORACIONES.  93 


yacarés,  que  cruzaban  por  debajo  de  nosotros,  sino  en  ese 
desorden  propio  de  !a  fatiga  y  el  espanto,  en  que  no  resta  más 
esperanza  ni  más  idea  generosa  que  la  de  salvar  el  individuo. 

¿Cuál  era  la  anchura  de  este  curiche?  No  lo  sé. 

¿  Cuánto  tiempo  empleamos  en  cruzarle.'*  No  lo  sé  tampoco. 

Sólo  sé  que  al  ganar  la  opuesta  orilla,  cada  uno  de  nosotros 
caía  á  tierra  sin  aliento  y  sin  preocuparse  mucho  de  si  estaban 
vivos  ó  muertos  sus  compañeros  de  desdichas. 

Bien  conozco  que  si  este  diario  llega  á  publicarse,  al  leerlo 
los  que  no  hicieron  en  su  vida  otra  cosa  que  pasearse  con  botas 
de  charol  por  las  aceras  de  las  ciudades,  tendrán  por  muy  dé- 
biles á  los  expedicionarios,  que  se  rendían  de  fatiga  por  haber 
pasado  una  laguna  en  que  les  llegaba  el  agua  á  la  cintura. 
Créanlo,  enhorabuena,  pues  que  yo,  que  llevo  en  mi  vida 
varias  expediciones  arriesgadas,  también  lo  hubiera  creido. 

Poco  á  poco  se  reanimaron  nuestras  fuerzas,  y  no  sin  ad- 
miración nos  miramos  mutuamente,  porque  cada  uno  de  nos- 
otros creía  haberse  salvado,  en  virtud  de  un  milagro  que  Dios 
había  hecho  exclusivamente  en  obsequio  suyo. 

Estábamos  en  el  palmar;  pero  un  palmar  que,  aunque  limpio 
y  elevado  sobre  el  nivel  del  agua,  era  una  faja  que  no  medía 
cincuenta  metros  de  anchura  y  que  estaba  separado  de  un  fron- 
doso bosque  del  O.,  por  otro  lago  de  menor  anchura,  aunque 
de  profundidad  desconocida. 

Tiramos  al  N.  y  al  S.  para  ver  si  descubríamos  algún  pasaje 
que  nos  llevase  al  bosque  fronterizo,  pero  en  vano ;  el  lago  que 
se  extendía  delante  de  nosotros  se  perdía  en  el  horizonte  por 
ambos  rumbos. 

Cuando  nos  convencimos  de  nuestra  situación,  acabó  de 
desaparecer  en  nosotros  todo  lo  que  teníamos  de  entes  mora- 
les, para  dar  con  más  fuerza  paso  á  los  instintos. 

Nada  ordené.  Tiburcio,  el  más  joven  y  el  más  robusto  de 
los  expedicionarios,  desenvainó  el  machete  y  se  arrojo  al  agua, 
yo  di  un  paso  para  hacer  lo  mismo  y  un  enorme  sucurí,  apa- 
reciendo por  debajo  de  Tiburcio,  cruzó  junto  á  mí  y  tuve  la 


94  JUAN    DE    COMINGES. 


suerte  de  ultimarle  con  tres  balazos  de  revólver.  Salté  sobre  él, 
y  no  ya  nadando  ni  caminando  sobre  el  piso  cuya  profundidad 
no  me  tomé  la  molestia  de  reconocer,  sino  tendido  de  pechos 
sobre  aquella  camada  espesa  de  juncos  y  ninfeas ;  ya  flotando, 
ya  sumergido  hasta  el  pescuezo,  y  siempre  practicando  esfuer- 
zos de  que  me  creía  incapaz,  gané  la  orilla  opuesta  anonadado; 
pero  con  la  esperanza  de  que  por  entonces  se  habrían  acabado 
los  curiches. 

— Ni  un  paso  más,  grité.  Encender  fuego,  desnudarse,  se- 
quemos nuestras  carnes  y  nuestras  ropas.  Pero  no  hay  fósforos; 
la  caja  que  el  cabo  Gómez  había  reservado  en  el  sombrero  se 
había  inutilizado  en  una  de  las  muchas  inmersiones. 

Esto  es  lo  peor.  Es  ya  muy  tarde,  estamos  temblando,  no 
podemos  secarnos  ya  con  el  calor  del  sol,  no  tenemos  abrigo, 
no  sabemos  á  punto  fijo  las  distancia  que  nos  separa  del  cam- 
pamento; pero  no  ha  de  ser  poca  porque  nuestra  jornada  de 
cuatro  y  media  horas  no  ha  alcanzado  á  los  tres  cuartos  de 
legua ;  en  fin,  no  tenemos  cena. 

Esta  era  nuestra  situación,  cuando  de  pronto  el  cabo  Gómez, 
que  se  había  retirado  algunos  pasos,  gritó  con  estrepitosa  ale- 
gría:— Dormiremos  en  el  campamento.  Aquí  está  mi  huella 
del  día  1 2  cuando  vine  á  explorar  con  Simeón.  Este  es  el  pan- 
tano donde  se  perdía  la  huella  de  los  indios.  Dos  leguas  nos 
separan  del  campamento!! 

— Pues  un  esfuerzo  y  adelante! 

Con  sol  todavía  hemos  llegado  al  campamento,  y  se  ha  ce- 
nado perfectamente,  porque  el  doctor  y  Pagani  habían  car- 
neado un  buey  en  esa  misma  mañana. 

Desde  el  campamento  general  vieron  muy  bien  nuestros 
fuegos  y  aunque  sin  orden  ninguna,  porque  las  gentes  de  la 
vanguardia  que  venían  con  el  sargento  Estigarribia  por  una 
desidia  reprensible  no  habían  llegado  sino  á  )as  12  de  ese  día, 
mandaron  espontáneamente  exploradores  sobre  el  rumbo  aque- 
lla misma  mañana,  los  que  nada  pudieron  hacer  á  causa  de  la 
barrera  insuperable  de  los  pantanos  y  á  quienes  ni  siquiera  se 


EXPLORACIONES.  9  5 


les  ocurrió  hacer  humo  ni  disparar  sus  armas,  sino  regresar 
cuanto  antes  al  campamento  á  disfrutar  de  la  carneada. 

jCuán  dulce  es  descansar  en  seguridad  en  medio  de  los  com- 
pañeros, sobre  un  blando  lecho  de  totoras  y  bajo  una  carpa! 
¿Qué  palacio  suntuoso  podrá  compararse  con  esta  blanca 
tienda  tendida  bajo  las  esbeltas  palmas  del  desierto,  donde  el 
peligro  estrecha  nuestra  amistad  y  donde  todos  trabajan  para 
uno  y  uno  para  todos.^ 

Hace  dos  horas  que  pensábamos  morir,  ó  de  fatiga  ó  des- 
pezados por  los  innumerables  cocodrilos,  que  nos  cruzaban  en 
todas  direcciones,  ó  asfixiados  por  el  calor,  ó  envenenados 
por  las  serpientes  ó  estrangulados  por  el  colosal  curillú,  á  quien 
tuve  la  fortuna  de  quitar  la  vida.  Ahora  estamos  abrigados  y 
seguros. 

¡Bendito  sea  Dios! 


Dia  3  de  Octubre, 

Como  hemos  fondeado  durante  toda  la  noche  por  causa  de 
la  gran  bajante,  no  llegamos  á  la  colonia  Apa  sino  á  las  lo  a.  m. 

Salto  á  tierra  dejando  al  sarjento  Almeida  el  cuidado  de  ir 
entregando  á  la  lancha  de  á  bordo  los  equipajes  que  yo  recibo 
en  tierra,  operación  que  fué  larga  por  el  mucho  material  que 
tenemos  y  la  falta  de  peones  para  ayudarnos  en  esta  faena. 

El  doctor  no  baja  á  tierra,  pero  grita  al  Sr.  Director  de  la 
Colonia,  compatriota  suyo,  que  vaya  á  bordo  porque  tiene  que 
decirle  cosas  que  le  interesan,  á  lo  que  se  presta  el  Sr.  de  Ami- 
cis,  permaneciendo  en  conversación  con  él  durante  todo  el 
tiempo  que  tardé  en  la  descarga  de  mis  efectos. 

Una  vez  terminada,  regreso  á  bordo;  entrego  al  Sr.  Morrel 
para  el  Sr.  Brabo  un  paquete  de  cartas  y  una  copia  de  mi  Diario 
de  Viaje  hasta  aquella  fecha,  y  le  encargo  de  decirle:  que  en  el 


mé'^.P-     ■ '  !■■■■■ 


96 


JUAN    ÜE    COMINGES. 


! 


temor  de  que  pudiesen  parecerle  pequeños  los  esfuerzos  que  tengo 
hechos  para  secundar  sus  altos  propósitos^  me  quedo  en  el  Apa 
con  la  resolución  irrevocaóle  de  penetrar  yo  solo  en  el  desierto  y 
cuyos  misterios  he  de  descubrir^  aunque  sea  á  costa  del  cautive- 
rio, y  que  no  le  pido  otra  cosa  sino  que  mire  por  mi  mujer  y  por 
mis  hijos. 

Dicho  esto,  nos  abrazamos  con  lágrimas  en  los  ojos,  y  sin 
escuchar  sus  protestas,  me  desprendí  de  él  y  gané  la  canoa  que 
me  condujo  á  tierra. 


D.   JUAN  DE   COMINGES   Y   LOS  CACIQUES  PICHÓN   Y   CARAYÁ 


EXPLORACIONES 


AL 


CHACO  DEL  NORTE. 


DIARIO  DE  LA  SEGUNDA  EXPEDICIÓN 

REALIZADA    EN    OCTUBRE    Y    NOVIEMBRE    DEL    AÑO     1 8  79. 


Día  6  de  Octubre. 

Es  el  cacique  Míchí,  jefe  de  una  pequeña  toldería  de  indios 
Angaités,  situada  en  la  costa  occidental  del  río  Paraguay,  á  los 
22^27'  de  latitud,  frente  á  una  extensa  isla  que  en  esaparte 
forma  el  río,  cuyo  canal  principal  es  el  del  Oriente  y  frente 
también  á  un  camino  abierto  en  el  bosque  de  la  Colonia  Apa, 
que  desemboca  sobre  la  costa,  á  media  legua  de  la  población. 

Este  cacique  representa  unos  cuarenta  años  de  edad,  es 
pequeño  de  estatura,  afectadamente  dulce  en  el  trato,  colérico 
con  los  suyos;  interesado,  exigente,  antojadizo,  pedigüeño, 
borracho,  embustero,  taimado,  desleal  y  ladrón;  defectos,  más 
que  propios  de  su  raza,  hijos  de  las  circunstancias  en  que  le 
ha  colocado  la  situación  topográfica  del  lugar  donde  radica  su 
toldería. 

Su  proximidad  á  la  costa  es  la  causa  de  todas  sus  desdichas 
y  de  todos  sus  vicios. 

Jamás  pudo  ser  agricultor  ni  ganadero,  porque  hubiera  sido 
siempre  la  primera  víctima  en  cada  una  de  las  antiguas  y 
modernas   incursiones  de  los  Mbayás  de  la  ribera  opuesta. 

7 


98  JUAN    DE    COMINGES. 


Tuvo  que  conformarse  con  pesca  y  caza  para  sustentarse,  y 
con  alguna  galleta  lanzada,  por  misericordia  ó  por  entreteni- 
miento, por  los  pasajeros  que,  desde  los  vapores,  gustan  ver 
la  agilidad  que  en  la  natación  y  en  el  manejo  de  la  canoa  des- 
pliegan estos  humanos  anfibios. 

Sus  relaciones  con  la  gente  civilizada,  en  vez  de  servir  para 
modificar  sus  tendencias  naturales,  produjeron  el  efecto  con- 
trario, supuesto  que  vivió  siendo  víctima  de  los  cristianos  en 
todas  sus  transacciones  comerciales,  Ínterin  no  aprendió  á 
mezclar  la  cera  con  resina  y  á  tramar  los  plumeros  de  avestruz 
con  Tama  (i)  gruesa.  Y  por  si  sus  propios  escarmientos  no 
eran  bastante  para  enseñarle  á  engañar  á  los  cristianos,  éstos 
se  convirtieron  más  directamente  en  preceptores  del  crimen, 
pues  seduciéndole  con  licores  que  le  corrompían  el  alma  y  el 
cuerpo,  tentáronle  la  vanidad  y  la  codicia  haciéndole  compren- 
der que  podría  explotar  en  su  provecho  las  relaciones  en  que 
vivía  con  los  indios  del  Interior,  supuesto  que  sin  él,  no  podrían 
cambalachar  con  la  gente  civilizada,  por  falta  de  intérprete  y 
de  canoas  para  pasar  el  río. 

Por  otra  parte,  poco  podría  aprender  de  moralidad  con  el 
ejemplo  que  le  ofreciesen  las  gentes  del  Salvador,  las  del  Apa, 
ni  la  de  los  barcos  de  vela,  que  faltos  de  viento  hayan  fon- 
deado algunas  veces  cerca  de  su  toldo. 

La  malicia  de  este  hombre  es  tan  extraordinaria,  que  no  sólo 
ha  hecho  comprender  á  los  indios  del  Interior  que  les  es  útil 
é  indispensable  por  sus  buenas  relaciones  con  los  cristianos, 
sino  también  por  ser  un  gran  filólogo,  que  puedfe  entenderse 
indistintamente  con  todas  las  razas  humanas  en  su  infinita 
variedad  de  idiomas,  siendo  así  que  su  repertorio  en  guaraní, 
no  alcanza  á  cuatro  docenas  de  palabras,  y  en  castellano  á  una 
docena  de  desvergüenzas  que,  con  habilidad  extraordinaria, 
pronuncia  siempre  ante  los  cristianos,  á  fin  de  que,  la  hilaridad 
que  sus  dichos  provocan,  haga  creer  á  los  incautos  indios,  que 

(i)     Cuerda  gruesa  fabricada  con  una  bromelia  llamada  Caraguatá, 


EXPLORACIONES-  99 


trae  engañados  para  que  cambien  una  libra  de  pluma  de  aves- 
truz por  un  anzuelo,  que  proviene  de  su  mucha  sabiduría  y  del 
cariño  que  le  tienen. 

En  la  actualidad,  todas  sus  relaciones  con  los  cristianos  se 
limitan  á  las  que  puede  tener  en  ese  pequeño  obraje  que  se 
llama  Colonia  Apa,  donde  los  peones  suelen  cambiar  de  que- 
rida con  más  frecuencia  que  de  camisa  y  calzoncillos,  y  donde 
además  de  explotarle  cuanto  pueden  á  él  y  á  los  que  trae 
enganchados,  cambiándoles  por  fruslerías  los  productos  del 
desierto,  les  obligan  á  trabajar  sin  más  retribución  que  un 
puñado  de  maíz,  ya  sea  en  la  limpieza  de  las  calles  ó  ya  en  el 
cargamento  de  los  buques. 

En  una  palabra,  el  cacique  Michí  es  un  hombre  peligroso  y 
repugnante,  como  lo  son  todos  los  indígenas  cuya  educación 
proviene  del  bajo  comercio  que  los  explota,  los  degrada  y  los 
corrompe. 

Sin  embargo,  el  cacique  Michí  no  debe  ser  un  hombre  inco- 
rregible por  cuanto  que  no  ha  llegado  á  corromperse  hasta  el 
punto  de  ser  ingrato,  supuesto  que  él  y  todos  los  de  su  tribu 
han  sido  bastante  inteligentes  para  apreciar  en  su  justo  valor 
los  quilates  de  virtud  del  único  hombre  ilustrado  y  justo  que 
han  conocido  entre  los  de  nuestra  raza.  Este  es  el  caballero 
francés  don  Carlos  Rux,  á  quien  tengo  la  suerte  de  conocer  y 
á  quien  apreciaría  sin  conocerle,  aunque  no  fuese  más  que 
por  las  simpatías  que  ha  sabido  conquistarse  entre  los  indios, 
durante  los  pocos  años  que  ha  sido  Director  de  la  Colonia  Apa. 

La  familia  de  este  cacique  es  bastante  numerosa,  y  entre 
sus  hermanos  hay  cuatro  caciques,  dos  en  posesión  de  sus 
tribus,  y  dos  inpártibus^  los  cuales  le  respetan  como  á  Minerva, 
y  le  temen  como  á  Júpiter,  valiéndose  de  él  como  intermediario 
en  todos  sus  cambalaches;  circunstancia  que  hace  que  estos 
indios  sean  mejores  que  su  hermano,  siendo  entre  todos  el 
cacique  Tuya  un  anciano  de  maneras  simpáticas,  de  carácter 
sencillo  y  de  recta  conciencia. 

En  cuanto  á  sus  otros  hermanos,  que  no  eran  caciques,  sus 


lOO  JUAN    DE   COMINGES. 


hijos,  sobrinos  y  demás  gente  de  armas  que  le  acompañaban, 
sólo  puedo  decir,  por  ahora,  que  eran  buenos  mozos,  sucios, 
desarrapados,  melancólicos  y  sumisos  á  los  mandatos  de  su  jefe. 

Este  era  el  hombre,  por  cuyo  intermedio  y  después  de  ha- 
berle regalado  una  carabina  rémington,  víveres,  ropas  y  otros 
utensilios,  y  de  prometerle  mucho  más  para  mi  regreso,  había 
yo  conseguido  ponerme  en  relación  con  el  cacique  Queirá,  po- 
deroso jefe  de  los  Guanas,  que  había  de  conducirme  hasta  las 
últimas  tribus  del  desierto  y  volverme  al  Apa  en  el  término  de 
dos  lunas,  llevando  también  á  Michí  para  que  me  sirviera  de 
intérprete,  que  era  para  mí  lo  mismo  que  marchar  solo,  su- 
puesto que  yo,  que  conozco  muy  poco  el  idioma  guaraní,  tenía 
que  valerme  del  cacique  Michí  que  lo  comprendía  menos,  para 
que  éste,  que  sólo  habla  bien  el  dialecto  Angaité,  tuviera  á  su  vez 
que  traducir  mis  palabras  á  la  lengua  guana;  de  modo  que  aun- 
que no  aseguro  la  claridad  y  precisión  con  que  mis  preguntas 
llegarían  hasta  los  oídos  del  cacique  Queirá,  debo  inferirlo  por 
las  desatinadas  respuestas  que  recibía  por  medio  de  mi  famo- 
so intérprete,  hasta  el  extremo  que,  habiéndole  preguntado  a' 
Queirá  si  caminaríamos  cuando  saliese  la  luna,  me  respondió 
que  eran  de  cuero  de  ciervo. 

El  cacique  Queirá  es  un  hombre  suficientemente  viejo  para 
tener  biznietos  y  lo  bastante  joven  para  tener  bisabuelo,  lo  que 
basta  para  hacer  comprender  que  los  guanas  viven  mucho  y 
que  tienen  hijos  más  pronto  que  ninguna  de  las  razas  humanas 
conocidas,  y  sobre  todo,  que  éste  debería  ser  un  hombre  im- 
portante y  poderoso  entre  los  suyos,  por  cuanto  que  el  poder 
de  estas  gentes  estriba  en  tener  una  familia  numerosa.  Con 
efecto,  he  perdido  la  cuenta  de  los  hermanos,  hijos,  yernos, 
tios  y  sobrinos  que  me  ha  presentado,  resvestidos  con  el  título 
de  caciques  de  tribus  más  ó  menos  numerosas,  caciques  que  le 
consideraban  con  el  mayor  respeto,  y  á  quienes  él  trataba 
como  inferiores,  á  pesar  de  que  algunos  eran  muy  ancianos. 

Queirá  es  de  formas  atléticas,  y  aunque  su  nombre  quiere 
decir  gordo,  no  lo  es  tanto  que  aparezca  desproporcionado.  Su 


EXPLORACIONES .  I O I 


aspecto  es  arrogante,  y  su  fisonomía,  que  no  revela  nada  de 
perspicacia,  descubre  un  fondo  de  valor,  de  honradez,  de  sa- 
tisfacción de  sí  mismo  y  de  confianza  en  sus  propias  fuerzas. 
Sobre  su  rostro  hundido  aparece  una  nariz  muy  chica  y  reman- 
gada, encima  de  una  boca  pequeña  y  siempre  abierta,  pero  que 
nunca  ríe.  Sus  ojos  son  pardos  y  rasgados,  y  su  mirada  inmóvil 
é  impenetrable.  Como  todos  los  de  su  raza,  no  tiene  barbas, 
cejas  ni  pestañas.  Una  frente  plana,  una  cabeza  cuadrada  y 
enorme,  colocada  directamente  sobre  los  hombros,  y  una  negra 
cabellera,  que  por  su  rigidez  se  levantaba  para  caer  de  nuevo 
sobre  su  desnuda  espalda,  completan  el  retrato  físico  de  mi 
compañero  de  viaje. 

Es  inútil  decir  que  su  escolta  de  i8  Guanas,  está  compuesta 
en  su  totalidad  de  individuos  de  su  familia,  entre  los  que  vie- 
nen dos  hermanos,  tres  hijos,  dos  yernos  y  algunos  sobrinos, 
cuyos  retratos,  procuraré  trazar  oportunamente,  en  el  transcurso 
de  este  diaro. 

No  porque  Michí  me  lo  hubiese  dicho,  sino  porque  el  cacique 
Queirá,  contándose  los  dedos  de  las  manos  y  de  los  pies  y  se- 
ñalándome el  curso  del  sol,  me  había  manifestado  el  tiempo  que 
sería  preciso  emplear  para  ir  y  volver  hasta  las  Salinas,  me 
previne  yo  de  40  salvavidas  cargados  de  fariña,  tasajo,  rapa- 
dura^ galleta,  café,  y  algunas  latas  de  conservas,  con  lo  que  re- 
duciéndonos, como  estaba  convenido,  á  20  personas  y  auxilián- 
donos con  la  caza,  la  pesca  y  los  demás  recursos  del  desierto, 
teníamos  de  sobra  para  comer  hasta  el  regreso,  y  no  cargué 
más,  porque,  como  nuestra  marcha  debía  ser  á  pie,  era  preciso 
economizar  el  peso  para  no  fatigarnos  en  demasía.  Sin  embar- 
go, en  virtud  de  lo  pactado  y  por  mi  propia  seguridad,  regalé 
seis  carabinas  rémington  que  se  distribuyeron,  quedándose  Mi- 
chí con  una,  como  ya  tengo  dicho,  Queirá  con  otra,  y  las  cua- 
tro restantes  entre  los  parientes  de  éste  que  más  confianza  le 
inspiraban. 

Además  del  peso  de  los  salvavidas  y  de  las  armas  y  municio- 
nes con  que  cada  individuo  debía  caminar  cargado,  comprometí 


I02  JUAN    DE    COMINGES. 

á  dos  para  que  cada  uno  llevara  una  de  mis  mantas  de  lana,  y 
distribuí  á  todos  camisas,  pañuelos,  cuchillos,  agujas,  anzue- 
los, collares,  de  los  que  el  cacique  Queirá  llevaba  dos  docenas. 
Y  no  era  éste  sólo  el  peso  que  debían  conducir  los  indios  hasta 
sus  tolderías,  pues  que  cada  uno  de  ellos  llevaba  algunas  chu- 
cherías, cambiadas  en  el  Apa  por  sus  plumeros  tejidos  y  cueros 
de  tigre,  y  sobre  todo  dos  ó  tres  azadones  que  pesaban  lo  me- 
nos otra  media  arroba. 

Un  hijo  de  Queirá,  cacique  también,  y  uno  de  los  indios  más 
cariñosos  entre  los  que  he  tratado,  se  ofreció  á  llevar  sobre  su 
carga  ordinaria,  una  bolsa  con  un  acordeón,  con  el  deseo  de 
que  yo  divirtiese  á  los  indios  del  desierto  con  esta  música  como 
les  había  divertido  á  ellos. 

El  morral  que  yo  llevaba,  además  de  dos  mudas  de  ropa, 
compuestas  de  blusa,  pantalón  de  dril,  pañuelo,  camisa  y  me- 
dias, contenía  un  estuche  de  comer;  compuesto  de  cuchara,  te- 
nedor y  cuchillo,  todo  en  una  pieza,  otro  cubierto  de  metal 
blanco,  un  plato  de  lata,  seis  vasos  de  lo  mismo,  cónicos  y  en- 
chufados uno  en  otro,  una  brújula,  un  mapa,  un  libro  en  blan- 
co, un  lente,  dos  lapiceros,  un  frasquito  con  ácido  fénico,  un 
rollo  de  tira  emplástica,  un  paquete  de  quinina,  una  venda,  un 
pedazo  de  piel  de  gamuza,  un  frasquito  de  azogue,  un  peine, 
agujas  é  hilos;  y  sobre  esto,  25  cartuchos  de  rémington,  25  de 
revólver,  una  moneda  de  oro  de  10  patacones,  50  cajas  de 
fósforos,  10  paquetes  de  cigarrillos  y  una  pala,  completaban 
lo  pesado  de  mi  mochila,  que,  con  el  apéndice  del  rémington  y 
el  revólver,  bastaba  para  fatigar  al  hombre  más  robusto. 

Todo  lo  tenía  preparado  y  distribuido  entre  los  Guanas  y  los 
Angaités,  que  debían  acompañarme ;  pero  como  Michí  me  ha- 
bía engañado  tantas  veces,  y  como  por  otra  parte  me  parecía 
tan  inmensa  mi  felicidad  de  penetrar  hasta  el  corazón  del  Cha- 
co, donde  jamás  se  ha  impreso  la  huella  de  ningún  hombre  ci- 
vilizado, con  excepción  del  malogrado  Ayolas,  dudaba  aún  de 
que  la  fortuna,  que  tan  adversa  me  había  sido  durante  la  pri- 
mera expedición,  me  fuera  propicia  al  empezar  la  segunda. 


EXPLORACIONES.  1 03 


Por  fin,  despedido  por  las  gentes  del  Apa  como  puede  serlo 
por  sus  deudos  el  que  sale  Je  la  capilla  en  dirección  al  su- 
plicio, partí  rumbo  Sud,  con  mis  40  acompañantes  indios,  por 
una  senda  de  media  legua,  abierta  en  el  bosque  y  paralela  al 
río,  al  fin  de  la  cual  y  en  un  puentecito  oculto  entre  las  ramas, 
esperaban  las  tres  canoas  del  cacique  Michí,  que  en  pocos 
viajes  nos  pasaron  con  nuestros  efectos  á  una  barranca  de  la 
costa  occidental,  que  enfi*enta  con  el  límite  de  la  isla  del  Apa. 

Eran  las  cinco  de  la  tarde,  instante  que  nunca  olvidaré  por  el 
cúmulo  de  fuertes  emociones  que  agitaban  mi  espíritu. 

Si  algo  tenía  que  temer  de  los  indígenas,  aquél  era  el  mo- 
mento de  que  se  realizaran  mis  temores,  pues  estaba  solo  en 
su  propio  territorio  y  rodeado  de  40  hombres  que  la  sociedad 
llama  salvajes,  entre  los  que  había  muchos  también  armados 
como  yo,  y  no  pocos  de  feroz  aspecto,  cuyas  siniestras  figuras 
aparecían  más  horripilantes  al  dejar  ver,  entre  sus  cabellos  des- 
greñados y  los  plumeros  que  ocultaban  sus  obtusas  frentes, 
un  rostro  desfigurado  por  las  pinturas  más  extravagantes  que 
puede  trazar  la  aberración  humana. 

Pero  no  eran  temores  sino  esperanzas  y  esperanzas  risueñas 
las  que  me  hacían  sentir  y  gozar  entonces  con  toda  la  plenitud 
de  mi  existencia. 

¿Llegaría  yo  hasta  los  toldos  de  los  Guanas .?• 

¿Sería  mi  mano  la  que  descorriese  el  tupido  velo  que  hasta 
hoy  ha  ocultado  á  los  ojos  de  la  civilización  las  misteriosas  sel- 
vas del  desierto  .f^ 

¿Volvería  alguna  vez  al  seno  de  la  sociedad  y  de  la  familia.^ 

¿Recompensaría  la  Providencia  todos  los  martirios  de  mi 
vida,  permitiéndome  la  honra  de  ser  útil  á  los  infelices  des- 
graciados hermanos  que  aún  vejetan  en  las  tinieblas  de  la 
ignorancia? 

¿Comprendería  la  empresa  á  quien  sirvo,  el  nuevo  sacrificio 
que  me  imponía  voluntariamente  para  realizar  á  toda  costa  sus 
atrevidos  intentos? 

¿Sería  calificado  nuevamente  de  loco  temerario,  que  no  tiene 


104  JUAN    DE    COMINGES. 


la  conciencia  del  peligro,  por  esa  sociedad  degenerada,  que  ya 
no  mira  sino  á  través  del  prisma- de  su  concupiscencia? 

Estoy  tranquilo. 

No  temo  el  anatema  de  los  hombres.  No  temo  los  obstácu- 
los de  la  naturaleza.  No  temo  la  malicia  de  los  hijos  del  desierto. 

Una  voz  secreta,  un  presentimiento  inexplicable  me  dice  que, 
al  fin,  el  éxito  coronará  mis  sacrificios. 

No  hay  duda  que  muy  en  lo  posible  estaba  el  que  aquellos 
indios,  que  habían  ayunado  durante  las  24  horas  que  pasaron 
en  el  Apa,  al  verse  en  territorio  propio,  excitados  por  el  apetito 
y  cargados  cada  uno  con  una  alforja  de  provisiones,  hubie- 
ran devorado  á  su  antojo  la  parte  de  ellas  que  más  les  hubiese 
apetecido,  sin  consultar  con  sus  caciques  ni  menos  conmigo,  que 
ninguna  autoridad  representaba,  sino  con  sus  instintos  como 
bárbaros  que  son. 

Así  me  lo  esperaba,  pero  tuve  la  fortuna  de  engañarme;  pues 
éstos  depositaron  ordenadamente  sus  cargas  sobre  la  barranca 
y  se  tumbaron  en  tierra,  aguardando  sin  duda  las  órdenes  de 
sus  caciques. 

Comprendía  mi  posición.  Aquellos  indios  no  eran  mis  sir- 
vientes, y  yo  debía  agradecerles,  no  sólo  el  servicio  que  me 
prestaban  acompañándome  al  interior  del  Chaco,  sino  el  que 
no  me  cautivasen,  teniéndome  entre  sus  manos,  y  hasta  el  que 
respetasen  mi  vida;  pero,  sin  embargo,  quise  probar  fortuna, 
pues  nada  tenía  que  arriesgar  desde  que  estaba  en  el  Chaco, 
por  lo  que,  con  cierto  aire  de  autoridad,  como  hija  de  la  ilimi- 
tada confianza  que  en  ellos  tenía,  dije  al  cacique  Queirá  que 
formase  á  toda  su  gente  para  que  yo  les  distribuyese  los  víve- 
res que  habían  de  servirles  de  cena,  en  lo  que  consintió;  aunque 
no  sin  cierta  repugnancia  por  parte  de  los  ancianos  y  de  los 
caciques,  quienes  sentían  rebajada  su  autoridad,  al  verse  con- 
fundidos en  un  acto  semi-oficial  entre  los  soldados  más  ínfimos 
déla  tribu;  lo  que  me  dejó  admirado,  pues  nunca  pude  figu- 
rarme que,  tratándose  de  comer  y  teniendo  hambre,  fuesen  los 
indios  tan  puntillosos. 


EXPLORACIONES.  1 05 


Tomé  uno  de  mis  vasos  de  lata  y  cada  uno  de  los  indivi- 
duos que  componían  mi  séquito,  fué  sucesivamente  acercán- 
dose á  recibir  su  ración  de  fariña,  galleta,  y  rapadura,  con 
excepción  de  dos  ó  tres  aristócratas  que,  no  queriendo  acer- 
carse, á  pesar  de  las  instancias  del  cacique  Qüeirá,  fueron  ser- 
vidos en  su  puesto  por  algunos  mozos. 

El  cacique  Michí,  que  tenía  su  familia  á  poca  distancia  de  la 
costa,  creyendo  muy  propicia  la  ocasión  para  obsequiarla  de 
una  manera  espléndida,  se  acercó  á  mí,  no  presentando  una 
punta  del  epiquilsiqus  (i)  como  todos  hacían,  sino  poniéndome 
delante  una  calabaza  totanera  de  más  de  media  fanega  de 
capacidad,  para  que  en  ella  depositara  su  ración,  la  de  su  mu- 
jer, la  de  su  madre,  la  de  sus  cuñadas,  la  de  sus  hijos,  y  yo 
creo  que  las  de  todos  los  individuos  de  su  tribu. 

Aunque  yo  me  resistía  á  desprenderme,  en  obsequio  de  gen- 
tes que  quedaban  en  su  casa,  de  víveres  que  tan  necesarios 
eran  á  los  que  íbamos  á  emprender  un  viaje,  y  aunque  los 
Guanas  no  miraban  con  satisfacción  la  conducta  de  este  glotón 
insaciable,  tuve  que  darle,  como  quien  lo  toma  á  risa,  aunque 
con  todo  dolor  de  mi  corazón,  una  cantidad  de  comestibles 
igual  ó  mayor  que  la  que  acababa  de  distribuirse  como  cena 
de  40  hombres ;  siendo  lo  más  curioso,  que  no  satisfecho  con 
el  contenido  de  una  bolsa,  se  apoderó  del  continente  ó  sea  del 
salvavida  vacío,  con  el  pretesto  de  hacer  un  poncho  para  el 
Benjamín  de  su  familia  que,  según  él,  andaba  en  cueros;  con 
todo  lo  cual  cargó  uno  de  los  suyos,  saliendo  en  dirección  ae 
la  toldería,  donde  no  tardarían  en  regalarse,  gracias  á  la  poca 
vergüenza  de  su  cacique.  Como  una  de  las  condiciones  que, 
según  Michí,  me  había  impuesto  el  Queirá  para  acompañarme 
al  Chaco,  era  que  les  obsequiase  con  una  damajuana  de  vino, 
llevé  dos,  para  que  no  se  quedase  sin  beber  ninguno  de  mis 
acompañantes ;  pero  por  poco  me  arrepiento  de  mi  condescen- 


(i)  Tejido  de  algodón  teñido  y  con  diferentes  dibujos,  que  sirve  á 
los  indios  de  taparrabo. 


106  JUAN    DE    COMINGES. 


dencia,  pues  mientras  ellas  contuvieron  algo,  fueron  el  sueño 
ó  más  bien  el  furioso  delirio  del  cacique  Michl,  que  es  el  pro- 
totipo de  los  borrachos. 

Todos  los  indios  gustan  de  los  licores  espirituosos;  pero 
Michí  hubiese  querido  tener  las  fuerzas  de  un  Hércules  para 
no  dejar  beber  á  nadie ;  pues  no  pudiendo  soportar  que  yo  lo 
repartiese  á  todos  por  iguales  partes,  me  alegaba  multitud  de 
razones  para  convencerme  de  que  los  caciques  tienen  más  de- 
rechos para  embriagarse  que  los  indios  rasos,  y  me  decía  que 
Queirá  estaba  enojado  de  que  yo  diese  á  todos  un  vino  que  no 
era  más  que  para  nosotros  tres;  por  más  que  en  los  ademanes 
del  jefe  Guana,  comprendía  muy  bien  que  le  incomodaba  la 
avaricia  del  Angaité  y  que  le  satisfacía  que  atendiese  como  á 
él  mismo,  á  sus  hermanos,  sus  hijos  y  sus  sobrinos. 

En  estas  cosas,  acabé  con  una  de  las  dos  castañas,  y  hacién- 
dome sordo  á  las  indirectas,  hice  que  Queirá  mandase  colocar 
la  otra  en  una  de  las  canoas,  donde  algunos  indios  habían  em- 
pezado á  acomodar  parte  de  los  salvavidas,  mis  mantas,  mi 
morral,  el  acordeón  y  los  efectos  pertenecientes  á  los  dos  caci" 
ques  principales. 

Llegó  la  noche,  y  yo  estaba  mucho  más  satisfecho  que  por 
la  tarde,  viendo  que  los  jóvenes  se  permitían  algunas  confianzas 
conmigo,  cuales  eran  ponerse  mis  gafas  para  hacer  reir  á  los 
otros  y  pedirme  que  les  repitiera  algunos  de  los  juegos  de 
manos  que  tanto  les  habían  gustado  en  la  mañana  de  aquel 
día;  esto,  unido  al  respeto  que  me  habían  manifestado  al  con- 
siderarme como  dueño  de  los  víveres  y  el  sujetarse  como  doc- 
trinos á  la  ración  que  tuve  á  bien  de  repartirles,  me  hacía 
esperar  que  no  tardaría  mucho  en  ascender  á  la  categoría  de 
cacique,  y  tanto  más,  cuanto  que  nadie  encendía  un  spó  (i) 
para  fumar  su  tena  (2)  sin  alargármela,  tan  pronto  como  estaba 


(i)  Pipa  de  palo  santo,  más  ó  menos  labrada. 
(2)  Torta  de  tabaco  amasado  con  sustancias  aromáticas  y  prensado 
hasta  quedar  tan  duro  como  la  madera. 


EXPLORACIONES.  IO7 


seguro  de  que  ardía,  sí  bien  es  cierto,  que  tampoco  faltaba 
quien  me  la  quitase  apenas  la  llevaba  á  mis  labios,  para  entre- 
garla sucesivamente  á  otro,  después  de  dar  dos  chupadas,  dán- 
dose el  caso  de  que  una  cantidad  de  tabaco,  como  la  que  pu- 
diera entrar  en  cuatro  cigarrillos  de  papel,  bastase  para  dar  de 
fumar  una  vez  á  todos  los  individuos  de  ambas  tribus. 

No  hay  para  qué  decir  si  yo,  por  repugnancia  de  fumar  en 
una  pipa  que  corría  por  todas  las  bocas,  les  haría  ó  no  el  de- 
saire  de  no  aceptarla,  cuando  tan  generosamente  me  la  ofrecían. 

Si  por  descubrir  el  Chaco  me  había  jugado  el  albur  de  la 
existencia,  dicho  se  está  de  ahora  en  adelante,  que  sonriendo, 
acepté  esa  porquería;  que  sonriendo  aguanté  las  impertinencias 
de  Michí;  que  •sonriendo,  me  dejaba  sacar  los  anteojos  que 
tanto  precisaba ;  que  sonriendo,  les  repetía  cien  veces  mis  in- 
sulsos juegos  de  manos;  que  sonriendo,  les  tocaba  el  acordeón 
hasta  rendirme  y  que  sonriendo,  me  hubiese  dejado  apalear; 
pues  estos  inconvenientes  eran  muy  poca  cosa,  comparados  con 
los  que  yo  me  había  propuesto  sufrir  con  tal  de  conseguir  mi 
objeto.  Temía  que  pudiese  llegar  á  faltarme  la  fuerza;  pero 
nunca  se  me  ocurrió  temer  que  pudiese  llegar  á  faltarme  la  re- 
signación. 

Viendo  que  la  noche  llegaba ;  que  mis  ropas  habían  sido  lle- 
vadas de  propósito  a  la  canoa ;  que  todos  estaban  tendidos  y 
silenciosos,  y  que  no  nos  acercábamos  á  los  toldos  de  Michí, 
á  pesar  de  estar  tan  cerca  que  se  oía  gritar  á  los  niños  y  ladrar 
á  los  perros,  con  mucho  gusto  hubiese  preguntado,  si  partía- 
mos ó  si  quedábamos ;  pero  como  mi  plan  era  no  sólo  aparecer 
más  amable  y  tolerante  que  los  indios,  sino  tan  estoico  como 
ellos,  no  manifesté  desear  saber  lo  que  no  se  me  decía,  y  con  la 
mayor  indiferencia  hacia  todo  lo  que  podía  sobrevenir,  me  ten- 
dí también  de  pechos  sobre  la  yerba  como  uno  de  tantos,  sin- 
tiendo no  tener  allí  algún  amigo  para  decirle :  ¿  En  qué  vendrán 
á  parar  estas  misas  ? 

No  esperé  mucho  rato  en  la  incertidumbre ;  porque  tan  pron- 
to como  entró  la  noche,  á  una  señal  del  cacique  Queirá,  Michí 


I08  JUAN    DE    COMTNGES. 


con  toda  su  gente  y  los  salvavidas,  y  parte  de  los  Guanas  sin 
ellos,  se  pusieron  en  camino  hacia  el  Occidente,  mientras  que 
Queirá,  haciéndome  señal  de  que  al  amanecer  del  siguiente 
día  nos  reuniríamos  de  nuevo  con  aquellos  que  marchaban, 
me  arrastró  hacia  las  canoas  donde  nos  embarcamos  en  com- 
pañía de  otros  once  Guanas,  escogidos  entre  los  más  principa- 
les, lo  que  no  les  impidió  el  tener  que  remar  como  gaviotas, 
viento  contrario  y  agua  arriba  por  añadidura,  hasta  el  amanecer 
del  día  siguiente. 

Caminamos  en  las  tres  canoas  al  rumbo  N.,  por  el  brazo 
del  río  que  marcha  por  la  parte  O.  y  siempre  recostados  á  la 
orilla  del  Chaco,  aunque  las  ramas  nos  azotaban  el  rostro  y 
los  yacarés  y  los  carpinchos,  sorprendidos  con  nuestra  lle- 
gada, se  arrojaban  al  río  salpicándonos  y  lanzando  sus  roncos 
bramidos. 

Remaban  los  indios  con  doce  paletas,  y  su  destreza  era  tanta, 
que  á  pesar  del  viento  y  de  la  corriente,  y  también  de  la  poca 
claridad  de  la  noche,  veía  pasar  volando  los  árboles  de  la  ribe- 
ra, cual  si  caminase  en  uno  de  los  vapores  más  ligeros,  y  no 
sabía  qué  admirar  más,  si  esa  vista  penetrante  que,  en  medio 
de  la  oscuridad,  divisaba  de  lejos  y  á  tiempo  para  esquivarlos, 
la  multitud  de  troncos  prendidos  todavía  por  algunas  de  sus 
raíces  sobre  la  margen  que  se  presentaban  atravesados  y  á 
flor  de  agua  como  una  sombra  negra,  ó  el  ágil  movimiento  de 
aquellos  remos  que,  sin  apoyarse  en  el  borde  de  las  canoas, 
entraban  y  salían  en  el  agua  tan  de  filo,  que  ni  la  fuerza  em- 
pleada para  moverlos  se  desperdiciaba  en  inútiles  choques  ni 
se  producía  otro  ruido  que  un  leve  susurro  fácil  de  confundir 
con  el  murmullo  de  la  corriente. 

Perseverante  en  mi  estoicismo  aparente,  no  puse  dificultad 
en  obedecer  al  cacique  cuando  contra  todas  las  leyes  de  la  fí- 
sica ciencia,  que  no  debe  ser  muy  conocida  en  el  desierto,  me 
mandó  saltar  sobre  una  canoa  que  por  los  tres  hombres  y  la 
multitud  de  cachivaches  que  dentro  tenía,  apenas  asomaba 
fuera  de  agua  dos  centímetros;  pero,  confieso  que  al  penetrar. 


EXPLORACIONES.  1 09 


10  hice  íntimamente  convencido  de  que  íbamos  á  ponernos  la 
canoa  por  montera. 

Nadie  reía,  nadie  cantaba,  nadie  desplegaba  los  labios,  nadie 
cambiaba  de  postura. 

Parecíamos  un  monstruo  marino  con  1 2  antenas,  que  se  des- 
lizaba astutamente  entre  dos  aguas  para  saltar  sobre  su  presa; 
y  no  hay  que  decir  si  yo  con  mis  movimientos  alteraría  la  mo- 
notonía de  aquel  cuadro,  pues  no  debía  hacer  lo  que  los  de- 
más no  hacían;  y  aunque  mi  posición,  sentado  sobre  un  plano 
horizontal  durante  tantas  horas,  era  un  suplicio,  me  mantenía 
vertical  y  sin  estornudar  siquiera,  seguro  de  que,  al  menor  mo- 
vimiento, penetraría  al  interior  el  agua,  que  ya  lamíalos  bordes 
de  la  canoa. 

Con  objeto  de  encender  su  spó^  el  cacique  Queirá  que  de- 
lante de  mí  estaba  sentado,  me  alargó  su  paleta  sin  decirme 
nada,  por  lo  que,  penetrando  su  intento  que  no  debía  ser  otro 
sino  el  de  que  mis  fuerzas  sustituyesen  á  las  suyas  ínterin  fu- 
maba, me  puse  á  remar;  pero  no  siguiendo  el  sistema  de  mis 
compañeros  de  viaje  que  tan  fatigoso  me  parecía,  sino  que  ha- 
ciendo alarde  de  mis  conocimientos  mecánicos  y  deseando  lu- 
cirme, descansé  el  remo  sobre  la  baranda  para  que  á  modo  de 
tolete  sirviera  de  punto  de  apoyo  á  la  palanca  con  que  empu- 
jaba las  aguas  hacía  atrás  para  impulsar  mi  canoa  hacia  ade- 
lante; más  como  quiera  que  á  la  primer  remada  mi  paleta  sola, 
chocando  con  el  borde  de  la  canoa  produjo  más  ruido  que  las 

1 1  restantes,  1 1  cabezas  de  indios  se  volvieron  hacia  mí*,  y 
aunque  por  el  pronto  me  pareció  que  esto  sería  para  admirar 
mi  destreza,  como  quiera  que  á  cada  ruido  mío  se  repetían  por 
parte  de  los  indios  la  mismas  manifestaciones,  llegué  á  sospe- 
char que  aquellas  gentes  no  estaban  para  música,  y  acabé  de 
persuadirme  de  mi  sospecha  cuando  el  cacique  Queirá  tendió 
su  mano  bruscamente  hacia  atrás,  y  sin  volver  la  cara,  arrancó 
de  un  tirón  el  remo  de  las  mías. 

Muncho  sentí  el  haberle  disgustado,  por  más  que  no  habien- 
do sido  el  trabajo  mío  inferior  al  de  los  otros,  comprendía  que 


no 


JUAN    DE    COMINGES. 


no  debía  proceder  su  enojo  sino  de  un  capricho;  pues  estaba 
claro,  que  no  teniendo  derecho  para  quejarse  de  mi  actividad, 
de  lo  que  se  quejaba  era  del  ruido  que  en  aquel  sitio  y  en  aque- 
llas circunstancias  á  cualquiera  le  hubiera  parecido  el  más  poé- 
tico del  mundo. 

De  pronto,  las  canoas  que  en  aquellos  momentos  caminaban 
á  cierta  distancia  de  la  costa,  viraron  hacia  ella,  redoblando  el 
impulso  de  su  marcha  que  tenía  por  objeto  vararlas  en  un  ban- 
quito  de  arena,  que  cerraba  el  paso,  y  en  el  cual  saltamos;  y 
después  de  tirar  de  nuestras  embarciones,  para  dejarlas  asegu- 
radas en  seco,  los  indios  me  rodearon;  algunos  me  tocaron  en 
el  hombro  cariñosamente,  otros  acariciaban  la  damajuana,  y  yo 
me  apercibí  de  que  entre  ellos  no  es  incompatible  el  defecto 
de  ser  mudos  con  el  vicio  de  ser  borrachos. 

— Vino,  dijo  el  cacique  Queirá,  tocando  la  damajuana  que 
apenas  se  veía,  y  esta  fué  la  primera  palabra  que  había  pro- 
nunciado desde  que  nos  embarcamos  y  probablemente  éste  fué 
el  único  pensamiento  que,  durante  la  primera  parte  del  viaje, 
había  preocupado  la  mente  de  los  indios,  y  el  que  afortunada- 
mente no  habían  podido  realizar;  porque  estando  todas  las  ca- 
noas tan  cargadas  como  la  mía,  era  imposible  mover  la  dama- 
juana sin  que  nos  fuéramos  á  pique. 

Tomó  el  cacique  una  de  mis  mantas  y  todos  nos  dirigimos, 
pisando  sobre  el  banquito  de  arena  que  tendría  encima  tres  ó 
cuatro  centímetros  de  agua,  hasta  la  costa  occidental,  que,  aun- 
que bastante  pantanosa,  estaba  cubierta  por  una  espesa  capa 
de  ninfeas  sobre  las  que  tendió  mi  manta,  acostándose  él  en- 
cima y  haciéndome  una  seña  tan  expresiva  que  parecía  decir- 
me:—Te  consiento  el  alto  honor  de  que  te  acuestes  á  mi  lado. 

Me  acosté  no  sin  pensar,  porque  la  experiencia  adquirida  en 
la  primera  expedición  al  Chaco  así  me  lo  había  demostrado, 
que  los  camalotes  que  nos  servían  de  lecho,  eran  la  madriguera 
donde  se  refugian  las  víboras  de  cascabel,  que  son  los  reptiles 
más  peligrosos  del  desierto. 

Creo,  aunque  no  lo  pregunto,  que  nuestra  detención  intem- 


EXPLORACIONES.  I  I  I 


pestiva  tiene  por  causa  las  dificultades  que  con  la  oscuridad  de 
la  noche  opone  el  banco  de  arena  al  paso  de  las  canoas,  pero 
no  me  explico  que  nuestra  parada  se  haga  sobre  unos  cama- 
lotes  bajo  los  cuales  hay  barro  y  puede  haber  reptiles;  que 
estamos  precisamente  sobre  la  margen  del  río  que  es  el  pasaje 
obligado  de  los  tigres  que  se  alimentan  con  los  yacarés  y  los 
carpinchos  de  la  costa,  y  que  no  se  les  ocurra  siquiera  encen- 
der fuego  para  calentarnos,  ya  que  no  sea  para  ahuyentar  los 
mosquitos,  que  nos  devoran  ó  para  contener  los  avances  de  las 
fieras.  Pero  no  se  hace  esperar  un  hecho  que  no  sólo  despeja 
mis  actuales  dudas,  sino  que  me  aclara  los  motivos  que  los  in- 
dios tenían  para  no  hablar,  reir,  ni  cantar  durante  el  viaje,  para 
no  consentirme  que  produjese  ruido  al  chocar  mi  paleta  contra 
la  canoa  y  para  caminar  entre  los  escollos  y  ramas  de  la  costa. 

Viendo  yo  que  el  cacique  Queirá,  acababa  de  llenar  su  pipa, 
como  un  rasgo  de  galantería  con  que  le  evitaba  la  engorrosa 
y  larga  operación  de  hacer  fuego,  por  medio  del  eslabón,  el 
pedernal  y  la  yesca,  encendí  un  fósforo  muy  bonitamente  y  se 
lo  presenté  delante,  teniendo  el  digusto  *de  ver  que  á  su  chas- 
quido todos  los  que  estaban  tendidos  se  incorporaron  y  que 
Queirá  dejo  caer  su  pesada  mano  sobre  la  mía,  apagando  la 
vela  y  dejando  quemado  y  dolorido  al  candelero. 

No  me  pareció  muy  bien  la  recompensa  que  recibía  en  pago 
de  mi  atención  hacia  el  cacique,  y  jurando  interiormente  el  no 
volver  á  encender  un  fósforo  hasta  que  saliese  del  desierto,  vol- 
ví á  acostarme  dejando  que  el  Queirá  encendiera  su  pipa  como 
mejor  le  placiera. 

Dos  sofiones  tan  á  mi  parecer  inmerecidos  en  el  espacio  de 
dos  horas,  tocaban  cabalmente  á  razón  de  veinticuatro  al  día, 
cifra  muy  pequeña  sin  duda  si  había  de  ser  la  justa  compensa- 
ción de  las  satisfacciones,  que  el  interesante  estudio  á  que  me 
dedicaba  podía  proporcionarme  en  el  mismo  intervalo. 

Los  hombres  de  pundonor,  cuando  viven  en  medio  de  las 
preocupaciones  de  la  sociedad  civilizada,  no  por  un  bofetón, 
sino  por  el  más  imperceptible  desaire,  no  pueden  vivir  tranqui- 


I  I  2  JUAN    DE    COMINGES. 


los,  ni  presentarse  ante  el  mundo  sino  después  de  haber  lavado 
la  ofensa  con  la  sangre  de  su  adversario. 

Yo  que  participo  de  todas  la  preocupaciones  de  la  sociedad 
en  que  he  nacido,  comprendí,  sin  embargo,  que  era  una  ventaja 
lade  estar  separado  de elb,  supuesto  que  la  ofensa  que  acababa 
de  recibir  no  tenía  necesidad  de  lavarla  derramando  la  sangre 
de  un  cacique  guana,  sino  refregándome  el  dedo  contra  los  fres- 
cos camalotes. 

El  cacique,  que  aunque  seco  y  desabrido,  abrigaba  en  su 
alma  un  fondo  de  justicia  que  jamás  he  descubierto  en  otro 
hombre,  comprendiendo  sin  duda  mi  resignado  resentimiento, 
y  haciendo  en  obsequio  nu'o  un  esfuerzo  contrario  á  sus  cos- 
tumbres severas,  y  á  sus  hábitos  endurecidos,  me  alargó  su 
pipa,  tocándome  la  espalda  amigablemente,  y  llevándose  el  ín- 
dice de  su  mano  derecha  sobre  los  labios,  y  tendiendo  la  mano 
izquierda  en  dirección  á  la  ribera  opuesta,  me  dijo  con  acento 
misterioso  esta  dos  palabras: — cadubeus  enemoateás  (i);  des- 
pués abriendo  mucho  los  ojos  se  llevó  la  diestra  sobre  la  gar- 
ganta y  agarrándose' con  la  siniestra  sus  abundantes  cabellos, 
hizo  algunos  movimientos  alternativos  como  quien  se  degüe- 
lla, y  volviéndome  las  espaldas,  descargada  su  conciencia  con 
tan  elocuentes  explicaciones,  se  quedó  dormido  como  los  niños, 
aunque  roncando  como  los  yacarés  de  la  vecina  costa. 

No  se  precisaba  mucha  perspicacia  para  comprender,  ya 
que  no  en  sus  palabras,  al  menos  en  sus  ademanes  expresivos, 
que  todas  las  precauciones  tomadas  tenían  por  objeto  evadirse 
de  los  ataques  de  un  terrible  enemigo,  que  le  acechaba  desde 
la  opuesta  costa.  Entonces  recordé  la  guerra  cruel,  que,  según 
los  informes  que  me  habían  dado,  se  hacían  mutuamente  las  tri- 
bus de  ambas  costas,  y  el  odio  mortal  que  existe  entre  unos  y 
otros;  con  la  diferencia  de  que  el  miedo  de  los  Guanas  debía  ser 


( I  )    Cadubeus   son   los  indios  Mbayás,  y  enenioateá  quiere  decir 


enemigo. 


EXPLORACIONES.  I  I  3 


más  grande,  en  razón  de  carecer  de  las  armas  de  fuego  y  de  las 
costumbres  belicosas  de  sus  contrarios. 

A  pesar  de  todos  estos  pensamientos,  no  tardé  mucho  en  se- 
guir el  ejemplo  del  cacique  y  me  dormí  profundamente. 


Dia  7  de  Ochib^'e. 

Serían  las  tres  de  la  madrugada  cuando  el  cacique  Queirá  des- 
pertándome de  mi  sueño  y  mostrándome  la  brillante  luna,  me 
dijo: — Pelstein^  (Luna)  y  uno  de  sus  hermanos  que  tiene  trazas 
de  muy  socarrón,  mostrándome  también  el  lucero  que  la  acom- 
pañaba, imitó  por  lo  bajo  el  ladrido  del  perro,  y  pronunció  la 
palabra  chemején  (perro)  y  por  si  no  había  comprendido  que  el 
lucero  dei  alba  se  llama  perro  entre  los  indios,  elcapique  Quei- 
rá dijo  de  nuevo: — Yaguá^  que  en  guaraní  también  quiere 
decir  perro,  y  que  es  una  palabra  de  las  muy  pocas  que  sean 
comunes  á  ambos  idiomas,  sin  que  esto  quiera  decir  que  entre 
los  Guanas  la  palabra  chemején  se  aplique  al  lucero,  ñique  la 
palabra  yagua  se  aplique  al  perro. 

A  la  luz  de  la  luna,  que  sin  duda  esperaban  para  salvar  las 
dificultades  de  un  bajío,  por  el  que  tuvimos  que  arrastrar  nues- 
tras canoas,  partimos  de  nuevo  río  arriba  y  á  fuerza  de  remo 
llegamos  en  tres  horas  y  media,  ó  lo  que  es  lo  mismo, alas  seis 
y  media  de  la  mañana  á  la  barranca  denominada  por  el  caci- 
que Michí,  Caña  de  Azúcar;  quizá  por  corrupción  del  nombre 
de  un  morro  elevado  que  se  divisa  al  Oriente,  y  que  se  llama 
Pan  de  Azúcar,  el  cual  está  colocado  á  los  22"  22'  de  latitud. 

No  puedo  calcular  la  distancia  que  hemos  recorrido  durante 
la  noche,  pero  sí,  sé  que  pasa  de  cinco  leguas,  porque  la  velo- 
cidad de  nuestra  marcha  era  mayor  que  la  que  corresponde  á 
una  legua  por  hora. 

La  isla  ó  islas  que  nos  habían  acompañado  casi  toda  la  no- 
che por  el  E.  y  que  son  las  que  nos  separaban  del  cauce  prin- 

% 


114  J^^AN    ^^    COMINGES. 


cipal  del  río,  por  donde  caminan  los  vapores,  habían  ya  des- 
aparecido, lo  que  quiere  decir  que  la  elevada  barranca  de  Caña 
de  Azúcar,  es  un  puesto  establecido  en  la  costa  del  Chaco,  so- 
bre el  cauce  principal  del  río  Paraguay,  un  poco  más  abajo  del 
cerro  denominado  Pan  de  Azúcar,  y  junto  á  la  confluencia  de 
un  arroyo,  que  con  propiedad  se  llama  en  algún  mapa  de  los 
menos  conocidos,  Arroyo  de  los  Guanas. 

Al  divisar  esta  barranca,  el  cacique  me  ordenó  hacer  un  dis- 
paro de  rémington,  á  cuyo  ruido  gritaron  niños,  ladraron  perros 
ahullaron  hombres  y  mujeres,  y  la  barranca,  el  talud  y  la  ribera 
se  cubrieron  instantáneamente  de  todos  estos  seres,  que  se 
agitaban  y  confundían  en  la  más  inexplicable  algarabía;  pues 
no  se  sabía  si  aquellas  manifestaciones  de  feroz  regocijo  eran 
hijas  de  la  satisfacción  de  ver  á  un  hombre  de  otra  raza  que 
les  hacía  el  honor  de  visitarlos,  ó  si  procedería  del  placer  que 
debe  causar  en  una  hambrienta  toldería  el  ver  llegar  á  alguno 
con  un  ciervo  á  las  espaldas.  No  podía  pues  felicitarme  por 
completo  de  aquellas  primeras  manifestaciones  de  ruidoso  reci- 
bimiento, porque  bien  pudiera  ser  yo  el  esperado  ciervo.    . 

Mucho  antes  de  atracar  al  pie  de  la  barranca,  una  voz  esten- 
tórea, que  se  destacaba  en  medio  de  aquel  guirigay,  gritaba: — 
Vino!  vino!  vino'  lo  que  me  hizo  comprender  que  mis  acom- 
pañantes que  marcharon  por  tierra  se  encontraban  mezclados 
entre  aquella  inmensa  muchedumbre;  pues  no  podía  ser  otro 
que  el  borracho  cacique  Michí,  quien  olfateando  la  damajuana 
como  el  enjaulado  tigre  barrunta  la  ración  aun  antes  de  que 
el  guardián  la  arroje  entre  sus  garras,  y  creyendo  que  podría 
escaparse  de  entre  las  suyas,  se  arrojó  de  la  barranca,  se  metió 
en  el  río,  y  con  una  mano  sobre  mi  cabeza  y  otra  sobre  el  cuello 
de  la  damajuana,  que  yo  llevaba  entre  mis  piernas,  nos  acom- 
pañó hasta  la  orilla,  gritando  sin  cesar  con  toda  la  fuerza  de 
sus  pulmones:  — Vino!  vino!  vino! 

No  parecía  gustarle  mucho  al  cacique  Queirá,  que  es  un 
verdadero  tipo  de  dignidad,  la  degradante  avaricia  de  su  colega, 
por  lo  que,  sin  detenerse  á  saludar  á  nadie,  hizo  que  sus  gen- 


EXPLORACIONES.  I  I  5 


tes  sacaran  los  objetos  que  traían  las  canoas  y  que  los  acomo- 
daran cuidadosamente  al  pie  de  un  grande  ti^  (i)  que  había 
cuarenta  pasos  más  adentro  del  borde  de  la  barranca,  reti- 
rándose allí  con  todos  los  suyos,  ínterin  yo  recibía,  ó  más  bien 
dicho,  Ínterin  yo  era  víctima  de  las  felicitaciones  de  aquel  en- 
jambre humano,  que  caía  sobre  mí  y  sobre  mi  vino  como  pudiera 
hacerlo  sobre  la  miel  cualquier  enjambre  de  moscas. 

— ¿Quieres  vino? — le  dije  al  cacique  Michí;  pues  forma  toda 
tu  gente  que  para  ellos  lo  traigo . 

— Este  vino  no  es  más  que  para  los  Angaités,  me  dijo  á  mí, 
pero  con  una  entonación  que  parecía  una  amenaza. 

— Para  los  Angaités,  le  respondí  yo,  sirviéndole  un  vaso,  que 
apuró  de  un  sorbo. 

Después  de  esto,  con  la  damajuana  en  una  mano  y  el  vaso 
en  otra,  di  la  vuelta  á  aquel  inmenso  círculo,  repartiendo  lo 
que  había  entre  todos,  sin  excluir  ni  aún  á  los  niños  que  esta- 
ban en  lactancia,  pues  que  su  madre  les  sacaba  el  pecho  de  la 
boca  para  que  empinaran  el  vaso,  lo  que  hacían  con  avidez, 
aunque  muy  asustados  de  mis  barbas  y  de  mis  anteojos,  miedo 
que  se  extendía  no  sólo  á  los  adolescentes,  sino  también  á  algu- 
nas mocitas  que  recibían  el  vino  temblando,  y  que,  al  hacerles 
yo  la  más  ¡nocente  caricia,  salían  del  corro  dando  gritos  lasti- 
meros y  produciendo  la  hilaridad  de  todos. 

Concluida  esta  operación  y  cansada  ya  la  gente  de  mirarme, 
de  tocarme,  de  reírse  de  mí,  de  ponerse  alternativamente  mi 
sombrero,  y  de  tirarme  de  las  barbas  hasta  quedarse  con  ellas 
en  la  mano,  el  cacique  Michí  me  trajo  el  acordeón,  y  me  ordenó 
que  tocase,  lo  que  hice  yo,  diciéndole  en  guaraní  que  iba  á 
cantar  y  á  tocar  en  honor  de  Nandeyá  (2)  por  lo  que,  después 
de  descubrirme  y  de  llevar  mi  mano  en  dirección  al  cielo,  co- 
mencé á  entonar,  acompañado  por  el  instrumento,  el  Santo 
Dios,  Santo  Fuerte,  Santo  Inmortal. 


(i)  Algarrobo. 

(2)  Dios,  en  guaraní. 


I  1 6  JUAN    DE    COMINGES. 


Aquí  fué  Troya;  pues  al  escuchar  mi  primer  nota,  acompa- 
ñada de  tan  profundos  bajos,  aquello  fué  una  espantada  tan 
general  y  una  de  ladrar  perros  y  llorar  muchachos  que  yo  mismo 
me  espanté  de  mi  propia  obra;  porque  no  sabía  si  había  saltado 
un  tigre  entre  nosotros,  ó  si  resentidos  los  Guanas  de  que  nos 
hubiésemos  bebido  todo  el  vino,  nos  habían  acometido  á  ma- 
canazos, (  I )  No  quedaron  en  torno  mío  más  que  el  cacique 
Michí,  que  estaba  en  traje  de  confianza,  y  aquellos  de  sus  sol- 
dados que,  en  la  mañana  y  en  la  tarde  del  día  anterior,  habían 
escuchado  las  voces  del  instrumento,  quienes  reían  á  mandí- 
bulas batientes  y  se  agitaban  en  una  especie  de  danza  que 
parecía  el  baile  de  San  Vito. 

Mi  piadosa  plegaria,  no  sirvió  más  que  para  espantar  á  unos 
y  para  que  otros  la  tomasen  como  un  can-cán  furioso. 

Por  fin,  restableciéndose  la  confianza  poco  á  poco,  fueron 
acercándose  muchos  de  los  que  se  habían  disparado,  aunque 
no  sin  cierto  recelo  y  sin  vacilar  ante  las  protestas  que  desde 
lejos  les  dirigían  con  sus  lágrimas  la  multitud  de  muchachos,  al 
ver  como  sus  padres  y  sus  hermanos  volvían  á  llegarse  cerca 
de  aquello  que  les  parecía  tan  espantoso  peligro. 

Desgraciadamente  para  mí,  aquellos  mismos  que  en  el  ins- 
tante de  sentir  los  primeros  acordes,  creyeron  que  se  les  venía 
el  mundo  encima,  concluyeron  por  aficionarse  á  la  música,  de 
tal  manera  que  sólo  pude  soltar  el  acordeón  de  entre  mis  ma- 
nos, cuando  me  faltaron  las  fuerzas  para  vencer  la  resistencia 
de  los  fuelles. 

Más  de  dos  horas  habían  transcurrido  desde  mi  desembarco, 
cuando  el  cacique  Queirá  vino  á  sacarme  de  aquel  círculo  de 
Angaités  que  me  oprimía  con  sus  brutalidades,  diciéndome  por 
señas,  que  ya  era  la  hora  de  repartir  las  raciones. 

Acudí,  pues,  seguido  del  cacique  Michí  y  de  todos  los  indi- 
viduos de  su  tribu  hasta  el  pie  del  algarrobo,  bajo  cuya  som- 


( I )     Macana  es  un  arma  contundente  como  un  bastón,  fabricado 
con  palo  de  hierro. 


EXPLORACIONES.  I  I  ^ 


bra  los  Guanas  habían  establecido  su  campamento,  y  en  cuyo 
punto  estaban  amontonados  los  1 7  salva-vidas  correspondien- 
tes á  los  17  Guanas;  pues  que  dos  de  éstos  se  habían  consu 
mido  en  la  cena  de  la  noche  anterior,  y  supuse  que  los  2 1  que 
me  faltaban  los  tendrían  depositados  los  Angaités  en  su  inme- 
diata toldería. 

Formaron  los  Guanas  corro  y  recibieron  sus  raciones  de 
galleta,  azúcar  y  fariña  como  en  la  noche  anterior;  pero,  ¡cual 
no  fué  mi  asombro  al  ver  que  el  cacique  Michí,  imaginándose 
que  yo  tenía  el  deber  de  mantener  también  aquella  inmensa 
toldería,  había  formado  su  gente,  que  provista  de  grandes 
mat€s  (  i)  estaba  consentida  en  recibir  una  ración,  en  busca  de 
la  que  probablemente  habían  caminado  toda  la  noche  desde 
su  toldería  del  Apa ! 

No  podía  oponerme  á  sus  deseos,  porque  me  faltaba  la 
fuerza  para  convencerle  de  las  razones  que  me  asistían  para 
negarme  á  tan  descomedidas  exigencias ;  pero  desde  luego  me 
apercibí  del  hambre  que  me  esperaba  en  el  desierto. 

Cedí  sin  resistencia,  con  la  sonrisa  en  los  labios  y  metiendo 
terroncitos  de  azúcar  en  la  boca  de  los  niños  más  ariscos,  con 
lo  que  me  captaba  sus  simpatías  á  la  vez  que  la  de  sus  padres. 

Cinco  salva-vidas  se  consumieron  en  este  almuerzo,  por  lo 
que  sí  pronto  no  nos  poníamos  en  camino,  no  había  comida  ni 
para  48  horas,  porque  entre  los  indios,  como  entre  muchos 
cristianos,  no  existe  la  economía ;  pues  nadie  pescaba,  nadie 
cazaba,  nadie  tiraba  una  palma  para  comerse  su  cogollo,  sino 
que  Guanas  y  Angaités  cumplían  ávidamente  con  aquel  prover- 
bio español  que  dice:  La  del  pobre;  antes  reventar  que  sobre. 

Pues  revienten,  dije  yo,  resignándome  también  á  la  nueva 
situación  que  me  creaba  la  gula  del  gefe  de  los  Angaités,  tan 
estrictamente  secundada  hasta  por  los  niñitos  de  pecho,  que 
alargaban  su  matecito  como  cualquier  adulto. 

Retiróse  el  cacique  Michí  con  todos  los  suyos,  hacia  el  in- 


( I )     Calabazas  secas  que  sirven  de  cazuela. 


I  1 8  JUAN    DE    COMINGES. 

tenor  del  bosque  que  por  el  Sur  limitaba  aquella  pradera,  mien- 
tras que  el  cacique  Queirá  comía  conmigo  y  en  el  mismo  plato, 
la  rica  sopa  de  esponjada  fariña,  hecha  con  agua  hirviente  y 
azucarada,  la  que  parecía  agradarle  demasiado,  según  lo  satis- 
fecho que  embaulaba. 

Acabado  nuestro  desayuno,  los  Guanas  se  quedaron  dormi- 
dos, después  de  acomodarse  como  pudieron  bajo  la  copa  del 
algarrobo,  y  yo  me  ocupé  en  el  estudio  de  aquellos  contornos. 

Era  lá  esplanada  en  que  me  encontraba  un  lugar  verdade- 
ramente pintoresco.  Al  naciente,  el  río,  los  cerros  de  Pan  de 
Azúcar  y  los  bañados  territorios  brasileros  que  habitan  los  in- 
dios Mbayás.  Al  S.  E.,  cubierta  por  la  extremidad  de  una  isla, 
la  confluencia  del  río  de  las  Corrientes,  hoy  río  Apa,  los  Ce- 
rros de  Ita-Pucú-Mi  ( i )  y  el  fin  de  las  cordilleras  del  Paraguay, 
que  terminan  en  la  elevada  cadena  de  los  Cerros  del  Apa.  Al 
Sur,  la  punta  saliente  de  un  espeso  bosque  que  por  el  Este  li- 
mitaba en  el  río,  y  por  el  Oeste,  como  á  200  pasos  de  la  costa, 
dejaba  ver  una  abertura  por  la  cual  se  descubría  un  horizonte 
despejado,  volviendo  á  cerrarse  de  nuevo  hacia  el  poniente, 
como  una  extensa  cortina  que  á  mil  pasos  de  mí  se  corría 
hasta  el  N.  O.,  donde  empezaban  bañados  de  incalculable  pro- 
fundidad, que  llegaban  hasta  la  barra  del  pequeño  y  salitroso 
arroyo  que  he  llamado  de  los  Guanas. 

Nada  tiene  de  particular  la  vegetación  arbórea  de  esta  faja 
de  bosque,  que  llega  hasta  mi  campamento  y  está  muy  lejos 
de  encerrar,  al  menos  cerca  de  sus  orillas,  las  preciosas  espe- 
cies de  vegetales  que  he  visto  en  mi  primera  expedición,  du- 
rante la  travesía  de  la  inolvidable  Picada  del  Monte  Grande. 
Asimismo,  las  aves  y  las  plantas  acuáticas  que  pueblan  el  gran 
curiche  que  nos  encierra  por  el  N.  y  el  N.  O.,  no  son  tampoco 
tan  variadas  ni  tan  bellas  como  las  que  en  la  misma  época  pude 
observar  en  las  lagunas  del  Paraíso  y  Santa  Rosa. 

Ya  sabía  que  por  tierra  podrían  caminarse  al  N.  por  lo  me- 


(  I  )     Piedra  larga,  chata,  en  guaraní. 


EXPLORACIONES.  I  1 9 


nos  seis  ó  siete  leguas,  hasta  la  toldería  principal  del  cacique 
Michí,  que  como  tengo  dicho,  radica  media  legua  al  O.  de  la 
barranca  fronteriza  á  la  extremidad  inferior  de  la  isla  del  Apa, 
ó  sea  del  puerto  donde  desembarcamos  ayer  para  pasar  la 
noche. 

Sabía  también  que  por  el  N.  y  el  N.  E.  no  podría  pensarse 
en  penetrar  hacia  el  interior  del  Chaco,  y  por  consiguiente? 
imaginando  que  sólo  por  el  O.  estaría  nuestro  camino,  me 
dirigí  en  este  rumbo  hacia  la  cortina  de  bosque  que  por  allí 
cerraba  el  horizonte,  siguiendo  una  veredita  á  través  de  la 
pradera  cuyos  pastos  eran  tan  excelentes  como  fértil  la  tierra 
que  los  producía. 

Apenas  habría  caminado  50  pasos  dentro  del  bosque  del  O., 
cuando  asustado  de  mi  presencia  se  dispersó  por  entre  los 
matorrales  un  pequeño  rebaño  de  15  ó  20  ovejas  robustas, 
aunque  de  lana  muy  ordinaria,  contándose  entre  los  dispersos 
el  pastor  que  las  cuidaba,  que  era  un  muchacho  de  14  años,  á 
quien  yo  no  recordaba  haber  visto,  pues  me  hubiese  llamado 
la  atención  por  su  abundante  y  enmarañada  cabellera.  Sin  duda 
aquel  muchacho  ignoraría  quién  yo  era;  y  si  he  de  consignar 
mis  sospechas,  como  en  Michí  lo  creo  todo,  creo  también  que 
aquel  muchacho  era  un  esclavo. 

Siguiendo  mis  investigaciones  por  la  senda  adelante,  quedé 
extraordinariamente  sorprendido  al  encontrarme  con  recientes 
excrementos  de  caballo,  y  mucho  más  cuando,  fijándome  en  el 
suelo,  me  apercibí  de  que  por  todas  partes  estaba  estampada 
la  reciente  huella  de  numerosos  caballos. 

— ¿  Qué  significa  ésto.^^  dije  para  mí .  ¿De  quién  pueden  ser 
estos  caballos .^  ¿Miente  también  el  cacique  Queirá?  ¿Por  qué 
me  han  dicho  que  no  tiene  caballos?  ¿Qué  pensarán  hacer 
conmigo  estos  embusteros  .^^ 

Embebido  estaba  en  estos  pensamientos,  cuando  llegó  hasta 
mí,  y  muy  agitado  por  la  velocidad  de  su  carrera,  el  cacique 
Michí,  que  sin  duda  había  sabido  dónde  me  encontraba  por 
el  pastorcito  que  se  había  asustado  con  mi  presencia. 


I20  JCAN    DE    COMINGES. 


La  cara  del  cacique  Michí  tenía  un  no  sé  qué  de  más  sinies- 
tro y  repugnante  que  cuanto  feo  y  horrible  había  yo  visto,  du- 
rante las  pocas  horas  que  llevaba  entre  los  indios.  Su  boca 
despedía  espuma,  rayos  parecían  sus  miradas,  balbucientes 
eran  sus  palabras,  y  á  los  síntomas  de  sus  feroces  pasiones 
reveladas  en  los  rasgos  de  su  fisonomía  y  en  la  agitación  de  su 
voz,  se  unían  unos  ademanes,  que  no  dejaban  duda  de  sus  in- 
tentos, pues  hasta  el  rémington  que  yo  le  había  regalado  aún 
no  hacía  24  horas,  lo  traía  preparado  como  el  que  va  en  ojeo. 

— Me  va  á  matar  este  bárbaro,  me  dije  interiormente,  y  sin 
apartar  la  sonrisa  de  mis  labios,  aunque  la  palidez  debía  cu- 
brir mi  rostro,  y  pensando  siempre  en  si  tendría  que  recurrir 
á  mi  revólver,  á  dos  kilómetros  de  la  tribu  donde  no  me  que- 
daba otro  recurso  que  el  de  sesgar  al  N.  E.,  para  cortar  por 
el  bosque  hacia  el  bañado,  cruzar  éste,  desnudarme,  pasar  el 
río  á  nado,  y  buscar  un  refugio  entre  los  Mbayás,  que  era  lo 
mismo  casi  que  dejarme  matar  por  el  cacique,  le  mostré  un 
puñado  de  flores  cuando  tan  desentonadamente  acabó  de  pre- 
guntarme:— ¿Qué  haces  aquí? 

— Las  flores  que  nacen  en  estos  terrenos  de  tu  propiedad 
tienen  virtudes  medicinales  que  aprecian  mucho  los  cristianos. 

— Las  ovejas  no  son  mías,  dijo  el  cacique  Michí  un  poco 
desarmado  de  su  cólera. 

Se  sentó  como  entregado  á  una  lucha  interior  y  á  un  cú- 
mulo de  vacilaciones,  que  le  hacían  gesticular  y  articular  algu- 
nas palabras  que  no  comprendía,  y  yo  entretanto,  aproximan- 
do mi  lente  como  quien  cuenta  los  estambres  y  pistilos  de 
aquellas  flores  microscópicas,  exclamaba  de  vez  en  cuando 
como  entusiamado  con  mis  investigaciones  botánicas,  j  Ipo- 
naité !!  (i). 

Michí  me  contemplaba,  yo  creo  que  con  lástima,  viendo  en 
mí  un  ser  tan  inofensivo  y  tan  confiado. 


( I )     Hermosísimo,  en  idioma  guaraní. 


EXPLORACIONES.  I  2  I 


Ciertamente  que  hubiera  pensado  de  otro  modo,  si  hubiera 
podido  contar  los  latidos  de  mi  corazón,  que  mil  veces  pensé 
que  me  denunciaran. 

De  pronto  y  como  quien  toma  una  resolución  intempestiva, 
y  casi  casi  como  quien  quiere  provocar  una  disputa,  me  salió 
con  este  exabrupto : 

— Yo  no  quiero  acompañarte  hasta  los  toldos  de  los  Gua- 
nas. Mañana  te  vuelvo  al  Apa.  Toma  tu  fusil,  que  tampoco  lo 
quiero. 

Puedo  asegurar  que  hasta  aquel  instante  de  mi  vida  no  ha- 
bía sentido  un  dolor  moral  ni  físico  tan  inmenso  como  el  que 
produjeron  las  palabras  de  aquel  bárbaro.  Una  espada  de  dos 
filos,  penetrando  en  mi  corazón,  no  me  hubiera  lastimado  tanto. 
No  deben  matar  las  penas  cuando  yo  pude  sobrevivir  después 
de  congelarse  mi  sangre,  al  ver  perdidas  de  un  golpe  las  espe- 
ranzas más  risueñas  que  acaricié  en  mi  vida!! 

Reconcentré  todas  mis  fuerzas,  y  rebuscando  en  el  recinto 
de  la  hipocresía  una  sonrisa  que  llevar  á  mis  labios,  le  dije: — 
Como  tú  quieras,  pero  el  fusil  yo  te  lo  he  regalado  para  tu  de- 
fensa, y  cuando  me  traigan  más  de  Buenos  Aires,  voy  á  regalar 
uno  á  cada  uno  de  tus  soldados,  para  que  no  se  metan  contigo 
los  cadubeus  del  naciente. 

—  ¿Y  cuando  te  traerán  los  fusiles?  me  preguntó. 

— Cuando  les  mande  muchas  flores  como  éstas,  que  curan 
todas  las  enfermedades,  le  respondí. 

Hubo  otro  rato  de  silencio  al  cabo  del  cual,  agarrándome 
del  brazo,  me  llevó  fuera  del  bosque,  diciéndome  por  el  cami- 
no incesantemente  estas  dos  palabras: — Queivá yapü.     Queirá 

^'OpÚ,  ( I  ) 

¿Queirá  traidor .f^   ¡Dios  mío!   ¿Pues  qué  será  entonces  este 
miserable,  que  me  falta  á  su  palabra  sin  pretexto  alguno.^ 
Queirá  no  puede  ser  traidor,,  porque  si  lo  fuera,  sería  ei 


(i)     Traidor,  en  guaraní. 


122  JUAN    DE    COMINGES. 


más  sabio  de  los  hombres  por  haber  alcanzado  hasta  el  mérito 
de  disfrazar  á  su  propia  naturaleza  para  engañarme. 

Como  la  vereda  era  estrecha,  quise  colocarme  detrás  del 
cacique  como  para  darle  la  preferencia  de  marchar  él  primero, 
preferencia  que  tanto  envanece  á  los  indios,  según  las  obser- 
vaciones que  yo  había  hecho  en  el  Apa;  pero,  á  decir  verdad, 
esta  galantería  no  tenía  otro  objeto  que  el  no  llevar  tras  de  mí 
al  miserable,  que  podría  darme  una  puñalada  ó  un  tiro  por  la 
espalda. 

Cuando  llegábamos  cerca  del  campamento  de  los  Guanas, 
quise  yo  dirigirme  á  él  para  procurar,  aunque  fuese  valiéndome 
por  señas,  que  el  cacique  Queirá  disuadiese  á  Michí  de  aquella 
resolución  que  tanto  contrariaba  mis  propósitos;  mas  este  ca- 
cique, no  queriéndome  dejar  sólo  con  el  guana  después  de  lo 
ocurrido,  me  arrastró  consigo  hacia  el  bosque  de  la  ribera 
donde  acampaban  los  suyos,  no  sin  protestas  de  mi  parte  que 
pretendía  arrancarme  de  sus  manos,  manifestándole  que  iba 
á  buscar  una  lata  de  conservas,  para  que  nos  la  comiésemos 
juntos. 

Algo  debió  comprender  el  cacique  Queirá,  al  verme  tan  vio- 
lentamente arrastrado  hacia  el  bosque  por  el  cacique  Michí; 
pues  que  tomando  el  rémington  al  hombro,  con  paso  lerdo  y 
con  aquel  aspecto  frió,  indiferente  é  impenetrable,  se  acercó  á 
nosotros,  sin  demostrar  siquiera  con  un  ademán  que  compren- 
día mis  miradas  suplicantes  y  sin  aparentar  que  se  apercibía 
de  las  feroces  que  Michí  le  lanzaba. 

De  esta  manera,  acompañado  de  estos  dos  caciques  que 
sentimientos  tan  diversos  me  inspiraban,  penetré  en  el  campa- 
mento de  los  Angaités,  que  estaba  situado  en  un  claro  del  bos- 
que, bajo  cuya  frondosa  sombra  y  sobre  pieles  de  ciervo  ó 
andrajos  asquerosos  estaba  sentada  ó  tendida,  en  pequeños  gru- 
pos, aquella  muchedumbre  que,  creyendo  gozar  de  una  vida 
ociosa,  vegetaba  allí  entre  las  agonías  de  la  miseria. 

No  sin  que  los  niños  y  los  perros  manifestasen  su  desconten- 
to con  lágrimas  ó  ladridos,  me  senté  también  sobre  otro  cuero, 


EXPLORACIONES.  I  2  3 


que  un  simpático  joven  de  la  tribu  tuvo  la  galantería  de  ofre- 
cerme; y  acto  continuo  desenristré  mi  lente,  máscara  de  mis 
turbaciones,  y  arrancando  pétalos  y  desgarrando  ovarios,  con- 
tinué con  la  farsa  de  mis  investigaciones,  admirando  á  todos 
con  mis  exclamaciones  originales  y  con  la  insistencia  de  mi  tra- 
bajo. 

ínterin  yo  continuaba  al  parecer  absorto,  otra  escena,  para 
mí  de  terribles  consecuencias,  tenía  lugar  entre  los  dos  caciques. 

Queirá  se  había  sentado  silencioso  como  siempre,  sin  soltar 
de  sus  manos  la  carabina,  y  Michí  que  acababa  de  ofrecerme  los 
restos  de  un  pescado  que  el  otro  no  se  dignó  llevar  á  sus  la- 
bios, silencioso  también,  se  había  sentado  de  frente,  sin  soltar 
la  carabina  de  sus  manos. 

Débiles  y  apenas  articuladas  salieron  de  los  labios  del  Quei- 
rá dos  ó  tres  sílabas,  que  fueron  como  la  chispa  eléctrica  que 
hace  estallar  la  mina  de  dinamita  con  que  hoy  vuelan  los  esco- 
llos en  los  abismos  de  los  mares.  Verde,  rojo,  negro,  blanco, 
amarillo,  por  todos  los  colores  del  arco  iris  pasó  el  feo  y  de- 
primido rostro  del  cacique  Michí,  en  menos  de  dos  segundos, 
quien,  levantándose  como  un  gato  que  pudiera  lanzarse  sobre 
el  cuello  de  un  gigante,  juntó  sus  puños,  los  arrimó  á  los  ojos 
del  Queirá,  y  lanzó  una  serie  de  gritos  agudos  é  inarticulados, 
que  más  que  humanos  parecían  el  ahullido  de  una  hiena. 

— ¿Y  cómo  recibió  Queirá  aquellas  ofensas? 

Abierta  su  boca,  como  de  ordinario,  vaga  su  mirada  como 
siempre,  y  como  si  la  risa  asomase  por  las  ventanillas  de  su 
nariz  remangada,  frió  é  imperturbable,  rechazaba  aquella  des- 
carga de  rayos  y  centellas,  cual  un  muro  de  mármol  rechaza  la 
pelota,  tanto  más  lejos  cuanto  con  más  violencia  se  la  arrojanl 

I Y  yo  entretanto,  pavo  de  la  boda,  contaba  los  pétalos  de 
las  sinantéreas  y  de  las  papaveráceas  I ! 

Parecía  inminente  un  cataclismo ;  Queirá  no  tenía  más  que 
1 3  hombres.  Michí  tendría  30  útiles  para  tomar  las  armas;  pero 
lo  que  los  unos  podían  esperar  merced  al  número,  los  otros 
deberían  esperarlo  de  los  cinco  rémingtons. 


124  J^AN    DE    COMINGES. 


Yo  esperaba  por  instantes  el  desenlace,  creyendo  que  no 
pudiese  ser  otro  que  el  de  que  Michí  atravesara  de  un  balazo 
el  pecho  de  Queirá  ó  el  de  que  Queirá  aplastase  de  un  mano- 
tón la  deforme  cabeza  de  Michí. 

Pero  cualquiera  que  pudiera  ser  el  desenlace  de  la  tragedia, 
mi  resolución  estaba  tomada,  cual  era  ponerme  en  un  salto 
del  lado  de  los  Guanas,  arrojar  la  máscara  hipócrita  de  mi 
aparente  frialdad,  imponerme  á  aquel  puñado  de  indios,  y  no 
dejar  vivo  ni  un  solo  Angaité,  que  resistiese  el  ser  atado. 

¿Y  qué  hacían  los  Angaités?  ¿Qué  hacían  los  hermanos,  los 
sobrinos  y  yernos  de  Michí,  al  ver  á  su  jefe  y  pariente  tan  irri- 
tado? ¿Cuál  era  la  actitud  de  aquellos  guerreros,  al  ver  la  tor- 
menta que  sobre  sus  cabezas  se  condensaba? 

Las  madres  parecían  reconcentrar  sus  cinco  sentidos  en  lac- 
tar  á  sus  pequeñuelos  ó  en  mecerlos  en  las  hamacas  de  cara- 
guatá^ que  colgaban  de  los  árboles ;  los  ancianos  dormitaban 
entre  los  sucios  andrajos  que  les  servían  de  lecho;  las  mozas 
ensartaban  alegremente  semillitas  coloradas  para  formar  colla- 
res; los  jóvenes  aguzaban  flechas,  tejían  cuerdas  ó  cortaban 
leña,  y  los  muchachos  jugueteaban,  en  medio  de  esa  alegría 
tan  propia  de  su  inocencia. 

Volví  mis  ojos  hacia  ellos;  y  penetrando  aquel  cuadro  que 
tanto  resaltaba  por  los  colores  de  la  indiferencia,  no  tardé  mu- 
cho en  adquirir  el  convencimiento  de  que  también  los  Angaités 
sabían  contar  los  pétalos  de  las  papaveráceas  y  de  las  si- 
nantéreas. 

Mucho  rato  permaneció  Michí  en  aquel  arrebato  de  delirium 
tremens,  hasta  que,  tal  vez  agobiado  por  la  fatiga  ó  por  haber 
agotado  el  diccionario  de  las  maldiciones  y  de  los  dicterios, 
volvió  á  sentarse  de  nuevo  frente  de  Queirá,  quien  dejando 
escapar  otro  par  de  monosílabos,  se  levantó  y  salió  del  cam- 
pamento con  el  mismo  paso,  la  misma  actitud  y  las  propias 
maneras  con  que  en  él  había  entrado. 

Quedóse  el  cacique  un  rato  pensativo,  al  fin  del  cual  se 
levantó  poseído  de   otro  nuevo  vértigo;  gritó,  aulló,  rugió, 


EXPLORACIONES.  I  2  5 


dio  vueltas  en  torno  del  campamento,  hablando  con  unos  y 
otros,  cual  si  como  un  perro  rabioso  quisiera  comunicar  á  todos 
el  ataque  de  hidrofobia  en  que  se  revolvía  en  medio  de  furi- 
bundas contorsiones. 

Por  fin,  como  iluminado  por  una  idea  salvadora,  salió  del 
campamento  sobre  el  rastro  de  Queirá,  y  entonces  acabé  de 
persuadirme  que  no  era  sino  muy  aparente  la  indiferencia  de 
los  Angaités ;  pues  que  desde  la  salida  de  su  jefe,  comenzaron 
á  animarse  sus  conversaciones  como  quien  discute  asuntos 
serios. 

No  bien  Michf  hubo  desaparecido,  cuando  el  simpático  jo- 
ven que  me  había  proporcionado  el  cuero  que  me  sirvió  de 
cama,  habló  algunas  palabras  con  el  cacique  Tuya,  anciano 
venerable,  hermano  de  Michí,  cuyo  semblante  inofensivo  ya 
dije  que  inspiraba  confianza,  y  dirigiéndose  á  mí,  me  hizo  le- 
vantar de  mi  asiento  y  me  condujo  á  cierta  distancia  donde 
no  podíamos  ser  vistos,  en  cuyo  lugar  me  paró,  tomó  mi 
mano,  la  colocó  sucesivamente  sobre  su  corazón  y  sobre  su 
frente,  y  me  repitió  muchas  veces  la  palabra  lektesmá  (i)  que 
yo  la  repetí  á  mi  vez,  sospechando  que  pudiese  ser  una  mani- 
festación de  simpatía.  Muchas  otras  palabras  y  muchos  gestos 
y  ademanes  del  joven  Angaité  escuché  y  vi,  con  el  pesar  de  no 
poder  interpretarlos. 

Yo  estaba  enfermo  hasta  el  punto  de  que  mi  vista  se  des- 
vanecía. Quise  beber,  y  á  través  del  bosque,  el  mismo  joven 
me  condujo  al  río;  mas  apenas  asomamos  sobre  la  barranca, 
me  hizo  penetrar  de  nuevo  en  el  bosque,  temeroso  de  que 
conmigo  le  viera  el  cacique  Michí,  quien  más  al  N.  y  próximo 
al  puerto  donde  aquella  mañana  habíamos  desembarcado,  ges- 
ticulaba como  un  endemoniado  con  un  melenudo  viejo,  her- 
mano del  cacique  Queirá,  indio  muy  prestigioso  entre  los  suyos 
y  que  era  uno  de  los  aristócratas,  que  en  la  tarde  anterior  ha 
bían  rehusado  acercarse  á  recibir  la  cena  de  mis  manos. 


(i)  Amigo,  en  lengua  guana. 


126  JUAN    DE    COMINGES. 


Cuando  volví  al  campamento  de  los  Angaítés,  el  cacique 
Tuya  estaba  concluyendo  de  asar  un  p(uú  (i)  el  que  me  sir- 
vió con  la  mayor  limpieza  que  pudo,  colocado  sobre  una  hoja 
de  pandanus,  que  contenía  el  derrame  de  la  grasa  y  del  que, 
á  pesar  de  estar  apetitoso,  sólo  tragué  algunos  bocados  por 
no  desairarle.  Este  era  para  mí  otra  especie  de  martirio;  pues 
que  siendo  los  momentos  porque  atravesaba  de  los  más  crí- 
ticos en  que  puede  verse  un  hombre  que  necesitaba  de  amigos 
que  pudieran  ser  intercesores,  y  para  no  dejar  que  se  escapa- 
sen los  que  como  Tuya  se  presentaban,  tenía  forzosamente 
que  meter  por  la  boca  alimentos  que  rechazaba  el  estómago 
y  de  una  manera  la  más  irresistible;  sin  que  casi  pudiera  ocul- 
tar y  vencer  con  la  voluntad  las  manifestaciones  y  los  recla- 
mos de  un  organismo  inconsciente,  que  por  salvarme  de  una 
enfermedad,  comprometía  una  existencia. 

Como  en  mi  deseo  de  que  me  acompañasen  por  el  Chaco, 
había  protestado  de  mi  robustez  y  hecho  alarde  de  mi  tempe- 
ramento fuerte  é  infatigable,  cuando  los  indios,  para  no  llevar- 
me, alegaban  que  mi  constitución  débil  no  podría  soportar  las 
fatigas  que  me  aguardaban  en  el  desierto,  ridículo  para  mí  y 
peligroso  para  el  éxito  hubiese  sido  el  que  yo  alegase  mi  falta 
de  salud,  para  no  comer  de  los  manjares  que  con  tan  buena  fe 
me  presentaban;  porque  si  me  creían,  no  querrían  acompañar 
á  un  estafermo,  y  si  no  me  creían,  no  querrían  á  su  lado  al  que 
no  comprendía  su  generosidad  y  despreciaba  sus  costumbres. 

Tenía  que  hacerme  el  indiferente,  cuando  se  decidía  de  mi 
vida.  Tenía  que  estrechar  la  mano  del  que  me  traicionaba;  te- 
nía que  reir,  cuando  el  temor  y  la  pérdida  de  mis  ilusiones  me 
carcomían  las  entrañas.  Tenía  que  hacer  alarde  de  fortaleza 
física,  cuando  me  tambaleaba  como  un  ebrio;  y,  lo  que  es  peor, 
tenía  que  comer  cien  veces  el  mismo  alimento,  porque  cien  ve- 


(i)     Pescado  del  Rio  de  la  Plata.  Los  hay    de   algunas  arrobas 
de  peso. 


EXPLORACIONES.  I  2  7 


ees  el  estómago  lo  devolvía  á  la  boca  y  otras  tantas  la  boca  lo 
devolvía  á  mi  rebelde  estómago. 

Los  Angaités  entretanto  me  rodearon  de  nuevo  y  propor- 
cionándome cuerdecitas,  legumbres,  cuchillos  y  otra  multitud 
de  objetos,  me  instaron  para  que  ejecutase  ante  sus  familias 
todo  mi  repertorio  de  prestidigitación. 

I Y  era  preciso  complacerlos ! 

Mucho  rieron  con  mis  habilidades  aquellos  infelices,  y  mucho 
me  manotearon  con  sus  felicitaciones,  por  lo  que  comprendí, 
que  no  se  necesita  de  la  inspiración  del  arte  para  ser  un  Ma- 
callister  del  desierto. 

Al  terminar  este  ejercicio,  tan  penoso  para  quien  tiene  que 
hacer  reir,  cuando  comprimiendo  sus  propias  penas,  sólo 
aguarda  que  revienten  las  válvulas  de  su  corazón,  me  apercibí 
de  que  uno  de  los  salvavidas  estaba  colgado  de  una  rama. 
Entonces,  poniendo  mi  mano  sobre  él,  pregunté  al  Tuya  dónde 
se  encontraban  los  otros,  á  lo  que  me  respondió,  mostrándo- 
me la  senda  del  Sud,  que  Michí,  la  tarde  anterior,  los  había 
dejado  en  la  toldería. 

No  faltaba  más  que  esto. 

Michí  no  había  procedido  impremeditadamente  |  Su  crimen 
estaba  preparado  desde  la  tarde  anterior  I  Y  ¿quién  sabe  si 
desde  el  Apa,  por  algún  cristiano  ? 

El  afligido  semblante  con  que  el  Tuya  me  participó  el  robo 
de  su  hermano,  debía  contrastar  horriblemente  con  lo  alegre 
y  satisfecho  que  yo  me  puse  al  enterarme  de  que  estaba  ven- 
dido, una  vez  más,  por  la  malicia  de  los  cristianos  1 1 1 

¿  Sería  el  Tuya  tan  hipócrita  como  yo? 

No  pude  resistir  más.  Resuelto  á  todo,  salí  con  dirección 
al  campamento  guana  para  arrojarme  á  los  pies  de  «u  cacique 
y  pedirle  que  me  matara,  antes  que  hacerme  regresar  al  Apa, 
donde  me  aguardaban  las  rechiflas  de  un  mundo,  que  se  en- 
gaña  á  sí  propio  creyéndose  justo,  porque  compra  las  cosas 
por  lo  que  valen,  pero  nunca  paga  lo  que  cuestan. 

Por  ser  ya  cerca  del  medio  día,  é  imaginando  que  ya  ten- 


128  JUAN    DE    COMINGES. 


drían  apetito,  esperaba  yo  encontrar  á  los  Guanas  impacientes 
de  mi  tardanza  y  que  sería  por  lo  tanto  recibido  con  aclama- 
ciones ;  pero  comprendí  mi  engaño,  en  presencia  del  cuadro 
que  bien  pronto  se  presentó  ante  mis  ojos. 

Cerca  de  aquel  algarrobo,  único  testigo  de  las  nuevas  des- 
dichas que  me  aguardaban  y  á  cuyo  pie  estaba  sentado  con  un 
semblante  muy  satisfecho  el  cacique  Michí,  formaban  todos  los 
guanas  un  estrecho  círculo,  como  para  impedir  que  se  escapase 
ó  que  se  golpease  un  indio  que,  sometido  á  un  acceso  gene- 
ral de  epilepsia,  se  agitaba  en  las  convulsiones  más  violentas, 
desgarrando  las  ropas  que  le  cubrían,  tronchando  las  flechas 
que  antes  había  arrojado  por  el  suelo  y  mesándose  sus 
luengos  aunque  escasos  cabellos. 

Al  acercarme  al  corro,  los  mismos  indios  que  la  tarde  ante- 
rior habían  jugueteado  conmigo  tan  amistosamente,  me  diri- 
gieron miradas  amenazadoras,  como  fanáticos  que  sentían  la 
presencia  de  un  intruso,  que  los  sorprendía  en  medio  de  las 
ceremonias  de  un  culto  tan  ridículo  y  extravagante. 

Volví  la  espalda  al  espectáculo  de  donde  se  me  arrojaba 
con  la  vista,  y  ya  me  dirigía  hacia  el  árbol,  á  cuya  sombra  es- 
taba sentado  el  angaité,  cuando  antes  de  dar  cuatro  pasos, 
me  siento  agarrado  del  brazo  por  aquel  lunático,  que  desnudo 
y  ensangrentado  por  sus  propias  uñas,  y  en  medio  de  un  es- 
tertor que  apenas  le  permitía  articular  algunas  frases,  y  segui- 
do por  todos  los  de  su  tribu,  con  el  más  respetuoso  silencio, 
me  oprimió  como  una  tenaza,  magullando  mi  carne;  me  señaló 
al  Norte,  y  entre  aullidos  y  carcajadas  me  gritó  junto  á  la 
oreja  en  tono  interrogativo  una  multitud  de  voces,  entre  las 
que  sólo  pude  entender  distintamente  la  palabra  Curumbá 
repetida  más  de  treinta  veces. 

Cuando  callaba,  como  quien  espera  una  respuesta,  si  no  me 
interrogaba  con  la  palabra,  lo  hacía  por  medio  de  tirones  que 
á  mi  brazo  daba  como  si  pretendiera  descoyuntarle,  y  yo  con- 
templándole impasible,  como  quien  compadece  á  su  verdugo, 
no  sabía  qué  admirar  de  preferencia,  si  el  ensañamiento  con- 


EXPLORACIONES .  I  2  g 


migo  de  aquel  loco  ó  la  fria  indiferencia  con  que  todos,  incluso 
el  cacique  Queirá,  contemplaban  mi  martirio,  sin  tenderme 
una  mano  compasiva. 

Por  fin,  el  Queirá  se  acercó  al  cacique  Michí,  le  hizo  que 
tradujera  algunas  palabras  en  las  que  me  decía  gue  Dios  les, 
había  dicho  que  yo  era  íin  traidor  que  queria  aprender  los  ca- 
minos del  Chaco,  para  volver  con  mucha  gente  con  objeto  de 
cautivar  d  los  indios  para  venderlos  en  Curtimbá! 

Tienen  los  cristianos  la  piadosa  creencia  de  que  al  acercar- 
se los  últimos  instantes  de  la  vida,  y  cuando  ya  solo  un  hilo 
imperceptible  les  une  á  la  existencia  material,  Dios  les  conce- 
de un  rayo  de  su  divina  sabiduría,  para  que  al  desprenderse 
de  la  tierra,  puedan  despreciarla  como  merece,  y  vuelen  feli- 
ces, y  contentos  hacia  el  foco  de  la  verdad  eterna. 

Muy  cerca  de  ese  trance  debía  encontrarme  yo,  porque  las 
palabras  del  cacique  Guana  habían  llevado  á  mi  espíritu  ese 
rayo  de  luz  que  despejó  las  tinjeblas  que  me  rodeaban  desde 
las  primeras  horas  de  la  mañana. 

No  era  Dios  el  que  al  calumniarme  decretaba  la  sentencia 
de  mi  muerte.  No  lo  era  tampoco  el  desgraciado  mago  de  la 
tribu.  No  lo  era  tampoco  el  corrompido  Michí  que  había  sedu- 
cido al  hechicero,  no  lo  era  en  fin  el  crédulo  jefe  de  los  Gua- 
nas que  tenía  el  deber  de  sacrificarme  para  la  salvación  de  sus 
estados,  y  para  el  castigo  más  ejemplar  de  los  traidores.  Éralo 
sí,  un  cristiano  que  vivía  bajo  el  am.paro  de  una  sociedad 
civilizada,  cuyas  leyes  jamás  castiga  tan  pequeñas  faltas;  nunca 
he  sentido  más  conmiseración  hacia  los  indios,  que  cuando  se 
preparaban  para  martirizarme,  y  nunca  he  sentido  menos  el 
separarme  de  una  vida  que  debe  valer  muy  poco,  por  cuanto 
que  la  mía  había  sido  vendida  por  un  puñado  de  plumas  de 
avestruz ! 

Yo  levanté  la  cabeza,  y  con  una  dignidad  y  energía  que 
les  dejó  admirados,  le  dije  al  Queirá,  que  eso  era  una  men- 
tira fraguada  por  las  gentes  del  Apa,  que  explotan  á  los 
indios,  y  que  desean  mi  muerte  para  impedir  que  les  enseñe 

9 


130  JUAN    DE    COMINGES. 

el  valor  de  sus  productos,  y  temiendo  que  el  degradado  Michf 
no  tradujera  fielmente  mis  palabras  agarré  puñados  de  plu- 
mas, é  hice  como  que  los  cambiaba  por  azadones,  señalé  cue- 
ros y  manifesté  que  los  trocaba  por  cuchillos,  tendí  mi  mano 
hacia  el  Apa  gritando:  enemoateá  yapú^  y  abrazando  al  Queirá 
que  parecía  absorto  con  mis  palabras,  le  dije  repetidas  veces: 
lektesmá!  lektesmá! 

Habló  éste  algunas  palabras  con  su  hermano,  que  no  era 
otro  el  desgraciado  brujo,  sino  el  mismo  que  una  hora  an- 
tes había  visto  gesticulando  con  Michí  al  pie  de  la  barranca, 
y  quien  abriendo  su  formidable  tenaza,  me  dejó  entre  las 
manos  de  su  cacique,  el  que  me  condujo  hasta  el  pie  del 
árbol  donde  me  hizo  sentar  de  una  manera  tan  brusca  que 
era  como  si  me  arrojase  á  tierra. 

Hecho  esto,  dio  algunos  pasos  hasta  los  suyos,  y  tomando 
al  cacique  Michí  por  el  brazo,  del  mismo  modo  que  yo  lo 
había  sido  por  el  brujo,  aunque  sin  ademanes  descompuestos, 
entabló  con  él  un  diálago  que  yo  no  podía  entender;  pero 
que  debía  ser  interesante  por  cuanto  que  todos  los  indios, 
incluso  el  hechicero,  lo  escuchaban  estupefactos.  Por  su  parte 
Michí,  por  lo  dulce  y  meloso  de  su  palabra,  no  parecía  el 
hidrófobo  que  una  hora  antes  aproximaba  los  puños  al  rostro 
de  un  gigante  á  quien  ahora  contemplaba  levantando  la  ca- 
beza como  quien  mira  al  cielo. 

¿Sabré  algún  día  lo  que  allí  se  dijo?  El  tiempo  lo  dirá. 
Concluido  el  diálogo,  que  á  pesar  de  la  sumisión  de  Michí 
y  déla  monotonía  del  Queirá  parecía  una  reyerta,  marchó  el 
primero  hacia  su  campo;  mientras  que  el  segundo,  dirigió 
breves  palabras  á  su  gente  y  todos  juntos  se  dirigieron  al  río 
donde  se  bañaron,  y  frotaron  mucho  el  cuerpo  del  epiléptico, 
subiéndole  después  hasta  el  algarrobo,  bajo  cuya  copa  le 
acostaron  en  un  estado  de  postración  digno  de  lástima,  y 
cuando  todos  estuvieron  reunidos  en  el  campamento,  el  ca- 
cique me  hizo  seña  de  que  repartiese  las  raciones,  lo  que 
obedecí  en  el   acto,  haciendo  todo  bajo  la  misma  forma  que 


EXPLORACIONES.  I3I 


en  la  mañana,  incluso  la  sopa  de  fariña  de  la  que  el  cacique 
no  quiso  probar  bocado,  lo  que  me  demostró  que  no  le  había 
convencido. 

Como  yo  tampoco  comiese,  se  me  acercó  Queirá  con  su 
carabina  y  un  cuchillo  en  la  mano  para  que  sirviéndome  de  él 
como  destornillador,  le  enseñase  cómo  se  armaba  y  desarma- 
ba, lo  que  también  hice  convencido  de  que  se  trataba  de 
aprovechar  mis  conocimientos  durante  las  pocas  horas  que  ha- 
bíamos de  estar  juntos. 

Como  con  el  mayor  deseo  de  servirle  y  enseñarle,  me  puse 
á  hacer  el  ejercicio  del  arma  con  todos  sus  tiempos  y  posicio- 
nes, lo  que  gustó  mucho  á  él  y  á  todos  cuantos  le  acompaña- 
ban, algunos  de  los  cuales  se  me  acercaron  menos  arrogantes  é 
imitando  mis  movimientos  con  los  cuatro  fusiles  que  tenían, 
concluyeron  por  adiestrarse  y  manejar  el  rémington  como  bue- 
nos veteranos. 

Algo  alentado  al  ver  el  nuevo  aspecto  que  presentaban  las 
cosas,  saqué  del  morral  un  puñado  de  cartuchos,  y  colocando 
en  el  algarrobo  una  hoja  de  mi  libro,  me  separé  cuarenta  pasos 
é  hice  un  disparo,  que  naturalmente  después  de  dar  en  eí  blan- 
co, penetró  profundamente  en  la  madera  del  algarrobo.  Quiso 
el  Queirá  probar  su  arma  é  hizo  fuego  sobre  el  blanco,  pero 
como  no  apoyase  la  culata  del  arma  sobre  el  hombro,  por  más 
que  yo  se  lo  había  prevenido,  recibió  un  golpe  tan  fuerte,  que 
lo  atribuyó  á  defecto  de  su  carabina,  que  en  el  acto  cambió 
por  la  mía.  Entonces  yo  recogí  la  suya  é  hice  consecutivamente 
una  docena  de  disparos  en  mucho  menos  de  un  minuto,  que 
dieron  todos  en  el  blanco,  lo  que  produjo  repetidas  aclamacio- 
nes, y  lo  que  dio  por  resultado  que  la  mayor  parte  de  los  An- 
gáités  se  vinieran  á  presenciar  el  ejercicio,  concluyendo  porque 
todos  los  que  tenían  carabina  hicieran  repetidos  disparos  tan 
rápidos  y  certeros  como  les  míos,  con  lo  cual  quedaron  muy 
contentos. 

El  ruido  de  las  descargas  acabó  por  despertar  al  mago  que 
nos  miraba  á  todos  con  semblante  estúpido  sin  saber  lo  que 


132  JUAN    DE    COMINGES. 


ocurría  en  torno  suyo :  y  como  el  que  deseando  salvarse  se 
agarra  á  un  yerro  candente,  corrí  yo  á  mi  cazuela  de  lata  donde 
aún  estaba  intacta  mi  comida,  y  se  la  llevé  á  aquel  energúme- 
no como  quien  no  conserva  la  más  ligera  sombra  de  resenti- 
miento, rasgo  que  me  valió  de  mucho,  tanto  más  cuanto  que 
el  enfermo  acabó  con  ella  con  unos  ademanes  que  demostraban 
que  en  su  vida  había  probado  nada  más  apetitoso. 

Tan  pronto  como  terminó,  le  recogí  la  cazuela  y  la  cuchara, 
y  le  entregué  un  cigarro  encendido  que  recibió  sin  mirarme,  y 
repartí  algunos  otros  entre  los  indios  principales  sin  excluir  al 
cacique  Michí,  que  se  permitía  conmigo  ciertas  bromitas,  como 
las  que  el  gato  suele  gastar  con  el  ratón  antes  de  devorarlo. 

Cuando  más  distraídos  estaban  los  indios  en  el  ejercicio  de 
las  armas  y  cuando  yo  estaba  procurando  por  señas,  las  más 
expresivas,  que  el  Queirá  comprendiera  mi  deseo  de  hacer 
hasta  las  montañas  del  Oeste  un  camino  carretero,  para  traer- 
les fusiles  y  azadones  á  cambio  de  plumas,  un  mozo  que  estaba 
pescando  vino  gritando  hacia  nosotros  itéuy  ité?i,  (i) 

Todos  corrimos  hacia  donde  confluye  con  el  río  el  arroyo 
de  los  Guanas,  y  desde  lo  alto  de  la  barranca  vimos  en  rumbo 
N.  E.  y  como  á  la  distancia  de  tres  leguas,  dos  columnas  de 
humo,  que  por  lo  elevadas,  cilindricas  y  verticales,  más  parecían 
proceder  de  una  grande  chimenea  que  del  incendio  de  una 
pradera. 

No  pareció  muy  agradable  este  espectáculo  á  los  indios  de 
ambas  tolderías,  y  menos  me  lo  pareció  á  mí,  porque  el  caci-- 
que  Michí,  que  deseaba  mi  ruina  á  toda  costa,  aprovechó  aque- 
lla circunstancia  para  volver  á  privarme  de  las  simpatías  que 
iba  recobrando,  lo  que  consiguió,  haciendo  creer  á  todos,  que 
aquel  humo  eran  señas  que  se  hacían  de  acuerdo  conmigo,  y 
que  los  disparos  nuestros  eran  mi  respuesta.  Todo  lo  cual  pude 
presumir  por  los  antecedentes,  por  algunas  de  sus  palabras  y 
por  las  consecuencias. 


(i)     Humo,  en  guana. 


EXPLORACIONES.  I  3  3 


De  nada  sirvió  lo  grosero  de  la  mentira;  todos  le  creyeron 
como  á  un  oráculo,  sin  pararse  á  considerar  que  los  que  aca- 
baban de  prender  aquel  fuego,  no  podían  oir  las  detonaciones 
de  nuestras  armas,  á  través  de  tres  leguas  de  bosques. 

En  el  acto  unos  indios  echaron  al  agua  las  canoas  que  es- 
taban á  la  orilla,  y  las  llevaron  á  esconder  al  arroyo  de  los 
Guanas,  cuya  barra  estaba  casi  en  seco ;  se  retiraron  de  la 
costa  los  que  pescaban,  y  nosotros  cargamos  todos  nuestros 
efectos  para  trasladar  el  campamento  algo  más  al  Sud  y  tras 
de  la  punta  saliente  del  bosque  inmediato  al  río,  sin  que  en  el 
resto  de  la  tarde  se  permitiera  hacer  más  disparos,  ni  que  indio 
alguno  se  presentara  á  la  vista  de  la  barranca. 

Como  el  cacique  Queirá  y  su  hermano  el  brujo  se  quedaron 
rezagados  cerca  del  algarrobo,  mientras  que  los  demás  cami- 
naban apresurados  para  dejar  sus  bolsas  al  Oeste  del  bosque 
saliente,  yo  aproveché  esta  ocasión,  y  con  el  morral  á  la  espalda 
y  un  salvavidas  al  hombro  y  la  carabina  en  la  mano,  me  acerqué 
y  les  hice  comprender  entre  señas  y  palabras,  que  el  cacique 
Michí  era  traidor ;  que  había  robado  2 1  salvavidas,  y  que  yo 
era  amigo  de  los  Guanas.  Ellos  me  miraron;  cambiaron  todavía 
algunas  palabras  y  salieron  conmigo  hacia  el  nuevo  campa- 
mento, desde  donde  á  cien  pasos  más  al  Sud  y  entre  los  ár- 
boles del  bosque,  se  veía  á  los  Angaités  apagando  sus  fo- 
gones. 

Hízome  sentar  el  cacique  en  el  suelo  cerca  de  mis  mantas, 
sobre  las  cuales  dejé  morral  y  carabina,  y  como  nadie  me  ha- 
blase y  era  mirado  con  desprecio  por  cuantos  pasaban  á  mi 
lado,  tomé  el  partido  de  hacer  que  me  distraía,  volviendo  á 
examinar  con  el  lente  las  florecitas  de  la  pradera,  lo  que  lla- 
mó mucho  la  atención,  principalmente  de  los  jóvenes,  quienes 
emplearon  el  resto  de  la  tarde  en  reírse  de  lo  que  les  parecía 
el  más  necio  de  los  entretenimientos. 

Cuando  llegó  la  noche,  indiqué  al  cacique  si  quería  que  re- 
partiese las  raciones,  á  lo  que  dijo  ásperamente  que  nó,  sin 
duda  porque  los  Angaités  andaban  cerca. 


134  JUAN    DE    COMINGES. 

Poco  después  se  acercó  al  sitio  donde  estaban  las  mantas  y 
me  dijo  que  las  extendiera.  Obedecí  y  entonces  tomando  una 
de  mis  manos,  y  como  impulsado  por  un  arranque  de  genero- 
sidad, y  como  para  que  me  tranquilizase  acerca  de  mi  suerte, 
me  hizo  seña  de  que  al  salir  la  luna  me  llevaría  por  el  camino 
del  Apa  para  dejarme  en  ella,  y  después  de  esto,  tapándome 
la  boca  como  si  no  quisiera  escuchar  ninguna  de  mis  protes- 
tas, me  hizo  acostar  y  se  acostó  á  mi  lado,  cuyo  ejemplo  si- 
guieron todos  los  indios,  creo  que  sin  dejar  un  solo  centinela. 

¡  Me  llevan  al  Apa  I 

I  Desconfían  de  mí  I 

I  Ya  no  quieren  los  indios  acompañarme ! 

[  Y  todavía  piensa  este  cacique  que  me  presta  un  servicio  al 
conservar  una  vida  que  estimo  menos  que  las  ilusiones  que 
tan  piadosamente  me  arranca ! ! 

¡Oh  Providencia!  Si  es  cierto  que  lees  en  el  alma  de  los 
hombres;  si  sabes  que  solo  el  amor  hacia  tu  obra  más  perfec- 
ta era  el  móvil  que  guiaba  mis  pasos  al  desierto;  si  sabes  que 
este  amor  me  infundía  sobrada  fortaleza  para  soportar  todas 
las  privaciones,  todos  los  insultos,  todos  los  azotes,  y  todos 
los  peligros,  con  tal  de  resolver  ese  enigma  que  ocultas  desde 
el  sexto  día  de  la  creación  para  que  lo  descifre  un  valiente, 
¿por  qué  me  consideras  indigno  de  aquella  gloria  que  conce- 
diste al  mártir  Juan  de  Ayolas? 

Razón  tenía  el  epiléptico.  Tú,  tú,  tú  y  nadie  más  que  tú 
eres  el  que  le  hizo  decir  que  yo  no  debía  penetrar  en  el  Cha- 
co. No  fueron,  nó,  las  gentes  del  Apa,  las  que  inventaron  la 
calumnia  que  había  de  acabar  con  mi  vida,  ó  con  mis  ilusio- 
nes; ellos  no  fueron  sino  los  viles  instrumentos  de  que  te  va- 
les para  cumplir  tus  designios  misteriosos ! ! 

¿  Volveré  de  nuevo  á  esa  sociedad  que  á  estas  mismas  ho- 
ras ya  estará  aplaudiendo,  satisfecha  con  el  escándalo,  los 
insultos  que  me  lancen  por  la  espalda  mis  cobardes  detrac- 
tores I 

No. 


EXPLORACIONES .  I  3  5 


Volveré  al  Apa;  pero  será  para  comprar  una  canoa,  lan- 
zarme río  abajo,  y  entregarme  á  los  orejudos  de  San  Salva- 
dor, á  fin  de  que  más  piadosos  que  estos  indios,  tengan  siquie- 
ra la  generosidad  de  cautivarme;  pero,  ¡que  yo  vea  el  Chaco! ! 

Yo  no  sé  si  estos  pensamientos  serían  súplicas  ó  quejas, 
preces  ó  maldiciones;  pero  es  lo  cierto  que,  como  penetrado 
de  la  inmensa  plenitud  de  mi  desgracia  ya  nada  tenía  que  te- 
mer, me  quedé  dormido,  sin  que  los  ruidos  de  la  noche,  que 
son  en  el  Chaco  mayores  que  los  del  día,  sirvieran  para  impe- 
dir una  necesidad  tan  reclamada  por  mi  cuerpo  y  por  mi  es- 
píritu. 


Dia  8  de  Octubre. 

Dormía,  como  pueden  dormir  los  condenados,  en  la  víspera 
del  suplicio,  cuando  sentí  que  me  tocaban  la  cara  dulcemente. 
Era  el  cacique  que  arrodillado  sobre  una  parte  de  la  manta  que 
le  había  servido  de  lecho,  y  perdida  la  gravedad  que  constituía 
su  tipo,  me  hacía  señas  tan  precipitadas  como  intraducibies, 
por  más  que  imaginé  que  algo  muy  grave  ocurriría  cuando 
tanto  se  habían  descompuesto  los  resortes  de  aquel  autómata 
imperturbable;  pues  que  sus  miembros  se  dirigían  sucesiva- 
mente al  cielo,  á  la  tierra,  al  Nordeste,  al  bosque,  al  río,  á  la 
pradera  y  á  mi  carabina;  cuando  el  endurecido  músculo  que  de- 
bía servirle  de  corazón  se  agitaba  con  tanta  frecuencia  y  con 
tanto  ruido  como  los  mazos  de  un  batán,  y  cuando  marcaba  el 
compás  de  tan  estrepitosos  latidos  con  una  respiración  que,  más 
que  de  un  cacique,  parecía  la  de  un  perro  fatigado. 

Si  su  espesa  cabellera  y  la  oscuridad  de  una  noche  en  que 
ni  las  estrellas  se  veían  me  lo  hubiesen  permitido,  tal  vez  yo  ha- 
bría descifrado  en  la  expresión  de  su  semblante  el  enigma  que 
parecía  proponerme  con  su  profunda  emoción  y  con  sus  ex- 
trañas actitudes. 


136  JUAN    DE    COMINGES. 


¿Dormía  yo  aún?  ¿Sería  tan  sonámbulo  el  cacique  como 
epiléptico  su  hermano  ? 

Pero  no  puede  ser  esto,  porque  en  torno  mío,  veo  entre 
sombras  agitarse,  y  en  medio  del  mayor  aturdimiento,  multi- 
tud de  fantasmas  melenudos  que  se  ciñen  el  enkilsike  (i)  se 
afirman  el  ukaskabál  (2)  se  meten  el  nortemá  (3)  se  cuelgan  el 
7iatjabá  (4)  y  se  abren,  y  se  bajan,  y  rebuscan  á  tientas,  flechas 
cuyas  cañas  chocan  entre  sí  y  arcos  que  se  golpean  unos  á 
otros ;  ruidos  únicos  que  se  perciben  en  medio  de  aquel  espec- 
táculo imponente  cuanto  silencioso. 

No;  yo  no  duermo. 

No;  Queirá  no  sueña,  porque  si  él  soñase,  sería  entonces 
el  jefe  de  una  tribu  de  sonámbulos. 

¡El  imponente,  el  severo,  el  grave,  el  circunspecto,  el  ro- 
busto, el  imperturbable,  el  gigantesco  indio,  jefe  de  los  Guanas, 
tiene  miedo ! 

Grande  pues,  debe  ser  el  peligro,  cuando  así  arrastra  por 
el  suelo  su  representación,  su  dignidad,  y  los  antecedentes 
belicosos  de  su  raza. 

El  jefe  está  anonadado,  los  indios  aturdidos  y  los  veteranos 
de  hace  pocas  horas  tiemblan  tanto,  que  no  aciertan  á  meter 
un  cartucho  por  la  recámara  del  rémington  y  me  presentan  sus 
fusiles  para  que  yo  se  los  cargue. 

Yo  también  me  armo,  pero  no  sé  contra  quién. 

Acabo  de  despertarme;  todos  me  rodean  como  si  yo  fuese 
un  parapeto ;  miran  hacia  el  bosque  que  nos  separa  de  la  ribera 
y  á  cuya  orilla  occidental  estamos  acampados,  y  el  cacique 
Queirá,  desesperado  de  que  no  le  entiendo,  repite  sus  movi- 
mientos y  los  acompaña  con  algunas  palabras. 

¡Oh,  Providencia!  ¡Has  hecho  el  único  milagro  que  podía 
salvarme  I 


(i)  Tapa-rabo. 

(2)  Peine  grande  de  madera. 

(3)  Poncho  pequeño  que  les  llega  solo  á  la  cintura. 

(4)  Bolsa  de  red. 


EXPLORACIONES.  I  3  7 


Todo  lo  he  comprendido.  Los  indios  Mbayás  están  en  el 
bosque  que  se  extienc^e  á  nuestro  lado ! 

Queirá  me  ha  señalado  al  Nordeste,  hacia  donde  ayer  tarde 
vimos  el  humo  que  nos  hizo  mudar  de  campamento,  y  ha  dicho 
Mbayás;  itén  enemoaieás;  luego  ha  corrido  su  mano  poco  á 
poco  hasta  el  Oeste,  como  marcando  el  paso  de  los  enemigos, 
é  imitando  después  cual  si  remase  por  un  arroyo,  se  ha  llevado 
su  dedo  á  la  oreja,  como  si  dijera:  yo  los  he  escuchado.  Luego 
me  ha  señalado  el  bosque  y  ha  juntado  sus  dos  manos  me- 
neando muy  de  prisa  todos  sus  dedos  queriendo  decir,  que  hay 
muchos.  En  seguida,  ha  señalado  el  lugar  por  donde  sale  la 
luna,  y  trazando  en  el  aire  un  arco  con  el  brazo  por  radio,  ha 
dicho  pelsíein^  dando  á  entender  que  seremos  atacados  al  salir 
la  luna,  y  por  fin,  tocando  su  carabina,  señalando  al  bosque  y 
repitiendo,  almanta,  almamá^  (i)  me  ha  querido  decir,  que 
nuestros  enemigos  tienen  fusiles. 

j  Y  por  qué  me  rodean  estas  gentes? 

¿Y,  por  qué  me  cuenta  el  cacique  sus  temores  } 

Porque  unos  y  otros  tienen  la  secreta  intuición  de  la  inferio- 
I  ridad  de  su  raza. 

Porque  todos  han  adivinado  que  si  yo  no  los  salvo  están 
perdidos. 

¿Y,  cuáles  son  mis  emociones  y  mis  pensamientos  en  medio 
de  esta  nueva  situación  que  me  crean  las  circunstancias .^^ 

Si  al  despertar  de  mi  sueño,  la  postura  humillante  del  Queirá 
hubiera  tenido  por  objeto  decirme:  t perdóname  si  ayer  mal 
informado  me  resolví  traicionarte,  y  prepárate,  que  ya  nos  va- 
mos al  interior  del  Ghaco » ;  esta  confesión  y  esta  promesa  no 
me  hubiera  proporcionado  nunca  un  placer  tan  grande  como 
el  que  sentí  al  oirle  decir :  « de  tí  depende  nuestra  salvación  » . 

Las  emociones  sufridas  durante  el  día  anterior,  en  que  tres 
veces  me  vi  remontado  sobre  el  pináculo  de  mis  deseos,  y  otras 
tantas  me  preparé  resignado  al  sacrificio ....  aquellos  saltos 


(i)     Arma  de  fuego,  fusil  ó  carabina. 


138  JUAN    DE    COMINGES. 


bruscos  del  Capitolio,  á  la  Roca  Tarpeya  y  de  la  Roca  Tar- 
peya  al  Capitolio,  habían  destruido  por  completo  las  fibras  de 
mi  sensibilidad.  Cuando  el  cacique  Queirá,  haciéndome  el  ser- 
vicio de  no  matarme,  me  dijo  que  al  salir  la  luna  me  llevaría 
al  Apa,  concluyó  también  con  mis  deseos  y  esperanzas.  Al  dor- 
mirme yo,  era  un  imbécil,  que  no  solo  suspendía  los  fenómenos 
de  la  vida  de  relación,  sino  que  saldaba  sus  cuentas  con  el  mun- 
do. Que  me  arrojasen  al  río;  que  me  llevasen  al  Apa;  que  me 
aplastasen  de  un  macanazo,  que  era  lo  más  posible,  en  todo 
esto  no  encontraba  diferencias  tan  notables  que  merecieran  la 
pena  de  preocuparse  en  la  elección. 

Así  pues,  cuando  al  despertarme  en  medio  del  naufragio,  se 
me  presentó  en  la  lucha  una  tabla  que  acaso  podría  condu- 
cirme gloriosamente  al  puerto  de  mis  ilusiones  ¿no  había  de 
prenderme á  ella  bendiciendo  mi  destino? 

Yo  estaba  arrodillado  sobre  mi  manta,  y  el  cacique  y  sus 
indios  me  rodeaban,  sentados  también  sobre  sus  talones  como 
para  no  destacar  sus  negros  bultos  sobre  la  leve  claridad  de 
un  horizonte  tan  oscuro  como  ellos  mismos.  Todos  miraban 
alternativamente  hacia  el  bosque  y  hacia  mí,  cual  si  de  aquel 
lado  esperasen  el  peligro  y  del  mío  la  salvación.  Todos  pare- 
cían decirme:  ¿Qué  hacemos? 

El  interés  y  la  necesidad  me  mandaban  resolver,  y  resolví. 

Tomé  las  manos  del  brujo  y  del  cacique,  é  imitando  las  ac- 
ciones  y  palabras  del  compasivo  joven  angaité,  las  oprimí  con- 
tra mi  corazón  las  apoyé  sobre  mi  frente  diciéndoles :  Cristiano 
lektesmá  guana;  á  lo  que  ellos  y  algunos  de  los  otros  indios 
repitieron  en  voz  muy  baja  y  entonación  muy  satisfecha;  lektes- 
máa 

Después  tocando  las  cinco  carabinas  y  fingiendo  con  la  mía 
que  hacía  muchos  disparos  precipitadamente,  con  los  que  caían 
gentes  á  tierra,  les  hice  comprender  la  importancia  de  nuestras 
armas,  lo  que  parecía  satisfacerles. 

Acto  continuo,  nombrando  al  cacique  Michí  y  señalando 
hacia  su  campo,  di  á  entender  que  deberían  despertarlos  para 


EX  FLORACIONES .  I  3  9 


aumentar  nuestras  huestes,  lo  que  entendido  por  varios  Guanas, 
les  hizo  prorrumpir  en  señas  negativas  acompañadas  de  la 
palabra  cheTnején  é  imitaciones  del  ladrido  del  perro.  Tenían 
razón.  Era  preferible  ser  menos,  á  producir  la  alarma  en  el 
campo  de  los  Angaités,  donde  nadie  hubiera  podido  acercarse 
sin  que  los  ladridos  de  les  perros  hubieran  hecho  comprender 
á  los  Mbayás  que  les  habíamos  apercibido. 

No  quise  continuar  inmóvil  en  un  lugar  tan  inmediato  al 
bosque,  donde  un  estornudo  intempestivo  hubiera  hecho  vícti- 
ma de  una  descaiga  á  nuestro  apiñado  grupo.  Tomé  mis  man- 
tas, mi  morral  y  la  bolsa  de  los  salvavidas  vacíos  que  me  habían 
servido  de  cabecera ;  hice  señas  de  que  me  siguieran  con  todos 
los  efectos  y  me  arrastré  como  una  serpiente  sin  producir  el 
más  pequeño  ruido,  como  á  unos  cien  pasos  en  dirección  al 
Oeste,  donde  con  más  desahogo  y  menos  riesgo  podía  com- 
binar y  aún  discutir  mi  plan  de  ataque,  pues  que  nunca  imagi- 
né que  fuese  posible  la  defensa  contra  enemigos  tan  astutos. 

No  es  posible  describir  los  esfuerzos  que  pudo  costarme  el 
hacerme  comprender  por  una  gente  que  á  más  de  hablar  y  de 
accionar  de  una  manera  tan  diferente  de  los  europeos,  estaba 
poseida  de  un  pánico  que  casi  había  suspendido  las  funciones 
de  su  inteligencia. 

Hice  comprender  como  pude  al  cacique  Queirá,  que  debería 
mandar  un  espía  por  la  orilla  del  río  hasta  la  parte  opuesta  de 
la  faja  de  monte  donde  los  enemigos  se  ocultaban,  con  el  fin 
de  que  por  el  número  de  las  canoas  atracadas  pudiéramos 
inferir  el  número  de  los  enemigos ;  pero  toda  la  autoridad  del 
cacique  se  estrellaba  contra  el  miedo  de  los  indios,  y  nada 
hubieran  conseguido  si  yo,  entregando  mi  carabina  cargada  á 
un  joven  de  la  tribu  y  empujándole  en  dirección  á  la  ribera  con 
ademán  arrogante,  no  hubiese  salvado  la  situación. 

Nada  hicimos  en  el  largo  cuarto  de  hora  qu^  tardaría  en 
regresar  el  mozo,  quien  apereció  de  pronto  entre  nosotros 
como  aparecen  los  fantasmas  en  el  teatro. 

Me  entregó  la  carabina:  me  tocó  en  el  pecho  diciéndome 


140  Jl'AN    DE    COMINGES. 


lektesmá^  y  mostrando  su  mano  abierta  al  cacique,  le  dijo: 
Temenin  (i).  Éste  entonces  contó  sus  dedos  hasta  el  número 
de  50,  que  por  lo  visto  era  el  número  ordinario  de  guerreros 
que  podrían  caber  en  las  cinco  canoas,  número  verdadera- 
mente considerable,  si  como  era  de  esperar,  venían  armados 
de  fusiles,  lo  que  me  hacía  perseverar  en  mi  plan  de  no  espe- 
rarlos, sino  ganarles  el  tirón  por  un  golpe  de  mano. 

Fué  necesaria  toda  la  mímica  que  yo  pude  desarrollar,  toda 
la  elocuencia  del  cacique,  y  toda  la  autoridad  del  brujo,  para 
que  los  indios  se  decidiesen  á  cooperar  para  la  realización  de 
mi  plan,  que  era  el  siguiente :  Yo  con  mi  revólver  y  las  muni- 
ciones sueltas  en  el  bolsillo  de  mi  blusa,  y  el  cacique  con  otros 
tres  indios  armados  de  rémington  y  con  los  cartuchos  en  el 
natjabá  atado  á  la  cintura,  habíamos  de  deslizamos  por  la  pra- 
dera en  rumbo  N.  E.  hasta  la  confluencia  del  arroyo  de  los 
Guanas,  para  que  desde  allí  y  recostados  al  talud  de  la  barranca, 
bajar  por  la  orilla  del  río  hasta  dar  vista  á  las  canoas,  en  cuyo 
punto,  y  todo  lo  más  escondidos  que  pudiésemos  estar  entre 
los  grandes  témpanos  de  tierra  que  se  desprenden  de  la  ba- 
rranca, haríamos  una  seña  convenida  que  se  decidió  fuese  la 
imitación  del  bramido  del  yacaré. 

Seis  hombres  armados  al  mando  del  brujo,  que  llevaba  su 
carabina,  y  otros  seis  hombres  al  mando  del  hermano  del 
cacique,  se  arrastrarían  hasta  la  orilla  del  bosque,  de  modo  que 
al  escuchar  la  señal  convenida  de  antemano,  penetrasen  los 
dos  por  distintos  puntos  y  rumbo  á  la  vez,  convergiendo  hacia 
el  lugar  donde  según  el  espía  se  encontraban  las  canoas,  lo 
que  harían  gritando,  golpeando  los  árboles,  y  disparando  sus 
flechas  y  la  carabina  horizontalmente,  sin  miedo  de  herirnos, 
pues  estaríamos  defendidos  por  la  barranca,  la  que  no  debe- 
rían saltar  sino  querían  morir  por  nuestros  disparos. 


(i)  Cinco. 


EXPLORACIONES.  1 4  I 


Requisito  en  el  que  insistí,  hasta  asegurarme  absolutamente 
de  que  había  sido  comprendido. 

Al  discutir  este  plan  por  medio  de  la  mímica  y  en  circuns- 
tancias tan  excepcionales,  que  casi  no  se  apercibían  nuestros 
movimientos,  no  hubo  más  reforma  que  la  de  el  arma  que  el 
epiléptico  no  quiso  manejar,  pasase  á  las  manos  de  otro  indio, 
como  la  mía  había  pasado  á  las  del  joven  que  sirvió  de  espía, 
y  que  era  el  mismo  que  había  de  imitar  el  rugido  del  yacaré. 

Aunque  el  trayecto  que  los  míos  tenían  que  recorrer  era 
doble  mayor  que  el  de  los  otros  dos  grupos,  no  quise  ponerme 
en  marcha  hasta  que  éstos  salieran  por  el  rumbo  que  yo  les 
marcase,  lo  que  hicieron  desapareciendo  de  mi  vista  como  por 
encanto,  sin  que  sus  pasos  produjesen  ruido  perceptible. 

Después  de  ellos  salimos  nosotros,  y  en  una  postura  tan 
obligada  para  no  dejarnos  ver,  que  cuando  á  la  orilla  del  arroyo 
de  los  Guanas  quise  enderezarme  temí  no  poder  hacerlo. 

Sin  detenernos,  porque  ya  iba  apareciendo  esa  débil  claridad 
precursora  del  astro  de  la  noche,  bajamos  ocultos  por  la  barran- 
ca, ya  tropezando  con  los  grandes  témpanos  de  ella  desprendi- 
dos, ya  sumergiéndonos  en  el  barro  de  la  orilla  del  agua,  hasta 
que  el  espía  que  marchaba  adelante  se  detuvo  y  me  señaló  un 
punto  que  todos  vieron  menos  yo.  Eran  las  canoas. 

Nos  parapetamos  no  tan  separados  como  lo  hubiera  querido, 
porque  los  terrones  no  lo  permitían,  pero  lo  bastante  para 
defendernos  bien  de  todo  ataque  que  nos  viniese  de  frente  ó 
de  flanco,  y  bien  preparados  para  disparar  sobre  los  primeros 
que  saltaran  la  barranca  para  ganar  las  canoas. 

Un  ronco  bramido  idéntico  al  que  tantas  noches  había  arru- 
llado mi  sueño  durante  la  primera  expedición  partió  de  mi  lado. 
Parecía  increible  que  el  humano  pecho  pudiera  lanzar  una  nota 
tan  grave  y  estentórea  y  tan  verdaderamente  idéntica  á  la  que 
producen  esos  grandes  reptiles ;  pero  cuál  no  sería  mi  asom- 
bro cuando  en  vez  de  ser  contestada  por  los  disparos  y  alaridos 
de  mis  compañeros  sólo  fué  respondida  por  el  lejano  eco  de  la 
orilla  opuesta  ? 


142  JUAN    DE    COMINGES. 


Confieso  que  por  un  momento,  tuve  la  debilidad  de  pensar 
que  deberíamos  salvarnos  en  las  canoas,  porque  sospechaba 
que  el  plan  habría  fracasado  á  causa  de  la  cobardía  de  mis 
compañeros,  mas  un  nuevo  rugido  lanzado  poco  después  sin 
orden  mía  vino  á  disipar  mis  infundadas  sospechas. 

Sin  duda  el  viento  de  que  estábamos  defendidos  por  la 
barranca  había  amortiguado  el  eco  del  primer  rugido ;  pues  no 
de  otro  modo  hubiéramos  podido  nosotros  oír  tan  distinta- 
mente, como  si  se  produjese  sobre  nuestras  cabezas,  el  ruido 
atronador,  la  infernal  algarabía,  que  con  su  miedo  producían 
aquellos  que  más  que  hombres  parecían  energúmenos,  según 
bramaban,  rugían  y  aullaban  en  todos  los  tonos  y  según  gol- 
peaban los  troncos  de  los  árboles  y  tronchaban  las  ramas,  en 
su  furiosa  carrera,  cual  si  en  vez  de  catorce,  se  hubiesen  mul- 
tiplicado como  las  hordas  de  Atila. 

Silvaron  las  balas,  de  tan  frecuentes  disparos  que  no  pare- 
cían hechas  por  un  recluta  y  muchas  flechas  volando  sobre 
nuestras  cabezas  caían  en  el  agua  oblicuamente,  produciendo 
un  sonido  como  el  de  las  mojarras  que  saltan  á  la  orilla. 

Sentía  tan  de  cerca  las  voces  y  las  carreras,  que  llegué  á 
pensar  que  no  hubiese  enemigos  en  el  bosque  ó  que  tal  vez 
obedecían  á  un  plan  mejor  que  el  mío,  mas  de  pronto  las  voces 
y  las  carreras  hicieron  temblar  la  barranca  que  se  iluminó  por 
un  instante  como  por  una  centella,  y  una  descarga  cerrada 
hecha  en  retirada  por  los  sorprendidos  Mbayás  me  hizo  com- 
prender que  los  teníamos  encima. 

Fieles  á  mis  órdenes,  mis  compañeros  resistieron  como  yo 
la  tentación  de  disparar  sus  armas  hacia  el  grupo  que  gritaba, 
que  se  movía,  y  que  golpeaba  la  tierra  con  las  culatas  de  sus 
fusiles  para  cargar  sin  el  auxilio  de  las  baquetas. 

Aislados  fogonazos  y  detonaciones  alternadas  con  otras  muy 
próximas  de  nuestros  compañeros,  que  ya  se  aproximaban,  se 
oyeron  de  nuevo,  y  después,  lanzándose  en  tropel  por  el  talud 
de  la  barranca,  como  á  quince  pasos  de  nosotros  oímos  en 
medio  del  vocerío  de  los  unos  y  de  los  otros,  el  ruido  seco 


EXPLORACIONES.  1 43 


de  remos  que  chocan  contra  las  canoas  y  el  pisoteo  de  aque- 
llos infelices  resonando  en  el  fondo  de  sus  frágiles  embarca- 
ciones. 

Fuego !  grité  yo  entonces,  disparando  mi  revólver  defendido 
tras  el  témpano  que  me  servía  de  parapeto,  y  cuatro  detona- 
ciones casi  instantáneas  acompañadas  de  unos  gritos  que  no 
estaban  en  el  programa,  y  seguidos  de  multitud  de  disparos 
vinieron  á  confundirse  con  las  exclamaciones  de  alegría  de 
nuestros  ojeadores  que  ya  iban  coronando  la  barranca,  y  con 
los  lamentos  y  las  voces  de  mando  de  los  fugitivos,  y  á  ilumi- 
nar el  último  cuadro  de  aquel  drama  en  que  un  hombre  que 
pocas  horas  antes  se  durmiera  entre  las  amarguras  de  la  im- 
potencia y  de  la  esclavitud,  debía  despertarse  príncipe  del 
desierto  en  medio  de  las  aclamaciones  de  sus  más  poderosos 
caciques. 

En  vano  me  esforzaba  para  imponer  á  los  de  arriba  y  á  los 
de  abajo  un  silencio  sin  el  cual  me  era  imposible  la  persecu- 
ción de  los  que,  si  alguna  vez  se  denunciaron  para  que  pudié- 
semos tirar  nuevamente  sobre  ellos,  fué  porque  en  su  retirada 
pretendieron  hostilizarnos  con  algunos  disparos,  que  sólo  les 
sirvieron  para  aumentar  su  desdicha,  pues  que  encaminaron 
de  nuevo  nuestra  puntería  con  tanta  fortuna,  que  desespera- 
dos gritos  como  si  salieran  del  fondo  del  río  se  oyeron  nue- 
vamente á  pocos  pasos  de  la  costa. 

Adelanté  cautelosamente  algunos  pasos,  seguido  de  los  míos 
y  sin  dejar  de  hacer  fuego  sobre  el  río  y  sobre  el  frente  por 
si  aún  quedaban  en  tierra  algunos  enemigos,  llegando  al  fin 
hasta  un  lugar  en  el  que  había  baradas  dos  canoas,  que  inme- 
diatamente mandé  botar  al  agua  para  picarles  la  retirada,  lo 
que  no  pude  hacer  por  no  encontrar  los  remos  en  medio  de  la 
oscuridad  de  la  noche. 

Rodeado  de  todos  los  míos,  que  me  aclamaban  con  la  pa- 
labra Comandante  Tuya  (i),  logré  imponer  silencio;  pero  mi 


(i)  Comandante  viejo,  en  Guaraní. 


144  J^'AN    DE    CONANGES. 


autoridad  no  alcanzó  á  conseguir  que  también  callasen  los  in- 
numerables perros  de  los  Angaités,  que  se  lanzaban  furiosamen- 
te sobre  nosotros,  hasta  el  punto  de  destrozar  un  brazo  á  un 
hijo  de  Queirá  y  de  romper  las  ropas  á  muchos  otros. 

No  creyendo  todavía  muy  segura  la  victoria  porque,  aunque 
no  hubiese  más  adelante  otras  canoas  atracadas  y  otros  indios 
en  el  bosque,  bien  podrían  aún  quedar  á  nuestra  espalda  los 
suficientes  para  confundirnos,  supuesto  que  todos  los  que  ha- 
bían desembarcado  no  pudieron  escaparse  en  tres  canoas,  dis- 
puse que  dos  que  allí  teníamos  se  lanzaran  río  abajo;  que  el 
espía  siguiese  hacia  el  Sud  un  trecho  largo  y  regresara  á  dar- 
me cuenta  de  sus  descubrimientos;  que  ninguno  se  aproximase 
al  campo  de  los  Angaités  hasta  ser  de  día,  lo  que  pretendían 
hacer  para  surtirse  de  flechas,  sin  pensar  que  podrían  ser  toma- 
dos por  enemigos,  y  por  último,  que  se  viniesen  conmigo  río 
arriba  hasta  el  campamento  del  Algarrobo,  donde  esperaríamos 
la  llegada  del  día  y  donde  el  espía  debería  reunirse  con  nosotros. 

Una  vez  en  este  sitio  y  á  la  leve  claridad  de  una  luna  que  se 
ocultaba  entre  las  nubes,  pasé  revista  y  vi  no  sin  sentimiento 
que  faltaba  el  hijo  de  un  hermano  de  Queirá,  cuyo  padre  estaba 
muy  acongojado;  que  otro  sobrino  del  mismo  estaba  herido  en 
un  muslo,  más  que  por  una  flecha,  por  una  gran  cortadura  que 
él  se  había  hecho  con  su  propio  cuchillo  para  sacársela,  y  que 
el  hijo  mayor  del  Queirá,  que  también  era  cacique,  tenía  como 
ya  he  dicho  mordido  el  brazo  por  un  perro  de  los  Angaités,  por 
lo  que  mandé  en  el  acto  en  busca  de  mi  morral,  á  fin  de  hacer 
de  médico  después  de  haber  hecho  de  general  en  jefe;  y  entre 
tanto  que  llegaban  las  medicinas,  procuré  consolar  al  que  tan 
afligido  estaba  por  la  pérdida  de  su  hijo,  estreché  la  mano  de 
todos  felicitándoles  por  su  bravura  y  recibiendo  sus  felicitacio- 
nes envueltas  en  la  palabra  lektesmá,  siendo  el  más  expresivo 
en  sus  caricias  el  brujo  que  en  el  día  anterior  había  pretendido 
exterminarme. 

Cuando  llegó  mi  morral  y  el  cántaro  con  agua,  lavé  en  mi 
plato  y  con  mi  pañuelo  ambas  heridas  y  empapando  los  venda- 


EXPLORACIONES.  1 45 


jes  en  ácido  fénico  diluido  en  agua,  quedó  terminada  la  primera 
cura,  y  dispuse  un  nuevo  ojeo  por  el  bosque,  que  suspendí  hasta 
la  madrugada  con  motivo  de  que  bajo  los  árboles  y  entre  las 
malezas  era  tan  profunda  la  oscuridad,  que  no  hubiésemos  con- 
seguido nuestro  objeto  principal,  cual  era  el  de  encontrar  heri- 
do ó  muerto  el  sobrino  del  cacique. 

Cuando  «me  volví  al  campamento  del  Algarrobo,  donde  había 
dejado  los  dos  heridos,  ya  el  espía  había  regresado,  diciéndo- 
me  que  algunos  Mbayás  habían  escapado  hacia  el  Sud  por  la 
costa  abajo,  por  cuanto  que  muy  lejos  y  en  esa  dirección,  sintió 
el  ladrido  de  los  perros  que  sin  duda  los  perseguían. 

Al  aclarar  el  día  penetramos  de  nuevo  en  el  bosque,  donde 
no  encontramos  al  sobrino  del  cacique,  imaginando  todos,  se- 
gún se  desprendía  de  su  tranquila  cuanto  burlona  sonrisa  y  de 
sus  ademanes,  que  se  habría  salvado  por  la  fuga,  habilidad  que 
entre  los  indios  Guanas  es  tan  aplaudida  por  lo  menos  como 
puede  serlo  la  virtud  del  heroísmo. 

En  el  bosque  encontramos  multitud  de  flechas  de  unos  y  de 
otros,  la  mayor  parte  clavadas  en  el  suelo  oblicuamente,  en  la 
parte  inferior  de  los  árboles,  de  las  que  los  indios  recogieron 
gran  porción,  teniendo  cuidado  de  reconocer  las  de  los  Mbayás 
para  no  conservar  de  ellas  sino  las  cañas;  pues  dicen  que  las 
puntas  aguzadas,  que  propiamente  constituyen  la  flecha,  las  en- 
venenan los  Mbayás  para  el  combate,  lo  que  no  debe  ser  cierto. 
Por  otra  parte,  ninguna  de  las  puntas  clavadas  en  los  árboles 
más  duros  á  mayor  profundidad  de  la  que  en  la  tarde  anterior 
habían  penetrado  los  proyectiles  de  mi  rémington,  pudieron 
aprovecharse,  pues  puede  decirse  que  formaban  una  misma 
pieza  con  el  árbol,  del  que  no  podían  desprenderse  sin  des-  * 
truírse. 

Entre  los  Mbayás  que  escaparon  por  el  río  debía  ir  uno  por 
lo  menos  muy  herido  de  bala,  pues  que  por  dentro  del  bosque 
y  de  Sudeste  á  Nordeste  había  un  reguero  de  sangre  muy  mar- 
cado que  se  extendía  hasta  la  misma  ribera.  El  joven  recluta 
que  iba  entre  los  ojeadores  se  había  lucido. 

10 


146 


JUAN    DE    COMINGES. 


•a' 


Además  de  las  anteriores  observaciones  hicimos  otras  del 
mayor  interés,  gracias  al  instinto  que  para  rastrear  tienen  estos 
indígenas. 

Habían  desembarcado  nada  más  que  treinta  ó  treinta  y  cinco 
individuos,  de  los  cuales  sólo  seis  deberían  traer  fusiles,  todo 
lo  que  vimos  por  haber  estado  agrupados  después  del  desem- 
barque al  pie  de  la  barranca  donde  quedaron  marcadas  sus  hue- 
llas y  las  de  las  culatas  de  sus  fusiles.  Otros  indios,  en  número 
de  ocho,  habían  escapado,  primero  por  la  ribera,  después  por 
encima  de  la  barranca  donde  apenas  se  distinguía  su  huella,  y 
últimamente  por  la  orilla  del  agua  hasta  enfrentar  la  punta  de 
una  isla,  donde  debieron  arrojarse  á  nado  guiados  por  un  cautivo 
ó  por  un  traidor  de  los  Angaités,  lo  que  se  infería  porque  la 
huella  que  marchaba  adelante  era  muy  pequeña,  y  no  siendo 
posible  que  fuera  la  de  un  niño,  había  de  ser  la  de  un  hombre, 
que  como  los  de  esta  raza,  tuviese  un  píe  diminuto.  Por  último^ 
entre  las  huellas  de  los  que  se  salvaron  á  nado,  se  veían  las  de 
varios  perros  y  algunas  gotas  de  sangre  que  no  pudimos  acla- 
rar del  todo,  si  procederían  de  algún  hombre  ó  de  las  heridas 
que  indudablemente  hicieron  á  los  perros  con  el  fin  de  alejar- 
los para  no  ser  descubiertos  en  su  retirada;  lo  que  por  otra 
parte  debía  inferirse,  en  atención  á  que  vimos  una  caña  de  fle- 
cha destrozada,  la  que  sin  duda  se  arrancaría  con  los  dientes. 

Cuando  dimos  el  último  ojeo  por  el  bosque,  encontramos 
completamente  abandonado  el  campo  de  los  Angaités,  en  el 
que  no  habían  dejado  ni  un  solo  cuero  al  salir  en  tan  precipi- 
tada fuga. 

Aún  el  sol  no  había  salido,  cuando  ya  estábamos  desean- 
*sando  de  las  fatigas  de  la  noche  en  medio  de  la  pradera  donde 
quedaron  nuestros  equipajes,  que  era  el  lugar  último  á  donde 
yo  me  había  retirado,  á  fin  de  organizar  el  plan  de  ataque,  y  ya 
entonces  fueron  llegándose  hacia  nosotros  algunos  Angaités 
que  salían  del  bosque  del  Oeste,  entre  los  que  venía  riéndose 
de  su  gracia  el  cobarde  Guana,  que  había  dado  la  espalda  á  la 
pelea,  y  quien  fué  recibido  por  los  suyos  con  tantas  aclamacio- 


EXPLORACIONES.  1 47 


nes  y  agasajos  cual  si  viniera  de  coronarse  con  los  lauros  de  la 
victoria;  hecho  que  me  hizo  reflexionar,  pues  parecía  un  milagro 
el  que,  sin  jefes  europeos,  y  con  indios  tan  cobardes,  hubiese 
yo  conseguido  un  triunfo  tan  completo,  triunfo  en  el  que  los 
Angaités  nunca  creyeron. 

Aprovechándome  de  mi  nuevo  influjo  y  sin  pedir  su  parecer 
al  cacique,  me  puse  á  distribuir  las  raciones,  como  en  los  días 
anteriores,  sin  que  por  esta  vez  el  Queirá  me  hiciera  la  ofensa 
de  no  comer  conmigo,  como  el  día  anterior,  sino  que,  antes  al 
contrario,  aceptó  con  aire  muy  satisfecho  mi  comida,  mi  plato, 
mi  cuchara  y  mi  compañía,  y  el  apéndice  de  una  lata  de  con- 
serva y  un  cigarro  paraguayo  de  los  de  á  doce  reales  el  millar. 

De  pronto  los  indios  volvieron  sus  rostros  hacia  el  occiden- 
te en  medio  de  voces  y  risotadas  con  que  recibían  á  un  hijo 
del  Queirá,  bajito,  joven  y  tan  rechoncho  como  su  padre,  quien 
venía  montado  sobre  un  potrillo  que,  aunque  muy  nuevo  al 
parecer,  era  de  una  belleza  y  de  una  proporción  extraordinaria, 
sin  que  tuviera  otro  defecto,  que  el  no  muy  leve  de  que  todo 
su  espinazo  era  una  matadura,  razón  sin  duda  por  la  que  el 
jinete  venía  en  pelo  y  montado  en  las  ancas  como  los  gitanos, 
lo  que  no  le  impidió  el  llegar  á  galope  en  medio  de  nosotros  y 
el  detenerse  allí,  sin  más  freno  que  el  de  una  pequeña  cuerda 
que  le  sujetaba  la  mandíbula  inferior. 

Al  presentarse  el  sol  en  el  horizonte,  todos  los  indios  se  al- 
zaron con  religioso  respeto  y  mostrándome  el  astro  del  día  me 
dijeron:  Tibág  igncm  (i)  y  todos  sucesivamente  pasaron  junto 
á  mí,  tocándome  el  pecho,  mirándome  y  pronunciando  la  pa- 
labra lektesmá,  que  algunos  parecían  anteponerle  una  sílaba, 
pues  sonaba  skelektcsmá.  Esta  especie  de  ceremonia  semi-reli- 
giosa,  semi-oficial,  me  fué  muy  agradable,  pues  que  parecía  una 
adopción  en  la  que  me  juraban  amistad  eterna  por  el  sol  que 
es  el  único  Dios  á  quien  adoran,  y  acabó  de  llenarme  de  ale- 


(i)     Salida  del  Sol,  ú  Oriente  en  lengua  guana. 


148  JUAN    DE    COMINGES. 


gría,  cuando  el  cacique  Queírá  adelantándose  hacia  mí  con  el 
caballo  del  diestro,  me  hizo  que  lo  recibiera  de  regalo  en  sefial 
de  agradecimiento,  y  diciéndome  que  no  tenía  más  que  ese,  lo 
que  significaba  que  hacía  un  sacrificio  en  honor  á  mi  amistad. 

Hecho  esto  me  señaló  al  Nordeste  y  á  unos  cuantos  de  sus 
indios,  y  tocando  mi  caballo,  dijo :  caballú  (i)  é  hizo  como  que 
caminaba  á  galope,  como  que  se  caía,  como  que  se  cansaba, 
como  que  nadaba,  y  otra  multitud  de  señas  tan  complicadas, 
que  aunque  aisladas,  las  entendía,  no  pude  encontrar  la  clave 
para  entenderlas  y  sacar  algo  en  limpio  de  aquella  larga  pan- 
tomima. Hubimos  pues  de  recurrir  al  cacique  Michí,  quien  me 
tradujo  estas  palabras :  «  Que  te  vuelvas  al  Apa,  porque  el 
cacique  no  tiene  caballo  para  tí.  > 

No  lo  creí,  y  delante  de  todos  y  sonriendo,  le  hice  señas  de 
que  no  lo  creía.  Entonces  el  cacique  Tuya  hermano  de  Michí, 
que  tanto  me  había  demostrado  sus  simpatías,  me  hizo  señal 
de  que  su  hermano  me  engañaba ;  por  lo  que  tomé  el  partido 
de  salir  de  aquella  situación  pesada  y  ridicula  en  que  no  nos 
entendíamos  ninguno,  y  ciñéndome  el  morral  y  cargando  mi 
carabina,  tomé  la  mano  del  Queirá  y  lo  arrastré  en  dirección  al 
bosque  del  Oeste,  como  quien,  sin  preguntar  más  y  convenci- 
do de  su  amistad  con  los  indios,  ya  se  ponía  en  camino  del 
desierto. 

Ninguna  resistencia  opuso  el  cacique  á  mis  deseos,  y  ya 
toda  su  gente  nos  seguía,  cargada  con  todos  los  efectos,  cuan- 
do el  Michí  vino  de  nuevo  hasta  nosotros,  y  después  de 
cambiar  algunas  fi-ases  con  el  primero,  me  dijo:  «  Dice  que 
no  tiene  caballos  para  todos,  y  que  si  tú  quieres  acompañarle 
tienes  que  volver  al  Apa  y  comprar  un  buen  caballo  ». 

No  me  pareció  esta  traducción  tan  falsa  como  la  otra,  por 
lo  que  me  contenté  con  decir  por  señas  al  Queirá,  si  era  cierto 
que  tenían  caballos,  á  lo  que  respondió  que  sí,  y  si  también 


(i)     Corrupción  de  la  palabra  caballo. 


EXPLORACIONES.  1 49 


lo  era  que  me  mandaba  volver  al  Apa  en  busca  de  un  caballo, 
á  lo  que  también  respondió  afirmativamente. 

Una  de  las  razones  que  más*  me  hizo  comprender  que  debía 
ser  exacta  la  última  traducción  que  me  había  hecho  el  Michí 
de  las  palabras  del  Queirá.  fué  la  de  que  el  caballo  que  este 
cacique  acababa  de  regalarme  era  un  animal  inútil  por  su  poca 
edad  y  sus  grandes  mataduras. 

Todos  me  hacían  señas  alegres  de  que  iríamos  al  Apa  y 
volveríamos  juntos  para  penetrar  al  interior  por  el  camino  del 
Nordeste.  Salí  pues  con  dirección  al  Apa  acompañado  por 
todos  los  Guanas,  menos  los  dos  heridos  que  se  retiraron  por 
la  senda  del  Oeste,  haciéndome  señas  que  cuando  al  dia  siguien- 
te el  sol  estuviera  en  el  cénit  volveríamos  á  encontrarnos,  y 
diciéndome  repetidas  veces  Kateslegék  (i).  También  nos  acom- 
pañaban algunos  Angaités  entre  los  cuales  iban  tres  herma- 
nos de  Michí,  que  eran :  el  cacique  Tuya ;  el  joven  angaité, 
que  tan  cariñoso  se  había  manifestado  conmigo  y  cuyo  nom- 
bre nunca  ha  sabido  decirme,  aunque  respondía  perfectamente 
al  apodo  de  angaité  Michí,  con  que  yo  le  confirmé,  y  el  caci- 
que Pucú^  hombre  tan  desgarbado  como  gigantesco,  tan 
risueño  como  torpe  y  tan  servicial  como  pedigüeño. 

La  chusma  de  los  Angaités  había  salido  para  sus  toldos  por 
el  mismo  camino  que  llevamos  al  apuntar  el  día  y  la  demás 
juventud  había  bajado  por  el  río  apiñada  en  las  canoas. 

Prescindo  por  ahora  de  la  descripción  del  camino  por  tierra 
hasta  la  barranca  del  Apa,  pues  he  de  hacerla  á  mi  regreso. 

Serían  las  2  de  la  tarde  cuando  cerca  ya  del  puerto  de  Michí, 
sentí  á  mis  espaldas  el  galope  de  un  caballo,  y  cual  no  sería 
mi  asombro  cuando  sobre  aquel  potrillo  tan  nuevo  en  mi  opi- 
nión y  en  realidad  tan  m.atado,  y  con  una  velocidad  que  parecía 
el  vuelo  de  las  aves,  vi  cruzar  ante  mí,  en  medio  de  las  aclama- 
ciones generales,  nada  menos  que  el  bárbaro  cacique  Piicü  (2) 


(i)     Medio  dia. 

(2)     Largo,  en  guaraní. 


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150  JUAN    DE    COMINGES. 


cuyo  peso  hubiera  bastado  para  rendir  al  corcel  más  vigoroso. 
Llegamos  al  puerto;  Queirá  dejó  la  mitad  de  su  gente  al 
cuidado  de  nuestros  efectos,  la  otra  mitad  con  él  y  en  mi  com- 
pañía pasaron  en  las  canoas,  y  el  cacique  Pucú  se  lanzó  al 
río  á  nado  con  el  infeliz  caballo,  que  sudaba  una  gota  por  cada 
pelo. 

No  me  detuve  en  la  colonia  sino  el  tiempo  preciso  para  visi- 
tar á  la  señora  de  M.  R.  Grillé,  á  quien  regalé  el  caballo;  para 
comprar  algunos  víveres,  un  uniforme  del  ejército  italiano  que 
tenía  el  señor  Amici,  y  un  caballo  que  este  mismo  señor  me 
vendió,  asegurándome  bajo  su  palabra  que  era  muy  bueno  y 
que  el  mismo  Pucú  fué  á  buscar  al  pastoreo  para  pasarle  al 
Chaco;  y  para  comer  algo  en  compañía  de  los  indios,  con  quie- 
nes volví  de  nuevo  al  puerto  Michí,  donde  encontramos  á  los 
Guanas  muy  afligidos,  porque  habían  sido  víctimas  de  un  nuevo 
robo  del  cacique  Michí,  quien  con  astucia  los  había  separado 
del  lugar  donde  teníamos  los  víveres  para  sustraerles  cinco 
salvavidas. 

Era  ya  bastante  tarde,  amenazaba  lluvia,  y  deseábamos  ade- 
lantar algún  camino,  por  lo  que  decidió  el  Queirá  aceptar  el 
ofrecimiento  de  Michí  de  pasar  la  noche  en  su  toldería,  para  la 
cual  nos  pusimos  en  camino. 

La  barranca  que  hay  en  el  lugar  que  en  adelante  llamaré 
puerto  Michí  por  su  proximidad  á  la  toldería  de  este  cacique, 
se  extiende  al  Sud  como  un  kilómetro,  en  una  faja  más  ó  menos 
ancha;  pero  que  en  parte  alguna  medirá  cien  metros,  tras  de 
la  cual  se  extienden  curiches  que  corren  de  Norte  á  Sud, 
en  todo  lo  que  se  alcanza  con  la  vista,  y  de  Este  á  Oeste 
una  anchura  como  de  media  legua,  al  fin  de  la  cual  se  cierra 
el  occidente  por  una  cortina  de  bosque,  á  cuya  orilla  están  los 
toldos  del  cacique  angaité. 

Al  Norte  de  este  puerto  baja  la  barranca  con  rapidez  vinien- 
do todo  el  terreno  que  se  extiende  por  aquella  parte  á  que- 
dar tan  bajo  y  pantanoso  como  los  bañados  con  los  que  se 
confunde. 


EXPLORACIONES.  I  5  1 


El  puerto  es  de  tanto  fondo,  que  pueden  atracar  contra  la 
costa  los  buques  de  mayor  calado,  aun  cuando  ninguno  podrá 
navegar  por  falta  de  fondo  en  el  brazo  occidental  del  río  que 
allí  tiene  su  embocadura,  lo  que  no  importa,  por  cuanto  que 
entre  este  puerto  y  el  de  Caña  de  Azúcar  no  hay  sobre  la  costa 
del  Chaco  un  solo  punto  que  no  sea  bañado. 

La  raquítica  vegetación  arbórea  que  ofrece  la  faja  de  bos- 
que situada  al  Sud  sobre  la  barranca,  no  puede  tener  otro  em- 
pleo que  el  de  combustible  ó  cuando  más,  el  de  durmientes 
para  ferro-carril,  pues  no  faltan  bignonias,  y  leguminosas  que 
llenarían  las  condiciones  de  resistencia,  duración  y  elasticidad 
que  precisan  las  maderas  para  este  servicio. 

Aun  cuando  he  llamado  curiche  al  espacio  de  media  legua 
que  separa  este  puerto  ó  esta  barranca,  del  bosque  del  Oeste 
á  cuyo  límite  está  la  toldería  de  Michí,  esto  no  obstante  en  la 
actualidad  sólo  dos  cauces  muy  pequeños  contenían  un  poco 
de  agua  estancada  y  casi  corrompida,  que  era  la  única  de  que 
hacían  uso  los  Angaités  por  la  pereza  de  no  caminar  un  poco 
más  para  tomarla  del  río;  y  según  mi  opinión,  corroborada  por 
los  informes  que  he  tomado  algunas  veces,  estos  lugares  se 
convierten  en  una  verdadera  laguna  con  quince  ó  veinte  centí- 
metros de  agua,  no  porque  sean  bajos  con  relación  al  rio,  sino 
con  relación  á  los  terrenos  de  la  costa,  que  por  ser  algo  más 
elevados,  contienen  la  natural  salida  de  las  aguas  pluviales  que 
aquí  se  juntan. 

Todo  lo  que  se  precisaría  para  penetrar  desde  el  puerto  á 
los  elevados  terrenos  del  Oeste  con  un  ferro-carril  ó  con  una 
carretera,  sería  abrir  una  sangría  á  través  de  la  barranca  del 
Sud,  removiendo  menos  de  500  metros  cúbicos  de  tierra;  cons- 
truir un  terraplén  de  dos  kilómetros  de  largo,  por  cincuenta  cen- 
tímetros de  altura,  y  dos  puentecitos  de  diez  metros  de  largo, 
para  los  cuales  hay  maderas  preciosas  é  incorruptibles  en  el 
bosque  del  Oeste,  con  lo  que  se  dejaría  saneada  una  superficie 
de  dos  ó  tres  leguas  cuadradas,  que  si  algún  defecto  tuviese, 
sería  el  de  su  excesiva  fertilidad,  pues  que  son  unos  terrenos 


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152  JUAN    DE    COMINGES. 


en  que  las  materias  minerales  apenas  representan  un  treinta  por 
cientOj  por  estar  formados  de  restos  de  los  vegetales  acuáticos 
y  semi-acuáticos  que  allí  han  vivido  durante  muchos  siglos. 

La  proximidad  al  río,  el  clima,  la  extensión  y  la  composición 
química  de  este  suelo,  harían  de  él,  si  pudiera  ser  explotado 
por  la  civilización,  algo  más  bello  y  lucrativo  que  las  bocas 
del  Po  y  que  las  huertas  de  Valencia  y  Murcia. 

Apoyada  como  ya  he  dicho  por  la  selva  del  Oeste,  se  encuen- 
tra la  toldería  de  los  Angaités,  que  por  lo  sucia,  incómoda  y 
ruinosa,  retrata  perfectamente  el  detestable  tipo  de  su  cacique. 
Razón  de  sobra  tendrían  los  que  no  viendo  más  que  el  repug- 
nante aspecto  que  presentan  estos  toldos,  compadeciera,  la  exis- 
tencia miserable  que  arrastran  sus  habitantes. 

No  hay  para  qué  detenerse  á  contar  cuántos  toldos  hay  en 
esta  tribu ;  sería  lo  mismo  que  contar,  después  de  la  lluvia,  las 
gotas  de  agua  que  colgasen  de  las  hojas  de  un  árbol,  cuando 
estos  toldos,  como  estas  gotas,  desaparecen  á  cada  soplo  de 
viento  y  aparecen  de  nuevo  á  cada  lluvia.  Son  el  trabajo  de 
una  hora,  pues  los  constituyen  cuatro  miserables  horquetas  de 
un  metro  de  altura  cuando  más,  sobre  las  que  se  sujetan  y  se 
cruzan  algunas  cañas  que  se  recubren  con  typhas  de  los  baña- 
dos y  á  veces  con  pastos  de  la  pradera;  pocilgas  en  las  que  no 
se  puede  penetrar  sino  doblando  la  cerviz,  como  demostración 
tangible  de  la  bajeza  que  se  comete,  ó  c3,m\nsLndo  d ^aías  como 
quien  imita  á  los  animales,  que  son  los  únicos  que  podrían  en- 
contrarse bien  en  donde  se  asfixia  uno  cuando  hace  sol,  se 
hiela  cuando  hace  frío  y  se  moja  cuando  llueve. 

En  cada  toldito  de  éstos,  de  los  que  el  mayor  no  alcanzará 
á  nueve  metros  cuadrados  de  superficie,  se  agrupan,  cual  si 
fueran  los  únicos  seres  capaces  de  vivir  de  una  manera  tan  in- 
munda, todos  los  hombres,  mujeres  y  niños,  ya  estén  solteros 
ó  casados,  con  tal  de  que  sean  miembros  inmediatos  de  una 
familia;  todos  los  pájaros,  coatís,  zorros,  monos  ó  avestruces 
que  domestican,  y  todos  los  perros,  que  son  siempre,  por  lo 
menos,  tantos,  tan  sucios  y  holgazanes  como  sus  dueños ;  y  si 


EXPLORACIONES .  I  5  3 


á  esto  se  junta  el  que  de  las  cañas  de  lo  que  no  puede  llamarse 
techo,  cuelgan  bolsas  de  red,  cargadas  de  comestibles  putre- 
factos, cueros  á  medio  curtir,  pemiles  de  carpincho,  cuernos 
de  ciervo,  conchas  de  galápago,  peces  charqueados,  lana  y  al- 
godón para  hilar,  correas,  sogas,  peines  de  madera,  anzuelos 
y  colas  de  quirquincho;  y  que  por  el  suelo  sobre  cueros  de  ve- 
nado ó  tigre,  muerto  en  la  víspera,  andan  rodando  multitud  de 
mates  de  todas  formas  y  tamaños,  y  que  se  emplean  indistinta- 
mente como  cazuelas,  como  vasos,  como  neceseres,  como  cos- 
tureros, como  maletas,  como  palanganas,  etc.,  etc.,  tendremos, 
que  al  abrirse  y  estrecharse  para  darme  paso,  aquellos  anima- 
les tan  felices  que  gozaban  de  todas  las  comodidades  y  prerro- 
gativas de  los  hombres,  y  aquellos  hombres  tan  desgraciados 
que  vivían  en  la  miseria  y  degradación  de  los  animales,  el  favor 
que  n\e  hicieron,  y  que  tuve  que  aceptar  con  la  sonrisa  en  los 
labios,  fué  el  de  asfixiarme  de  calor  y  de  otras  cosas,  y  el  de 
atestar  mis  ropas  y  mis  cabellos  con  la  más  completa  colección 
de  parásitos  que  jamás  figuró  en  el  museo  de  un  entomólogo, 
la  que,  sin  olvidar  ni  aún  en  mi  sueño,  conservé  intacta  hasta 
muchos  días  después  de  mi  salida  del  desierto. 

— Pero  ¿el  toldo  destinado  al  jefe  de  la  tribu  no  será  tan 
pequeño,  tan  mezquino,  tan  débil  y  tan  infecto  como  el  de 
sus  indios? 

—  No  lo  es  tanto  ciertamente,  porque  lo  es  mucho  más  que 
el  peor  de  todos. 

El  cacique  Michí  que  se  distingue  por  ser  el  peor  de  su 
tribu,  tiene  que  ser  lógico  en  todas  las  acciones  de  su  vida  fí- 
sica y  moral.  Es  el  más  pequeño  de  estatura  y  de  sentimien- 
tos. Es  el  más  feo  de  rostro  y  alma,  y  para  dar  la  última  pin- 
celada sobre  su  detestable  retrato,  es  el  único  indio  que  he 
conocido  en  el  Chaco,  casado  con  dos  mujeres. 

La  familia  de  los  Angaités  no  es  hoy  tan  numerosa  como 
lo  era  hace  un  siglo,  pues  parece  ser  que  á  causa  de  un  robo 
que  hicieron  á  los  Guanas,  éstos,  unidos  á  los  Mbayás,  que 
entonces  eran  sus  amigos,  cayeron  sobre  los  ladrones  por  agua 


154  J^'"^^    I^E    COMINGES. 


y  por  tierra  con  una  prontitud,  una  reserva  y  una  violencia  tal 
que  puede  decirse  que  los  aniquilaron. 

Las  pocas  tribus  que  aún  quedan,  están  establecidas  desde 
el  puerto  Michí  hasta  una  docena  de  leguas  más  al  Sud  y  casi 
todas  próximas  á  la  costa,  sin  que  esto  quiera  decir  que  no 
haya  también  algunas  á  quince  y  aún  á  veinte  leguas  al  in- 
terior del  Chaco. 

Con  excepción  de  la  tribu  de  Michí  que  puede  decirse  que 
vive  de  la  industria  y  del  comercio,  pues  que  por  la  situación 
que  ocupa,  que  es  tal  vez  la  única  puerta  del  Chaco  en  .cien 
leguas  de  costa,  sesenta  por  ía  parte  del  Sud  y  cuarenta  por 
la  del  Norte,  tiene  el  monopolio  natural  en  todo  porteo  explo- 
tador, con  lo  que  le  basta  para  corromperse  en  la  molicie,  las 
demás  tribus  todas  son  agricultoras,  sin  que  por  eso  dejen  de 
cazar  todo  cuanto  se  les  presente,  ó  pescar  cuando  escasean 
los  frutos,  y  sin  que  tampoco  precisen  recurrir  á  otras  para 
fabricar  sus  armas,  sus  redes,  sus  bolsas,  sus  vasijas,  sus 
adornos  y  sus  vestidos,  de  todo  lo  cual  la  degenerada  tribu 
de  Michí  tiene  que  surtirse  ó  poco  menog,  por  medio  del  robo 
ó  la  limosna;  pues  no  de  otro  modo  pueden  calificarse  los 
crecidos  tributos  que  exije  á  los  desventurados  que  solicitan 
sus:  servicios,  bien  sea  para  pasar  el  río  en  sus  canoas,  bien 
sea  para  ponerse  en  relación  con  las  gentes  del  Apa,  ó  bien,  en 
fin,  para  cazar  en  sus  campos  ó  cosechar  algarrobos  en  sus 
bosques. 

El  cacique  Tuya,  que  se  ha  hecho  muy  amigo  mío  y  que  no 
me  suelta  de  la  mano,  me  dice  que  los  toldos  de  los  Angaités 
que  están  al  S.  E.  del  suyo,  son  muy  grandes,  muy  fuertes,  muy 
bien  construidos,  porque  no  se  llueven  y  que  hay  tribus  que 
tienen  numerosas  familias. 

La  lengua  Angaité  no  tiene  semejanza  alguna  con  el  Gua- 
na, con  el  Mbayá,  y  menos  con  el  Guaraní ;  sin  embargo,  por 
regla  general,  todos  los  indios  del  Chaco  del  Sud  se  com- 
prenden perfectamente. 

Parece  ser,  aunque  no  puedo  asegurarlo,  que  existe  una 


EXPLORACIONES.  I  5  5 


toldería  de  Angaités,  cuyo  cacique  tiene  cierta  autoridad  sobre 
todos  los  caciques  de  su  raza.  Por  lo  menos,  lo  que  sé  de  cierto 
es,  que  existe  un  ex-cacique  que,  aunque  muy  debilitado  por 
las  circunstancias,  tiene  alguna  autoridad  sobre  la  tribu  de 
Michí. 

Aunque  los  Angaités  en  general  no  son  tan  buenos,  tan 
lindos,  tan  inteligentes  y  tan  activos  como  los  Guanas,  esto  no 
obstante  viven  en  paz  con  ellos,  así  como  también  conservan 
las  más  cordiales  relaciones  con  los  Guaycurues  de  más  al  Sud, 
entre  los  que  hay  tribus  que  viven  del  pillaje. 

En  honor  de  la  verdad  debo  decir,  que  aun  cuando  los 
Angaités  de  la  tribu  de  Michí,  instigados  por  su  jefe,  hayan  in- 
fringido algunas  veces  el  séptimo  precepto  del  decálogo,  hijo 
legítimo  del  séptimo  pecado  mortal,  en  medio  del  que  viven 
constantemente,  no  por  eso  debe  entenderse  que  llevasen  su 
•desenfreno  hasta  el  punto  de  asaltar  á  mano  armada  á  cual- 
quier europeo  que  penetrase  hasta  ellos  en  actitud  pacífica. 
Esto  no  obstante,  siempre  aconsejaré  al  naturalista  ó  cualquier 
viajero  que  conciba  el  atrevidb  pensamiento  de  internarse  solo, 
que  lleve  más  abnegación  que  víveres,  pues  que  no  sólo  de  lo 
primero  consumirá  más  que  de  lo  segundo,  sino  que  pesa 
menos,  se  guarda  mejor,  é  inspira  menos  tentaciones  á  unos 
indígenas  que  tienen  más  hambre  que  perversidad. 

En  cuanto  á  mí,  si  he  de  ser  justo,  sólo  les  debo  agrade- 
cimiento por  las  afectuosas  demostraciones  que  todos  me  han 
prodigado,  y  por  la  multitud  y  espontaneidad  de  los  pequeños 
servicios  que  á  porfía  se  disputaban  el  hacerme ;  pues  si  bien 
es  cierto  que  entre  ellos  me  he  visto  robado,  traicionado  y 
próximo  á  perecer,  no  culpo  á  su  raza,  á  su  tribu,  ni  á  ninguno 
de  los  individuos  subalternos  que  la  componen,  sino  á  un  ca- 
cique que  no  hace  más  ni  menos  que  traducir  en  su  provecho  las 
lecciones  que  día  á  día  recibe  de  los  cristianos  con  quien  trata. 

Por  lo  demás,  estos  indios  son  tan  dulces,  tan  tímidos,  tan 
cariñosos  y  tan  inocentes  como  los  niños,  y  aún  cuando  debiera 
esperarse  de  ellos  una  inmoralidad  que  estuviese  en  razón 


156  JCAN    DE    COMINGES. 


directa  de  las  facilidades  con  que  les  brinda  el  medio  en  que 
viven,  no  temo  en  asegurar  que  sean  más  honestos  que  los 
cristianos,  desde  que  como  la  naturaleza  les  sustenta  y  no  tienen 
que  esperar  á  labrarse  una  fortuna  para  contraer  matrimonio, 
ni  un  solo  día  tienen  que  hacerse  la  violencia  de  refrenar  los 
naturales  instintos  de  la  reproducción  ;  pues  cumpliendo  mejor 
que  nosotros  con  las  leyes  de  la  naturaleza,  se  casan  todos  en 
la  edad  de  la  pubertad,  con  lo  que,  prescindiendo  de  las  ven- 
tajas que  alcanzan  en  el  orden  material,  tienen  sobre  todo  la 
de  cumplir  mejor  que  nosotros  con  los  preceptos  morales. 

La  selva  que  se  extiende  á  espaldas  de  la  toldería,  corre  de 
Norte  á  Sud  y  está  compuesta  casi  en  su  totalidad  de  grandes 
vegetales  dicotiledóneos,  entre  los  que  figuran  los  quebrachos, 
urundais,  guayabos,  lapachos,  palo-santo  y  algarrobo  blanco, 
del  que  los  Angaités  hacen  la  base  de  su  alimentación.  El 
desarrollo  de  estos  árboles  no  puede  decirse  que  sea  gigantesco, 
pero  es  el  suficiente  para  que  sus  maderas  puedan  aplicarse  á 
los  usos  ordinarios  de  la  vida  civilizada. 

Es  inútil  repetir  aquí  lo  que  ya  dije  al  hacer  la  descripción 
de  mi  primer  viaje,  y  quede  sentado  para  en  lo  sucesivo  que 
todo  rodal  de  bosque  supone  siempre  un  terreno  más  elevado 
que  los  que  le  rodean,  sin  que  esto  quiera  decir  que  las  in- 
mediatas praderas  ó  próximos  palmares  puedan  verse  nunca 
convertidos  en  lagunas,  como  sucede  á  los  bañados  que  separan 
el  puerto  Michí  de  la  toldería  de  este  cacique. 

Mucho  sintió  el  Queirá  la  sustracción  de  su  colega,  á  cuyas 
manifestaciones  respondí  yo  con  otras  de  conformidad  é  indi- 
ferencia; sin  embargo,  el  cacique  no  quiso  acampar  en  la  misma 
toldería,  sin  duda  por  miedo  de  que  acabaran  los  Angaités  con 
todas  nuestras  provisiones,  sino  á  unos  cien  pasos  más  arriba 
sobre  la  orilla  del  bosque,  donde  hizo  encender  multitud  de 
fogatas  marcando  puntos  de  una  circunferencia,  en  cuyo  centro 
depositó  nuestras  ropas,  víveres  y  utensilios. 

Ya  era  de  noche  y  encontrábame  yo  cumpliendo  con  la 
visita  del  último  toldo  que  era  el  del  cacique,  cuando  un  hijo 


EXPLORACIONES.  I  5  7 


del  Queirá  vino  de  parte  de  su  padre  á  recordarme  que  ya  era 
hora  de  repartir  la  cena,  lo  que  comprendí  más  que  por  los 
gestos  del  muchacho,  por  la  prisa  que  se  dieron  los  circuns- 
tantes á  proveerse  de  los  mates  con  que  habían  de  agotar  el 
exhausto  manantial  de  mis  provisiones. 

Al  salir  del  Apa  había  cargado  nuevamente  algunos  salvavi- 
das, confiado  en  reunir  uno  para  cada  indio ;  mas  como  no 
contaba  con  el  segundo  robo  del  Michí,  me  encontré  con  que 
solo  tenía  quince,  de  los  que  cinco  se  despacharon  en  el  acto, 
recibiendo  muchos  de  los  Angaités  dobles  y  triples  raciones, 
á  causa  de  que  la  oscuridad  me  impedía  reconocer  á  los  tras- 
gresores  de  la  ley  de  la  igualdad,  los  que,  por  si  de  algo  puede 
servir  este  detalle  y  con  perdón  de  la  belleza  plástica,  diré  que 
pertenecían  al  bello  sexo.  Entre  los  incidentes  graciosos  que 
siempre  ocurrían  durante  el  reparto  de  las  provisiones,  sólo 
diré  que  el  cacique  Pucú,  provisto  del  mate  colosal  donde  su 
hermano  dos  días  antes  había  embaulado  la  cena  de  toda  su 
tribu,  me  reclamó,  no  una  ración  como  todos  los  demás,  sino, 
una  por  Angaité,  otra  por  cacique,  otra  por  haberme  pasado 
el  caballo  y  otra,  que  excitó  la  risa  de  todos,  por  ser  el  más 
grande  de  los  circunstantes. 

Entre  las  mantillas  del  aparejo  de  mi  caballo,  traía  una  tien- 
da de  campaña  que,  con  motivo  de  que  empezaba  á  llover,  armé 
en  dos  minutos,  en  medio  de  la  admiración  general,  y  des- 
pués de  tender  en  ella  la  carona  que  preservase  de  la  humedad 
del  suelo,  el  recado^  el  morral,  la  bolsa  del  uniforme,  y  algunos 
salvavidas  que  sirviesen  de  almohada,  y  mis  blancas  mantas 
en  vez  de  colchón  mullido,  encendí  una  bugía  y  brindé  al  caci- 
que Queirá  á  que  tomase  posesión  de  aquel  nido  de  tórtola,  le» 
que  hizo  no  sin  esforzarse  en  disimular  el  placer  que  le  causa- 
ba el  acostarse  en  el  lecho  más  blando  y  más  limpio  que  había 
visto  en  su  vida.  En  cuanto  á^  los  indios,  no  parecían  hartarse 
de  mirarnos,  pues  hasta  dormirme  fuimos  objeto  de  la  curio- 
sidad de  todos  los  que  podían  contemplarnos  por  ambas  en- 
tradas de  la  tienda. 


158  JUAN    DE    COMINGES. 


Dia  p  de  Octubre. 

Poco  después  de  aparecer  la  luna  nos  aprontamos  para  el 
viaje,  lo  que  era  más  fácil  para  los  indios  que  para  mí,  pues 
tenía  que  aparejar  el  caballo,  y  acomodar  en  él  todos  mis  efec- 
tos ;  operación  que  nunca  aprendieron  los  indios,  ni  aún  apren- 
diéndola la  hubieran  ejecutado;  porque  les  parecía  una  crueldad 
meterle  el  freno  en  la  boca  y  un  crimen  el  apretarle  las  cin- 
chas, hasta  el  punto,  de  que  á  cada  tirón  mío  era  una  de  gritos 
y  una  de  llevarse  las  manos  á  la  barriga,  como  si  más  que  al 
caballo  se  hubiese  creído  que  fuese  á  ellos  á  quienes  yo  cin- 
chaba. 

Despedidos  sólo  por  el  cacique  Tuya  y  el  angaité  Michí  y 
por  una  jauría  de  perros  que  nos  persiguió  más  de  media  legua, 
salimos  por  la  costa  del  monte  con  rumbo  N.  N.  O.,  por  la 
misma  veredita  estrecha  que  habíamos  traido  aquella  misma 
mañana. 

El  cuadro  era  digno  del  pincel  de  un  buen  artista,  pues  la 
brillante  luna,  ocultándose  ó  apareciendo  sucesivamente  ya  en- 
tre las  nubes  ya  entre  las  copas  de  las  frondosas  palmas,  espar- 
cía sombras  y  luces  á  través  de  aquellas  claraboyas  del  firma- 
mento, inmensas  ogivas  proporcionadas  á  la  grandeza  del 
suntuoso  templo,  cuya  bóveda  sostenían  millones  de  esbeltas 
y  atrevidas  columnas  de  caprichosos  capiteles,  cuyo  pavimento 
estaba  revestido  de  una  mullida  alfombra  de  verde  grama  y 
cuyo  incienso  se  exhalaba  á  la  vez  de  aquellos  vivientes  pebe- 
teros de  perfume  tan  dulce  como  la  miel  de  sus  nectareos. 
Templo  que  revelaba  el  poder  sublime  del  Grande  Arquitecto 
de  la  naturaleza.  Templo  en  fin,  que  por  primera  vez  abría  sus 
puertas  para  recibir  al  pacífico  misionero  de  la  civilización,  que 
sin  ejércitos  destructores,  penetraba  solo  y  confiado  en  el  mismo 
Dios  á  quien  también  los  hijos  del  desierto  rendían  allí  el  más 
natural  y  el  más  sencillo  de  los  cultos. 


EXPLORACIONES.  I  5  9 


Las  sendas  del  Chaco,  al  parecer  tan  caprichosas,  son  cuan- 
do bien  se  las  considera,  no  hijas  de  la  casualidad,  sino  de  un 
meditado  estudio  en  el  que  obedecen  á  las  múltiples  exigencias 
de  los  indígenas  y  á  las  circunstancias  topográficas  del  Chaco. 
No  hay  en  ellas  una  curva  que  pudiera  ser  recta,  ni  una  sola 
recta  que  debiera  ser  curva;  lo  que  se  debe  más  bien  que  á  la 
meditación  que  precediera  á  su  primer  trazado,  á  las  reformas 
aconsejadas  por  la  experiencia  de  muchos  siglos;  sin  que  esto 
signifique  que  tales  reformas  sean  muy  frecuentes,  desde  que 
con  datos  irrecusables  puedo  asegurar  que,  con  excepción  de 
las  vías  Romanas,  no  existe  en  Europa  carretera  que  cuente 
tantos  siglos  como  la  senda  por  la  que  entonces  caminábamos, 
á  la  que  llamaré  única  carretera  general  del  Noroeste. 
.  ¿Y  cuáles  son  esos  datos  irrecusables  que  testifican  la  anti- 
güedad de  estas  sendas } 

Son  semillitas  que  en  otro  tiempo  germinaron  á  pocos  centí- 
metros de  la  vía  como  muchos  otros  pequeños  arbustos  que 
crecen  en  la  actualidad;  plan  ti  tas  tan  despreciables  al  princi- 
pio, que  muchas  tribus  pasaron  á  su  lado  sin  apercibirlas  y 
muchas  generaciones  se  rozaron  con  ellas  sin  temerlas,  y  que, 
favorecida  su  debilidad  por  la  indiferencia,  hoy  son  gigantes- 
cas pirámides  que  interrumpen  la  vía  recta  y  que  aún  tienen,  y 
cuentan  con  lozanía  suficiente,  para  obligar  á  las  generaciones 
venideras  á  que  las  miren  con  respeto,  cuando  al  llegar  al  pie 
de  ellas  se  acogen  á  su  sombra  protectora.  Arboles  que  obli- 
gan al  peregrino  á  separarse  de  su  rumbo  y  trazar  en  su  mar- 
cha un  pequeño  semicírculo,  antiguo  apéndice  de  una  senda 
más  antigua;  desvío  irremediable  causado  por  una  planta,  que 
si  no  cinco  mil,  como  el  Baobab  ó  seis  mil  como  el  Apuchute, 
puede  muy  bien  tener  mil  ó  mil  quinientos  años  de  existencia. 

El  cacique  Queirá  me  señaló  el  Noroeste  como  el  rumbo 
que  habíamos  de  seguir  para  llegar  hasta  los  últimos  toldos 
del  desierto,  y  sin  embargo,  ahora  marchamos  en  rumbo  casi 
Norte  y  así  hemos  de  seguir  hasta  llegar  á  Caña  de  Azúcar. 

¿Qué  quiere  decir  esto.'^  ¿Por  qué  no  salimos  directamente 


I  6o  JUAN    DE    COMINGES. 


al  Nordeste  por  la  hipotenusa?  Porque  además  de  impedirlo 
el  fragosísimo  bosque  del  Oeste  y  una  cadena  de  cerrillos  es- 
cabrosos y  dilatados  curiches  que  tras  él  se  ocultan,  hay  llanu- 
ras inmensas  y  desiertas  por  falta  de  lagos. 

A  pesar  de  que  estamos  en  medio  de  una  sequía  cual  nunca 
los  indios  conocieron,  las  seis  leguas  que  separan  el  puerto 
Michí  con  el  puerto  Caña  de  Azúcar  cuentan  con  tres  aguadas 
permanentes^  distribuidas  sobre  la  ruta,  á  proporcionadas  dis- 
tancias; lo  que,  unido  á  lo  despejado  del  terreno  que  se  cruza, 
pues  son  palmares  muy  claros,  hace  que  el  tránsito  sea  muy 
seguro  y  agradable,  y  que  la  construcción  de  una  carretera  no 
ofreciese  dificultad  ninguna. 

Esta  vereda  aunque  se  dirige  poco  más  ó  menos  al  Norte, 
no  marcha  paralela  al  río,  porque  éste  se  desvía  mucho  hacia 
el  Oriente,  formando  un  arco  por  cuya  cuerda  caminamos. 

Los  terrenos  que  dejamos  al  Este  son  casi  todos  bañados, 
alguno  de  los  cuales  lame  la  misma  vereda,  y  los  del  Oeste 
son  cada  vez  más  elevados  aunque  insensiblemente  hasta  lle- 
gar al  límite  del  bosque,  en  cuyo  sitio  ya  se  manifiesta  la  eleva- 
ción de  una  manera  más  sensible. 

Los  que  trazaron  las  veredas  del  cfesierto,  no  las  hicieron 
para  marchar  en  batalla  por  compañías  ni  por  cuartas,  sino 
para  ir  uno  á  uno,  siendo  ese  uno  un  indio  descalzo,  pues  que 
los  europeos  acostumbrados  á  caminar  con  los  pies  más  abier- 
tos y  sin  frotarse  uno  con  otro  los  tobillos,  no  caben  en  estre- 
cha caja  profundizada  un  poco  en  el  terreno  con  el  trascurso 
de  los  años.  Los  indios,  pues,  caminan  en  hilera,  ya  sean  diez, 
ya  sean  diez  mil,  siguiendo  uno  tras  otro  las  ondulaciones,  tan 
pronunciadas  como  los  accidentes  topográficos  del  terreno, 
cual  si  fueran  una  larga  serpiente  que  avanza  por  la  llanura. 

Así  marchaban  mis  indios,  y  yo  á  caballo  tras  de  todos  ellos, 
saboreando  mi  felicidad  y  riendo  en  mi  interior  del  contraste 
que  presentaba  un  europeo  con  antiparras,  sombrero  negro, 
blusa  y  pantalón  de  dril,  alpargatas  blancas,  revólver  y  cuchillo 
á  la  cintura,  con  unos  indios  cabelludos  cubiertos  de  plumas 


EXPLORACIONES.  1 6  I 


hasta  en  los  agujeros  de  las  orejas,  envueltos  en  sus  tétricos 
enkilsikes^  y  en  esa  especie  de  dalmáticas  llamadas  por  ellos 
nortemá,  atestados  de  natjabás^  como  si  su  cuerpo  fuese  la 
percha  de  un  cazador,  y  marchando  airosamente  con  su  manojo 
de  flechas  sobre  el  costado  izquierdo,  su  arco  sobre  el  hombro 
derecho,  y  con  el  chocante  apéndice  de  una  bolsa  blanca,  tan 
hija  de  la  civilización  como  los  víveres  que  contenía. 

Cuando  habríamos  andado  la  mitad  del  camino,  me  adelanté 
á  galope  hasta  llegar  á  la  cabeza,  que  la  formaba  el  cacique,  á 
quien  apeándome  invité  á  que  montara,  lo  que  aceptó,  orde- 
nando continuar  la  marcha  por  un  momento  interrumpida,  y 
como  yo  tratara  de  esperarme  para  volver  á  ocupar  mi  antiguo 
puesto  al  extremo  de  la  cola,  los  indios  que  marchaban  ade- 
lante y  que  eran  todos  caciques  me  invitaron  á  ocupar  el  dis- 
tinguido puesto  dejado  por  el  Queirá,  lo  que  hicieron  con  de- 
mostraciones del  mayor  respeto. 

Así  seguimos  entre  palmares  y  algunas  fajas  trasversales  de 
bosque  muy  claro,  hasta  que,  como  á  eso  de  las  diez  déla  ma- 
ñana, llegamos  al  lindero  del  bosque  inmediato  al  río,  donde  se 
habían  ocultado  los  mbayás^  el  que  trayendo  este  recuerdo  á 
la  memoria  de  los  indios,  hizo  que,  sin  detener  la  marcha, 
apuntaran  hacia  él  con  sus  arcos  y  sus  carabinas,  prorrum- 
piendo en  sonidos  que  imitaban  las  descargas  de  la  noche  del 
ataque. 

Llegamos  por  fin  al  campamento  del  Algarrobo,  donde  sin 
detenernos  más  que  un  corto  rato  para  tomar  el  almuerzo,  con- 
tinuamos nuestra  marcha,  doblando  hacia  el  Oeste  por  la  misma 
senda  del  bosque  donde  había  recibido  los  primeros  disgustos, 
á  consecuencia  de  las  provocaciones  del  cacique  Michí.  En 
este  punto  el  cacique  me  hizo  apear,  dándome  á  entender  que 
las  ramas  del  bosque  azotarían  mi  rostro,  por  lo  que  entregó 
el  caballo  á  un  joven  para  que  me  lo  llevase,  ó  más  bien  dicho, 
para  que  lo  llevase  á  él  y  á  otros  dos  más,  que  sin  oponerse  el 
Queirá,  se  encaramaron  como  gatos,  ocupándole  desde  el 
pescuezo  hasta  la  cola,  y  cargándole,  no  sólo  con  el  peso  de 

II 


162  JUAN    DE    COMINGES. 


SUS  cuerpos,  sino  con  el  de  sus  cargas,  que  no  bajarían  de  otras 
seis  arrobas. 

Habríamos  caminado  como  media  legua  dentro  del  bosque, 
cuando  el  cacique  Queirá,  que  marchaba  á  la  cabeza,  hizo  un 
disparo  con  su  carabina,  el  que  fué  contestado  por  algunos  gri- 
tos humanos  y  muchos  ladridos  de  perros.  Dimos  algunos  pa- 
sos y  revolviendo  de  pronto  al  Nordeste,  nos  encontramos  á  la 
margen  de  una  de  esas  frecuentes  ensenadas  del  rio  Paraguay, 
que  no  era  otra  sino  la  misma  que  cerraba  el  campamento  del 
Algarrobo  por  Norte  y  Nordeste  y  por  la  cual  cruzaba  el  arro- 
yo de  los  Guanas,  á  cuya  orilla  y  á  la  sombra  de  unos  grandes 
árboles,  habría  una  centena  de  personas  de  distintos  sexos, 
entre  los  cuales  se  encontraban  los  dos  heridos  de  la  víspera; 
gentes  todas  que  me  recibieron  con  los  mayores  agasajos,  sa- 
cudiendo cuidadosamente  unos  cueros  para  que  yo  me  sentase^ 
y  presentándome  delante  maies  con  maíz  tostado  y  trozos  de 
yacaré  (i)  cocido,  de  todo  lo  que  comí  en  abundancia  para  de- 
jarlos complacidos. 

El  brazo  del  hijo  del  cacique  estaba  muy  endurecido,  le  ins- 
piraba serios  cuidados,  y  como  mis  conocimientos  quirúrgicos 
no  eran  tan  grandes  como  la  herida,  temí  perder  el  prestigio 
qie  pensaba  adquirir  como  cirujano,  con  méritos  tan  escasos 
como  los  que  había  puesto  en  juego  para  acreditarme  de  mú- 
sico, de  prestidigitador  y  de  guerrero.  Recurrí,  pues,  á  lavar  las 
heridas  de  nuevo  con  mayor  cantidad  de  ácido  fénico  que  en  la 
víspera,  y  dividiendo  un  pañuelo  entre  los  dos  enfermos,  lo  em- 
papé en  el  líquido,  y  lo  apliqué  como  si  fuesen  hilas,  sujeto  con 
el  vendaje.  Operaciones  eran  éstas  que  todos  observaban  con 
religioso  silencio,  como  si  tuviesen  la  íntima  seguridad  de  que 
por  intermedio  mío  habrían  de  curarse  irremisiblemente. 

Aun  no  había  terminado  la  cura  de  estos  indios,  cuando 
delante  de  nosotros  se  presentaron  cinco  de  mis  acompañantes 
montados  en  unos  potrillos,  tan  proporcionados,  tan  lindos  y 


(i)  Caimán. 


EXPLORACIONES.  1 63 


tan  matados  por  el  lomo  como  el  que  me  había  regalado  el 
cacique,  circunstancia  tan  casual  que  quise  explicarme  y  que 
sólo  comprendí  cuando  después  de  examinar  la  boca  de  aque- 
llos animales,  vi  que  eran  caballos  hechos,  alguno  de  los  cua- 
les pasaba  de  ocho  años. 

Este  descubrimiento  vino  á  sacarme  de  infinitas  dudas.  El 
animal  raquítico  que  ayer  me  regaló  el  Queirá,  era  un  caballo 
de  más  fuerzas  que  las  que  prometía  por  su  aspecto,  supuesto 
que  no  eran  mejores  los  que  los  indios  tenían  para  seguir  viaje 
al  interior  del  Chaco,  y  supuesto  que  había  podido,  sin  reven- 
tarse, galopar  un  largo  trecho,  que  Dios  sabe  cuál  sería,  lle- 
vando sobre  sus  espaldas  y  en  pelo  la  pesada  mole  del  cacique 
Pucú, 

El  cacique  Queirá  no  me  había  mandado  volver  hasta  el  Apa 
para  que  comprase  un  caballo,  como  me  lo  había  dicho  el  infa- 
me traductor,  sino  que  por  el  controrio  me  había  regalado  el 
suyo  propio,  haciendo  el  sacrificio  de  volver  á  pie  hasta  la  tol- 
dería, para  evitarme  este  trabajo. 

Mi  viaje  al  Apa,  había  servido  nada  más  que  para  fatigarnos, 
para  perder  un  día,  y  para  cambiar  un  caballo  bueno  por  uno 
malo. 

Desde  mi  llegada  á  este  campamento,  los  indios  que  me 
acompañaban,  á  pesar  de  que  supondrían  que  los  que  estaban 
allí  habrían  sido  enterados,  por  los  dos  heridos,  de  la  refriega 
habida  en  la  anterior  madrugada  con  los  indios  mbayás,  no  pu- 
dieron contenerse  de  hacer  por  sí  propíos  la  narración  del  su- 
ceso, de  lo  que  yo  me  apercibía,  porque  imitaban  los  gritos, 
las  carreras,  los  disparos  de  flecha  y  de  fusil,  y  hasta  mis  voces 
de  mando,  y  sobre  todo,  porque  me  tocaban  amistosamente 
unos  y  otros  llamándome  lektesmá. 

La  dificultad  inmensa  que  oponía  á  mis  investigaciones  la 
irremediable  falta  de  un  intérprete,  no  me  permitió  por  el  pronto 
averiguar  si  aquellos  indios  vivían  allí  mismo  ó  si  estarían  de 
pesca;  pues  era  ésta  tan  abundante  que  no  sólo  bastaba  meter 
el  anzuelo  para  sacar  una  pieza,  sino  que  hasta  pescaban  con 


164  JUAN    DE    COMINGES. 


la  mano,  ocupación  en  que  se  divirtieron  todos  los  míos,  así 
como  en  destripar  y  abrir  en  dos  mitades  cuantos  peces  reco- 
gían para  exponerlos  al  sol,  donde  al  cabo  de  un  rato  perdían 
el  jugo  y  quedaban  en  condiciones  de  un  bacalao,  que  podía 
guardase  en  sus  natjabas.  Tampoco  pude  averiguar  si  aquel 
grupo  donde  sólo  había  mujeres,  niños  y  algunos  ancianos,  se- 
ría una  parte  de  la  chusma  de  la  tribu  de  Queirá,  por  más  que 
la  indiferencia  y  casi  altanería  con  que  éste  les  trató,  me  hizo 
sospechar  que  serían  extraños  ya  que  no  enemigos. 

En  el  deseo  de  comenzar  á  extender  el  círculo  de  mis  rela- 
ciones entre  los  indígenas,  me  puse  en  sabrosa  plática  con  una 
vieja  desgreñada  y  barriguda  que  debía  ser  bruja,  según  el  pres- 
tigio de  que  gozaba  entre  los  suyos .  Esta  mujer  era  la  que 
más  se  había  distinguido  en  obsequio  hacia  mi  persona,  y  la  que 
mayores  muestras  de  admiración  había  dado  mientras  los  Gua- 
nas contaban  los  detalles  de  la  pelea,  llevando  su  entusiasmo 
hasta  el  punto  de  tocarme  la  cara  con  entrambas  manos  y  de 
contemplarme  con  tal  éxtasis  que  me  puso  en  cuidado,  pues 
deben  ser  las  Susanas  del  Chaco  tan  peligrosas  como  las  de 
la  corte  de  los  Faraones;  sin  embargo,  como  parecía  que,  cual 
nueva  Calipso,  deseaba  conocer  mis  aventuras,  empecé  á  des^ 
cribirla  el  objeto  de  mi  viage  que  era:  hacerme  amigo  de  to- 
dos los  indios,  abrir  un  camino  para  carreta,  cambiar  sus  te- 
jidos, sus  bolsas,  sus  hamacas,  sus  cueros  y  sus  plumas,  por 
telas  blancas  y  coloradas,  camisas,  sombreros,  agujas,  tijeras, 
cuchillos,  azadones,  hachas  y  fusiles;  todo  ló  que  entendió  per- 
fectamente, gracias  á  mi  repertorio  guana  que  alcanzaba  nada 
menos  que  á  cinco  palabras;  á  que  de  todos  los  objetos  que 
nombraba  había  ejemplares  tangibles,  y  á  que  la  mímica  suplió 
el  resto,  y  más  que  la  mímica  la  mecánica;  pues  para  llevar 
hasta  su  ríiente  la  idea  de  la  carreta,  tuve  que  fabricar  una  con 
una  hoja  de  mi  libro  y  figurar  que  la  arrastraban  dos  caballos. 

Muy  entretenido  y  muy  satisfecho  en  medio  de  aquel  colo- 
quio y  de  aquel  auditorio  de  dueñas,  que  hasta  la  boca  abrían 
para  mejor  entenderme,  me  encontraba  yo  como  Telémaco 


EXPLORACIÓN  tS.  I  65 


'  entre  un  corro  de  ninfas  donde  no  había  una  sola  Eucaris, 
cuando  celoso  el  Mentor  (entiéndase  Queirá),  tomándome  de  un 
brazo,  como  pudiera  hacerse  con  un  niño,  me  condujo  á  cierta 
distancia  y  me  hizo  acostar  sobre  mi  manta  sin  darme  expli- 
cación ninguna,  y  sin  que  yo  se  la  pidiera  por  mi  parte,  pues 
no  parecía  su  cara  para*  dar  satisfacciones.  Sin  embargo,  como 
quiera  que  él  se  acostase  á  mi  lado  y  que  el  lugar  era  fresco  y 
sombrío,  no  tardé  en  perdonarle  el  exabrupto  y  en  dormirme, 
pensando  en  que  este  hombre  era  verdaderamente  celoso,  pero 
celoso  de  mi  dignidad,  que  sin  duda  creía  rebajada  viéndome 
tan  alegre,  tan  juguetón  y  tan  familiarizado  con  aquellos  miem- 
bros tan  subalternos  de  la  familia  indígena. 

Cuando  á  las  tres  de  la  tarde  empezó  á  poderse  soportar 
el  calor  de  aquella  atmósfera  que  parecía  un  horno,  el  cacique 
me  despertó,  é  indicándome  mi  aparejo  y  mi  caballo,  pareció 
decirme:  ensilla  y  vamos.  Así  lo  hice,  mientras  que  mis  com- 
pañeros de  viaje  también  ensillaban,  pero  de  una  manera  bien 
original  por  cierto,  pues  que  todo  lo  que  hicieron  fué  colocar 
unas  espadañas  del  curiche  sobre  las  mataduras  de  sus  caba- 
llos, poner  encima  dos  ó  tres  salvavidas  atravesados  á  la  mane- 
ra de  alforjas,  colocar  sobre  éstas  los  azadones  que  llevaban 
sujetos  por  el  ojo  con  una  cuerdecita,  y  de  un  salto  subir  uno 
sobre  el  pescuezo,  otro  sobre  el  lomo  y  otro  sobre  las  ancas  de 
cada  caballo,  no  subiendo  más,  sin  duda  alguría,  porque  mate- 
rialmente no  cabían. 

Mientras  pensaba  lo  exagerado  que  parecería  el  día  que  des- 
cribiese mis  aventuras,  la  escena  en  que  se  presentan  diez  y 
seis  ginetes  con  solo  seis  caballos,  saltó  un  mocetón  sobre  las 
ancas  del  mío,  y  entonces  prometí  no  volver  á  extrañarme  de 
nada  de  cuanto  pudiera  sobrevenirme  entre  aquellas  gentes. 
Sin  embargo,  falté  á  mi  palabra,  porque  mi  admiración  y  mi 
sorpresa  subió  de  punto  al  ver  que  estábamos  en  marcha  sin 
que  otro  indio  hubiese  subido  sobre  el  pescuezo  de  mi  caballo, 
rasgo  de  galantería  hacia  mi  persona,  pues  debía  ser  tentador 
aquel  espacio  que  quedaba  vacante. 


i66 


JUAN    DE    COMINGES. 


Al  partir  volví  la  cara  atrás  para  despedirme  de  aquellas 
gentes,  que  tan  bien  me  habían  tratado,  y  que  al  verlas  forma- 
das en  semicírculo  gesticulando  y  dando  voces,  parecían  el  coro 
de  brujas  de  una  de  las  óperas  de  Verdi. 

Nuestra  marcha  fué  durante  un  largo  rato  sobre  el  arco  que 
formaba  la  inmensa  herradura  de  la  gran  ensenada  que  llevá- 
bamos al  Este  y  sobre  el  suave  talud  que  formaban  con  dicho 
bañado  los  terrenos  elevados  y  montuosos  que  dejábamos  al 
Oeste,  y  así  seguimos  hasta  que,  próximamente  en  el  vértice 
de  la  curva,  salimos  entre  palmas  y  bosque  claro  en  rumbo 
Noroeste  hasta  la  distancia  de  una  legua,  en  que  nos  encontra- 
mos con  un  cauce  ancho  y  poco  profundo,  que  á  ciertos  inter- 
valos estaba  lleno  de  pocitos  de  agua  tan  corrompida,  que  in- 
fectaba el  ambiente. 

Este  arroyo  corre  de  Noroeste  á  Sudeste  sin  dar  muchas 
vueltas  y  debe  estar  apoyado  contra  algunos  cerros  que  que- 
daron al  Oeste  ó  al  Sudoeste;  pues  aunque  no  los  he  visto,  á 
causa  de  la  espesura  del  gran  bosque  que  allí  empieza,  los  in- 
fiero, no  sólo  porque  el  terreno  sube  mucho  en  esa  dirección 
sino  porque  en  menos  de  una  legua  de  trayecto  hay  que  pasar 
siempre  entre  bosques  y  sobre  el  áspero  talud  del  arroyo,  cin- 
cuenta  quebradas  ó  desaguaderos,  tan  inmediatos  entre  sí  que 
apenas  entre  el  cauce  del  uno  y  del  otro  hay  más  distancia  que 
la  de  sus  taludes  respectivos.  En  este  corto  trayecto  sería 
costosa  la  construcción  de  un  camino  á  media  ladera,  que  re- 
clamaría cincuenta  tajeas  de  madera  de  quebracho  y  de  un 
metro  de  luz ;  pues  no  es  posible  el  llevarla  por  la  parte  opues- 
ta del  arroyo,  desde  que  todo  el  inmenso  espacio  qne  le  separa 
del  río  Paraguay  son  bañados  con  muy  pequeñas  manchas  de 
palmares. 

Después  de  caminar  tres  leguas  siempre  al  Nordeste  á  la 
margen  de  este  arroyo,  se  pasa  otro  arroyito  pantanoso  em- 
barrancado y  de  siete  metros  de  anchura,  el  que  viniendo  del 
Oeste  afluye  sobre  el  primero ;  arroyo  que  no  debe  ser  corren- 
toso,  por  cuanto  que  su  cauce  está  cubierto  de  vegetación  acuá- 


EXPLORACIONES.  I  6  7 


tica,  y  sus  barrancas  no  están  desmoronadas  sino  cubiertas  de 
verde  césped,  pero  que  tuvimos  que  pasarlo  á  pie,  metidos  en 
el  barro  hasta  la  horcajadura,  y  expuestos  á  dejar  allí  todos 
los  caballos  y  principalmente  el  mío  que,  por  carecer  de  la  ex- 
traordinaria resistencia  de  los  caballos  indígenas,  hubo  de 
sacarse  enlazado  y  arrastrado  por  todos  los  otros,  lo  que  acabó 
con  sus  fuerzas.  Este  paso  indispensable  no  puede  hacerse  sin 
un  puente  de  madera  de  diez  metros  de  luz  y  que  se  apoye  en 
las  barrancas. 

Aunque  muy  extendido  y  debilitado,  el  arroyo  principal  to- 
<lavía  sigue  al  Noroeste  como  media  legua,  cubiertos  los  suaves 
taludes  por  una  pequeña  capa  de  salitre  en  el  que  aún  estaban 
las  huellas  que  estamparon  mis  compañeros  á  su  venida  para 
el  Apa  y  la  de  multitud  de  animales  de  la  selva,  incluso  el  tigre 
<jue,  según  los  indios,  les  había  perseguido,  y  asimismo  marcha 
acompañado  de  bañados  por  el  Oriente,  y  por  el  Occidente  de 
palmares. 

En  este  trayecto  que,  como  el  de  las  dos  leguas  anteriores, 
habíamos  hecho  á  media  rienda,  alcanzamos  á  dos  de  nuestros 
compañeros  que  habían  tenido  que  adelantarse  á  causa  de  ser 
tan  cortos  los  caballos  indígenas,  quienes  desde  lejos  nos  hi- 
cieron señas  para  que  parásemos,  y  para  que  yo  me  adelantase 
á  pie  con  la  carabina,  lo  que  hice  corriendo,  pues  sospechaba 
lo  que  sería.  Aquellos  dos  indios  habían  tenido  la  cachaza  de 
ver  un  ciervo  y  no  tirarle,  que  es  sin  duda  lo  que  constituye  su 
mayor  delicia,  por  el  gusto  de  proporcionarme  esa  satisfacción, 
que  yo  por  mi  parte  les  agradecí,  dejándole  muerto  de  dos  ba- 
lazos, lo  que  produjo  salvajes  aclamaciones,  é  hizo  que,  sin 
aprovechar  el  cuero,  todos  acudieran  como  buitres  en  busca 
de  su  presa,  sobre  la  que  funcionando  á  la  vez  diez  y  ocho  cu- 
chillos manejados  por  diestros  profesores  de  anatomía,  quedó 
reducida  en  pocos  momentos  á  un  charco  de  sangre  y  un  mon- 
tón de  tripas. 

Cuando  el  arroyo  que  marcha  al  Noroeste  acaba  por  extin- 
guirse, continúa  la  senda  todavía  un  cuarto  de  legua  sobre  el 


l68  JUAN    DE    COMINGES. 


mismo  rumbo,  y  á  esa  distancia  cambia  al  Oeste  para  salvar  un 
bañadito  que  viene  como  del  Norte,  y  á  la  legua  y  cuarto  se 
corta  el  camino  por  un  arroyo,  único  en  su  clase  entre  todos 
los  que  he  visto  en  el  Chaco ;  descubrimiento  tal  vez  de  una 
importancia  incalculable,  pues  que  no  era  uno  de  tantos  curi- 
ches cubiertos  de  vegetación  acuática,  sino  un  profundo  desa- 
guadero, con  barrancas  de  cuatro  metros  de  altura  y  con  un 
metro  de  agua  á  pesar  de  la  extraordinaria  seca ;  no  había  agua 
detenida  sino  que  marchaba  con  una  velocidad  superior  á  la 
de  treinta  centímetros  por  segundo.  Este  arroyo  apenas  tendrá 
la  anchura  de  seis  metros,  y  sus  vueltas  y  revueltas  son  tales 
que  sería  algo  difícil  la  marcha  de  un  vaporcito  entre  sus  es- 
carpadas y  elevadas  barrancas.  Por  otra  parte,  la  multitud  de 
palmas  caídas  sobre  su  cauce  haría  imponible  hasta  el  nave- 
garle  con  canoa,  sin  que  antes  precediera  la  entretenida  y  cos- 
tosa operación  de  su  limpieza. 

Muchas  veces  y  con  mucha  insistencia  pregunté  la  proce- 
dencia del  arroyo,  y  todo  lo  que  pude  sacar  en  limpio  fué  que 
venía  de  muy  al  Noroeste  donde  había  Yesik\  (i)  que  era  muy 
tortuoso,  que  crecía  mucho,  y  que  desaguaba  en  el  Paraguay 
sobre  una  latitud  que  según  señalaban  debería  sera  los  21**  30' > 
poco  más  ó  menos.  En  cuanto  á  su  nombre  nada  pude  averi- 
guar;  pues  cuando  trataba  de  indagarlo  todos  recogían  y  lan- 
zaban la  saliva  como  demostrando  que  tenían  asco,  lo  que  me 
convencí  tan  pronto  coiro  probé  el  agua,  que  era  más  salada 
y  amarga  que  la  de  los  mares. 

La  blanca  arcilla  que  constituye  el  subsuelo  del  desierto  y  la 
ausencia  completa  de  todo  cristal  de  sílice,  hace  que  el  fondo 
de  este  arroyo,  así  como  el  de  todos  los  curiches  y  hasta  el  de 
las  márgenes  del  río  Paraguay,  sea  extraordinariamente  panta- 
noso, por  lo  que  los  caballos  se  fatigaron  mucho  para  poderlo» 
pasar,  si  bien  nosotros  lo  cruzamos  algo  mejor,  merced  á  las 


(i)  Sal,  soda,  potasa  ó  salitre. 


I:  XPLOR  ACIONES.  1 69 


palmas  que  nos  sirvieron  de  puente.  Este  arroyo  fué  bautizado 

por  mí  con  el  nombre  de  Arroyo  Bravo. 

Pasado  el  arroyo,  entramos  en  rumbo  Norte  y  como  á  los 

quinientos  pasos. acampamos  sobre  el  linde  de  un  bosque  muy 
fragoso,  que  empieza  sobre  la  margen  del  Arroyo  Bravo  y  con- 
tinúa hacia  el  Norte. 

Frente  á  nuestro  campo,  ó  sea  al  naciente,  se  extendían  ter- 
renos pantanosos  y  lagunitas  con  agua  dulce,  en  una  de  las 
cuales  nos  bañamos  todos  para  quitarnos  la  molestia  que  pro- 
ducía en  nuestro  cuerpo  el  salitre  que  había  quedado  en  él  al 
pasar  el  arroyo,  después  de  lo  cual  y  mientras  se  asaba  el  cier- 
vo, que  había  de  servirnos  de  cena,  tendí  mi  carpa  como  en  la 
noche  anterior  aunque  ayudado  por  el  cacique. 

Por  ser  aquél  un  lugar  tan  solitario  creí  que  el  cacique  hu- 
biese dejado  una  pequeña  guardia  que  vigilase  nuestro  sueño, 
pero  no  sucedió  así;  los  indios  todos  se  durmieron  entre  sus 
hogueras,  como  se  duerme  el  carpincho  á  la  margen  de  la  lagu- 
na sin  pensar  en  el  tigre  que  lo  acecha. 

Después  de  curar  á  mis  heridos,  me  retiré  á  la  tienda  á  tomar 
algunos  apuntes  de  mis  impresiones  del  día,  y  tan  cansado  de 
una  jornada  de  doce  leguas  como  satisfecho  de  verme  tan  bien 
tratado  por  los  indios,  seguí  el  ejemplo  de  todos  y  me  dormí 
profundamente. 

Dia  10  de  Octubre. 

Antes  de  la  salida  del  sol,  salimos  en  rumbo  Norte,  y  des- 
pués de  caminar  un  cuarto  de  legua  con  monte  al  Oeste, 
doblamos  hacia  el  naciente  la  punta  del  bosque  y  retrocedimos 
hacia  el  Sud  por  su  parte  opuesta,  penetrando  después  dentro 
de  una  fragosa  selva,  cuyo  sendero  de  tres  leguas  daba  una 
vuelta,  de  tal  modo,  que  al  empezar  en  rumbo  Sud  se  dirigía 
poco  á  poco  al  Sudoeste,  después  al  Oeste,  y  por  fin  al  Noro- 
este, donde  terminaba  el  monte. 

Esta  gran  curva  tiene  por  objeto  costear  un  cerro  bastante 


I  ■'-•■»'  \ 


1 70 


JUAN    DE    CüMINGES. 


elevado,  pedregoso  y  t:iibierto  de  vegetación  arbórea  de  mag- 
nífico desarrollo;  pero  la  vereda  es  estrecha  hasta  el  punto  de 
que  los  caballos  no  pueden  pasar  con  carga,  n¡  aun  con  el  apa- 
rejo, por  lo  que  al  entrar  en  ella,  me  hizo  apear  el  cacique,  y 
cargándome  el  pesado  morral  y  la  carabina,  me  hizo  pasar  ade- 
lante, mientras  él  cargado  con  el  aparejo  y  tirando  de  la  brida 
cerraba  la  marcha. 

Ya  imaginaba  yo  que  el  trayecto  sería  difícil,  por  cuanto  que 
el  cacique  y  algunos  otros  ancianos  se  habían  calzado  albarcas 
desde  la  salida  del  campamento,  pero  nunca  pude  figurarme 
una  senda  tan  larga  y  tan  penosa.  Las  ramas  espinosas  azota- 
ban el  rostro,  los  raigones  enredaban  los  pies,  las  aristas  de 
las  piedras  basálticas  destrozaban  el  calzado,  y  las  aceradas 
puntas  de  los  caraguatás  de  un  metro  de  altura  desollaban  las 
piernas  y  hacían  trizas  los  pantalones.  Ya  una  liana  del  (grueso 
de  un  hilo  detenía  la  marcha  con  una  resistencia  poderosa;  ya 
un  árbol  caído  cerraba  el  paso,  obligando  á  saltarle  por  encima 
de  sus  infinitos  parásitos,  ó  á  cruzarle  por  debajo  arrastrándo- 
se como  la  serpiente  sobre  la  punzante  alfombra  de  mamilarias 
y  echinocactus ;  ya,  en  fin,  la  reacción  de  una  rama  violentada 
por  el  que  caminaba  ante  mí,  me  sacudía  en  el  rostro  una  tre- 
menda bofetada,  que  despedía  mi  sombrero  á  larga  distancia; 
dificultades  todas  que  había  que  salvar  sin  detenerse  y  casi  á 
la  carrera,  pues  que  los  indios  no  pueden  soportar  el  tener  que 
suspender  su  marcha  tal  vez  sobre  un  montón  de  espinas,  por 
cansa  de  la  torpeza  del  que  marcha  adelante,  y  tanto  más,  cuan- 
to que  la  detención  de  uno  es  la  de  todos  los  que  le  siguen.  Así 
pues,  como  las  dificultades  con  que  yo  tropezaba  no  eran  ma- 
yores que  las  encontradas  por  el  que  me  antecedía,  sino  en 
cuanto  á  mi  falta  de  destreza,  no  queriendo  descubrir  esta  in- 
ferioridad que  hubiera  dado  por  resultado  la  detención  del 
cacique,  y  talvez  el  ser  pisoteado  por  el  caballo  que  tras  él 
venía  dando  saltos  y  tropezones,  hice  de  tripas  corazón  y  me 
tragué  las  tres  leguas  de  bosque,  seguro  de  que  á  ser  tres  y 
media  hubiera  tenido  que  declararme  en  derrota. 


EXPLORACIONES.  I  7  I 


El  camino  carretero  á  través  de  este  bosque  no  ofrece  otra 
dificultad  que  el  derribo  de  muchos  árboles  seculares. 

Grande  fué  mi  alegría,  cuando  á  las  tres  horas  de  marcha 
por  esta  infernal  vereda,  empezó  á  iluminarse  el  horizonte  hasta 
entonces  oscurecido  por  la  frondosidad  de  aquellos  árboles  ver- 
daderamente gigantescos.  A  pocos  pasos  salimos  á  luz  del  día, 
y  caminamos  media  legua  por  un  palmar,  dejando  al  Sud- 
oeste ó  sea  á  nuestra  mano  izquierda  un  extenso  bañado,  que 
llegaba  desde  el  bosque  hasta  otra  pequeña  faja  de  monte  que 
atravesamos  á  la  media  legua,  cerca  de  cuya  entrada  me  seña- 
laron los  indios  una  pequeña  toldería  de  indios  Anapanás  muy 
semejante  á  la  del  cacique  Michí,  aunque  de  apariencia  más 
decente,  la  que  estaba  situada  cerca  del  bosque  y  del  agua, 
como  la  de  los  angaités. 

El  calor  era  tan  grande  ó  quizá  más,  que  el  que  se  dejó  sen- 
tir el  día  antes,  lo  que  tenía  á  los  caballos  un  poco  rendidos, 
con  excepción  del  mío  que  lo  estaba  completamente,  hasta  el 
punto  de  que,  reconociéndolo  el  tremendo  gandul  que  venía  á 
las  ancas,  echó  pie  á  tierra  y  le  sacudió  tremendos  palos  que 
produjeron  en  él  el  mismo  efecto  que  si  hubiesen  caido  sobre 
las  palmas  inmediatas.  Tuve  pues  que  apearme,  haciéndom^e 
cuenta  que  aquella  vela  se  había  apagado,  por  lo  que  prescindí 
de  ella  completamente,  seguro  de  que  el  proceder  de  mi  com- 
pañero no  serviría  para  encandilarla. 

Cuando  nos  acercamos  á  esta  toldería  que  los  indios  dijeron 
llamarse  Mitá-Paát  (i)  un  centenar  de  personas  en  que,  con  ex- 
cepción de  mancebos,  había  de  todos  sexos  y  edades,  y  otro 
centenar  de  perros,  salió  á  recibirnos  ó  más  bien  dicho  á  reci- 
birme á  mí,  pues  á  mí  se  dirigieron  las  atenciones  de  los  unos 
y  las  amenazas  de  los  otros. 


(i)  Mita  es  una  de  las  pocas  palabras  comunes  á  la  lengua  guaraní 
y  guana,  es  un  adjetivo  calificativo  más  que  un  adverbio  de  cantidad 
que  quiere  decir  que  una  cosa  no  es  completa,  y  Paát  quiere  decir  pue- 
blo, casa  ó  toldo. 


I  7  2  JUAN    DE    COMINGES. 


No  hay  duda  de  que  los  Anapanás  debieron  imaginarse  que 
me  sería  familiar  su  lengua,  supuesto  que  á  la  vez  que  me  ofre- 
cían los  hombres  sus  pipas  encendidas  y  las  mujeres  chipá  (i) 
de  atá^  (2)  eiyakték^  (3)  cocidos,  batatas  dulces,  y  miel,  me  ha- 
blaban todos  al  mismo  tiempo  y  en  voz  tan  alta,  como  si  me 
creyesen  sordo;  de  modo  que,  aunque  el  dialecto  anapaná  hu- 
biese sido  el  mío,  y  los  gritos  de  los  muchachos  y  ladridos  de 
los  perros  que  se  asustaban  de  mi  presencia  me  hubieran  deja- 
do escucharruidos  inferiores,  es  evidente  que  aun  en  ese  caso, 
nada  hubiera  comprendido  de  lo  que  me  querían  decir  aquel 
enjambre  de  abejas. 

Comí,  bebí,  reí,  acaricié  á  los  chicos  que  lo  consintieron, 
distribuí  entre  chicos  y  grandes  tres  puñados  de  galletitas  in- 
glesas, regalé  un  collar  á  la  mujer  del  cacique,  un  puñado  de 
cigarros  á  los  viejos,  y  di  un  salvavidas  vacío  á  una  madre  afli- 
gida, para  que  á  su  hijito  enfermo  pudiera  hacerle  una  camisa, 
ó  una  mortaja,  mientras  que  mis  compañeros  gritaban  en  di- 
ferentes corrillos,  pin,  plan,  cataplún,  recordando  la  pasada 
refriega,  en  la  que  deberían  pintarme  como  un  Escipión,  según 
los  tirones  que  estos  indios  daban  á  mi  brazo,  y  las  batatas 
que,  ardiendo  y  sin  mondar,  me  embuchaban  como  quien  ceba 
á  un  pavo. 

Pocos  instantes,  á  Dios  gracias,  nos  detuvimos  en  Mitá-Paáty 
pues  á  durar  aquella  situación  hubiera  concluido  mi  toleran- 
cia por  el  principio  de  un  cólico.  Nos  despedimos,  pues,  y  lo 
único  que  pensé  en  aquel  momento  fué  que  para  mi  vuelta  ha- 
bría mejor  comida,  y  serían  más  gente  para  atracarme. 

La  vereda,  que  siempre  marcha  rumbo  Noroeste,  al  llegar  al 
bosque  tuerce  muy  bruscamente  hacia  el  Oeste;  mas  ese  nuevo 


(i)  Pan  que  en  el  Paraguay  se  hace  con  almirión  de  mandioca,  grasa, 
huevo,  etc. 

(2)  Palma  Cavendai,   cuyo  cogollo  rayado  sirve  como  fécula  para 
hacer  un  pan  muy  malo. 

(3)  Judías,  ó  Porotos,  que  ya  eran  conocidos  y  cultivados  por  los  in- 
dígenas cuando  la  conquista  del  Paraguay  y  del  Perú. 


EXPLORACIONES  .  I  7  3 


rumbo  sigue  sólo  por  unos  doscientos  pasos,  que  es  poco  más 
ó  menos  la  distancia  que  hay  hasta  un  nuevo  palmar,  claro  y 
limpio  como  todos  los  que  llevamos  recorridos. 

Apenas  habiamos  salido  del  bosque  para  seguir  de  nuevo 
nuestro  rumbo  ordinario,  cuando  un  grito  unánime  salió  de  los 
labios  de  los  quince  guanas  que  montaban  los  cinco  caballos. 
¡Pilsapén!  (i)  dijeron,  y  al  galope  tendido,  tirando  á  tierra  sus 
bolsas,  salvavidas  y  azadones,  salieron  todos  en  ala,  pero  di- 
vergiendo y  dejando  en  tierra  diez  de  los  ginetes  que  se  dis- 
tribuían ala  carrera  formando  un  semicírculo,  mientras  que  sus 
cinco  compañeros  de  á  caballo,  adelantándose  por  sus  flancos, 
fueron  cerrando  aquella  figura,  y  estrechándola  más  y  más  hasta 
dejar  rendido  y  anonadado  en  su  centro  al  desdichado  avestruz 
que  perseguían. 

Parecía  increible  que  aquellos  animales  tan  pequeños,  car- 
gados con  aquellos  hombres  tan  grandes,  pudieran  correr  en- 
tre los  troncos  de  las  palmas  con  tanta  destreza  y  velocidad, 
y  tanto  más  aumentaba  mi  admiración,  cuanto  que  allí,  como 
en  todas  partes,  el  suelo  está  sembrado  de  palmas  caídas  que 
se  ocultan  entre  los  pasto$,  las  cuales  eran  un  peligro,  que  si 
no  los  contenía  debía  ser,  ó  por  que  los  indios  fuesen  demasiado 
bárbaros,  ó  por  que  los  caballos  fuesen  demasiado  buenos. 

ínterin  los  cazadores  acorralaban  la  pieza,  llegó  mi  socio  con 
el  caballo  del  diestro,  el  que  ya  no  podía  ni  con  la  montura,  y 
á  quien  el  cacique  hizo  seguir  adelante,  que  era  en  mi  juicio 
penitencia  proporcionada  la  de  tirar  de  tan  remolona  bestia  en 
castigo  de  haberla  fatigado,  si  bien  es  cierto  que  él  debió  ha- 
cerlo ignorando  que  la  resistencia  de  los  caballos,  como  la  de 
los  hombres  de  la  civilización,  es  menor  que  la  de  los  hombres 
y  caballos  del  desierto. 

En  Europa  cuesta  trabajo  creer  que,  sin  mudar  de  caballo, 
pueda  un  jinete  de  la  América  del  Sud  caminar  cien  leguas  en 


(1)  Avestruz. 


1  74  J^'^N    ^E    COMINGES. 


cuatro  días,  y  en  la  América  del  Sud  dudarán  que  las  jaquitas 
del  Chaco  puedan  marchar  siete  ú  ocho  días  con  veinte  y  cua- 
tro arrobas  sobre  el  lomo  y  casi  siempre  á  media  rienda,  y  con 
el  apéndice  de  tantas  galopadas  como  avestruces  se  presen- 
ten. Pero  como  es  mi  deber  retratar  un  país,  que  en  breve  será 
descrito  por  más  bien  cortadas  plumas,  cuento  lo  que  veo  sin 
quitarle  al  cuadro  su  verdadero  colorido,  aun  cuando  sepa  que 
á  muchos  haya  de  parecerle  exagerado. 

Adornadas  sus  cabezas  con  los  tiofeos  de  la  victoria,  llega- 
ron hasta  nosotros  los  cazadores  que  ya  habían  recogido  á  su 
regreso  los  efectos  que  habían  arrojado  para  alijerar  su  mar- 
cha, quienes  en  señal  de  respeto  hacia  su  jefe,  arrojaron  ante 
él  un  gran  avestruz  casi  desplumado,  y  una  veintena  de  tre- 
mendos huevos  del  mismo  animal;  obsequio  que  aceptó  el  ca- 
cique, tocándole  con  el  pie  y  mirándole  complacido  durante  al- 
gunos momentos,  después  de  los  cuales,  mandó  cargar  todo  y 
seguimos  adelante  como  una  legua  y  tres  cuartos,  hasta  llegar 
á  la  orilla  de  otro  monte,  á  cuya  entrada  nos  detuvimos  una 
hora  para  dar  tiempo  á  que  respirasen  los  animales  á  la  som- 
bra, pues  el  día  era  en  extreme  sofocante. 

ínterin  descansábamos,  los  indios  se  repartieron  por  el  bos- 
que, y  bien  pronto  escuchamos  el  repique  de  los  cancheros  (i) 
con  que  agujereaban  el  tronco  de  los  árboles  para  extraer  la 
miel  que  depositan  en  su  corazón  innumerable  variedad  de 
abejas  de  todos  los  tamaños  y  colores.  Poco  después  vino  uno 
corriendo  en  busca  de  mi  plato  y  de  xmpava  ó  cafetera,  que  al 
poco  rato  regresó  trayendo  el  primero  cargado  de  una  miel  tan 
blanca  que  parecía  al  agua  cristalina,  y  la  otra  llena  de  un  agua 
tan  turbia  que  asemejaba  la  amarilla  cera.  Este  agua  era  de 
caragítaíd,  único  manantial  que  había  en  el  radio  de  una  legua. 
La  senda  que  llevamos  por  este  bosque,  aunque  no  da  paso 
á  los  jinetes,  deja  caminar  á  los  caballos  con  aparejo,  pues  no 
tiene  de  esos  troncos  suspendidos  horizontalmente  á  poco  más 


(i)  Hacha  pequeñita. 


EXPLORACIONES.  ^  1 75 


de  un  metro  de  altura,  bajólos  cuales  pasan  con  tanta  destreza 
los  caballos  indígenas,  como  el  mío  con  dificultades  y  destro- 
zándose el  lomo.  La  senda  también  es  estrecha,  sucia  y  tor- 
tuosa como  la  de  la  selva  de  la  mañana,  pero  es  en  cambio 
tres  veces  más  corta ;  fortuna  grande  para  nosotros,  porque 
son  las  doce  y  dentro  del  monte  falta  el  oxígeno. 

Apenas  se  sale  del  bosque,  se  presenta  de  nuevo  trasversal- 
mente  el  arroyo  Bravo,  idéntico  en  un  todo  en  este  punto  á  la 
parte  reconocida  ayer  á  última  hora. 

Le  cruzamos,  y  sobre  la  barranca  de  la  opuesta  orilla  afluían 
dos  veredas,  una  en  rumbo  N.  N.  O.,  y  otra  en  rumbo  Oeste, 
enteramente  iguales  como  todas  las  del  desierto^  donde  ningu- 
na se  distingue  de  otra  en  su  anchura.  En  vez  de  tomar  la  que 
parecía  más  directa  para  nuestro  destino,  penetramos  por  la 
del  Oeste,  donde  supuse  que  debería  haber  agua  cercana,  por 
cuanto  los  indios  descolgando  la  cafetera  del  aparejo  de  mi 
caballo,  se  dirigieron  por  ella  gritando  quilmén  (i).  Á  los 
doscientos  pasos  que  dimos  sobre  una  pradera  muy  accidenta- 
da, llegué  con  el  cacique  á  un  barranco  extenso  y  profundo  que 
por  tener  sus  orillas  revestidas  de  vegetación  acuática,  y  el 
piso  hendido  de  innumerables  grietas  y  abarquilladas  cortezas 
de  légamo  arcilloso,  demostraba  haber  sido  una  laguna,  hoy 
enjuta  á  causa  déla  prolongada  sequía, en  torno  de  la  cual  los 
indios  sedientos,  como  sus  caballos,  nos  esperaban  como  para 
decirnos:  nos  llevamos  chasco;  lo  que  no  dejó  de  admirarme, 
pues  haciendo  diez  días  que  habían  pasado  por  aquel  mismo 
punto,  parecía  increible  que  en  tan  breve  tiempo  hubiesen 
podido  tener  motivo  para  haberse  defraudado  en  sus  esperan- 
zas. No  sirviendo  para  mitigar  la  sed  de  hombres  y  caballos  la 
contemplación  de  un  lugar  donde  hubo  de  haber  habido  agua, 
subimos  el  repecho  de  la  hondonada  á  que  habíamos  descendi- 
do, y  á  los  pocos  pasos  tuve  la  impresión  de  contemplar  una 


(ij  Agua. 


176  JUAN    DE    COMINGES. 


vivienda  de  indígenas,  que  no  era  una  pocilga  como  la  de  los 
Angaités,  y  la  de  los  Anapanás,  sino  un  verdadero  edificio 
digno  de  ser  habitado  por  los  hombres. 

Tiene  esta  vivienda  como  unos  cuarenta  metros  de  largo 
por  siete  de  ancho,  y  su  construcción,  aunque  sencilla,  es  sólida 
y  elegante,  pues  se  compone  de  tres  filas  de  columnas  de  pal- 
ma carandaí^  que  los  indígenas  llaman  atá^  distribuidas  en  línea 
recta  y  á  intervalos  iguales  sobre  toda  su  longitud,  siendo  de 
cinco  metros  de  altura  la  hilera  del  centro  donde  se  forma  el 
caballete,  y  de  dos  y  medio  las  dos  hileras  laterales,  sobre  las 
que  se  apoyan  los  pares  ó  tijeras  que  aquí  son  de  caña  taaiara 
gruesa  de  quince  centímetros,  y  por  lo  tanto  de  muy  poco  peso, 
y  de  una  solidez  más  que  suficiente  para  soportar  la  cubierta, 
que  es  de  espadaña,  como  la  de  la  mayor  parte  de  las  viviendas 
del  Paraguay.  Como  las  columnas  del  írente  tienen  la  misma 
altura  que  las  de  la  parte  posterior,  las  dos  aguas  ó  lo  que  es 
lo  mismo,  los  dos  planos  inclinados  que  constituyen  el  techo, 
forman  un  ángulo  idéntico  con  el  horizonte,  mas  con  la  di- 
ferencia de  que  mientras  el  plano  anterior  sólo  vuela  como 
unos  sesenta  centímetros,  formando  alera  fuera  de  la  línea  ce 
las  columnas,  la  parte  posterior  vuela  tanto  que  llega  hasta  muy 
pocos  centímetros  del  suelo,  con  lo  que  deja  la  vivienda  cerrada 
por  esa  parte,  mientras  que  por  delante,  en  toda  la  extensión 
del  frente  queda  abierta  y  de  tal  modo,  que  puede  penetrar  un 
hombre,  aunque  inclinando  un  poco  la  cabeza.  Los  dos  costa- 
dos de  este  cobertizo  están  cerrados  por  medias  palmas  clava- 
das en  tierra,  y  tramadas  con  cañas  y  con  juncos,  dejando 
formada  una  pared,  por  donde  el  aire  ni  el  agua  pueden  pene- 
trar. Por  último,  este  edificio  está  orientado  de  Norte  á  Sud, 
y  colocado  de  manera  que  su  parte  anterior  mira  al  naciente. 

No  dejó  de  llamarme  extraordinariamente  la  atención  el  que 
no  hubiese  un  ser  viviente  ni  en  las  inmediaciones,  ni  dentro 
del  paát^  y  tanto  más  cuando  me  apercibí  de  que  no  debía  ser 
un  edificio  abandonado,  por  cuanto  que  su  interior  estaba  lleno 
de   todos   los  objetos   que   constituyen  el  mobiliario  de  los 


EXPLORACIONES.  I  7  7 


indígenas.  Tampoco  era  posible  que  estuviesen  trabajando,  de 
caza  ó  de  paseo  por  aquellos  contornos,  pues  siempre  que  esto 
acontece,  queda  la  chusma  al  abrigo  de  la  casa,  como  había  po- 
dido ver  en  los  toldos  de  los  Anapanás.  Interrogué  á  mis  acom- 
pañantes cuanto  pude  para  que  me  sacasen  de  esta  duda,  de 
la  que  al  fin  salí  no  sin  que  ellos  y  yo  apurásemos  los  últimos 
recursos  de  la  mímica. 

Creo  que  sea  éste  el  lugar  más  adecuado  para  decir  que,  á 
pesar  del  prestigio  que  yo  había  adquirido  con  todos  los  indios 
y  de  las  pruebas  de  respeto  y  deferencia  con  que  me  honraban 
á  cada  paso,  su  rudeza  natural  y  su  carácter  tan  ingenuo  para 
dejar  traslucir  todos  sus  sentimientos,  me  proporcionaban  al- 
gunas dudas,  muchos  disgustos  y  no  poco  trabajo  para  enten- 
derme con  ellos;  pues  muy  frecuentemente  me  acontecía  que 
al  dirigirme  yo  á  cualquiera  de  aquellos  jóvenes  que  un  mo- 
mento antes  me  había  sacado  una  espina,  me  había  ayudado 
á  pasar  el  arroyo,  ó  había  tomado  mi  carabina  y  mi  morral 
para  atenuar  mi  fatiga,  sucedía  que,  en  lugar  de  ser  atento  y 
esforzase  por  entender  mis  señas  y  responder  á  mis  preguntas, 
solía  hacerme  una  mueca,  volverme  las  espaldas  y  pronunciar 
alguna  frase,  que  muy  picante  debería  ser,  cuando  tales  carca- 
jadas producía  entre  los  suyos,  sin  que  el  cacique  le  reprendie- 
se por  su  descortesía  y  sin  que  esto  tampoco  impidiese  que  el 
mismo  muchacho  viniese  poco  después  á  mí  ofreciéndome  su 
pipa,  tendiendo  su  poncho  para  que  me  sentase,  dándome  al- 
gunas  frutas  silvestres,  ó  en  una  palabra,  demostrándome  unas 
atenciones  que  debía  agradecerle  mucho,  á  causa  de  que,  no 
usándose  entre  ellos,  se  descubría  que  eran  arranques  espon- 
táneos de  su  ternura.  No  es  pues  extraño  que  al  dirigirme  á  va- 
rios de  los  que  sedientos  y  rendidos  por  el  calor  y  la  fatiga  de 
la  marcha,  estaban  tendidos  al  abrigo  del  paát  para  que  me  in- 
formaran acerca  de  las  causas  que  habrían  motivado  el  aban- 
dono de  la  casa,  me  volvieran  las  espaldas  unos,  se  callaran 
otros,  y  los  más,  viendo  mis  gestos,  se  rieran  en  mis  barbas  sin 
satisfacer  mis  dudas. 

12 


178  JUAN    DE    COMINGES. 


Confieso  ingenuamente  que  no  dejaba  de  sentir  herido  mi 
amor  propio  en  presencia  de  aquellos  desaires;  tanto  más,  cuanto 
que,  al  no  contestarme,  me  privaban  de  un  dato  precioso  que 
tal  vez  me  diera  la  clave  que  aclarase  muchos  otros,  razón  por 
la  cual,  no  sólo  me  apliqué  cuanto  pude  al  estudio  de  la  lengua 
Guana,  enriqueciendo  á  cada  instante  mi  vocabulario  con  nue- 
vas palabras,  y  ejercitándome  en  su  pronunciación  que  producía 
bástala  sonrisa  del  cacique,  que  es  cuanto  puede  decirse,  sino 
que  echando  la  vergüenza  á  un  lado,  y  persuadido  de  que  po- 
bre importuno  saca  mendrugo,  importuné  con  toda  la  insisten- 
cia del  que  tiene  hambre  de  ensanchar  sus  conocimientos,  y 
nunca  me  faltó  el  mendrugo  de  los  datos. 

El  paÁt  estaba  desierto  porque  la  falta  de  agua  había  hecho 
emigrar  á  sus  habitantes,  que  eran  Guanas  de  la  tribu  de  Tase- 
mapdn^  por  lo  que  el  edificio  se  llamaba  Tasemapán-paát. 

Veamos  ahora  en  qué  consistía  el  mueblaje  del  paát,  y  en 
qué  forma  estaba  distribuido. 

Hasta  la  hilera  de  columnas  que  corría  por  el  centro  divi- 
diendo el  edificio  en  dos  mitades,  la  mitad  anterior  estaba  com- 
pletamente libre  de  todo  mueble,  y  era  un  espacio  destinado 
á  reunirse  los  indios  para  jugar,  comer,  conversar  y  pasearse 
en  tiempo  de  lluvia.  Era  poco  más  ó  menos  lo  que  puede  ser 
un  claustro  con  relación  á  las  habitaciones  inmediatas;  pero  no 
así  la  parte  posterior,  donde  enfilados  trasversalmente,  parale- 
los unos  á  otros,  y  sólo  separados  por  unos  cuarenta  centíme- 
tros, estaban  los  camastros  de  cada  una  de  las  familias  más  ó 
menos  grandes,  según  el  número  de  individuos  de  que  se  com- 
ponen, pues  en  ellos  se  acuestan  el  padre,  la  madre,  los  hijos 
y  las  hijas  que  todavía  no  se  han  reunido  á  sus  cónyuges,  y  los 
huéspedes  ó  agregados  de  los  que  siempre  hay  alguno  en  to- 
das las  familias.  Estos  lechos,  tienen  ordinariamente  dos  me- 
tros de  largo,  y  su  anchura  varía  de  dos  á  tres;  están  elevados 
como  unos  cincuenta  centímetros  del  suelo  y  constituidos  por 
cuatro  horquetas  clavadas  en  tierra,  las  que  sostienen  dos  tra- 
vesanos que  sirven  de  banquillos,  sobre  los  cuales,  á  manera  de 


r 


EXPLORACIONES .  I  7  Q 


tablas,  colocan  quince  ó  veinte  pedazos  de  palmas  rajadas  por 
el  diámetro,  encima  de  los  que,  á  manera  de  colchón,  se  tienden 
cuantos  cueros  posee  la  familia. 

El  espacio  que  queda  entre  estos  camastros  y  la  parte  pos- 
terior del  paát,  es  el  almacén,  y  á  veces  la  despensa  de  cada 
grupo,  pues  allí  amontonan  sus  mates,  sus  herramientas,  sus 
vasijas,  sus  armas  y  á  veces  sus  provisiones;  aunque  estas 
últimas,  más  bien  suelen  colgarlas  del  techo  en  grandes  bolsas 
de  red,  para  librarlas  del  alcance  de  unos  perros  tan  glotones 
como  mimados. 

Indistintamente  de  todas  las  cañas  del  techo,  tanto  en  la 
parte  anterior  como  en  la  posterior,  cuelgan  multitud  de  calaba- 
zas, algunas  de  ellas  perfectamente  pintadas  y  labradas,  dentro 
de  las  que  guardan  semillas,  y  algunas  veces  sus  adornos  de 
gala,  y  asimismo,  es  entre  las  cañas  del  techo  donde  cada  in- 
dio guarda  sus  agujas,  sus  cancheros,  sus  flechas  de  repuesto, 
sus  cuchillos,  etc. 

No  dejó  de  sorprenderme  el  ver  un  montón  grandísimo  de 
caña  de  azúcar  prensada  que  habían  arrojado  al  frente  de  la 
casa,  por  lo  que  interrogué  al  cacique,  quién,  llevándome  á 
una  extremidad  del  paát,  me  mostró  el  trapiche  más  sencillo 
que  puede  imaginarse,  pues  consistía  en  dos  palos  de  quebra- 
cho colocado  en  posición  vertical,  á  la  distancia  de  cincuenta 
centímetros,  los  que  servían  para  sostener  dos  cilindros  grose- 
ramente labrados,  colocados  en  posición  horizontal,  paralelos 
entre  sí  y  casi  tangentes,  de  los  cuales  el  superior  salía  veinte 
centímetros  al  exterior  del  palo  que  le  soportaba,  y  á  manera 
de  radios  partían  de  él  cuatro  palanquitas,  que  servían  para 
imprimirle  el  movimiento  de  rotación  por  medio  del  cual  había 
de  extraerse  el  zumo  de  las  cañas. 

Con  el  deseo  de  saber  el  destino  que  daban  á  aquel  caldo, 
le  mostré  al  cacique  un  poco  del  azúcar  de  mis  provisiones  que 
tanto  le  gustaba,  haciéndole  señas  de  que  aquello  procedía  de 
la  caña  dulce,  y  que  yo  sabía  fabricarlo,  á  lo  que  él  me  respon- 
dió mostrándome  algunas  gotas  de  miel  que  todavía  quedaban 


1 8o  JUAN   DE    COMINGES. 


en  m¡  plato  y  varias  calabazas  grandes  donde  hizo  demostra- 
ción de  recibir  el  jugo  del  trapiche,  dándome  á  entender  que 
sólo  fabricaban  miel.  Sin  embargo  á  los  mozos  que  formaban 
círculo,  no  para  oir,  sino  para  presenciar  nuestra  conversación 
en  medio  de  frecuentes  carcajadas,  les  dio  entonces  por  com- 
pletar mis  conocimientos  sobre  la  materia,  por  lo  que  metien- 
do sucesivamente  un  mate  pequeño  dentro  de  aquellos  cala- 
bazones, empezaron  á  figurar  que  bebían  con  avidez,  que  se 
tambaleaban,  que  disputaban  y  que  se  dormían,  con  lo  que 
comprendí  que  la  caña  de  azúcar  sólo  sirve  á  los  indios  para 
embriagarse. 

ínterin  que  yo  cansaba  á  todos  mis  compañeros  de  pregun- 
tas llevándolos  de  aquí  para  allá,  á  fin  de  que  aclarasen  mis 
dudas,  dos  ó  tres  de  los  más  ancianos  se  ocuparon  en  conver- 
tir al  avestruz  en  un  prodigio  del  arte  culinario,  pues  sacaron 
de  él  seis  ó  siete  platos  tan  variados,  que  no  parecían  proce- 
der del  mismo  animal,  y  que  además  de  su  gusto  excitaban  el 
apetito,  por  el  arte  con  que  nos  fueron  presentados. 

Los  hígados  del  avestruz,  después  de  asarlos  ligeramente, 
fueron  picados  y  revueltos  en  un  mate,  con  toda  su  sangre  y 
parte  de  la  grasa,  cuya  pasta  introducida  con  gran  presión 
dentro  del  exófago,  formó  una  especie  de  larga  morcilla  bien 
atada  por  sus  extremidades.  Los  huevos  revueltos  en  el 
mismo  mate,  y  batidos  con  el  resto  de  la  grasa  y  raspaduras 
de  una  especie  de  sal  llamada  llesik  extraordinariamente  sa- 
brosa, rellenaron  la  vejiga,  la  que  en  compañía  de  la  morcilla 
y  envueltas  ambas  en  frescas  hojas  de  pámpanos,  fueron  ente- 
rradas entre  la  ceniza  del  hogar  donde  se  asaba  el  resto. 

Para  que  nada  faltase  á  tan  opíparo  banquete,  un  joven  llegó 
á  caballo,  cargado  con  una  gran  calabaza  de  agua  que  había 
extraido  de  los  caraguatás,  sabe  Dios  á  qué  distancia  de  la 
casa,  que  no  sería  muy  poca,  dada  la  fatigosa  respiración  del 
caballo  que  montaba. 

La  carne  del  avestruz  muy  bien  asada  y  condimentada  con 
el  llesik,  estaba  verdaderamente  apetitosa,  por  lo  que  hice  de 


EXPLORACIONES.  1 8  I 


mi  parte  los  honores  que  justamente  merecía;  mas  cuando 
salió  de  la  ceniza  aquel  enorme  huevo,  que  no  otra  cosa  pare- 
cía la  transparente  vejiga,  y  cuando  después  de  dividirlo  en 
pedazos  pude  llevar  á  la  boca  el  que  me  tocó  en  la  partición, 
entonces  pareció  redoblarse  mi  apetito;  pues  á  la  verdad  hu- 
biera querido  no  estar  en  el  Chaco  para  saber  á  punto  fijo  si 
era  en  las  circunstancias  en  que  me  encontraba,  ó  era  el  valor 
real  y  verdadero  de  aquel  plato,  el  que  me  hacía  calificarle  del 
más  gustoso  que  había  probado  en  toda  mi  vida;  pero  ésta 
no  había  de  per  mi  última  sorpresa,  pues  que  la  morcilla  era 
mejor  que  el  huevo,  y  creo  sin  vacilación  alguna  que  el  día  en 
que  la  Empresa  Bravo  corone  sus  deseos,  el  plato  capital  del 
gran  banquete  con  que  ha  de  inaugurarse  la  civilización  d^l 
Chaco,  ha  de  ser  aderezado,  preparado  y  servido  por  los  hijos 
del  desierto,  y  no  ha  de  ser  otro  que  la  consabida  morcilla. 

Á  las  dos  de  la  tarde,  salimos  á  buscar  la  veredita  que  ha- 
bíamos abandonado  cuando  nos  dirigimos  al  paát,  la  que  en- 
contramos á  muy  poca  distancia,  y  paralelos  á  una  grande 
esplanada  cubierta  de  eflorescencias  salinas  ocasionadas  por 
derrames  del  arroyo  Bravo,  caminamos  media  legua  hasta 
entrar  en  un  bosque  muy  claro,  donde  no  tuve  que  apearme 
del  caballo  á  pesar  de  tener  legua  y  media  de  anchura. 

Al  salir  de  este  bosque,  cruzamos  una  pradera  que  tendría 
una  legua  de  largo,  al  fin  de  la  cual  había  una  laguna  donde 
bebieron  hombres  y  animales,  punto  donde  el  rumbo  varió  al 
Oeste,  el  que,  ya  entre  praderitas,  ya  entre  bosques  nada  es- 
pesos, seguimos  durante  tres  leguas,  las  que  hicimos  al  trote 
y  al  galope  por  permitirlo  el  camino. 

El  objeto  de  esta  pequeña  desviación  de  nuestro  rumbo  creí 
explicármelo,  cuando  ya  al  ponerse  el  sol  descubrí  un  paát, 
donde  pensé  que  el  cacique  tenía  la  idea  de  pernoctar. 

Este  paát,  en  el  que  no  entramos,  era  un  edificio  mejor  con- 
servado y  construido  que  Tasemapán-paát  y  doble  más  ex- 
tenso. A  su  frente  había  una  plaza  áz  cuarenta  metros  de 
anchura,  donde  no  crecía  una  sola  yerba,  cuyo  piso  parecía 


1 82  JUAN    DE    COMINGES. 


un  pavimento  pulimentado  sobre  el  cual  estaban  apiñadas  unas 
trescientas,  personas  bellas,  robustas,  bien  vestidas,  limpias 
como  el  paát  y  sus  contornos,  y  sobre  todo  bien  educadas; 
pues  á  pesar  de  la  admiración  que  pudo  causarles  mi  llegada, 
sus  demostraciones  de  regocijo  no  fueron  tan  groseras  como 
las  de  los  Anapanás,  pues  se  limitaron  á  estrecharme  la  mano 
con  afabilidad  y  á  ofrecerme  algunas  batatas  dulces  que  no 
me  obligaron  á  comer,  sino  á  guardar  en  una  bolsa  de  malla 
de  caraguatá,  teñida  con  varios  dibujos  que  también  me  rega- 
laron. 

La  fisonomía  franca  y  dulce  de  aquellos  indígenas  me  dejó 
prendado,  y  hubiese  querido  permanecer  allí  durante  algunas 
horas  para  estudiarlos  mejor,  por  más  que  puedo  asegurar 
que,  al  tender  mi  vista  desde  el  caballo  para  escudriñar  aquella 
multitud  de  caras,  no  vi  una  siquiera  que  me  inspirase  la  más 
remota  desconfianza. 

Yo  no  sé  qué  mosca  le  había  picado  al  cacique  Queirá  para 
no  querer  apearse  ni  detenerse  un  momento,  por  lo  que  me 
apuraba  para  que  siguiésemos  camino  y  no  me  detuviese  en  re- 
partir algunos  puñados  de  cigarros  entre  los  atentos  indios  que 
me  obsequiaban;  mas  á  pesar  de  sus  indicaciones,  cumplí  con 
ellos,  y  cuando  les  saludaba  para  despedirme  é  hice  caminar  á 
mi  caballo  algunos  pasos  para  seguir  al  Queirá  que  ya  se  ponía 
en  movimiento,  me  encontré  detenido  de  una  manera  que  de- 
mostraba á  las  claras  que  estaban  decididos  á  no  dejarme  pa- 
sar hasta  que  llegase  su  cacique,  que  también  se  llamaba  Pucú, 
como  el  Angaité. 

Queirá  debió  comprender  mejor  que  yo  lo  que  significase 
aquello,  pues  que  mandando  sus  gentes  adelante  echó  pie  á 
tierra,  y  me  ordenó  apearme  hasta  la  llegada  del  cacique  Pucú, 
á  quien  sus  gentes  habían  ido  á  buscar  desde  que  nos  divi- 
saron, y  el  que  muy  pronto  se  llegó  á  nosotros,  viniendo  en 
compañía  de  varias  mujeres  por  una  sendita  que  salía  de  un 
bosque  situado  al  Norte. 

Es  el  cacique  Pucú  un  hombre  alto,  flaco,  de  rostro  enjuto  y 


EXPLORACIONES.  1 83. 


argo,  de  mirada  severa  y  de  un  conjunto  de  facciones  que  re- 
velan si  no  la  crueldad,  por  lo  menos  la  dureza  de  sti  corazón  y 
la  ausencia  de  la  alegría  y  de  todo  sentimiento  de  ternura. 

Al  pasar  junto  á  su  colega,  apenas  uno  á  otro  se  dirigieron 
una  frase  y  una  ligera  ojeada;  más  que  des  amigos  parecían  dos 
rivales  que  no  rompían  el  débil  hilo  de  sus  relaciones,  porque 
se  temían  mutuamente,  por  más  que  cada  uno  de  ellos  aparen- 
tase ante  el  otro  una  grandeza,  una  arrogancia  y  una  superio- 
ridad que  parecía  soberbia,  nada  propia  en  los  sencillos  habi- 
tantes de  las  selvas. 

No  conociendo  el  ritual  ceremonioso  de  los  indios,  me  dirigí 
hacia  el  recién  venido,  llevando  en  mi  mano  izquierda  un  puñado 
de  inofensivos  cigarros,  que  debieron  ser  tomados  por  una 
bomba  Orsini,  por  cuanto  que  uno  de  los  indios  que  á  él  esta- 
ba próximo,  me  detuvo  poniéndome  su  mano  sobre  el  pecho  y 
pronunciando  algunas  frases  que  querían  decir:  detente  hasta 
que  Su  Alteza  se  digne  permitirte  que  te  acerques;  lo  que  no 
se  hizo  esperar,  pues  el  cacique  que  se  había  detenido,  me  hizo 
aproximar  por  medio  de  una  seña,  recibió  mis  cigarros  y  una 
caja  de  fósforos  que  repartió  entre  unos  cuantos  indios,  exami- 
nó mi  revólver  y  me  hizo  hacer  un  disparo,  lo  que  le  pareció 
muy  bien;  mas  habiéndole  dicho  el  Queirá  algunas  palabras 
acerca  de  las  cualidades  misteriosas  que  atribuían  á  un  arma 
que  les  parecía  inagotable,  me  mandó  hacer  otro  disparo,  lue- 
go otro  y  luego  otro,  lo  que  turbó  por  un  momento  el  silencio 
respetuoso  en  que  había  quedado  toda  la  tribu  desde  la  llegada 
del  cacique;  pues  no  era  para  menos  que  para  producir  excla- 
maciones de  entusiasmo,  la  exhibición  de  un  arma,  cuyas  balas 
se  clavaban  á  cincuenta  pasos  en  el  corazón  de  un  algarrobo, 
y  que  podía  lanzar  tantas  cuantas  quisiera  su  dueño. 

Después  de  mostrarle  el  revólver,  quiso  enterarse  del  me- 
canismo de  mi  carabina,  é  hice  también  otros  cuatro  disparos 
con  la  mayor  velocidad  posible,  los  que  acabaron  con  la  cir- 
cunspección de  los  muchachos  y  de  los  perros  que,  aunque 
estos  últimos  no  eran  tantos  como  en  las  otras  tolderías,  eran 


184  JUAN    DE    COMINGBS. 


los  suficientes  para  impedirme  que  oyera  lo  que  me  decían,  caso 
de  que  lo  hybiese  comprendido. 

Ninguna  impresión  quería  revelar  el  casi  impenetrable  sem- 
blante  del  cacique  Pucú,  sin  embargo,  creí  verle  muy  admirado 
del  revólver  y  muy  codicioso  de  la  carabina;  pero  no  quise  ofre- 
cerle el  primero  al  que  consideraba  como  mi  Santa  Bárbara,  ni 
la  segunda  que  reservaba  para  el  cacique  más  importante  de  los 
Guanas,  á  quien  también  destinaba  el  uniforme.  Conténteme, 
pues,  con  entregar  á  Pucú  el  cuchillo  que  llevaba  al  cinto,  y  uno 
de  mis  vasos  á  una  muy  linda  mocita  que  le  acompañaba,  la 
que  salió  lanzando  exclamaciones  de  alegría  y  se  perdió  en  la 
senda  del  bosquecillo  del  Norte,  tras  del  cual  estaba,  según 
después  me  lo  explicó  el  Queirá,  la  morada  independiente  de 
aquel  cacique  Guana. 

Ya  estaba  de  nuevo  sobre  mi  caballo  y  despidiéndome  som- 
brero en  mano  de  la  tribu,  cuando  el  cacique  Pucú  tocando  la 
funda  de  mi  revólver,  me  mandó  con  ese  imperio  que  revelaban 
todas  sus  indicaciones,  que  hiciera  otro  disparo,  todavía  como 
si  dudase  de  las  maravillosas  virtudes  de  aquella  arma,  lo  que 
hice  para  complacerle,  llevando  mi  galantería  hasta  el  extremo 
de  consentirle  que  él  hiciera  por  su  mano  el  último  que  que- 
daba en  el  revólver,  con  lo  que  él,  los  suyos,  y  los  míos  que- 
•  daron  convencidos  de  que  yo  era  un  Júpiter  que  llevaba  los 
rayos  en  el  bolsillo  para  distribuirlos  á  mi  antojo. 

La  noche  se  había  venido  encima  cuando  salimos  de  esta  tol- 
dería entre  palmares,  donde  llegó  á  perderse  la  vereda  por 
causa  de  la  oscuridad,  razón  por  la  cual  la  mitad  de  los  indios 
tuvo  que  echar  pie  á  tierra,  para  ir  ante  nosotros  alumbrando 
con  hojas  de  palma,  que  ardían  como  una  antorcha  y  que  reno- 
varon sin  cesar  durante  tres  horas,  que  es  lo  que  tardamos  en 
caminar  en  rumbo  Nornoroeste,  hasta  llegar  á  la  toldería  de 
un  pariente  de  Queirá  donde  tenía  determinado  pasar  la  noche. 

Grande  ha  sido  mi  satisfacción  al  internarme  en  este  día  unas 
cuantas  leguas  en  el  desierto,  por  unos  caminos  que  casi  puede 
decirse  que  están  hechos  por  la  naturaleza;  pues  que  con 


EXPLORACIONES.  1 8  5 


excepción  de  los  dos  pasos  del  arroyo  Bravo,  que  reclamaría 
cada  uno  un  tramo  de  diez  ó  doce  metros,  todos  los  trabajos 
que  exigiría  la  construcción  de  una  carretera,  se  reducirían  al 
derribo  de  algunos  árboles  y  á  la  formación  de  algunas  cune- 
tas; pues  no  hemos  cruzado  un  solo  terreno  pantanoso,  aunque 
la  última  legua  de  nuestro  trayecto  ha  sido  hecha  por  el  cos- 
tado de  un  arroyo,  que  marcha  muy  derecho  entre  palmeras. 
Sin  duda,  alguno  de  nuestros  compañeros  debió  anticiparse 
á  la  llegada  de  los  demás,  por  cuanto  que  á  cierta  distancia 
salieron  á  recibirnos  multitud  de  mancebos  que,  levantando  sus 
antorchas  hasta  la  altura  de  mi  rostro,  me  contemplaban  asom- 
brados aunque  risueños,  y  me  señalaban  á  lo  lejos  las  hogue- 
ras del  paát,  diciéndome:  Entorna  paát  (i)  alguno  de  los  cuales, 
como  si  ya  estuviera  enterado  de  nuestra  escaramuza,  me  ten- 
taba la  carabina  diciendo:  Cadubeus  pun,  pun. 

A  medida  que  nos  íbamos  acercando  á  aquella  población, 
empecé  á  sentir  ese  ruido  que  producen  de  lejos  las  grandes 
ciudades,  no  porque  ésta  lo  fuese  ciertamente,  sino  porque, 
como  los  habitantes  del  paát  estaban  prevenidos  de  mi  llegada, 
se  agitaban  de  una  manera  extraordinaria  haciendo  los  prepa- 
rativos de  mi  recepción. 

Por  fin  nos  acercamos  y  el  espectáculo  no  podía  ser  más 
agradable  para  los  ojos  de  un  curioso  viajero ;  pues  á  la  luz 
de  un  centenar  de  hogueras  de  esa  madera  de  palo-santo  que 
perfuma  el  ambiente,  se  descubrían  centenares  de  rostros  me- 
dio colorados  por  el  reflejo  de  las  llamas,  que  presentando 
todos  los  signos  más  expresivos  de  la  admiración,  convergían 
hacia  mí  los  rayos  de  sus  miradas.  Las  primeras  filas  de  tan 
apiñada  muchedumbre  estaban  sentadas  sobre  sus  talones 
para  no  estorbar  á  las  otras ;  las  madres  alzaban  en  alto  á  sus 
pequeñuelos,  y  los  traviesos  muchachos  se  encaramaban  sobre 
las  vasijas  y  sobre  el  techo  del  paát. 


(i)     Entorna  significa    comer,   por    lo    que   parecían  decirme:   A 
comer  á  casa. 


1 86  JUAN    DE    COMINGES. 


De  pronto  tres  mujeres  ancianas  salieron  de  aquél,  y  dando 
pequeños  saltitos  y  entonando  una  canción  que  parecía  un  la- 
mento, y  golpeándose  la  boca  con  la  mano  derecha,  dieron  al- 
gunas vueltas  en  torno  del  caballo  en  que  iba  yo  montado  y 
del  que  montaba  el  cacique,  y  tomando  nuestras  armas  y  nues- 
tros equipajes,  marcharon  á  depositar  su  carga  á  través  de  la 
multitud,  sin  dejar  su  canto,  su  baile  y  el  golpeteo  de  su  boca. 

Ordenóme  entonces  el  Queirá  que  desensillase,  y  mientras 
en  esto  me  ocupaba,  unas  cuantas  mujeres  tendieron  en  el  suelo 
esteras  de  junco  muy  fino  y  bien  tramado  con  el  hilo  de  cara- 
guatá, sobre  las  que  el  cacique  y  dos  ancianos  y  otro  indio 
más  joven,  se  sentaron  también  llamándome  á  su  lado,  donde 
me  senté  en  medio  de  aquel  circo  inmenso  formado  por  cente- 
nares  de  espectadores,  que  parecían  esperar  con  impaciencia 
alguna  representación  extraordinaria. 

Con  efecto,  como  todas  las  representaciones  comienzan  por 
la  sinfonía,  á  una  seña  del  cacique  Queirá,  un  hijo  suyo  trajo 
el  morral  del  acordeón,  y  me  lo  entregó  con  el  gesto  que  suele 
emplear  el  domador  de  fieras,  ó  de  monos  sabios,  para  que 
éstos  comiencen  á  lucir  sus  gracias  ante. el  auditorio.  No  había 
que  dudarlo,  Queirá  deseaba  lucirse  á  costa  mía,  como  quien 
dice :  Mirad  qué  cosa  tan  curiosa  os  traigo  para  divertiros ;  y 
esa  cosa  curiosa  que  había  caminado  una  jornada  de  unas  cuan- 
tas leguas  en  medio  de  un  calor  que  todavía  duraba,  y  que  por 
lo  tanto  hubiera  preferido  la  cama  á  la  misma  cena,  tuvo  que 
agarrar  el  acordeón  por  no  defraudar  las  esperanzas  de  aquellos 
espectadores,  que  gozaban  de  antemano  la  dicha  que  les  espe- 
raba. Desgraciadamente  mis  conocimientos  en  música  eran 
muy  limitados,  y  mucho  más  tratándose  de  un  acordeón  que 
nunca  había  tenido  entre  las  manos ;  pero  como  por  fortuna  él 
tenía  fuelles  y  teclas  y  yo  dedos,  le  hacía  sonar  con  un  compás 
cualquiera,  que  si  los  aplausos  de  la  multitud  se  tomasen  como 
medida  de  mi  mérito,  no  creo  que  el  mismo  Apolo  fuese  osado 
á  disputar  mi  competencia. 

Apenas  tendría  dos  metros  de  diámetro  el  círculo  en  que 


EXPLORACIONES.  iSy 


estábamos  colocados  el  cacique,  los  tres  personajes  desconoci- 
dos y  yo ;  y  como  el  calor  era  grande  y  aquella  muralla  viviente 
no  sólo  impedía  la  circulación  del  aire  sino  que  lo  hacía  más 
necesario  á  causa  de  los  olores  que  desprendía,  traté  de  aumen- 
tar el  radio,  lo  que  conseguí  repitiendo  la  misma  escena  que  en 
Caña  de  Azúcar,  lo  que  había  producido  el  desbande  de  casi 
todos  mis  oyentes.  Así  pues,  abrí  los  bajos  con  mi  mano  iz- 
quierda, y  cuantas  teclas  pude  abrazar  con  la  derecha,  y  con 
toda  la  fuerza  de  entrambos  brazos  tiré  dos  ó  tres  veces  de  aque- 
llos tremendos  fuelles,  como  quien  templa  el  instrumento,  con 
lo  que  sentí  frescura  por  los  cuatro  puntos  cardinales,  pues  no 
sólo  salieron  huyendo  casi  todos  los  espectadores  que  me 
tenían  acorralado,  sino  también  aquellos  tres  indios  que,  por 
estar  en  el  circo,  parecía  que  se  disponían  á  tomar  parte  en  la 
representación,  faltando  poco  para  que  el  cacique  Queirá  no 
fuera  de  los  fugitivos,  pues  mucho  debió  extremecerse  cuando 
llevó  sus  maoos  á  las  orejas. 

Alcé  mi  vista  y  estaba  casi  solo,  por  lo  que  suspendí  la 
música,  pues  con  el  barullo  que  acababa  de  promoverse,  no 
los  de  mi  acordeón  sino  los  bajos  del  órgano  del  palacio  de 
cristal  de  Londres,  hubiesen  pasado  desapercibidos.  Risas, 
carreras,  llantos,  voces  y  ladridos,  todo  junto  hizo  que  por  un 
momento  me  arrepintiese  de  mi  obra,  y  ya  empezaba  á  temer 
sus  consecuencias,  cuando  el  cacique  Queirá,  tocándome  con 
el  pie  y  haciéndome  señas  afirmativas  con  la  cabeza,  me  ma- 
nifestó su  agrado,  por  lo  que  continué  aquel  allegro  que  tantas 
lágrimas  producía. 

Por  fin  el  orden  pudo  restablecerse,  y  á  instancias  del  hijo 
mayor  del  Queirá  que  me  decía:  ¡Santo  Dios  !  empecé  á  tocar 
y  cantar  lo  que  él  deseaba,  canto  sensible  y  sublime,  que  á  la 
media  noche  cuando  los  indios  se  retiraban  á  sus  camastros 
iban  repitiendo  con  una  entonación  admirable. 

No  duró  mucho  el  concierto  por  fortuna  mía,  pues  cuando 
más  entusiasmado  tenía  á  mi  auditorio,  en  medio  de  unas 
alegres  habaneras,  una  prosaica  mujer  vino  á  interrumpirme, 


i 


1 88  JUAN   DE    COMIKGES. 


poniéndome  delante  un  mate  cargado  de  batata  dulce,  otro  con 
una  especie  de  besugo  con  pocas  espinas  y  de  carne  muy 
sabrosa,  al  que  los  indígenas  llaman  Naballé,  del  que  en  aquellos 
lugares  tienen  hasta  dejarlo  de  sobra,  otro  con  cacahuetes 
tostados  que  se  llaman  maní,  entre  los  guaranís,  y  Mauá  (i) 
entre  los  indígenas,  y  que  sólo  conocí  por  su  sabor,  pues  el 
tamaño  era  tan  extraordinario,  que  algunas  cápsulas  con  cinco 
semillas  medían  siete  centímetros  de  longitud,  y  otro  por  fin 
con  una  fécula  blanquecina  y  suave,  tan  delicada  y  sabrosa 
que  ni  aún  podía  compararla  con  el  chuño,  á  la  que  llaman 
Araksarték.  Platos  fueron  éstos  que  me  hicieron  perdonar  la 
interrupción  de  una  música  mucho  menos  agradable  que  aque- 
llas viandas,  de  las  que  comí  con  apetito,  excitado  por  el  de 
mis  compañeros  de  viaje,  que  todos  fueron  atendidos  en  aquel 
hospitalario  paát. 

Concluida  la  cena,  el  cacique  Queirá  comenzó  la  narración 
de  nuestras  mutuas  aventuras,  aparentando  que  se  dirigía  sólo 
á  los  tres  personajes  que  desde  nuestra  llegada  nos  hacían  los 
honores  de  la  casa ;  pero  en  realidad  el  cuento  era  para  todos, 
pues  aquella  gente,  que  había  escuchado  respetuosamente  la 
música  y  que  me  había  estado  mirando  en  medio  del  mayor 
silencio  mientras  comía,  atendía  con  veneración  las  palabras  del 
Queirá  sin  estornudar  ni  producir  ningún  otro  de  los  ruidos 
que  tan  frecuentes  son  entre  los  indios. 

Como  quiera  que  desde  sus  primeras  frases  comprendí  la 
materia  de  que  se  trataba,  fijé  mi  atención,  y  auxiliado  por  la 
mímica  desplegada  por  el  cacique  y  por  algunas  palabras  que 
ya  me  eran  familiares,  puedo  asegurar  que  no  se  me  escapó  de 
aquel  relato  ni  el  más  insignificante  detalle  y  que  en  aquel 
momento  acabé  de  convencerme  de  la  estimación  en  que  me 
tenía  el  jefe  de  los  Guanas.  Fué  tan  largo  y  minucioso  aquel 
discurso  que  comenzó  por  nuestras  relaciones  en  el  Apa  y  acabó 


(i)  Arachis  hipogea. 


EXPLORACIONES.  1 89 


por  los  disparos  hechos  con  mi  revólver  en  Pucu-Paát,  que  se 
prolongó  hasta  más  allá  de  la  media  noche,  hora  en  que  Queirá, 
que  acababa  de  conquistarme  centenares  de  amigos,  me  alargó 
el  acordeón  diciéndome  |  Santo  Dios!  que  era  lo  que  más  había 
gustado  á  todos  los  indios;  pues  antes  de  empezar  el  canto 
siempre  me  quitaba  el  sombrero,  y  señalando  al  cielo,  les  decía 
que  era  la  canción  del  gran  cacique  padre  de  todos  los  hombres, 
indioá  y  cristianos. 

Tomé  el  acordeón,  y  viendo  que  los  más  nerviosos  de  entre 
los  circunstantes  se  disponían  á  la  bulla,  les  hice  seña  de  que 
estuviesen  tranquilos,  empezando  pianísimo  mi  preludio,  que 
fué  seguido,  no  ya  por  sólo  mi  canto  sino  por  un  coro  unísono 
y  no  muy  desafinado  de  infinitas  voces. 

La  hora,  el  sitio,  y  las  circunstancias  con  que  se  levantaba 
hasta  el  trono  de  Dios  aquel  himno  sencillo  cuanto  sublime,  en 
que  los  hombres,  reconociendo  su  pequenez,  confiesan  la  gran- 
deza del  Rey  de  los  Reyes,  daba  al  espectáculo  algo  de  grande 
y  conmovedor;  tanto  más,  cuanto  que  aquellos  inocentes  hijos 
de  la  naturaleza  parecían  penetrados  de  lo  que  hacían  por  una 
secreta  intuición. 

Era  ya  tarde,  y  el  cacique  Queirá,  ordenándome  hacer  la 
cama  sobre  las  mismas  esteras  que  nos  habían  servido  de 
asiento,  dio  motivo  para  que  los  concurrentes  fueran  poco  á 
poco  desfilando,  con  excepción  de  algunos  que,  á  manera  de 
los  lugareños  que  no  quieren  salir  del  teatro  hasta  que  se 
apague  la  lucerna,  no  quisieron  perderme  de  vista  hasta  asegu- 
rarse por  sus  propios  ojos  de  que  yo  me  acurrucaba,  como 
cualquier  otro  bípedo,  lo  que  al  fin  hicieron  cantando,  ó  más 
bien  dicho,  tarareando  el  ¡Santo  Fuerte,  Santo  Inmortal!  cosa 
que  me  fué  muy  agradable,  y  que,  asociada  al  natural  cansan- 
cio, contribuyó  á  que  me  durmiese  muy  satisfecho  de  las  con- 
quistas que  iba  realizando  en  beneficio  de  la  civilización  y  sin 
más  armas  que  la  paciencia. 


IQO  JUAN    DE    COMINGES. 


Día  II  de  Octubre. 


Al  apuntar  el  día,  un  joven  de  aquella  tribu,  que  durmió  á 
mi  lado  toda  la  noche  sin  querer  soltar  de  entre  las  suyas  una 
de  mis  manos,  porque  yo  le  había  dicho  ¿ektesmá,  como  si  esta 
fuera  !a  palabra  mágica  con  que  se  conquistan  las  simpatías, 
me  tocó  la  cara  con  objeto  de  despertarme,  lo  que  hizo  á  fin 
de  recuperar  el  enquilsique,  con  que  durante  mi  sueño  me  ha- 
bía cubierto,  á  pesar  de  que,  sin  más  abrigo  que  el  Nortemá 
ni  más  lecho  que  la  estera;  estaba  tiritando  con  el  frío  de  la 
madrugada. 

Una  vez  incorporado,  me  condujo  de  la  mano  hacia  el  Sud- 
este en  dirección  del  mismO  arroyo  que  costeamos  durante  la 
última  legua  del  camino  que  hicimos  la  noche  anterior,  y  ha- 
ciéndome desnudar,  operación  que  á  él  no  le  fué  necesaria, 
porque  llevaba  al  hombro  las  dos  piezas  que  constituyen  el 
traje  de  los  indios,  me  hizo  penetrar  con  barro  hasta  las  rodi- 
llas, en  un  charco  pestífero  y  fangoso,  dentro  del  cual  se  api- 
ñaban innumerables  pescados  muertos  y  moribundos,  y  algu- 
nas culebritas  nada  tranquilizadoras,  á  las  que  debí  mirar  con 
repugnancia,  por  cuanto  que  mi  compañero,  sonriendo  y  hacién- 
dome señas  negativas,  como  quien  dice:  no  hacen  daño,  tomó 
dos  de  ellas  y  se  las  enrolló  al  pescuezo,  dejándolas  después 
en  libertad  para  que  se  arrojasen  de  nuevo  al  negro,  denso  y 
corrompido  líquido,  en  que  debía  bañarme  para  obedecer  los 
caprichos  de  mi  reciente  amigo.  Metíme,  pues,  á  lavarme  el 
cuerpo  en  una  sustancia  que  forzosamente  había  de  dejarme 
más  sucio  que  á  la  entrada,  y  lo  mismo  hizo  mi  cicerone,  con 
la  diferencia  que  éste  se  salió  en  el  acto  hasta  la  orilla  donde 
se  puso  á  cabar  con  las  manos  tan  apresuradamente  como  el 
perro  guana  cuando  ensancha  la  madriguera  del  cuatí,  mien- 
tras que  yo  buscaba  sobre  la  superficie  un  poco  de  caldo  menos 


EXPLORACIONES.  1 9 1 


sucio  con  que  enjuagar  los  miembros;  lo  que  visto  por  el 
indio  le  produjo  risa,  y  haciéndome  señas  de  que  me  acercase 
hasta  él,  me  mostró  un  agua  menos  sucia  que  había  filtrado 
dentro  del  pocito  recién  construido,  y  con  la  cual  me  frotó  bien 
por  todo  el  cuerpo,  hasta  dejarme  no  tan  limpio  como  estaba 
un  rato  antes,  aunque  no  tan  puerco  como  cuando  salí  de  aquel 
inmundo  baño. 

Con  el  derecho  que  daban  á  este  joven  los  servicios  que  me 
había  prestado,  se  tomó  libertades  conmigo,  que  aunque  sin 
ulteriores  consecuencias,  me  hicieron  sufrir  por  largo  rato;  pues 
que  al  regresar  frente  al  Paát  donde  estaban  amontonadas  las 
gentes,  viendo  á  mis  compañeros  hacer  algunos  disparos  de 
rémington,  este  joven,  que  quería  satisfacer  su  curiosidad  y 
demostrar  su  prestigio,  tomó  mi  morral,  y  vertiendo  cuanto 
contenía  sobre  una  estera,  hizo  reparto  general  de  todos  los 
objetos,  sin  que  yo,  por  más  que  tendiera  mi  vista,  pudiera 
descubrir  al  Queirá,  único  indio  por  cuyo  influjo  esperaba  con- 
seguir que  valviesen  á  mi,  brújula,  moneda,  anteojos,  vasos, 
plato,  cuchara,  trapos,  lente  y  tanta  multitud  de  objetos  in- 
dispensables, entre  los  que  figuraba  en  primera  línea  el  libro 
donde  trazaba  mis  aventuras  y  los  accidentes  del  camino. 

Sin  embargo,  la  fisonomía  de  este  joven  me  inspiraba  con- 
fianza. No  era  posible  que  aquellos  rasgos  tan  dulces  ocultasen 
á  un  ladrón,  tuve  confianza  y  sin  resistencia  me  dejé  conducir 
por  él,  que  voluntariamente  me  daba  en  guana  los  nombres 
de  todos  los  objetos  sensibles  y  me  los  pedía  en  la  lengua  mía, 
esforzándose  por  repetirlos  con  claridad  y  precisión,  para  lo 
que  no  tenía  grandes  dificultades. 

Empezó  nuestra  excursión  por  el  paát,  que  aunque  grande 
y  más  curioso  que  Tasemapán-paát,  no  me  pareció  tan  elegante 
tan  limpio  y  tan  ordenado  como  el  del  cacique  Pucú.  Por  lo 
demás,  el  mueblaje  y  el  orden  de  su  colocación  era  exacta- 
mente el  mismo,  sin  que  en  éste  encontrase  nada  de  nuevo, 
sino  unos  telares  sumamente  rústicos;  pues  no  eran  otra  cosa 
que  un   gran  bastidor  de  metro  y  medio  de  altura,  por  otro 


L . 


192  JUAN    DE    COMINGES. 


tanto  de  ancho,  que  se  componía  de  dos  horquillas  clavadas 
en  tierra  en  posición  vertical  y  de  dos  cabezales,  sujeto  el  uno 
con  cuerdas  inmediato  al  suelo,  y  gravitando  el  otro  sin  atadura 
alguna  sobre  las  dos  horquillas  verticales.  En  uno  de  éstos, 
una  mujer  joven  que  parecía  una  criatura,  pero  que,  acabando 
de  dar  el  pecho  á  un  niño  completamente  desnudo,  y  colocán- 
dole en  una  bolsa  de  red,  que  á  manera  de  hamaca  pendía  de 
\2is  íacuaras  del  techo,  á  instancias  de  mi  acompañante,  se  puso 
á  dar  principio  á  un  enquilsique^  lo  que  hizo  comenzando  á 
pasar  un  hilo  grueso  de  algodón  teñido  de  color  de  chocolate 
por  aquellos  travesanos  horizontales,  haciéndome  notar  que 
contase  las  vueltas  que  eran  dieciocho,  después  de  lo  que, 
anudó  otro  hilo  casi  negro  y  siguió  su  trabajo  hasta  terminar 
una  faja  del  mismo  ancho  que  la  primera,  al  fin  de  la  cual  anudó 
nuevamente  otro  hilo  de  color  rojo  como  desangre,  que  debía 
constituir  el  fondo  de  aquella  pieza,  cuyas  fajas  ó  festones  late- 
rales acababa  de  terminar,  en  cuya  operación  tuve  que  dejarla 
para  examinar  otra  multitud  de  cosas. 

Cerca  de  aquel  telar  otra  mujer  anciana  sacaba  de  una  bol- 
sa de  red,  llamada  por  los  indios  natjabat^  grandes  capullos  de 
un  algodón  no  muy  largo,  pero  sí  el  más  fino  de  cuantos  se 
conocen  en  el  comercio,  que  el  joven  aproximó  á  su  enquilsiqíie 
como  para  decirme  que  aquella  pieza  también  era  de  algodón, 
y  me  dijo  eteivá.  El  trabajo  de  esta  mujer  se  divide  en  dos 
partes ;  la  primera  consistía  simplemente  en  extraer  las  semillas 
y  suciedades  de  aquellos  capullos  recogidos  y  almacenados  sin 
previsión,  y  la  segunda  era  más  complicada  é  ingeniosa,  pues 
tenía  por  objeto  esponjar,  digámoslo  así,  el  algodón  desenre- 
dando sus  fibras,  lo  que  conseguía  enrollándolas  en  la  cuerda 
bien  templada  de  una  pequeña  ballesta,  á  la  que  imprimía  mo- 
vimientos vibratorios. 

La  mayor  parte  de  los  hombres  del  paát  habían  salido  á  la 
pesca  del  nabaye^  á  tres  leguas  de  distancia,  por  lo  que  no 
volverían  hasta  la  noche,  y  las  mujeres  se  ocupaban  en  traba- 
jos de  campo,  las  unas  y  caseros  las  otras.  Ésta  traía  leña,  la 


EXPLORACIONES.  1 93 


Otra  asaba  batatas,  aquélla  machacaba  niaiz,  la  de  más  allá 
hilaba,  tal  vieja  mecía  en  su  hamaca  al  recién  nacido  aunque 
melenudo  nietezuelo,  tal  otra  amasaba  plomizo  barro,  para  la 
confección  de  la  vajilla;  en  fin,  en  aquella  colmena  no  había  más 
zángano  que  yo  y  los  cuatro  ó  cinco  que  parecían  nombrados 
por  Real  decreto  para  mi  escolta  de  honor  y  para  servirme  de 
intérpretes. 

Ya  salía  del  paát  cuando  llamó  mi  atención  una  calabaza  de 
cuello  que,  muy  pintada  con  rayas  rojas,  negras  y  amarillas 
que  formaban  un  caprichoso  mosaico,  y  muy  adornac^a  con  bor- 
litas  de  pluma,  semillas  coloradas,  dientes  de  roedores  y  picos 
de  pájaro,  pendía  de  las  tacuaras  del  techo.  Pregunté  el  des- 
tino de  aquel  cachivache  y  todos  los  circunstantes  pronunciaron 
con  la  mayor  reverencia  la  palabra  Caga  (i).  Quise  tocarla  y 
todos  se  opusieron  con  una  actitud  tan  decidida  para  impedir 
aquel  acto  de  profanación,  cual  si  se  tratase  de  los  sagrados 
vasos  que  no  pueden  ser  tocados  sino  por  manos  ungidas. 

Resigúeme,  pues,  á  no  tener  más  detalles  sobre  aquel  obje- 
to, y  salí  del  paát  algunos  pasos  hacia  el  Norte,  donde  una 
gran  caña  tacuara  fuertemente  clavada  en  tierra  y  coronada 
por  un  colosal  plumero  vino  á  llamar  mi  atención.  Indagué  su 
objeto  sin  preguntarlo,  pues  al  acercarme  á  ella  y  pisar  sobre 
un  terreno  donde  había  montoncitos  de  ceniza  y  restos  de  di- 
ferentes fogatas,  me  detuvieron,  mostrándome  un  terreno  re- 
cientemente removido,  y  haciéndome  señas  de  que  allí  había 
un  cadáver  sentado,  con  la  cabeza  doblada  hacia  adelante  y 
con  los  brazos  sobre  los  muslos.  Aquello  era  la  necrópolis  del 
paát,  lugar  de  veneración,  sobre  el  que  no  debían  imprimir  los 
vivos  su  profana  huella,  á  excepción  de  la  vestal  encargada  de 
mantener  el  fuego  sagrado  que  ardía  sobre  aquellas  tumbas; 
y  el  gran  plumero  era  una  insignia  mística,  con  la  que  aquellos 
hombres  sencillos,  que  sin  duda  creen  en  la  inmortalidad  del 


(i)     Sacerdote,  médico,  brujo,  adivino,  etc.,  etc. 

13 


194  JUAN    DE    COMINGES. 


alma,  pensaban  ahuyentar  el  mal  espíritu,  cuando  pretendiese 
acercarse  para  turbar  la  paz  de  los  difuntos. 

Deseando  ver  sus  campos  de  cultivo,  mostré  á  mi  amable 
compañero  algunas  batatas,  imitando  que  las  enterraba,  seña 
que  comprendida  por  él,  produjo  el  resultado  que  me  espera- 
ba, pues  me  condujo  por  el  espeso  linde  del  bosque  del  Oeste,, 
hasta  una  pequeña  senda  que  en  él  se  internaba,  por  la  que 
llegamos  á  un  claro  que  podría  tener  cinco  hectáreas  de  super- 
ficie, en  el  que  había  diferentes  mujeres  arrancando  batatas  con 
palancas  de  palo  de  fierro  muy  afiladas  y  muy  pulimentadas  por 
el  uso.  Estas  mujeres,  á  nuestra  llegada  intempestiva,  estaban 
desnudas  completamente ;   por  lo  que  poseídas  de  un  rubor 
semejante  al  de  cualquier  señora  en  igual  caso,  aunque  con 
menos  gritos  y  exageraciones,  corrieron  á  buscar  sus  enquilsi- 
queSy  sobre  los  cuales  dormían  algunas  criaturas,  y  después  de 
ceñirlos  á  su  cintura,  continuaron  la  tarea  de  extraer  el /íjv^a'{i) 
y  de  acomodarlo  en  grandes  natjabáts^  que  cargaban  sobre 
sus  espaldas,  sujetos  á  su  frente  por  una  cinta,  sin  que  esto 
les  impidiera  caminar  con  un  chiquillo  al  pecho  y  otro  de  la 
mano. 

En  toda  aquella  huerta  no  había  en  la  actualidad  otra  fruta 
que  batata  dulce,  y  de  ésta  sólo  una  pequeña  extensión ;  lo 
que  me  explicó  mi  amigo  por  la  falta  de  lluvias,  pues  según  él, 
no  habían  podido  sembrar  el  maiz  ni  el  ciyactec  (2),  cuando  ya 
deberían  ambas  cosechas  estar  muy  adelantadas  en  su  vege- 
tación. 

Ya  serían  las  diez  déla  mañana,  cuando  vinieron  á  buscarnos 
de  parte  del  cacique  Queirá,  quien  me  esperaba  con  impacien- 
cia para  que  nos  pusiéramos  en  camino,  y  quien  me  presentó 
al  jefe  de  aquel  paát,  que  era  el  más  joven  de  los  tres  perso- 
najes con  quienes  la  noche  anterior  tanto  había  conversado- 
el  cacique  Queirá. 


(i)     Convólvulus  batata. 
(2)     Phaseolus. 


EXPLOR  ACimiES .  195 


El  nuevo  cacique  se  llama  Piapún  y  los  otros  cJos  son  dos 
tíos  suyos,  uno  de  los  cuales  es  el  caga  de  la  familia. 

El  cacique  Queirá  tiene  alguna  autoridad  sobre  esta  tribu, 
con  cuyos  jefes  está  emparentado,  y  creo,  aunque  no  puedo 
asegurarlo,  que  su  mujer  sea  hermana  de  Piapún. 

Ensillé  mi  caballo,  y  no  sin  asombro,  vi  sobre  el  montón  de 
nuestros  equipajes  que  mi  morral  estaba  repleto  y  abrochado 
como  antes  de  que  fuese  vaciado  por  los  indios ;  pero  dudando 
s¡  me  faltaría  alguna  de  las  cosas  más  indispensables,  lo  volqué 
sobre  una  de  mis  mantas,  lo  que  hirió  la  susceptibilidad  del 
cacique,  quien  se  me  acercó  muy  serio,  y  tomando  los  objetos 
que  andaban  esparcidos,  comenzó  á  meterlos  en  el  morral 
apresuradamente,  revelando  con  sus  muecas  y  con  sus  acciones 
el  excesivo  disgusto  que  le  había  producido  mi  desconfianza ; 
en  tanto  que  yo,  penetrado  de  sus  sentimientos  y  arrepentido 
de  mi  proceder,  recurrí  al  pretesto  de  que  buscaba  mis  vasos 
y  mi  libro,  los  primeros  para  darle  uno  al  cacique,  que  recibió 
muy  agradecido  y  desarmado,  y  el  segundo  para  escribir  su 
nombre,  lo  que  hice  pronunciando  en  voz  alta  repetidas  veces, 
Piapún  cacique  lektesmá. 

La  mayor  parte  de  los  Guanas  habían  salido  á  las  primeras 
horas  de  la  mañana,  no  quedando  para  acompañarnos  más  que 
el  cacique  con  sus  dos  hermanos  y  sus  dos  hijos  y  un  solo  ca- 
ballo. 

áalimos  pues  en  rumbo  Noroeste,  y  en  la  primera  legua  de 
camino  atravesamos  cuatro  bosquecillos  muy  claros  y  muy  lim- 
pios, y  cuatro  praderas  con  excelentes  pastizales,  en  cuya  úl- 
tima había  una  excelente  aguada,  curiche  largo  y  estrecho  por 
el  que  hay  que  pasar  forzosamente,  el  que  exigiría  un  terraplén 
y  una  tagea,  caso  de  que  se  construyese  alguna  vez  camino 
para  carros. 

Después  de  caminar  esta  primera  legua  marchamos  otras 
tres  en  el  mismo  rumbo,  entre  palmares  no  muy  espesos  y  en- 
tre  praderas  no  muy  grandes,  camino  excelente  y  provisto  de 
agua,  de  legua  en  legua. 


196  JUAN    DE    COMINGES. 


El  calor  era  insufrible,  por  lo  que  mi  caballo  se  rindió  de  tal 
manera  que  ni  ramalear  quería,  llegando  el  caso  de  tener  que 
cargar  entre  el  cacique  y  yo  con  todo  el  equipaje  y  que  llevar- 
le á  remolque,  él  tirando  y  yo  arreando,  para  no  dejarle  aban- 
donado y  con  el  aparejo. 

Paramos  un  rato  en  la  última  aguada,  donde  nos  esperaban 
los  compañeros,  y  allí  comimos  un  poco  de  bacalao  indígena  y 
algunas  batatas  dulces  de  las  que  me  había  regalado  la  gente 
del  cacique  Pucú.  Entretanto  mi  caballo,  que  nó  había  comido 
nada  la  noche  anterior,  por  tener  el  vicio  de  no  querer  pastar 
estando  maneado,  comió  un  poco,  ínterin  se  adelantaban  á  pie 
y  á  paso  largo  muchos  de  los  que  por  la  mañana  habían  salido 
á  caballo  de  Piapún-paát. 

A  las  tres  de  la  tarde,  me  hizo  señas  el  cacique  de  que  be- 
biese agua,  porque  hasta  muy  entrada  la  noche  no  la  encon- 
traríamos, por  lo  que  debíamos  apresurar  la  marcha,  á  fin  de 
no  acampar  donde  no  hubiese  abrevadero. 

Por  fortuna,  mi  caballo  se  había  repuesto  un  poco,  por  lo 
que,  aunque  animado  con  varita,  pudo  caminar  al  trote  largo 
hasta  después  de  puesto  el  sol,  á  cuya  hora  tuve  que  apearme 
y  hacerle  remolcar  hasta  las  once  de  la  noche,  hora  en  que 
llegamos  á  la  primera  aguada  separada  de  la  anterior  ocho  le 
guas  mortales,  que  hicimos  costeando  montes  pero  sin  cruzar 
ninguno. 

Cuando  llegamos  al  campamento,  ya  los  indios  que  se  nos 
habían  adelantado  desde  el  anochecer,  habían  encendido  gran- 
des fogatas,  á  pesar  de  que  la  noche  no  estaba  fría,  sino  sofo- 
cante hasta  el  punto  de  que  no  bien  armé  mi  carpa  sobrevino 
una  regular  tormenta;  pero  los  indios  hacen  fuego  siempre  que 
pueden  para  librarse  del  ataque  de  las  fieras,  y  más  que  todo 
de  la  persecución  de  los  mosquitos,  á  los  que  temen  más  que 
los  hombres  civilizados,  porque  no  sólo  presentan  más  super- 
ficie á  su  voracidad,  sino  porque  el  olor  que  desprenden  excita 
su  apetito,  haciéndoles  afluir  sobre  ellos  de  tal  manera,  en  tal 
abundancia  y  con  tal  ensañamiento,  que  allí  donde  haya  un 


EXPLORACIONES.  I  9  7 


grupo  de  indios,  más  que  su  conversación  se  siente  el  perpetuo 
palmoteo  con  que  los  espantan. 

Desde  mi  entrada  al  desierto  me  había  llamado  la  atención 
la  extraordinaria  paciencia  con  que  los  indios  soportan  las  im- 
pertinentes travesuras  y  hasta  los  atentados  de  sus  innumera- 
bles y  feroces  perros,  á  quienes  jamás  castigan  con  un  latigazo 
ni  un  puntapié,  aun  cuando  les  arrebaten  de  las  manos  su 
escasísima  comida,  limitando  su  mayor  manifestación  de  des- 
agrado á  la  articulación  de  un  sonido  semejante  al  que  produce 
la  lechuza,  con  el  cual  consiguen  algunas  veces  alejarlos. 

Como  al  poco  rato  de  penetrar  en  mi  carpa  en  compañía  del 
cacique,  escuchara  yo  con  mucha  frecuencia  esa  especie  de 
interjección  con  que  los  indios  ahuyentan  á  sus  perros,  creí  de 
buena  fe  que  se  hubiese  agregado  á  nosotros  por  el  camino 
alguno  de  estos  animales  que,  mal  criado  como  todos  y  asusta- 
do por  la  tormenta,  molestaría  á  los  indios  demasiado,  por 
cuanto  que  durante  una  hora  no  pasaba  un  minuto  sin  que  diez 
ó  doce  voces  simultáneas  produjesen  el  mismo  sonido. 

Sentéme,  pues,  á  la  puerta  de  mi  tienda  y  no  tardé  en  con- 
vencerme de  que  estaba  equivocado,  pues  aquellos  aspavientos 
no  se  producían  para  espantar  los  canes,  sino  otra  cosa  que 
en  muchas  aldeas  civilizadas  se  espantan  santiguándose,  es 
decir,  que  los  indios,  en  la  creencia  de  que  es  el  trueno  el  que 
desgaja  los  árboles,  incendia  las  tolderías  y  asfixia  tribus  enteras, 
tienen  la  seguridad  de  que  no  ha  de  partirles  un  rayo  si  le  ganan 
el  tirón  con  ese  conjuro. 


Dia  12  de    Octubre, 

Mucho  antes  de  que  fuese  de  día,  empezaron  los  indios  á 
secar  sus  ropas,  aproximándolas  á  las  hogueras,  y  apenas 
terminaron  esta  operación,  se  fueron  poniendo  en  marcha 
todos  con  excepción  del  cacique,  un  hermano  de  éste  llamado 


198  JUAN    DE    COMINGES. 


Quilmáy  que  también  es  cacique,  y  un  mocetón  hijo  de  este 
último,  para  cuyos  tres  quedaba  un  caballo.  Aparejé  el  mío, 
y  salimos  poco  más  de  una  hora  antes  que  el  sol,  caminando  al 
Noroeste  por  excelentes  praderas,  y  costeando  montes  donde 
no  se  veía  una  sola  palma,  que  según  el  cacique  habían  des- 
aparecido para  no  volver  á  verlas  hasta  el  regreso,  pues  la  región 
de  las  palmas  acaba  apenas  se  llega  á  los  terrenos  verdadera- 
mente elevados  del  interior  del  Chaco. 

A  las  diez  de  la  mañana  paramos  á  la  sombra  de  un  algarrobo 
blanco,  y  el  hermano  del  cacique  con  su  hijo,  me  hicieron  señas 
de  que  partían  con  su  caballo  por  una  sendita  que  se  dirigía 
al  Noroeste,  y  al  mismo  tiempo  me  indicaron  que  deseaban 
llevar  á  las  mujeres  el  ¿ontenido  de  un  salvavidas  que  tenía 
charque,  conservas,  azúcar  y  fariña,  lo  que  les  concedí  de  buena 
gana,  despidiéndome  de  ellos,  que  me  manifestaban  las  mayores 
simpatías  y  el  deseo  de  que  á  mi  regreso  pasase  por  Quilmá- 
paát,  para  acompañarme  hasta  el  aluguatd  de  Tibay-Ipiem  (i). 

Viéndose  á  pie  y  cargado,  el  cacique  Queirá  se  puso  de  un 
brinco  sobre  las  ancas  de  mi  caballo,  mas  éste,  no  pudiendo 
resistir  á  aquellas  doce  ó  trece  arrobas,  cayó  en  tierra  como 
herido  de  un  rayo,  sin  que  en  largo  rato  consiguiéramos  levan- 
tarlo, ni  aún  desensillado. 

El  cacique  tenía  más  paciencia  que  yo;  pues  aunque  le  rogué 
que  siguiésemos  nuestro  camino  abandonando  el  caballo  y  la 
montura,  no  pude  conseguirlo;  pues  él  insistió  hasta  conseguir 
que  el  animal  se  levantara.  Hecho  lo  cual  me  ordenó  subir  en 
él,  mas  á  penas  puse  el  pie  en  el  estribo  cayó  de  nuevo  ha- 
ciéndome dudar  si  tendría  roto  el  espinazo. 

Acostumbrado  el  cacique  Queirá  á  la  resistencia  de  los  pe- 
queños caballos  del  desierto,  no  podía  convencerse  de  que  el 
mío  estuviese  rendido  de  fatiga,  razón  por  la  cual  no  quería 
abandonarlo;  así  pues  trabajamos  otro  rato  hasta  levantarlo, 


(i)  Rio  de  la  salida  del  sol  ó  sea  Oriente.  Rio  Paraguay. 


EXPLORACIONES.  1 99 


trabajo  que,  aunque  grande  y  engorroso,  no  lo  fué  tanto  como 
el  que  nos  díó  durante  tres  horas  para  remolcarle  por  aquellas 
veredas  estrechas  y  encajonadas,  cargados  con  más  de  una 
arroba  cada  uno  y  en  medio  de  uno  de  esos  días  calurosos  que 
suelen  verse  dentro  del  20"  de  latitud. 

No  se  me  pregunte  cuáles  fueron  las  bellezas  que  más  lla- 
maron la  atención  en  esa  parte  de  camino,  que  me  hubiese 
parecido  el  mismo  infierno  aunque  hubiera  sido  el  paraíso  ter- 
renal; sólo  diré  que  no  había  monte,  porque  el  sol  me  pegaba 
de  lleno  en  la  cabeza;  que  no  había  agua,  porque  la  sed  abra- 
saba mi  pecho;  y  que  daba  indicios  de  no  pertenecer  á  ninguna 
sociedad  protectora  de  animales ;  pues  me  veía  forzado  á  secun- 
dar por  la  popa  los  esfuerzos  inauditos  del  cacique  aplicados  á 
la  proa  de  mi  caballo. 

Por  fin  á  la  una  de  la  tarde  llegamos  á  una  pequeña  tolde- 
ría semejante  á  Tasemapán-Paát,  la  que  estaba  pertrechada 
de  multitud  de  cachivaches  pero  sin  persona  alguna,  donde 
desensillé,  repartí  raciones  á  todos  los  indios  que  allí  nos  espe- 
raban con  agua  fresca  y  abundante,  y  rendido,  enfermo  y  sin 
probar  bocado,  me  tendí  á  su  sombra,  donde  á  pesar  de  hacer 
un  calor  insoportable,  me  dormí  profundamente,  hasta  que 
muy  entrada  la  tarde,  desperté  rodeado  de  una  multitud  de 
gentes  desconocidas,  que  me  había  estado  contemplando  du- 
rante algunas  horas. 

Esta  tribu,  como  casi  todas,  se  compone  de  una  sola  familia 
no  muy  numerosa,  emparentada  y  sometida  en  cierto  modo 
al  cacique  Queirá,  lo  que  supongo  por  la  familiaridad  con  que 
dispone  de  cuanto  hay  en  el  paát  y  por  el  respeto  y  cariñosas 
atenciones  con  que  todos  le  tratan. 

El  jefe  de  la  tribu  es  un  anciano  pequeño  y  acartonado; 
pero  de  una  fisonomía  muy  alegre,  circunstancia  poco  común 
en  los  indios  y  menos  cuando  éstos  son  viejos  ó  caciques. 

A  la  hora  que  me  despertaron,  el  Queirá  habría  ya  contado 
mis  servicios  y  méritos;  pues  sólo  así  podía  explicarme  el  que 
todos  á  porfía  se  disputasen  en  tributarme  homenajes  y  ren- 


1 


200  JUAN    DE    COMINGES. 


dirme  servicios,  que  para  ellos  lo  eran  el  hacerme  comer  de 
todos  los  frutos  del  desierto,  incluso  un  buen  pedazo  de  sabro- 
sa anguila,  llevando  la  ternura  de  sus  sentimientos  hasta  el  punto 
de  acercar  á  mis  ojos  todos  los  objetos  del  paát,  sobre  los  que 
dirigía  la  vista;  objetos  que  me  ofrecían  y  sobre  los  que  me 
daban  toda  clase  de  explicaciones,  sin  que  precediera  gestión 
alguna  por  mi  parte. 

Á  fin  de  consignar  la  multitud  de  datos  interesantes  que  á 
porfía  me  suministraban  aquellos  indios,  acudí  en  busca  del 
libro;  mas  grande  fué  mi  asombro  al  ver  que  éste  así  como 
todos  los  objetos  que  guardaba  en  el  morral  habían  desapa- 
recido. 

Interrogué  al  Queirá  con  la  mirada,  lo  que  dio  por  resultado 
que  se  me  devolviese  todo  lo  que  se  me  había  sustraído;  y  era 
verdaderamente  curioso  el  espectáculo  que  ofrecían  aquellos 
inocentes  al  acudir  cada  uno  provisto  de  uno  de  los  objetos 
que  constituían  mi  equipaje,  llevado  entre  sus  manos  con  tanto 
mimo,  con  tan  exajerada  precaución  y  con  tanta  ceremonia, 
como  si  llevasen  una  imagen  en  procesión. 

Ya  en  posesión  de  mi  libro,  cuyo  objeto  les  explicó  Qr.eirá, 
según  él  lo  comprendía,  volví  á  sentarme  en  mi  cama  y  co- 
mencé á  enriquecer  mi  vocabulario ;  mas  como  entre  los  obje- 
tos cuyo  uso  me  explicaban  se  hallase  una  calabaza  engalanada 
con  idénticos  lazos  y  pinturas  que  la  que  con  tanto  respeto 
conservaban  en  Piapún-Paát,  fijé  los  ojos  en  ella,  y  bien  pronto 
me  apercibí  de  mi  imprudencia,  pues  que  todos  guardaron  el 
mayor  silencio,  como  quien  no  se  atreve  á  iniciar  á  tan  desco- 
nocido neófito  en  los  más  importantes  secretos  de  su  dogma 
y  en  las  más  solemnes  ceremonias  de  s.u  culto.  Sin  embargo, 
como  estos  indios  eran  muy  buenos  y  mucha  la  confianza  que 
debía  inspirarles,  una  vieja  escuálida,  desgreñada  y  andrajosa, 
descolgó  el  célebre  caga  que  debería  tener  en  su  interior  algu- 
nas docenas  de  piedrecitas,  por  cuanto  que  al  acercarse  hasta 
mí  cantando,  saltando  y  golpeándose  la  boca  con  la  mano  iz- 
quierda, agitaba  violentamente  con  la  derecha  el  misterioso 


EXPLORACIONES.  20 1 


zapallo,  produciendo  una  horrible  cencerrada,  tanto  más  inso- 
portable cuanto  que,  cual  si  me  ahumase  con  el  incensario,  me 
desgarraba  el  tímpano  al  agitarlo  junto  á  mis  orejas. 

Concluida  esta  ceremonia,  presenciada  por  aquel  auditorio 
con  el  mayor  recojimiento,  tuve  la  feliz  idea  de  obsequiar  á  la 
anciana  con  seis  varas  de  lienzo  sacado  de  dos  salvavidas,  el 
que  recibió  la  pobre  maga  en  medio  de  las  mayores  manifes- 
taciones de  regocijo,  y  sobretodo,  haciéndome  invulnerable  á 
los  malos  espíritus  que  producen  las  enfermedades  y  las  pasio- 
nes por  medio  del  Caga  sagrado,  reliquia  veneranda  que  res- 
tregó por  toda  la  superficie  de  mi  cuerpo  con  gran  contento 
de  los  circunstantes.  Insigne  prueba  del  aprecio  público  que 
sólo  se  conquista  por  una  vez  en  la  vida,  cuando  sin  ayuda  de 
nadie  y  sin  más  armas  que  las  flechas  descubre  el  joven  guana 
sus  condiciones  guerreras,  dejando  exánime  á  sus  plantas  el 
feroz  yaguareté.  Yo  no  había  matado  ningún  tigre;  pero  por 
lo  visto,  por  tales  deben  tener  estos  indígenas  á  los  Mbayás. 
De  todos  modos  al  pensar  en  la  cobardía  de  mis  soldados, 
creo  que  poco  se  despintará  el  Caga  con  los  refregones  que 
pegue  contra  los  héroes,  y  creo  también  que  si  fuesen  ciertas 
las  virtudes  que  se  le  atribuyen,  sería  más  propio  restregar  á 
los  tímidos  para  preservarlos  de  la  pasión  del  miedo.  Sin  em- 
bargo, como  procedo  de  una  sociedad  donde  no  faltan  aberra- 
ciones, aquello  no  me  llamó  tanto  mi  atención  como  me  lo  ha 
llamado  el  persuadirme  que  tienen  menos  que  nosotros. 

¿Qué  tiene  de  particular  que  los  inocentes  hijos  de  las  selvas 
conjuren  el  rayo  gratuitamente,  si  nosotros  conjuramos  la  lan- 
gosta por  el  dinero? 

El  cacique  de  este  paát  se  llama  Agut,  y  tiene  accidental- 
mente consigo  un  hermano,  con  el  que  se  confunde  por  su 
mucha  semejanza,  y  el  que  también  es  cacique  de  otra  tribu 
establecida  más  al  Nornoroeste.  Este  hermano  va  acompaña- 
do de  un  hijo  de  unos  veinte  años,  notable  por  su  capacidad; 
pues  repite  todas  mis  palabras  con  perfección  y  las  retiene 
tanto  rato,  que  al  pronunciarlas  cuando  menos  lo  espero,  me 


202  JUAN    DE    COMINGES. 


hace  volver  la  cabesa  para  ver  quién  es  el  que  h^bla  castellano 
entre  aquella  gente.  En  media  hora  escasa,  le  he  enseñado  á 
conocer  y  pronunciar  todas  las  letras  del  alfabeto  y  el  infeliz 
me  abraza  y  me  suplica  que  le  enseñe  á  escribir !! 

Este  muchacho  no  aprende  sólo  por  su  buena  memoria,  sino 
porque  mis  escasas  atenciones  le  han  prendado  de  mí  tanto, 
que  parece  estar  empeñado  en  imitarme  en  todo,  en  lo  que  en- 
cuentra una  verdadera  complacencia. 

Después  de  haberme  colmado  con  tantos  agasajos  y  de  ha- 
berme pretendido  hacer  aceptar  hasta  sus  ropas  y  cacharros, 
lo  que  no  admito  por  no  tener  elementos  de  trasporte,  me 
pide  que  haga  algunos  disparos  con  mi  rémington,  lo  que  hago 
apuntando  á  un  delgado  palo  santo,  en  cuyo  corazón  meto  la 
bala,  bala  que  el  joven  Agut  corre  á  buscar  provisto  de  su  can- 
chero y  que  guarda  en  su  fiatjabat  como  una  reliquia,  por  cuya 
acción  le  regalé  el  cartucho  que  la  contuvo,  al  que  en  el  acto 
lo  llevó  á  la  boca  para  usarlo  como  silbato. 

El  resto  de  la  tarde  se  ha  deslizado  como  un  soplo  para 
aquel  público  entusiasmado  con  mi  ejercicio  de  prestidigita- 
ción,  que  aunque  muy  común  entre  nosotros,  es  sorprendente 
para  los  indios,  juego  que  ejecuté  de  esta  manera:  senté  á 
todos  los  circunstantes  en  corro,  menos  á  dos  mocitas  que  co- 
loqué conmigo  en  el  centro,  y  después  de  haber  atado  las  mu- 
ñecas de  una  de  ellas  con  las  extremidades  de  una  cuerda  que 
tenía  una  vara  de  largo,  até  á  la  otra  también  por  una  de  sus 
muñecas,  con  un  cordel  del  mismo  tamaño,  el  que  después  de 
haberlo  pasado  por  entre  los  ligados  brazos  de  su  compañera, 
vino  á  atar  la  opuesta  mano,  de  modo  que  ambas  quedaron 
enredadas.  El  problema  á  resolver  consistía  en  separarse  sin 
cortar  la  cuerda  ni  desatar  las  ligaduras.  Muchas  vueltas  pu- 
dieron dar  aquellas  criaturas  en  su  afán  de  deslizarse  una  de 
otra,  pero  es  lo  maravilloso  que  cuando  yo  me  acerqué  para 
explicar  el  desenlace,  el  joven  Agut,  que  por  respeto  se  había 
contenido  hasta  ese  momento,  se  rrie  adelantó,  y  con  una  pers- 
picacia que  no  era  de  esperarse  y  con  la  limpieza  de  un  Her- 


EXPLORACIONES.  2O3 


mann,  dio  solución  al  juego  en  medio  del  aplauso  del  público. 

H^  notado  que  estos  indios  están  pasando  por  una  crisis  que 
debe  atribuirse  á  circunstancias  muy  excepcicMiaies. 

El  hambre. 

En  todo  el  territorio  que  llevo  recorrido,  he  podido  obser- 
var que  la  abundancia  de  caza  y  pesca  está  en  razón  inversa 
de  la  población.  Días  enteros  se  pasan  viajando  por  estas  pra- 
deras y  por  estos  bosques,  sin  que  se  deje  ver  un  ciervo  ni  un 
avestruz. 

La  abundancia  de  hombres,  su  destreza  y  su  afición  al  ejer- 
cicio de  la  caza  la  han  agotado  de  tal  modo,  que  hasta  los  ti- 
gres y  los  lagartos  escasean,  por  lo  que  los  indígenas  han 
tenido  que  recurrir  á  la  agricultura  para  hacer  de  sus  frutos  la 
base  de  su  alimentación.  Pero  desgraciadamente,  según  ellos, 
han  trascurrido  cinco  lunas  sin  que  estos  suelos  arcillosos  reci- 
ban el  beneficio  de  la  lluvia,  con  excepción  de  tres  ó  cuatro 
ligeros  chaparrones  sobrevenidos  en  estos  días,  durante  algu- 
nas tormentas  pasajeras. 

Estos  indios  no  son  económicos,  y  su  despilfarro  en  los  días 
de  abundancia  llega  á  tal  extremo,  que  no  se  concibe  que  sean 
capaces  ni  aun  de  conservar  aquellos  frutos  que  precisan,  como 
la  simiente  que  ha  de  producir  las  cosechas  sucesivas;  la  que 
se  han  acostumbrado  á  guardar  aunque  en  pequeña  proporción, 
A  fuerza  de  las  dolorosas  lecciones  de  la  experiencia.  Así,  pues, 
se  comprende  el  gran  sacrificio  que  harán  al  desprenderse, 
para  obsequiar  á  sus  huéspedes,  de  los  pocos  granos  y  de  los 
pocos  tubérculos  que  no  han  podido  confiar  á  la  tierra  con  mo- 
tivo de  la  escasez  de  lluvias  que,  aunque  les  hubiese  permitido 
labrar,  no  hubiera  germinado  por  falta  de  agua.  A  pesar  de 
esto,  son  tan  generosos  conmigo,  que  por  complacerme  estoy 
viendo  que  echan  la  casa  por  la  ventana,  lo  que  no  es  muy  di- 
fícil; pues  á  penas  hay  en  sus  almacenes  para  comer  una  se- 
mana, al  paso  que  durante  toda  esta  tarde  lo  hemos  hecho. 

Al  llegar  la  noche,  han  sacado  al  frente  del  /fad/,  multitud 
de  cueros  y  de  esterillaG,  para  pasar  la  velada  al  fresco  senta- 


204  JUAN    DE    COMINGES. 


dos  en  ellas,  teniendo  la  precaución  de  rodearse  de  pequeñas 
hogueras  de  palo  santo  muy  seco,  cuyo  humo  sin  lastimar  los 
ojos,  ahuyenta  el  enjambre  de  mosquitos  que  de  otro  modo  ha- 
ría insoportable  la  existencia;  lo  mismo  han  hecho  en  el  interior 
de  la  casa,  en  torno  de  todos  los  camastros. 

El  cacique  Queirá  aguardaba  esta  hora  para  dar  principio  al 
concierto,  el  que  ha  durado  hasta  muy  tarde,  pues  tal  es  su 
afición  por  la  música,  que  no  pueden  sufrir  con  paciencia  el  que 
se  acabe.  Cuando  me  acosté  estaba  rendido,  pero  tenía  la  sa- 
tisfacción de  que  todos  los  indios  de  Agut-paát  entonaban  el 
i  Santo  Dios !  con  tanta  afinación  y  con  tanto  sentimiento  como 
pudiera  hacerse  en  un  templo  cristiano. 


Dia  ij  de  Octubre, 

El  joven  Agut  ha  dormido  abrazado  á  mí,  lo  que  le  agra- 
dezco en  el  alma,  á  pesar  de  que  ésto  me  ha  impedido  el  cerrar 
los  ojos.  Tampoco  creo  que  haya  descansado  mucho  este  ama- 
ble joven,  pues  cada  vez  que  me  rebullía,  acudía  con  tierna  soli- 
citud á  taparme  como  lo  hiciera  una  madre  con  un  niñito  en- 
fermo. 

El  cacique  Queirá,  á  penas  amaneció  me  hizo  que  le  acom- 
pañase con  unos  cuantos  hasta  un  curiche  próximo,  donde  nos 
dimos  un  baño  en  agua  limpia;  costumbre  higiénica  que  no 
pierden  los  indios,  ni  en  la  estación  más  rigurosa  del  invierno. 

Desde  que  estoy  en  el  Chaco,  vengo  notando  que  los  indios 
de  ambos  sexos  llevan  su  honestidad  á  un  punto  que  haría 
honor  á  los  pueblos  más  civilizados ;  pues  que  ni  una  sola  mu- 
jer acude  á  bañarse  entre  los  hombres,  ni  aún  éstos  se  ostentan 
desnudos  sino  con  rubor  y  tomando  mil  precauciones  que  reve- 
lan su  moralidad.  Es  notable  la  admiración  que  les  produce  la 
blancura  de  mi  cutis.  Apenas  me  desnudo  empiezan  las  carca- 
jadas y  no  acaban  hasta  que  me  visto  de  nuevo. 


EXPLORACIONES.  2©5 


El  baño  entre  los  indios  es  muy  corto  cuando  lo  toman  por 
placer,  por  lavarse  ó  por  medida  higiénica;  pero  cuando  es 
por  necesidad  pueden  pasar  todo  el  día  en  el  agua,  sin  que- 
brantar su  salud,  como  lo  hacen  los  Angaités,  cuando  cargan 
barcos  de  madera  en  la  Colonia  Apa. 

Mi  caballo  y  mi  aparejo  quedará  en  Aguí-Paát  hasta  que 
disponga  el  cacique,  y  las  demás  prendas  de  mi  equipaje  se 
reparten  entre  cuatro  caballos  que  nos  quedan,  sobre  uno  de 
los  cuales  tengo  el  disgusto  de  ver  que  ponen  mis  blancos  co- 
bertores directamente  encima  de  las  mataduras. 

Prontos  ya  para  continuar  mi  marcha,  llego  á  notar  que  al- 
gunos de  los  com.pañeros  de  viaje  se  despedían  de  mí,  dándo- 
me á  comprender  que  pertenecen  á  la  familia  de  Agut;  pero 
su  manera  de  despedirse  era  tan  poco  insinuante  que  no  la  hu- 
biese comprendido,  á  no  ser  por  haberme  hecho  seña  de  que 
deseaban  un  salvavidas  cargado  para  regalárselo  á  su  cacique, 
como  realmente  lo  ejecutaron  tan  pronto  como  lo  puse  entre 
sus  manos,  y  entonces  éste  me  explicó  que  eran  sobrinos  de  su 
mujer. 

La  despedida  ha  sido  más  que  tierna  conmovedora,  y  creo 
que  no  me  hubieran  dejado  partir,  á  no  dar  su  palabra  el  caci- 
que Queirá  de  que  al  regreso  pasaría  por  allí,  para  que  todos 
vengan  hasta  el  Apa  en  mi  compañía,  donde  recibirán  algunos 
regalos. 

Todas  las  mujeres  saltaban  y  se  golpeaban  la  boca  en  medio 
de  un  lúgubre  y  monótono  cántico,  que  debe  significar  el  de- 
seo de  mi  feliz  viaje,  y  todos  los  hombres  me  tocaban  el  pecho 
y  me  apretaban  hacia  atrás,  como  quien  muy  suavemente  dice : 
anda.  Estas  manifestaciones  no  alcanzaban  ni  al  Queirá  ni  á 
ninguno  de  los  que  conmigo  partían. 

Ya  tenía  mi  fusil  al  hombro,  cuando  el  cacique  Queirá  to- 
mándolo de  mis  manos  me  sostuvo  el  pie  derecho  para  que, 
por  la  derecha  como  ellos,  montase  en  el  caballo,  donde  ya  es- 
taban mis  mantas  y  un  ginete  casi  sobre  el  pescuezo. 

Monté  tras  él,  sin  silla  y  sin  estribos,  y  tras  mi  montó  el  hijo 


n 


206  JUAN    DE    COMINGES. 

más  joven  del  Queirá,  que  es  tan  gordinflón  como  su  padre,  y 
sin  darme  tiempo  para  nuevas  despedidas,  salimos  al  galope 
tendido  por  aquellas  praderas,  si  no  como  alma  que  lleva  el 
diablo,  como  cristiano  que  llevan  los  indios  sobre  las  águilas 
del  desierto.  En  esta  forma,  es  decir  tres  en  cada  caballo  y  á 
todo  escape,  salimos  cuando  el  sol,  /os  doce  indios  que  quedá- 
bamos de  la  comitiva;  pues  ya  no  debo  yo  contarme  sino  por 
uno  de  tantos,  según  los  aprietos  en  que  me  veo;  aprietos  po- 
sitivos que  me  tienen  en  prensa  entre  las  espaldas  del  número 
uno  y  la  gran  barriga  del  número  tres. 

Durante  cuatro  horas  hemos  caminado  por  praderas  y  por 
el  linde  de  los  bosques,  siempre  al  trote  ó  al  galope  y  sin  en- 
contrar un  solo  curiche^  hasta  que  á  las  diez  y  media,  cambian- 
do de  pronto  al  N.  E.  por  entre  una  arroyada  seca  de  un 
bosque  claro,  salimos  al  corto  rato  á  una  pradera,  donde  había 
un  pantano  y  un  toldito  de  tan  mala  catadura  como  cualquiera 
de  los  de  Michí,  á  cuyos  alrededores  andaban  cinco  personas 
de  distintos  sexos,  de  entre  los  cuales  salió  también  una  vieja 
dando  saltitos,  cantando  y  golpeándose  la  boca,  que  por  lo  vis- 
to es  la  manera  más  cortés  de  recibir  á  los  huéspedes. 

Apenas  me  apeo,  un  anciano  me  hace  sentar  á  la  sombra  de 
un  árbol  inmediato  y  me  trae  agua  en  un  mate  muy  grande,  que 
al  devolverle  después  de  saciar  mi  sed,  no  lo  quiere  aceptar, 
porque  desea  que  me  moje  la  cabeza;  me  la  mojo  y  quedamos 
tan  amigos.  Acto  continuo  una  vieja  me  trae  una  anguila  asa- 
da que  pesaría  más  de  tres  libras,  la  que  con  unos  manís  que 
nos  sirvieron  de  postre,  nos  comimos  entre  el  Queirá  y  yo,  sin 
dejar  más  que  la  espina. 

La  pobreza  de  este  Paát,  su  poca  gente  y  la  escasez  de  mo- 
biliario, llamó  mucho  mi  atención,  hasta  que  vi  venir  muchos 
hombres  por  distintos  caminos,  los  que  acudían  á  este  lugar, 
desde  sus  respectivos  toldos,  con  objeto  de  pescar  anguilas  en 
el  pantano  inmediato.  Entonces  comprendí  que  las  cinco  per- 
sonas que  nos  habían  recibido  no  estaban  allí  sino  accidental- 
mente, como  los  demás  pescadores. 


EXPLORACIONES.  20/ 


Cerca  del  Paát  había,  sobre  cuatro  horquillas  de  madera  de 
setenta  centímetros  de  altura,  una  parrilla  compuesta  de  rollizos 
de  palo-santo -de  seis  á  ocho  centímetros  de  diámetro,  bajo  la 
que  había  un  brasero  sin  llama  pero  capaz  de  asar  un  ternero 
en  pocos  instantes.  Sobre  esta  parrilla  estaban  asándose  mu- 
chas otras  anguilas,  tan  grandes  como  la  que  nos  acabamos  de 
comer  y  de  las  que  sin  ceremonia  tomaban  todos  los  indios 
que  iban  llegando,  entre  los  que  no  hubo  uno  solo  que  no  se 
me  presentase  ofreciéndome  parte  de  su  comida. 

Estos  indios,  á  quienes  el  Queirá  trataba  como  subalternos, 
se  marchaban  por  grupos  á  la  pesca,  mientras  que  otros  gru- 
pos llegaban  sucesivamente  al  campamento  cargados  cada  dos 
con  unas  sesenta  anguilas,  que  conducían  ensartadas  con  junco 
por  las  agallas  y  atravesadas  en  un  palo.  Conforme  iban  llegan- 
do tomaban  también  de  aquellas  parrillas  de  Moloch  las  angui- 
las que  les  acomodaba,  y  se  retiraban  ¿devorárselas  á  la  som- 
bra de  los  árboles,  y  entre  tanto  la  vieja  se  cuidaba  de  repo- 
nerlas con  otras  recién  traídas,  para  que  nunca  les  faltase 
comida  á  los  que  fuesen  regresando  de  la  pesca,  quienes,  cuando 
engullían  seis  ú  ocho  libras  de  carne  se  quedaban  adormitados 
como  los  buitres  y  los  cóndores  al  terminar  su  festín,  y  sin  ser 
capaces  de  hacer  en  tres  ó  cuatro  horas  otra  cosa  que  no  sea 
la  digestión,  después  de  la  cual  se  levantaban  pesadamente  y 
cargando  por  parejas  sus  anguilas,  marchaban  á  sus  respecti- 
vos toldos. 

Este  lugar  debe  estar  rodeado  de  muchas  tolderías,  porque 
poco  después  de  mi  llegada,  empecé  á  recibir  visitas  de  viejos 
y  mujeres  cargados  con  niños,  quienes  teniéndome  sin  duda  por 
Esculapio,  me  presentaban  sus  heridas  ó  me  pedían  que  les  cu- 
rase de  fiebres  intermitentes.  Esto  depende  de  qu2,  como  mis 
heridos  de  la  madrugada  del  día  7,  y  otros  que  por  el  camino 
han  recibido  pinchazos  y  cortaduras  han  sanado  perfectamente 
por  intermedio  del  ácido  fénico  y  de  la  tira  emplástica,  y  como 
los  que  han  recibido  este  beneficio  están  agradecidos  y  admira- 
dos, los  que  vieron  el  prodigio  de  mis  medicamentos  se  hacen 


I 


208  JUAN  DE  COMIIMGES. 


lenguas  por  todos  los  Paáts,  y  de  uno  en  otro  corre  la  noticia 
como  una  chispa  eléctrica,  hasta  el  punto  de  que  siento  no 
haber  traído  un  botiquín  más  completo,  porque  éste  se  acaba. 

Cada  vez  que  concluyo  de  lavar  una  herida  con  ácido  fénico 
diluido,  los  indios  se  apoderan  del  residuo,  en  el  que  todos  á 
la  vez  meten  el  dedo  para  frotarse  con  algunas  gotas  sobre 
los  arañonesde  su  cuerpo,  lo  que  da  la  medida  de  la  confianza 
que  les  inspiro  y  me  sugiere  la  idea  consoladora  de  que  van 
siendo  ya  muchos  los  lazos  de  amistad  con  que  me  voy  uniendo 
álos  indígenas,  y  que  por  lo  tanto  se  van  haciendo  difíciles  nue- 
vos atentados  contra  mi  vida  ó  independencia.  Por  el  contrario, 
si  algún  temor  puede  inquietarme,  es  el  de  que  me  quieran  de- 
masiado, y  el  de  que,  por  considerarme  preciso,  impidan  ó  re- 
tarden mi  regreso. 

He  curado,  pues,  heridas  recientes  y  atrasadas,  he  suministra- 
do la  quinina  á  los  intermitentes  que  en  la  actualidad  estaban 
sin  calentura  y  he  entregado  á  los  que  la  tenían,  paquetitos 
para  que  tomen  su  contenido  cuando  se  les  pase. 

Tanto  los  pescadores,  como  los  enfermos  y  los  demás  curio- 
sos que  han  asistido  á  este  lugar,  al  que  confirmo  con  el  nombre 
de  El  Hospital,  se  han  marchado  agradecidos  y  pidiendo  al 
Queirá  que  venga  á  establecerme  entre  ellos,  con  mi  mujer  y 
mis  hijos,  donde  nos  pondremos  muy  gordos  comiendo  angui- 
las, maíz,  batatas  dulces  y  colas  de  lagarto,  (i) 

Uno  de  mis  compañeros  de  viaje  se  ha  marchado  también, 
diciéndome  que  á  mi  regreso  me  acompañará  al  Apa  con  mu- 
chos de  sus  amigos,  donde  espera  que  le  regale  otro  cuchillo 
para  un  hermano  que  tiene  en  su  Paát^  del  cual  es  cacique  y 
el  cual  será  mi  amigo. 

Salimos  á  las  tres  de  la  tarde  al  trote  y  al  galope,  como  lo 
hicimos  esta  mañana,  sin  que  á  pesar  del  paso  tan  acelerado  y 
de  la  enorme  carga,  los  caballos  hayan  dado  un  solo  trope- 


(i)  Lacerta  Iguana. 


EXPLORACIONES.  2O9 


zón,  y  sin  que  siquiera  hayan  metido  una  mano  en  las  madri- 
gueras de  un  roedor  semejante  á  la  vizcacha,  aunque  más  pe- 
queño, que  se  cría  sólo  por  los  campos  que  hemos  atravesado 
esta  tarde. 

El  camino  ha  sido  muy  semejante  al  de  la  mañana;  praderas 
con  pastos  elevados  entre  los  que  no  se  ve  una  legumino- 
sa, y  bosques  cada  vez  más  frondosos,  pero  que  no  se  cruzan, 
sino  que  se  ven  de  lejos  ó  se  costean.  Las  palmas  han  desapa- 
recido, y  por  lo  tanto,  el  afán  de  los  indios  por  sacarles  su  ape- 
titoso cogollo;  pero  en  cambio  aparecen  vegetales  que  me  son 
desconocidos,  entre  los  que  he  visto  un  palmito  muy  frondoso, 
pero  que  no  crece;  pues  las  hojas  de  todos,  que  nacen  de  un 
peciolo  sin  espinas,  parecen  radicales.  Vamos  á  un  paso  que 
no  es  el  más  á  propósito  para  herborizar,  pero  no  he  podido 
menos  de  detenerme  admirado  ante  la  belleza  de  dos  plantas: 
un  Amarillis  cuyo  perigonio  escarlata  con  franjas  amarillas 
tendría  veinte  centímetros  de  diámetro  y  un  Cyclámen  cuyo 
rizoma  tuberoso  mediría  un  diámetro  de  treinta.  En  cuanto  á 
pájaros  no  abundan  á  estas  horas,  por  más  que  hemos  muerto 
un  carpintero  con  pescuezo  y  cresta  colorados,  el  que  dio  gri- 
tos verdaderamente  escandalosos  basta  que  acabó  de  morir. 

A  las  cuatro  leguas  de  camino  hemos  encontrado  un  curiche 
con  agua  muy  limpia  y  sin  plantas  acuáticas,  por  lo  que  me 
veo  tentado  á  honrarle  con  el  título  de  arroyo  por  más  que  el 
agua  no  corre.  Su  anchura  no  pasará  de  diez  metros  ni  aún  en 
las  mayores  crecientes,  por  lo  que  no  sería  una  obra  de  impor- 
tancia la  que  se  precisaría  para  pasar  este  arroyo,  caso  de  que 
se  construyese  una  carretera  que  hasta  aquí  no  ofrece  dificul- 
tad alguna. 

El  curiche  corre  de  Sudoeste  á  Noroeste,  y  después  de  una 
legua  se  une  con  grandes  lagunas  pantanosas  que  corren  de 
Oeste  á  Este  en  una  extensión  considerable. 

Esta  región  debe  ser  muy  poblada,  según  se  hace  sospechar 
por  la  multitud  de  sendas  que  cruzan  en  todas  direcciones. 

Nuestro  rumbo,  como  siempre,  ha  sido  Noroeste;  pero  al 

14 


^ 


:21o  JUAN    DE    COMINGES. 


anochecer,  cuando  tendríamos  caminadas  seis  ó  siete  leguas, 
dejamos  á  la  izquierda  la  senda  del  Noroeste,  y  tomamos  más 
al  Norte  por  la  orilla  occidental  de  un  lindo  bosque  que  á  poco 
volvía  al  Oeste;  entonces  seguimos  adelante  por  nuestro  nuevo 
rumbo,  cruzando  al  través  de  una  faja  de  terreno  algo  panta- 
noso que  podría  tener  trescientos  metros  de  anchura,  lo  que 
exigiría  un  piso  más  firme  para  pasarse  con  carros. 

Al  llegar  á  esté  lugar  y  mientras  que  algunos  de  mis  compa- 
ñeros con  muestras  de  gran  alegría  me  señalaban  al  Norte  gri- 
tando: AneC'paát^  ( i )  siento  á  mis  espaldas  diferentes  voces  de 
tenor  afinadas,  y  con  un  sentimiento  propio  de  los  que  pro- 
rrumpen en  gritos  de  regocijo  cantaban:  Eli,  eli,  eli,  eli,  con 
una  muy  lenta  música. 

Era  la  primera  vez  que  llegaba  á  mis  oídos  una  verdadera 
tonada  indígena,  tonada  que  antes  de  ser  terminada  por  el  pri- 
mero que  cantó,  era  empezada  por  un  segundo  y  después  por 
un  tercero,  volviendo  de  nuevo  el  que  la  concluía  á  dar  princi- 
pio á  su  canción  antes  de  que  los  otros  la  terminasen,  de  lo  que 
resultaba  la  más  agradable  armonía;  tanto  más,  cuanto  que  por 
la  circunstancia  de  llegar  á  su  casa  después  de  un  largo  via- 
je aquellos  jóvenes  que  con  tanta  ansiedad  eran  esperados  por 
sus  parientes,  no  cabía  duda  de  que  aquel  Eli  ó  Eloha,  era  el 
nombre  semítico  del  Omnipotente  con  el  cual  según  San  Ma- 
teo (XXVII,  46)  se  quejaba  Jesús  durante  su  agonía,  y  á  quien 
estos  jóvenes  rendían  homenaje  agradecidos  de  su  feliz  regreso. 
Apenas  cruzamos  el  terreno  pantanoso  hicimos  algunos  dis- 
paros con  las  tres  carabinas  que  nos  quedaban,  los  que  fueron 
contestados  desde  dentro  de  un  bosque  que  corría  de  Oriente 
á  Occidente,  cerrándonos  el  paso,  por  un  griterío  inmenso  que 
cada  vez  se  fué  haciendo  más  perceptible,  hasta  que  al  llegar 
al  lindero,  con  los  últimos  rayos  del  crepúsculo,  vimos  la  mu- 
chedumbre que  hacia  nosotros  se  dirigía  en  medio  de  la  más 
grande  algazara. 


{ I )    Hay  pueblo. 


EXPLORACIONES.  2  11 


Echamos  pie  á  tierra,  y  las  gentes  que  nos  rodeaban  y  cum- 
plimentaban á  cada  uno  de  nosotros,  cargaron  con  todos  nues- 
tros equipajes,  y  dejando  los  caballos  en  libertad  nos  dirigimos 
por  una  senda  del  bosque,  y  como  á  la  distancia  de  trescien- 
tos pasos,  nos  encontramos  con  un  paát  muy  limpio  y  bien 
construido,  aunque  no  tan  grande  como  el  del  cacique  Pucú, 
frente  al  cual  ardían  infinitas  hogueras  en  torno  de  cueros  y 
esterillas  tendidas  de  antemano  para  pasar  la  velada.  Aquí,  co- 
mo en  todas  partes,  varias  mujeres  ancianas  nos  recibieron  con 
esos  saltos  y  esos  gritos  y  esos  golpeteos  de  boca  con  que  se 
suele  dar  la  bienvenida. 

Apenas  el  cacique  Queirá  y  yo  nos  hemos  sentado,  se  han 
agolpado  en  torno  nuestro  más  de  cien  personas  todas  en  el 
mayor  silencio  sin  que  éste  fuese  interrumpido  por  el  Queirá 
ni  por  mí;  hemos  permanecido  como  unos  cinco  minutos  que 
me  parecieron  una  hora^  hasta  que  por  fin  lo  rompió  el  cacique 
diciendo:  Yangutés, 

No  hay  duda,  de  que  todos,  menos  yo,  sabían  qué  significaba 
aquella  tregua,  pues  que  á  la  palabra  del  Queirá,  acudió  una 
india  como  de  veinte  años,  gruesa,  arrogante  y  ricamente  ata- 
viada, pues  traía  un  cintillo  en  forma  de  corona,  con  el  que 
contenía  su  larga  cabellera  sobre  sus  espaldas  de  bronce ;  gran- 
des anillos  de  finísima  pluma  en  los  agujeros  de  las  orejas, 
que  eran  de  un  diámetro  por  el  que  cabía  mi  dedo  índice ;  co- 
llares de  semillas,  picos  de  pájaros,  dientes  de  animales  y  aba- 
lorios ;  natjabás  no  de  trama  de  caraguatá,  sino  de  tejido  de 
algodón  con  franjas  coloradas ;  pulseras  y  gargantillas  en  las 
muñecas  y  en  los  tobillos,  y  un  enquilsiqíie  sujeto  con  un  al- 
sataóc  (  i).  Si  á  su  belleza  física,  á  su  traje,  á  la  animación  de 
su  semblante,  y  á  su  majestuoso  continente,  no  hubiera  tenido 
esta  muchacha  el  mal  gusto  de  agregar  algunos  círculos,  con- 
céntricos marcados  con  negra  tinta  sobre  sus  mejillas,  y  algu- 
nas rayas  verticales  de  las  que  dos  le  caían  á  manera  de  pati- 


( I )  Especie  de  cinta  ancha  y  bordada. 


i 


2  1  2  JUAN  DE  COMIIMGES. 


lias  desde  la  sien  hasta  la  barba,  y  otra  desde  la  frente  bajaba 
por  encima  de  la  nariz  dividiéndole  el  rostro  en  dos  mitades, 
seguro  es  que  hubiese  parecido  de  una  hermosura  extraordi- 
naria; pero  desgraciadamente  desfigura  tanto  la  pintura  que 
no  es  posible  acostumbrarse  á  mirar  con  simpatía  un  rostro 
pintado,  pues  parece  que  con  cada  uno  de  sus  gestos  están 
haciendo  escarnio  de  la  persona  á  quien  se  dirigen. 

Siempre  me  han  repugnado  las  mujeres  pintadas,  pues  me 
complace  más  que  la  conversación,  el  leer  en  la  expresión  de 
las  facciones  la  mayor  ó  menor  armonía  que  existe  entre  las 
palabras  y  los  sentimientos.  Es  cierto  que  una  careta  negra, 
blanca  ó  colorada,  no  nos  disgusta  cuando  es  llevada  graciosa- 
mente por  una  mujer  de  chispa  y  bien  formada;  pues  como 
no  penetramos  á  través  de  ella,  esos  imperceptibles  movimien- 
tos del  rostro  que  más  que  la  palabra  nos  revelan  el  efecto 
que  producimos,  nos  confiamos  en  el  metal  de  voz  que  se  dis- 
fraza con  más  facilidad  que  el  rostro ;  pero  una  cara  pintada 
no  es  una  máscara,  sino  un  semblante  antipático  donde  no  se 
descubre  un  sólo  rasgo  que  no  sea  odioso  y  detestable;  así  la 
pobre  Yanguiés  se  presentó  al  nuevo  huésped,  tal  vez  en  la 
confianza  de  aparecer  ante  sus  ojos  como  el  tipo  de  la  belleza 
circasiana,  pero  debió  llevarse  chasco,  porque  como  á  mí  no  me 
era  permitido  como  á  los  soldados  franceses,  cuando  conquista- 
ron la  Argelia,  tomarla  de  un  brazo  y  lavarla  la  cara  en  un  arroyo, 
para  saber  con  quien  trataba,  la  debí  poner  una  tan  fea  como 
la  suya,  por  más  que,  acostumbrado  á  visiones,  me  esforcé 
con  la  acción  y  la  palabra  á  manifestarla  que  era  muy  elegan- 
te, y  sobre  todo  muy  gorda,  lo  que  agradó  mucho  á  todos  me- 
nos á  ella,  si  es  que  algo  se  podía  sacar  en  limpio  de  las  emo- 
ciones de  aquel  cuaderno  de  geometría. 

Muy  complacido  el  Queirá  de  mis  manifestaciones  de  apre 
cío  hacia  aquella  muchacha,  la  hizo  sentar  entre  los  dos,  y  to- 
mándola una  mano,  me  obligó  á  que  yo  la  tomara  la  otra  y  se 
puso  á  conversar  con  los  dos  con  más  animación  de  la  que  or- 
dinariamente acostumbraba,  por  lo  que  llegué  á  temer  que 


EXPLORACIONES.  2  I  3 


si,  olvidado  de  que  yo  tenía  mujer  é  hijos,  querría  sellar  nues- 
tras amistades,  pagar  mis  servicios  y  asegurar  perpetuamente 
nuestra  alianza  haciéndome  delincuente  de  bigamia,  y  entre- 
gándome la  amarilla  mano  de  aquel  impenetrable  mascarón  de 
proa.  Por  fortuna  no  debieron  ser  estos  \or  pensamientos  del 
cacique,  quien  le  regaló  unos  lindos  collares  de  los  míos,  un 
pañuelo,  y  un  puñado  de  galletitas  que  había  economizado  por 
el  camino.  Yo  le  regalé  un  tarro  de  sardinas  que  le  gustó 
mucho,  no  por  el  contenido,  sino  por  la  hoja-lata  con  que  se- 
gún ella  podría  fabricar  pulseras  de  alto  rango. 

Es  muy  natural  que  yo  desease  saber  quién  era  aquella 
princesa,  tan  mimada  del  cacique  y  tan  respetada  por  todos 
los  circunstantes:  así  es  que  le  pregunté  si  era  de  su  familia, 
á  lo  que  me  contestó  mostrándome  que  era  se  hija,  para 
cuya  explicación  se  valió  de  una  seña  más  expresiva  que  de- 
cente, pues  colocó  á  su  hijo  junto  á  la  muchacha  haciendo 
como  que  estaban  unidos  por  el  ombligo  con  una  misma  cuerda, 
lo  que  me  hizo  más  sinceramente  redoblar  mis  atenciones  y 
estrechar  la  mano  de  los  tres,  repitiendo  á  cada  uno  la  palabra 
/ekíesmd. 

'  No  habría  pasado  media  hora,  cuando  me  trajeron  el  acor- 
deón .para  que  empezara  el  concierto,  por  lo  que,  escarmen- 
tado de  lo  que  es  estar  cuatro  horas  sentado  en  el  suelo  y  tira 
que  tira  de  los  fuelles,  me  levanté  para  buscar  un  leño  donde 
sentarme  más  cómodamente;  pero  grande  fué  mi  asombro  al 
ver  que,  durante  el  corto  rato  trascurrido  desde  nuestra  llegada, 
había  triplicado  la  concurrencia,  sin  duda  con  gente  de  otros 
Paáts  inmediatos,  la  que  se  empinaba  como  podía  para  presen- 
ciar el  espectáculo.  Por  fin,  con  mis  cobertores  y  con  la  tienda 
de  campaña,  improvisé  un  regular  asiento,  donde  me  acomo- 
dé para  dar  principio  á  la  serenata  con  el  himno  de  ordenanza 
que  ya  sabían  de  memoria  todos  mis  acompañantes;  mas  como 
ya  voy  pronunciando  algunas  palabras  Guanas,  á  los  gestos 
con  que  ordinariamente  les  hago  comprender  que  aquél  es  el 
canto  de  Dios,  he  añadido  esta  noche  algunas  frases  en  su  len- 


2  14  J^'AN    DE    COMINGES. 


gua,  que  han  servido  para  convencerme  de  que  soy  perfecta- 
mente comprendido  por  todos  ellos. 

La  música  conmueve  á  los  indios  de  tal  manera,  que  no 
dudo  que  si  se  tratase  de  reducirlos,  haría  menos  Moltke  con 
toda  su  táctica  y  con  todos  sus  ejércitos,  que  cualquier  napoli- 
tano sólo  con  su  organillo.  Así  me  lo  esperaba,  pues  sabiendo 
que  las  armonías  penetran  en  los  corazones  endurecidos  y  des- 
piertan dulces  emociones  hasta  en  las  almas  más  corrompidas 
de  los  que  viven  entre  los  vicios  y  en  las  necesidades  de  la  so- 
ciedad, no  podía  dudar  del  mágico  efecto  que  produciría  entre 
los  inocentes  hijos  del  desierto,  cuya  alma  virgen  puede  reci- 
bir las  impresiones  en  toda  su  plenitud,  porque  no  está  agitada 
por  el  huracán  de  las  pasiones;  pero  lo  que  yo  nunca  pude  ima- 
ginar era  que  á  estos  acordes  que  halagaban  los  oidos,  el  co- 
razón y  la  mente  de  aquellos  indios,  se  juntase  un  sentimiento 
místico  que  produjese  aquella  abstracción  de  todo  lo  humano, 
aquel  arrobamiento  del  espíritu,  con  que  la  música,  el  canto  y 
la  idea  de  la  divinidad,  sublimaban  á  los  espacios  imaginarios, 
seres  tan  rudos,  á  juzgar  por  sus  apariencias  exteriores. 

Si  alguna  vez  me  detenía  para  respirar,  los  indios  que  no 
querían  despertarse  de  su  arrobamiento,  porque  sin  duda  les 
repugnaba  descender  hasta  el  abismo  de  su  miseria  después  de 
haberse  remontado  hasta  la  cumbre  de  suprema  felicidad,  me 
pedían,  ó  más  bien  dicho,  me  ordenaban  imperiosamente  que 
no  les  sacase  ni  por  un  instante  de  aquel  paraíso,  donde  vola- 
ban en  alas  de  su  fantasía  y  donde  acaso  habían  vislumbrado 
por  vez  primera  un  rayo  de  las  luces  celestiales. 

Aquellos  hombres  me  hubieran  entregado  todos  sus  bienes 
porque  prolongara  su  dicha  algunos  instantes.  Aquellos  indios 
me  habrían  asesinado  si  no  les  hubiese  complacido. 

Ya  estaban  conquistados.  Eran  los  nuevos  Aquiles  cuyo 
talón  vulnerable  se  descubría  á  los  ojos  de  un  Páris  que  les 
apuntaba  con  la  flecha  de  la  civilización !  I 

Como  el  cacique  Queirá  tenía  grandes  deseos  de  hacer  á  sus 
parientes  el  relato  de  nuestras  aventuras,  cesó  el  concierto  por 


EXPLORACIONES.  2  I  5 


orden  suya  á  las  diez  de  la  noche,  hora  en  que  pensé  que  podía 
retirarme  á  descansar  de  las  fatigas  y  calores  de  aquel  día; 
pero  es  el  caso  que  mi  amigo  no  quiso  consentirlo,  sin  duda 
para  que  tuviera  la  satisfacción  de  asistir  á  una  conferencia 
donde  tanto  se  elogiaba  mis  aptitudes  comojinete,  como  peón, 
como  mayordomo,  como  militar,  como  prestidigitador,  como 
médico  y  como  músico.  En  esta  sesión,  que  duró  hasta  las  altas 
horas  de  la  noche,  se  habló  de  todo,  según  pude  inferir  por 
sus  ademanes,  por  sus  gritos,  por  sus  aplausos  y  por  muchas 
palabras  que  me  son  familiares;  pero  aunque  quisiera  engañar- 
me, creo  que  los  ancianos  de  esta  toldería  no  están  muy  con- 
formes en  que  el  cacique  Queirá  cumpla  la  palabra  que  me 
tiene  dada  de  llevarme  al  Paát  del  Príncipe  del  Desierto  para 
quien  llevo  el  uniforme  y  la  espada,  y  esto  lo  sospecho  porque 
discuten  con  mucho  calor,  señalando  la  espada  y  un  rumbo 
hacia  el  Oeste.  Sin  embargo,  no  sospecho  nada  malo  de  estas 
gentes  que  tantas  atenciones  me  dispensan. 

A  la  media  noche  empezaron  á  retirarse  las  visitas  y  á  reco- 
jerse  los  del  Paát.  Casi  todos  mis  compañeros  de  viaje  dormían 
al  exterior  sobre  cueros  ó  esterillas,  y  allí  también  el  cacique 
Queirá  dispuso  que  sobre  una  de  ellas  hiciera  yo  nuestra  cama 
en  la  que  nos  acostamos,  él  envanecido  de  las  felicitaciones  que 
de  todos  recibía  por  haber  traido  hasta  los  toldos  del  desierto 
aun  pariente  de  las  divinidades,  y  yo  más  que  él  de  ver  cuan 
fácilmente  alcanza  el  hombre  sus  aspiraciones,  cuando  Dios  le 
ayuda. 


Dia  i^  de    Octubre, 

La  noche  ha  sido  suficientemente  fría,  para  pasarla  tiritando, 
á  pesar  del  buen  cobertor,  de  la  compañía  del  cacique  y  de  la 
multitud  de  hogueras  que  arden  en  torno  nuestro. 

No  hay  duda  de  que  estas  gentes  deben  vivir  muy  en  paz 
con  sus  vecinos,  pues  duermen  á  pierna  suelta  y  lejos  de  sus 


2l6  JUAN    DE    COMINGES. 

armas,  como  quien  vive  exento  de  temores,  lo  que  no  deja  de 
serme  satisfactorio,  no  sólo  por  mi  seguridad  personal  sino 
también  porque  preveo  que  serán  muy  útiles  á  la  Empresa  las 
buenas  relaciones  que  existen  entre  nuestros  amigos  los  Gua- 
nas y  todas  las  tribus  del  Chaco  Boreal. 

Desde  que  salí  del  Apa  he  procurado  aparecer  indiferente  á 
todo  lo  que  no  sea  el  estudio  de  la  naturaleza  y  de  la  lengua  y 
costumbres  de  los  indios.  Firme  en  mi  propósito  mientras  vea 
que  conviene  á  mis  planes,  como  hasta  hoy  ha  sucedido,  no  pre- 
gunto jamás  adonde  vamos,  qué  haremos  luego,  cuándo  sali- 
mos, á  qué  hora  se  come,  ni  nada  de  lo  que  pueda  hacerlos 
dudar  de  que  estoy  enteramente  confiado  de  que  las  disposi- 
ciones del  cacique  han  de  ser  siempre  las  más  acertadas,  por  no 
decir  infalibles;  así  es,  que  soy  el  primero  en  agasajarle  y  en 
obedecerle,  y  á  la  verdad  que  estas  demostraciones  de  respeto 
le  son  muy  agradables,  porque  realzan  su  prestigio  ante  los 
ojos  de  los  demás  caciques.  Por  lo  demás,  el  hacerle  la  cama, 
el  calentar  el  agua  para  las  sopas  de  fariña  y  raspadura,  el 
acercarle  el  morral,  el  peinarle  ó  cualquier  otro  de  estos  peque- 
ños servicios  que  le  dispenso,  no  rebajan  mi  dignidad  ante  sus 
colegas  ó  vasallos,  sino  que  por  el  contrario  me  hace  aparecer 
como  un  ser  extraordinario  que  reúne  los  méritos  que  en  mí 
supone  á  una  humildad  y  una  ternura  nunca  imaginadas. 

Al  levantarme  ignoraba  si  en  este  día  seguiríamos  camino  y 
en  qué  rumbo,  ó  si  quedaríamos  algunos  días  en  este  Paát  que 

r 

me  pareció  la  casa  del  cacique.  Este  se  hallaba  ya  acurrucado 
con  otros  muchos  junto  á  una  hoguera,  donde  me  hicieron  pla- 
za como  á  uno  de  tantos,  alargándome  en  seguida  la  pipa  á  la 
que  di  como  es  costumbre  un  par  de  chupadas  para  aspirar 
aquel  humo  capaz  de  emborrachar  á  cualquiera  en  circunstan- 
cias normales,  y  mucho  más  cuando  ese  cualquiera  esté  en  ayu- 
nas y  no  haya  cenado  la  noche  anterior. 

No  quise  recurrir  á  mis  provisiones  para  tomar  algo  por  más 
que  lo  necesitaba,  porque,  ya  que  hasta  hoy  nunca  he  comido 
sino  con  todos,  como  todos,  y  cuando  todos,  me  parecía  que 


EXPLORACIONES.  2  I  7 


tal  vez  podía  comprometer  mi  prestigio  comiendo  solo,  y  por- 
que si  á  todos  hubiese  invitado,  allí  darían  fin  á  mis  provisiones. 
Así  pues,  seducido  por  los  gritos  de  algunas  parejas  de  pa- 
vos de  monte  que,  desde  la  senda  inmediata,  saludaban  la  lle- 
gada del  astro  del  día,  tomé  el  revólver  y  salí  hacia  la  selva  ha- 
ciendo señas  á  todos  de  que  iba  de  caza  como  para  disculpar- 
me de  mi  ausencia;  pero  los  indios,  que  no  deseaban  otra  cosa 
que  presenciar  los  milagros  de  aquel  arma  inagotable,  se  vi- 
nieron en  montón  tras  de  mí,  lo  que  fué  motivo  para  que  la 
caza  se  espantase.  Por  lo  demás  no  me  arrepentí  del  paseo  por 
el  bosque,  pues  éste  me  proporcionó  el  conocimiento  de  un 
sinnúmero  de  plantas  útiles,  cuyas  propiedades  los  indios  te- 
nían la  complacencia  de  manifestarme,  entre  las  cuales  estaba 
el  árbol  que  más  aprecian,  al  que  llaman  Pitaguá,  con  el  que 
hacen  sus  arcos  y  saetas  y  el  cual  es  una  especie  de  bignonia. 
Como  los  indios  no  se  apartan  diez  pasos  del  paát  sin  lle- 
var consigo  sus  armas  y  una  herramienta  semejante  á  un  ha- 
cha muy  pequeña  que  se  llama  canchero^  los  que  me  acompa- 
ñaban,  después  de  haberme  mostrado  la  bignonia  en  toda  la 
plenitud  de  la  vegetación,  me  llevaron  á  otro  lugar,  donde  mos- 
trándome un  tronco  seco  muy  despedazado  y  repitiéndome  la 
palabra  pitaguá  yaángué  ( i )  me  hicieron  comprender  que 
aquella  madera  era  igual  á  la  del  árbol  verde  que  acababan 
de  enseñarme,  y  no  contentos  con  esto  comenzaron  á  sacar 
astillas  de  seis  pies  de  largo  y  á  rajarlas  con  los  cancheros^  se- 
gún las  direcciones  de  sus  fibras,  hasta  dejar  cada  trozo  con 
un  diámetro  de  cuatro  ó  cinco  centímetros.  Cuando  regresa- 
mos al  paát,  después  de  la  excursió  i,  la  mayor  parte  de  los 
indios,  incluso  el  cacique  Queirá,  se  habían  acostado  de  nuevo 
y  las  mujeres  se  ocupaban  en  diferentes  faenas,  no  todas  pro- 
pias de  su  sexo,  pues  algunas  arrastraban  enormes  ramas  que 
dividían  con  aquellos  cancheros  que  en  vano  trataban  de  afilar 


(i)     Flecha. 


2  1  8  JUAN    DE    COMINGES. 


en  un  pedazo  de  basalto.  Mis  compañeros,  entre  los  que  ha- 
bía algunos  niños  de  ocho  á  lo  años,  se  pusieron  á  construir 
arcos  y  saetas  con  las  astillas  á^  pitagjiá  que  trajeron  del  bos- 
que, operación  sencilla  para  ellos  á  pesar  de  la  dureza  de  este 
vegetal  y  de  sus  malas  herramientas,  la  que  consiste  en  desbas- 
tar la  astilla  dejando  en  el  centro  un  grueso  de  cuatro  ó  cinco 
centímetros,  el  que  va  disminuyendo  insensiblemente  hacia  las 
extremidades  que  termina  en  uno.  Para  esta  operación  emplean 
el  canchero,  y  para  suavizar  el  palo  se  valen,  bien  sea  de  una 
laja  de  basalto,  bien  de  un  pedazo  de  caña,  ó  bien  de  un  cuchi- 
llo que  emplean  como  raspador,  y  por  último  el  pulimento  se 
lo  dan  con  un  puñado  de  hojas  de  caña. 

La  práctica  de  muchos  siglos  ha  hecho  comprender  á  estos 
indígenas  la  facilidad  con  que  se  rompen  los  arcos  cuya  r^ús- 
\txic\2i y  fiexibilidad ^%  homogénea, cuando  se  ejércela  tensión 
para  disparar  la  flecha;  así  que  para  evitar  este  inconveniente 
procuran  que  las  reja:;  de  madera  que  emplean  en  su  construc- 
ción, lleven  siempre  una  mitad  ó  por  lo  menos  una  tercera  par- 
te de  albura  ó   sea  de  las  capas  más  exteriores  de  la  madera. 

El  arco  de  cuatro  á  seis  pies  de  largo  no  forma  un  semicír- 
culo ni  mucho  menos,  pues  en  su  estado  normal,  apenas  su  fle- 
cha ó  sagita  medirá  dos  centímetros,  la  que  nunca  pasa  de 
treinta  ni  aún  en  su  mayor  tensión. 

La  cuerda  es  un  cordón  de  caraguatá  de  cinco  milímetros  de 
diámetro,  cuyas  fibras  han  sido  preparadas  de  antemano  con 
una  resina  que  las  oscurece,  las  da  mayor  resistencia  y  las 
hace  incorruptibles.  Aunque  esta  cuerda  está  siempre  sujeta  á 
las  extremidades  del  arco  con  una  tensión  regular,  cuando 
quieren  disparar  sus  flechas  aumentan  esta  tensión,  para  lo 
cual  fijan  en  tierra  una  de  las  extremidades  del  arco,  ponen  su 
mano  izquierda  sobre  la  extremidad  superior  procurando  do- 
blarla auxiliados  por  la  rodilla,  que  introducen  entre  el  arco  y  la 
cuerda,  y  con  la  mano  derecha  forman  un  lazo  con  la  extremi- 
dad de  la  cuerda  que  introducen  en  el  extremo  superior  del 
arco,  con  lo  que  aumenta  la  sagita  uno  ó  dos  centímetros,  ope- 


EXPLORACIONES.  2  I  9 


ración  que  aunque  requiere  fuerza  y  destreza  ejecutan  en  dos 
ó  tres  segundos,  de  manera  que  no  es  más  rápido  preparar  y 
disparar  un  rémington  que  preparar  y  despedir  una  flecha. 

Con  un  arco  de  seis  pies  de  longitud  y  un  brazo  robusto  se 
puede,  si  el  viento  ayuda,  arrojar  una  flecha  por  elevación  á 
350  metros;  pero  tiro  seguro  y  eficaz  no  se  hace  sino  muy 
rara  vez  á  los  6o,  aunque  á  los  30  ó  40  cualquier  indio  pega  á 
un  hombre  y  le  introduce  seis  á  ocho  centímetros  la  saeta,  que 
sale  con  una  fuerza  tal  que  á  20  metros  penetra  3  centímetros 
en  un  quebracho. 

Una  de  las  habilidades  de  los  indios  es  saber  graduar  la  tra- 
yectoria para  que  por  elevación  caiga  sobre  un  punto  cuya  dis- 
tancia conozcan  aunque  no  le  vean,  por  lo  cual  para  batirse 
con  ellos  hay  que  parapetarse  con  más  precauciones  que  para 
hacerlo  con  enemigos  que  estén  provistos  de  fusiles. 

Las  saetas  se  forman  con  una  astilla  de  quince  ó  veinte  cen- 
tímetros de  largo,  cuya  mitad  posterior  se  va  adelgazando  des- 
de el  centro  hasta  terminar  en  punta  y  cuya  mitad  anterior  se 
aplana,  se  aguza,  y  sólo  por  un  lado  se  hacen  dos  ó  tres  den- 
telladuras,  para  que  no  puedan  desprenderse  cuando  penetra 
en  el  cuerpo  del  animal.  Es  excusado  decir  que  estos  indios 
no  envenenan  sus  dardos. 

La  extremidad  inferior  de  la  flecha  es  una  caña  de  un  centí. 
metro  de  diámetro  cuya  parte  anterior  se  fortifica  con  un  jun- 
co delgadito  bañado  en  cera,  para  que  al  introducir  en  ella  la 
parte  posterior  de  la  saeta  no  pueda  romperse,  y  al  extremo 
opuesto,  en  el  lugar  donde  adaptan  con  junco  igualmente  pre- 
parado las  barbas  de  plumas  que  impiden  los  movimientos  de 
rotación  durante  el  trayecto,  practican  dos  muesquecitas  en  el 
mismo  plano  de  la  saeta,  las  que  sirven  para  que  la  flecha  no 
resbale  cuando  se  apoya  sobre  la  cuerda,  en  el  momento  de  lan- 
zarla. 

Como  el  cacique  Queirá  acaba  de  participarme  que  no  sali- 
mos del  Paát,  he  tratado  de  aprovechar  el  día  adquiriendo  da- 
tos, para  lo  cual  me  he  colgado  el  morral  que  guarda  mi  libro 


2  20  JUAN    DE    COMTNGES. 


donde  apunto  todo,  aquello  que  no  es  posible  confiar  á  la  me- 
moria. 

Yanguiés  no  es  soltera  como  yo  me  había  figurado,  sino 
casada  con  un  mozo  de  1 7  años,  poco  más  ó  menos,  llamado 
Maigá,  el  cual  es  hijo  del  cacique  de  la  toldería  donde  nos  en- 
contramos; mozo  muy  mimado  y  muy  consentido  por  sus  pa- 
dres y  por  sus  vasallos,  el  que  bien  vestido  y  mal  pintado,  se 
ocupa  en  no  hacer  nada,  mientras  que  su  mujer  teje  un  natjdbat 
ordinario  con  hilo  de  caraguatá  de  un  milímetro  de  diámetro. 
Esta  muchacha  es  la  iiija  más  querida  y  creo  que  la  única  del 
cacique  Queirá. 

A  ruego  de  los  indios  he  disparado  mi  rémington  sólo  dos 
veces,  pues  trato  de  economizar  las  cápsulas,  y  es  maravilloso 
el  efecto  que  les  produce  al  verme  derribar  un  pedazo  de  ma- 
dera colocado  á  doscientos  pasos,  y  mucho  más  al  ver  hasta 
dónde  se  introduce  el  proyectil  y  cómo  se  aplasta  contra  la  ma- 
dera, siendo  el  más  admirado  el  yerno  de  Queirá,  quien  me 
propone  con  la  mayor  candidez  cambiar  el  arma,  primero  por 
un  cuero  de  mono,  después  por  un  manojo  de  plumas  de  aves- 
truz, y  luego  multitud  de  otros  objetos  cada  vez  más  insignifi- 
cantes; lo  que  prueba  que  desconocen  completamente  el  valor 
relativo  de  los  objetos,  pues  que  estoy  seguro  que  si  entre  las 
manos  hubiese  tenido  una  libra  de  polvo  de  oro  me  la  habría 
ofirecido  con  la  misma  naturalidad.  Yo  le  he  dicho  que  no  ten- 
go más  armas  que  aquella,  pero  que  cuando  yo  venga  otra  vez 
al  Chaco,  acompañado  con  el  gran  cacique  Brabo,  le  traeré  un 
fusil  para  él  y  otro  para  cada  uno  de  los  que  sean  fieles  amigos 
míos,  con  lo  que  se  ha  quedado  satisfecho.  Sin  embargo,  su 
mujer  que  ha  estado  presente  durante  estas  proposiciones,  me 
ha  ofrecido  la  bolsa  que  ha  concluido,  por  el  pañuelo  colorado, 
que  llevo  al  cuello,  y  yo  la  he  dicho  que  sí,  pero  le  he  dado 
bolsa  y  pañuelo,  lo  que  le  ha  producido  una  emogión  tan  gran- 
de que  ha  terminado  por  una  descarga  de  carcajadas;  pues  no 
comprende  mi  conducta. 

Tres  de  mis  compañeros  de  viaje  pertenecen  á  esta  tribu. 


EXPLORACIONES .  2  2  1 


donde  tienen  sus  mujeres  que,  según  ellos,  no  han  cesado  de 
llorar  durante  su  ausencia,  lo  que  yo  creo  sin  duda,  no  sólo 
por  lo  amarteladas  que  veo  á  estas  parejitas  desde  anoche, 
sino  porque  mucho  deben  quererse  aquí  los  matrimonios,  según 
ayer  derramaban  lágrimas  de  gozo  al  verse  de  nuevo  después 
de  un  viaje  de  veinte  días.  Precisamente  los  que  ayer  cantaron 
aquella  triste  tonada  son  los  que  en  este  paát  tenían  sus  muje- 
res; lo  que  me  confirma  en  que  aquel  cántico  era  arrancado  al 
grato  recuerdo  de  que  llegaban  al  lugar  donde  han  nacido, 
donde  doscientas  personas  de  su  familia,  que  viven  en  comu- 
nidad bajo  el  mismo  techo,  los  esperan  con  los  brazos  abier- 
tos, y  donde  hay  una  tierna  y  única  compañera  que  desde  el 
día  de  su  partida  cuenta  los  instantes  de  su  regreso  como  si 
fuesen  siglos,  tiende  sus  ojos  humedecidos  por  el  llanto  hacia 
el  ampirabié camai  (i)  por  donde  marchó  su  amado,  y  duerme 
sola  en  su  lecho,  arrullada  por  los  gritos  del  caburet  (2)  que  es 
el  espíritu  que  vela  por  la  felicidad  de  los  ausentes. 

Ha  ocurrido  una  escena  que  ha  producido  grandes  carca- 
jadas. 

El  hijo  del  cacique  Queirl,  á  quien  había  mordido  el  perro, 
se  me  acercó  muy  atento  y  obsequioso  como  si  nunca  me  hu- 
biera visto,  ofreciéndome  un  arco  completamente  nuevo  que 
le  acepté;  pero  como  observase  que  no  tenía  la  herida  fajada, 
le  reconvine  dulcemente  y  le  tomé  el  brazo  para  reconocer  su 
estado,  más  cuál  no  sería  mi  asombro  al  observar  que  en  24 
horas  habían  desaparecido  hasta  las  cicatrices.  Esto  era  impo- 
sible, y  me  confundía  en  conjeturas,  cuando  observé  que  todos 
se  reían  y  que  algunos  que  habían  entrado  en  el  paát,  volvían 
trayéndome  al  verdadero  herido,  pues  el  que  yo  tenía  delante 
no  era  sino  su  hermano  mayor,  cacique  de  otra  tribu  vecina; 
pero  tan  semejantes  que  aún  juntos  no  los  hubiera  distinguido 
sino  por  la  señal  del  brazo. 


(i)    Recto  camino;  ó  sea  camino  recto. 
(2)     Ave  nocturna. 


22  2  JUAN    DE    COMINGES. 


Algo  parecido  me  ha  pasado  con  los  tres  compañeros  de  la 
tribu  de  Maigá,  quienes  habiendo  sido  pintados  de  nuevo  por 
sus  mujeres,  están  tan  raros  y  tan  desfigurados  que  no  los  re- 
conoceré hasta  que  los  vea  con  los  mismos  dibujos  del  día  pri- 
mero en  que  los  conocí.  Esto  les  divierte  mucho,  y  no  cesan 
de  embromarme,  pues  parece  que  el  principal  objeto  que  se 
proponen  al  pintarse  siempre  de  una  manera  variada  es  produ- 
cir el  efecto  que  tan  plenamente  han  obtenido  con  respecto  á 
mí;  esto  es,  el  de  estrenar  una  cara  cada  ocho  días,  para  no 
cansar  á  la  tribu  presentándose  siempre  con  la  misma. 

Como  son  tan  firmes  en  sus  afecciones,  les  perdono  esta  ino- 
cente costumbre  con  la  que  no  dañan  á  nadie  y  contribuyen  á 
romper  la  triste  monotonía  de  su  existencia  y  tanto  más,  cuan- 
to que,  en  la  edad  donde  yo  he  nacido,  si  los  hombres  no 
cambian  de  cara  cada  ocho  días,  como  los  indios,  cambian  de 
amistades  y  de  ideas  políticas:  amistades  é  ideas  tan  poco 
arraigadas  que  hacen  sospechar  que  nunca  fueron  sino  el  re- 
sultado de  un  cálculo  egoísta. 

Para  pintarse  emplean  un  fruto  verde,  semejante  á  una  nuez 
con  su  cubierta  exterior,  e)  que  humedecido  con  saliva,  deja 
un  leve  trazo  que  va  oscureciéndose  sucesivamente  hasta  un 
negro  muy  oscuro.  Este  fruto,  que  tiñe  lo  mismo  el  cutis  que 
la  madera  y  el  papel,  deja  un  color  muy  persistente,  por  cuanto 
que  mis  compañeros  de  viaje  que  no  se  habían  pintado  desde 
su  salida  del  paát,  aún  conservaban  manchas  en  su  rostro,  ape- 
sar  de  sus  baños  cuotidianos.  Yo  mismo,  por  complacer  á  la 
mujer  de  un  compañero  que  llevó  su  distinción  hasta  ofrecerse 
á  pintarme,  me  he  dejado  hacer  unas  rayas  extravagantes  en 
un  brazo. 

Con  la  alegría  de  nuestra  llegada,  ninguno  ha  salido  hoy  de 
caza  ó  pesca,  y  es  el  caso  que  nadie  come,  y  los  niños  lloran, 
y  es  sin  duda  de  hambre.  Muy  pobres  han  de  estar  estas  gen- 
tes para  no  haberme  dado  ni  una  batata  siquiera  desde  mi 
llegada.  Yo  no  lloro,  pero  siento  demasiado  apetito,  y  como 
no  tengo  escopeta  para  salir  al  pantano  último  que  ayer  cruza- 


EXPLORACIONES.  223 


mos  á- matar  cualquier  cigüeña  ó  teru-teru,  me  veo  en  el  caso 
de  robarme  á  mí  mismo  una  lata  de  sardinas  que  me  meto  en 
el  bolsillo,  con  el  propósito  de  irme  al  bosque  y  engullirla  sin 
que  nadie  lo  vea;  pero  tomaré  mis  precauciones,  porque  no 
quisiera  ser  sorprendido  en  una  debilidad  queme  avergüenza, 
como  si  realmente  fuese  un  robo.  Mas  la  lata  de  sardinas  que- 
dó en  el  bolsillo,  porque  como  estas  gentes,  acostumbradas  á 
la  vida  común,  no  conciben  que  puede  una  persona  desear  que- 
darse sola,  creyendo  que  me  agasajan  me  acompañan  á  todas 
partes,  sin  apartarse  de  mí  ni  aún  en  circunstancias  que  por  su 
conveniencia  debieran  hacerlo.  Voy  viendo  que  la  vida  común 
tiene  muchos  inconvenientes  para  los  misántropos,  para  los 
ladrones  y  para  los  adúlteros. 

Ya  serían  las  doce  cuando  empezaron  á  llover  visitas,  pero 
de  tal  modo  que  aquello  parecía  una  romería.  Cada  una  de  es- 
tas visitas  que  llegaba  marchando  en  hilera  sobre  los  distintos 
caminos  que  afluían  al  paát,  no  penetraba  en  él  directamente 
sino  que,  á  unos  quince  ó  veinte  pasos  de  distancia,  se  detenía 
respetuosamente  aguardando  sin  decir  una  palabra  á  que   el 
cacique  Maigá  ó  cualquiera  de  los  ancianos  respetables  de  la 
tribu,  se  dignasen  por  medio  de  un  gesto  ó  de  una  palabra, 
consentirlos  aproximarse  hasta  nosotros,  y  sólo  entonces  em- 
pezaban á  distribuirse,  saludando  cada  cual  á  sus  amigos  más 
íntimos  con  quienes  conversaban  sobre  el  motivo  de  la  visita, 
que  no  era  otro  sino  el  de  ver  y  tocar  al  ser  extraordinario  in- 
troducido hasta  ellos  por  el  influjo  poderoso  del  cacique  Queira. 
Por  el  pronto,  ninguno  se  me  arrimaba,  y  aunque  su  curio- 
sidad era  mucha,  tenían  que  ser  persuadidos  por  los  de  la  casa 
de  que  yo  era  manso,  lo  que  no  creían  al  ver  el  brillo  siniestro 
de  mis  anteojos  y  mis  largas  barbas. 

Los  niños  desde  luego  me  volvían  la  espalda,  y  abrazados 
al  cuello  ó  á  las  rodillas  de  sus  madres,  gritaban  como  ener- 
gúmenos, sin  que  en  ellos  renaciera  la  confianza  ni  aún  después 
de  haberles  metido  por  mi  mano  en  la  boca  una  galletita  in- 
glesa que  comían  aterrorizados.  El  más  natural  y  el  más  in- 


2  24  FAN    DE    COMINGES. 


significante  de  mis  movimientos,  producía  nuevos  gritos  en  los 
muchachos,  y  algunas  veces  grandes  espantadas  en  toda  la 
familia,  hasta  que  al  fin  persuadidos  ó  más  bien  remolcados 
por  los  que  mejor  me  conocían,  se  acercaban  y  su  familiaridad 
iba  creciendo  por  grados,  hasta  el  punto  de  hacerse  inaguan- 
table. Entonces  me  tentaban  las  gafas,  me  quitaban  el  som- 
brero  que  corría  por  todas  las  cabezas,  me  tiraban  de  las  barbas, 
me  desabrochaban  la  blusa  y  la  camisa,  para  reconocer  la  blan- 
cura de  mi  pecho,  comunicándose  admirados  sus  observacio- 
nes, y  concluían  en  fin  por  desocupar  mi  mochila  y  formar 
grandes  corros  donde  examinaban  detalladamente  cada  uno  de 
los  objetos  que  constituían  mi  equipaje. 

Una  de  las  cosas  que  más  llamaron  la  atención,  fueron  las 
cajas  de  fósforos,  y  mucho  más,  cuando  supieron  por  expe- 
riencia, que  allí  dentro  se  conservaba  el  fuego,  así  es  que, 
habiendo  encendido  una  pipa  con  uno  de  mis  fósforos,  todos 
me  presentaron  las  suyas  con  el  deseo  de  que  repitiese  tan 
admirable  fenómeno,  que  cada  vez  que  se  reproducía,  arran- 
caba la  exclamación  ¡tata!  (i) 

Con  el  fin  de  no  gastar  todos  mis  fósforos,  encendí  con  el 
lente  una  de  sus  pipas,  y  entonces  la  admiración  llegó  á  su 
colmo,  y  yo  conseguí  que  nunca  más  tocasen  aquel  objeto  con 
el  que  pensaban  abrasarse. 

Mucho  gocé  en  este  día  con  los  obsequios  y  manifestaciones 
de  cariño  que  me  tributaban  aquellas  gentes,  y  mayor  hubiese 
sido  mi  satisfacción  si  mi  salud,  muy  quebrantada  á  causa  de 
las  fatigas,  disgustos,  temores  y  desarreglos  de  tres  meses,  no 
me  hubiese  tenido  sin  gusto  para  nada.  Sin  embargo,  hacien- 
do de  tripas  corazón  ó  más  bien  dicho,  haciendo  del  corazón 
tripas,  porque  sentía  ante  todas  las  cosas  una  extrema  debili- 
dad, no  quise  desperdiciar  la  buena  ocasión  que  se  me  presen- 
taba para  estudiar  en  lo  posible  el  carácter  y  las  costumbres  de 


(i)     Fuego. 


EXPLORACIONES.  225 


aquellos  indígenas  y  adquirir  un  sinnúmero  de  datos  preciosos 
que  consolaron  mis  penas,  porque  llegué  á  convencerme  de 
que  no  habían  sido  estériles  los  sacrificios  hechos  por  la  Em- 
presa hasta  entonces,  supuesto  que  en  adelante  no  serían 
precisos  ejércitos  para  reducir  á  la  civilización  las  hordas  del 
desierto,  sino  la  palabra  del  Comandante  Tudyá  (i)  Quidquiad- 
Ygnen  (2)  con  cuyo  nombre  me  reconocen  todas  las  tribus  del 
Chaco  del  Norte. 

Uno  de  los  caciques  recién  llegados,  me  ofreció  su  natjabat 
lleno  de  maiz  tostado,  del  que  tomé  un  poco  que  por  lo  duro 
no  podía  moler  entre  mis  dientes,  lo  que  visto  por  una  mujer  de 
la  casa,  dio  por  resultado  que  se  acercase  á  mí  con  un  mortero 
cilindrico  de  palo  santo,  que  por  sus  pequeñas  dimensiones  más 
bien  parecía  un  vaso  de  á  cuartillo,  en  el  que  machacó  los  gra- 
nos que,  cernidos  á  través  de  las  mallas  del  natjabat  y  sazona- 
dos con  una  sal  desconocida  que  parecía  barro  negro,  y  que 
probablemente  será  lo  que  dio  motivo  para, que  Azara  se  en- 
gañase creyendo  que  los  Guanas  comían  barro  salado,  me  pro- 
porcionaron un  alimento  agradable  y  nutritivo,  por  más  que 
no  pueda  comerse  sin  beber  mucha  agua,  porque  la  hygrosco- 
picidad  de  tan  reseca  sustancia,  arrebatando  la  humedad  de  la 
boca,  impide  la  deglución. 

Era  natural  que  mi  amigo  el  Queirá  deseara  sorprender  á 
los  concurrentes  con  mis  habilidades,  así  es  que  tan  pronto  co- 
mo concluí  mi  modesta  comida,  me  metieron  el  acordeón  entre 
las  manos,  v  ofi*eciéndome  un  asiento  formado  con  una  de  mis 
mantas  colocada  sobre  una  vasija  de  tierra  cocida,  me  invita- 
ron á  dar  principio  al  concierto. 

Como  nunca  hasta  entonces  me  había  visto  en  medio  de  un 
auditorio  tan  numeroso,  quise  aprovecharme  de  las  circunstan- 
cias por  medio  de  un  discurso  tan  expresivo  como  patético,  el 


(i)     Comandante  viejo. 
(2)     Hijo  del  Sol. 

15 


2  20  JUAN    DE    COMINGES. 


que  empecé  de  este  modo:  me  descubrí;  dirigí  mis  manos  al 
Sol,  diciendo  Tata  (i)  ignen  (2)  mepiécen  (3)  emanabié  (4);  des- 
pués señalando  con  mi  brazo  derecho  los  rumbos  de  los  luga- 
res donde  habitan  cada  una  de  las  naciones  que  iba  á  nombrar 
les  dije:  Qnidquiá  (5)  Chiriguanos;  Quidquiá  Matacos;  Quid- 
quid  Guaycuruces;  Quidquiá  Paraguayos;  Quidquiá  Angaités; 
Quidquiá  Lenguas;  Quidqtiiá  Sanapanas;  Quidquiá  Amaigás, 
Quidquiá  Mbayás;  Quidquiá  Brasileros;  Quidquiá  Chamoco- 
cos;  Quidquiá  Chiquitanos;  Quidquiá  Niquiquilás;  Quidquiá 
Crúcenos  y  Quidquiá  Guanas,  y  cristianos,  cuyas  dos  últimas 
palabras  las  pronuncié  estrechando  contra  mi  pecho  al  cacique 
Queirá  y  repitiendo  lekíesmáy  lektesmá. 

Este  sermón  que  es  el  primero  que  la  civilización  ha  predi- 
cado en  estas  selvas,  y  en  el  que  no  se  trataba  de  aumentar  el 
fanatismo  de  aquel  inocente  auditorio,  fué  perfectamente  com- 
prendido por  todos  y  aplaudido  por  la  mayoría  con  excepción 
de  un  jigante  de  cerca  de  siete  pies  de  altura,  quien  abriéndose 
paso  á  través  de  la  multitud  se  acercó  á  mí  y  sacudiéndome  el 
brazo,  me  dijo,  en  tono  amenazador:  Cadubeus-enemoateá  (6). 

Este  ataque  imprevisto  que  jamás  ocurre  á  los  predicado- 
res, aunque  algunas  veces  suelen  merecerlo,  no  me  desconcer- 
tó, sino  que  por  el  contrario  sacando  mi  revólver  se  lo  mostré 
diciendo:  cristiano  lektesmá  Guana  almeató  Cadubeus  (7). 

El  Cacique  Queirá  con  su  calma  imperturbable  se  dirigió  á 
mi  interlocutor,  y  con  una  multitud  de  frases  y  de  acciones  de  las 
que  comprendí  la  mayor  parte,  le  puso  al  corriente  de  los  ser- 
vicios que  les  había  prestado,  y  lo  dejó  tan  manso  que  antes 
de  que  el  Queirá  concluyese  sus  explicaciones  ya  él  me  había 


(0 

(2) 

Fuego. 
Sol  ó  Dios. 

(3) 
(4) 

Padre. 
Hombre. 

(5) 
(6) 

(7) 

Hijo. 

Mbayas  enemigos. 

El  cristiano  amigo  de  los  Guanas  mató  Mbayás. 

EXPLORACIONES.  2  2  7 


mirado  con  expresiva  sonrisa  y  me  había  alargado  su  pipa. 
Este  incidente  me  sirvió  de  regla  de  conducta;  pues  una  vez 
qae  los  Guanas  no  creen  que  los  Cadubeus  sean  hijos  de  Dios 
preciso  es  no  ser  intransigentes  y  no  exponerse  á  perderlo  todo 
por  una  intransigencia  extemporánea,  pues  no  ignoraba  que 
si  en  la  China  se  perdieron  las  conquistas  de  la  civilización 
cristiana  hechas  por  los  Jesuítas,  fué  por  causa  de  que  los  in- 
transigentes Franciscanos,  que  en  Europa  no  se  oponen  á  que 
encendamos  velitas  y  adornemos  con  cintajos,  flores,  y  meda- 
llas las  tumbas  de  nuestros  padres,  no  quisieron,  como  lo  hicie- 
ron sus  sabios  antecesores,  transigir  con  la  inocente  práctica 
del  culto  de  los  antepasados,  por  parecerles  opuesta  á  la  serie- 
dad de  nuestra  santa  religión. 

Poco  más  de  una  hora  duraría  el  concierto,  al  cabo  del  cual 
y  figurándose  que  eran  mayores  los  conocimientos  que  yo 
tenía  del  idioma  guana,  se  me  acercaron  muchos  jefes  de  fa- 
milia á  decirme  que  fuese  á  visitarlos  á  sus  tribus,  donde  te- 
nían para  mí  judías  y  batatas;  á  lo  que  el  Queirá  les  respondió 
que  así  lo  haría  acompañado  por  él. 

Uno  de  aquellos  jóvenes  vino  á  mí,  mostrándome  una  flauta 
de  caña,  la  que  tendría  como  treinta  centímetros  de  largo,  por 
dos  de  diámetro,  y  siete  agujeros,  de  los  cuales  uno  servía  para 
introducir  el  aire,  y  los  otros  seis  restantes  para  variar  los  so- 
nidos. 

Este  instrumento  que  producía  muy  débiles  y  monótonas 
melodías,  estaba  perfectamente  pulimentado,  y  lleno  de  intere- 
santes dibujos.  A  su  vista  se  me  ocurrió  la  idea  de  fabricar- 
les un  clarinete,  lo  que  hice  en  pocos  minutos  con  una  caña 
tacuara,  del  que  se  arrancaron  notas  muy  agudas  parecidas  á 
las  que  produce  la  dulzaina;  lo  que  alegró  tanto  á  la  concu- 
rrencia que  hasta  los  viejos  me  metían  cañas  por  los  ojos  para 
que  les  hiciese  gaitas,  en  cuya  operación  me  pasé  el  resto  de 
la  tarde  y  parte  de  la  noche. 

Por  fin  á  esta  hora,  el  cacique  Queirá  vino  hasta  mi  asiento 
con  mi  plato  lleno  de  porotos  y  maiz  á  medio  cocer  y  con  bas- 


2  28  JUAN    DE    COMINGES. 

tante  caldo;  ó  mejor  dicho,  con  bastante  agua  caliente,  lo  que 

me  tomé  en  medio  de  aquella  concurrencia  que  se  admiraba 

hasta  de  verme  comer. 

Después  de  una  nueva  sesión  de  música  y  canto,  y  de  curar 

algunos  pinchazos  y  cortaduras,  se  retiraron  las  visitas  á  sus 
toldos,  y  yo  á  la  cama,  junto  con  mi  compañero. 

Mucho  me  hubiera  felicitado  en  estos  dias  de  haber  tenido 
un  amigo  con  quien  comunicar  mis  agradables  impresiones, 
pero  me  consolaba  de  mi  soledad  al  recordar  que  si  este  amigo 
no  estaba  dotado  de  las  condiciones  que  se  requieren  para 
conseguir  las  simpatías  de  los  indios,  la  más  pequeña  de  las 
imprudencias  que  en  nuestra  sociedad  suelen  pasar  desaperci- 
bidas, ó  cuando  más  consideradas  como  una  gracia  de  buen 
tono,  hubiera  podido  costarme  la  existencia. 

No:  no  entraré  nunca  en  el  desierto  sino  bajo  las  órdenes  de 
jefes  muy  severos,  muy  morales,  y  muy  circunspectos,  ó  al 
frente  de  gentes  que  tenga  muy  probadas  y  que  se  hallen 
muy  resueltas  á  someterse  á  mis  duras  imposiciones.  Nunca 
mejor  que  para  entrar  en  el  desierto  se  debe  aplicar  aquel 
adagio  de  que  más  vale  solo  que  mal  acompañado. 


Dia  15  de  Octubre, 

Durante  la  noche,  han  traído  mi  caballo  y  mi  montura,  así 
es  que  al  amanecer  y  sin  comer  nada,  nos  hemos  preparado 
nueve  personas,  que  son:  el  Queirá,  su  hijo,  su  hermano,  el  bru- 
jo, su  yerno,  el  hijo  mayor  que  también  es  cacique,  un  valiente 
mozo  que  se  llama  Inmepén,  que  desde  los  últimos  dias  me  re- 
pite sin  cesar  que  es  mi  amigo,  otro  joven  de  mirada  muy  dul- 
ce, y  á  quien  le  faltan  algunos  dientes  de  un  porrazo,  que  es  el 
que  más  ha  contribuido  con  su  paciencia  á  enriquecer  mi  voca- 
bulario, y  á  quien  llamaré  el  Mellado,  hasta  que  sepa  pregun- 
tarle cómo  se  llama,  y  un  indio  de  poco  menos  edad  que  el 


EXPLORACIONES.  2  29 


cacique,  pero  que  era  tan  afectuoso  conmigo  como  los  otros. 
Esta  gente  contaba  con  tres  caballos,  ó  lo  que  es  lo  mismo, 
había  asiento  para  todos  y  sc)braba  una  luneta.  • 

Yo  contaba  con  el  mío  para  mi  solo^  lo  cual  me  parecía  una 
ganga;  pero  me  llevé  chasco,  porque  aunque  no  tuve  ningún 
socio,  cargaron  sobre  las  ancas  de  mi  pobre  animal  una  multi- 
tud de  bolsas  y  azadones  que  pesarían  tanto  como  cualquier 
jinete. 

Después  de  una  despedida  que  debió  ser  muy  afectuosa  á 
juzgar  por  el  guirigay  que  armaron,  tomamos  rumbo  Norte  lo** 
a)  Este,  y  ya  por  entre  unas  fajitas  muy  estrechas  de  pradera, 
ya  entre  montes  de  los  más  frondosos  que  he  visto  en  el  Cha- 
co, caminamos  cuatro  leguas  sin  encontrar  más  aguas  que  las 
del  caraguatá,  y  teniendo  que  apearnos  en  casi  todas  las  tra- 
vesías del  monte. 

Este  monte  no  necesito  describirle,  pues  en  él,  aunque  con 
mayor  desarrollo,  existen  casi  todos  los  vegetales  que  crecen 
en  el  Monte  Grande  que  describí  durante  la  primera  expe- 
dición. 

Hay  en  él,  sin  embargo,  gran  cantidad  de  cactus  péndulus, 
cuyos  tallos  que  nacen  sobre  las  copas  de  los  árboles  más  al- 
tos, entre  otras  parásitas  como  el  arura  latillandia,  y  el  cala- 
dium,  llegan  hasta  el  suelo  ó  cuelgan  enredados  entre  los  sipos, 
las  vainillas  y  las  pasifloras,  como  las  más  caprichosas  bambo- 
línas.  La  bugainvilia  brasiliensis,  la  pitanga  ó  eugenia  pedun- 
culosa,  la  heliconia  de  color  de  fuego,  y  el  palo  borracho  de 
diferentes  variedades,  con  especialidad  el  bombix  ventricosus, 
sunchal  de  los  tucumanos  y  quesero  de  los  brasileros,  son  los 
vegetales  que  más  han  llamado  mi  atención  en  este  trayecto. 

En  cuanto  á  pájaros,  aunque  en  el  interior  de  los  bosques 
hay  siempre  menos  que  en  la  proximidad  de  las  lagunas  y  de 
las  habitaciones,  además  de  los  pavos  de  monte,  he  visto  el 
milano  blanco  de  dos  colas,  falco  furcatus,  el  carpintero  ama- 
rillo, picus  favescens,  y  el  guacamayo  arará,  psittacus  macáo. 
No  deben  ser  muy  abundantes  los  tigres  por  estas  alturas,  por 


'vr^^ii:  :'¿^'- 


u 

f .  » 


« 


230  JUAN    DE    COMINGES. 


cuanto  que  hay  pocos  cueros  de  ellos  en  las  tolderías,  y  sobre 
todo  porque  una  huella  que  hoy  hemos  descubierto  ha  llama- 
do mucho  la  atención  de  mis  acompañantes,  que  se  apearon 
con  el  objeto  de  olería  como  sabuesos.  También  hemos  visto 
las  madrigueras  de  una  liebre  que  según  los  indios  es  muy 
apetitosa,  aun  cuando  esto  no  debe  servirme  de  regla,  porque 
esta  gente  come  cuanto  pertenece  al  reino  animal,  incluso  las 
mariposas,  y  lo  que  es  peor  sus  larvas,  que  sacan  cuidadosa- 
mente con  la  punta  de  la  flecha  de  entre  la  corteza  de  los  ár- 
boles. 

No  ha  sido  nuestro  camino  tan  recto  como  de  ordinario  y 
creo  que  hubiésemos  economizado  una,  en  las  cuatro  leguas 
primeras  que  hemos  caminado,  si  no  lo  hubiesen  impedido  las 
continuas  revueltas  á  que  nos  obligaban  las  fajas  de  monte 
que  se  interponían  á  nuestra  marcha. 

Por  fin  salimos  á  un  descampado  inmenso,  lo  que  es  muy 
consolador  después  de  haber  pasado  algunas  horas  en  la  oscu- 
ridad del  bosque.  Sin  embargo,  esta  llanura  tan  dilatada  que 
al  menos  por  el  Norte  no  tenía  límites,  aunque  los  tuviese  muy 
lejanos  por  Oriente  y  Occidente,  no  ofrecía  atractivo  alguno, 
sino  que  por  el  contrario,  entristecía  el  alma  como  el  aspecto 
de  una  ciudad  donde  todos  sus  habitantes  hubiesen  perecido 
de  una  epidemia,  por  cuanto  que  en  ella  se  conservaban  en  pie, 
desafiando  los  siglos,  muchos  miles  de  troncos  de  palo  santo 
con  sus  ramas  principales  que  revelaban  que  aquello  había  sido 
en  otro  tiempo  un  bosque  frondoso  y  poblado  de  otras  familias 
vegetales,  que  por  menos  resistentes  á  las  fuerzas  destructoras 
de  la  naturaleza,  habían  desaparecido  sin  dejar  rastro  alguno, 
sino  un  recuerdo  denunciado  por  aquellos  gigantes  invulnera- 
bles, contra  cuya  textura  resinosa  no  pueden  nada  los  agentes 
químicos  y  mecánicos  que  atacan,  descomponen,  pulverizan  y 
anonadan  hasta  las  rocas  cristalinas. 

¿Cuál  habrá  sido  la  causa  de  este  cataclismo?  Un  incendio? 
No  puede  ser,  porque  precisamente  el  resinoso  palo  santo  arde 
hasta  consumirse  aun  cuando  no  produzca  llama. — ¿Una  inun- 


EXPLORACIONES.  2  3  I 


dación?  Tampoco  es  posible,  porque  si  el  terreno  hubiese  sido 
profundo  no  hubieran  en  él  crecido  tales  plantas,  y  á  ser  eleva- 
do no  hubiesen  quedado  subsistentes  los  bosques  de  los  con- 
tornos. Los  indígenas  no  recuerdan  ni  por  tradición  las  causas 
de  aquella  hecatombe  de  vegetales,  pero  al  hacerse  cargo  el 
observador  de  la  multitud  de  lagos  que  allí  se  presentan  y  de 
la  profundidad  actual  de  aquella  superficie,  concluye  con  que 
el  fenómeno  extraño  que  se  ofrece  á  su  discurso  ha  debido 
tener  por  causa  un  hundimiento  del  terreno. 

Al  salir  del  bosque,  seguimos  por  tres  leguas  su  lindero  en 
rumbo  Este,  el  que  formando  un  arco  inmenso  vuelve  de  nuevo 
al  Norte,  pero  que  no  puede  cortarse  por  la  cuerda  á  causa 
de  que  apenas  el  viajero  se  aparta  de  la  orilla  del  bosque,  pene- 
tra en  una  especie  de  cenicero  tan  blando  y  pantanoso  que  se 
introducían  en  él  los  arcos  de  los  indios  por  medio  de  un  leve 
esfuerzo.  A  pesar  de  esto,  la  pradera,  aunque  no  por  toda  su 
extensión,  está  cubierta  de  plantas  semi-acuáticas  sobre  las  que 
un  hombre  á  pie  puede  caminar  sin  el  peligro  de  hundirse. 
Hacia  el  interior  de  la  llanura  donde  existen  los  curiches  se  oye 
cantar  multitud  de  aves  acuáticas  y  desde  las  ramas  secas  de 
aquellas  momias  del  reino  vegetal,  espían  su  presa  las  cigüeñas 
y  los  chimangos. 

El  bosque  que  llevamos  á  la  derecha  ó  sea  al  Oriente,  se 
parece  tanto  al  Monte  Grande,  que  visité  durante  mi  primera 
expedición,  que  estoy  por  creer  que  sea  el  mismo,  y  me  afirmo 
en  esta  idea  al  ver  una  salicaria  ó  salsola,  llamada  jume  por 
los  tucumanos  y  santiagueños,  la  que  sólo  he  visto  aquí  y  en 
aquel  monte,  para  mí  de  tan  amargos  recuerdos. 

Eran  las  doce  del  día  cuando  el  cacique  nos  mandó  hacer  alto 
y  penetrar  á  pie  hasta  una  lagunilla,  donde  entre  culebras,  tor- 
tugas y  grandes  ranas,  nos  dimos  un  baño  en  medio  de  un  sol 
que  en  pocos  minutos  destruyó  el  cutis  de  mis  espaldas,  hasta 
el  punto  de  quedar  como  ordinariamente  se  dice,  en  carne  viva, 
lo  que  excitó  la  compasión  de  todos.  Volvimos  á  la  sombra  y 
como  yo  tratase  de  aflojar  la  cincha  de  mi  caballo,  para  que 


232  JUAN    DE    COMINGES. 


comiese  un  poco  como  los  otros,  el  cacique  me  lo  impidió 
haciéndome  señas  de  que  el  Paát  á  donde  nos  dirigíamos  esta- 
ba inmediato.  Sin  embargo,  esa  afirmación  no  estaba  muy 
de  acuerdo  con  la  orden  que  recibí  de  racionar  á  todos  de  fa- 
riña y  rapadura,  alimento  que  bien  necesitaban  aquellos  infe- 
lices. 

Concluido  el  almuerzo  y  no  bien  habíamos  montado  para 
continuar  la  marcha,  empezó  el  mismo  cántico  con  que  dos 
días  antes  saludaban  mis  compañeros  la  proximidad  de  su  mo- 
rada, lo  que  unido  á  las  indicaciones  del  cacique,  me  aseguró 
de  que  no  estaríamos  lejos  de  alguna  casa.  Efectivamente, 
apenas  habríamos  caminado  un  cuarto  de  legua,  cuando  apo- 
yado sobre  el  bosque  de  Occidente  y  dando  frente  al  gran 
terreno  bañado,  descubrí,  no  un  paát  como  el  de  Pucú,  ni  aún 
como  el  de  Maígá,  sino  unos  seis  ú  ocho  tolditos  de  la  altura 
de  un  hombre,  casi  tan  pobres  y  tan  miserables  como  los  de 
los  Angaités,  de  dónde  salieron  algunos  ancianos,  niños  y  mu- 
jeres, y  sobre  todo  algunas  vi-^jas  brincando  y  cantando  en 
torno  nuestro,  con  los  gestos  de  costumbre.  En  este  Paát, 
de  donde  era  jefe,  se  quedó  el  hermano  del  Queirá,  hacién- 
dome una  seña  que  parecía  decir:  vete  sin  dolor,  que  pronto 
nos  veremos.  Y  á  la  verdad  que  el  pobre  epiléptico  debería 
comprender  mi  pesadumbre,  pues  que,  apesar  de  que  sus  insti- 
gaciones estuvieron  á  punto  de  hacerme  perder  la  vida,  como 
sus  muchas  atenciones  durante  nuestro  viaje  me  dieron  á  cono- 
cer su  arrepentimiento,  no  sólo  le  había  perdonado,  sino  que 
le  había  cobrado  tal  cariño  que  no  sin  pena  me  hubiese  sepa- 
rado de  él,  á  no  llevar  conmigo  la  esperanza  de  que  muy  pronto 
nos  veríamos  de  nuevo. 

Las  gentes  de  su  Paát  eran  muy  limpias,  y  puede  decirse 
muy  hermosas,  sobre  todo  una  hija  que  estaba  criando  el  único 
niño  que  he  visto  bastante  valiente  para  venir  á  mis  brazos, 
niño  á  quien  regalé  un  collar,  un  salvavida  vacío,  y  una  lata 
de  conserva  que  su  madre  y  su  abuelo  me  agradecieron  en  el 
alma.  Esta  tribu  no  tiene  más  que  unos  60  individuos,  los  que 


J 


EXPLORACIONES.  233 


en  la  actualidad  están  bastante  pobres,  con  motivo  de  la  seca 
que  les  aflige. 

No  dejó  de  admirarme  que  la  casa  de  un  hermano  del  gran- 
de, del  poderoso,  del  respetado  Queirá,  fuese  la  más  raquítica 
de  cuantas  había  visitado  desde  que  salí  de  la  costa;  pero  esto 
lo  atribuí  á  un  misterio  que  pronto  despejaría  si  continuaba 
con  los  indios  el  tiempo  necesario  para  ponerme  al  corriente 
de  su  lengua. 

Media  legua  más  al  norte  del  Paát  del  Hechicero,  y  siempre 
caminando  por  la  orilla  del  bosque,  cuyo  fin  no  he  visto,  se 
presentó  á  mis  ojos  una  nueva  toldería,  compuesta  de  tres 
cuerpos  de  edificio,  los  que  no  muy  notables  por  su  construc- 
ción, aunque  mejores  que  los  del  brujo,  estaban  dispuestos 
sobre  la  misma  línea  á  muy  poca  distancia  unos  de  otros,  y 
medirían  entre  los  tres,  cien  metros  escasos  de  longitud.  El 
canto  de  los  compañeros  y  las  señas  que  el  cacique  me  hacía 
muy  agitado  y  conmovido  para  hacerme  saber  que  allí  tenía  un 
niño  de  un  metro  de  altura,  me  trajeron  el  doloroso  convenci- 
miento de  que  aquella  era  la  morada  de  mi  protector,  cuando 
yo  esperaba  encontrarme  con  un  Paát  que  estuviese  en  armo- 
nía con  el  poderío  de  su  dueño. 

Cuando  llegábamos  á  cien  pasos  de  la  casa  vi  tres  mujeres 
ancianas  que  con  sus  acostumbradas  ceremonias  se  acercaban 
hacia  nosotros,  dejando  oir  aquella  tonada  que  nunca  me  pare- 
ció más  conmovedora,  las  que  sin  suspender  su  bailoteo  y  sus 
golpes  dados  en  los  labios  con  la  palma  de  la  mano  izquierda 
mientras  rezaban  cantando  y  derramando  lágrimas,  dieron 
vueltas  en  torno  nuestro,  nos  tomaron  las  armas  y  alguno  de 
nuestros  equipajes,  y  penetraron  con  ellos  al  Paát  del  centro, 
de  donde  salieron  de  nuevo  en  busca  de  lo  poco  que  aun  que- 
daba sobre  nuestros  caballos. 

Entretenido  con  el  espectáculo  que  se  ofrecía  á  mi  vista,  y 
preocupado  en  descolgar  de  las  ancas  del  caballo  los  objetos 
que  iba  entregando  á  los  ancianos  que  no  dejaban  aquel  cánti- 
co tan  parecido  á  un  lamento,  pasé  algunos  instantes  sin  repa- 


2  34  J^^AN    DE    COMINGES. 


rar  en  mis  compañeros;  pero  cuando  después  de  desensillar  me 
reuní  con  ellos  ¡cuál  no  sería  mi  asombro  al  encontrarme  con 
que  aquellos  seres  tan  calumniados  de  salvajes  feroces  y  antro- 
pófagos por  esa  sociedad  donde  se  roban  ideas,  dinero,  vida  y 
honra,  estaban  derramando  torrentes  de  lágrimas,  hijas  del  ín- 
timo placer  que  sentían  al  encontrarse  entre  los  seres  queridos 
que  constituyen  el  encanto  de  su  mísera  existencia!!! 

Tal  mozo  oprimía  contra  su  corazón  la  arrugada  frente  de 
desgreñada  vieja;  cuál  estampaba  un  beso  en  la  mejilla  de  su 
esposa;  aquél  saltaba  con  dos  ó  tres  niños  que  reían  á  carca- 
jadas  con  inocente  alegría.  Cada  uno  de  los  viajeros  rodeado 
de  un  corro  de  sus  más  allegados,  recibía  la  bienvenida  que 
le  daban,  con  los  ojos  humedecidos  por  el  llanto;  llanto  enju- 
gado por  la  lengua  del  perro  que  saltaba  hasta  su  rostro  para 
acariciar  á  los  recién  llegados,  á  quienes  desde  lejos,  y  apoya- 
dos en  los  postes  del  /¿^¿^V,  saludaban  también  algunos  decré- 
pitos ancianos  con  una  sonrisa  parecida  á  la  de  los  niños  por 
lo  espontánea  y  por  salir  de  entre  unos  labios,  tras  los  que  sólo 
se  dejaba  ver  el  rojo  carmin  de  las  encías,  en  vez  del  brillante 
marfil  de  la  dentadura. 

La  escena  conmovedora  que  acaba  de  ofrecerse  á  mis  ojos 
me  ha  impresionado  de  tal  manera,  que  en  mi  vida  serviré  á 
ninguna  empresa  que  tenga  por  objeto  el  exterminio  de  los 
indios.  El  espectáculo  que  he  presenciado  me  da  la  idea  del 
luto  y  la  desolación  que  caería  sobre  cualquiera  de  estas  tribus, 
si  durante  la  ausencia  hubiese  perecido  el  más  insignificante 
de  sus  miembros.  En  nuestras  sociedades,  la  muerte  de  un 
hombre  se  llora  por  los  parientes  más  próximos;  entre  los  sal- 
vajes, la  tribu  entera  toma  parte  en  el  dolor  de  los  padres,  de 
los  hijos  ó  de  los  esposos  que  experimentan  esta  pérdida,  y  es 
porque  en  la  vida  común  en  que  todos  se  prestan  mutuos  auxi- 
lios, no  hay  intereses  encontrados;  la  pérdida  de  un  indio 
despierta  los  recuerdos  cariñosos  de  las  mujeres  que  mecieron 
su  hamaca  mientras  la  madre  estaba  enferma,  ó  se  ocupaba 
de  servicios  domésticos;  de  los  hombres  que  lo  llevaron  sobre 


EXPLORACIONES.  235 


^. 


SUS  hombros  para  cruzar  los  lagos,  ó  que  le  fabricaron  hondas, 
arcos  y  flechas  para  adiestrarle  en  el  ejercicio  de  la  caza  ó  de 
la  guerra,  y  el  de  los  mozos  que  pierden  para  siempre  el  confi- 
dente de  sus  travesuras.  La  tribu  entera  se  resiente  por  la 
pérdida  de  uno  de  los  seres  que  contribuía  á  su  sustento  por 
medio  de  la  agricultura,  de  la  pesca  y  de  la  caza;  de  uno  de 
los  guerreros  que  la  hacían  respetable  ante  los  ojos  de  sus 
enemigos.  Y  sin  embargo,  entre  los  Guanas,  á  la  palabra  huér- 
fanos no  acompaña  como  entre  nosotros  la  palabra  desvalidos. 
La  tribu  entera  cuida  de  los  pequeñuelos  hasta  que  llegan  á 
la  edad  de  poder  retribuirla  este  servicio.  Podrá  ser  egoísta  la 
caridad  de  los  indios,  pero  bendito  sea  un  egoísmo  que  no 
deprime,  y  que  estorba  el  que  los  huérfanos  se  mueran  de 
hambre. 

El  camastro  del  centro  del  Paát  central  es  á  la  vez  el  banco, 
la  mesa,  la  cama  y  el  trono  del  cacique  Queirá,  de  su  mujer,  y 
de  un  hijo  de  seis  años,  que  merece  el  nombre  de  infante  ya 
que  no  de  príncipe,  según  los  mimos  y  consideraciones  que 
todos  le  dispensan;  y  en  este  trono  cubierto  de  barnizados 
cueros,  mil  veces  sacudidos  y  refregados,  he  tomado  asiento 
en  compañía  de  las  tres  personas  de  la  familia,  para  recibir  las 
felicitaciones  de  la  tribu,  cuyos  individuos  adultos  han  desfilado 
uno  por  uno  ante  nosotros,  Ínterin  el  jefe  y  fo  nos  ocupába- 
mos en  engullir  unas  batatas.  La  primera  persona  que  me  ha 
cumplimentado,  era  una  mujer  alta,  vieja  y  muy  arrugada, 
aunque  de  cabellera  negra  y  abundante,  la  cual,  para  darme  á 
entender  que  era  la  madre  del  cacique,  señalaba  á  éste  estru- 
jándose los  pezones  como  si  estuviese  ordeñando,  mientras 
que  otras  mujeres  la  ayudaban  en  sus  explicaciones  para  que 
no  me  quedase  duda  con  respecto  á  su  categoría.  Esta  mujer 
era  una  de  las  que  se  habían  anticipado  á  recibirnos  con  las 
ceremonias  de  ordenanza,  y  parecía  muy  satisfecha  de  su  im- 
portancia. 

Al  acabar  el  besamanos,  el  cacique  Queirá,  en  presencia  de 
toda  la  tribu,  extendió  sobre  el  cuero  de  su  trono,  como  si  fuese 


236  JUAN    DE    COMINGES. 


la  tienda  de  un  quinquillero  ambulante  todos  los  objetos  que 
había  cambalachado  en  la  Colonia  Apa,  y  todos  los  que  le 
habían  sido  regalados  por  mí,  los  que  eran  contemplados  con 
la  mayor  avidez  por  los  circunstantes,  quienes  se  encaramaban 
sobre  los  camastros  más  próximos  para  gozar  con  su  vista,    y 
después  de  meditar  un  rato  sin  duda  sobre  la  elección  de  las 
personas   á  quien  debería  distribuirlos,  comenzó  por  regalar 
una  camisa  á  un  hombre  extraordinariamente  viejo,  que  casi 
sin  conciencia  de  cuanto  le  rodeaba,  se  la  puso  riyendo  como 
los  niños  que  estrenan  un  vestido  nuevo.  Este  anciano,  según 
el  cacique,  era  el  padre  del  padre  de  su  padre  Aganátsemá  (i) 
vtepiecem  (2).  El  pelo  de  este  anciano,  que  ya  era  mozo  cuan- 
do la  fundación  del  fuerte  Olimpo  y  que  recordaba  todavía  con 
cariño  el  nombre  de  Zabala,  todavía  no  era  completamente 
blanco.  Siguió  después  repartiendo  cancheros^  cuchillos  y  an- 
zuelos á  los  hombres;  pañuelos,  agujas  y  collares  á  las  muje- 
res  y  para  no  desairar  ni  aún  á  los  niños,  les  repartió  una  lata 
de  galletitas  inglesas  y  todas  las  cápsulas  vacías  de  nuestros 
cartuchos  rémington.   Concluida  la  repartición,  dio  un  suspiro 
como  quien  se  descarga  de  un  grave  peso,  y  encogiéndose  de 
hombros  y  sacudiéndose  las  manos  como  quien  dice,  no  hay 
más,  desfilaron  la  mayoría  de  los  circunstantes,  con  excepción 
de  dos  mujeres,  que  se  quedaron  clavando  unos  grandes  hor- 
cones en  tierra  en  la  parte  anterior  del  Paát  y  junto  al  camas- 
tro del  cacique,  donde  colgaron  una  magnífica  hamaca  de  tejido 
de  algodón  con  franjas  coloradas,  en  la  que  á  pesar  de  no  ser 
más  que  las  tres  de  la  tarde  me  hicieron  acostar,  sin  duda  pene- 
trados de  que  mi  salud  no  era  muy  buena.   Cerca  de  mi  cabe- 
cera, y  sujeto  horízontalmente  al  camastro  del  Queirá  y  á  uno 
de  los  postes  de  donde  pendía  mi  hamaca,  colocaron  un  palo 
sobre  el  que  se  colgaron  todos  los  efectos  que  constituían  mi 
equipaje,  incluso  dos  salvavidas  intactos,  que  todavía  me  que- 


(i)     Tres. 
(2)     Padre. 


EXPLORACIONES.  237 


daban.  Como  estas  disposiciones  parecían  tener  el  carácter  de 
permanentes,  comprendí  que  el  cacique  querría  tenerme  consi- 
go mucho  tiempo  y  que  debería  despedirme  por  entonces  de 
nuevas  peregrinaciones,  lo  que  en  cierto  modo  me  afligía,  pues 
que  mi  deseo  era  llegar  hasta  la  toldería  del  jefe  principal  del 
Chaco  del  Norte,  ó  al  menos  hasta  la  falda  de  la  cordillera; 
pero  me  consolaba  al  ver  que  aquel  descanso  podría  servirme 
para  recobrar  una  .salud  que  iba  perdiendo,  á  pesar  de  las  satis- 
facciones que  gozaba  y  de  los  esfuerzos  que  hacía  para  sobre- 
ponerme á  las  miserias  que  me  rodeaban. 

Por  vez  primera,  después  de  tres  meses,  pensé  en  mí  mismo, 
comprendí  que  aunque  la  voluntad  puede  mucho,  no  es  omni- 
potente. Mi  cuerpo  estaba  escuálido,  mi  barba  había  encane- 
cido; el  estómago  no  podía  soportar  aquellos  asquerosos  y 
detestables  alimentos;  mis  manos  y  mi  frente  ardían  en  medio 
de  una  continua  calentura;  las  piernas  no  querían  sostenerme, 
y  la  vista  se  desvanecía  á  cualquier  movimiento  brusco  de  mi 
cabeza.  Así,  con  el  cuerpo  destruido  por  las  penalidades,  pero 
con  el  corazón  lleno  de  alegría  y  de  esperanzas,  me  acosté  por 
primera  vez  en  el  Paát  de  mi  mejor  amigo  del  desierto  con  la 
misma  tranquilidad  que  si  estuviera  en  el  seno  de  la  familia. 

Al  anochecer,  sentí  que  me  despertaban  para  ofrecerme  un 
porongo  cargado  de  maiz  cocido  con  agua  y  sal,  de  cuyo  comis- 
trajo tomé  un  poco,  así  como  de  un  pedazo  de  anguila  asada 
que  me  ofreció  mi  vieja  protectora,  la  madre  del  cacique. 

Al  bajar  de  mi  hamaca,  pude  observar  que  los  contornos  de 
la  toldería  estaban  ocupados  por  innumerables  grupos  de  indios 
de  todos  sexos  y  edades,  los  que  habían  acudido  allí  desde  los 
toldos  inmediatos,  con  objeto  de  darnos  la  bienvenida  y  por  la 
curiosidad  de  conocerme,  entre  los  cuales  estaba  con  toda  su 
familia  el  cacique  brujo  hermano  del  Queirá,  vestido  de  nuevo, 
sin  pintar  y  con  un  sable  de  infantería  en  la  mano,  arma  que 
sin  duda  traía  para  tener  la  satisfacción  de  que  yo  la  viese,  y 
cuyo  origen,  así  como  el  de  otras  armas  que  tienen  los  indios 
era  el  siguiente,  según  sus  explicaciones. 


238  JUAN    DE    COMINGES. 


Cuando  la  guerra  del  Paraguay,  el  Brasil  armó  de  fusiles  de 
pistón  á  todas  las  tribus  de  los  Mbayás,  que  viven  al  Occidente 
del  río,  entre  los  1 2®  y  22®  de  latitud,  para  que  penetrasen  por 
el  Rio  Apa  y  hostilizasen  á  los  pueblos  y  á  los  ejércitos  dd 
dictador.  Estos  indios  regresaron  cargados  con  un  rico  botín, 
compuesto  en  su  mayor  parte  de  ropas,  armas  y  fornituras 
tomadas  á  sus  enemigos,  entre  las  que  figuraban  gran  cantidad 
de  sables  que  en  la  actualidad  todavía  llevan  constantemente 
colgados  á  la  cintura,  por  medio  de  un  cinturón  con  chapa  que 
revela  su  procedencia. 

Los  indios  Mbayás,  que  se  vieron  armados  y  organizados, 
con  sus  jefes  indígenas  á  la  cabeza,  casi  casi  como  las  tropas 
regulares  del  Imperio,  se  hicieron  muy  arrogantes  con  sus 
antiguos  amigos  y  parientes  que  vivían  en  la  costa  Occidental 
del  río,  á  los  que,  aprovechando  sus  ventajas,  hostilizaron  con 
objeto  de  procurarse  esclavos,  lo  que  consiguieron  en  un  prin- 
cipio á  poca  costa,  pues  que  les  eran  muy  fáciles  las  sorpresas^ 
en  razón  á  que  Amaigás,  Sanapanás,  Chamacocos,  Guanas  y 
Angaités,  hacían  frecuentes  excursiones  á  la  costa  del  río  para 
surtirse  de  bacalao,  y  sobre  todo,  porque  no  sospechando  seme- 
jante peligro,  había  tolderías  establecidas  en  todos  los  puntos 
inmediatos  á  la  costa  y  principalmente  en  Bahía  Negra,  en 
F^uerte  0\\m\)0^  A gandtsemd Mleaimó,  (i)  Ita-  pucú  guazii  (2). 
Sin  embargo,  aunque  la  timidez  propia  de  su  debilidad 
hiciera  internarse  á  todas  las  tribus  Occidentales  que  vivían 
sobre  la  margen  del  río,  aunque  acabaron  para  siempre  las 
excursiones  de  pesca,  pues  no  quedó  una  sola  familia  que  no 
perdiera  alguno  de  .sus  miembros  en  las  peleas  que  sostuvieron 
con  los  Mbayás,  esto  no  quiere  decir  que  cuando  los  indios 
brasileros  han  intentado  sorprend'^rlos  en  sus  toldos  actuales, 
no  les  haya  costado  cara  su  empresa,  supuesto  que,  ágiles, 
sombríos,  astutos  y  conocedores  de  los  pasos  de  sus  lai^unas 


(i)  Tres  piedras,  ó  sean  las  Tres  Hermanas. 
'2}  Piedra,  larga  y  chata. 


EXPLORACIONES .  239 


y  de  las  veredas  de  sus  bosques,  los  Guanas  les  han  cortado 
la  retirada,  esperándoles  en  fragosas  sendas  desde  donde  los 
diezmaban  á  su  antojo.  Así  es  que  las  tribus  de  Occidente 
tienen  hoy  en  su  poder,  aunque  no  en  grande  abundancia,  ca- 
rabinas de  chispa  y  de  pistón  sumamente  limpias  y  bien  conser- 
vadas, sables,  cinturones  y  cuchillos,  en  cuya  hoja  está  graba- 
do el  nombre  Corumbá. 

El  hermano  del  cacique  Queirá,  propietario  del  aquel  sable 
arrancado  á  un  cadubeu  á  quien  mató  de  un  flechazo,  cuenta 
la  historia  de  su  arma  predilecta  con  lágrimas  en  los  ojos,  por- 
que la  adquirió  al  precio  de  la  vida  de  sus  dos  hijos  mayores. 
No  es  pues  de  extrañar  en  este  desventurado  padre  el  odio 
que  me  cobró  cuando,  sugerido  por  el  malvado  cacique  Michí, 
concibió  sospechar  que  yo  fuese  un  espía  de  sus  naturales 
enemigos. 

La  guerra  sin  cuartel  que  Cadubeus  y  Guanas  se  tienen  de- 
clarada, no  sólo  no  tiene  inconvenientes  para  los  fines  de  la 
Empresa  Brabo,  sino  que  más  bien  los  favorece  por  dos  causas 
principales.  La  primera,  porque  necesitan  acogerse  bajo  el  am- 
paro de  un  poder  que  los  auxilie  y  los  proteja  contra  las  agre- 
siones de  unos  enemigos  poderosos.  La  segunda,  porque  el 
riesgo  del  peligro  común  ha  estrechado  con  fuertes  vínculos 
las  relaciones  entre  todas  las, tribus  de  Occidente;  por  lo  que, 
obtenida  la  amistad  de  los  Guanas,  está  hecha  la  conquista 
pacífica  del  desierto. 

Apenas  el  sol  desapareció  á  la  parte  opuesta  de  la  extensa 
laguna  que  tenemos  frente  al  Paát,  cuando  las  mujeres  sacaron 
al  exterior  los  cueros  de  sus  camastros,  para  que  sentados  en 
ellos  pasásemos  la  velada,  única  hora  del  día  en  que  ss  respira 
con  placer,  siempre  que  se  tenga  !a  precaución  de  ahuyentar 
á  los  mosquistos  por  medio  de  las  hogueras  de  palo  santo, 
que  es  el  solo  combustible  que  se  emplea  en  todas  las  tol- 
derías que  llevo  visitadas. 

Después  de  sentarse  el  cacique  Queirá  conmigo  en  uno  de 
estos  cueros,  y  de  verse  rodeado  de  las  innumerables  familias 


I 


1 


240  JUAN    DE    COMINGES. 


que  aguardaban  con  impaciencia  el  oir  de  su  boca  el  relato  de 
todas  las  circunstancias  del  viaje,  que  bajo  tan  buenos  auspi- 
cios acababa  de  realizar,  éste  con  aire  magistral,  y  cada  vez 
más  soberbio  de  poderse  llamar  mi  propietario,  les  repitió  la 
misma  historia,  que,  por  haberla  oído  tantas  veces  cuantas 
tribus  habíamos  recorrido,  ya  me  iba  cansando  por  más  que 
debiese  halagarme,  supuesto  que  en  ella  se  me  prodigaban 
más  elogios  que  á  la  Virgen  en  la  letanía;  elogios  que  arran- 
caban como  siempre  manifestaciones  de  simpatía  por  parte  de 
aquel  auditorio,  que  atendía  con  el  más  respetuoso  silencio. 

La  pipa  corría  de  boca  en  boca,  pasando  siempre  por  la 
mía,  cuyo  obsequio  debía  agradecer  y  no  podía  rehusar  por 
más  que  el  estómago  la  rehusase,  á   causa  de  mi  enfermedad. 

Concluida  la  peroración  del  cacique,  éste  como  de  ordinario, 
quiso  obsequiar  á  la  concurrencia  con  un  ratito  de  música,  la 
que  yo  empecé  con  mi  sermón  acostumbrado,  aunque  guar- 
dándome muy  bien  de  proferir  la  blasfemia  de  que  los  Mbayas 
eran  hijos  de  Dios  como  todos  los  hombres.  La  música,  que 
duró  menos  que  otras  veces,  fué  interrumpida  por  causa  de 
mi  atolondrado  amigo  Jimmepén,  quien  á  ruege  de  algunos 
jóvenes  vino  á  pedirme  que  hiciera  una  suerte  de  prestidigita- 
ción,  que  era  la  que  más  á  él  le  agradaba  y  que  consistía  en 
hacerme  atar  fuertemente  los  dos  pulgares  por  medio  de  una 
cinta,  cubrir  mis  manos  con  el  sombrero  y  de  pronto  sacar  una 
de  ellas  en  libertad  sacudiendo  cachetes  á  los  más  cercanos  y 
volviéndola  á  meter  bajo  el  sombrero,  donde  aparecía  de  nuevo 
atada  tan  perfectamente  como  al  principio.  Esta  prueba  agra- 
daba mucho  á  todos  menos  á  mí,  á  causa  de  que  como  los 
circunstantes  creían  que  si  yo  podía  desatarme  era  debido  á 
estar  poco  sujeta  la  ligadura,  me  apretaban  á  romperme  las 
falanges,  hasta  convencerse  de  que  no  podría  separar  mis  ma- 
nos, lo  que  por  no  conseguirlo  les  llamaba  soberanamente  la 
atención,  y  les  ocasionaba  las  más  grandes  explosiones  de 
risa. 

Viendo  su  buena  disposición  para  estos  juegos  y  sin  imagi- 


EXPLORACIONES.  24 1 


nar  hasta  donde  podrían  alcanzar  sus  consecuencias,  resolví 
divertirlos  con  una  sorpresa,  para  lo  cual  me  envolví  en  uno  de 
mis  cobertores  que  tenía  por  asiento,  y  valiéndome  de  una 
caja  de  cerillas  humedecidas,  me  unté  muy  bien  con  el  fósforo 
el  rostro  y  ambas  manos  y  arrojando  al  suelo  la  manta  me 
puse  de  pie  repentinamente  en  medio  de  aquella  multitud  que, 
creyendo  que  salía  fuego  de  todo  mi  cuerpo,  se  desbandó 
aterrada  como  si  una  bomba  hubiese  caído  entre  nosotros, 
llevando  su  pánico  hasta  el  extremo  de  atropellarse,  caerse 
y  gritar,  y  producirse  una  confusión  inexplicable,  sin  que  me 
valiese  correr  tras  ellos  para  explicarles  la  causa  del  fenómeno, 
pues  hasta  el  mismo  cacique  Queirá  huía  de  mi  presencia^ 
como  pudiera  hacerlo  de  un  endemoniado.  Por  fin  Jimmepén 
oyó  mi  súplica,  y  se  prestó  á  continuar  la  farsa  por  su  cuenta, 
metiéndose  por  el  Paát  donde  se  habían  acogido  muchos  de 
los  fugitivos,  los  que,  al  verle  echando  fuego  por  los  brazos, 
por  el  rostro  y  por  las  espaldas,  huían  en  todas  direcciones 
dando  gritos  desaforados  y  atropellando  cuanto  se  les  presen- 
taba por  delante. 

Así  concluyó  la  primera  velada  que  he  pasado  en  el  toldo 
de  este  cacique,  si  bien  tuve  el  gusto  de  que  á  última  hora 
perdieran  el  miedo  hasta  los  muchachos,  quienes  me  pedían 
que  les  pintase  con  fósforos  para  asustarse  mutuamente,  á  lo 
que  yo  me  prestaba  con  toda  complacencia. 

No  puedo  calcular  á  punto  fijo  el  número  de  personas  que 
se  han  reunido  esta  noche  en  la  tertulia  del  Queirá,  porque 
por  una  parte  el  humo  que  nos  rodea  y  por  otra  el  resplandor 
de  las  hogueras,  que  deslumbra,  me  lo  ha  impedido,  pero  no 
dudo  que  la  concurrencia  pasaría  de  quinientas  personas. 

Apenas  se  disolvió  la  tertulia,  cuando  los  cueros  volvieron 
á  los  camastros,  en  torno  de  los  cuales  ardían  diferentes  fogón- 
citos  mantenidos  durante  toda  la  noche. 

El  cacique  Queirá,  á  quien  yo  había  regalado  uno  de  mis 
cobertores  cuando  recibí  el  presente  de  su  hamaca,  tendió 
éste  sobre  los  cueros  del  camastro,  y  quitándose  el  norteniá  y 


242 


JVAN  DE  CpMIIMGES. 


enquilsiqtie,  únicas  prendas  que  constituyen  el  traje  Guana,  se 
acostó  sin  almohada  ninguna,  abrigándose  con  las  mismas 
ropas  que  acababa  de  quitarse.  Su  yerno  procedió  del  mismo 
modo,  acostándose  á  su  lado  y  la  mujer  y  el  niño  se  acostaron 
vestidos  en  el  mismo  camastro  y  sin  abrigo  alguno.  Los  demás 
indios  del  departamento  donde  yo  me  encontraba,  procedieron 
de  la  misma  manera;  en  cada  camastro  se  acomodó  un  matri- 
monio con  sus  hijos  adolescentes  y  los  huéspedes  de  sumas 
íntima  relación. 


Día  i6  de   Octubre, 

He  pasado  la  noche  muy  cómodamente,  aunque  á  pesar  de 
la  estación  y  de  la  latitud,  el  frío  se  ha  dejado  sentir  de  una 
manera  extraordinaria,  lo  que  unido  á  la  ausencia  de  palma 
carandai,  me  hace  sospechar  que  estos  lugares  van  estando  á 
una  regular  elevación  sobre  el  nivel  del  mar.  El  llanto  de  los 
niños  que  sentían  frío  á  la  madrugada  es  el  que  me  ha  desper- 
tado, y  á  esta  hora  ya  no  hay  en  el  Paát  más  hombres  que  el 
cacique,  que  duerme  á  pierna  suelta,  y  algunos  viejos  que 
hablan  solos  y  se  calientan  en  grandes  hogueras  que  han  en- 
cendido al  exterior,  á  una  de  las  cuales  arrimo  mi  cafetera  con 
agua  y  rapadura,  á  fin  de  hacerla  hervir  para  mojar  un  poco 
de  fariña,  que  es  el  único  alimento  que  me  parece  agradable. 
Un  vaso  de  esta  fécula,  hervida  en  un  litro  de  agua  azucarada, 
ha  sido  la  cena  y  el  almuerzo  que  estoy  haciendo  con  el  cacique 
Queirá,  desde  que  he  pisado  el  Chaco,  con  excepción  de  los 
días  que  hemos  sido  obsequiados  por  las  tribus  amigas.  Una 
arroba  de  fariña,  media  de  azúcar  y  una  cafetera  de  hierro, 
cuyo  peso  puede  cargarse  cómodamente,  es  el  recurso  que 
puede  encontrar  el  que  se  aventura  en  estas  arriesgadas  expe- 
diciones y  con  el  que  puede  mantenerse  bien  durante  veinte  ó 
treinta  dias. 


EXPLORACIONES.  243 

« U-^ 


Como  esta  sopa  era  también  muy  del  agrado  del  cacique, 
^e  desperté  para  que  me  acompañase  en  el  desayuno,  lo  que 
hizo  con  muy  buen  apetito  en  mi  compañía,  y  teniendo  como 
siempre  el  cuidado  de  no  introducir  la  cuchara  sino  tantas 
veces  cuantas  yo  lo  hacía,  aguardando  el  momento  de  que 
llevase  la  mía  á  la  boca,  en  cuyo  movimiento  alternativo  siguió 
hasta  que  un  poco  antes  de  que  agotásemos  el  contenido  del 
plato,  limpió  su  cuchara  con  una  punta  del  enquilsique,  por  lo 
que,  imaginándome  yo  que  desearía  conservar  algo  de  nuestro 
desayuno  para  su  niño,  limpié  también  la  mía  con  el  faldón  de 
la  blusa,  y  abandoné  el  plato  del  que  se  apoderó  muy  contento, 
despertando  al  infante  para  que  se  lo  comiese;  después  de 
cuya  operación  el  padre  y  el  hijo  volvieron  á  dormirse  y  yo 
marché  por  el  bosque  del  Oriente,  á  cuya  margen  estaba 
edificado  el  Paát,  llevando  en  mi  compañía  cuatro  niños  de 
nueve  ó  diez  años  que  tropezaban  en  todas  partes,  porque  no 
tenían  ojos  más  que  para  mirarme  al  rostro.  Uno  de  estos 
niños,  muy  travieso  y  muy  adicto  á  mi  persona,  se  llama  Naija- 
mak^  el  cual  se  esfuerza  por  enseñarme  diferentes  nidos  que  le 
pertenecen,  entre  los  que  hay  algunos  muy  curiosos,  porque 
están  formando  una  bolsa  suspendida  de  las  lianas,  cuyo  tegido 
en  pelo  es  muy  semejante  al  de  los  cabellos  humanos;  otros 
son  de  barro  mezclado  con  pajas  y  amasado  perfectamente  y 
otros,  en  fin,  colgados  por  tres  cadenillas  como  un  incensario, 
están  hechos  con  una  trama  de  tallos  secos  y  guarnecidos 
interiormente  por  un  mullido  lecho  de  algodón  en  rama. 

Estos  muchachos  han  hendido  los  troncos  de  diferentes 
árboles  para  mostrarme  sus  jugos  resinosos,  algunos  dé  los 
cuales,  que  eran  tan  blancos  como  la  leche  del  higuerón,  lo 
sorbían  con  avidez.  En  su  afán  de  iniciarme  en  todos  los 
secretos  de  la  selva,  me  han  llevado  á  donde  había  árboles 
que  producen  unas  acerolas  del  tamaño  de  majuelas,  á  las 
que  llaman  noasá^  y  otros  que  son  también  de  la  familia  de  las 
rosáceas,  cuyo  fruto,  como  una  manzanita  muy  pequeña  agri- 
dulce, se  llama  Injanemá.  El  fruto  de  estos  dos  últimos  árboles 


II 


~      -1. 

■'r 


J      r. 


244  JUAN    DE    COMINGES. 


estaba  ya  muy  agotado  por  la  persecución  de  los  muchachos, 
de  los  loros,  de  los  monos  y  de  los  pavos  de  monte,  pero  del 
7ioasd  lo  había  con  abundancia,  de  modo  que  hicimos  un  buen 
.  montón  para  cargarlo  al  regreso.  Más  adelante  encontramos 
una  senda  muy  trillada  que  se  dirigía  derecho  hacia  el  naciente, 
por  la  que  no  quisieron  penetrar  en  mi  compañia,  sin  duda  p(»r 
no  separarse  mucho  de  sus  padres. 

Como  había  visto  en  otras  partes  los  procedimientos  tan 
rústicos  y  tan  fatigosos  que  emplean  los  indios  para  remover 
la  tierra,  se  me  ocurrió  hacerles  un  arado,  y  como  por  casuali- 
dad entre  las  ramas  del  bosque  había  una,  bifurcada,  que  me 
recordó  los  horcates  Valencianos,  pedí  el  canchero  ó  Natjabák, 
y  la  corté  á  fuerza  de  mucho  trabajo;  porque  en  estos  parajes, 
casi  puede  decirse  que,  con  excepción  del  bombix,  todos  los 
demás  árboles  deberían  llamarse  quiebra  hachas,  por  la  dureza 
de  sus  maderas.  Por  otra  parte  las  hachas  favorecen  poco, 
pues  apenas  tienen  cuatro  centímetros  de  boca,  pesan  muy 
poco  y  no  cortan  nada,  porque  faltan  los  asperones. 


Nota  del  Editor  —La  parte  que  antecede  del  Diario  de  la  2.^ 
Expedición,  la  he7nos  trascrito  de  la  <!^  Revista  de  la  Sociedad  Geo- 
grájlca  ArgentÍ7ia »  que  la  publicó  en  i88y.  El  final  no  nos  ha  sido 
posible  publicarlo  por  falta  de  los  manuscritos  originales,  los  cuales 
en  uno  de  sus  viajes  á  Europa  los  regaló  Cominges  á  la  Sociedad 
Geográfica  de  Madrid. —  Creemos  conveniente  sinembargo  trascribir 
algunos  párrafos  de  una  carta  que  dirigió  Cominges  al  empresario 
Bravo  al  salir  del  Chaco  y  que  se  refieren  al  final  de  su  expedición. 


«Paso  hambres  é  indigestiones;  sufro  las  más  grandes  porquerías; 
aguanto  el  calor  y  el  frío;  camino  á  caballo  hasta  veinte  y  cuatro 
leguas  por  día,  con  agua  podrida;  soy  el  amip,o,  pero  el  asistente 
del  cacique  Queirá,  cuyo  morral  cargo;  cuyo  caballo  enfreno;  cuya 
cama  hago  y  cuyas  sobras  como;  pero  Dios,    Dios  me    da  fuerzas 


EXPLORACIONES.  245 


que  nunca  he  tenido  y  paciencia  y  salud  y  entusiasmo  para  com- 
pletar mis  investigaciones. 

Adquiero  relaciones;  conquisto  simpatías;  estudio  la  topografía, 
los  productos  y  las  costumbres;  levanto  planos  y  aprendo  lo  in- 
dispensable de  la  lengua  Guana. 

No  queda  tribu  y  familia  que  no  me  mande  misiones  y  regalos. 
Yo  como,  bebo,  fumo,  juego  y  duermo  abrazado  con  ellos  y  ter- 
mino por  decir  que  son  los  únicos  hombres  virtuosos  y  leales  de 
la  tierra  y  que  el  único  peligro  para  el  éxito  de  la  Empresa,  será 
ponerlos  en  contacto   con  la  pervertida  humanidad. 

Hago  un  arado;  siembro  maíz  y  soy,  no  ya  un  hombre  á  quien 
se  escucha,  sino  un  Dios.  Yo  les  enseño  á  cantar  el  Santo  Dios  y 
les  digo  que  Ignem  (Sol,  á  quien  adoran)  es  Mpiezén  (Padre)  de 
todos  los  hombres,  de  todos  los  países,  y  el  único  que  tiene  dere- 
cho de  castigar  á  los  enemoateás  (enemigos)  y  el  que  hace  que  todos 
los  muertos  que  fueron  buenos,  se  junten  en  el   cielo. 

Quieren  venir  conmigo  á  Buenos  Aires  donde  creen  que  está 
Dios. 

Los  caciques  vecinos  me  llaman  á  comer  con  ellos.  Hago  excur- 
siones grandes.  Descubro  riquezas  y  enseño  industrias  desconocidas. 

Salen  itinerarios  anunciando  mi  regreso. 

Salgo  con  mucha  gente.  Por  todo  el  camino  se  agregan  multi- 
tudes y  llego  al  octavo  día  al  Río  Paraguay,  con  dos  mil  setecien- 
tos Indios,  que  ó  regresan,  ó  se  quedan  pescando,  ó  pasan  el  río 
conmigo,  pero  todos  lloran  al  despedirse. 

Yo  no  soy  á  sus  ojos,  mas  que  un  mercader,  que  quiere  que 
ellos  le  hagan  un  camino,  para  llevarles  objetos  de  su  gusto,  en 
cambio  de  sus  plumas,  algodones  y  demás  productos  indígenas. 

Pasan  el  río  ciento  veinte  indios  con  sus  caciques;  comen  y  be- 
ben durante  dos  días;  reciben  todos  los  regalos  con  regocijo  y  re- 
gresan á  sus  toldos  á  más  de  cien  leguas.  Estrecho  mis  amistades 
con  otro  cacique  poderoso  (Pucú)  y  rival  de  Queirá  y  cambiamos 
regalos.  Me  acompañan  hasta  la  Asunción  los  caciques  Queirá  y 
Michí. 

Salude  á  su  respetable  familia,  y  no  olvide  que  si  de  derecho 
era  Vd.  el  dueño  de  un  número  de  salvages  desconocidos,  hoy  es  el 
dueño  de  hecho  y  el  salvador  de  cien  mil  honrados  y  vigorosos 
amigos.     S.  S. 

Juan  de  Cominges. 


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VOCABULARIO 


DE    ALGUNAS    PALABRAS    EN    IDIOMA    GuANÁ 


Escrito  por  Comtnges  durante  su  permanencia  entre  los  indios  Guanas, 


A. 


Abalorios      Lemóun 

Abrir  el  morral     Lescamajá 

Abrir  navaja     Empesijá 

Acerola         Noasá 

Adorno  (plumas)  Vilsapér  Abotorlá 


Agua 

Agujero 

Agujero 

AJgodon 

Aibárca' 

Algarrobo 

Amigo 


Kilmén 

Yaktaipé 

Abmitá 

Eteivá 

Diámbehék 

Tigués 

Esquelektekmá 


Amigo 

Lektesmá 

Amagar 

Insumijá 

Amarillo 

Viktemá 

Anguila 

Andedok,  Aldolok 

Aperiaceo 

Hipa 

Arrebatar 

Enortengué 

Arado 

Nabalspéik 

Árbol 

Tehét-Puthém 

Atar 

Endedemá  ' 

Avestruz 

Pílsapén 

Azul 

Lémó 

B. 


Batata 

Pira 

Borla             Eoóck 

Batata 

Mpicém 

Bolsa  de  lienzo     Emetehak 

Bava 

DÍamét 

Bosque          Tefto-Ketucke 

Barba 

Apiaton 

Bolsa             Natjabák 

Bala 

Aerteke 

Boca              Mbook 

Barba 

Cone-catü 

Bola  de  barro     Ñaispá 

Besar 

Bessé 

Botón            Speígemá  ' 

Beber 

Anmascabé 

Botón  chico  Manin 

Blanco 

Almiipuyá 

Bota              Endedé  Emenék' 

Blanco 

Kidkick 

Brazo            Eantü 

:fi,\' 


248 


JUANDE    COMINGfS. 


c. 


Cabra 

Atanékp-kesek 

Cerrar  navaja     Ñedkesijá 

Caer 

Lakmok 

Charquear 

Nelleinligeá 

Campo 

Eñajalsemá 

Ciervo 

Tañan  biéjo 

Cambiado 

Ñalmasejá 

Cinta 

Alsataók 

Caminar 

En  cegama-  amaigaá   . 

Círculo 

Vengueau 

Cambiar 

Malmasebok 

Clavo 

Hartaók 

Camalote 

Camó 

Clavar 

Ecuninkés 

Camino 

Camái 

Colgar 

Etserejá 

Camino 

Ñelsegamá 

Collar 

Lemum 

Canoa 

Calé 

Codo 

Embengaték 

Caña 

Navat 

Comer 

Entoma 

Caracol 

Adpunk 

Cordones 

Atum 

Carta 

Engaguateé 

Cogollo  de 

palma     Paán  Paán 

Caraguatá 

Temamuá  (hilo) 

Colorado 

Eteigniá 

Carbón 

Mestmá 

Costura 

Nelio  Enderregamok 

Carreta 

Careta 

Costura 

Timnamamok 

Cazuela  de 

5  tetas     Apjaáh 

Colorado 

Ismelsemá 

Cazuela 

Paák 

Cubrirse 

Evikenija 

Calabaza 

Puco 

Cuchillo 

Peletán 

Cera 

Paupá 

Cuchara 

Callé 

Cerrar  libro 

Napijá 

Cuerda 

Tama 

Cerro 

Temmá 

Cuero 

Kambeik 

D. 


Dame  Tajá 

Dame  la  pipa     Enguaspucó-ó 


Dame 

Amóco-ó 

Dame 

Anguancó 

Desclavaí 

•      Elék 

Dedo 

Yanamé  peék 

Dedo,  mano    Jetsiná  peek 


Dibujo 

Alskamá 

Dormir 

Tienjiarjaque  Endealmá 

Dormir 

Ndaemá  Tecn 

Dos 

Ag^anet 

Doblar 

Svatabijá 

Dolor 

Aeskijc 

Dulce 

Liígk 

E. 


Echarse 

Tijet 

Entra 

Ninconi 

En  medio 

Itemanegrá 

Epidermis 

Empijíke 

Espinilla 

Akayaáft-Eljebok 

Estornudar 

Eatemá 

Esteron 

Enguillabusleke 

Este 

Tivag-ignem 

Escalera 

Nelstealláo 

Escarcha 

Apiát 

Estrujar 

Emelegenkié  cuya 

Estera 

Kitá 

Espina 

Teta-boók 

Extender 

Etdjan 

Extender 

Epayeés 

EXPLORACIONES. 


249 


F. 


Fuete 

Nicauak 

Freno 

Nabateabatón 

Flauta 

Amvát 

Frente 

Paijané  abak 

Flecha 

Yaángué,  Yarangtiá 

Frutos 

Yujanemá 

Frío 

Etehop  ké 

Fruto 

Manen 

Frió 

Penepemok 

Fusil 

Maóá 

G. 


Gallina  Tapié 

Garganta  Yainyespók 

Gato  Emagmivá 

Golpe  Yentiamyá 

Golpear  la  boca  Dipebeaton 

Goma  Yetainye 

Goma  blanca  Maómalik  yetinyé 


Grande  Yetsekü! 

Grande  Yaujuó  bóke 

Gran  casa        Taujaó-Paat 
Gran  hombre  Nenginió 
Gran  mujer     Guaneau-engilbaná 
Guardar  Nalsegansija 


H. 


Hacha 
Hachear 

Tagua 
Enyarteamá 

^  udias 
^  uego 
Junco 

Aktaí 

Gigá-Sigá 

Botchejé 

Lana 

Eteivá 

Lengua 
Lesna 

Henaskolk 
Lektoreahaque 

Puede  que  sea     Yeét 
Que  corra     Erijavá 
Tigre  (cuero)     Kimhavá 


Hacer  camino     Elkay-debóke 
¿Hay  agua?         Kilmen-anek 


J- 


Juego  (agarrados)     Etapenjén 
Juego  pata  coja       Taban-to-emenék 
Juego  animales       Ana-émb 


L. 


Loro 
Luz 


P. 

Q. 

T. 
V. 


Pilspo 
'^atá-endú 


Vaca  Bücá 

Vamos?  Antaijá? 

Vapor,  remar  Totekié 

Vena  Ajaké,  jilmek 


Viento   sud 
Viento  norte 
Vívora  grande 


Eskadmó 

Seadmó 

Alabagton 


CONFERENCIAS 


LA  PROPIEDAD  Y  EL  CULTIVO 


El  golpe  del  hacha  al  derribar  el 
árbol  cae  de  rechazo  sobre  la  cabeza 
de  la  humanidad. 

y.  de  C. 


I. 


Sagrados  é  invir)lables  deben  ser  los  derechos  de  la  propie- 
dad particular,  mientras  que  su  ejercicio  no  ataque  á  los  inte- 
reses públicos. 

ínterin  el  hombre  no  llegue  al  supremo  grado  de  perfección 
moral,  será  la  propiedad  indispensable  para  la  existencia  de  la 
sociedad;  pero  si  alucinados  por  deslumbradoras  teorías  de 
libertad  no  impusiéramos  á  sus  derechos  algunas  restricciones, 
el  uso  impremeditado  de  la  propiedad,  que  quiere  llamarse 
explotación,  cuando  suele  ser  un  verdadero  pillaje,  llegaría  á 
borrar  del  planeta  la  huella  de  la  humanidad. 

El  Génesis,  hoy  en  armonía  con  las  más  recientes  investiga- 
ciones geológicas,  nos  demuestra  que  el  hombre  no  apareció 
á  la  escena  de  la  vida  en  los  primeros  días  de  la  creación ;  sino 
cuando  en  virtud  de  una  serie  de  transformaciones,  la  Tierra 
se  colocó  en  condiciones  para  recibirle. 

Esta  misma  ley  ha  presidido  para  la  aparición  de  cada  uno 
de  los  seres  que  componen  la  gran  cadena  de  la  familia  orgá- 
nica; fieles  servidores  que  durante  largos  años  aguardaban  al 
señor  para  servirle  en  sus  necesidades  y  caprichos. 

Siendo,  pues,  necesarias  para  la  conservación  de  nuestra  es- 
pecie, las  condiciones  que  ofrece  la  naturaleza  durante  el  pe- 


.254 


JUAN    DE    COMINGES. 


ríodo  actual,  debemos  considerar  como  reo  de  lesa  humanidad, 
al  individuo  ó  al  pueblo  que,  por  la  mala  aplicación  de  sus 
tuerzas,  ocasione  desperfectos  que  puedan  turbar  el  admira- 
ble equilibrio  de  la  naturaleza. 

Nadie  duda  que  ese  viento  exterminador  de  la  Provenza, 
conocido  con  el  nombre  de  Mistral,  es  un  azote  de  creación 
humana,  puesto  que  depe  ide  de  haber  talado  los  bosques  que 
hubo  en  otro  tiempo  en  las  montañas  inmediatas  á  Cevennes. 

Hemos  visto  retroceder  en  époc?s  diferentes  á  varios  pue- 
blos de  las  Laudas  de  Burdeos,  ante  las  invasoras  huestes  de 
arena  que  vomita  sin  cesar  el  Golfo  de  Gascuña. 

Vemos  hoy  como  en  ciertos  puntos  de  Suecia,  llega  la  pri- 
mavera quince  días  más  tarde  que  en  el  siglo  pasado. 

Vemos  desaparecer,  poco  á  poco,  bajo  ese  estéril  manto 
de  cristales  que  lanza  el  Pampero,  la  fértil  capa  vegetal  de  las 
pintorescas  costas  uruguayas. 

¿  Dónde  está  la  fertilidad  de  aquellos  campos  cultivados  un 
día  con  tanto  esmero  por  los  Etruscos  y  los  Siculos? 

¿Dónde  las  manzanas  de  ore  del  jardín  de  las  Hespérides? 

¿Dónde  la  leche  y  miel  que  chorreaban  los  decantados  bos- 
ques de  la  Arabia,  la  Persia  y  el  Asia  Menor  ? 

¿Porqué  se  han  extinguido  tantas  civilizaciones? 

¿Por  qué  abandonan  su  patria  fenicios  y  cartagineses.^ 

¿  Por  qné  teutones  y  latinos  acuden  en  tropel  sobre  las  playas 
americanas  ? 

¡  Ah !  Preciso  es  decirlo,  j  Por  la  violencia  con  que  el  hombre 
'^  de  todas  las  edades  ha  tratado  á  su  nodriza  la  tierra!  ¡Por  la 
explotación  brutal  con  que  ha  saqueado  el  suelo,  como  el  sal- 
vaje nómade  de  paso  para  sus  toldos !  j  Porque  esquilmado 
por  él  el  jugo  de  la  tierra,  ya  no  puede  ésta  alimentarle  y  la 
abandona!  ¡Porque  el  hombre,  en  fin,  preocupándose  poco 
de  la  suerte  de  las  generaciones  venideras,  no  se  cuidó  jamás 
de  dejar  mejorada  ó  al  menos  intacta,  la  herencia  que  recibió 
al  nacer,  viniendo  á  pagar  el  parricidio  y  despilfarro,  con  la  or- 
fandad y  miseria  de  la  expatriación. 


CONFERENCIAS 


§5 


Se  considera  á  la  madre  patria  como  una  querida  á  quien  se 
abandona,  cuando  nuestros  excesos  cubren  su  frente  de  arru- 
gas, y  volamos  á  otras  regiones  en  busca  de  pueblos  vírgenes, 
selvas  vírgenes  y  prados  vírgenes. 

También  la  virgen  América,  sufriendo  las  consecuencias  de 
nuestra  intemperancia,  presenta  hoy  en  algunos  puntos  de  Co- 
lombia, el  Brasil,  la  Carolina  y  Alabama,  el  espectáculo  dolo- 
roso de  la  esterilidad,  de  la  decrepitud  y  de  la  muerte  eterna 
de  la  civilización. 

Aquellos  campos,  aquellas  selvas  que  hace  medio  siglo  el 
hacha  y  el  arado  consideraban  inagotables,  hoy  sólo  son  el  pa- 
trimonio de  bestias  feroces. 

Funesta  como  la  del  caballo  de  Atila,  la  huella  humana,  sal- 
tando de  nación  en  nación  y  de  continente  en  continente,  ca- 
mina desde  el  prncípio  de  las  sociedades,  cual  si  tuviera  por 
misión  esterilizar  el  fecundo  seno  de  la  tierra. 

I  Qué  hará  el  hombre  cuando  su  aliento  impuro  haya  conclui- 
do de  marchitar  los  encantos  de  la  América  y  de  la  Oceanía  ? 

En  vano  cual  hijo  pródigo,  regresará  melancólico  y  arreper 
tido  al  regazo  de  la  patria  primitiva,  si  en  ella  no  ha  de  encon- 
trar ni  las  caricias  de  una  madre,  ni  las  comodidades  de  un 
hogar. 

La  naturaleza  es  la  única  madre  que  no  puede  perdonar  los 
extravíos  de  sus  hijos. 

Todavía  resuena  en  los  oidos  de  la  humanidad,  el  eco  de 
aquella  terrible  sentencia  que  la  condenó  á  regar  el  pan  con  el 
sudor  de  su  frente,  y  por  eso  busca  por  erradas  sendas  un 
medio  de  poder  eludir  la  ley  indefectible  del  trabajo . 

Una  parte  embrutecida,  narcotizada,  perezosa  y  entregada 
en  brazos  del  fatalismo,  suprime  todos  los  goces  de  la  exis- 
tencia  á  trueque  de  suprimir  un  esfuerzo.  Racionales  zoófitos, 
paréntesis  de  su  propia  especie,  prescinden  desdeñosos  de  las 
facultades  y  atributos  que  los  elevan  sobre  todos  los  séres^  y 
se  dejan  arrastrar  impávidos  hasta  el  sepulcro,  sin  reclamar 
ninguno  de  sus  derechos  y  sin  cumplir  con  ninguno  de  sus  de- 
beres. 


256  JUAN    DE    COMINGES. 


Otros,  con  más  vehementes  aspiraciones,  abusan  de  su  fuerza 
ó  de  su  destreza  para  emancipar  á  su  raza  de  la  esclavitud  del 
trabajo,  y  luchan,  no  contra  las  fuerzas  de  la  naturaleza,  sino 
contra  otras  razas  más  débiles  á  quienes  no  consideran  como 
hermanas,  sino  como  auxiliares  mecánicos,  sin  pensar  que 
ilotas,  parias,  esclavos,  siervos  y  pecheros,  envenenan  la  tierra 
que  riegan  con  sus  lágrimas  amargas. 

El  suelo,  según  Reclus,  es  un  espejo  donde  se  refleja  el 
grado  de  civilización  de  sus  habitantes;  y  la  tierra  cultiva- 
da por  servidumbre  ignorante,  gasta  sus  fuerzas  en  producir 
abrojos. 

Hay,  en  fin,  otra  parte  de  la  humanidad,  que  se  cree  la  más 
perfecta,  porque  despreciando  todos  los  impulsos  generosos 
del  alma,  sin  veneración  al  pasado,  sin  respeto  al  porvenir  y 
esquivando  con  audacia  todos  los  preceptos  sociales,  corre  fe- 
briciente, desenfrenada,  vertiginosa,  allí  donde  puede  saciar  la 
sed  devoradora  de  sus  falaces  ambiciones  I 

Por  un  puñado  de  oro  cazará  á  sus  semejantes  en  África, 
para  venderlos  en  América. 

Por  un  puñado  de  oro  esquilmará  el  jugo  de  la  tierra  y  des- 
poblará las  selvas. 

Por  un  puñado  de  oro,  en  fin,  exterminará  al  hombre  y  á  la 
patria  del  hombre. 

No.  Mientras  el  hombre  no  conozca  prufundamente  los 
misterios  del  planeta  en  que  reside ;  mientras  ignore  las  verda- 
deras necesidades  de  su  raza,  concederle  sin  límite  alguno  el 
usufructo  de  la  propiedad,  sería  querer  precipitar  el  fin  del  pe- 
ríodo cuaternario. 

Los  títulos  de  propiedad  que  las  leyes  de  todos  los  pueblos 
civilizados  conceden  á  los  que  han  poblado  y  explotado  un  pe- 
dazo de  tierra  durante  algunos  años,  se  extienden  todos  los 
días,  sin  que  la  sociedad  vea  en  este  acto  un  ataque  contra  la 
libertad  del  propietario  primitivo. 

A  ser  este,  señor  absoluto  de  su  finca,  hubiera  permanecido 
siempre  en  tranquila  posesión  de  ella,  sin  que  ningún  intruso 
pudiera  disputarle  su  dominio,  so  pretexto  de  abandono. 


CONFERENCIAS  257 


Venimos,  pues,  en  consecuencia,  de  que  no  es  tan  amplio 
ese  derecho  de  propiedad  que  la  sociedad  concede  al  individuo^, 
sino  que  más  bien  es  un  contrato  que  puede  caducar,  cuando 
se  falte  á  cualquiera  de  sus  estipulaciones. 

Convencidos  los  hombres  de  que  la  propiedad  sin  cultiva 
perjudica  á  la  sociedad,  aceptan  sin  resistencia  la  ley  que  los 
despoja  de  ella,  haciéndola  pasar  á  otras  manos  con  la  precisa 
condición  de  explotarla.  ¿  Por  qué  han  de  alarmarse  si  se  am- 
plía esta  ley,  señalando  un  método  racional  de  explotación  ? 

¿  No  son,  por  ventura,  más  funestas  al  bien  de  la  humanidad 
las  consecuencias  de  una  brutal  explotación,  que  las  que  pue- 
dan resultar  del  abandono  completo  de  la  propiedad  ? 

Es  obligatorio  el  cultivar  la  tierra,  para  que  se  aumente  el 
activo  de  la  humanidad. 

La  explotación  mal  entendida  concluye  con  la  renta  y  con 
el  capital. 

No  se  llena,  pues,  el  fin  que  se  propusieron  los  sabios  le- 
gisladores, cultivando  la  tierra,  sino  cultivándola  bien. 

Hemos  ofendido  á  la  naturaleza ;  le  debemos  una  solemne 
reparación.  Sea  ésta  restituirle  el  primitivo  esplendor  de  que 
nos  hablan  los  sagrados  textos,  y  entonces  se  levantará  para 
nosotros  el  merecido  anatema  del  Paraíso. 

Estamos  á  tiempo  de  volver  sobre  nuestros  pasos. 
Cada  día  que  trascurra  será  más  difícil  la  obra  de  la  recons- 
trucción. 

Las  poderosas  palancas  de  que  puede  disponer  el  hombre 
del  siglo  XIX  facilitarán  la  empresa. 

Entre,  pues,  la  generación  presente  por  tan  noble  camino, 
si  no  quiere  ser  digna  de  la  maldición  de  las  generaciones  ve- 
nideras. 

Mas,  ¿estará  dentro  de  las  facultades  del  hombre,  el  poder 
aumentar  la  belleza  y  lozanía  del  planeta  en  que  reside?  ¿Cómo 
podrá  suavizar  el  rigor  délos  climas?  ¿Cómo  multiplicar  la 
producción  disminuyendo  el  esfuerzo?  ¿Cómo  devolver  la  fer- 
tilidad al  estéril  seno  de  la  caduca  tierra  ? 

16 


258  JUAN    DE   COMINGES. 


El  día  en  que  inspirados  los  legisladores  en  el  amor  hacia 
la  raza,  prescindan  de  cobardes  contemplaciones  hacia  el  indi- 
viduo, dictarán  leyes  en  que  impidan  la  destrucción  de  los  bos- 
ques, no  consentirán  cercar  la  propiedad  sino  por  medio  de 
árboles  y  ordenarán  la  rotación  de  las  cosechas. 


II 


La  gran  cadefta  de  la  familia  orgánica,  desde  el  impercepti- 
ble  utrículo  esférico  que  constituye  una  criptógama,  hasta  el 
bípedo  racional  que  se  llama  hombre,  está  formada  de  una 
serie  de  eslabones,  cuya  vida  se  manifiesta  con  mayor  ó  menor 
actividad ;  pero  tan  indispensable  cada  uno  de  ellos  á  la  exis- 
tencia de  todos  los  demás,  que  con  la  desaparición  del  más 
insignificante  miembro  de  esta  familia,  con  la  ruptura  del 
más  humilde  eslabón,  vendría  tal  vez  el  exterminio  de  cuanto 
vive,  crece  y  siente  sobre  la  faz  de  la  tierra. 

Antes  de  que  el  carbono,  hidrógeno,  oxígeno  y  ázoe  puedan 
transformarse  en  materia  orgánica;  antes  que  esta  materia  or- 
gánica pueda  servir  á  la  nutrición  de  los  animales  y  vegetales 
más  perfectos,  necesita  pasar  por  una  serie  de  combinaciones, 
cuyos  misterios  empiezan  á  cumplirse  dentro  de  los  más  sim- 
ples organismos  de  los  zoosporos  é  infusorios. 

En  este  primer  ensayo  de  la  vida,  está  compendiada  toda  la 
omnipotencia  del  poder  creador;  pues  tanto  el  gigantesco  cedro 
en  el  orden  vegetal,  como  el  hombre  en  el  orden  animal,  no 
parecen  sino  las  consecuencias  fatales  del  primer  impulso. 

Precursores  de  razas  más  y  más  perfeccionadas,  estos  mi- 
croscópicos seres,  que  nada  podían  recibir  de  las  rocas  sobre 
que  descansaban,  crecieron  y  se  multiplicaron  sólo  á  expensas 
de  la  atmósfera,  depositando  en  el  fondo  de  mares  y  lachos  gran- 
des acumulaciones  de  restos  orgánicos,  que  más  tarde  habían 


CONFERENCIAS  259 


1 

de  ser  el  alimento  de  otros  individuos  de  organismo  más  com- 
plicado. 

No  sólo  sirvieron  á  los  fines  de  la  naturaleza,  siendo  el  ori- 
gen de  la  vida,  sino  tornando  al  ambiente  respirable,  al  asimi- 
larse los  mortíferos  gases,  que  por  su  medio  se  transforman 
en  principios  nutritivos. 

Hijos  de  la  misma  madre,  confundidos  en  el  origen  y  com- 
pañeros en  la  cuna,  animales  y  vegetales  vivieron  desde  el 
principio  como  buenos  hermanos,  prestándose  mutuo  apoyo, 
poblando  y  embelleciendo  la  tierra. 

Las  plantas  pedían  prestados  á  la  atmósfera  y  al  suelo  algu- 
nos gases  y  algunas  sustancias  orgánicas  diluidas,  que  devol- 
vían á  los  animales  bajo  la  forma  de  sabrosos  frutos,  y  los 
animales  pagaban  este  beneficio  enriqueciendo  el  suelo  con  las 
deyecciones  durante  la  vida  y  con  su  propio  cuerpo  en  el  día 
de  su  muerte. 

Obedeciendo  á  estas  leyes  de  exaltación  y  abatimiento; 
girando  sin  cesar  en  ese  eterno  círculo  de  la  vida;  ora  conver- 
tida en  infectos  miasmas,  ora  en  delicados  perfumes;  ya  for- 
mando la  brillante  corola  de  las  flores,  ya  el  asqueroso  gusano; 
tan  pronto  animada  y  resplandeciente,  por  todos  los  encantos 
de  la  vida,  como  abatida  y  repugnante,  por  todos  los  extragos 
de  la  muerte;  pero  purificándose  siempre  más  y  más  al  pasar 
por  el  crisol  de  sus  infinitas  transformaciones,  vino  la  materia 
á  ser  digna  de  constituir  el  complicado  organismo  donde  se 
guarece  el  alma  racional. 

Hallóse  el  hombre  solo,  abandonado  y  lleno  de  necesidades 
en  medio  de  una  naturaleza  desconocida. 

Débil  para  resistir  las  fuerzas  del  elefante,  torpe  para  seguir 
al  ciervo  en  su  carrera,  y  delicado  para  sufrir  desnudo  los  rigo- 
res de  la  temperatura,  envidió  las  greñas  del  león,  la  vista  del 
lince,  el  olfato  del  perro,  las  alas  del  ave,  y  hasta  las  armas  del 
tigre  y  la  tortuga. 

Al  tender  su  mirada  sobre  el  armonioso  conjunto  de  tantos 
seres  que  cumplían  estrictamente  los  misteriosos  deberes  de 


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260  JUAN    DE    COMINGES. 


I  la  existencia,  creyóse  el  animal  más  imperfecto  de  la  creación. 

Adormecidos  todavía  los  gérmenes  de  su  inteligencia,  se  vio 
extranjero  en  la  patria  donde  había  de  reinar  el  día  en  que 
despertaran  todas  sus  facultades. 

Este  día  no  ha  llegado. 

Cobarde  y  egoísta,  porque  su  ignorancia  no  le  deja  pre* 
sentir  toda  la  extensión  de  su  período,  y  desconfiado  del  por- 
venir, sólo  se  ocupa  de  acumular  todo  aquello  que  pueda 
satisfacer  sus  necesidades  y  caprichos  del  presente,  aunque 
para  ello  tenga  que  exterminar  á  la  naturaleza,  y  acabar  con 
los  últimos  vestigios  de  su  raza. 

No  administra  ni  mejora  su  propiedad,  como  rey  y  señor  de 
ella;  la  saquea  y  despilfarra,  como  bárbaro  invasor. 

Presuntuoso  y  soberbio  cuando  logra  arrancar  algún  secreto 
á  la  naturaleza,  se  cree  una  divinidad  y  cae  en  el  abismo  de 
su  ignorancia,  como  el  ángel  rebelde  de  las  escrituras  y  el 
titán  de  la  mitología. 

La  honda,  el  arco,  el  rémington,  la  palanca,  el  vapor,  la  elec- 
tricidad; unos  cuantos  pasos  dados  por  el  camino  del  progreso, 
para  los  que  ha  necesitado  millares  de  siglos,  han  llegado  á 
hacerle  proclamar  que  estamos  en  el  siglo  de  las  luces. 

¡Que  respondan  esas  feraces  regiones,  habitadas  todavia 
por  indómitos  salvajes! 

¡Que  contesten  los  infelices  africanos,  cuyas  carnes  se  flage- 
lan diariamente,  con  el  látigo  de  la  esclavitud! 

¡Que  hablen  esos  hijos  desheredados  de  todas  las  naciones 
de  la  tierra,  sobre  quienes  pesan  todos  los  deberes,  sin  ser 
merecedores  de  ninguno  de  sus  derechos! 

¡Que  lo  afirmen  esos  honrados  y  laboriosos  artesanos,  es- 
clavos blancos  que  vemos  morir  de  hambre  cada  día,  sobre  el 
barnizado  pavimento  de  las  opulentas  ciudades  de  la  culta 
Europa! 

¡Que  digan,  en  fin,  si  estamos  en  el  siglo  de  las  luces,  esos 
paraísos  contemporáneos,  tornados  en  verdaderos  infiernos 
por  la  ignorancia  y  la  desidia  humana! 


CONFERENCIAS  201 


Extranjero  será  el  hombre  en  la  patria  cuyo  imperio  le  está 
destinado,  ínterin  se  haga  sordo  á  las  protestas  de  la  natu- 
raleza. 

La  humanidad  no  ha  pasado  todavía  del  período  de  la  ado- 
lescencia, supuesto  que  como  niña,  no  sabe  aprovechar  los 
escarmientos  de  su  raza. 

Para  ser  aclamada  reina  de  la  naturaleza,  para  entrar  en 
completa  posesión  de  sus  derechos,  y  para  arraigar  su  dinas- 
tía, necesita  tener  muy  estudiado  el  inventario  de  sus  domi- 
nios; y  en  vez  de  contrariar,  favorecer  las  buenas  tendencias 
de  su  pueblo. 

Esta  naturaleza  que  con  el  solícito  esmero  de  una  madre 
previsora,  pasó  siglos  y  siglos  en  preparar  cuauto  podía  servir 
á  las  necesidades  y  placeres  del  hijo  que  esperaba,  ha  recibido 
en  pago  de  su  ternura  la  más  cruel  de  todas  las  ingratitudes; 
pues  ve  por  él  desgarradas  sus  brillantes  galas,  marchitos  sus 
encantos,  turbada  su  armonía  y  á  punto  de  agotarse  sus  fuer- 
zas productoras. 

Con  razón  el  hombre  ha  sido  condenado  á  ganar  el  pan  con 
el  sudor  de  su  frente. 

Ha  llegado  el  momento  en  que  ni  este  sacrificio  le  basta 
para  satisfacer  las  más  precisas  necesidades  de  la  vida. 


III 


Entre  los  estragos  causados  á  la  naturaleza  por  la  mano 
destructora  del  hombre,  descuella  en  primera  línea  el  descuaje 
de  sus  montes  y  bosques. 

Esas  escarpadas  cadenas  de  montañas  que  se  levantan 
como  espina  dorsal  de  los  continentes,  cuando  están  adornadas 
con  la  espléndida  cabellera  de  la  vejetacion,  son  la  divinidad 
protectora  de  los  pueblos  que  viven  á  sus  plantas. 


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262 


JUAN    DE    COMINGES. 


Miles  de  siglos  han  necesitado  para  poblarse,  desde  el  día 
en  que  las  marejadas  de  la  masa  incandescente  las  arrojaron 
al  exterior.  Inauditos  esfuerzos  han  realizado  las  plantas,  para 
taladrar  con  sus  delicadas  raíces  estas  moles  cristalinas  de 
cuarzo,  pórfido  y  granito. 

Si  los  estrechos  límites  de  un  artículo  nos  permitieran  seguir 
paso  á  paso  cada  uno  de  los  fenómenos  que  han  tenido  que 
realizarse  para  hacer  agradable  la  morada  humana,  seguiría- 
mos con  los  ojos  del  pensamiento  la  huella  de  las  infinitas  es- 
pecies que  se  han  sucedido  y  veríamos  como  cada  una  de  ellas 
después  de  allanar  el  camino,  ha  hecho  el  sacrificio  de  su 
existencia,  para  entregar  su  cuerpo  á  la  voracidad  de  las  espe- 
cies sucesivas. 

Veríamos  como  el  diminuto  esporo  de  un  liquen  se  fija  sobre 
la  más  pulimentada  roca  de  la  montaña,  creciendo  y  multipli- 
cándose en  ella,  y  formando  rápidamente  en  su  contorno  una 
inmensa  sociedad  de  la  misma  especie;  foco  de  donde  parten 
embarcadas  en  una  ráfaga  de  viento,  numerosas  emigraciones 
de  nuevos  esporos,  que  á  su  vez  pueblan  los  más  remotos 
confines. 

Veríamos  como  sus  células  aglomeradas  forman  asperezas, 
que  son  verdaderos  recipientes  esponjosos,  donde  al  conden- 
sarse los  vaporea  de  la  atmósfera  penetra  el  agua,  que  poco  á 
poco  se  introduce  por  los  intersticios  de  las  moléculas  minera- 
les, y  que  al  congelarse,  se  transforma  en  la  poderosa  palanca 
que  va  levantando  molécula  á  molécula,  la  prodigiosa  cantidad 
de  cristales  que  constituyen  al  fin  lo  que  llamamos  tierra. 

Veríamos  cambiar  la  forma  y  disminuir  el  volumen  de  los 
continentes  con  este  lento  trabajo  de  la  naturaleza,  que  tiene 
por  objeto  inmediato  el  ensanchar  los  dominios  del  hombre, 
rellenando  los  mares  y  lagunas,  y  formando  en  su  lugar  los 
más  fértiles  y  pintorescos  valles. 

Veríamos,  en  fin,  aparecer  sucesivamente  algas,  liqúenes, 
setas,  musgos,  epáticas,  colas  de  caballo,  licopodios,  heléchos, 
marsileas,  etc.,  seres  cada  vez  más  perfeccionados,  que  empe- 


CONFERENCIAS  202 


zaron  acaso  con  la  invisible  vexícula  del  Protococcus  y  termi- 
naron con  esos  enormes  heléchos  arbóreos,  sigiliarias  y  cala- 
mitas que  hoy  se  han  descubierto  en  las  entrañas  de  la  tierra, 
mostrándose  como  las  economías  de  una  madre  cariñosa,  en 
previsión  del  despilfarro  de  sus  hijos. 

Pulverizados  y  combinados  en  justas  proporciones  los  ele- 
mentos de  las  diferentes  rocas,  y  mezclados  con  ellos  los  restos 
de  tan  numerosos  criptógamos,  nada  faltaba  para  la  aparición 
de  los  vegetales  más  perfectos;  por  eso  se  poblaron  de  cama- 
lotes  losrios,  de  juncos  los  pantanos,  de  cereales  las  llanuras  y 
de  gigantes  árboles  las  laderas  de  las  montañas,  donde  quiera 
engalanando  el  suelo  con  el  verde  tapiz  de  la  vegetación. 

La  misma  hora  que  señaló  la  aparición  del  hombre,  sonó 
también  para  la  destrucción  del  reino  vegetal. 

Sigamos  el  rastro  desolador  que  presenta  la  destrucción  de 
los  bosques,  y  habremos  encontrado  el  camino  andado  por  la 
humanidad  en  sus  infinitas  peregrinaciones. 

Del  mismo  modo  que  al  llegarlos  primeros  albores  de  la  pri- 
mavera, salen  del  hueco  tronco  los  nuevos  enjambres,  así 
también  de  aquellas  sociedades  primitivas,  verdaderas  colme- 
nas humanas,  fueron  saliendo  tribus  en  busca  de  más  dilatados 
horizontes,  donde  cumplir  los  deberes  de  su  existencia. 

Sigamos  á  cualquiera  de  ellas,  y  veremos  cómo  después 
de  atravesar  los  más  áridos  lugares,  llega  por  fin  á  establecer 
sus  toldos  en  un  pintoresco  valle,  por  donde  juguetea  un  man- 
so arroyo  que  desciende  de  una  colina  poblada  de  frondosos 
árboles. 

Tributa  la  muchedumbre  adoración  al  bosque,  porque  sus 
ancianos  han  escuchado  el  melodioso  acento  de  purísimas  ninfas 
inmortales,  que  sustraídas  ala  vista  humana,  viven  en  el  tronco 
de  las  encinas,  desde  dónde  han  prometido  á  la  colonia  todo 
género  de  prosperidades,  siempre  que  el  hacha  destructora 
no  profane  su  castísima  morada.  Por  eso,  sumisos,  se  ampa- 
ran bajo  la  protectora  tutela  de  sus  nuevas  divinidades,  de 
quienes  todo  lo  esperan. 


204  JUAN    DE    COMINGES. 


Sagrado  templo  será  en  adelante  la  selva  que  guarda  sus 
dioses  tutelares. 

Hay  en  los  contornos  lugares  malditos  donde  reina  la  de- 
solación y  la  muerte;  donde  pestilentes  miasmas  envenenan  el 
ambiente;  donde  terribles  huracanes  remueven  furiosas  ma- 
rejadas de  arena;  donde  pululan  dragones  que  matan  con  la 
mirada.  Allí  se  descubren  todavia  los  vestigios  de  alguna  tri- 
bu, que  desobediente  é  ingrata  provocó  las  iras  de  sus  nú- 
menes,  al  destruir  el  sagrado  recinto  de  los  bosques. 

Las  grandes  mercedes  que  reciben  á  cada  paso,  avivan  la 
fé  y  el  entusiasmo  religioso  de  los  nuevos  pobladores. 

Cuando  falta  alimento  á  sus  ganados,  porque  los  rayos  de 
un  sol  canicular  han  marchitado  los  pastos  de  la  verde  pra- 
dera y  agotado  los  frescos  manantiales,  los  espíritus  protec- 
tores penetran  en  el  organismo  de  las  plantas  para  convertir- 
b.s  en  bombas  .aspirantes,  en  sifones  que  perforan  y  atraen  el 
agua  de  las  arterias  de  la  tierra,  en  incansables  alquitaras  que 
saturan  el  aire  con  los  vapores  de  su  aliento,  que,  aunque  in- 
visible en  el  espacio  templado  de  la  lisura,  se  denuncia  como 
blanca  nube  entre  las  elevadas  masas  de  vegetación  que  coro- 
nan la  montaña,  y  se  condensan  por  fin  á  su  frío  contacto, 
viniendo    á    caer    como  rocío  fecundante   sobre   la  sedienta 

llanura. ' 

Esos  mismos  vendavales  que  llevan  el  exterminio  á  la  re- 
gión maldita,  impregnados  de  la  humedad  que  recogieron 
pasando  por  dilatados  mares,  al  chocar  furiosos  contra  la  selva^ 
se  elevan  á  las  regiones  frías  del  espacio,  para  que  desde  allí 
se  precipiten  sus  vapores,  transformados  en  blanquísimos 
copos  de  nieve. 

El  frío  de  las  alturas,  de  acuerdo  con  los  graciosos  paraso- 
les de  los  árboles,  conserva  estos  perpetuos  ventisqueros,  que 
fundiéndose  poco  á  poco  y  resbalando  por  entre  las  grietas 
de  las  rocas,  originan  la  cascada  que  mueve  sus  simples  arte- 
factos, el  arroyo  que  riega  sus  vegas,  el  río  que  les  ofrece  su 
abundante  pesca  y  la  fuente  donde  la  náyade  permite  satisfa- 
cer los  sedientos  labios. 


CONFERENCIAS  20 


El  espeso  follaje  del  sagrado  recinto  no  deja  penetrar  el 
frío  de  los  polos  ni  los  vientos  abrasadores  de  la  zona  tórrida. 
Atenuado  por  él  el  rigor  de  las  estaciones,  disfruta  esta  comar- 
ca la  dulce  temperatura  de  una  primavera  eterna. 

Los  restos  vegetales  que  allí  se  acumulan  con  el  transcurso 
de  los  siglos,  arrastrado ;  por  los  torrentes  y  esparcidos  sobre 
la  superficie  de  los  valles,  devuelven  á  la  tierra  fatigada  el 
vigor  perdido  en  los  esfuerzos  de  la  producción. 

Lanzas  y  flechas  para  defenderse  de  las  fieras  y  cazar  las 
aves;  juncos  y  verde  musgo  para  fabricar  su  mullido  lecho; 
incienso  y  flores  para  perfumar  la  tumba  de  sus  héroes;  ves- 
tido, albergue  y  fuego  para  resistir  al  clima;  delicados  caldos, 
nutritivas  pastas  y  sabrosos  frutos,  con  que  regalarse  en  sus 
festines;  medicinas  que  curen  sus  dolencias;  piraguas  para  des- 
lizarse sobre  los  ríos,  todo  cuanto  puede  satisfacer  las  necesi- 
dades y  embellecer  la  existencia  de  la  tribu,  está  previsto  por 
la  divinidad  tutelar  que  reina  en  el  bosque;  todo,  desde  la  cuna 
donde  duerme  el  primer  sueño  de  la  inocencia,  hasta  el  féretro 
donde  descansa  con  el  sueño  de  la  eternidad. 

No  es  merecedor  de  elegir  compañera  entre  las  vírgenes  de 
la  tribu,  el  mancebo  que  no  haya  plantado  por  su  mano  algu- 
nos centenares  de  árboles;  por  eso  los  montes  se  extienden  al 
par  que  los  colonos  se  multiplican. 

Pero  pasa  la  infancia  de  aquella  primitiva  sociedad.  Des- 
piértase en  ella  el  sentimiento  de  su  independencia;  pierden 
su  autoridad  los  ancianos  de  la  tribu  y  su  culto  los  genios  de 
la  selva;  rómpense  las  viejas  tradiciones,  erígense  divinidades 
más  sensuales,  fabrícanse  templos  donde  levanten  su  voz  los 
oráculos,  edifícanse  ciudades  opulentas  como  Palmira,  Tebas, 
Jericó  y  Gomorra:  levántanse,  por  fin,  torres  de  Babilonia,  ba- 
luartes con  que  la  ignorancia  y  la  soberbia  humana  quieren  de- 
safiar el  poder  de  los  cielos. 

Más,  ay!  Aquellos  majestuosos  bosques,  bajo  cuya  sombra 
tranquila  trascurrieron  felices  las  horas  de  la  inocencia;  aquellos 
templos  perfumados,  donde  se  rendía  culto  sencillo  á  los  espi- 


266 


JUAN    DE    COMINGES. 


rituales  genios  de  la  naturaleza,  ya  no  existen;  con  sus  despo- 
jos se  han  alzado  templos  y  alcázares,  donde  se  tributa  pueril 
idolatría  á  monstruos  de  bronce  y  de  granito;  y  lo  que  es  peor, 
á  monstruos  humanos. 

Los  sabrosos  pastos  del  pintoresco  valle  se  han  marchitado 
para  no  reverdecer  jamás;  pero  en  cambio  la  civilización  les 
ha  concedido  caprichosos  mosaicos  y  mullidas  alfombras  de 
Persia. 

Desnudas  las  montañas,  sólo  presentan  su  tétrico  esqueleto 
de  granito;  no  hay,  pues,  el  temor  de  una  emboscada  por 
parte  de  sus  astutos  enemigos. 

Las  secas  corrientes  de  la  atmósfera,  las  blancas  rocas  y  la 
calcinada  tierra,  apenas  consienten  el  desarrollo  de  algún  cac- 
tus solitario,  que  se  levanta  en  la  llanura  como  fúnebre  cande- 
labro ante  los  despojos  de  la  muerte.  No  importa;  sobre  las 
azoteas  de  los  palacios  se  ostentan  fantásticos  jardines,  de 
donde  surgen  fuentes  perfumadas. 

Las  conquistas  del  arte  han  dominado  á  la  naturaleza;  y 
como  las  leyes  de  la  guerra  conceden  al  vencedor  la  vida  del 
vencido,  la  naturaleza  sufre  resignada  las  consecuencias  de  su 
derrota. 

La  impetuosidad  de  los  torrentes  producidos  por  el  primer 
rayo  de  sol  que  funde  la  nieve  de  las  alturas,  dejó  profundas 
huellas  en  el  valle  ya  cubierto  de  enormes  bloques,  de  menu- 
dos guijarros  y  de  voladoras  arenas.  Los  ríos,  arroyos  y  cas- 
cadas; los  perfumes,  los  gorgeos,  las  esbeltas  cabanas;  las 
doradas  mieses,  los  blancos  rebaños:  todo  ha  desaparecido. 
El  genio  de  los  bosques  se  ha  vengado  de  los  ultrajes  de  la 
soberbia  tribu.  Los  límites  del  campo  maldito  se  han  dilatado. 
El  hombre  ha  emigrado  en  busca  de  un  nuevo  edén  donde 
sembrar  el  germen  del  exterminio. 

¡Árbol!  ¡Compañero  inseparable  de  la  existencia  humana, 
desde  la  aurora  de  la  vida,  hasta  el  crepúsculo  de  la  muerte! 
¡Solícito  protector  de  nuestra  debilidad!  ¡Manantial  incansable 
de  ternura!  ¡Eterno  y  fiel  amigo,  que  sólo  te  alimentas  del 


CONFERENCIAS  267 


corrompido  aliento  que  exhalamos,  tornándonos  en  cambio 
brisas  perfumadas!  |Tú,  que  humilde  y  resignado  te  ofreces  en 
perpetuo  sacrificio  en  honor  del  ser  más  egoista  de  la  crea- 
ción! ¡tú,  que  le  brindas  espontáneamente  tus  frutos,  sin  recla- 
mar siquiera  la  retribución  de  las  labores  ¿qué  hiciste  para 
merecer  en  pago  de  tus  bondades  la  persecución  y  la  muerte? 
¿Por  ventura  has  excitado  las  iras  de  un  hermano  envidioso, 
con  el  ejemplo  de  tus  virtudes?  Deten,  mano  destructora,  el 
golpe  criminal  del  hacha  con  que  amenazas  al  árbol,  si  no 
quieres  que  irritada  la  naturaleza  te  pregunte  de  nuevo;  Cain, 
¿qué  has  hecho  de  tu  hermano? 


IV 


Poderoso  es  el  conjunto  de  los  esfuerzos  humanos,  cuando 
combate  contra  los  esfuerzos  de  la  naturaleza. 

Humilde  y  resignada  esta  madre  cariñosa,  recibe  los  golpes 
que  le  asesta  el  hijo  ingrato,  á  quien  sigue  prodigando  sus 
caricias  mientras  conserva  un  resto  de  existencia.  Su  amor  in- 
tenso la  suministra  maravillosos  recursos,  con  que  prolongar 
una  vida  que  desea  para  no  dejar  huérfana  á  la  humanidad. 

Lágrimas  de  savia  vierte  la  selva  al  sentirse  herida  por  el 
hacha  del  leñador,  que,  cual  cobarde  buitre,  satisface  sus  ins- 
tintos feroces  en  la  víctima  indefensa. 

Entre  los  antiguos  romanos,  los  padres  tenían  el  derecho  de 
matar  á  sus  hijos.  Los  hijos  del  siglo  XIX  tienen  el  derecho 
de  matar  á  su  madre. 

¿Quién  salvará  los  bosques  de  la  América  del  Sud  de  las 
manos  de  unos  cuantos  propietarios,  cuyos  legales  títulos  les 
conceden  hasta  el  derecho  de  exterminarlos? 

¿Seremos  eternamente  sordos  á  las  protestas  de  la  natu- 
raleza? 


268  JUAN    DE    COMINGES. 


¿No  han  de  aprovecharnos  las  severas  lecciones  sufridas,  á 
causa  de  la  barbarie  de  nuestros  antepasados? 

¿Hemos  de  desdeñar  como  absurdas  teorías,  las  más  paten- 
tes demostraciones  de  la  ciencia? 

¿Querremos  tener  más  dominio  sobre  el  terreno  de  que  esta- 
mos en  posesión,  que  el  que  las  leyes  nos  conceden  sobre 
nuestra  propia  existencia? 

¿Han  de  alcanzar  los  derechos  de  propiedad  hasta  conceder- 
nos la  facultad  de  extinguir  á  la  naturaleza? 

¿Por  qué  hemos  de  estar  autorizados  para  destruir  á  nuestra 
raza,  cuando  no  lo  estamos  siquiera  para  destruirnos  á  nos- 
otros mismos? 

¿No  está,  por  ventura,  probado  hasta  la  evidencia,  que  el 
golpe  del  hacha  al  derribar  el  árbol,  cae  de  rechazo  sobre  la 
cabeza  de  la  hamanidad? 

La  extinción  de  los  árboles  traería  consigo  la  extinción  de 
la  sociedad.  Prescindiendo  de  los  méritos  morales,  la  ciencia 
económica  fija  el  valor  material  de  cada  hombre,  de  cada  uno 
de  los  animales  más  perfectos  de  la  creación,  en  un  precio,  que 
no  alcanza  á  las  dos  terceras  partes  de  lo  que  vale  en  los  mer- 
cados, cualquiera  de  los  individuos  más  perfectos  del  reino 
vegetal . 

Mil  libras  esterlinas  se  han  pagado  en  Londres,  al  distingui- 
do español  don  Pastor  Pérez  de  Lasala,  por  el  cedro  que  figuró 
en  la  Exposición  de  Córdoba;  y  aquel  árbol  no  alcanzaba  á  la 
mitad  del  desarrollo  de  otros  de  la  misma  especie,  que  hemos 
tenido  la  dicha  de  contemplar  en  las  majestuosas  selvas  tucu- 
manas. 

Si  está  prohibido  por  las  leyes  asesinar  al  hombre  directa- 
mente, ¿por  qué  ha  de  ser  lícito  asesinar  á  la  humanidad  por 
carambola? 

Está  probada  la  deficiencia  de  estas  leyes,  desde  que  el  hom- 
bre ha  encontrado  el  modo  de  eludirlas,  con  perjuicio  de  su 
propia  raza. 

La  reforma  de  los  códigos  es,  pues,  indispensable. 


CONFERENCIAS  269 


¿Será  urgente? 

La  necesidad  del  combustible,  las  construcciones  urbanas, 
las  artes  mecánicas,  la  marina,  las  industrias  en  general,  ex- 
traen de  los  bosques  aquella  primera  materia  que  llena  las 
necesidades  de  los  pueblos  cultos,  al  transformarse  en  fuego, 
muebles,  edificios,  utensilios,  engranajes,  aparatos,  barcos, 
traviesas  de  ferro-carril,  tejidos,  colores  y  hasta  calor  para 
alimentar  á  las  locomotoras. 

La  naturaleza,  que  concedería  gustosa  la  satisfacción  legíti- 
ma de  nuestros  deseos,  no  puede  sobrevivir  á  las  consecuencias 
de  nuestro  despilfarro,  v 

» 

Si  el  propietario  de  un  rebaño  matara  una  res  cada  vez  que 
deseara  un  pellón  para  su  montura,  ó  un  cuajo  para  sus  que- 
cos, ó  una  lengua  para  satisfacer  su  apetito;  en  una  palabra, 
si  hiriese  á  diestra  y  siniestra  sin  reparar  en  clase,  sexo,  ni  es- 
tado físico,  ¿cuánto  tardaría  en  quedarse  sin  ovejas.?^ 

El  dueño  de  un  monte,  corta  los  árboles  enteros  cuando 
necesita  leña,  sin  cuidarse  de  averiguar  si  cortado  en  épocas  ó 
estaciones  diferentes,  darían  más  pingües  resultados,  y  queda- 
rían las  raíces  en  aptitud  de  brotar  de  nuevo  tallos  cada  vez 
más  vigorosos. 

Cuando  desea  taninos  para  la  industria  de  curtidos,  derriba 
por  el  pie  al  gigante  sevil,  saca  con  toda  comodidad  su  corte- 
za, y  abandona  los  restos  á  la  naturaleza,  quien  acaso  ofendida 
los  destina  á  producir  el  incendio. 

Si  es  madera  solamente  lo  que  necesita,  separa  la  troza  más 
aprovechable  para  el  inmediato  objeto,  y  la  arrastra  hasta  su 
morada,  dejando  entre  la  espesura  del  matorral,  las  ramas,  las 
astillas  y  la  corteza. 

No  vacila,  en  fin,  en  derribar  el  más  robusto  habitante  de 
sus  bosques,  cuando  quiere  alcanzar  alguna  fruta  silvestre,  al- 
guna linda  parásita,  alguna  flor,  algún  ave  ó  alimaña  herida. 

Este  dueño  se  ama  á  sí  mismo  lo  bastante  para  no  limitar 
sus  necesidades  y  caprichos,  y  ama  también,  si  los  tiene,  á  sus 
hijos  y  á  sus  nietos,  para  quienes  considera  que  han  de  alean- 


270  JUAN    DE    COMINGES. 


zar,  á  pesar  del  despilfarro,  lefias,  curtientes,  maderas  y  frutas. 
En  cuanto  á  la  suerte  de  las  demás  generaciones,  permanece 
indiferente;  porque  sabe  que  no  han  de  lastimarle  los  oídos 
con  las  lamentaciones  de  su  segura  miseria. 

No  siempre  sucumben  los  bosques  víctimas  de  una  irrefle 
xiva  explotación,  que  los  arrastre  gradualmente  al  aniquila- 
miento. Algunas  veces  basta  el  corto  período  de  un  año,  para 
ver  transformados  en  campos  cultivados,  los  más  extensos  é 
impenetrables  bosques. 

Hay  un  daño  todavía  de  consecuencias  más  fatales  que  la 
tala,  el  incendio  y  el  descuaje.  Este  daño  es  el  que  resulta 
de  la  invasión  perpetua  de  los  ganados. 

El  reino  vegetal  tiende  á  su  conservación. 

Por  desatinado  que  sea  el  plan  de  aprovechamiento,  nunca 
es  tan  completo  el  extrago  que  no  se  sustraigan  de  él  algunas 
semillas,  ramas  ó  raíces,  con  las  que,  en  pocos  años,  se  repo- 
blarían los  montes  más  destruidos,  siempre  que,  cesando  la 
persecución,  seles  abandonase  á  las  fuerzas  déla  naturaleza. 

Mas  esto  no  sucede;  porque  los  tiernos  individuos  que  des- 
precia el  hacha  exterminadora,  no  escapan  á  la  huella  y  diente 
de  los  animales  invasores. 

El  tierno  y  jugoso  vastago  que  procede  del  retoño  de  una 
raíz,  de  un  acodo  natural,  de  un  esqueje  ó  de  la  germinación 
de  un  grano,  es  hollado  ó  comido  cuantas  veces  intenta  aso- 
mar sus  verdes  hojas  á  la  superficie  de  la  tierra. 

Cuando  cruza  el  naturalista  por  los  extensos  palmares  de 
Cerro-Largo,  en  la  República  Oriental,  donde  sólo  aparecen 
individuos  adultos;  al  ver  el  cuadro  desolador  de  aquella  socie- 
dad, que  cual  todas  camina  á  la  muerte,  pero  sin  el  consuelo 
de  la  reproducción,  al  interrogar  la  naturaleza,  responden  los 
anillos  de  los  estípites:  «hace  siglo  y  medio  que  las  charquea- 
das de  Olimar  y  Cebollatí  viven  á  expensas  de  la  sangre  de 
nuestros  hijos». 

Los  bosques  de  la  República  Argentina,  donde  ha  penetra- 
do ya  ese  preludio  de  civilización  que  se  llama  ganadería,  se 
encuentran  en  el  mismo  caso. 


CONFERENCIAS  2  7  I 


Restemos  cuatro  ó  cinco  años  de  la  edad  del  individuo  más 
joven,  y  tendremos  la  fecha  de  la  población  de  aquellas  es- 
tancias. 

Inmensos  tesoros  de  vegetación  pueblan  las  faldas  de  San 
Javier  y  de  Aconquija;  pero  no  ha  alcanzado  ni  alcanzará  jamás 
el  poder  de  Sarmiento,  á  reunir  algunos  ejemplares  jóvenes  de 
tipas  y  cedros  tucumanos,  para  embellecer  su  querido  parque 
de  Palermo. 

Es  urgente  el  remedio. 

Un  siglo  más  de  indiferencia  por  parte  de  los  legisladores, 
y  sonarán  para  el  continente  Sud-Americano  los  ecos  aterrado- 
res de  las  trompetas  de  Jerícó. 


PROTECCIÓN  A  LA  INDUSTRIA 


CONFERENCIA  PRONUNCIADA  EN  EL  LOCAL 

DÉLA  «Unión  Industrial  Argentina,»  el  i 6  de  mayo  de  1890, 


Señores: 

Cumpliendo  los  estatutos  de  la  Unión  Industrial,  su  Comi- 
sión Directiva  acaba  de  inaugurar  una  serie  de  conferencias, 
que  tiendan  á  remover  los  obstáculos  que  se  oponen  á  la 
marcha  progresiva  de  nuestras  nacientes  industrias,  y  á  mí, 
el  más  indigno  de  los  miembros  de  esta  -asociación,  me  ha 
cabido  la  honra  de  ser  uno  de  los  designados  para  tomar  en 
ellas  parte  activa,  lo  que  atribuyo,  ya  que  no  puedo  á  mis 
aptitudes,  á  la  buena  voluntad,  que  todos  me  reconocen,  cuan- 
do se  trata  de  servir  á  un  país,  que  aunque  no  fuese  la  patria 
de  mis  hijos  y  mis  nietos,  debería  amarle  por  ser  tan  espléndido 
en  su  naturaleza  como  en  sus  instituciones  y  porque  es  la  tabla 
salvadora  de  todos  los  náufragos  del  viejo  mundo. 

El  momento  elegido  por  los  representantes  de  la  industria 
para  iniciar  estas  conferencias,  parece,  á  primera  vista,  el  más 
oportuno,  no  tan  sólo  porque  es  aquel  en  que  los  industriales 
se  sienten  más  necesitados  de  la  protección  del  país,  sino  por- 
que también  es  aquel  en  que  el  país,  por  una  muy  dolorosa 
experiencia,  ha  venido  á  penetrarse  de  la  necesidad  de  fomen- 
tar sus  industrias  para  ser  verdaderamente  rico  y  verdadera- 


V 


CONFERENCIAS  273 


mente  independiente  y  para  poder  afrontar  con  ánimo  sereno 
las  funestas  veleidades  de  esa  deidad  coqueta  que  se  llama  oro, 
á  cuyos  caprichos  despóticos  tienen  que  someterse  sin  protesta 
los  pueblos  que  no  saben  defenderse  con  las  armas  de  la  in- 
dustria. 

Pero,  Señores: 

No  nos  hemos  reunido  en  este  recinto  los  industriales,  para 
condolernos  mutuamente  de  los  males  que  nos  aquejan,  pues 
eso  ya  lo  hacemos  cada  día  y  cada  hora  en  nuestros  tristes 
hogares,  ni  para  calificarlos,  pues  los  más  sabios  doctores  es- 
tán contestes  en  el  diagnóstico;  ni  tampoco  para  discutir  su 
mejor  antídoto,  que  harto  le  conocemos,  sino  para  procurar 
el  remedio  que  hubiera  de  darnos  la  salud  apetecida.  Y  ¿habrá 
alguno  entre  nosotros  que  confíe  sinceramente  en  que  éste 
sea  el  momento  oportuno  para  obtener  este  remedio  de  los 
farmacéuticos  que  tienen  el  deber  de  suministrarle? 

No.  Todos  sabemos  que  las  farmacias  donde  debería 
encontrarse  el  antídoto  que  hiciera  robustecer  á  la  débil  ado- 
lescente industria  nacional,  para  que  el  día  no  lejano  levantase 
á  la  patria  sobre  sus  potentes  hombros,  se  han  transformado 
en  confiterías,  donde  se  sirve,  no  á  los  enfermos  que  buscan 
la  salud,  sino  á  los  golosos  que  van  á  perderla. 

Aunque  haya  que  disgustar  á  ese  uno  por  mil  de  los  habi- 
tantes de  la  República,  que  por  ser  mozos,  ó  socios,  ó  clientes 
favorecidos  de  esas  confiterías,  no  se  conformen  con  la  verdad 
que  debe  resplandecer  en  esta  tribuna,  desde  donde  sin  la  pa- 
sión del  partidario  y  con  el  desinterés  más  noble,  se  busca 
el  bien  del  país,  hay  que  dejarse  de  metáforas,  y  decir  en  buen 
castellano,  para  que  entendiéndolo  todos,  traten  de  conjurar  el 
mal  que  nos  debilita:  La  industria  argentina  necesita  la  pro- 
tección de  los  Bancos  oficiales.  Los  Bancos  oficiales  niegan 
hoy  su  protección  á  los  que  no  pueden  ostentar  más  que  el 
modesto  título  del  gremio  de  trabajadores  á  que  pertenezcan. 
Para  ser  protegidos  no  basta  ser  neutrales  en  política,  como 

lo  somos,  por  regla  general  los  que  vivimos  de  la  industria,  sin 

17 


2  74  JUAN    DE    COMINGES. 


más  aspiraciones  que  la  de  que  nos  dejen  trabajar  en  paz. 
Para  ser  protegidos  no  basta  el  ser  industriales  competentes  y 
honrados.  En  una  palabra:  la  protección  de  los  Bancos  oficia- 
les no  alcanza  á  los  hombres  de  responsabilidad  y  de  honor 
que,  ocupándose  de  las  artes  y  de  las  manufacturas,  son  los  que 
pueden  conjurar  las  grandes  crisis,  sino  á  los  partidarios  que 
son  los  que  las  provocan. 

¿Cuál  no  sería  el  esplendor  de  la  Confederación  Argentina 
si  la  plata  que  se  ha  dado  á  los  partidarios  para  palcos  en  la 
Opera  á  8.000  pesos;  para  muebles,  carruajes  y  troncos  ex- 
tranjeros; para  jugadas  en  los  clubs,  en  la  Bolsa,  en  los  hipó- 
dromos y  en  las  canchas  de  pelota,  y  en  fin,  para  absurdas 
especulaciones  que  después  de  arruinar  al  país  han  concluido 
por  arruinarlos  á  ellos  mismos,  se  hubiese  destinado,  con  segu- 
ridad y  con  prudencia,  al  fomento  de  todas  las  industrias  adap- 
tables, sin  excluir  la  agrícola  y  pecuaria.^* 

Señores:  no  fundemos  nada  sobre  falaces  ilusiones.  La  in- 
dustria nacional  no  ha  de  ser  protegida  por  ahora  y  como 
nuestra  capacidad  productora  no  ha  de  aumentar,  porque  no 
sólo  no  hay  protección,  sino  que  aumentan  las  patentes;  y 
como  los  despilfarros  no  han  de  contenerse  para  que  no  se 
desbanden  los  parciales;  y  como  la  pesada  deuda  que  gravita 
sobre  nuestros  hombros  no  ha  de  extinguirse  sino  acrecentarse, 
á  pesar  de  que  pagamos  anualmente  al  extranjero  más  de 
34,000,000  Si  oro!  sólo  bajo  el  concepto  de  intereses  y  como 
nuestra  reputación  en  Europa,  está  por  el  suelo,  hasta  el  punto 
de  que  la  corriente  fertilizadora  de  la  inmigración  se  ha 
contenido;  y  como  los  vicios  adquiridos  por  los  que  han  dis- 
puesto, sin  criterio,  del  tesoro  público,  no  han  de  olvidarse  en 
cuatro  dias;  y  como  no  han  de  conformarse  con  el  trabajo  ho- 
nesto, los  que  se  han  cebado  ya  con  los  negocios  de  lucro 
inmediato;  y  como  de  todas  estas  razones  juntas  y  otras  que 
suprimo,  para  no  hacer  este  cuadro  demasiado  obscuro,  se 
desprende  que  la  crisis  que  nos  agobia  no  es  una  calamidad 
pasajera,  sino  que  durará  todo  lo  que  resta  del  periodo  pre- 


CONFERENCIAS  275 


sidencial  y  algunos  aftos  más,  aun  cuando  subiese  al  poder  un 
Washington,  lo  mejor  que  puede  aconsejarse  á  los  que  se 
ocupan  de  la  industria  es  que  no  confien  más  que  en  sus  pro- 
pias fuerzas;  más  claro,  que  el  que  tenga  que  liquidar  que  li- 
quide. 

No  creo  posible  sacar  deducciones  más  lisonjeras  de  datos 
tan  precisos  como  los  que  nos  vienen  saltando  á  la  vista,  desde 
hace  algunos  años. 

Nadie,  con  fundamento,  podrá  tacharme  de  pesimista,  y  oja- 
lá que  acontecimientos  fortuitos  se  encarguen  de  desmentirme. 

Dos  causas  he  tenido  presentes  para  expedirme  con  esta 
franca  rudeza.  La  primera  es  que  no  debe  adormecerse  ^  los 
industriales  con  el  narcótico  de  falaces  esperanzas  para  no  es- 
ponerlos á  un  despertar  en  que  peligre  su  fortuna  y  su  honra. 
La  segunda  es  que  el  que  ocupe  hoy  esta  tribuna  para  tratar 
sobre  intereses  industriales,  que  dependan  de  la  protección  ofi- 
cial, tiene  que  aparecer  muy  candido  en  las  altas  regiones,  si  no 
comienza  su  discurso  declarando  que  la  experiencia  no  permite 
confiar  en  la  benignidad  de  las  brisas  que  soplen  de  ese  lado. 

Hecha  esta  salvedad,  ya  se  puede,  sin  riesgos,  verter  algu- 
nas opiniones,  acerca  de  lo  que  correspondiera  hacer  en  su 
día,  en  defensa  de  las  industrias  nacionales,  á  los  que  vengan 
¿  regir  los  destinos  de  la  patria. 

jurante  la  administración  del  General  Roca,  en  cuya  época 
no  se  veía  la  industria  argentina  tan  postrada  como  hoy,  cuan- 
do un  socio  del  Club  Industrial  solicitaba  de  su  Comisión  Di- 
rectiva una  garta  de  recomendación  para  obtener  un  pequeño 
auxilio  de  los  bancos  oficiales,  esta  se  la  otorgaba,  previos  in- 
formes minuciosas,  y  hay  que  declarar  lealmente,  que  jamás 
fueron  desairadas  nuestras  recomendaciones,  no  sólo  por  el 
respeto  que  merecía  aquella  institución,  sino  por  que,  di- 
gámoslo con  orgullo,  ninguno,  entiéndase  bien,  ninguno  de 
los  modestos  industriales,  recomendados  por  nosotros  á  la  be- 
nevolencia de  los  bancos,  dejó  de  satisfacer  con  toda  puntua- 
lidad los  vencimientos.    Yo  quisiera  preguntar  si  se  han  con- 


276  JUAN    DE    COMINGES. 


ducido  con  igual  honradez  comercial  los  personajes  presenta- 
dos á  los  bancos  por  altos  magnates,  durante  estos  últimos 
años,  y  á  quienes,  aunque  insolventes  y  acaso  sin  profesión,, 
se  les  entregaban  fabulosas  sumas. 

Y  hay  que  añadir,  señores,  que  á  tal  punto  se  mantenía  el 
decoro  de  aquel  centro,  que  nosotros,  los  miembros  infor- 
mantes, que  día  á  día  favorecíamos,  con  nuestra  recomenda- 
ción á  los  peticionarios,  jamás  usamos  de  nuestro  influjo,  en 
servicio  de  nuestros  intereses  particulares,  conducta  honesta 
que  debía  servir  de  ejempTo  á  los  directores  de  los  bancos  ac- 
tuales. 

Pues  bien,  señores:  ya  que  no  por  los  honrosos  anteceden- 
tes que  tiene  la  patriótica  institución  de  que  formamos  parte; 
ya  que  no  por  lo  retributivos  que  son  para  el  engrandeci- 
miento del  país  los  anticipos  que  se  hagan  á  su  industria  hasta 
que  salga  del  período  de  la  adolescencia;  ya  que  no  por  grati- 
tud y  patriotismo,  al  menos  por  el  interés  inmediato  que  ob- 
tendría, sin  riesgo,  el  capital  de  los  bancos,  deberían  esas~ 
instituciones  otorgar  el  crédito  más  ilimitado  á  toda  petición 
de  industrial,  radicado  ó  á  radicarse  en  el  país,  siempre 
que  viniera  recomendada  por  la  Unión  Industrial  Argentina. 

La  Unión  Industrial  Argentina,  por  su  conducta  actual,  por 
el  fin  patriótico  que  persigue,  por  la  clase  social  que  la  cons- 
tituye, por  los  hombres  que  la  rigen,  por  su  competencia  en 
las  artes,  oficios  y  manufacturas  y  por  sus  honrosísimos  ante- 
cedentes, tiene  conquistado  derecho  de  ser  atendida  con  pre- 
ferencia y  sin  vacilaciones,  informes,  ni  consultas,  cada  vez  que 
facilite  á  un  industrial  una  carta  de  introducción  para  los  ban- 
cos oficiales;  y  si  los  bancos  oficiales  consultasen  mejor  sus 
verdaderos  intereses  deberían  felicitarse  de  tener  clientes  tan 
perfectamente  seguros  como  los  que  puede  recomendarle  una 
institución  tan  honrada,  tan  competente,  tan  iniciada  en  la  in- 
teligencia y  moralidad  de  sus  asociados  y  tan  celosa  de  man- 
tener su  decoro. 

El  directorio  de  los  Bancos  concede  ó  niega  el  crédito  en. 


CONFERENCIAS  277 


virtud  de  un  criterio  que  no  puede  ser  siempre  perfectamente 
equitativo,  ya  sea  por  apoyarse  en  informes  calumniosos  ó 
demasiados  benevolentes,  ya  por  tener  que  doblegarse  ante 
imposiciones  incontrastables;  de  lo  que  resulta,  no  sólo  que 
con  harta  frecuencia  se  dé  plata  para  vicios  ó  para  especula- 
ciones descabelladas,  sino,  y  lo  que  es  de  mas  fatales  conse- 
cuencias para  el  país,  que  muchos  grandes  progresos  dejan  de 
cumplirse  por  no  conceder  á  sus  iniciadores  el  crédito  indis- 
pensable. 

Esto  es:  los  Bancos  sufren  descalabros;  la  sociedad  se  es- 
candaliza; los  hombres  de  iniciativa  se  desalientan  y  la  nación 
no  progresa  en  las  proporciones  que  debiera  hacerlo,  á  dirigir- 
se con  mejor  criterio  la  corriente  del  crédito. 

La  Comisión  Directiva  de  la  Unión  industrial  no  se  encuen- 
tra en  el  caso  del  directorio  de  los  Bancos,  supuesto  que  co- 
noce personalmente  á  todos  los  industriales;  sabe  cuál  es  su 
laboriosidad;  cuál  es  el  estado  de  sus  negocios;  cuál  su  capaci- 
dad para  manejarlos,  y  en  una  palabra,  cuáles  son  sus  necesi- 
dades y  cuáles  son  los  límites  del  crédito  que  puede  concedér- 
seles. 

Por  otra  parte,  siendo  la  que  representa  á  la  única  asocia- 
ción competente  en  los  distintos  ramos  de  la  industria,  debe 
suponerse  que  no  se  hará  ilusiones  acerca  de  industrias  inadap- 
tables  hoy  en  la  República,  y  por  tanto,  que  no  puede  haber, 
ni  remotamente,  el  temor  de  que,  siendo  sorprendida,  dé  reco- 
mendaciones á  visionarios  ni  á  caballeros  de  industria. 

No  teman  los  Bancos;  la  Unión  Industrial  no  dará  nunca 
cartas  de  introducción  á  los  industriales  que  se  propongan  fa- 
bricar patines  en  el  Chaco,  ni  hielo  artificial  en  el  Puente  del 
Inca,  y  todavia  menos  á  los  que  en  dias  de  labor  acuden  á  las 
canchas  de  pelota. 

Den  los  Bancos  con  entera  confianza,  lo  que  puedan  dar  á 
los  recomendados  por  la  Unión  Industrial  Argentina,  y  estén 
seguros  de  que  ganarán  mucha  plata  y  que  dentro  de  muy 
pocos  años  habremos  dejado  de  pasar  por  la  vergüenza  de  re- 


í-^. 


278  JUAN    DE    COMINGES 


cibir  de  Europa  artículos  elaborados  con  nuestras  materias 
primas. 

Pero,  vamos  á  cuentas.  La  protección  que  la  industria  pre- 
cisa, ¿se  limita  exclusivamente  á  la  que  puedan  prestarle  los 
bancos  oficiales,  por  medio  de  algunos  pesos  ? 

De  ningún  modo;  ésta  no  es  protección,  ni  como  protección 
puede  pedirse,  desde  que  los  bancos  no  son  más  que  una  es- 
pecie de  registros  que  venden  sus  mercaderías  á  plazo,  por  un 
precio  convencional  y  que  no  abren  crédito  al  que  no  les  ins- 
pire confianza.  Los  registros  no  son  instituciones  filantrópicas. 
Son  casas  de  comercio  que  hacen  negocios  con  la  esperanza 
del  lucro. 

Para  que  este  servicio  recíproco,  pudiera  calificarse  de  pro- 
tección, era  prenso  (y  estaría  muy  puesto  en  razón)  que  los 
bancos  oficiales,  por  ser  bancos  oficiales,  acordasen  su  capital 
á  largos  plazos  y  con  un  interés  más  reducido  que  el  interés 
corriente  de  plaza  á  los  que  se  propusieran  emplearlo  en  el 
fomento  de  las  industrias  nacionales.  Éste,  sí,  sería  un  servicio 
que  los  industriales  y  más  que  los  industriales  el  país  entero, 
tendría  que  agradecer  á  los  poderes  públicos  que  tales  dispo- 
siciones decretasen. 

Sin  embargo,  si  las  nacientes  industrias  nacionales  no  hu- 
biesen de  contar,  para  alcanzar  su  desarrollo  y  su  independen- 
cia con  más  protección  que  la  de  alguna  plata,  prestada  en 
condiciones  más  ó  menos  liberales,  desde  ahora  podríamos  ase- 
gurar que  pocas,  muy  pocas  de  entre  ellas,  conseguirían  salir 
del  período  de  la  adolescencia. 

Sin  ciertas  reformas  en  las  tarifas  aduaneras,  dictadas  con 
prudencia  en  servicio  de  la  industria  nacional,  el  dinero  de  los 
bancos,  aún  obtenido  en  condiciones  holgadas,  podría  volverse 
contra  los  intereses  del  mismo  que  los  recibió  y  de  rechazo 
contra  los  intereses  del  banco  que  presta. 

Pongamos  un  ejemplo:  un  fundidor,  que  acaba  de  celebrar 
un  contrato  por  algunas  toneladas  de  columnas,  en  la  seguri- 
dad de  que  puede  suministrarlas  tan  buenas,  á  igual  precio  y 


CONFERENGJAS  279 


en  más  corto  plazo  quesi  fuesen  encargadas  á  Europa,  solicita 
y  obtiene  de  uno  de  los  bancos  oficiales  y  en  condiciones  con- 
venientes, un  préstamo  con  el  que  le  sobra  para  salir  de 
apuros.  Mas  hé  aquí  que  de  la  noche  á  la  mañana  se  encuen- 
tra con  que  se  han  declarado  libres  de  derechos  de  importa- 
ción todos  los  artículos  de  fierro  fundido  y  se  han  elevado  los 
de  los  lingotes  y  los  del  combustible. 

Las  tarifas  aduaneras  habrán  arruinado  al  fundidor,  á  pesar 
del  desahogo  con  que  operaba,  y  además  habrán  hecho  sufrir 
al  banco  demoras  y  quebrantos. 

Habiendo  tratado  de  demostrar  la  necesidad  de  hacer  anti- 
cipos á  los  industriales,  pero  que  éstos  deben  apoyarse,  para 
que  sean  eficaces,  en  la  protección  aduanera,  hay  que  decir  al- 
gunas palabras  para  calmar  Ja  susceptibilidad  de  los  libre 
cambistas  que  no  quieren  convencerse  de  la  imposibilidad  que 
hay,  de  que  crezca  la  industria,  cuando  no  se  la  favorece  al  dar 
sus  primeros  pasos. 

En  un  país  como  el  nuestro  no  hay  que  discutir  lo  que  debe 
hacerse  para  que  las  industrias  florezcan  y  den  opimos  frutos, 
sino  seguir  paso  á  paso,  el  proceder  seguido  por  los  que,  con 
su  talento  práctico,  han  llegado  á  formar  un  grupo  de  setenta 
millones  de  hombres  para  constituir  la  primer  nación  agrícola 
y  la  primer  nación  manufacturera  del  mundo.  No  hay  que  de- 
cir que  me  refiero  á  la  gran  Confederación  Norte-americana, 
que  tantos  puntos  de  contacto  tiene  con  nosotros  y  á  la  que 
seguimos  tan  de  cerca. 

Mucho  admiró  á  los  economistas  europeos  el  ver  que  se  de- 
claraba decididamente  partidario  de  la  escuela  proteccionista, 
el  pueblo  que  había  sabido  constituirse  bajo  unas  leyes  dicta- 
das por  el  sentimiento  más  puro  de  la  democracia. 

El  proteccionismo  de  los  Norte-americanos  aparecía  como 
la  única  nota  desafinada  en  el  armoniosísimo  concierto  de  la 
libertad.  ¿Cómo  podía  explicarse  que  la  augusta  matrona  que 
recibía  cariñosa  en  su  fértil  regazo  á  todos  los  hijos  deshereda- 
dos del  viejo  mundo,  y  que  sin  inquietarse  de  razas,  costum- 


28o  JUAN    DE    COMÍINGES 


bres,  aptitudes  y  creencias,  los  asimilaba  á  la  familia,  como 
sus  propios  hijos....  cómo  podía  explicarse,  repito,  que  fuese 
al  propio  tiempo  la  misma  que,  ahogando  por  frío  cálculo 
egoísta  el  sentimiento  de  fraternidad  de  la  familia  humana, 
retardase  la  marcha  del  mundo  hacia  el  bello  ideal  del  inter- 
cambio libre,  restringiendo  la  entrada  de  las  mercaderías  ex- 
tranjeras por  medio  de  esa  vieja  muralla,  que  se  llama  derecho 
de  importación? 

Si  hemos  de  dar  crédito  á  nuestros  sentidos,  la  infabilidad 
no  es  solamente  un  atributo  del  Sumo  Pontífice;  lo  es  también, 
y  muy  tangible,  del  pueblo  Norte-americano.  Sus  legisladores, 
que  bien  pudieran  llamarse  sus  profetas,  dictaron  códigos  tan 
admirablemente  sabios,  que  no  sólo  se  adaptaban  al  clima,  al 
suelo  y  al  carácter  etnográfico  de  los  primitivos  pobladores, 
sino  que,  presintiendo  el  anhelo  presente  y  futuro  de  todas  las 
razas  civilizadas,  edificaron  un  monumento  imperecedero,  bello 
ideal  de  la  humanidad  hacia  el  que  habían  de  converger  todos 
los  hombres  de  aspiraciones  elevadas  que  quisieran  trocar  el 
degradante  nombre  de  subditos  por  el  honroso  título  de  ciu- 
dadanos. 

Pero  aunque  el  pueblo  acababa  de  emanciparse  para  siem- 
pre, por  el  poder  de  las  armas,  de  la  presión  avasalladora  de  la 
metrópoli,  no  por  ese  primer  acto  de  soberanía  creyeron  sus 
sabios  legisladores  haber  asegurado  la  completa  independen- 
cia de  la  gran  República.  Ellos  comprendían  que  no  es  posible 
sacudir  el  yugo  de  la  esclavitud  al  liberto  que  no  se  basta  á  sí 
mismo,  y  que  la  verdadera  emancipación  de  los  individuos  ó 
de  los  pueblos,  no  consiste  en  tener  las  manos  desatadas,  sino 
en  saber  servirse  de  ellas. 

Los  vencedores  de  la  víspera  en  el  campo  de  batalla,  hubie- 
ran á  su  vez  sido  dominados  en  la  batalla  de  la  industria,  mil 
veces  más  funesta  para  el  vencido,  porque  no  muere  con  el 
entusiasmo  de  los  héroes,  sino  en  medio  de  las  prolongadas 
agonías  de  los  anémicos.  Pero  aquellos  patriarcas  previsores 


■^ 


CONFERENCIAS  28 1 


que  habían  escandalizado  álos  pueblos  decrépitos  de  la  tierra, 
al  consagrar  todas  las  libertades,  no  se  dejaron  deslumbrar  por 
la  brillante  teoría  del  libre  cambio,  único  escollo  en  que  hubie- 
ra podido  estrellarse  el  porvenir  de  su  hermosa  patria,  y  única 
libertad  que  hubiera  sido  aplaudida  y  bien  aprovechada  por 
las  naciones  industriales  de  la  Europa. 

Colectividad  nueva,  que  acababa  de  aparecer  á  la  vida  in- 
dependiente, la  Confederación  Norte-americana,  no  podía,  sin 
exponerse  á  la  derrota,  ó  más  bien  al  suicidio,  presentarse  iner- 
me á  la  lucha  por  la  vida  contra  veteranos  de  la  industria  que 
contaban  á  retaguardia  con  repletos  arsenales. 

Para  asegurar  la  independencia  conquistada  á  costa  de  tan 
heroicos  esfuerzos  y  para  favorecer  el  desarrollo  del  cuerpo 
social,  era  indispensable  explotar  todos  los  manantiales,  des- 
pertar todos  los  gérmenes  de  la  riqueza  nacional  y  estimular, 
por  medio  de  la  protección  oficial,  la  actividad  y  la  inteligencia 
de  los  ciudadanos.  El  libre  cambio  hubiera  cegado  los  prime- 
ros, dejado  latentes  los  segundos  y  enervado  el  laborioso  ins- 
tinto de  los  últimos. 

Consagrando  el  libre  cambio  se  completaba,  ciertamente,  el 
conjunto  armonioso  de  todas  las  libertades  proclamadas;  pero 
se  daba  un  golpe  mortal  á  la  existencia  del  nuevo  Estado. 

Los  proceres  Norte-americanos,  descendiendo  de  los  seduc- 
tores espacios  de  lo  ideal  al  prosaico  terreno  de  la  vida  prác- 
tica y  apoyándose  en  que  la  salvación  del  Estado  es  la  supre- 
ma ley,  se  decidieron  por  defender  las  suyas  propias  contra  la 
invasión  de  las  industrias  extranjeras. 

Que  nieguen  la  infabilidad  de  aquellos  hombres  los  que  hoy 
ven  á  la  gran  Confederación  del  Norte  á  la  cabeza  del  mundo 
en  riqueza  y  en  poder;  riqueza  y  poder  que  sirve  para  bastar- 
se á  sí  mismos  y  para  remediar  con  carne,  pan  y  algodón  bara- 
to, el  hambre  y  la  desnudez  de  muchos  millones  de  europeos!! 

Queda,  pues,  demostrado  con  hechos  irrefutables  que  aquella 
sola  nota  que  nos  parecía  desafinada  en  el  armoniosísimo  con- 


282  JUAN    DE    COMINGES. 


cierto  de  sus  libertades,  es  precisamente  la  que  más  ha  con- 
tribuido á  afianzar  su  independencia  y  á  hacer  á  ese  pueblo 
indispensable  para  la  conservación  de  otros  pueblos  situados 
allende  los  mares. 

Los  más  recalcitrantes  libre-cambistas,  no  pueden  dar  lec- 
ciones de  democracia  al  pueblo  más  demócrata  del  planeta. 
Él  sabe  muy  bien  que  el  interés  del  Estado  debe  estar  muy  por 
encima  de  los  encontrados  intereses  de  los  individuos.  La  pro- 
tección que  los  curtidores  argentinos  pudiesen  recibir  del  Es- 
tado, si  éste  aumentase  los  derechos  de  importación  de  cordo- 
banes, charoles,  becerros,  tafiletes,  etc.,  no  gravitaría  absolu- 
tamente nada  sobre  las  industrias  que  tienen  estos  artículos 
como  materia  prima;  gravitaría  levemente  sobre  todos  los  ha- 
bitantes del  país,  sin  excluir  á  los  mismos  curtidores  y  sólo 
durante  el  corto  período  de  incubación  de  la  industria.  ¿Qué 
ciudadano  de  medianas  luces  no  soportaría  gustoso  ese  peso 
tan  leve  y  tan  eñ'mero,  con  tal  de  ver  (como  lo  veríamos  en 
pocos  años)  no  sólo  abaratarse  el  artículo  con  la  natural  é  im- 
prescindible competencia  entre  los  curtidores,  sino  abastecer 
al  país  y  exportar  elaborados  los  millones  de  cueros  que  hoy 
mandamos  como  materia  prima?  Pues  qué:  ¿No  es  humillante 
para  la  dignidad  de  un  pueblo  que  ha  llegado  á  la  altura  de 
civilización  en  que  felizmente  nos  hallamos,  el  tener  que  man- 
dar á  Europa,  quizá  en  el  mismo  barco,  el  cuero  y  el  tanino  á 
fin  de  que  con  esas  dos  materias  primas  nos  hagan  imas  sue- 
las para  nuestros  zapatos  y  hasta  los  zapatos  mismos? 

Para  hacer  florecer  aquí  ésa  y  otros  centenares  de  latentes 
industrias,  no  nos  falta  nada;  absolutamente  nada,  más  que 
una  pequeña  cosa.  Que  sean  nuestros  mandatarios  tan  hom- 
bres de  Estado  como  lo  es  el  ultimo  concejal  de  Norte  Amé- 
rica. 

El  capital  es  cobarde  y  en  ese  defecto  estriba  toda  su  in- 
teligencia. El  capital  es  ciego,  y  no  se  fía  más  que  del  sentido 
del  tacto. 

Cuando  el  capital  ve  que  hay  ya  establecida  una  industria 


CONFERENCHS  283 


provechosa,  no  vacila  en  reproducirla;  pero  no  es  capaz  de 
crearla  si  alguien  no  le  da,  bajo  cualquier  forma,  una  garantía 
que  le  asegure  el  interés  que  se  propone. 

Ese  alguien  no  puede  ser  otro  que  el  representante  de  una 
sociedad  que  piense  en  su  porvenir. 

Los  grupos  humanos  que  surgen  á  la  escena  de  la  vida  no 
traen  consigo  otras  industrias  que  l\  caza,  la  pesca,  el  pastoreo 
ó  cuando  más  una  agricultura  rudimentaria;  las  demás  no  llegan 
á  florecer  si,  al  constituirse  en  naciones  estas  pequeñas  colec- 
tividades^ no  se  las  inspira  confianza  por  medio  de  una  protec- 
ción de  cualquier  género. 

Eso  es  lo  que  han  comprendido  los  sabios  legisladores  norte 
americanos,  y  es  por  eso  porque,  los  que  se  rigen  por  las 
leyes  más  liberales  de  la  tierra,  han  aceptado  el  proteccionismo 
para  su  casa,  pasando  por  alto  la  vocinglería  de  los  impreviso- 
res, y  es  por  eso  por  lo  que,  en  tan  pocos  años  de  existencia, 
se  han  puesto,  en  industrias,  á  la  cabeza  de  las  naciones  y  se 
han  enriquecido  hasta  el  punto  de  que  los  que  han  resuelto 
los  más  arduos  problemas,  no  pueden  hoy  resolver  el  de  lo 
que  han  de  hacer  con  su  dinero,  ni  el  de  lo  que  han  de  hacer 
con  sus  manufacturas. 

¿Por  qué  nosotros,  nación  nueva,  situada  en  el  mismo  con- 
tinente, que  paso  á  paso  hemos  caminado  en  todo  sobre  sus 
huellas,  no  hemos  de  resolvernos  á  imitarla  en  el  hecho  más 
trascendental  de  su  próspera  existencia? 

No  pidamos  protección  al  Gobierno,  para  esas  industrias 
que  sólo  pueden  aclimatarse  en  el  país  á  la  sombra  de  la  pro- 
tección, á  menos  que  pertenezcan  á  las  que  servirían,  en  caso 
de  bloqueo,  para  la  defensa  del  Estado. 

Y  ¿cuáles  son  las  industrias  que  no  se  aclimatarían  sin  la 
protección  oficial,  indefinida,  ó  lo  que  es  lo  mismo,  sin  el  sacri- 
ficio permanente  de  todos  los  habitantes  de  la  República.í' 

Eso  lo  sabríamos  dentro  de  diez  años,  que  es  el  límite  más 
largo  á  que  esta  protección  debe  extenderse;  porque  las  in- 
dustrias que  para  entonces  no  pudieran  caminar  sin  andadores, 


284  JUAN    DE    COMINGES. 


ya  podíamos  abandonarlas  á  su  mala  suerte,  sin  miedo  de 
pasar  por  antipatriotas;  pero  desde  luego  puede  asegurarse 
que  no  sería  ninguna  de  las  que  emplean  productos  indígenas 
como  materia  prima. 

Ya  no  vienen  sino  por  excepción,  de  Irlanda  canastos  de 
papas,  ni  cajones  de  fideos  de  Italia,  ni  sacos  de  porotos  de 
Chile,  ni  barricas  de  maíz,  medio  calcinado  de  los  Estados  Uni- 
dos, á  pesar  de  que  los  retrógrados  de  hace  20  años  se  mofa- 
ban de  los  que  confiábamos  en  esta  bendita  hora.  Para  ellos 
el  bello  ideal  del  progreso  argentino  consistía  en  una  gana- 
dería semi-salvaje.  Los  hijos  de  aquéllos  celebran  hoy  un 
concurso  en  el  que  no  se  desdeñan  de  admitir  nuestros  ricos 
productos  agrícolas,  algunas  de  nuestras  materias  primas  y  no 
pocos  artículos  de  manufactura  nacional. 

Los  tiempos  han  cambiado,  pero  cada  tiempo  tiene  sus 
retrógrados,  más  ó  menos  disfrazados,  pues  si  no  los  hubiese, 
imposible  sería  que  todavía  en  1890  entrasen  por  nuestras 
aduanas:  muebles,  vinos,  licores,  tejidos,  cerámica,  cueros 
curtidos,  arneses,  bujías,  calzado,  papel,  aceites,  vidrios,  ca- 
rruajes, confecciones,  pasas,  encurtidos,  conservas,  jamones, 
cristales  y  tantos  otros  artículos  que,  elaborados  aquí,  enrique- 
cerían al  Estado,  ocuparían  millones  de  brazos,  impulsarían  el 
comercio  y  la  navegación  y  formarían  la  fortuna  de  cientos  de 
empresas  y  de  particulares. 

Aun  hay  en  la  República  Argentina,  gentes  con  reputación 
y  hasta  posición  de  hombres  de  Estado,  que  tuercen  el  gesto 
cuando  se  les  habla  de  favorecer  el  desarrollo  de  ciertas  indus- 
trias, lógicamente  adaptables,  como  si  se  les  hablase  de  esta- 
blecer un  ascensor  hasta  la  luna.  Son  los  discípulos  de  los  que 
hubieran  dejado  al  país  eternamente  convertido  en  un  in- 
menso saladero,  porque  no  creían  entonces  en  el  milagro  de  la 
agricultura,  como  hoy  no  creen  en  los  milagros  de  la  industria. 

Las  remoras  de  hoy  no  son  los  descreídos  ni  los  imbéciles; 
son  los  que  no  quieren  sacrificar  nada  al  porvenir  de  la  patria 
si  no  les  produce  algo  en  el  presente;  son  los  que,  engolfados 


CONFERENCIAS  285 


sólo  en  la  recolección,  se  mofan  de  los  que  siembran;  son  en 
fin,  los  que  para  ganar  tiempo,  no  nos  dan  más  que  promesas, 
que,  á  confiar  en  ellas,  serían  para  los  abatidos  industriales,  lo 
que  las  inyecciones  hipodérmicas  para  los  dolientes,  que  em- 
piezan calmando  y  terminan  envenenando. 

Señores:  por  las  ricas  y  abundantes  materias  primas  con 
que  la  Providencia  ha  dotado  á  este  país;  por  la  laboriosidad 
indiscutible  de  sus  habitantes,  nacionales  y  extranjeros,  y  por 
la  existencia  de  algunas  industrias  surgidas  espontáneamente 
entre  nosotros,  ya  nadie  duda  de  que  esta  nación,  que  germinó 
con  la  ganadería  y  se  desarrolló  con  la  agricultura,  puede  flo- 
recer cuando  brille  en  su  horizonte  el  sol  vivificador  de  las 
industrias. 

Nadie  duda  de  que  la  industria  es  una  planta  que  no  puede 
florecer,  si  en  los  primeros  días  de  su  desarrollo  no  se  la  revive 
con  el  riego  de  la  protección. 

Nadie  duda  tampoco  de  que  el  capital  que  los  Bancos  ofi- 
ciales facilitasen  á  la  industria,  no  correría  riesgos  y  alum- 
braría inmensos  manantiales  de  riqueza. 

Y  por  fin,  creo  que  los  economistas  de  la  joven  República 
Argentina  no  tropezarían  en  el  camino  de  la  protección  adua- 
nera que  con  tan  asombrosos  resultados  han  recorrido  sus 
hermanos  mayores,  los  economistas  norte-americanos. 

Venga,  señores,  venga  pronto,  aunque  sea  mañana,  el  día 
en  que  nuestros  mandatarios,  inspirándose  en  el  santo  amor 
de  la  patria,  impulsen,  con  la  protección  que  pedimos,  el  des- 
envolvimiento de  las  industrias  nacionales,  y  entonces,  en  pre- 
sencia de  cien  rnil  hombres  congregados  en  la  plaza  de  la 
Victoria  para  manifestar  su  reconocimiento,  comprenderán 
que  el  instinto  de  las  muchedumbres  es  igualmente  justo 
cuando  aplaude,  que  cuando  protesta. 

He  dicho. 


EL  CHACO  Y  SUS  INDIOS 


CONFERENCIA    PRONUNCIADA 

EN  LA  «  Sociedad  GEO«fc4f[CA  Argentina,»  el  17  de  junio  i  88  i 


Señores : 

Acaba  de  realizarse  la  conquista  de  la  Pampa  y  todos  es- 
peramos que  no  pasarán  muchos  días  sin  que  se  inicie  la  del 
Chaco.  Ha  llegado,  pues,  el  momento  de  que,  los  que  traba- 
jan por  la  causa  de  la  humanidad,  emitan  sus  ideas  ante  el 
pueblo  argentino  á  fin  de  que  se  discutan  y  sirvan  para  ilus- 
trar la  marcha  del  gobierno,  á  quién  la  Providencia  ha  concedi- 
do la  dicha  de  acometer  una  empresa  que  puede  ser  gloriosa. 

El  que  tiene  el  honor  de  dirigiros  la  palabra,  desde  el  seno 
de  una  institución  meritoria,  por  los  altos  fines  que  se  propo- 
ne, y  respetable  por  los  ilustres  hombres  que  la  iniciaron,  debe 
empezar  por  confesaros,  paladinamente,  que  por  sus  presenti- 
mientos de  la  infancia,  por  los  estudios  de  su  juventud  y  por 
la  experiencia  adquirida  en  su  edad  madura,  no  cree  en  la  tan 
decantada  ferocidad  de  los  salvajes.  Más  aún,  cree  que  si  por 
ferocidad  tomamos  esa  safia,  esa  crueldad  de  ánimo,  para  ven- 
garse de  las  ofensas  recibidas,  nunca  alcanzará  la  de  los  senci- 
llos hijos  de  la  Naturaleza,  á  la  que  millares  de  ejemplos  nos 
presenta  la  historia  de  todas  las  épocas  entre  los  hombres  na- 
cidos en  medio  de  las  sociedades  más  cultas. 


CONFERENCIAS  287 


He  dicho  para  vengarse  de  las  ofensas  recibidas,  porque 
nó  otra  cosa  vienen  recibiendo  de  los  conquistadores,  los  indí- 
genas americanos  desde  hace  cuatro  siglos,  y  porque  no  de 
otra  cosa  dependen  las  tan  funestas  como  frecuentes  represa- 
lias de  que  somos  víctimas. 

No  me  apartaré  de  los  fines  de  esta  Conferencia,  ni  fatiga- 
ré vuestro  ánimo,  con  la  interminable  enumeración  de  las  ini- 
quidades que  en  todo  tiempo  han  cometido  los  que  se  llaman 
mensajeros  de  la  civilización  con  los  hijos  del  desierto,  sólo  sí, 
deberé  recordaros,  que  en  la  funesta  querella  que  mantenemos 
con  ellos,  nos  hemos  atribuido  también  el  poder  de  Jueces^  sia 
que  la  sociedad  proteste,  y  si  nos  creemos  en  nuestc^^dferecho, 
cuando  los  exterminamos  y  nos  apoderamos  dpf  sus  tierras,  con 
más  razón,  nos  creemos  autorizado»^  para  calificarlos  de  fe- 
roces. 

No  pretendo  tampoco»-,  Señores,  contribuir  con  un  átomo  de 
opinión,  á  los  aplawíos  ó  censuras,  con  que  en  su  día  recorda- 
rá la  Historia,  el  nombre  de  los  que  han  iniciado  y  concluido 
la  conquista  de  la  Pampa;  pero  á  fuer  de  imparcial  y  sin  inten- 
tar por  mi  parte,  llevarlos  al  Capitolio  ni  á  la  Roca  Tarpeya, 
diré  que  se  ha  obedecido  á  una  dolorosa  necesidad,  porque, 
la  safia  de  los  indios,  había  llegado  á  su  colmo;  su  táctica,  se 
perfeccionaba  día  á  día;  sus  elementos  bélicos,  se  acrecenta- 
ban, y  la  ciega  corriente  de  inmigración,  empujábalas  fronte- 
ras hacia  los  hielos  de  la  Patagonia  y  hacia  Jas  crestas  de  los 
Andes. 

Echemos  por  hoy  un  velo  sobre  el  pasado,  y  si  hemos  co- 
metido involuntarios  errores,  que  sirvan  de  escarmiento  para 
inaugurar  un  porvenir  verdaderamente  glorioso. 

La  conquista  del  Chaco,  va  á  emprenderse,  ¿pensará  el  Go- 
bierno Argentino,  llevarla  á  cabo  por  medios  idénticos  á  los 
empleados  en  la  Pampa.^^ 

Esto  es  lo  que  tratamos  de  prevenir,  más  que  por  la  compa- 
sión que  nos  inspiran  las  desventuradas  tribus  que  habitan  en- 
tre sus  bosques,  por  el  amor  que  sentimos  hacia  un  país  cuyo 


288  JUAN    DE    COMINGES 

suelo,  clima  é  instituciones  le  hacen  el  más  apto  para  que  á  él 
acudan  los  desheredados  del  Viejo  Mundo. 

Para  que  los  medicamentos  sean  eficaces,  no  sólo  ha  de 
tenerse  en  cuenta  la  enfermedad,  sino  también  las  circunstan- 
cias del  doliente.  A  los  indios  de  la  Pampa  se  les  ha  supuesto 
en  el  último  período  de  la  hidrofobia.  Era  necesario  preser- 
varse de  su  contacto,  por  medio  de  una  sangría  suelta;  pero 
los  indios  del  Chaco,  que  no  padecen  de  otra  enfermedad,  que 
la  del  hambre,  la  de  las  persecuciones  y  la  de  su  propia  igno- 
rancia, para  curarse  hasta  el  punto  de  poder  servir  á  los  inte- 
reses de  la  sociedad  civilizada,  no  necesitan  tan  radical  medi- 
cina, sino  maestros,  aparatos,  herramientas,  semillas,  ganados^ 
lealtad  en  las  relaciones  que  con  ellos  se  establezcan,  y  aleja- 
miento completo  de  sables,  lanzas,  fusiles  y  cañones,  que  no 
queriendo  permanecer  ociosos,  han  servido  muchas  veces  pa- 
ra destruir  en  un  instante  el  trabajo  civilizador  de  los  comer- 
ciantes, de  los  exploradores  y  de  los  misioneros. 

Muy  atrevidas  y  muy  aventuradas  os  parecerían  estas  afir- 
maciones, si  ellas  no  procediesen  de  un  hombre  que  absoluta- 
mente solo,  y  sin  otras  armas  para  defenderse,  que  el  dominio 
sobre  sus  propias  pasiones,  y  el  amor  hacia  esas  calumniadas 
razas  indígenas,  ha  penetrado  en  el  Chaco  del  Norte,  donde 
jamás  estampó  su  huella  ningún  hombre  civilizado,  y  ha  vivido 
largo  tiempo,  recibiendo  innumerables  beneficios  de  sus  ino- 
centes pobladores,  admirando  sus  virtudes,  estudiando  sus  de- 
seos y  compadeciendo  sus  necesidades.  Muy  atrevidas  y 
muy  aventuradas,  si  el  que  se  lanzó  á  resolver  prácticamente, 
el  arriesgado  problema  que  le  proponía  tal  vez  su  fé,  tal  vez 
un  presentimiento,  tal  vez  una  creencia  razonada,  no  os  dijera 
hoy,  en  posesión  de  la  incógnita  que  apetecía:  trabajo  para 
volver  solo  entre  los  indios  y  volveré  cuando  me  sea  dado  po- 
der servir  con  ello  á  la  causa  de  la  civilización  y  la  justicia. 

Lo  que  es  el  Chaco  y  lo  que  son  las  tribus  que  le  pueblan^ 
nos  lo  han  dicho  los  navegantes  que  vieron  los  raquíticos  pal- 
mares de  sus  inundadas  costas,  que  recibieron  las  saetas,  lan- 


CONFERENCIAS  289 


zadas  traidoramente  por  una  mano  invisible.  Nos  lo  han  dicho 
los  soldados  que  vivieron  en  sus  fronteras  y  que  pelearon 
repetidas  veces  con  sérer  humanos  que  parecen  fieras.  Nos  lo 
han  dicho  los  innumerables  mártires  que  pretendieron  adelan- 
tarse algunos  pasos  ante  las  guerrillas  de  los  conquistadores. 
Nos  lo  han  dicholos  exploradores  del  Pilcomayo  y  el  Bermejo, 
como  Patino  y  Castro  Boedo.  Nos  lo  han  dicho  los  vecinos  de 
Oran  y  de  Tarija,  cuyas  haciendas  pastorean  sobre  los  Llanos 
de  Manso.  Nos  lo  han  dicho  los  sabios  como  D'Orbigny  y 
Azara,  que  sin  pasar  las  fronteras,  hicieron  relación  con  algu- 
nos cautivos.  Nos  lo  han  dicho  los  obrajeros,  que  con  peones 
indios,  explotan  maderas  á  pocos  kilómetros  de  la  costa.  Nos 
lo  han  dicho  los  comerciantes  próximos  á  la  frontera  que  dan 
á  los  indios  un  anzuelo  en  pago  de  una  libra  de  plumas  de 
avestruz  ó  de  un  cuero  de  tigre.  Y  por  fin,  nos  lo  han  dicho  los 
hacendados  de  Salta  y  Jujuy,  en  cuyos  ingenios  de  azúcar 
trabajan  los  resignados  matacos  por  un  plato  de  locro  y  algu- 
nas varas  de  lienzo. 

Pero,  señores,  los  informes  que  hasta  hoy  se  nos  han  sumi- 
nistrado, erróneos  unos,  falsos  otros,  apasionados  los  más,  y 
todos  incompletos,  no  pueden  ciertamente  llevar  á  los  altos 
poderes  del  Estado,  el  caudal  de  antecedentes  que  necesitan 
adquirir,  para  emprender  con  prudencia  y  realizar  con  acierto, 
la  grandiosa  empresa  de  la  civilización  del  Chaco.  Creóme, 
pues,  moralmente  obligado,  antes  de  la  publicación  de  mi  Dia- 
rio de  Viaje,  á  dar  cuenta  de  lo  que  me  parece  más  interesante 
entre  todo  lo  que  he  visto  en  el  Chaco,  lo  que  haré,  con  el 
pesar  de  no  ser  ni  muy  ameno  ni  muy  extenso,  por  lo  limitado 
de  mis  conocimientos  y  del  tiempo  que  puedo  emplear  en  la 
presente  Conferencia. 

Públicos  son  los  esfuerzos  que  realizaron  los  conquistadores 
del  Rio  de  la  Plata,  para  buscar,  por  medio  de  sus  caudalosos 
afluentes,  el  modo  de  ponerse  en  contacto  con  los  conquista- 
dores del  Perú,  siendo  el  malogrado  Ayolas,  el  primero  y  el 

único,  que,  guiado  por  sus  amigos  y  parientes  los  indios  paya- 

18 


290  JUAN  DE  COMINGES 


guás,  halló  sobre  la  margen  occidental  del  río  Paraguay,  un 
puerto  donde  atracar  sus  buques  y  una  trillada  senda,  que,  di- 
rigiéndose al  Noroeste,  le  condujo  hasta  la  falda  de  las  cordi- 
lleras donde  moraban  los  laboriosos  charcas;  pero  también  es 
cierto,  que  esta  expedición,  la  más  atrevida  de  cuantas  han  rea- 
lizado los  hombres,  no  produjo  resultados  favorables  para  la 
civilización  del  Chaco,  pues  que  con  la  misteriosa  muerte  de 
su  jefe  y  la  desaparición  de  todos  los  españoles  que  la  com- 
ponían, quedó  perdido  para  la  Historia,  el  lugar  preciso  del 
puerto,  al  que  había  denominado  Puerto  de  la  Candelaria,  y 
cuya  latitud  no  se  había  consignado  ni  por  Ayolas  ni  por  su 
teniente  Irala;  quedó  perdida  la  senda,  ó  más  bien  dicho,  la 
carretera  imperial  que  unía  las  márgenes  del  río  Paraguay  con 
el  alto  Perú  y  lo  que  fué  más  fatal  para  la  conquista,  quedó  so- 
bre los  indios  de  aquella  parte  del  Chaco,  la  reputación  de 
alevosos  y  traidores  asesinos,  porque  asi  convino  consignarlo 
aparentando  que  se  daba  crédito  á  las  falsedades  de  un  co- 
rrompido lenguaraz. 

Público  es,  que  desde  aquel  aciago  día,  no  volvieron  á  in- 
tentarse nuevas  expediciones  ni  por  aquella  parte  del  Chaco, 
ni  por  las  inmediatas.  Mirábanse  aquellas  costas  como  lugares 
malditos,  donde  sus  extensos  lagos,  sus  enmarañados  pajonales, 
sus  corrompidas  emanaciones,  sus  ponzoñosos  reptiles  y  sus 
feroces  indios,  no  podían  proporcionar  otra  gloria  á  los  valien- 
tes aventureros,  que  la  gloria  del  martirio.  Y  esa  reputación, 
señores,  persiste  todavía;  porque,  preciso  es  decirlo,  los  sa- 
gaces portugueses,  en  cuyo  interés  estaba  el  impedir  el  engran- 
decimiento de  los  territorios  españoles,  después  de  haberse 
apoderado  de  todos  los  puntos  elevados  que .  hay  sobre  la 
margen  occidental  del  río  Paraguay,  hasta  el  grado  20  de  la- 
titud, fundando  en  ellos  las  fortalezas  de  Curumbá,  Coimbra,  y 
Alburquerque;  puntos  que  parecían  los  indicados  por  la  natu- 
raleza, para  poner  en  relación  al  Plata  con  el  Pacífico,  y  por 
los  cuales,  habían  paseado  sus  armas  victoriosas  Irala,  Nuflo 
de  Chaves  y  tantos  otros ;  cuidaron  muy  bien  de  describir  en 


CONFERENCIAS  29 1 


SUS  informes  y  de  figurar  en  sus  mapas,  como  lugares  inhabi- 
tables, por  lo  pantanosos  é  insalubres,  los  que  ellos  volunta- 
riamente abandonaban  al  Sud  de  Bahía  Negra,  ó  lo  que  es  lo 
mismo,  el  Chaco  del  Norte.  Y  por  si  esto  no  era  bastante  toda- 
vía, Azara,  el  sabio  Azara,  mal  informado  por  los  españoles, 
por  los  portugueses  y  sobre  todo  por  los  maliciosos  indios, 
aseguró  con  razones,  que  parecían  incontestables,  «que  no  ha- 
bía medio  de  comunicarse  con  las  provincias  de  Mojos  y  Chi- 
quitos, á  menos  de  que  esto  se  hiciese  pasando  por  territorios 
de  que  ya  estaban  en  posesión  los  portugueses. » 

Era  preciso  que  llegase  el  día  de  una  necesidad  suprema, 
para  que  los  hombres  se  aventurasen  á  poner  en  duda  lo  que 
hasta  entonces  se  venín  considerando  como  una  verdad  incon- 
testable, y  ese  día  llegó,  porque  Bolivia,  que  vio  cerradas  sus 
puertas  del  Pacífico,  volvió  sus  ojos  al  Atlántico,  de  uno  de 
cuyos  grandes  afluentes  se  veía  separada  por  un  desierto  de 
ciento  veinte  leguas. 

Saber  si  ese  desierto  era  transitable;  ésa  fué  la  misión  que 
me  condujo  al  Chaco  y  ésa  fué  la  que  me  hizo  recorrer  los  ex- 
tensos territorios  que  existen  entre  el  20**  y  22**  i  o'  de  latitud 
y  la  que  me  puso  en  relación,  no  sólo  con  sus  pobladores  sino 
también  con  los  jefes  de  las  tribus  que  habitan  desde  el  Ber- 
mejo al  Otuquis,  y  desde  el  Peripetí  al  Paraguay. 

Voy,  pues,  á  deciros  algo  de  lo  que  conservo  en  la  memoria 
acerca  de  esas  misteriosas  regiones,  porque  sé  que  ésta  es  la 
hora  en  que  con  ello  puedo  servir  á  los  más  palpitantes  intereses 
de  la  República  Argentina. 

Con  buques  que  calen  seis  pies,  aún  en  tiempo  de  las  ma- 
yores bajantes,  se  puede  sin  riesgo  remontar  el  rio'Paraguay, 
y  atracar  contra  sus  barrancas  occidentales:  en  el  grado  22» 
10*  de  latitud,  frente  de  la  isla  del  Apa  á  un  kilómetro  de  la 
toldería  de  los  indios  angaités;  en  el  grado  21*»  40'  á  la  vista 
del  cerro  denominado  Pan  de  Azúcar,  lugar  llamado  Cafia  de 
Azúcar  donde  desemboca  el  arroyo  de  los  huanás;  en  el  grado 
2í^  ?f  donde  he  encontrado  el  puerto  de  la   Candela»*;  en 


292  JUAN    DE    COMINGES 

el  grado  2 1®  i  *  donde  existen  los  cerros  dé  las  Tres  Hermanas 
y  la  fortaleza  que  se  fundó  por  los  españoles  con  el  nombre 
de  fuerte  Borbón  y  al  que  los  paraguayos,  después  de  la 
emancipación,  confirmaron  con  el  nombre  de  fuerte  Olimpo; 
en  el  grado  20®  y  15'  y  en  el  grado  20*^  donde  se  encuentra 
la  Barranca  de  los  chamacocos.  De  este  último  punto  al  Norte^ 
son  territorios  brasileros  y  aumentan  las  dificultades  de  la  na- 
vegación para  los  buques  de  dicho  calado,  principalmente  en 
el  lugar  denominado  Paso  del  Consejo. 

No  creo  que  existan  en  esta  zona  más  puertos,  cuyos  te- 
rrenos inmediatos  estén  fuera  del  alcance  de  las  grandes  inun- 
daciones; pues  que  el  resto  de  las  costas  lo  constituyen,  ó 
grandes  islotes  anegadizos,  ó  bajas  planicies  que,  aunque  sus- 
ceptibles de  anegarse  y  separadas  del  interior  del  Chaco,  por 
enredadas  madejas  de  curiches^  están  cubiertas  de  magníficos 
pastos  y  de  algunos  palmares  carandaí;  ó  de  antiguos  senes 
del  mismo  río,  de  algunas  leguas  de  diámetro,  donde  afluyen 
las  arroyadas  que  se  forman  en  el  interior,  durante  la  estación 
de  las  lluvias,  que  es  la  del  verano;  feraces  vegas  del  porvenir 
cubiertas  de  pajonales,  que  rara  vez  pueden  atravesarse  á  pié 
enjuto. 

El  suelo  del  Chaco,  con  muy  pocas  excepciones,  es  una  su- 
perficie horizontal  que  se  compone,  ó  de  lagos  permanentes^ 
ó  de  pajonales  pantanosos,  ó  de  praderas  inundadizas,  ó  de 
palmares  que  rara  vez  se  inundan  ó  de  espléndidos  bosques^ 
que  hace  pocos  siglos  serían  las  extensas  islas  de  aquel  pin- 
toresco lago,  cuyo  paisaje  aún  nos  es  dado  contemplar  en  los 
Jarayes  y  las  Gaibas. 

Los  mayores  lagos  permanentes  se  encuentran  siempre  pró- 
ximos á  la  costa  del  río  Paraguay,  hasta  diez  leguas  al  Oeste; 
su  mayor  profundidad  nunca  pasa  de  tres  metros,  su  anchura 
rara  vez  alcanza  á  dos  kilómetros;  pero  en  cuanto  á  su  lon- 
gitud, los.  hay  que  ocupan  extensiones  por  mí  descono- 
cidas. 

Como  es  tan  poca  la  profundidad  de  estas  lagunas,  como 


\ 


CONFERENaAS  293 


mucha  la  fertilidad  de  su  lecho,  y  elevada  la  temperatura, 
sobre  la  superficie  de  sus  aguas  trasparentes,  y  provistas  de 
boyas  dadas  por  la  naturaleza,  flotan  las  blancas,  las  azules  y 
las  rosadas  flores  de  las  ninfeas,  contrastando  con  el  verde 
pulimentado  de  sus  abroqueladas  hojas,  sobresaliendo  entre 
todas,  por  su  tamaño  y  brillo,  las  de  esa  deidad,  de  Kin-Gar- 
den,  descubierta  por  Schomburgk  en  las  templadas  aguas  del 
Berbice,  á  la  que  hoy  distingue  el  mundo  con  el  nombre  de 
Victoria  Reo^ia. 

Entre  esta  espléndida  vegetación  acuática,  pululan  durante 
el  día,  numerosas  bandadas  de  cisnes,  canaos,  gansos,  zam- 
bullidores, mergeos,  patos,  colimbos,  flamencos,  ánades  y  es- 
pátulas, contemplados  desde  la  orilla  por  los  mancos,  caí  acó- 
leos, gallinetas,  ocas,  faetones,  fúlicas,  jabirús,  camichís,  ibis, 
cigüeñas,  grullas,  chajás,  sabacús,  garzas  y  pelícanos;  aves  que, 
al  llegar  la  noche  tenebrosa,  se  esconden  entre  los  tallos  de 
los  juncos,  tifas,  ó  bajo  las  hojas  de  las  nepenthes,  cefalotus, 
pándanos  y  aroideas  y  aguardan  con  silenciosa  timidez  á  que 
la  aurora  llegue  á  dar  fin  á  las  horas  angustiosas  del  temor  y 
del  peligro,  presintiendo  por  misterioso  instinto,  las  feroces  re- 
presalias, que  los  poetas  admiran  como  armonías  de  la  naturale- 
za, y  que  los  naturalistas  contemplan  fríamente  como  meta- 
morfosis de  la  materia. 

Si;  estas  aves  de  blancos,  rosados,  negros,  amarillos,  par- 
dos, dorados,  azules  y  cenicientos  plumajes,  al  parecer  tan 
tímidas  é  inocentes,  son  las  mismas  que  pasan  el  dia  devoran- 
do anguilas,  peces,  moluscos,  testudos  y  hasta  los  más  feroces 
y  venenosos  reptiles.  Pero  llega  la  noche,  y  del  fondo  de  este 
apacible  lago,  salen  monstruosas  nutrias  y  carpinchos,  sucurís 
de  doce  metros  y  enormes  cocodrilos,  los  que  después  de  re- 
correr la  ribera  devorando  plantas,  huevos,  aves,  y  aperiacios 
se  devoran  entre  sí  y  concluyen  por  ser  devorados  por  el  astuto 
tigre,  que  vive  tranquilo  y  repleto  entre  los  pajonales  que  ro- 
dean las  lagunas. 

Sorprende  la  boa  á  la  lacerta-iguana;  lánzase  la  iguana  sobre 


294  JUAN     DE    COMINGES. 


la  nutria  y  ésta  pelea  con   el  carpincho;  acomete  el  yacaré  á 
éste  y  á  la  nutria,  y  el  tigre  se  regala  con  el  cocodrilo. 

No  hay  noche  silenciosa  á  la  orilla  de  los  lagos  del  desier- 
to. Carreras  de  las  fieras  que  arrastran  su  presa  entre  los  pa- 
jonales, lamentos  desgarradores  de  las  víctimas,  gritos  de  las 
aves  que  se  levantan  espantadas ;  bufidos  de  los  grandes  anfi- 
bios que  se  arrojan  al  agua  para  salvarse  del  peligro;  peleas 
entre  los  reptiles  y  los  roedores;  acompasados  chirridos  de  los 
insectos;  ronquidos  amorosos  de  los  caimanes;  cárabos,  ña- 
curutúes, mochuelos  y  lechuzas  imponiendo  silencio  con  su 
monótono  chitón,  y  allá  en  la  margen  del  bosque  fronterizo  el 
doloroso  quejido  del  urutaú,  ó  del  caburey,  que  parece  lamen- 
tarse de  una  vida  que  es  á  la  vez  la  causa  y  efecto  de  la 
muerte. 

Separadas  estas  lagunas  de  los  canales  que  pudieran  comu- 
nicarlas con  los  grandes  ríos,  estableciendo  corrientes  que 
arrastrasen  los  sedimentos  que  continuamente  se  depositan  en 
su  fondo,  é  invadidas  incesantemente  por  los  vegetales  avan- 
zados de  sus  orillas,  no  pasarán  muchos  siglos  sin  que  se 
trasformen  en  pajonales  semejantes  en  todo  á  los  que  hoy 
existen,  abundantes  sobre  la  costa,  hasta  ocho  leguas  al  Oeste, 
y  no  escasos  en  el  interior  del  Chaco. 

Estos  pajonales  ó  curiches  como  los  llaman  los  indios,  no 
son  otra  cosa  que  antiguas  lagunas  ó  ensenadas  de!  rio  Para- 
guay sobre  cuyo  fondo,  con  el  trascurso  de  los  siglos,  se  han 
ido  acumulando  los  restos  de  los  vegetales  acuáticos  y  las 
moléculas  arcillosas  que  penetraron  arrastradas  ó  diluidas  por 
las  aguas  caidas  en  los  terrenos  inmediatos;  hasta  el  punto  de 
llenarse  con  estos  materiales  fértilísimos,  sobre  los  que  vege- 
tan numerosas  familias  de  tifeas  y  ciperáceas,  leguminosas, 
rosáceas  y  gramíneas,  que  en  medio  de  las  sequías  del  invierno 
ó  de  los  grandes  incendios  ofrecen  un  asilo  seguro  y  pastos 
abundantes  á  los  animales  de  la  selva. 

Cuando  estos  pajonales  llegan  á  levantarse  lo  suficiente 
sobre  el  nivel  de  las  lagunas  inmediatas,  desaparece  por  com- 


CONFERENCIAS  295 


pleto  la  vegetación  acuática  y  semi-acuática  que  antes  los  in- 
vadía y  se  transforman  en  magníficas  praderas  cubiertas  de 
pastos  azucarados,  con  los  que  se  nutren  toros  salvajes,  de 
una  robustez  extraordinaria,  y,  aunque  pocos  y  de  corta  talla, 
algunos  caballos  que  llevan  ventaja  á  los  nuestros  en  hermo" 
sura,  resistencia  y  sobre  todo  en  la  velocidad  de  su  carrera. 
Mas  como  quiera  que  suele  ser  perfecta  la  horizontalidad  de 
estos  lugares,  acontece  que  durante  las  lluvias  torrenciales  del 
verano,  permanezcan  algunos  días  ó  quizá  semanas,  inundados 
con  cuatro  ó  cinco  centímetros  de  agua,  procedente  más  que 
de  la  que  vierten  las  nubes  sobre  ellos  mismos,  de  la  que  es- 
curren los  bosques  y  palmares  del  contorno,  que  siempre  ocu- 
pan terrenos  más  elevados. 

Cuando  este  sucesivo  acumulamiento  de  restos  minerales 
y  orgánicos,  que  sirvió  para  transformar  los  lagos  en  curiches 
y  los  curiches  en  pradera,  llega  á  levantar  estas  últimas  al- 
gunos centímetros  sobre  el  nivel  común  de  las  inundaciones? 
basta  el  corto  período  de  un  año,  para  que,  no  pudriéndose 
ya  las  semillas  de  los  grandes  vegetales  arbóreos,  logren  ger- 
minar y  trasformar  en  palmares  y  después  en  bosques,  la 
pradera. 

Así  como  son  escasos,  hasta  muchas  leguas  de  las  costas,  los 
bosques  de  grandes  vegetales  dicotiledones,  así  también  abun- 
dan los  palmares  del  coco  llamado  vulgarmente  carandaiy 
esbelta  palma  de  tallo  cilindrico,  de  nueve  á  diez  metros  de 
altura,  que  por  su  dureza  y  elasticidad  sirve  para  todas  las 
construcciones  del  Chaco,  del  Paraguay  y  Matto-Groso  y  ser- 
viría también  en  el  Río  de  la  Plata,  para  tirantes  y  postes 
telegráficos:  así  como  con  su  abundante  fruto  podrían  cebarse 
muchos  animales  y  extraerse  cantidades  de  aceite.  Esta  pal- 
ma, de  la  que  hay  incalculables  millones  en  el  Chaco,  sirve 
también  como  el  mejor  de  todos  los  combustibles  vegetales, 
para  calentar  las  calderas  de  los  vapores  que  navegan  el  río 
Paraguay. 

Por  regla  general,  el  suelo  de  estos  palmares  está  limpio  de 


296  JUAN    DE    COMINO  ES 


toda  clase  de  arbustos  y  cubierto  de  grandes  pastizales,  por 
qu^  la  espesura  con  que  crecen  las  palmas  (una  próximamente 
por  cada  ocho  metros  cuadrados)  no  impide  el  desarrollo  de 
las  gramíneas.  Las  hojas  de  las  palmas,  son  cuando  verdes, 
un  excelente  alimento  para  los  caballos,  y  cuando  secas,  que 
entonces  literalmente  suelen  cubrir  el  suelo,  son  los  blandones 
de  que  se  valen  para  alumbrarse  las  indiadas  que  se  ven  forza- 
das á  caminar  en  noche  oscura  contra  su  costumbre.  Así 
mismo  en  el  cogollo  de  la  palma  hallan  los  indios  la  base  de 
su  alimento,  cuando  absolutamente  carecen  de  otro. 

Varias  palmas  que  aparezcan  cortadas  en  el  desierto,  indi- 
can siempre  el  paso  de  indios ;  el  número  de  ellos;  la  época 
aproximada  en  qiie  ha  ocurrido;  el  rumbo  que  llevaban;  la  ve- 
locidad de  su  marcha,  y  su  escasez  de  provisiones. 

Coftio  los  palmares  sólo  pueden  existir  en  aquellos  terre- 
nos que  rara  vez  se  inundan,  resulta  que  algunas  veces  están 
invadidos  por  los  tacuruces.  Esto  mismo  acontece  en  algunas 
praderas.  Llámase  tacurúz,  á  un  montón  de  tierra  duro  y  per- 
fectamente bien  amasado,  que  tiene  la  forma  de  un  cono,  cuya 
base  mide  de  uno  á  dos  metros  de  diámetro  y  cuya  altura  rara 
vez  alcanza  á  la  de  un  hombre.  Está  hecho  por  unas  hormi- 
gas grandes  y  negras  que  se  refugian  dentro  y  hacia  la  parte 
superior,  cuando  el  agua  invade  los  terrenos. 

No  solo  los  tacuruces  indican  que  pueden  ser  inundables  los 
terrenos  donde  se  encuentran  establecidos,  sino  que  también 
dan  la  medida  de  la  mayor  altura  á  que  pueden  alcanzar  las 
aguas,  supuesto  que  las  puertas  del  hormiguero  no  pueden 
estar  establecidas  más  abajo  de  este  límite.  Así  es  que  dichas 
entradas  están  más  altas  ó  más  bajas,  según  los  tacuruces 
estén  colocados  en  un  lugar  más  profundo  ó  más  elevado;  pu- 
diendo  concluir  con  que  todas  las  puertas  de  los  tacuruces  que 
se  encuentren  en  una  zona  determinada  están  en  el  mismo 
plano  horizontal. 

Una  vez  que  llegan  los  terrenos  á  verse  libres  completa* 
mente  de  la  invasión  de  las  aguas  entre  estos  mismos  palma- 


CONFERENCIAS  297 


res,  empiezan  á  desarrollarse  los  gérmenes  de  una  infinita  va- 
riedad de  vegetales  de  toda  especie,  que  disputan  á  las  pal- 
mas el  dominio  del  suelo,  hasta  que,  vencedores  en  la  con- 
tienda, los  de  mayor  desarrollo  y  duración,  eliminan  á  los  de 
especies  inferiores,  llegando  á  constituir  aquellas  majestuosas 
selvas,  que  no  pueden  contemplarse  sin  veneración;  porque 
las  elevadas  bóvedas,  formadas  con  las  frondosas  copas  soste- 
nidas por  millares  de  columnas,  representan  á  nuestra  imagi- 
nación el  templo  más  suntuoso  donde  pueda  rendirse  culto  al 
Autor  de  tanta  maravilla. 

Pero  antes  que  el  lento  trabajo  de  la  Naturaleza  llegue  á 
producir  esta  grandeza  de  la  Creación:  estas  basílicas  por  las 
que  se  camina  sobre  un  limpio  pavimento,  sin  que  los  rayos 
del  Sol  puedan  penetrar  á  través  de  sus  tupidas  naves,  pasan 
los  bosques  por  una  larga  serie  de  trasformaciones. 

Unas  veces  empieza  por  que  el  suelo  de  los  palmares  se 
cubre  de  nuevas  plantas  de  la  misma  especie,  tan  bajas  y  tan 
espesas,  que  cierran  el  paso  y  que  impiden  hasta  abrir  cami- 
no, defendiéndose  con  los  encorvados  aguijones  de  sus  pecio- 
los, que  destrozan  las  ropas  y  las  carnes  de  los  obreros,  y 
resabian  á  los  caballos.  Otras  veces  son  las  mimosas  las  que 
se  encargan  de  impedir  el  tránsito;  pero  por  regla  general,  la 
poca  edad,  relativamente  hablando,  de  todos  los  bosques  del 
Chaco,  hace  que  todavía  vivan  en  ellos,  en  buena  sociedad, 
una  infinita  variedad  de  plantas  herbáceas,  semileñosas,  de 
arbustos  y  de  árboles  cubiertos  de  parásitos  y  de  enreda- 
deras. 

El  suelo  de  casi  todos  los  bosques  suele  estar  revestido  de 
espinosos  cactus,  algunos  de  los  cuales  trepan  hasta  las  copas 
de  los  árboles,  de  donde  mezclados  con  las  clemátides,  las  vai- 
nillas y  las  pasionarias,  penden  como  graciosas  bambalinas. 

Alternando  con  los  cactus  y  muchas  veces  sola  y  cubriendo 
estensas  superficies,  se  encuentra  también  una  planta  de  la 
femilia  de  las  bromelias,  que  se  llama  caraguatá;  divinidad  tu- 
telar de  los  indígenas,  durante  sus  excursiones  por  los  luga- 


298  JUAN  DE  COMINGES. 


res  desprovistos  de  lagos;  pues  que,  por  formar  esta  planta 
un  gran  cáliz  con  sus  hojas  acanaladas,  rígidas  y  envainado- 
ras, conserva  el  agua  de  las  lluvias  durante  muchos  meses. 
Una  variedad  de  esta  misma  planta,  puede  ser  la  base  de  una 
industria  beneficiosa  é  inagotable;  pues  que  produce  una  fibra 
resistente,  que  puede  emplearse  en  tejidos,  cuerdas  ó  en  la  fa- 
bricación de  papel. 

Sobre  la  copa  y  el  tronco  de  los  árboles,  hay  una  variedad 
tan  infinita  de  parásitas,  que  serían  objeto  de  un  largo  estu- 
dio. He  contado  más  de  cien  clases  diferentes  de  orquídeas, 
sin  exceptuar  tres  clases  de  vainilla,  musgos,  liqúenes,  muér- 
dagos de  filamentos  blancos  que  llegan  al  suelo;  agáricos  colo- 
sales y  fosforescentes  y  duros  como  la  misma  madera;  aroideas, 
bromélias,  cariofíleas,  crasuláceas,  y  muchas  completamente 
desconocidas. 

Hay  variedad  de  algarrobos,  de  guayabos,  de  tamarindos, 
que  cubren  el  suelo  con  su  abundante  fruta;  hay  variados  al- 
godones de  filamentos  finísimos,  con  los  que  los  indios  fabri- 
can sus  trajes  y  sus  hamacas.  Hay  árboles  que  destilan  bál- 
samos, esencias,  azúcares,  gomas  y  resinas,  siendo  entre  éstas 
la  más  valiosa,  una  enteramente  semejante  al  ámbar  ama- 
rillo y  con  la  que  los  indios  lenguas  fabrican  las  agujas  con 
que  se  atraviesan  el  labio  inferior.  Hay  cebiles  y  curupaís 
como  para  surtir  de  tatino  á  todas  las  curtiembres  del  Río  de  la 
Plata.  Hay  plantas  que  proveen  á  los  indios  de  variadas  sus- 
tancias colorantes,  de  jabones  como  el  de  quillay  y  de  timbó; 
de  potasa  para  sazonar  sus  alimentos,  como  la  salicaria,  y  por 
último  hay  acacias,  cedros,  nogales,  tipas,  palo  de  rosa,  palo 
de  trébol,  palo  santo,  palo  de  hierro  y  Jacaranda  constituyendo 
estos  vegetales  en  compañía  de  los  lapachos,  quebrachos  y 
yuchanes  la  inmensa  mayoría  de  los  que  pueblan  aquellas  sel- 
vas majestuosas. 

Terminaré  la  somera  descripción  de  la  naturaleza  del  Chaco, 
diciendo,  que  con  excepción  de  aquellos  lugares  próximos  á 
las  lagunas,  con  dificultad  se  encuentra  caza  ni  otro  ser  viviente 


CONFERENCIAS  299 


que  abejas,  monos,  coatís,  avestruces,  ciervos,  antas,  tigres  y 
leones,  todos  estos  animales  en  muy  pequeña  cantidad,  á  causa 
de  la  persecución  que  sufren  por  parte  del  crecido  número  de 
indios  que  pueblan  el  Chaco  y  por  la  falta  de  agua  en  el  inte- 
rior de  los  bosques,  sobre  todo  durante  la  estación  de  invierno. 

Aún  cuando  al  navegar  por  el  Río  Paraguay,  suelen  verse 
próximos  á  la  costa  occidental,  y  á  la  desembocadura  de  los 
arroyos,  algunas  canoas,  con  indios  orejudos,  lenguas  y  angaités, 
no  quiere  decir  esto  que  sus  tolderías  estén  tan  próximas  á  la 
orilla  del  río,  como  comunmente  se  imagina;  pues  que  con 
excepción  de  una  sola  perteneciente  á  los  angaités,  de  que  ya 
nos  hemos  ocupado,  todas  las  otras  están  retiradas,  cuando 
menos,  8  leguas  de  la  costa,  lo  que  depende  dedos  causas  im- 
portantes: primera,  la  dificultad  de  residir  en  aquellos  terrenos 
pantanosos,  donde  no  hay  campos  susceptibles  de  cultivo,  ni 
existen  los  principales  frutos  de  la  Naturaleza  con  que  cubren 
sus  escasas  necesidades;  y  segunda,  el  miedo  que  les  inspiran 
las  tradicionales  agresiones  de  los  hombres  de  nuestra  raza,  y 
principalmente,  las  de  los  indios  mbayás  que  al  Oriente  del  río 
habitan  en  territorio  brasilero;  formidables  enemigos  de  los  del 
Occidente,  siempre  vencedores,  por  disponer  de  las  armas  de 
fuego  coh  que  les  dotó  el  Brasil,  cuando  necesitó  su  auxilio, 
durante  la  guerra  del  Paraguay,  para  que  penetrando  por  el 
Norte,  destruyesen  las  florecientes  colonias  de  San  Salvador. 

Los  indios  del  Chaco  no  son  nómades.  Aman  entrañable- 
mente el  pedazo  de  tierra  en  que  nacieron,  y  rio  podrían  so- 
portar por  muchos  dias,  el  verse  separados  de  sus  bosques, 
de  sus  prados  y  de  sus  lagunas,  con  que  viven  identificados. 
Los  que  suelen  verse  navegando  en  canoas,  sobre  el  rio  Pa- 
raguay, ó  son  aquellos,  que  más  familiarizados  con  los  cristia- 
nos, vienen  á  proponerles  algunos  cambalaches^  ó  son  los  que, 
viendo  á  su  tribu  sufrir  los  rigores  del  hambre,  durante  las 
grandes  sequías,  se  arriesgan  hasta  las  márgenes  del  gran  Rio 
del  Oriente,  para  proveerse  del  pescado,  que  una  vez  seco,  ha 
de  servir  para  la  salvación  de  su  familia,  á  cuyo  seno  vuelven 


300  JUAN    DE    COMINGES. 


entonando  cánticos  de  regocijo,  y  donde  son  recibidos  con  ce- 
remonias religiosas  que  á  la  vez  que  demuestran  la  expansión 
del  júbilo,  revelan  también  el  respetuoso  agradecimiento  que 
sienten  hacia  la  Providencia. 

Los  indios  angaités,  que  como  ya  hemos  dicho,  tienen  esta- 
blecida una  de  sus  más  insignificantes  tolderías,  en  el  grado 
20^*  lo'  á  un  kilómetro  de  la  margen  occidental  del  río  Para- 
guay, son  los  verdaderos  centinelas  avanzados,  ó  más  bien 
dicho,  los  porteros  del  Chaco  del  Norte;  porque  sin  su  con- 
sentimiento sería  difícil  ó  imposible  el  penetrar  al  Occidente» 
aunque  se  dispusiese  de  grandes  elementos;  y  digo  imposible, 
porque  siendo  los  angaités,  los  propietarios  de  canoas,  los 
intérpretes  y  los  agentes  intermediarios  de  las  relaciones  co- 
merciales, que  con  los  paraguayos,  mantienen  las  otras  tribus 
del  interior,  son  considerados  y  respetados  como  los  oráculos 
de  la  sabiduría,  por  más  que  no  sean  ni  tan  inteligentes,  ni  tan 
laboriosos,  ni  tan  morales,  ni  tan  limpios,  ni  tan  leales  como 
los  otros,  pues  les  llevan  la  ventaja  de  no  haber  tenido  ningún 
contacto  con  los  cristianos  que  desgraciadamente  parecen  com- 
placerse en  enseñarles,  no  las  virtudes,  sino  los  vicios  más 
repugnantes  que  acompañan  a  la  civilización:  la  codicia,  la  hi- 
pocresía, la  embriaguez  y  la  blasfemia. 

El  físico  de  estos  indios  no  lleva  grandes  ventajas  á  su 
parte  moral,  pudiendo  asegurarse,  que  si  por  excepción  hay 
algunos  bien  desarrollados,  nunca  pertenecen  éstos  á  las  ca- 
tegorías, sino  á  los  últimos  individuos  de  la  tribu,  para  quienes 
no  puede  haber  ociosidad,  esclavos,  ni  botellas  de  caña. 

Cebados  con  las  ventajas  que  de  tarde  en  tarde  les  suele 
proporcionar  la  relación  que  mantienen  con  los  cristianos, 
temerosos  siempre,  por  su  proximidad  á  la  costa,  de  los  ata- 
ques que  pueden  recibir  por  parte  de  los  mbayás,  y  acaso 
también  escasos  de  tierra  cultivable,  yacen  estos  indios  en  la 
mayor  miseria,  atenidos  á  la  pesca  y  á  los  puñados  de  maíz 
que  por  vía  de  retribución  les  suelen  dar  los  propietarios  de  la 
colonia  Apa,  cuando  los  han  tenido  días  enteros  y  con  el  agua 
hasta  los  hombros  cargando  buques  de  madera. 


CONFERENCIAS  30 1 


No  hay  para  que  detenerse  á  contar  cuántos  toldos  hay  en 
esta  tribu ;  sería  lo  mismo  que  contar  después  de  la  lluvia, 
las  gotas  de  agua  que  colgasen  de  un  árbol,  cuando  estos 
toldos,  como  estas  gotas,  desaparecen  á  cada  soplo  de  viento 
y  aparecen  de  nuevo  á  cada  lluvia.  Son  el  trabajo  de  una 
hora,  pues  lo  constituyen  cuatro  miserables  horquetas,  de  un 
metro  de  altura,  cuando  más,  sobre  las  que  se  sujetan  y  se 
cruzan  algunas  cañas,  que  después  se  recubren  con  espadañas 
de  los  bañados  ó  con  pasto  de  la  pradera.  Pocilgas  en  las 
que  no  se  puede  penetrar  sino  doblando  la  cerviz,  como  de- 
mostración tangible  de  la  bajeza  que  se  comete,  ó  caminando 
á  gatas,  como  quien  imita  á  los  animales,  que  son  los  únicos 
que  podrían  soportar  una  morada  donde  se  asfixia  uno 
cuando  hace  sol,  se  hiela  cuando  hace  frió,  y  se  moja  cuando 
llueve. 

En  cada  toldito  de  estos,  de  los  que  el  mayor  no  alcanzará  á 
nueve  metros  cuadrados  de  superficie,  se  agrupan  cual  si  fueran 
los  únicos  seres  capaces  de  vivir  de  una  manera  tan  inmunda, 
todos  los  hombres,  mujeres  y  niños  con  tal  que  sean  miembros 
inmediatos  de  una  familia;  todos  los  pájaros,  coatís,  zorros, 
monos  y  avestruces  que  domestican  y  todos  los  perros,  que 
son  siempre  por  lo  menos  tantos,  tan  sucios  y  tan  perezosos 
como  sus  dueños;  y  si  á  esto  se  junta  el  que  desde  las  cañas 
de  lo  que  no  puede  llamarse  techo,  cuelgan  bolsas  de  redes 
de  Caraguatá,  cargadas  de  comestibles  putrefactos,  cueros  á 
medio  curtir,  pemiles  de  carpincho,  cuernos  de  ciervos,  con- 
chas de  galápagos,  peces  charqueados,  correas,  capullos  de 
algodón,  sogas,  anzuelos,  peines  de  madera  y  colas  de  quir- 
quincho, y  que  por  el  suelo  sobre  cueros  de  venados,  muertos 
en  la  víspera,  andan  rodando  multitud  de  mates  de  todas  for- 
mas y  tamaños,  que  se  emplean  indistintamente,  como  cazue- 
las, como  vasos,  como  neceseres,  como  costureros,  como  ma- 
letas, como  palanganas,  etc.,  etc., tendremos  que,  al  abrirse  y 
estrecharse  para  darme  paso,  aquellos  animales  tan  felices, 
que  gozaban  de  todas  las  comodidades  y  prerrogativas  de  los 


' 


302  JUAN  DE  COMINGES. 


hombres,  y  aquellos  hombres  tan  desgraciados,  que  vivían  en 
la  miseria  y  degradación  de  los  animales,  el  favor  que  me 
hicieron  y  que  tuve  que  aceptar  con  la  sonrisa  en  los  labios, 
fué  el  de  asfixiarme  de  calor  y  de  otras  cosas  y  de  atestar  mis 
ropas  y  mis  cabellos,  con  la  más  completa  colección  de  pará- 
sitos que  jamás  figuró  en  el  museo  de  un  entomólogo,  ja  que 
sin  olvidar  aún  en  el  sueño,  conservé  intacta  hasta  muchos 
días  después  de  mi  salida  del  desierto. 

El  toldo  del  jefe  llamado  cacique  Michi,  no  es  mejor  que 
los  demás.  Este  hombre  que  se  distingue  por  ser  el  peor  de 
su  tribu,  tiene  que  ser  lógico  en  todas  las  acciones  de  su  vida 
física  y  moral.  Es  el  más  pequeño  de  estatura  y  de  sen- 
timientos, y  para  dar  la  última  pincelada  sobre  su  retrato  es 
el  único  indio  que  he  conocido  en  el  Chaco  casado  con  dos 
mujeres. 

Los  más  ardientes  deseos  de  esta  tribu,  son:  el  hacerse  con 
fusiles  y  municiones,  para  defenderse  de  los  ataques  de  los 
indios  brasileros,  y  el  resto  de  sus  aspiraciones  se  limita  á 
vestirse  como  los  cristianos  que  ellos  conocen,  y  á  poseer 
herramientas  y  ganados,  que  les  permitan  sustentarse  y  alo- 
jarse como  las  gentes  del  Apa. 

Las  tribus  que  habitan  el  interior  del  Chaco  entre  los  gra- 
dos 20®  y  22**  10*  de  latitud,  cuya  extensión  he  recorrido,  son 
los  chamacocos  y  niquiquilás,  que  hablan  un  dialecto  semejante 
al  de  los  chiquitos;  los  chiriguanos,  que  hablan  el  verdadero 
guaraní,  ó  sea  el  tupí,  y  viven  recostados  á  la  falda  de  los 
Andes;  los  amaigás,  los  anapanás,  los  angaités,  los  lenguDs  y 
los  huanás,  que  hablan  un  idioma  gutural,  que  no  se  parece 
en  nada  á  ninguno  de  los  idiomas  conocidos,  y  de  los  que  no 
existe  otro  vocabulario  que  el  muy  deficiente  que  yo  he  podido 
formar  durante  mi  permanencia  en  estas  tribus. 

Todos  estos  indios  viven  en  las  más  estrechas  relaciones  de 
amistad  y  parentesco,  no  sólo  entre  ellos,  sino  aún  con  los  que 
habitan  al  Sud,  entre  los  ríos  Bermejo  y  Pilcomayo,  siendo 
muy  común,   el  que  se  asocien  para  defenderse   de  los  inva- 


CONFERENCIAS  303 


sores  mbayás,  cuando  vienen  al  Occidente  en  busca  de  escla- 
vos de  ambos  sexos,  que  venden  después  en  Matto-Grosso  «í 
cambio  de  vestuarios,  reses,  armas  y  municiones. 

Por  lo  numeroso  de  sus  tribus,  por  lo  robustos,  por  lo  labo- 
riosos, por  lo  morales,  por  lo  inteligentes  y  por  lo  arrogantes, 
estos  indios  son  los  más  influyentes  y  los  más  poderosos  del 
desierto. 

El  inmenso  territorio  que  ocupan  está  dividido  en  porciones 
proporcionadas  á  las  necesidades  de  cada  tribu,  sólo  dentro 
de  las  cuales  les  es  dado  cosechar  los  frutos  silvestres,  cortar 
maderas,  pescar,  cazar,  criar  ganados  y  cultivar  la  tierra. 

La  vida  es  común  entre  todos  los  individuos  de  una  misma 
tribu,  que  es  siempre  una  sola  familia,  aunque  más  ó  menos 
numerosa,  según  su  riqueza,  su  actividad  ó  la  extensión  y  fer- 
tilidad de  los  territorios  que  ocupa. 

La  autoridad  patriarcal  y  absolutamente  independiente  de 
cada  tribu,  se  ejerce  sin  ostentación,  sin  discordias  intestinas 
y  de  una  manera  tan  suave,  que  podría  servir  de  ejemplo  á  la 
de  muchos  padres  de  familia  de  los  que  viven  en  el  seno  de 
las  sociedades  cultas.  Sea  por  costumbre,  sea  por  instinto,  ó 
sea  por  la  buena  índole  de  los  indios,  es  lo  cierto  que  cum- 
plen con  todos  sus  deberes  como  las  abejas  y  las  hormigas, 
sin  que,  ni  por  excepción,  se  vea  el  Patriarca  en  la  necesidad 
de  recordarlos. 

La  palabra  cacique,  que  entre  nosotros  representa  el  despo- 
tismo más  brutal,  podría  mejor  aplicarse  á  un  alcalde  de  aldea, 
que  á  las.  paternales  y  cariñosas  autoridades  de  las  tribus  del 
desierto. 

Los  hijos  y  los  hermanos  del  cacique,  aunque  trabajan  como 
el  último  de  los  individuos  de  la  tribu,  son  considerados  por 
todos  con  el  mayor  respeto,  y  llegan  á  ejercer  la  primera 
autoridad,  no  sólo  por  herencia,  sino,  cuando  por  haberse  mul- 
tiplicado muchf)  la  familia,  salen  á  la  cabeza  de  un  grupo,  que 
siempre  se  compone  de  ¡os  parientes  más  inmediatos,  como 
nuevo  enjambre  de  aquella  colmena  humana  que  va  á  radicarse 


304  JUAN  DE  COMINGES. 


á  la  orilla  de  algún  lago  que  les  ofrezca  su  abundante  pesca. 

Con  excepción  de  los  grandes  bosques  cuyo  interior  está 
deshabitado,  por  la  falta  de  agua,  difícil  es  caminar  un  día  por 
el  Chaco,  sin  encontrar  cuatro  ó  cinco  tolderías,  cada  una  de 
ellas  habitada  por  un  número  de  indios  que  varía  entre  treinta 
y  quinientos,  que  se  albergan  en  una  sola  casa  que  se  llama 
paat,  y  que  para  distinguirla  de  los  demás  paats,  se  antepone 
á  esta  palabra  el  nombre  del  patriarca  que  allí  domina,  como 
por  ejemplo,  Queirá-paat. 

El  paat  no  es  otra  cosa  que  un  cobertizo  ó  galpón  de  figura 
rectangular,  ancho  por  lo  regular  de  seis  metros  y  de  toda  la 
longitud  que  se  necesita  para  contener  á  las  familias  que  debe 
albergar.  No  tiene  división  ninguna;  está  abierto  por  todo  su 
frente  y  las  paredes  laterales,  el  techo  y  los  tres  órdenes  de 
alineadas  columnas,  que  lo  sostienen,  son  casi  siempre,  de  pal- 
ma carandaí.  En  la  parte  posterior  de  este  edificio  están  ali- 
neados los  camastros,  que  sirven  de  lecho  á  cada  familia,  en 
los  que  no  hay  soltero  ningún  individuo  adulto;  pues  que  se 
casan  antes  de  la  pubertad. 

He  residido  mucho  tiempo  en  diferentes  paats,  como  el  que 
acabo  de  describir,  tratando  siempre  de  descubrir  hasta  los 
más  ínfimos  detalles  de  la  vida  íntima  de  aquellas  familias,  y 
he  adquirido  el  convencimiento  más  profundo  de  que  no  hay 
seres  más  inocentes  y  más  virtuosos.  Ni  una  voz  de  mando, 
ni  una  reyerta,  ni  una  palabra  descomedida  ni  desentonada, 
ni  un  ademán  escandaloso,  ni  una  evasiva  para  esquivar  el 
trabajo  de  la  comunidad.  Durante  el  día,  los  hombres  se  ocu- 
pan, fuera  del  paat,  en  las  faenas  agrícolas,  en  la  recolección 
de  los  frutos  espontáneos,  en  la  corta  de  leña,  en  la  caza  y 
en  la  pesca,  cuando  el  tiempo  lo  permite,  y  cuando  no,  en  fa- 
bricar sus  armas,  en  curtir  los  cueros  de  los  animales  que  han 
cazado,  en  enristrar  ordenadamente  las  plumas  de  avestruz, 
en  extraer  las  fibras  del  caraguatá  con  las  que  fabrican  cuer- 
das, sus  bolsas  y  hamacas,  en  zurcir  y  remendar  sus  ropas,  en 
hacerse  abarcas,y  cuando  sus  deberes  están  cumplidos,  ó  cuan- 


CONFERENCIAS  305 


■^r""""^"^" 


do  llega  la  noche,  en  divertirse  los  ancianos  contando  sus  aven- 
turas  y  los  mozos  en  juegos  variados  y  entretenidos,  que  siem^ 
pre  tienen  por  objeto  el  provocar  su  desarrollo  muscular. 

Por  su  parte,  las  mujeres,  aunque  no  sometidas  á  la  escla- 
vitud y  á  la  degradación,  como  generalmente  se  imagina,  tra- 
bajan más  que  los  hombres,  en  beneficio  de  la  colectividad. 
Crían  sus  hijos  con  la  ternura  de  las  mejores  madres,  acarrean  ! 

el  agua  y  la  leña,  hilan  y  tiften  los  algodones,  tejen  con  ellos 
los  elegantes  trajes  con  que  todos  se  visten,  mantienen  el  aseo 
en  el  paat,  muelen  el  maíz,  guisan  los  alimentos  y  fabrican  to- 
da clase  de  vasijas  de  barro. 

Debido  á  la  dulzura  de  su  carácter,  á  su  perpetua  actividad, 
á  los  ejercicios  á  que  se  dedican,  á  su  frugalidad,  y  á  las  favo- 
rables circunstancias  del  saludable  clima  del  Chaco,  los  indios 
son  robustos,  se  mantienen  sanos,  y  alcanzan,  sin  perder  los 
dientes  ni  el  cabello,  á  una  edad,  á  que  pvx:as  veces  llegan  los 
hombres  de  nuestra  raza.  Son  de  elevada  estatura,  de  pecho 
prominente,  de  pescuezo  corto,  de  cabeza  grande  y  erguida, 
de  ojo  pequeño  y  casi  siempre  pardo,  de  color  ligeramente 
bronceado,  de  negra,  cerdosa  y  tupida  cabellera,  y  cuidan  es- 
crupulosamente de  arrancarse  con  pinzas,  no  sólo  las  pocas 
barbas  que  les  brotan  sino  también  las  pestañas  y  las  cejas, 
siendo  muy  pocos,  y  sólo  entre  los  jóvenes  de  ambos  sexos, 
los  que  tengan  la  costumbre  de  pintarse  el  rostro. 

El  traje  de  guerra  de  un  indio  se  compone  de  una  manta 
de  algodón,  de  fondo  oscuro,  con  franjas  de  colores  hacia  su 
parte  inferior,  sujeta  á  la  cintura  por  medio  de  una  finísima 
hamaca  de  caraguatá;  de  un  ponchito  corto  y  estrecho,  de  la 
misma  clase;  de  varias  bolsas  pendientes  de  sus  hombros  ha- 
cia el  costado  derecho,  donde  llevan  sus  provisiones,  líneas, 
anzuelos,  tabaco,  pipa  de  palo  santo  y  los  utensilios  de  made- 
ra con  que  producen  el  fuego;  de  un  puñado  de  flechas  suje- 
tas al  lado  izquierdo  por  medio  de  la  cuerda  ó  hamaca  que  les 
sirve  de  cinturón;  de  un  arco  colgado  de  su  hombro  izquierdo; 
de  unas  cuñitas  cónicas  agujereadas  que  á  manera  de  zarcillos, 

19 


1 


306  JUAN  DE  COMINGES. 


s^  meten  por  las  orejas;  de  collares  compuestos  de  dientes  de 
^Ittfnales,  picos  de  pájaros,  conchíllas  de  nácar  y  semillas  de 
colores;  y  por  último,  de  una  vincha,  que  les  sujeta  el  pelo, 
oasi  siempre  trenzado,  á  la  que  están  adheridas  las  más  her- 
niosas plumas  de  colores. 

l-os  indios  huanás,  adoran  en  el  Sol,  y  en  la  Luna,  á  la  Pro- 
videncia; creen  en  la  inmortalidad  y  en  la  transmigración  de  las 
^Jmas^  rinden  culto  respetuoso,  á  los  lugares  en  que  están  en- 
liierrados  sus  parientes,  donde  clavan  una  elevada  caña  tacuara, 
coronada  de  un  plumero,  para  espantar  al  espíritu  maligno  y 
mantienen  en  cada  tribu  un  sacerdote  que  hace  á  la  vez,  el 
oficio  de  brujo,  de  médico  y  de  sereno;  porque  suele  pasarse 
I3.S  noches  gritando  en  torno  de  la  toldería,  y  espantando  al 
diablo  con  el  ruido  que  produce  una  gran  calabaza  llena  de 
piedras,  que  es  el  único  instrumento  de  su  culto  y  al  que  todos 
miran  con  respeto. 

Una  de  las  causas,  que  más  contribuye  á  mantenerlos  en  el 
estado  de  primitiva  inocencia,  es  el  que  desconocen  el  arte  de 
fabricar  las  bebidas  alcohólicas,  con  la  algarroba  y  con  el  maiz; 
si  bien  es  cierto,  que  suelen  fermentar  algunas  veces  la  miel 
para  hacer  un  brebaje  que  nunca  prueban  las  mujeres,  los  ni- 
ños y  los  mozos,  sino  los  mas  ancianos  y  prestigiosos  de  la 
tribu. 

Para  terminar  con  las  costumbres  de  los  indios,  diré  que 
son  afables,  generosos  y  hospitalarios,  que  respetan  mucho  la 
propiedad  agena;  que  no  les  gusta  que  atenten  contra  la  suya 
ni  aún  los  niños  de  sus  huéspedes,  ó  de  las  tribus  transeúntes, 
á  quienes  suministran  cuanto  buenamente  pueden. 

Tanto  estos  indios,  como  los  del  Chaco  Central,  cuyas  cari- 
ñosas visitas  he  recibido,  me  han  confesado,  que  quisieran  co- 
nocer al  Dios  que  vive  en  el  gran  paat  de  Buenos  Aires,  para 
pedirle  su  protección:  pero  que  temen  á  los  cristianos  del  Sur, 
del  Naciente  y  del  Poniente;  que  quisieran  herramientas,  se- 
millas y  ganados  para  trabajar  á  medias  conmigo,  siempre  que 
pudiera  darles  armas  para  defenderse  de  las  agresiones  exte- 


CONFERENCIAS  307 


riores  ó  asegurarles  por  medio  de  mi  influencia,  que  creen 
muy  poderosa,  una  paz  inalterable. 

Después  de  haber  bosquejado  ligeramente  lo  que  es  la  Na- 
turaleza del  Chaco,  y  lo  que  son  allí,  sus  pobladores,  dejo  á  la 
consideración-  de  los  que  han  tenido  la  paciencia  de  escuchar- 
me, si  será  justo  ni  prudente  el  tratar  de  conquistar  el  Cha- 
co, por  medios  idénticos  á.  los  empleados  en  la  Pampa.  Tén- 
gase presente,  pues,  si  tal  idea  ha  podido  abrigarse  un  solo 
momento,  no  ya  la  iniquidad  que  se  cometería;  no  ya  los  acli-  3 

matados  brazos  que  iban  á  destruirse  á  peso  de  oro,  por  un 
país  que  se  engrandece  por  la  inmigración;  no  ya  las  buenas 
disposiciones  en  que  se  encuentran  los  indios,  para  reducirse 
por  medios  pacíficos  y  poco  dispendiosos,  sino  las  dificultades 
de  la  empresa.  Piénsese  en  los  pantanos  y  lagunas  infranquea- 
bles; piénsese  en  los  campos  cubiertos  de  tacuruces;  piénsese 
en  los  incendios  de  las  praderas  y  principalmente  de  los  pal- 
mares, verdadera  lluvia  de  fuego;  piénsese  en  los  bosques  im- 
penetrables; piénsese  en  los  diluvios  del  verano  y  en  las  se- 
quías del  invierno  y  por  último,  piénsese  en  lo  mucho  que 
habría  que  sacrificar  para  llegar  á  destruir  los  cincuenta  mil 
guerreros,  que  pelearían  en  defensa  de  su  propiedad  y  de  su 
vida  tras  de  los  inexpugnables  baluartes  que  la  Naturaleza  les 
ha  dado,  cuando  estos  mismos  hombres,  aún  considerados  con 
la  frialdad  del  estadista,  representan  para  la  República  Ar- 
gentina una  riqueza  de  más  de  veinticinco  millones  de  pesos 
fuertes. 


APROVECHAMIENTO   DE   BOSQUES 


DISCURSO  PRONUNCIADO  EN  EL  CONGRESO  ECONÓMICO 

EL  13  DE  Octubre  de  1882. 


Señor  Presidente. 
Señores : 

En  la  primera  parte  de  esta  conferencia  sobre  bosques,  se 
hizo  presente  al  Congreso  Económico  la  importante  misión  que 
desempeñan  los  árboles  en  la  naturaleza,  relacionados  tan  ínti- 
mamente con  los  seres  animados,  como  lo  está  la  materia  con 
el  espíritu;  los  peligros  que  se  presentan  para  la  República^ 
en  el  horizonte  del  porvenir,  á  causa  de  su  exterminio,  y  la  ne- 
cesidad de  despertar  á  los  legisladores  del  profundo  sueño  de 
la  indiferencia,  para  que,  á  ejemplo  de  esa  misma  naturaleza^ 
é  imitando  sus  actos  previsores,  dicten  leyes  que  guíen  el  ha- 
cha, que  hoy,  al  derribar  el  árbol,  cae  de  rechazo  sobre  la  ca- 
beza de  la  humanidad,  y  que  dirigida,  no  en  persecución,  sino 
en  auxilio  de  las  fuerzas  espontáneas,  se  tornaría  en  el  talis- 
mán que  mejorando  las  condiciones  del  planeta,  haría  menos 
penosa  nuestra  peregrinación  por  el  sendero  de  la  existencia,, 
porque  satisfaría  nuestras  presentes  necesidades  y  disiparía  las 

■ 

inquietudes  que  con  fundamento,  nos  acosan,  acerca  del  por- 
venir de  nuestra  raza. 

Tócanos  hoy  poner  en  relieve  la  indisculpable  apatía  de  esos 
legisladores,  que,  indiferentes  á  la  suerte  de  las  generaciones 


CONFERENCIAS  3O9 


venideras,  permanecen  impasibles  espectadores  de  ese  crimen 
de  lesa  humanidad,  que  se  llama  tala  ó  descuaje,  cuando  están 
palpando  sus  funestas  consecuencias  y  cuando  centenares  de 
ejemplos  contemporáneos  saltan  á  sus  ojos,  para  que  se  aper- 
ciban de  que  hay  remedio  todavía  y  de  que  es  sólo  del  seno 
de  la  Legislatura  de  donde  puede  surgiría  medicina  salvadora. 
Tócanos  asimismo  el  describir  á  grandes  rasgos  lo  que  son 
las  variadas  selvas  argentinas,  para  que,  evocando  lo  que  el 
amor,  el  estudio  y  la  experiencia  nos  traiga  á  la  memoria,  po- 
damos allanar  el  camino,  bosquejando  lo  que  puede  y  debe  ha- 
cerse, para  dejar  de  ser  cómplices  en  el  inicuo  atentado  que  la 
especie  más  perfecta  de  la  creación  comete  contra  su  propia 
existencia  y  contra  la  existencia  de  todas  las  especies  inferiores. 

Señores:  se  comprende,  se  explica  y  es  disculpable,  el  que 
al  sentir  los  efectos  de  un  frío  intenso,  y  careciendo  de  otro 
combustible,  demos  fuego  á  nuestro  pobre  rancho,  por  cuanto 
que,  para  salvarla  existencia,  era  forzoso  el  provocarla  circula- 
ción por  medio  del  calórico,  que  sólo  podíamos  procurarnos, 
con  la  combustión  de  nuestra  casa;  pero  lo  que  no  se  compren- 
dería, ni  explicaría,  ni  disculparía,  es  el  que  la  incendiáramos 
con  perjuicio  para  todos  y  sin  provecho  para  nadie,  y  esto  ca- 
balmente es  lo  que  han  hecho  los  mandatarios  de  la  República 
Argentina  al  desprenderse  de  los  bosques  del  Estado,  bajo  la 
forma  de  donación,  venta  ó  arrendamiento. 

La  República  Argentina  ha  podido  procurarse  recursos  y 
favorecer  la  población  de  su  vasto  territorio,  enajenando  la 
superficie  que  fuese  adecuada  para  las  industrias,  agrícola  y  pe- 
cuaria, de  las  que  aún  conserva  el  dominio  sobre  millares  de 
leguas  cuadradas,  pero  ¿qué  le  ha  producido,  ni  qué  le  produ- 
ce en  la  actualidad  más  que  escándalo  y  ruina  la  enajenación 
de  sus  bosques?  Vengan;  vengan  las  cifras  que  representan  las 
cantidades  ingresadas  en  el  tesoro  público  por  mano  de  los 
obrajeros  y  nos  convenceremos  de  que  otra  vez,  por  treinta  di- 
neros, se  ha  entregado  al  martirio  y  á  la  muerte  al  ser  provi- 
dencial que  vino  á  la  tierra  para  salvarnos,  sin  que  nos  quede 


310  JUAN    DE    COMINGES. 


siquiera  la  esperanza  de  sustraernos  del  arrepentimiento  como 
Judas,  porque  bien  pronto  no  ha  de  quedar  ni  un  árbol  para 
ahorcarnos. 

¿Sabéis  cuánta  plata  ha  ganado  la  nación  con  la  madera  que 
se  ha  cortado  en  el  Chaco  Central  en  los  únicos  meses  que  se 
supone  que  debe  cortarse,  que  son  del  1 5  de  Marzo  al  1 5  de 
Agosto?  Sabéis  la  compensación  que  recibe  el  Estado  por  la 
ruina  que  le  ocasiona  el  ejército  de  leñateros  que  destruye  con- 
tinuamente esos  bosques? 

339  Pesos  Fuertes  y  95  Centavos 

Sesenta  y  ocho  patacones  todos  los  meses  1 1 ! 

No  hagamos  comentarios 

La  exigua  cantidad  que  por  cada  pieza  que  extrae,  se  impo- 
ne al  obrajero,  acrecienta  los  caudales  públicos,  como  una  gota 
acrecentaría  las  aguas  de  los  mares,  ¿y  es  por  esta  gota,  que 
se  evapora  antes  de  tocar  al  suelo,  por  lo  que  los  mandatarios 
sacrifican  el  porvenir  de  esta  parte  del  continente  americano? 

Cierto  es,  señores,  que  si  por  el  número  de  vigas  pagadas 
al  Estado,  fuésemos  á  deducir  el  número  de  árboles  extraídos, 
no  valía  la  pena  de  alarmarse,  pues  todo  ello  sería  cuestión  de 
una  legua,  más  ó  menos,  de  bosque  destruido  entre  las  veinte 
mil  que  tiene  de  superficie  el  Chaco.   Pero  es  el  caso  que  entré 

4 

el  Carcarañá  y  el  Pilcomayo,  hay,  paralela  á  los  ríos  Paraná  y 
Paraguay,  una  anchísima  faja  de  bosques,  que,  por  los  millares 
de  tocones  que  aún  ostenta,  indican  que  fueron  majestuosos 
en  otro  tiempo;  pero  que  en  la  actualidad,  va  siendo  difícil  el 
encontrar  en  ellos  ni  aún  los  horcones  para  fabricar  un  rancho. 
Los  obrajeros  han  sembrado  la  devastación  en  la  margen  de 
todos  los  ríos  y  arroyos,  y  se  han  internado  en  el  desierto  has- 
ta distancias  prodigiosas,  en  busca  de  algunos  palos  dignos  de 
explotarse. 

Los  arrendatarios  de  los  bosques  del  Chaco,  ejercen  una  in- 
dustria que  se  encuentra  en  medio  de  las  mejores  condiciones 
que  pueden  apetecerse  para  defraudar  los  intereses  del  fisco. 


CONFERENCIAS  3  1 1 


Profundas  soledades;  proximidad  á  un  pueblo  extranjero  que 
cuenta  con  idénticas  producciones;  falta  de  leyes  y  de  agentes 
facultativos  que  vigilen  por  su  cumplimiento;  autoridades  tan 
incompetentes  como  tolerantes.  .  .  .  |  Harto  habría  que  agrá-» 
decerles  si  declarasen  uno  por  cada  ciento  que  extraen  y  por 
cada  quinientos  que  aniquilan  I 

Esas  deficientísimas  disposiciones  económicas,  promulgadas 
como  «Ley  sobre  el  aprovechamiento  de  bosques»,  en  9  dtí 
Octubre  de  1880,  así  como  todos  los  decretos  adicionales,  no 
encerrando  ninguna  disposición  facultativa,  (que  por  falta  de 
personal  técnico,  no  pasarían  de  cláusulas  ilusorias)  parecen 
tender  única  y  exclusivamente,  á  convertir  en  plata  todas  la^ 
maderas  que  se  criaron  en  los  bosques  argentinos,  sin  reservar' 
siquiera  en  el  Museo,  algunos  ejemplares  de  plantas  leñosa» 
para  que  nuestros  descendientes  las  exhiban  á  la  admiración 
de  los  que  nunca  vieron  un  árbol  vivo,  del  mismo  modo  que 
nosotros  exhibimos  el  gliptodón  clavipiés. 

Desgraciadamente  para  los  intereses  del  fisco,  se  cumplen- 
del  mismo  modo  las  disposiciones  económicas  que  existen, 
que  las  disposiciones  facultativas  que  se  quedaron  en  el  buro- 
crático tintero. 

Apartemos  la  mirada  del  interior  de  los  bosques  nacio- 
nales, no  ya  sólo  porque  allí,  desde  hace  muchos  años, 
se  ocupa  la  ignorancia  en  fraguar  un  complot  contra  la  exis- 
tencia de  la  sociedad,  sino  porque  en  aquellas  risueñas  soleda- 
des, donde  debiera  reinar  la  pureza  y  la  sencillez  de  las  eos* 
tumbres  primitivas,  hay  más  lágrimas,  hay  más  explotaciones, 
hay  más  iniquidades,  hay  más  injusticias,  hay  más  cohechos,  en» 
una  palabra,  hay  más  inmoralidades  que  en  el  seno  de  las  más 
corrompidas  poblaciones. 

Dejemos  á  un  lado  todo  lo  que  no  afecta  directamente  al 
objeto  de  esta  conferencia,  y  digamos  sólo,  resumiendo,  que 
los  bosques  se  destruyen  sin  utilidad  pecuniaria  para  el  Esta- 
do, porque  no  se  cumple  ninguno  de  los  artículos  de  la  Ley 
que  tienden  á  conservarlos  y  á  impedir  el  fraude. 


3^2  JUAN    DE    COMINGES. 


La  República  Argentina  quema  su  casa  sin  calentarse  en  ella. 

Pero  aún  suponiendo  que  la  devastación  de  los  bosques  na- 
cionales produjese  cuantiosas  rentas  al  Estado,  todavía  no  dis- 
culparíamos á  los  mandatarios  imprevisores,  cuyas  doctrinas 
económicas  les  conducen  á  comerse  la  gallina  que  pone  los 
huevos  de  oro,  pensando  que  con  cataplasmas  de  plata  pue- 
den curarse  los  golpes  mortales  que  se  asestan  al  corazón  de 
las  naciones. 

Comprenderíamos  que  en  un  país  poblado  como  la  Huerta 
de  Murcia,  á  razón  de  400  habitantes  por  kilómetro  cuadrado, 
se  considerase  como  Ley  suprema  de  la  necesidad,  el  descua- 
jar los  bosques  para  destinar  la  escasa  y  repleta  superficie  de 
la  tierra  al  cultivo  de  plantas  alimenticias;  pero  no  tiene  dis- 
culpa que  se  perpetre  este  atentado  donde  la  densidad  de  la 
población  no  alcanza  á  un  habitante  por  cada  dos  kilómetros 
cuadrados;  esto  es,  á  ochocientas  veces  menos. 

Disculparemos  á  los  legisladores  paraguayos  que  conocien- 
do su  clima,  la  desproporción  entre  sus  bosques  y  sus  prade- 
ras y  las  impropias  condiciones  de  la  mayoría  de  éstas  para  el 
cultivo,  toleren  que  los  escasos,  aunque  laboriosos  habitantes, 
establezcan  sus  capuéras  en  el  corazón  de  sus  majestuosas 
selvas;  pero  no  es  tolerable  el  que  los  mandatarios  argentinos 
permanezcan  indiferentes  ante  el  aniquilamiento  de  las  suyas, 
cuando  no  hay  este  pretexto,  y  cuando  habiendo  todavía  entre 
nosotros,  sin  roturar  más  de  veinte  mil  leguas  cuadradas  de  la 
más  feraz  tierra  del  planeta,  no  hay  tampoco  la  única  causa 
justificada  que  arrastra  á  los  pueblos  fatalmente  al  mal  inevita- 
ble del  descuaje. 

El  Estado  ha  cedido,  ha  enajenado  ó  ha  concedido  en 
arrendamiento  á  la  codicia  devoradora,  al  egoísmo,  á  la  im- 
previsión de  individuos  particulares,  sin  condiciones  que  res- 
tringieran el  abuso  de  sus  derechos  y  dándoles  por  el  contrario, 
aquellas  mismas  bárbaras  facultades  que  las  antiguas  leyes  ro- 
manas concedían  á  los  padres  de  familia  sobre  la  existencia  de 
sus  hijos,  lo  que  no  podía  regalar,  vender,  ni  arrendar,  sino, 


CONFERENCIAS  3  1 3 


cuando  mas,  conceder  en  patronato.  El  Estado  ha  enajenado  lo 
que  no  le  pertenecía;  porque  los  bosques,  como  el  aire,  como 
la  luz,  como  el  oxígeno,  no  pertenecen  completamente  á  la  na- 
ción, ni  á  la  provincia,  ni  al  pueblo,  ni  al  individuo,  sino  á  la  raza 
humana  que  los  precisa  para  la  conservación  de  su  existencia. 

Me  diréis,  señores,  que  ¿por  qué  guardo  silencio  sobre  la 
enajenación  de  la  tierra,  cuando  ella  se  encuentra  en  idénticas 
condiciones  que  los  bosques?  y  yo  os  respondo  que  me  resig- 
no en  esta  conferencia  á  callar  todo  lo  que  pudiera  decir  sobre 
la  materia:  i.®  por  no  pareceros  un  furibundo  demagogo;  2®. 
porque  puedo  eludir  este  delicado  asunto,  por  cuanto  no  es 
objeto  de  la  base  séptima  propuesta  á  discusión  por  el  Congreso 
que  me  escucha;  3.°  porque  ya  en  la  primera  conferencia  os 
propuse  incidentalmente,  que  la  ley  debería  señalar  un  método 
racional  de  explotación  del  suelo;  del  mismo  modo,  que  todos 
los  contratos  de  arrendamiento  entre  los  particulares  de  los 
países  que  saben  lo  que  les  conviene,  estipulan  la  cantidad  y 
forma  de  labores,  la  rotación,  los  abonos,  las  enmiendas,  los 
drenajes,  las  plantaciones,  el  mantenimiento  de  cercos,  etc., 
etc.,  4."  porque  el  miedo  de  afrontar  las  arduas  cuestiones, 
por  parte  de  los  legisladores,  está  atenuado  en  esta  materia 
por  la  prescripción,  y  S-''  porque  el  peligro,  aunque  seguro  y 
evidente  y  ya  tangible  en  Santa-Fe,  en  Entre-Ríos,  en  el  Chu- 
but  y  en  otras  partes,  es  de  consecuencias  menos  funestas,  por 
lo  mismo  que  es  más  conocido. 

Por  lo  demás,  señores,  la  devastación  de  los  bosques,  entre 
la  incalculable  serie  de  plagas  que  la  acompañan,  trae  también 
aparejada  el  aniquilamiento  de  las  fuerzas  reproductoras  de  la 
tierra,  tras  lo  que  viene  irremisible,  la  ruina  y  la  emigración  de 
los  pueblos. 

Que  este  grito  que  se  levanta  del  seno  del  Congreso  Econó- 
mico no  sea  escuchado  por  los  poderes  públicos,  y  nuestros 
nietos,  conocerán  el  sabor  que  tiene  el  pan  de  la  inmigración, 
que  si  no  es  dulce,  ni  aúii  en  la  República  Argentina,  país  cos- 
mopolita y  modelo  de  los  países  hospitalarios,  lo  podría  ser 


3f  4  JUAN  DE  eOMINGES. 


mucho  menos  en  otros  que,  á  ejemplo  de  los  romanos,  tratasen 
de  bárbaros  á  los  extranjeros. 

Aquí  no  se  califica  de  bárbaros  á  los  inmigrantes;  pero  te- 
niemos  que  el  día  en  que  se  considere  á  fondo  la  causa  prir 
mordial  de  las  emigraciones,  que  es  la  brutal  violencia  con  que 
hemos  tratado  al  suelo  de  nuestra  patria,  bien  mereceríamos  el 
duro  calificativo  de  parricidas. 


Los  27**  de  latitud  que  separan  al  Rio  Pilcomayo  del  Estre- 
cho de  Magallanes;  la  elevada  cadena  de  los  Andes,  cerrando 
el  paso  á  las  corrientes  atmosféricas  del  Oeste;  el  Paraguay, 
el  Uruguay,  el  Estuario  de  la  Plata  y  el  mar  Atlántico  bañando 
las  costas  orientales;  la  variada  constitución  geológica  del  sue^ 
lo  y  sus  diversos  relieves,  alternando  con  dilatadísimas  Uanu- 
ras;  la  escasez,  la  abundancia  y  la  calidad  de  las  aguas;  las 
diferencias  de  altitud  y  hasta  la  mayor  ó  menor  edad  de  la 
tierra,  son  causas  de  la  desemejanza  que  se  nota,  aún  refirién- 
donos á  la  misma  latitud,  en  desarrollo,  en  densidad,  en  loza- 
nía y  en  especies,  en  los  bosques  de  la  gran  Confederación 
Argentina.  Entre  nosotros,  no  hay  dos  bosques  que  sean 
idénticos,  ni  que  remotamente  se  asemejen. 

Coloquémonos  sobre  la  cresta  de  los  Andes  entre  el  27**  y 
28®  de  latitud  y  bajando  por  un  paralelo  en  dirección  á  la  con- 
fluencia del  Paraguay,  cada  paso  que  demos  nos  convencerá 
del  poderoso  influjo  que  sobre  la  vegetación  arbórea  ejercen 
las  innumerables  causas  que  hemos  apuntado.  Primero  cami- 
naremos largo  trecho,  por  entre  peñascos  que  pocos  días  del 
año  logran  asomar  su  desnuda  cabeza  por  entre  las  nieves 
seculares;  después  se  adelantarán  á  recibirnos  algunas  acha- 
parradas jaretas  y  algunas  adesmias  espinosas,  atrevidos  ex- 
ploradores del  reino  vegetal,  vanguardia  de  esa  guerrilla  de 
quínuas  que  casi  en  todas  partes  allana  el  camino  á  la  impo- 


COí^FppNpiAg  i  I S 


nente  división  de  pinos  y  de  alisos,  etc.,  más  tarde  habremos 
descendido  las  tierras  del  Cajón  y  el  Nevado  de  los  Quilmes, 
para  encontrarnos  con  el  profundo  Valle  de  Santa  María,  abis; 
mo  donde  no  pueden  penetrar  las  corrientes  atmosféricas  que 
del  Adántico  ó  del  Pacífico  vengan  saturadas  de  vapores  acuo- 
sos y  donde,  por  lo  tanto,  sólo  se  dejan  ver  esos  candelabros 
tétricos,  que  pregonan  la  muerte  de  la  naturaleza,  llamados 
cactus,  algunos  excepcionales  ejemplares  de  brea  y  tal  cual 
algarrobo,  que  más  que  á  la  naturaleza,  acaso  deberá  su  exis- 
tencia á  los  prolijos  cuidados  de  las  laboriosas,  inteligentes  y 
heroicas  razas  indígenas,  Kilmes  y  Amaichas,  que  por  largos 
años  defendieron  su  independencia  y  su  vida  entre  aquellos 
inexpugnables  baluartes.  Trepemos  después  por  entre  las  pe- 
dregosas cuanto  áridas  laderas  del  Cerro  Bayo,  del  Infiernillo 
ó  de  las  Arquetas,  y  apenas  hayamos  alcanzado  las  empinadas 
cumbres  de  las  Sierras  contra  las  que  se  estrellan  las  nubes 
procedentes  del  Atlántico,  que  riegan  ese  dilatadísimo  jardín 
que  se  llama  Provincia  de  Tucumán,  saldrán  á  nuestro  encuen- 
tro algunas  coniferas,  para  llevarnos  de  la  mano  á  ese  bosque 
suntuoso,  único  en  la  tierra,  donde  aparecen  con  todo  su  vigor 
y  lozanía  la  esbelta  tipa,  el  corpulento  nogal,  el  frondoso 
timbó  y  el  jigantesco  cedro.  Dejemos,  con  pesar,  á  la  espal- 
da, ese  delicioso  paraíso  que  se  apoya  en  las  faldas  de  San 
Javier  y  Aconquija,  y  después  de  atravesar  la  fértil  llanura 
cultivada,  por  donde  se  desliza  ese  río,  que  aunque  llamado 
Salí,  transforma  en  azúcar  cuanto  riega,  penetraremos  en  una 
nueva  región  que  alejada  del  benéfico  influjo  de  las  cimas  de 
las  Cordilleras,  que  condensan  las  brumas  del  Océano  Atlán- 
tico, no  puede  sostener,  por  falta  de  lluvias,  de  lagos  y  de 
ríos,  la  majestad  de  las  selvas  subtropicales,  y  ostenta  sólo 
espesos  matorrales  de  raquíticas  plantas  espinosas,  entre  las 
que  descuellan  algunos  ejemplares  de  ñandubay,  espinillo? 
tala,  algarrobo  blanco,  quebracho  flojo,  chañar,  cebil  y 
muchos  otros  árboles  y  arbustos  de  orden  secundario,  cuyo 
desarrollo  aumenta  sobre  las  riberas  del  Juramento,  y  sigue  en 


3  1 6  JUAN  DE  COMINGES. 


progresión  ascendente  hasta  el  corazón  del  Chaco,  donde  se 

encuentra  de  nuevo  una  vegetación  poco  menos  espléndida 

que  la  tucumana,  aunque  representada  por  individuos  más 

útiles  para  la  industria;  cual  lo  son:  el  guayacán,  el  quebracho 

blanco  y  colorado,  el  molle,  el  curupay,  el  mistol,  el  algarro- 
bo, el  lapacho,  el  urundaí,  el  tatané,  el  palo  mataco,  el  palo 

santo,  el  Jacaranda,  etc.,  etc.  Plantas  que  van,  no  sin  excep- 
ciones, disminuyendo  en  desarrollo  y  en  cantidad,  á  medida 
que  nos  aproximamos  á  la  confluencia  del  Río  Paraguay,  á 
causa  de  la  poca  edad  de  la  mayor  parte  de  estos  terrenos  de 
la  costa,  que,  por  haber  surgido  recientemente  del  seno  de  las 
aguas,  apenas  en  ellos  dominan  más  que  las  palmas  y  los  sau- 
ces. 

Y  si  tan  variadas  son  las  especies  arbóreas  que  en  esta 
República  constituyen  los  bosques  situados  en  el  mismo  para- 
lelo, ¿cuál  no  será,  señores,  la  diferencia  que  existe  entre  los 
vegetales  que  viven  en  distintos  meridianos  y  separados  por 
27^  de  latitud.?^ 

La  que  hay  entre  el  roble  de  Magallanes  y  el  palo  de  rosa 
de  las  riberas  del  Pilcomayo.  La  que  hay  entre  la  chirimoya 
de  Campo  Santo  y  las  manzanas  de  los  Valles  Araucanos.  La 
que  hay  en  fin,  entre  la  flora  de  los  trópicos  y  la  flora  de  las 
regiones  antarticas. 


El  artículo  2®  de  la  ley  que  aprueba  el  decreto  sobre  «Apro- 
vechamiento de  bosques»  dice  así:  «Autorízase  al  Poder  Eje- 
«  cutivo  para  invertir  de  las  rentas  generales,  hasta  la  cantidad 
«  de  cuatro  mil  pesos  fuertes  en  los  estudios  necesarios,  para 
«  preparar  una  Ordenanza  Forestal  de  la  República. »  Es  de- 
cir, que  en  Octubre  de  1880,  se  dio  por  los  poderes  públicos 
el  primer  grito  de  alarma.  Se  habían  apercibido  de  que  los 
bosques  estaban  enfermos;  esto  no  era  poco.  Se  habían  vo 


CONFERENCIAS  3  I  7 


tado  los  recursos  para  remunerar  los  servicios  del  facultativo; 
esto  ya  era  mucho.  Había  que  esperar  el  diagnóstico  de  un 
médico  para  aplicar  el  remedio  conveniente.  Era  preciso  un 
ingeniero  de  montes  y  se  buscó  otra  cosa. 

El  tiempo  ha  trascurrido,  el  diagnóstico  no  ha  podido  venir 
y  los  bosques  caminan  á  la  muerte  á  pasos  agigantados. 

Pido  al  Congreso  permita  una  pequeña  digresión  que  defina 
nuestra  posición,  pues  pudiera  ser  ridicula  ante  la  conciencia 
de  los  maliciosos,  que  lean  mas  tarde  esta  conferencia. 

No  somos  ingenieros  de  montes,  y  opinamos  que  sólo  un 
ingeniero  de  montes  puede  salvarlos  de  la  ruina.  La  analogía 
de  la  carrera  que  profesamos,  aunque  nos  autorice  para  emitir 
oficiosamente  nuestra  opinión  ante  el  Congreso  Económico  y 
ante  el  país  entero,  acerca  del  estado  del  doliente,  no  nos  per- 
mitiría, sin  menoscabo  de  la  honra,  el  aceptar,  ahora  ni  nunca, 
el  puesto  remunerado,  para  el  que  carecemos  de  aptitudes. 

No  queremos  ser  curanderos,  y  nos  inspiran  compasión  los 
que  los  llaman  y  pagan  sus  consultas. 

Pero  supongamos  que  el  Ministerio  que  pensó  salir  del  paso 
con  la  opinión  de  un  particular,  hubiese  entregado  los  cuatro 
mil  pesos  al  mejor  ingeniero  de  montes  de  la  tierra,  para  que 
redactase  desde  Berlín  ó  desde  Buenos  Aires  un  Reglamento 
para  la  explotación  de  los  bosques  argentinos,  ¿qué  hubiera 
contestado  el  ingeniero?  Que,  antes  que  todo,  le  pusiesen  en 
posesión  de  los  infinitos  antecedentes  que  son  indispensables, 
para  poder  indicar  con  acierto  el  plan  que  deba  seguirse  en  la 
explotación  de  cada  especie  de  bosque. 

¿Y  dónde  están  estos  antecedentes?  Por  nuestra  parte  no 
los  conocemos,  á  pesar  de  haber  estudiado  con  interés,  lo  que 
en  el  país  se  ha  escrito  acerca  de  las  especies  forestales.  Sabe- 
mos el  nombre  castellano,  quichua  ó  guaraní  de  las  plantas  que 
hasta  hoy  se  han  considerado  entre  nosotros  como  más  útiles; 
conocemos  también,  desde  hace  pocos  años,  la  familia  á  que 
pertenecen  y  hasta  su  nombre  genérico  y  específico;  sabemos 
que  son  vegetales  duros  ó  blandos,  grandes  ó  pequeños,  ama- 


3  l8  JUA'N  DÉ  COMINGES. 


rillos,  negros  ó  colorados  y  .  .  .  francamente,  no  sabemos  más. 

Un  ingeniero  de  fnontes  no  puede  comprometerse  á  redac- 
tar un  plan  de  aprovechamiento,  con  tan  vagos  y  tan  escasos 
antecedentes. 

Dos  años  han  trascurrido;  nada  se  ha  hecho,  y  es  evidente, 
que  nada  útil  se  hará,  si  continuamos  por  la  errada  senda  de 
conceder  por  favor  al  amigo  lo  que  corresponde  á  la  ciencia 
por  derecho. 

El  verdadero,  el  alto  patriotismo,  representado  por  los  ini" 
ciadores  de  esta  benemérita  institución,  ante  quien  nos  cabe 
el  honor  de  disertar,  procura  hoy  llenar  este  vacío,  de  un  mo- 
do más  conveniente  y  más  barato.  ¿Quién  podrá  negarse  á 
prestarle  su  concurso? 

¿Desea  el  Congreso  Económico  encontrar  en  esta  conferen- 
cia un  verdadero  plan  de  aprovechamiento  que  pueda  aplicar- 
se á  los  bosques  argentinos?  Pues  desea  un  imposible;  por- 
que ni  los  abogados,  ni  los  agrónomos,  ni  los  ingenieros  de 
montes  que  tengan  conciencia,  podrán  decidir  así,  tan  de  im- 
proviso, sobre  la  suerte  de  unos  seres  completamente  desco- 
nocidos. 

Para  establecer  leyes  higiénicas,  se  necesita  haber  estudia- 
do profundamente  al  hombre  y  á  la  naturaleza  que  lo  rodea. 
Las  leyes  forestales  son  como  la  higiene  de  los  bosques.  Para 
redactarlas  hay  que  estudiar  previamente  el  suelo  y  el  clima 
de  cada  zona,  y,  desde  la  germinación  hasta  la  muerte,  todos 
los  fenómenos  fisiológicos  que  se  cumplen  en  el  misterioso  or- 
ganismo de  los  árboles. 

Ya  sea  que  prescindiendo  de  las  demás  consideraciones,  se 
pretenda  saber,  hasta  dónde  puede  alcanzar  la  cantidad  de 
madera  que  podrá  obtenerse  en  un  tiempo  determinado,  de 
una  selva  de  la  República  Argentina;  ya  que  se  intente  averi- 
guar el  mayor  producto  en  plata,  que  en  determinado  tiempo, 
pueda  rendir  dicho  bosque,  lo  primero  que  corresponde  es 
reconocer  la  ley  del  crecimiento  progresivo  de  los  árboles  y  la 
de  su  decadencia,  y  esto  no  se  aprende  sólo  con  el  estudio  de 


CONFERENCIAS  319 


k»  aflcitomía  y  fisiología  vegetal-,  sino  conla  observación  cons- 
tante de  los  fenómenos  biológicos'  dé  cada- una  de  las  esenóias^ 
forestales,  apoyada, como  es  iiatural,en  los  priiicipios  genera^' 
I^s-  de  la  cienciav 

Señores:  el  qpe-  os  habla  es  agricultor;  lleva  treinta  y  cinco 
años  ocupado  con  entusiasmo,  cada  vez  más  creciente,  en  ma- 
terias agrícolas;  ha  sembrado  y  cultivado  millones  de  árboles; 
ha  recorrido  con  detención  las  principales  selvas  de  Europa, 
del  Brasil  y  de  las  Repúblicas  Sud  Americanas,  con  especiali- 
dad las  Argentinas;  pero  si  le  preguntaseis  cuál  será  el  diáme- 
teo,  la  escuadra,  la  altura,  el  peso,  el  cubo,  la  tenacidad,  la 
resistencia  á  la  flexión,  el  valor  en  venta,  etc.,  etc.,  de  un  Ja- 
caranda de  nueve  años,  os  diría,  con  franqueza,  que  no  sabía 
nada  de  eso.  Lo  mismo  respondería  si  le  consultarais  sobre  el 
grado  de  temperatura  que  provc»ca  ó  detiene  la  circulación  de 
sus  jugos  nutritivos,  sobre  las  sustancias  que  asimila  y  los  va- 
pores que  exhala;  sobre  sus  condiciones  químicas,  sobre  la 
predisposición  de.  las  yemas  adventivas  de  su  nudo  vital  para 
reproducirse  después  de  cortado,  etc.,  etc. 

Más  todavía:  si  bien  conoce,  de  vista,  á  muchos  de  los  ár- 
boles indígenas,  no  sabe  absolutamente  nada  acerca  de  los 
minuciosos  detalles  de  su  existencia,  que  es  preciso,  de  todo 
punto,  que  sean  conocidos  del  que  haya  de  preparar  la  Orde- 
nanza forestal  de  la  República. 

Este  código,  pues,  no  puede  redactarse  sino  por  el  ingenie- 
ro de  montes,  que  haya  estudiado  todos  y  cada  uno  de  los 
fenómenos  de  la  vida  vegetal  en  todos  y  en  cada  uno  de  nues- 
tros bosques,  en  todas  y  en  cada  una  de  nuestras  especies  fo- 
restales, y  ese  no  es  ciertamente  el  que  en  este  momento 
ocupa  vuestra  atención,  ni  puedo  deciros  tampoco  dónde  se 
encontrará,  porque  ni  nuestros  árboles  se  han  estudiado  lo 
bastante,  ni  el  único  ingeniero  de  montes  que  hay  en  el  país, 
aunque  aventajado  discípulo  de  la  mejor  escuela  de  Alemania, 
será  capaz  de  resolver  un  problema  para  el  que  faltan  absolu- 
tamente todos  los  datos. 


320  JUAN    DE    COMINGES 


Sentimos  defraudar  las  esperanzas  del  Congreso.  No  pode- 
mos someter  á  su  elevada  deliberación  un  proyecto  de  Regla- 
mento forestal;  pero  en  su  defecto,  si  se  resigna  á  escucharnos 
por  algunos  minutos,  todavía  le  daremos  modestamente  nues- 
tra opinión,  acerca  de  los  únicos  medios  que  quedan  para  sal- 
var nuestros  bosques  de  la  mina  que  los  amenaza. 
Resumamos,  previamente,  lo  dicho  hasta  aquí: 

I  .*»  Está  demostrado  por  la  experiencia  de  muchos  siglos 
y  por  la  ciencia  contemporánea,  el  riesgo  que  corren  de  des- 
aparecer las  sociedades  humanas  cuando  la  intemperancia  hace 
desaparecer  las  selvas  bajo  cuyo  amparo  se  establecieron  y  se 
multiplicaron: 

2.®  Está  probado  que  la  joven  República  Argentina,  palpa 
ya  los  efectos  de  esta  intemperancia  y  se  apercibe  de  los  sig- 
nos de  una  decrepitud  prematura,  ocasionada  por  la  explota- 
ción inconciente  de  sus  majestuosas  selvas: 

3.**  Está  probado  que  sólo  la  mucha  densidad  de  la  pobla- 
ción, la  escasez  de  superficie  cultivable,  la  necesidad  de  procu- 
rarse rentas,  pueden  en  algunos  casos  excepcionales,  servir  de 
causa  que  atenúe  este  atentado  que  se  perpetra  contra  los  in- 
tereses permanentes  de  la  sociedad: 

4.<»  Está  probado  que  siendo  la  República  Argentina,  un 
país  que  apenas  cuenta  un  habitante  por  cada  kilómetro  cua- 
drado de  suelo  cultivable,  y  no  beneficiando  rentas  forestales, 
no  debe  consentir  la  destrucción  de  los  bosques. 

5.*^  Está  probado  que  las  perturbaciones  que  se  introducen 

en  la  naturaleza,  cuando  se  consuma  la  devastación  délos  mon- 
tes, hacen  imposible  que  vuelvan  á  reproducirse,  sino  en  vir- 
tud de  una  serie  de  etapas  que  reclaman  cientos  de  siglos  pa- 
ra que  el  imperceptible  esporo  se  convierta  en  el  árbol  gigan- 
tesco: 

6.**  Está  probado  que  no  habiendo  llegado  todavía  los  bos- 
ques argentinos  al  último  período  de  la  devastación,  pueden 
ios  legisladores  salvarlos  de  la  ruina,  en  pocos  años,  siempre 
que  penetrados  de  la  elevada  misión  que  les  corresponde,  y 


CONFERENCIAS  3  2  I 


afrontando  con  valor  la  oposición  de  los  que  están  interesados 
en  sacrificar  el  porvenir  por  su  provecho  personal  presente, 
dicten  la  única  ley  que  puede  protegerlos. 

Esta  ley  debe  abarcar  los  puntos  siguientes: 

Primero:  Convertir  en  Ley  de  la  Nación  la  proposición  pre- 
sentada al  Poder  Ejecutivo,  con  fecha  1 9  de  Agosto,  por  el 
Departamento  Nacional  de  Agricultura: 

Segundo:  Disponer  que  en  virtud  de  lo  acordado  en  el  art. 
14  del  Formulario  de  los  contratos  que  se  celebraron  con  los 
obrajeros,  para  el  aprovechamiento  de  los  bosques,  y  conside- 
rando que  del  Paraguay  y  del  Brasil,  puede  la  República  Ar- 
gentina abastecerse,  sin  mayores  gastos,  de  las  maderas  pre- 
ciosas que  necesita  para  las  artes  é  industrias,  se  suspenda  la 
corta  de  leña  y  madera,  así  como  la  extracción  de  la  casca  y 
fabricación  de  carbón  y  la  Yerba  misionera  y  pastoreo  de  ani- 
males, en  todos  los  montes  y  bosques  pertenecientes  al  Esta- 
do, hasta  tanto  que  se  promulgue  la  Ordenanza  Forestal  de  la 
República: 

Tercero:  Ordenar  que  los  bosques  que  se  encuentren  den- 
tro del  área  de  tierra  que,  en  virtud  de  la  Ley  de  Colonización, 
puede  conceder  el  Poder  Legislativo  á  las  empresas  coloniza- 
doras, sean  excluidos  de  la  donación,  venta  ó  arrendamiento, 
quedando  siempre  bajo  la  protección  del  Estado. 

Cuarto:  Crear,  en  la  Capital  del  Chaco  ó  de  Misiones,  una 
Escuela  teórico-práctica  de  Comisarios  de  Montes  Naciona- 
les. 

Quinto:  Levantar  un  empréstito  de  un  millón  y  medio  de 
pesos  fuertes,  garantizado  con  todos  los  bosques  nacionales, 
para  sufragar  los  gastos  que  ocasione  la  presente  Ley  de 
Montes: 

Sexto:  Destinar  el  producto  de  la  explotación  de  los  bos- 
ques: I .®  A  sostener  el  personal  técnico  que  designe  la  orde- 
nanza. 2.®  A  pagar  el  interés  y  la  amortización  del  empréstito. 
3.**  A  fomentar  la  educación  forestal.  4.^  A  adquirir  por  expro- 
piación todos  los  bosques  espontáneos  que  estén  en  manos  de 

20 


1 


32  2  JUAN  DE  COMINGES. 


particulares  ó  corporaciones.  5.**  A  la  plantación  de  bosques 
artificiales,  y  6.*^  A  la  creación  de  viveros  y  criaderos  de  árbo- 
les en  todas  las  Provincias  y  Municipios. 

He  dicho. 


/ 


artículos  diversos 


1 


IMPRESIONES  DE  UN  EXTRANJERO 


Casa  Blanca,  Noviembre  22  de  1870. 

Señor  Don  Lucio  Rodríguez. 

Distinguido  amigo:  Cumplo  con  un  deber  de  gratitud  al 
manifestarle  mis  primeras  impresiones  ante  el  sublime  pano- 
rama de  esta  naturaleza  virgen,  cuyos  encantos  nunca  fueron 
empañados  con  el  aliento  de  los  hombres. 

Magníficos  espectáculos  se  han  ofrecido  ante  mis  ojos  du- 
rante la  carrera  de  mi  vida.  Cuadros  brillantes,  capaces  de 
despertar  alguna  fibra  sensible  en  el  alma  encallecida  de  los 
ateos. 

Yo  he  visto,  desde  el  mar  ondulante  de  doradas  mieses  que 
presentan  las  fértiles  llanuras  de  Castilla,  hasta  las  estériles 
arenas  de  las  playas  Africanas. 

Desde  las  abundantes  vegas  de  Toro  y  de  Granada,  hasta 
los  parques  inmensos  donde  los  hijos  de  Albión  olvidan  por 
un  momento  su  eterna  melancolía. 

Desde  las  abrasadas  florestas  del  Brasil,  con  sus  orquideas, 
sus  plátanos  y  sus  gigantes  palmas,  hasta  las  heladas  crestas 
de  los  Alpes,  con  sus  brezos,  azaleas,  rododendros  y  con  sus 
pintadas  vacas  siempre  acariciadas  por  la  mano  de  la  rubia 
doncella. 

Desde  los  alegres  bosques  de  Charentón  y  de  Versailles, 
salpicados  de  grutas,  fuentes  y  cascadas,  hasta  los  severos 
jardines  de  Viena  con  su  poema  de  coniferas  y  sus  palacios 


326  JUAN  DE  COMINGES. 


de  hierro  y  cristal,  donde  viven  aprisionadas  toda  clase  de 
plantas  ecuatoriales. 

Mas  todas,  todas  estas  maravillas  se  oscurecen  en  mi  me- 
moria, ante  el  conjunto  de  gracias  que  presentan  los  pinto- 
rescos contornos  de  Casa  Blanca,  porque  solo  aquí  se  mitiga 
la  fiebre  qne  me  arrastró  lejos  de  mi  patria.  Porque  solo  aquí 
toco  el  complemento  de  mis  aspiraciones.  Porque  solo  aquí, 
en  presencia  del  paraiso  que  me  forjé  en  los  primeros  sueños 
de  mi  juventud,  puedo  exclamar  con  entusiasmo  verdadero: 

¡Oh  Grande  Arquitecto  del  Universo!  Coronada  está  tu 
obra! 

La  pintoresca  estancia  de  Casa  Blanca,  que  pertenece  al 
Señor  D.  Domingo  Ordoñana,  mide  una  superficie  de  seis  mil 
hectáreas,  está  colocada  en  la  confluencia  del  Paraná  con  el 
Uruguay  y  dista  escasamente  diez  kilómetros  de  la  linda  playa 
de  Nueva  Palmira. 

Por  la  rituación  geográfica  que  ocupa,  por  las  ondulaciones 
naturales  de  su  superficie ,  por  su  exposición  al  Oeste,  por  los 
frondosos  bosques  que  la  pueblan  y  por  las  dulces  emanacio- 
nes del  río  y  arroyo  que  la  circundan,  goza  esta  encantadora 
posesión  de  un  clima  suavísimo,  que  poco  sensible  á  los  brus- 
cos tránsitos  de  temperatura,  favorece  admirablemente  el  de- 
sarrollo de  cuantos  seres  residen  en  la  inmensa  superficie  del 
globo,  desde  la  Manzanilla  y  el  Cisne  que  habitan  las  hela- 
das regiones,  hasta  el  tigre  y  la  mimosa  sensitiva  que  viven 
en  el  Ecuador. 

La  capa  superficial  de  tierra  vegetal  que  cubre  esta  inmensa 
extensión,  es  de  uno  á  tres  metros  de  espesor  y  se  compone 
de  un  légamo  arcilloso,  más  ó  menos  mezclado  con  arena 
silícea,  tan  rico  en  humus,  ó  sea  sustancias  orgánicas  en  esta- 
do de  descomposición,  que  podrían  obtenerse,  seguramente, 
quinientas  cosechas  seguidas,  sin  que  fuera  necesario  el  bene- 
ficio de  los  abonos. 

Esta  espesísima  capa  de  tierra,  descansa  en  general  sobre 
un  inmenso  banco  de  conchas  marinas,  dispuestas  en  capas 


ARTÍCULOS  DIVERSOS.  327 


horizontales,  que  deben  su  origen,  lo  mismo  que  toda  la  super- 
ficie, á  grandes  arrastres  del  Uruguay,  en  épocas  no  muy 
remotas. 

Con  una  exposición  que  impide  la  maléfica  influencia  de  los 
vientos  del  Sud,  con  una  temperatura,  donde  jamás  el  termó- 
metro desciende  á  cero,  ni  llega  más  allá  de  los  35  grados; 
con  una  capa  vegetal,  cuya  composición  no  puede  ser  más 
ventajosa,  ya  se  considere  física  ó  químicamente;  con  un  sub- 
suelo que  libra  circulación  á  la  humedad  superabundante,  im- 
pidiendo el  desprendimiento  de  los  ácidos  tan  nocivos  á  la 
vida  vegetal;  con  una  atmósfera,  por  último,  que  siempre  im- 
pregnada de  las  frescas  emanaciones  del  Uruguay,  cubre  la 
tierra  de  suave  rocío,  ¿qué  gérmenes  de  vida  podrán  colocarse 
en  este  medio  feliz  sin  que  se  desarrollen  espléndidos  y  vivan 
con  todas  las  galas  de  una  existencia  lujuriosa? 

Pero  la  naturaleza,  siempre  insistente  en  sus  manifestaciones, 
no  solo  posee  un  lenguaje  mudo  y  elocuente  para  hablar  á  la 
inteligencia  de  los  espíritus  observadores,  sino  que  se  revela  en 
sus  infinitas  y  variadas  creaciones  para  herir  nuestros  sentidos. 

En  medio  de  las  felices  condiciones  de  existencia  que  llevo 
descriptas,  puede  muy  bien  la  ignorancia  humana  dudar  de  la 
inflexible  lógica,  encanto,  concordancia,  equilibrio  y  economía 
del  mundo;  mas  en  presencia  de  tantos  individuos  de  la  gran 
familia  vegetal,  ante  sus  tallos  gigantescos,  sus  verdes  hojas  y 
sus  matizadas  flores,  la  duda  insulta  á  una  Providencia  que 
con  cariñosa  solicitud  atiende  á  nuestra  necesidades,  satisface 
nuestros  caprichos  y  realiza  nuestras  ilusiones. 

Plaza;  ancha  plaza  guarda  las  verdes  praderas  de  Casa- 
Blanca,  para  cuantos  eslabones  componen  la  gran  cadena  de 
la  vida  orgánica. 

Allí  vegeta  la  higuera  con  la  misma  lozanía  que  en  Egipto, 
la  Argelia  y  la  costa  española. 

La  trepadora  madreselva  como  en  la  Tartaria.  La  mimosa 
sophanta  ó  aromo,  con  sus  mil  racimos  de  oro,  como  en  el 
Senegal. 


328  JUAN  DE    COMINGES. 


La  ortiga  con  sus  delicados  filamentos  y  sus  jugos  alcali- 
nos, como  en  el  Asia  meridional. 

El  serval  de  cazadores  ó  nopal  azucarado,  como  en  el  centro 
de  África. 

La  cuya  astringente,  como  en  los  lagos  de  Etiopia. 

El  gigantesco  y  endurecido  bambú,  como  en  el  Archipiélago 
Filipino. 

La  centaura,  cuaja-leche,  como  en  las  mesetas  de  Europa. 

La  eritrina,  cresta  de  gallo,  como  en  los  Trópicos. 

La  avena,  como  entre  las  Estepas  del  Norte. 

El  naranjo,  como  en  la  China. 

El  trébol  aromático,  como  en  las  praderas  de  la  Suiza. 

El  phicus  elástica  ó  cauchout,  como  en  Anam,  Java,  el  Bra- 
sil y  la  Guayana  francesa. 

El  fénix  datilífero  ó  palmera,  como  en  Berbería  ó  en  Elche. 

La  pimienta  ó  mollen  como  en  la  Oceanía. 

¿  Para  qué  cansar  con  la  descripción  de  las  infinitas  plantas 
que  viven  espontáneamente  en  esta  feracísima  costa? 

Basta  y  sobra  con  lo  dicho,  para  demostrar,  que  allí  donde 
nacen,  crecen  y  multiplican  tantos  individuos  de  tan  diversas 
procedencias;  allí  donde  tan  variadas  producciones  cumplen 
con  los  misterios  de  su  existencia,  elevando  hasta  el  trono  de 
Dios  un  himno  que  se  traduce  en  perfumes  y  gorjeos,  allí 
está  el  campo  señalado  por  el  dedo  de  la  Providencia,  para 
trasplantar  con  profusión  esa  planta  cosmopolita  que  se  llama 
hombre;  planta  que  en  el  Asia  languidece  narcotizada  y  pere- 
zosa; planta  que  se  aniquila  en  el  Asia  bajo  el  yugo  del  despo- 
tismo; planta,  en  fin,  que  gastada  y  sin  aromas,  hoy  muere 
aplastada  entre  los  escombros  de  la  Europa  que  se  derrumba. 

Vengan  aquí,  pues,  los  hijos  desheredados  de  todas  las  na- 
ciones de  la  tierra. 

Vengan  los  que  confiados  en  sus  merecimientos,  esperan  en 
vano  la  hora  de  la  justicia. 

Vengan  aquí,  pues,  cuantos  no  puedan  respirar  en  la  co- 
rrompida atmósfera  del  viejo  mundo. 


ARTÍCULOS  DIVERSOS.  329 


Vengan  aquí,  y  bendecirán  como  yo,  el  día  en  que  por  vez 
primera  pisé  las  playas  del  rico  continente  americano. 

Venid;  que  ya  señala  el  gran  reloj  de  los  siglos,  la  hora  del 
engrandecimiento  de  esta  República. 

Venid  á  formar  parte  de  la  gran  nación,  donde  los  hombres 
son  felices  y  ricos  por  el  clima,  nobles  y  generosos  por  la  li- 
bertad. 

¡Libertad!  Mágica  palabra!  En  busca  tuya  miles  de  bajeles 
cruzan  incesantemente  las  enfurecidas  ondas  del  Océano,  pa- 
ra arrojar  después,  sobre  las  fértiles  playas  orientales,  los  va- 
lientes de  todas  las  naciones. 

Aquí  viven  la  agricultura,  el  comercio,  la  industria;  artes  y 
ciencias  que  desdeñan  las  caricias  del  Sibarita,  desconfiando 
de  las  promesas  del  tirano  y  huyen  del  estrépito  de  las  armas. 

En  tu  seno  están,  República  Oriental  del  Uruguay,  todos 
los  gérmenes  de  tu  futura  grandeza.  Cumple  las  misteriosas 
leyes  del  destino,  dándoles  el  soplo  de  la  vida  que  reclaman, 
y  serás  en  breve  plazo  la  nación  más  feliz,  más  noble,  más  ri- 
ca y  más  poderosa  de  la  tierra. 

Estos  son,  distinguido  amigo,  los  sentimientos  de  que  me 
hallo  poseido  ante  el  cuadro  majestuoso  de  esta  naturaleza; 
sentimientos  que  le  comunico  lleno  de  placer,  porque  lo  hago 
á  un  obrero  que  trabaja  con  insistencia,  constancia  y  tenaci- 
dad, para  proporcionar  á  su  patria  días  felices. 

Sin  fatigarle  más  por  esta  vez,  se  repite  de  Vd.  con  la  ma- 
yor consideración  su  affmo.  amigo  y  servidor. 


Q.  B.  S.  M. 
Juan  de  Cominges. 


DISCURSO 

PRONUNCIADO    EN    LA    INAUGURACIÓN    DE    LA    ASOCIACIÓN    RuRAL 

DEL  Uruguay,  Octubre  3  de  187 i   (Montevideo). 


Respetables  Sres.:  En  el  momento  que  acaban  de  pronun- 
ciarse frases  tan  elocuentes  y  sentidas,  pálidas  serán  las  que 
broten  de  mis  labios,  por  más  que  arranquen  de  un  corazón 
entusiasta  por  la  agricultura. 

Yo  debiera  sofocar  sus  impulsos;  mantener  el  dominio  de  la 
fría  razón;  pero,  señores,  el  espectáculo  que  se  está  dando, me 
conmueve,  me  fascina,  me  atrae  y  lanzándome  fuera  de  mi  ór- 
bita me  hace  seguir  tras  la  estela  de  astros  luminosos,  para  qui- 
zá precipitarme  en  los  abismos. 

Si  las  distinguidas  personas  que  aquí  se  encuentran  reuni- 
das, constituyen,  como  tan  oportunamente  lo  acaba  de  decir 
el  ilustre  y  constante  Sr.  Ordoñana,  el  árbol  cuyos  robustos 
brazos  guarecerán  y  darán  nueva  vida  á  los  intereses  de  la  cam- 
paña, no  se  me  niegue,  señores,  la  alta  honra  de  ser  la  última 
de  sus  raíces  capilares.  ¿Qué  secretos  resortes  ha  movido  la 
naturaleza?  Qué  leyes  misteriosas  de  afinidad  se  han  puesto  en 
juego,  para  hacer  converger  á  este  punto  tantos  individuos, 
distintos  en  profesiones,  en  aspiraciones  políticas  y  en  nacio- 
nalidad? Vamos  por  ventura  á  poner  nuestra  firma  bajo  el 
primer  capítulo  del  pacto  federal  universal?  ¿Vamos  á  conjurar 
algún  peligro?  Acaso  sea  lo  uno  y  lo  otro.  Pero  no  nos  dejemos 
arrebatar  por  el  placer,  ni  el  sentimiento,  puesto  que  ni  somos 


ARTÍCULOS  DIVERSOS.  33  I 


tan  meritorios  ante  Dios,  que  podamos  ya  realizar  por  comple- 
to las  predicciones  de  su  Evangelio,  ni  tan  indignos  que  me- 
rezcamos su  cólera. 

Estamos  reunidos  aquí,  esperando  la  señal  para  dar  la  ba- 
talla contra  el  más  terrible  de  cuantos  enemigos  han  persegui- 
do á  la  humanidad. 

Contra  ese  genio  del  mal,  que  sembrando  la  zizafta  en  nues- 
tros campos  y  el  desaliento  en  nuestros  pechos,  ha  sido  siem- 
pre la  remora  de  las  sociedades,  que  deben  continuar  su  mar- 
cha magestuosa  hasta  llegar  á  la  felicidad  suprema.  Venimos 
á  mancomunar  nuestros  esfuerzos  para  combatir  el  error,  orí- 
gen  de  todas  las  miserias  humanas,  y  para  difundir  la  luz,  ma- 
nifestación sensible  de  la  divinidad. 

En  una  palabra,  venimos  á  formar  un  ejército  indestructible, 
ante  cuyas  armas,  que  son  gajos  de  oliva,  huyen  los  tigres  co- 
mo tímidas  ovejas. 

Señores,  al  ver  á  los  hombres  unidos  aquí  por  un  sentimien- 
to tan  espotáneo,  tan  noble  y  generoso;  al  verlos  sobreponer- 
se á  todas  las  miserias  que  hoy  nos  rodean;  al  verlos  remon- 
tar su  espíritu  hasta  la  esfera  del  bien  general,  desnudándose 
de  sus  pasiones  particulares,  no  vacilo  en  calificar  este  paso 
como  el  mayor  que  un  pueblo  puede  dar  en  el  camino  de  su 
prosperidad  y  de  su  gloria. 

Es  la  primera  vez  de  mi  vida  que  presencio  un  espectáculo 
semejante;  por  eso  estoy  conmovido,  tan  profundamente  con- 
movido, que  temo  no  poder  continuar.  Desdichado  el  enfer- 
mo que  no  conoce  sus  dolencias.  El  sepulcro  le  aguarda. 

Desdichado  el  pueblo  que  no  se  apercibe  de  sus  necesida- 
des! Las  cadenas  y  el  hambre  lo  aniquilan. 

Felices  mil  veces  los  orientales,  que  previendo  las  suyas  tan 
á  tiempo,  no  dejarán  jamás  que  se  agote  la  prodigiosa  fertili- 
dad de  su  privilegiado  suelo!  Y  dichosos  también  los  extran- 
jeros, que  como  los  Celtas,  Fenicios  y  Cartagineses,  venimos, 
convidados  por  tan  risueña  naturaleza,  á  sentarnos  al  banquete 
que  nos  ofrece  este  nuevo  jardín  de  las  Hespérides! 


332  JUAN  DE  COMINGES. 


Tan  lejos  estoy  de  conceptuar  este  acto,  como  un  acto  vul- 
gar de  esos  en  que  solo  se  trata  de  intereses  materiales;  tan 
identificado  estoy  con  su  fin  moral;  tan  profundo  respeto  y 
veneración  me  inspira,  que  solo  veo  una  congregación  de 
hombres  de  fe  que  han  acudido  al  templo  para  ofrecer  á  su 
Dio^  el  santo  sacrificio  del  trabajo! 

Dejadme  también  á  mí  levantar  hasta  su  trono  divino  una 
súplica  que  reasume  las  más  justas  inspiraciones  del  alma! 

Señor:  iluminad  nuestro  espíritu  para  que  sepamos  hacer 
de  cada  ser  aislado  que  sucumbe  estérilmente  en  los  campos 
de  batalla,  sin  dejar  otra  herencia  que  su  huella  ensangrenta- 
da, una  familia  laboriosa,  feliz  y  rica  en  conocimientos  y  vir- 
tudes. 

Dadnos  fuerzas  para  levantar  á  nuestro  hermano  el  hom- 
bre. Haced  que  no  le  veamos  más  doblegado  bajo  el  peso  de 
su  ignorancia,  envilecido,  hambriento,  fatigado,  maldiciente  y 
degradado  á  la  categoría  de  la  bestia,  arrastrarse  penosamente 
tras  de  su  imperfecto  arado. 

Haced  que  su  abatida  frente  se  levante  para  daros  gracias, 
por  haber  firmado  la  carta  de  redención! 

Por  bastantes  siglos  castigaste  la  ignorancia  del  hombre  ha- 
ciéndole regar  la  tierra  con  el  sudor  de  su  frente.  Redimidle 
Señor  de  su  esclavitud,  dándole  ciencia  para  que  sea  sustituido 
en  sus  penosas  faenas  por  el  vapor,  la  electricidad  y  las  demás 
fuerzas  inanimadas  de  la  naturaleza. 

He  dicho. 


LA  INMIGRACIÓN  EN  AMERICA 


«  Vengan  los  hijos  desheredados  de  todas  las  naciones  de 
c  la  tierra.  Vengan  y  bendecirán,  como  yo,  el  día  en  que  por 
«  vez  primera  pisen  las  playas  del  rico  continente  Ameri- 
<   cano. » 

Hace  un  año  que  el  autor  de  este  artículo  escribió  las  an- 
teriores líneas,  en  una  carta  dirigida  al  Sr.  D.  Lucio  Rodrí- 
guez, Gerente  de  la  oficina  de  Inmigración,  carta  que  mereció 
la  honra  de  ver  la  luz  pública  en  este  país  y  en  Inglaterra, 
Italia,  Francia  y  España. 

Un  año  más  de  observaciones,  de  estudios  y  de  ensayos 
prácticos,  le  han  confirmado  en  sus  primeras  opiniones  des- 
pertando en  su  alma  un  sentimiento  que  necesita  realizar, 
supuesto  que  tiende  á  restablecer  el  equilibrio  entre  dos  so- 
ciedades que  sufi'en  en  sentido  inverso. 

La  Europa  y  la  América  en  general. 

La  España  y  la  República  Oriental  en  particular. 

Las  revoluciones  verificadas  por  nuestro  planeta  desde  el 
principio  de  los  siglos,  lo  mismo  que  las  realizadas  por  las 
ideas  desde  los  tiempos  más  remotos,  en  vez  de  turbar  el 
orden  majestuoso  de  la  naturaleza,  han  servido  para  embe- 
llecer al  mundo  y  para  enaltecer  á  la  humanidad. 

Los  grandes  cataclismos  de  las  edades  primitivas  eran  di- 
rigidos por  una  naturaleza  previsora  que  formaba  con  el  hierro, 
el  oro  y  la  hulla,  veneros  de  riqueza  para  las   fiíturas   edades. 

Las  Águilas  Romanas,  que  pasearon  victoriosas  desde  el 
Tajo  al  Eufrates  y  desde  los  Alpes  hasta  el  Atlas,  prepararon 


334  J  UAN  DE  COMINGES 


con  la  unidad  de  idiomas  y  de  costumbres,  el  vasto  campo, 
donde  muy  pronto  habían  de  germinar  las  purísimas  doctri- 
nas del  Evangelio. 

De  un  puñado  de  criminales  que  robaron  hasta  las  mujeres, 
nació  aquella  deidad  coronada  de  almenas  que  se  llamó  la 
Diosa  Roma,  del  mismo  modo  que  otro  puñado  de  puritanos 
acaba  de  dar  origen  á  la  nación  más  culta  y  más  poderosa  de 
la  tierra. 

Hace  cuatro  siglos,  que  sólo  tribus  salvajes  y  bestias  fero- 
ces estaban  en  posesión  de  los  bosques  pintorescos  que  nos 
rodean;  pero  las  hojas  de  sus  árboles  al  desprenderse,  forma- 
ban poco  á  poco  la  inmensa  capa  de  tierra  vegetal  que  en  lo 
futuro  había  de  nutrir  á  generaciones  libres  é  ilustradas. 

Hace  también  cuatro  siglos,  que  las  márgenes  del  Genil  es- 
taban habitadas  por  un  pueblo,  que  era  el  único  depositario 
en  el  mundo,  de  las  letras,  de  las  artes  y  de  la  agricultura,  pero 
el  fanatismo  de  otros  pueblos  unido  á  la  crueldad,  la  intoleran- 
cia, la  injusticia  y  la  barbarie,  acabó  con  aquella  civilización, 
dando  origen  á  la  España  de  Carlos  segundo  y  de  Isabel  de 
Borbón. 

La  ardiente  lágrima  con  que  Boadil  regó  la  tierra  al  despe- 
dirse de  la  hermosa  Sultana,  esterilizó  para  muchos  siglos  su 
fecundo  seno,  y  la  estrella  que  guió  al  piloto  Colón  en  su  mi- 
lagrosa travesía,  y  que  alumbró  en  la  primer  aurora  de  Amé- 
rica, fué  la  misma  que  brilló  en  el  último  crepúsculo  de  España. 
España,  ¿Dónde  estás? 

Aletargada  con  el  oro  de  Potosí;  embrutecida  con  las  ho- 
gueras de  la  inquisición;  agobiada  con  los  foros,  feudos,  diez- 
mos y  alcabalas,  y  diezmada  con  las  persecuciones  políticas; 
en  vano  tus  más  ilustrados  hijos  se  ofrecen  en  sacrificio  al 
luchar  contra  los  tiranos,  que  tienen  bastante  oro  para  re- 
compensar á  un  ejército  mercenario,  destinado  á  sofocar  las 
más  nobles  aspiraciones  de  la  humanidad. 

«  Venid  aquí  hijos  desheredados  de  todas  las  naciones  de 
«   la  tierra,  venid  y  bendiciréis  como  yo,  el  día  en  que  por  pri- 


ARTÍCULOS  D[VERSOS.  335 


«   mera  vez  piséis  las  playas  del  rico  continente  Americanoí » 

Ya  no  producen  manzanas  de  oro  las  pintorescas  costas  Je 
la  Bética. 

Inmensas  superficies  cubiertas  de  brezo,  zarza,  romero  y 
lentisco,  señalan  la  hora  de  tu  decadencia,  y  empiezan  á  for- 
mar con  sus  hojas  nueva  capa  de  tierra  vegetal  que  ha  de  nu- 
trir, en  días  lejanos,  á  razas  ocultas  entre  las  sombras  del 
porvenir. 

Los  soberbios  palacios  flotantes  donde  navegaron  los  car- 
tagineses del  siglo  XIX,  ya  no  dirigen  sus  proas  hacia  la  Euro- 
pa meridional. 

La  América,  madre  hospitalaria  y  generosa,  los  llama  y  los 
espera  para  acariciarlos  contra  su  seno,  donde  se  enjugan  las 
lágrimas  de  sus  hijos  y  se  curan  las  heridas  de  su  alma. 

Pueblos  de  España  que  sufrís  las  amarguras  de  la  miseria 
y  del  despotismo,  escuchad: 

Hay  un  país  donde  se  llega  con  comodidad,  seguridad  y 
economía,  en  el  corto  espacio  de  15  días. 

Alh'  se  habla  vuestro  propio  idioma. 

Su  temperatura  es  tan  suave,  que  crece  por  todas  partes  el 
naranjo,  la  palma  y  la  caña  dulce. 

La  tierra  es  tan  fecunda,  que  puede  sembrarse  algunos  si- 
glos sin  reclamar  el  beneficio  de  los  abonos. 

Los  alimentos  son  tan  baratos,  que  una  arroba  de  carne  fres- 
ca cuesta  menos  que  dos  libras,  en  nuestra  patria. 

La  existencia  es  tan  fácil,  que  nadie  vive  de  la  caridad,  todos 
los  hombres,  mujeres  y  niños,  encuentran  colocación  lucrativa 
antes  de  los  ocho  días  de  su  llegada,  y  muchas  veces  ven  soli- 
citados sus  servicios  antes  de  salir  del  barco  que  los  trajo. 

Una  oficina  del  gobierno,  se  encarga  de  protejer  al  recién 
llegado,  y  no  lo  abandona  hasta  que  realiza  sus  deseos. 

El  clima  es  tan  sano,  que  muchas  enfermedades  europeas 
son  desc(Jnocidas. 

El  más  corto  jornal,  de  los  peones  ínfimos  del  campo,  es 
cinco  pesetas,  cuando  abundan  brazos. 


33^  JUAN  DE  COMINGES. 


Las  familias  labradoras,  encuentran  en  el  acto,  ricos  señores, 
que  les  dan,  mediante  ciertos  contratos,  alimentos  por  uno  ó 
más  años,  semillas,  herramientas,  ganados  de  labor  y  tierras 
abundantes  que  cultivar,  y  que  al  cabo  de  algún  tiempo  llegan 
á  ser  de  su  exclusiva  propiedad. 

Los  artistas,  industriales,  y  comerciantes,  son  la  verdadera 
aristocracia  de  ese  país,  donde  hacen  rápida  fortuna  si  saben 
ser  nonrados. 

Los  grandes  emprendedores  y  los  hombres  de  la  ciencia, 
encuentran  la  patria  que  soñaron  en  los  primeros  delirios  de 
la  niñez. 

La  libertad  que  se  goza,  es  la  más  completa  á  que  pueden 
aspirar  los  hombres;  los  que  gobiernan  respetan  á  todos,  cual- 
quiera que  sean  sus  opiniones  políticas,  nacionalidad,  su  indus- 
tria y  su  religión. 

Los  hijos  de  esa  tierra  feliz  son  tan  generosos,  y  tan  noble- 
mente ejercen  su  hospitalidad,  que  se  puede  cruzar  la  Repúbli- 
ca de  un  extremo  á  otro,  sin  recurrir  á  la  bolsa  para  pagar  la 
mesa,  la  cena,  ni  el  caballo. 

No  se  conocen  en  esa  tierra  ni  la  soberbia  ni  la  humillación. 
El  pecho  se  dilata  en  esa  atmósfera  de  paz,  de  igualdad  y  de 
alegría,  y  los  semblantes  de  todos  se  tornan  expansivos  y  fran- 
cos, como  lo  son  los  de  hombres  libres  de  todos  los  países. 

Los  gobernantes  de  España,  que  se  afanan  en  tener  gran 
número  de  soldados  que  den  su  sangre,  y  gran  número  de  es- 
clavos que  den  su  sudor,  ocultan  á  la  vista  de  sus  subditos  la 
risueña  perspectiva  de  ese  país  que  se  llama  Montevideo,  ó  sea 
la  República  Oriental  del  Uruguay;  pero  los  que  han  sufrido 
grandes  amarguras  en  Europa,  y  al  pisar  estas  hospitalarias 
playas  han  visto  recompensados  sus  esfuerzos,  y  han  podido  re- 
nacer á  la  vida  y  á  la  esperanza,  llenos  de  fe,  de  fuerza  y  de 
juventud,  han  contraido  el  deber  de  tender  una  mano  fraternal 
á  los  desgraciados,  mostrándoles  abierto  y  expedito  el  camino 
de  la  felicidad  que  les  espera  en  pago  de  su  tribulación.  . 
La  firme  convicción  de  que  es  cierto  lo  que  acabo  de  manifes- 


ARTÍCULOS   DIVERSOS.  337 

tar;  el  amor  hacía  los  compatriotas  que  sufren  al  otro  lado  de  los 
mares,  y  la  gratitud  que  se  debe  al  pueblo  bondadoso  que  acoje 
y  proteje  á  cuantos  le  piden  hospitalidad,  fueron  y  son  los  móvi- 
les que  impulsan  al  que  escribe  estas  líneas,  á  decir  al  principio 
de  ellas  y  á  repetir  al  final: 

«  Vengan  aquí,  los  hijos  desheredados  de  todas  las  nacio- 
«  nes  de  la  tierra,  vengan  y  bendecirán,  como  yo,  el  día  que 
«  por  vez  primera  pisen  las  playas  del  rico  continente  Ameri- 
«  cano.» 

Nueva  Palmira,  25  de  Febrero  de  1872. 


21 


n 


LAS  DUNAS 


EN  LAS  COSTAS  DEL  ATLÁNTICO,  DEL  PLATA  Y  EL  URUGUAY 


Esta  palabra  con  que  los  Celtas  y  Latinos  designaban  las 
cuchillas  ó  montañas  escarpadas,  palabra  que  todavía  se  en- 
cuentra mezclada  al  nombre  de  infinitos  pueblos,  como  Ver-dún. 
Isson-dun,  Lon-dun,  sirve  en  nuestros  días  para  designar  los 
montículos  de  arena  que  aparecen  paralelos  á  las  costas  de  los 
mares  y  de  los  ríos,  así  como  también  los  que  por  los  vientos 
se  forman  en  algunas  pampas  y  en  los  desiertos  de  Arabia  y 
de  la  Libia. 

El  testimonio  de  los  más  antiguos  geógrafos  acredita,  que 
nadie  en  aquellas  épocas  remotas  había  parado  la  atención  en 
este  fenómeno,  hoy  tan  desastroso. 

Ni  Plinio  ni  Strabón  se  ocupan  de  las  Dunas,  por  más  que 
estos  sabios  naturalistas,  no  hubieran  dejado  en  el  silencio  y  el 
abandono,  tan  importantes  revelaciones. 

Por  otra  parte,  los  troncos  de  castaño  y  pino  encontrados 
en  el  interior  de  las  Dunas  del  Golfo  de  Gascuña,  revelan  que 
en  otros  tiempos,  éstas  no  existían,  supuesto  que  la  vegeta- 
ción invadía  hasta  la  misma  orilla  de  las  aguas. 

El  incendio,  la  imprevisión,  la  guerra  y  la  barbarie,  acaban- 
do con  estas  frondosas  selvas  que  revestían  el  litoral  de  los 
mares,  dieron  origen  á  las  Dunas  que  hoy  existen,  y  á  las  que 
aparecerán  de  día  en  día,  si  no  se  acude  con  eficaz  remedio. 

La  ignorancia  del  hombre  ha  modificado  la  forma  y  condi- 
ciones climatológicas  del  planeta  en  que  reside,  con  gran  per- 
juicio para  su  existencia  y  en  su  proceder  ha  sido  castigado, 


ARTÍCULOS  DIVERSOS.  339 


como  todo  el  que  se  empeña  en  contrariar  las  leyes  admirables 
de  la  naturaleza. 

El  hombre  que  ha  dado  origen  á  las  Dunas,  y  á  los  infinitos 
desastres,  de  que  ellas  son  las  consecuencias,  siendo  como  es 
responsable  de  sus  actos,  está  obligado  á  la  reparación. 

El  mar,  con  el  perpetuo  movimiento  del  flujo  y  reflujo,  y 
con  la  furiosa  agitación  de  las  olas,  arroja,  sin  cesar  sobre  sus 
orillas,  inmensa  cantidad  de  arenas;  como  si  tratara  de  restituir 
á  los  continentes  las  que  le  fueron  arrebatadas  por  la  im- 
petuosidad de  los  torrentes. 

Inútiles  son  sus  esfuerzos  cuando  rocas  elevadas  ó  fajas  de 
vegetación  se  interponen  como  para  fijar  el  límite  de  ambos 
dominios:  más  cuando  las  primeras  no  existen  ó  las  segundas 
han  desaparecido,  el  poderoso  auxiliar  de  los  vientos  hace  que 
estas  moléculas  imperceptibles  invadan  el  interior  de  la  tierra, 
muchas  veces  hasta  la  enorme  distancia  de  cien  kilómetros. 

Pueblos  enteros  han  desaparecido  bajo  estos  cristales  in- 
fecundos; ríos  caudalosos  han  cambiado  su  dirección;  profun- 
dos lagos  han  desaparecido  allí  donde  diques  improvisados 
han  llegado  á  detener  el  curso  de  los  ríos,  fértiles  vegas  se 
han  trasformado  en  yermos  arenales,  y  hasta  los  mismos  mares 
han  llegado  á  colmarse  con  estas  partículas  invasoras. 

Preguntad  á  los  vecinos  de  las  aldeas  colocadas  al  Occidente 
de  la  Gascuña,  y  os  señalarán  con  espanto  los  sitios  donde 
sucesivamente  han  ido  estableciendo  su  morada,  huyendo  de 
un  enemigo  formidable  que  siempre  avanza  y  jamás  abandona 
sus  conquistas. 

La  iglesia  de  Lege,  construida  en  1480,  tuvo  que  abando- 
narse con  este  motivo,  para  ser  reconstruida  en  1650,  tres 
kilómetros  más  al  interior  de  la  tierra. 

I  Tres  kilómetros  caminados  por  la  arena  en  el  corto  espa- 
cio de  1 70  años,  ó  sea  algo  más  de  1 7  metros  al  año,  de 
terreno  perdido  para  la  agricultura  ! 

Estraña  coincidencia!  Las  arenas  del  Golfo  de  Gascuña 
caminaban  1 7  metros  al   año,   arrastradas  por  el  impulso  del 


340  JUAN  DE  COMINGES. 


sud-oeste,  y  esa  misma  distancia  caminan  en  algunas  exposi- 
ciones de  la  Banda  Oriental  del  Plata  y  Uruguay,  las  arenas 
que  impulsa  el  mismo  viento. 

En  Palmira  hay  seis  hectáreas  de  arenales,  bajo  cuya  moví- 
ble  y  árida  superficie  se  encuentra  una  excelente  capa  de  tierra 
vegetal. 

Son  la  prueba  evidente  de  que  aquí,  como  en  el  Golfo  de 
Gascuña,  son  idénticos  los  efectos  de  un  viento  que  obra  en 
la  misma  dirección  é  intensidad. 

Desde  la  laguna  de  la  Manguera,  hasta  los  límites  de  la 
Uruguayana,  tiene  la  República  Oriental  una  serie  de  Dunas, 
cuya  superficie  no  será  aventurado  calcular  en  sesenta  mil 
hectáreas,  hoy  inútiles  para  la  ganadería  y  el  cultivo: 

Y  si  á  esta  enorme  suma  añadimos  los  bañados  á  que  las 
Dunas  dan  origen  al  cerrar  la  barra  de  infinitos  arroyos,  baña- 
dos pestilenciales,  tan  improductivos  por  lo  menos,  como  las 
Dunas,  tendremos,  por  lo  corto,  doscientas  cincuenta  mil  hec- 
táreas arrebatadas  á  nuestras  necesidades,  productoras  de  in- 
finitos desastres  y  preconizadoras  de  nuestra  apatía. 

Mas,  no  es  esto  solo;  el  mal  aumenta  á  cada  soplo  de  brisa, 
y  puede  decirse  que  cada  minuto  que  trascurre,  pierde  esta 
hermosa  patria,  diez  varas  cuadradas  de  su  territorio.  ¡Hectárea 
y  media  cada  día,  más  de  quinientas  hectáreas  al  año! 

Dice  el  sabio  Reclús,  que  por  los  infinitos  datos  que  las 
Dunas  suministran,  pueden  ser  consideradas  como  verdaderos 
cronómetros  geológicos. 

Es  cierto.  Hace  años  que  jamás  salíanlas  aguas  del  Bañado, 
donde  hoy  están  establecidos  los  cultivos  de  papas,  tabaco, 
maiz,  eucaliptus,  alfalfa,  timbos,  etc. 

El  sud-oste  por  un  lado  impeliendo  las  arenas,  y  los  aluvio- 
nes por  otro,  arrastrando  el  detritus  de  las  cuchillas,  comple- 
taron la  obra  de  relleno,  trasformando  un  golfo  en  una  laguna, 
la  que  canalizada  en  el  año  pasado,  se  ha  trocado  en  una  fera- 
císima vega  que  está  elevada  dos  y  medio  metros  sobre  el 
nivel  ordinario  del  Uruguay. 


ARTÍCULOS  DIVERSOS.  34 1 


En  el  año  que  lleva  de  cultivo  este  terreno,  se  ha  levantado 
doble  que  en  los  años  ordinarios. 

En  corroboración  de  las  opiniones  de  Reclús  y  de  las  obser- 
vaciones de  todos  los  geólogos  contemporáneos,  manifesta- 
remos un  hecho  que  se  repite  en  diferentes  puntos  de  la  mar- 
gen del  Uruguay,  principalmente  en  la  estancia  de  Casa-Blanca, 
poco  más  arriba  del  arroyo  Gutiérrez. 

Un  espeso  monte  de  ceibos,  higuerones,  curupís  y  otras 
maderas  de  poca  aplicación  hasta  el  día,  se  ha  preservado, 
por  esa  causa,  del  hacha  destructora,  cubriendo  una  faja  ancha 
de  cuatro  ó  cinco  hectáreas  y  tangente  al  río. 

Antes  y  después  de  esta  faja,  la  costa,  con  escasa  ó  ningu- 
na vegetación,  presenta  el  repugnante  cuadro  de  las  Dunas, 
elevadas  algunas  hasta  la  altura  de  quince  metros;  pero  en  el 
oasis  á  que  nos  referimos,  el  viento  ha  luchado  en  vano  contra 
'a  impenetrable  muralla,  vida  de  las  plantas  y  verde  alfombra 
de  florido  césped  que  se  extiende  allí  en  lugar  délos  abrasado- 
res y  estériles  arenales  que,  de  todas  partes,  van  avanzando 
hacia  el  interior  de  los  continentes. 

La  tierra  afeada  y  empobrecida  por  la  ignorancia  de  los 
hombres,  clama  en  el  ilustrado  siglo  XIX  por  restituirse  á  su 
piimitivo  estado.  Estamos  al  presente,  tocando  ya  las  funes- 
tas consecuencias  de  nuestra  torpeza;  pero  mayores  males 
aún,  nos  amenazan  para  el  futuro,  si  no  buscamos  eficaz  re- 
medio que  corrija  los  perjuicios  causados  á  nuestra  fecunda 
madre. 

La  señal  de  alarma  ha  sido  dada  por  Mr.  Ruhat,  á  princi- 
pios del  siglo  XVIII,  quien  probó  con  sus  siembras  de  pino, 
que  podían  éstas  ser  las  guerrillas  que  contuvieran  al  ejército 
de  Dunas  que  marchaba  al  asalto  de  los  pueblos. 

Mucho  después  de  esto,  propusieron  al  Gobierno  de  la 
Francia,  sujetar  con  iguales  ó  semejantes  procedimientos,  la 
inmen.sa  zona  de  las  Laudas,  antes  de  que  el  célebre  Bremon- 
tier,  pusiera  en  ejecución  admirable  plan  de  cultivos,  por  medio 
del  cual,  se  demostró  prácticamente,  que  con  la  plantación  de 


342  JUAN  DE  COMINGES. 


árboles  y  arbustos  de  gran  aparato  foliáceo,  como  pinos,  cas- 
taños, viñas,  etc.  se  conseguía  este  resultado,  sin  más  gasto 
que  miserables  doscientos  francos  por  hectárea. 

Estos  trabajos  están  terminados  y  las  amenazadoras  Dunas 
de  las  Landas  hoy  se  han  convertido  en  un  emporio  de  rique- 
za. Los  bosques  recientemente  plantados,  según  el  plan  de 
Bremontier,  están  estimados  en  25  millones  de  francos,  lo  que 
da  un  valor  de  600  francos  á  cada  hectárea. 

No  decimos  más. 

El  día  en  que  grandes  sociedades,  protegidas  por  nuestro 
Gobierno,  exploten  las  doscientas  cincuenta  mil  hectáreas  que 
hoy  son  causa  de  serios  y  justos  sobresaltos,  la  República 
tendrá  sobre  sus  costas  quinientos  millones  de  pinos,  para 
hacer  frente  á  los  25  millones  de  pies  de  pino,  que  se  consu- 
men anualmente  en  el  Río  de  la  Plata,  y  la  riqueza  territorial 
habrá  aumentado  la  fabulosa  suma  de  cinco  mil  millones  de  pe- 
sos fuertes. 


Nueva  Palmira,   10  de  Marzo  de  1872. 


UNA  VISITA  AL  PARQUE  DE  PALERMO 


— ¿Ha  sentido  la  Nación  Argentina  la  necesidad  de  poseer 
un  Parque? 

— Sí;  y  este  sentimiento,  por  sí  sólo,  basta  para  medir  su 
grado  de  cultura. 

— ¿Podía  soportar  el  gasto? 

— Sin  duda,  por  cuanto  que  empezó,  sabiendo  que  en  todas 
las  creaciones  del  arte,  con  la  economía,  sólo  se  alcanza  lo  ri- 
dículo, y  que  son  especialmente  las  grandes  creaciones  horti- 
culturales,  las  que  menos  la  soportan. 

— ¿Sería  posible  que  sucumbiese  anémico  el  Parque  de  Pa- 
lermo? 

— Siendo  cada  año  hombres  diversos  los  que  otorguen  la 
ración  anual,  no  está  en  lo  imposible  el  que  algún  día  quedase 
á  media  dieta. 

— No  todos  los  hombres  patriotas  y  populares  están  dota- 
dos de  esos  delicados  sentimientos  que  les  hacen  comprender 
la  incomprensible  necesidad  de  los  jardines  públicos. 

Estas  reflexiones  son  la  causa  de  que  tratemos  de  describir 
en  breves  rasgos,  lo  que  es  esa  grandeza  nacional,  según  las 
impresiones  que  nos  ha  producido  en  la  última  visita,  y  el  po- 
deroso influjo  que  está  llamada  á  ejercer  en  la  higiene,  en  la 
ilustración  y  en  la  moral  de  los  habitantes  de  Buenos  Aires, 
siempre  que  se  termine  y  se  conserve. 

Hay  muchos  pueblos  que,  á  pesar  de  no  estar  completamen- 
te sumidos  en  la  barbarie,  no  se  aperciben  de  la  necesidad  de 
los  jardines,  mientras  que  hay  otros  que,  estando  en  los  pre- 


344  JUAN  DE  COMINGES. 


ludios  de  la  civilización,  se  sentirían  asfixiados  si  no  respirasen 
el  aroma  de  las  flores. 

No  precisamos  buscar  ejemplos  en  otras  épocas  ó  en  otros 
continentes.  Bien  cerca  de  nosotros  hay  una  riquísima  pro- 
vincia extranjera,  donde  las  hijas  de  los  estancieros  que  mar- 
can anualmente  veinte  mil  vacas,  no  cultivan  ni  una  triste  planta 
de  geranio  y  vegetan  en  medio  de  aquellas  tristes  soledades, 
lánguidas  y  aburridas,  pero  al  menos  ociosas,  que  es  el  único 
placer  de  la  ignorancia  y  la  rudeza. 

Vecino  está  otro  pueblo,  (i)  que  aun  no  ha  perdido  del  todo 
ni  la  lengua  ni  las  costumbres  primitivas,  ni  los  rasgos  físicos 
de  su  raza  indígena;  pueblo  que  se  agita  en  la  indigencia,  sobre 
los  escombros  humeantes  de  su  reciente  devastación,  y  sin 
embargo,  las  mujeres  de  ese  pueblo,  que  solo  con  mujeres 
cuenta,  porque  sus  hombres  murieron  como  héroes,  son  un 
elocuente  contraste  con  sus  vecinas:  cantan,  rien,  danzan,  dis- 
curren, y,  sobre  todo,  trabajan  sin  violencia  y  como  por  cos- 
tumbre, sin  que  falte  á  ninguna  de  ellas  momentos  que 
dedicar  á  los  jazmines  que  adornan  los  contornos  de  su  pobre 
rancho.  La  delicadeza  de  sus  sentimientos  las  hace  más  feli- 
ces en  el  hogar  y  más  útiles  para  la  familia  y  para  la  patria, 
que  á  esas  opulentas  vecinas  que  duermen  sobre  un  sucio  jer- 
gón, bajo  el  cual  hay  inertes  algunas  arcas  repletas  de  oro. 

No  falta  en  la  República  Argentina  esa  delicadeza,  esa  ter- 
nura esquisita  que  arrastra  el  'ilma  hacia  el  culto  de  lo  bello; 
mirad  uno  por  uno  todos  los  zaguanes  de  las  viviendas  de  Bue- 
nos Aires,  y  del  soberbio  palacio  al  humilde  rancho  no  halla- 
réis uno  solo  que  carezca  de  esas  amables  compañeras  de  la 
humanidad,  que  se  alimentan  con  los  gases  que  podrían  da- 
ñarnos, devolviéndonos  en  cambio  los  suaves  perfumes  que 
embalsaman  el  ambiente  que  respiramos. 

La  familia  argentina  ama  la  compañía  de  las  plantas;  y  el 


(i)     El  Paraguay. 


ARTÍCULOS  DIVERSOS  345 


límite  de  las  ambiciones  de  cada  padre,  sólo  llega  hasta  ad- 
quirir la  posesión  de  una  quinta,  donde  su  compañera  forme 
ramilletes,  en  tanto  que  sus  hijos  jugueteen.  En  Buenos  Aires 
y  sus  contornos,  hay,  probablemente,  más  casas  de  recreo  que 
lo  que  consentir  puede,  sin  violencia,  la  fortuna  de  los  particu- 
lares. No  son  pocos  aquí,  los  que  se  han  arruinado  por  su  ex- 
cesiva pasión  por  los  jardines. 

No  pueden,  pues,  tacharse  de  toscos  los  sentimientos  de 
los  hijos  del  Plata,  antes  pudiera  decirse,  sin  menoscabo  de 
su  honra,  que  va  haciéndose  endémica  entre  nosotros  una  pa- 
sión análoga  á  aquella  de  que  los  holandeses  suelen  ser  vícti- 
mas y  que  llámase  tulipanomania, 

Pero  no  á  todos  es  dado  satisfacer  el  laudable  deseo  de  ha- 
cerse dueños  de  un  jardín  donde  pasear  sobre  el  florido  césped 
y  correr  en  los  días  de  fiesta  con  sus  deudos  y  amigos  bajo  los 
floridos  árboles.  Hay,  desgraciadamente,  muchos  centenares 
de  padres  de  familia,  que,  condenados  á  la  estrechez  ó  á  la 
miseria,  ven  con  profundo  pesar  tornarse  poco  á  poco  pálidas 
las  rosadas  mejillas  de  sus  hijos,  relegados  entre  las  cuatro 
paredes  de  una  vivienda  insana,  donde  falta  el  espacio,  la  luz  y 
el  oxígeno,  y  por  tanto  la  salud  y  la  alegría. 

No  basta,  para  satisfacer  esa  necesidad  moral  y  física  de  las 
familias  pobres,  el  contemplar  desde  el  exterior  de  una  verja 
de  fierro  como  se  solazan,  en  sus  jardines  particulares,  las  fa- 
milias opulentas. 

El  pueblo  necesita  de  jardines  públicos,  más  grandes  y  más 
suntuosos  que  los  particulares;  sabe  que  puede  construirlos  y 
conservarlos  con  su  dinero,  y  no  considera  nunca  mal  inverti- 
da la  plata  que  si's  mandatarios  destinen  á  satisfacer  lo  que, 
si  no  fuese  una  necesidad  tan  legítima,  sería  por  lo  menos  una 
de  las  aspiraciones  más  laudables. 

Y  no  se  crea  que  es  solo  al  pueblo  á  quien  aprovechan  ex- 
clusivamente los  grandes  parques  públicos.  ¿Cuál  otro  podría 
ser  el  punto  de  cita  de  las  gentes  del  gran  mundo?  ¿Dónde  mejor 
podría  diariamente  exponerse  á  la  admiración  pública,  la  exü- 


346  JUAN     DE    COMINGES. 


berancia  de  la  riqueza  y  la  civilización?  ¿Dónde  como  en  ellos 
puede  abarcar  el  extranjero,  de  un  solo  golpe  de  vista,  el  con- 
junto de  objetos  más  interesantes  que  dan  la  medida  de  la 
importancia  de  un  pueblo?  ¿Dónde  podría  excitarse  con  más 
éxito  esa  provechosa  emulación  cuya  consecuencia  inmediata 
es  el  refinamiento  y  el  progreso  de  las  artes? 

¿Cómo  la  culta  capital  de  la  República  Argentina  ha  podido 
darse  por  satisfecha  hasta  Junio  de  1874,  con  sus  clubs,  su 
Colón,  y  su  calle  de  Florida?  ¿Por  ventura  bastaba  tan  estre- 
cha órbita  para  que  en  ella  pudieran  girar,  con  la  majestad  de 
que  son  dignos,  esos  astros  deslumbradores  de  lujo,  de  her- 
mosura, de  elegancia,  de  gracia  y  cortesía  que  hoy  embellecen 
y  vivifican  al  Parque  de  Palermo? 

¿Dónde  iban  á  ostentar  su  apuesta  gallardía  y  las  gracias  de 
su  corcel  brioso,  los  ricos  mancebos  de  la  alta  sociedad  por- 
teña? 

¿Dónde,  las  opulentas  matronas  lucían  sus  troncos,  sus  ca- 
rruajes, sus  libreas,  sus  joyas,  sus  galas  y  su  noble  gentileza? 

¿Dónde,  en  los  días  de  expansión,  acudía  el  pobre  jornalero 
á  solazar  su  espíritu,  paseando  entre  flores  y  comiendo  con  su 
familia  un  modesto  asado  á  la  sombra  de  las  plantas? 

¿Dónde,  en  fin,  acudía  los  domingos  esa  briosa  juventud  que 
pasa  la  semana  entera  sumergida  en  la  cátedra,  en  la  tienda, 
en  el  taller  ó  en  la  oficina? 

Buenos  Aires,  Setiembre  7  de  1882. 


LA  COLONIZACIÓN  DEL  CHACO 


Hace  pocos  días  que,  desde  las  columnas  de  un  diario,  se 
desprendió  una  centella  que  acaso  hubiese  exterminado  á  los 
indígenas  del  Chaco. 

La  prensa  porteña  no  tuvo  una  palabra  de  censura  para  el 
que  en  la  aurora  del  siglo  XX  proponía  un  acto  de  lesa  huma- 
nidad, ni  una  de  aliento  para  el  digno  órgano  que  con  tanta 
prontitud,  acierto  y  energía,  rechazaba  una  ofensa  que  lasti- 
maba los  sentimientos  delicados  y  el  alto  criterio  de  la  socie- 
dad argentina. 

La  reputación,  que  es  la  vida  de  los  países  que,  como  éste, 
progresan  principalmente  por  la  inmigración,  estaba  herida  de 
muerte,  y  los  que  amamos  esta  reputación,  ó,  lo  que  es  lo  mis- 
mo, los  que  trabajamos  por  el  progreso  de  un  pueblo,  en  el 
que  encuentran  cariñosa  acogida  los  que  no  quieren  enveje- 
cerse en  el  viejo  mundo,  absortos  ante  tan  increíble  indiferen- 
cia, íbamos  á  prorrumpir  como  el  Pablo  del  «Tanto  por  ciento» . 

¿Por  qué  no  sale  una  voz 
De  esas  entrañas  de  roble? 
Cualquier  mentira  es  más  noble 
Que  ese  silencio  feroz. 

Pero  el  editorial  titulado  «El  Chaco  y  la  Colonización >,  pu- 
blicado en  el  número  3429  de  La  Nación^  que,  sin  aludir  á 
los  anteriores,  decide  indirectamente  la  cuestión,  en  apoyo  de 
las  nobles  ideas  que  sustentó  otro  órgano  de  publicidad,  hace 


348  JUAN  DE    COMINGES. 


innecesaria  nuestra  queja,  y  reclama  nuestro  profundo  agrade- 
cimiento. 

Tanto  cuanto  conocemos  el  territorio  del  Chaco  y  los  indios 
que  lo  pueblan,  nos  son  desconocidas  las  marañas  de  la  políti- 
ca, cuyo  terreno  nos  inspira  un  miedo  que  jamás  hemos  sentido 
en  medio  de  las  profundas  soledades  de  las  selvas  vírgenes. 
Quizá  dañemos  á  la  causa  que  intentamos  defender  al  ocupar- 
nos de  ella  desde  las  columnas  de  un  diario  que  llaman  de 
oposición;  pero  aún  cuando  en  varias  publicaciones  adictas  al 
Gobierno  tenemos  amigos  que  aceptarían  gustosos  cuanto  les 
remitiésemos  acerca  de  tan  importante  materia,  preferimos 
hacerlo  en  aquel  que  se  halla  más  en  armonía  con  nuestros 
principios  económicos,  y  que,  en  la  contienda  actual,  se  ha 
pronunciado  por  la  buena  causa,  sin  pueriles  temores  y  sin 
contemplaciones  degradantes. 

La  antigua  y  reputada  publicación  que  dirige  un  ex-Presi- 
dente,  historiador,  y  sobre  todo  general  de  la  República,  acaba 
de  decir  en  el  momento  más  oportuno: 

«Que  los  territorios  del  Ohio  y  del  Kentucky  fueron  con- 
quistados al  salvaje  por  los  colonos. 

« Que  los  verdaderos  y  temibles  conquistadores  de  las  tierras 
ocupadas  por  los  bárbaros,  han  sido  los  colonos. 

« Que  todo  el  rico  valle  del  Missisipí,  que  hoy  contiene  co- 
mo 18  millones  de  habitantes,  fué  conquistado  á  los  salvajes 
por  la  SOLA  colonización. 

«Que  á  los  colonos,  y  no  á  la  fuerza  militar  establecida  en 
la  frontera  norte  de  la  Provincia  de  Santa-Fé,  se  debe  la  ocu- 
pación del  desierto. 

«Que  la  Colonia  California  se  estableció  fuera  de  la  línea 
de  fronteras.» 

Estas  ciertísimas  afirmaciones  tienen  tanta  importancia,  que, 
si  el  criterio  público  no  está  pervertido,  acabarán  para  siem- 
pre con  las  malas  tendencias  que  antes  hemos  señalado. 

Pero  lo  que  no  ha  dicho  La  Nación^  es  que  delante  de  las 
fronteras  de  Salta  y  dejujuy,  hay  riquísimas  haciendas  perte- 


ARTÍCULOS  DIVERSOS.  349 


necientes  á  hombres  civilizadosj  las  que  se  apacentan  en  terri- 
torios salvajes,  cuidadas  por  salvajes  que  muchas  veces  tienen 
que  defenderlas  de  la  rapacidad  de  los  cristianos. 

Pero  lo  que  no  ha  dicho  La  Nación^  es  que  todos  los  obra- 
jeros que  se  están  enriqueciendo  con  la  brutal  explotación  de 
las  maderas  del  Chaco,  viven  en  las  costas  ó  en  el  ci)razón  del 
desierto,  auxiliados  por  los  salvajes  y  en  la  mejor  armonía  con 
ellos,  sin  echar  de  menos  la  protección  de  las  fronteras  que  tan 
cara  suele  salir  al  protegido. 

Pero  lo  que  no  ha  dicho  La  Nación,  es  que  Taboada,  Fon- 
tana y  Sola  se  han  paseado  por  el  Chaco,  sólo  acompañados 
de  2ü  ó  de  30  guardias  nacionales,  y  que  otros  lo  han  hecho 
absolutamente  solos. 

Pero  lo  que  no  ha  dicho  la  La  Nación  es  que  los  soldados 
de  las  fronteras  ¿el  Chaco  que  desertan  hacia  el  interior  de  es- 
te territorio,  son  tomados  inmediatamente,  no  por  comisiones, 
que  sería  imposible  destacar  en  su  persecución,  sino  por  los 
mismos  indios,  quienes  los  devuelven  á  sus  jefes. 

Pero  lo  que  no  ha  dicho  La  Nación  es  que  el  verdadero 
servicio  de  la  frontera  de  Formosa,  que  nunca  fué  atacada,  ni 
lo  será  mientras  haya  justicia  en  el  trato  con  los  indios,  lo  ha- 
cen los  subditos  del  cacique  Pichón,  quien,  sólo  por  su  buena 
índole,  manda  descubiertas  por  todos  los  contornos,  para  ver 
si  se  descubren  rastrilladas  de  Pilagás;  Pilagás  que  aparecen 
como  feroces  ante  la  imaginación  de  los  Tobas,  por  la  misma 
causa  que  ante  la  nuestra  lo  aparecen  t(»dos  ellos,  que  es  la  de 
no  conocerlos;  en  lo  que  nos  parecemos  á  los  Romanos  del 
tiempo  pasado,  que  llamaban  bárbaros  á  los  extranjeros,  y  álos 
perros  de  todos  los  tiempos  que  muerden  al  que  desconocen. 

El  editorial  de  La  Nación^  que  con  tanta  franqueza  ha  con- 
fesado lo  poco  que  valen  las  fronteras  del  Chaco,  no  debe  irri- 
tar á  los  militares  honrados;  lo  que  sí  debió  ofender  á  todos,  y 
desgraciadamente  no  se  ha  dejado  donocer,  fué  que  un  diario 
pensara  honrarles  dándoles  la  indigna  y  cobarde  misión  de 
exterminar  á  unos  cuantos  argentinos,  agricultores  pacíficos, 


350  JUAN  DE  COMINGES. 


inofensivos,  serviciales,  útiles,  y  más  dueños  que  nosotros  del 
territorio  que  ocupan. 

Pero  aún  concediendo  á  estos  indios  un  grado  de  ferocidad 
que  aún  no  han  podido  adquirir  como  los  pampas,  por  su  me- 
nor contacto  con  nosotros;  si  Fontana,  Sola  y  Tabeada  han 
ido  con  cuarenta  hombres  á  buscarlos  hasta  sus  más  remotas 
tolderías,  ¿qué  se  proponen  los  que  hoy  pretenden  que  se  pon- 
ga un  ejército  en  campaña  para  la  conquista  de  un  territorio 
que  se  pasea  con  cuatro  gatos?  Si  la  expedición  llevara  un  ob- 
jeto científico  ó  económico;  es  decir,  si  se  tratase  de  conocer 
el  Chaco  para  hacer  públicas  sus  riquezas  naturales  y  desper- 
tar el  espíritu  de  colonización,  ó  de  medir  su  superficie,  pa- 
ra hacerla  pasar  á  manos  más  inteligentes  y  laboriosas,  los 
indios  no  se  opondrían;  pues  su  sola  esperanza  de  hoy  se  cifra 
en  encontrar  quién  les  ofrezca  un  mendrugo  en  cambio  de  su 
trabajo,  para  morir  sin  sobresaltos  bajo  la  copa  de  los  árboles 
de  sus  bosques,  á  los  que  aman  tanto  como  á  su  existencia. 
Nadie  defenderá  un  territorio  si  no  lo  atacan. 

Tenemos  mucho  que  decir  sobre  la  colonización  del  Chaco 
y  lo  diremos  si  se  nos  franquean  para  ello  las  columnas  de  La 
Nación;  por  hoy  sólo  nos  limitamos  á  felicitarla  por  su  noble 
actitud  y  por  decir  al  país  que  podemos  demostrar  que  con  los 
dineros  invertidos  inútilmente  en  las  fronteras  del  Chaco,  du- 
rante estos  diez  últimos  años,  hubiera  habido  más  que  suficien- 
te para  reducir  A  la  vida  del  trabajo  noble  e  independiente, 
no  á  la  esclavitud  de  los  ingenios  de  azúcar  de  las  provincias 
del  Norte,  á  esos  cincuenta  mil  ciudadanos  aclimatados,  á 
quienes  hoy  nos  pintan  con  los  más  negros  colores;  con  quie- 
nes intentan  meternos  miedo,  para  realizar,  bajo  ese  pretexto, 
las  más  indignas  explotaciones. 


*  « 


No  hace  todavía  un  año,  que  desde  el  seno  de  la  Sociedad 
Geográfica,  y  ante  un  público  tan  escogido  como  numeroso, 


ARTÍCULOS  DIVERSOS.  35  I 


tuvimos  el  honor  de  manifestar  que  no  sería  justo,  económico 
ni  humanitario,  el  emplear  para  la  reducción  de  los  indios  del 
Chaco  medios  idénticos  á  los  desplegados  en  la  conquista  de 
la  pampa.  Entonces  nos  esplayamos  hasta  demostrar  con  qué 
pequeño  sacrificio  podríamos  conseguir  que  esos  cincuenta 
mil  indios  que  lo  pueblan,  sin  salir  del  territorio  en  que  nacie- 
ron, que  es  precisamente  el  que  más  necesita  de  ellos,  se  con- 
virtiesen en  ciudadanos  tanto  ó  más  útiles  que  los  mejores  in- 
migrantes europeos,  que  con  tanta  dificultad  se  aclimatan  y 
que  tan  difícilmente  se  acostumbran  á  la  explotación  de  los  pro- 
ductos tropicales. 

Pocos  fueron  los  diarios  de  Buenos  Aires  que  en  aquella 
conferencia  pública  no  tuviesen  presente  algún  representante, 
pero  como  si  el  asunto  que  en  ella  se  trató  fuese  muy  vidrioso, 
muy  peliagudo  ó  muy  trivial,  salvo  algunos  aplausos  del  mo- 
mento y  algunas  palabras  corteses  en  las  crónicas  del  siguien- 
te día,  no  tuvimos  el  honor  de  ser  apoyados  calurosamente,  ni 
la  satisfacción  de  ser  refutados,  lo  que  hubiese  dado  motivo  á 
la  más  oportuna  y  trascendental  de  las  discusiones.  El  Chaco 
y  sus  indios  quedaron  como  estaban  y  como  estarán  hasta  tan- 
to que  de  un  debate  razonado  no  brote  la  opinión  que  ha  de 
prevalecer  definitivamente  acerca  de  su  suerte.  ¿Cuál  será  ella? 

Pero  no  es  poco,  sin  embargo,  lo  que  vamos  ganando  para 
la  buena  causa,  con  que  un  diario  de  la  talla  de  La  Nación^ 
después  de  confesar  espontáneamente  que  los  verdaderos  con- 
quistadores son  los  colonos^  califique  de  «problema  trascenden- 
tal», la  población  del  desierto;  hable,  no  de  debelar  sino  de 
«convertir  al  salvaje  á  la  vida  del  trabajo»;  de  «incorporar  y 
confundir  las  razas  aborígenes  á  las  civilizadas»  y,  sobre  todo, 
de  «leyes  equitativas  y  justas  que  tengan  por  base  el  reconoci- 
miento (á  los  salvajes),  de  la  propiedad  del  territorio  que  ocu- 
pen, en  la  extensión  que  se  considere  necesaria.» 

¿  Cómo  no  aplaudir  tan  alentadoras  frases,  cuándo  ellas  nos 
hacen  vislumbrar,  en  medio  de  este  horizonte  oscurecido  por 
intereses  y  pasiones  encontradas,  la  esperanza  de  que  no  se 


352  JUAN  DE  CÜMINGES. 


cometa  una  iniquidad  que  mataría  el  prestigio  de  la  nación  que 
hemos  adoptado  por  patria  y  cuyas  instituciones  siempre  he- 
mos defendido,  á  despecho  de  aquellos  con  quiénes  nos  ligan 
los  más  estrechos  vínculos  de  compañerismo,  de  amistad  y  de 
parentesco  ? 

¿Cómo  no  regocijarnos  cuando  la  voz  autorizada  de  uno  de 
los  más  importantes  órganos  de  la  opinión  pública,  nos  dice 
que  nuestras  palabras  de  ayer,  tan  fríamente  escuchadas,  no 
expresaban  una  utopía? 

¿  Cómo  no  sentirnos  conmovidos  ante  la  esperanza  de  que 
pueda  ser  esta  nación  la  primera  de  la  tierra  que  aprovechán- 
dose de  los  adelantos  modernos  en  todos  los  ramos  del  saber 
humano,  y  favorecida  por  las  circunstancias  más  felices,  logre 
resolver  el  problema  de  reducir  á  la  civilización  á  los  hijos  de 
la  naturaleza,  sin  extinguirlos  ni  degradarlos  ? 

¿Cómo,  no  cobrar  nuevos  alientos  para  emprender  con  más 
fuerza  que  nunca  nuestra  propaganda,  cuando  hay  quien  em- 
plea su  autoridad  para  decir  al  público,  desde  una  tribuna  más 
elevada  que  la  de  una  Sociedad  Geográfica: — Id  á  colonizar  el 
Chaco;  no  temáis  á  los  indios;  despreciad  á  los  que  hasta  hoy 
os  retraían  espantándoos  con  su  mentida  ferocidad  ? 

¿Cómo,  en  fin,  no  declararnos  satisfechos  y  agradecidos 
cuando  encaramados  sobre  el  montón  de  materiales  acumula- 
dos por  La  Nación  para  el  edificio  de  la  prosperidad  del  Cha- 
co, podemos,  seguros  de  que  nos  oigan,  decir  lo  que  hasta 
hoy  habíamos  callado  por  creernos  solos  en  el  más  espantoso 
de  los  desiertos,  que  es  el  desierto  de  la  indiferencia  pú- 
blica ? 

Para  trasformar  la  Pampa  en  una  Provincia  floreciente,  se 
necesitan  capitales  y  brazos;  para  hacer  esto  mismo  con  el 
Chaco  no  se  precisan  más  que  capitales. 

Ya  lo  hemos  dicho. 

Prescíndase  enhorabuena  de  todas  las  consideraciones  de 
orden  moral,  si  tan  injusta  se  encuentra  nuestra  conciencia  de 
hombre;  pero  si  el  suelo  y  las  producciones  espontáneas  del 


ARTÍCULOS   DIVERSOS.  353 


Chaco  tienen  algún  valor  en  el  mercado  público,  ¿no  han  de 
tenerlo  también  los  hombres  que  lo  pueblen? 

¿Cuánto  ha  costado  á  la  República  Argentina  cada  uno  de 
los  inmigrantes  útiles  que  ha  radicado  en  tan  extremas  lati- 
tudes? 

Haga  sus  cuentas,  que  nosotros  las  tenemos  hechas,  y  nos 
espanta  el  pensar  que  haya  un  solo  periodista  capaz  de  haber 
tolerado  impunemente  la  injuria  que  se  hizo  á  la  moral  y  á  la 
ciencia  económica,  al  proponer  el  absurdo  medio  de  valorizar 
una  cosa  destruyendo  precisamente  aquello  que  más  la  va- 
loriza. 

La  tierra  del  Chaco,  aunque  es  por  lo  general  la  mejor  y  la 
más  bien  situada  del  planeta,  no  vale  nada. .  Su  valor  intrínse- 
co no  puede  despertar  nunca  la  codicia  de  los  gobernantes,  ni 
lo  que  ella  pudiera  algún  día  producir  en  venta,  alcanzará 
jamás  á  cubrir  la  vigésima  parte  de  los  gastos  que  ocasiona- 
ría el  desalojo  de  sus  naturales  poseedores.  Lo  que  ha  de 
acrecentar  la  honra,  la  riqueza  y  el  progreso  de  la  República 
Argentina,  es  su  bien  entendida  explotación,  y  como  para  ex- 
plotarla bien  se  necesitan  capitales  y  brazos  que  puedan  sopor- 
tar, sin  esfuerzos  que  reclamen  exagerados  estipendios,  las 
condiciones  especiales  de  su  suelo  y  clima,  resulta  no  desalo- 
jando á  éstos,  sobre  economizar  los  gastos  de  tan  inicua  em- 
presa, la  que  tomase  á  su  cargo  la  colonización  del  Chaco, 
podría  empezar  sus  libros  abonando  al  capital  activo  estas  dos 
partidas. 

Por  15,000  leguas  cuadradas  á  lOO  pesos.   .      1.500.000 
Por  50,000  indios  á  400  pesos 20.000.000 


Queda  siempre  de  pié  la  creencia  que  nos  han  querido  im- 
buir de  que  esos  cincuenta  mil  indios  son  peor  que  cincuenta 
mil  tigres  de  Bengala;  pero  nosotros,  que  conocemos  á  esos 
infelices  mejor  y  con  más  motivo  y  con  menos  intereses  per- 
sonales que  defender  que  sus  calumniadores,  decimos  que  no 

22 


354  JUAN  DE  COMINGES. 


es  cierta,  y  vaya  para  final  de  este  artículo  una  prueba  irrefu- 
table. 

Sin  proponernos  suicidarnos;  sin  pretender  hacer  peniten- 
cia, imponiéndonos  voluntariamente  peligros  y  privaciones; 
sin  querer  hacer  méritos  para  ganar  la  vida  eterna,  derraman- 
do la  caridad  hasta  el  sacrificio  de  la  existencia;  en  la  plenitud 
de  nuestras  facultades  intelectuales;  conocedores  como  ningún 
otro  de  lo  bueno  y  lo  malo  que  tiene  el  Chaco,  y,  sobre  todo, 
deseando  sacar  la  mayor  ventaja  material  ó  sea  la  mayor  can- 
tidad de  plata,  de  nuestros  conocimientos  y  de  nuestra  expe- 
riencia, hace  15  días  que  acompañados  por  varios  jefes  de 
tribus,  amigos  nuestros  y  dispuestos  á  someterse  al  trabajo, 
recorríamos  las  más  recónditas  soledades  del  más  retirado  de 
los  Chacos  Argentinos  para  elegir  un  punto  donde  establecer- 
nos con  el  fin  de  cultivar,  casi  exclusivamente  con  indios  To- 
bas, la  caña  y  el  tabaco. 

Este  punto  lo  hemos  encontrado  y  reúne  para  nosotros  las 
dos  más  importantes  condiciones:  i<*  Está  muy  lejos  de  la  pro- 
tección de  las  fronteras;  2^  Está  poblado  por  muchos  indios 


* 


Con  la  misma  sinceridad  que  La  Nación  ha  hecho  justicia 
á  sus  adversarios  políticos,  confesando  que  el  Gobierno  de  hoy 
ha  procedido  bien  al  volver  sobre  los  desatinados  pasos  que 
dieron  gobiernos  anteriores,  los  que  pretendían  co;iquistar 
mayor  territorio  del  que  podían  poblar  y  defender,  del  mismo 
modo  concederemos  nosotros  al  gobierno  actual,  con  quien  no 
nos  liga  otro  lazo  que  el  respeto  que  la  autoridad  merece,  que 
no  tiene  todavía  el  propósito  que  algunos  órganos  de  la  publi- 
cidad le  han  supuesto,  y  que  es  el  de  llevar  á  sangre  y  fuego 
la  civilización  al  Chaco,  para  limpiarlo  de  indios  y  entregarlo 
en  manos  de  los  especuladores  y  agiotistas,  como  ha  sucedido 
con  la  Pampa.  Creemos  más  bien  que  si  el  Presidente  de  la 


ARTÍCULOS  DIVERSOS.        '         355 


República  pensase  que  tan  rico  territorio  pudiese  llegar  al  apo- 
geo del  progreso,  por  medios  más  legales,  más  pacíficos,  me- 
nos aventurados  y  más  económicos,  los  aceptaría  con  gusto. 
Pero  lo  que  sí  debemos  confesar  con  franqueza,  es  que  difícil- 
mente se  habrá  olvidado  que  es  General  el  primer  magistrado 
de  la  República,  y  que,  por  su  amor  al  gremio,  por  su  cos- 
tumbre de  pelear  con  indios  que  no  se  parecen  á  los  del  Cha- 
co, y  por  su  íntima  y  perpetua  relación  con  los  antiguos  cole- 
gas, ha  de  verse  rodeado  de  tal  atmósfera  de  fuerza,  que  con 
dificultad  podrá  darse  cuenta  de  que  haya  algo  en  el  mundo 
que  pueda  hacerse  bien  sin  el  auxilio  de  la  espada.  No  envi- 
diamos la  suerte  de  los  indios,  si  el  Presidente  General  ha  de 
recibir  sus  inspiraciones  de  los  jefes  de  las  fronteras,  pues  hay 
alguno  que  opina  y  repite  públicamente  tque  no  hay  manea  co- 
mo la  de  cuero  de  indio».  Fué,  pues,  por  este  temor,  enton- 
ces muy  remoto,  por  lo  que  tratamos  de  prevenir  el  golpe  en 
nuestra  primer  conferencia  dada  en  la  Sociedad  Geográfica,  y 
es  por  el  más  fundado  que  hoy  nos  asalta,  por  lo  que  haremos 
un  esfuerzo  para  acrecentar  la  opinión  en  favor  de  la  conquis- 
ta pacífica,  para  la  que  no  se  solicita  del  gobierno  otra  cosa 
que  libertad  y  fiel  y  exacto  cumplimiento  de  las  leyes  estable- 
cidas. 

Dice  La  Nación  que  si  la  inmigración  acude  á  otros  países 
con  preferencia  al  nuestro,  á  pesar  de  estar  más  distantes,  y 
de  no  reunir  tan  buenas  condiciones,  es  porque  aquí  se  pres- 
cinde de  poner  de  manifiesto,  ante  las  miradas  de  los  euro- 
peos, t(^as  las  informaciones  que  pudieran  servir  de  atractivo 
para  llamarla. 

Estamos  completamente  de  acuerdo  con  La  Nación.  Si  la 
Europa  de  hoy,  en  medio  de  los  conflictos  por  que  pasa,  con 
las  persecuciones  á  los  fenianos,  nihilistas  y  judíos,  conociesen 
lo  que  valen  el  suelo,  el  clima  y  las  libres  instituciones  de  esta 
gran  Confederación,  en  masa  se  trasportarían  á  nuestro  suelo 
todos  los  perseguidos,  como  los  puritanos  de  ayer,  trayendo 
sus  Tuerzas,  sus  capitales  y  sus  bien  cultivadas  inteligencias. 


356  JUAN  DE  COMINGES. 


Pero  éste  es  un  sueño  dorado  y  Dios  no  quiere  que  se  realice, 
para  castigar  á  los  pueblos  que  aspiran  á  engrandecerse,  como 
éste  lo  hace,  sólo  por  su  divina  misericordia;  olvidando  aque- 
lla santa  máxima,  aquel  axioma  político  que  dice:  ayúdate  y 
te  ayudaré. 

Antes  que  la  Pampa,  que,  como  todos  sabemos,  no  podrá 
en  muchos  años  desarrollar  otra  industria  que  la  pecuaria,  que 
tan  exigua  población  reclama,  hubiera  debido  medirse  el  Cha- 
co, del  que,  cuando  sea  conocido,  no  quedará  un  palmo  de 
tierra  sin  someterse  al  cultivo  de  los  valiosísimos  productos 
tropicales,  que  ocupan  y  enriquecen  á  millones  de  labradores, 
artesanos  y  comerciantes. 

Pero  ¿cómo  pretende  La  Nación  que  el  gobierno  ordene 
que  se  haga  el  estudio  científico  del  Chaco,  cuando  tal  vez  él 
es  el  primero  que  participa  déla  vulgar  creencia  de  que  esto  no 
es  posible,  mientras  no  se  limpie  de  indios  como  tuvo  que  ha- 
cerse con  la  Pampa? 

Tienda,  tienda  La  Nación  á  borrar  del  ánimo  del  pueblo  y 
del  gobierno  tan  arraigada  como  absurda  idea,  que  si  esto 
consigue,  el  Chaco  será  conocido,  y,  lo  que  es  igual,  poblado 
por  la  iniciativa  particular,  mucho  antes,  mucho  más  y  mucho 
mejor  que  si  se  acometiese  esta  dificil  empresa  con  elementos 
oficiales. 

Sin  tener  por  profesión  la  valentía,  sin  ser  invulnerable  á 
las  flechas,  como  Aquiles,  y  sólo  porque  felices  circunstancias 
nos  habían  hecho,  conocer  la  calumnia  que  pesa  sobre  estos 
indios,  desde  el  primer  día  de  la  conquista,  nos  herios  lanza- 
do solos  entre  ellos,  y,  con  su  auxilio  y  cooperación,  hemos 
podido  estudiar  más  de  mil  leguas  de  su  territorio  y  más  de 
quinientas  de  las  dos  mil  que  tiene  de  canales  navegables. 

Aún  no  hace  una  semana  que  hemos  regresado  de  nuestra 
cuarta  expedición  al  Chaco;  aún  no  hemos  publicado  un  solo 
dato  de  cuantos  poseemos  sobre  sus  riquezas  naturales,  pues 
eso  será  materia  de  un  libro  que  estamos  escribiendo  desde 
hace  mucho  tiempo;  aún  no  hemos  puesto  en  limpio  los  mapas 


ARTÍCULOS  DIVERSOS  2>5T 


que  vamos  á  ofrecer  á  la  Sociedad  Geográfica,  y,  sin  embar- 
go, ya,  á  la  hora  que  escribimos  estas  linas,  sin  otra  propagan- 
da que  la  que  un  pobre  enfermo  puede  hacer  desde  su  lecho, 
al  que  se  acerca  un  escaso.número  de  amigos,  ya,  repetimos, 
se  han  presentado  al  gobierno  cinco  solicitudes  para  obtener 
en  distintos  puntos  del  Chaco  Central  setenta  y  seis  leguas 
de  tierras  que  serán  colonizadas  indefectiblemente  por  sus 
respectivos  solicitantes. 

Ahora  bien,  si  nuestra  pobre  cooperación,  apenas  iniciada  en 
el  círculo  de  las  relaciones  más  íntimas,  ha  podido  hacer  que  fir- 
mas respetables,  acogidas  á  la  ley  de  colonización,  que  en  nues- 
tra opinión  es  excelente,  se  resuelvan  á  encaminar  sus  capita- 
les hacia  un  territorio  hasta  hoy  tan  olvidado  cuanto  descono- 
cido, ¿qué  no  vendrá  de  progreso  sobre  esos  fértilísimos  luga- 
res cuando  La  Nación  y  toda  la  prensa  argentina  se  propon- 
gan despertar  de  su  letargo  al  espíritu  público,  para  que  no 
mire  con  asco  ni  con  pavor  esta  tierra  de  promisión  que  puede 
sustentar  con  su  vigor  increible  doce  millones  de  habitantes  ? 

Indague  la  prensa  hasta  qué  punto  sean  ciertas  nuestras 
afirmaciones;  salgan  á  la  palestra  los  que  pretendan  refutar  lo 
que  hemos  dicho,  que  desde  ahora  les  prometemos  conven- 
cerlos ó  dejar  nuestra  reputación  en  sus  manos. 

Pero,  nos  dirán,  si  tal  es  la  feracidad  de  los  terrenos  del 
Chaco;  si  tan  favorable  es  su  clima;  si  tan  ricas  y  abundantes 
son  sus  maderas;  si  con  tanta  facilidad  se  desarrollan  en  su 
suelo  todos  los  frutos  tropicales;  si  tan  dóciles  y  serviciales 
son  los  indígenas  que  lo  habitan;  si  tanta  economía  presentan 
para  el  trasporte  sus  numerosas  vías  navegables  ¿por  qué  no 
han  prosperado  sus  colonias? 

¡Ah!  ¡sus  colonias!  preguntadnos  por  qué  no  han  desapare- 
cido, y  entonces  sí  que  podemos  responderos  como  los  hijos 
de  Agar:  Porque  Dios  es  grande,  ó  mejor  dicho,  porque  el 
Dios  del  Chaco  es  infinitamente  más  misericordioso  que  el 
Dios  de  cualquiera  otra  parte. 


CONFERENCIAS  AGRÍCOLAS 


I. 


En  ese  eterno  círculo  de  exaltación  y  abatimiento,  en  que 
gira  la  materia,  una  vez  convertida  en  infectos  y  ponzoñosos 
miasmas,  otra  vez  delicados  y  saludables  perfumes;  ya  gigan- 
tesco cedro,  ya  repugnante  cadáver,  tan  pronto  ejército  nu- 
meroso, como  depósito  de  guano:  en  esa  serie  de  trasforma- 
ciones  porque  atraviesan  sucesivamente  los  seres  que  pueblan 
el  espacio,  están  demostradas  con  toda  la  elocuencia  del  poder 
creador  de  la  naturaleza,  las  leyes  que  sustentan  la  armonía  y 
la  fraternidad  de  la  familia  orgánica. 

Cuando  enlazados  en  íntimo  consorcio  la  ignorancia  y  la 
ambición  humana,  logran  á  fuerza  de  una  brutal  explotación 
del  suelo,  acabar  con  sus  fuerzas  productoras,  comienza  la 
lucha  del  arte  con  la  naturaleza ;  lucha  terrible  que  puede  pro- 
longarse algunos  siglos,  pero  que  siempre  termina  con  la 
derrota  humana. 

Aquellas  muchedumbres  que  no  conociendo  otro  sistema 
de  cultivo,  sino  el  saqueo  de  los  jugos  de  la  tierra,  la  esquil- 
maron hasta  sólo  dejar  de  ella  los  elementes  minerales,  que 
nada  podían  prestar  á  la  vegetación,  hoy  se  ven  castigados  en 
su  propio  crimen,  supuesto  que  para  obtener  las  más  raquíti- 
cas cosechas,  consumen  esfuerzos  y  economías  en  reintegrar, 
por  medio  de  abundantes  abonos,  la  feracidad  que  arrebata- 
ron al  suelo,  con  su  impremeditación  ó  su  avaricia. 


ARTÍCULOS  DIVERSOS.  359 


Cuando  á  fuerza  de  repetidos  escarmientos  llega  el  suelo  á 
desconfiar  del  crédito  humano,  le  considera  como  á  deudor 
moroso  á  quien  no  anticipa  frutos  sin  el  previo  pago  de  algu- 
nos restos  orgánicos,  que  restablezcan  una  parte  de  su  vigor 
perdido  y  le  consientan  nuevas  producciones;  entonces  empie- 
zan á  sentirse  las  consecuencias  del  duro  anatema  del  paraiso. 

Ríos  de  sudor  riegan  los  campos.  Ignorancia  y  hambre  rei- 
nan en  las  cabanas.  Superstición  y  servilismo  dominan  en  los 
corazones.  Las  deyecciones  de  los  animales  se  disputan,  cuchi- 
llo en  mano,  antes  de  llegar  á  la  tierra.  El  hombre  emigra. 
La  naturaleza  se  hace  justicia. 

Los  numerosos  grupos  de  inmigrantes  que  llegan  á  nues- 
tros puertos,  son  los  que  agobiados  en  la  lucha  contra  la  na- 
turaleza rebelde  del  antiq^uo  continente,  vienen  al  rumor  de  la 
feracidad  de  nuestro  suelo. 

Codiciado  tesoro  esconden  ciertamente  las  entrañas  de  la 
virgen  República  Oriental.  Mina  inagotable,  si  se  explota  con 
más  previsión  que  aquella  de  las  manzanas  de  oro. 

No.  Que  nunca  los  hijos  de  tan  hermosa  madre  manchen 
sus  manos  con  el  crimen  de  parricidio.  Que  nunca  les  obligue 
el  destino  á  verter  en  extrañas  tierras  las  amargas  lágrimas  de 
la  expatriación ! 

Que  los  desaciertos  del  antiguo  mundo  sirvan  de  enseñanza 
á  estas  nuevas  sociedades. 

No  permitamos,  pues,  que  entre  nosotros  se  incube  el  ger- 
men de  las  prácticas  viciosas  y  rutinarias  que  llevaron  la  deso- 
lación y  la  muerte  á  aquellos  campos  de  la  Persia,  la  Arabia 
y  el  Asia  menor,  por  donde  en  más  felices  días  surcaban 
arroyos  de  leche  y  miel. 

Y  ya  que  la  antorcha  de  la  ciencia  moderna  ilumina  nuestro 
camino,  para  dejarnos  ver  las  leyes  fatales  de  la  materia,  por 
las  que  la  vida  de  las  futuras  generaciones  de  seres  depende 
de  la  composición  de  las  generaciones  que  hoy  existen,  resti- 
tuyamos, día  á  día,  á  la  madre  tierra,  todos  los  despojos  de  la 
muerte,  en  la  seguridad  de  que  serán  devueltos  á  nuestra  raza 


360  JUAN  DE  COMINGES. 


bajo  la  forma  de  sabrosos  frutos,  y  de  que  con  ello  saldaremos 
nuestras  cuentas  con  las  generaciones  pasadas. 

La  capa  superficial  de  tierra  vegetal  que  se  extiende  por 
todos  los  ámbitos  de  la  República,  no  es  otra  cosa  que  la  aglo- 
meración de  despojos  animales  y  vegetales,  que  restituidos  al 
seno  de  donde  brotaron  esperan  solo  un  germen  para  trasfor- 
marse  en  seres  nuevos,  adornados,  por  un  día,  con  todos  los 
encantos  de  la  vida.  Esta  capa,  este  inmenso  fondo  de  reserva, 
que  la  naturaleza  guarda  para  purificarlo  más  y  más,  en  el 
crisol  de  las  fermentaciones,  es  de  un  espesor  tan  considera- 
ble, que  podría  rendir,  por  término  medio,  doscientas  cose- 
chas sin  agotarse;  sin  exigir  la  restitución  de  los  abonos;  es 
decir,  sin  consumir  los  elementos  orgánicos,  que  son  los  que 
se  trasforman  en  frutos. 

El  gasto  anual  de  los  abonos,  que  los  centros  agrícolas  eu- 
ropeos emplean  para  fortificar  la  debilidad  y  cansancio  de  la 
tierra,  es  el  de  veinte  pesos  por  hectárea. 

Si  el  suelo  que  miramos  con  desdén  en  esta  República,  se 
viera  colocado  al  Norte  del  Mediterráneo,  no  incluyendo  el 
valor  de  las  cosechas,  daría  al  labrador,  por  espacio  de  dos 
siglos,  una  economía  anual  de  trescientos  sesenta  millones  de 
pesos  fuertes. 

Entre  los  muchos  que  decantan  la  fertilidad  del  suelo 
Oriental,  pocos  serán  los  que  estén  íntima  y  profundamente 
convencidos  de  toda  la  extensión  de  su  grandeza. 

Si  supieran  que  solo  las  moléculas  orgánicas  arrojadas  en 
la  tierra,  valen  para  el  labrador  inteligente  la  fabulosa  suma 
de  setenta  y  dos  mil  millones  de  pesos,  no  se  moriría.i  de 
hambre  sobre  un  montón  de  trigo;  no  despreciarían  los  dones 
de  una  providencia  demasiado  generosa,  no  yacerían  en  estúpi- 
do letargo,  entregados  á  la  vida  indolente  y  semi-salvaje  del 
pastoreo,  origen  de  todas  las  guerras  y  de  todos  los  males 
porque  viene  atravesando  esta  desdichada  patria  desde  que 
pisaron  en  ella  los  primeros  conquistadores.  Serían  en  fin, 
apóstoles   incansables  de  las  doctrinas  agrícolas,  hasta  que 


ARTÍCULOS  DIVERSOS.  36  I 


fueran  sacrificados  á  las  iras  de  la  preocupación  y  la  ignoran- 
cia, sobre  los  idólatras  altares  del  becerro  y  el  vellocino. 

El  Gobierno  del  coronel  Latorre  ha  comprendido  que  ni 
era  posible  dejar  improductivo  tan  enorme  capital,  ni  tolerar 
tampoco  que  con  prácticas  absurdas,  se  llegue  al  despilfarro 
de  tanta  riqueza.  Por  eso  acaba  de  reanimar  dormidos  gérme- 
nes de  futuro  esplendor,  profetizados  por  El  Siglo  el  1 7  de 
Mayo  de  1 87 1. 

Gérmenes  que  no  pueden  despertarse  al  destemplado  grito 
de  charlatanes  ni  saludadores,  sino  al  contacto  de  la  vara 
mágica  de  la  ciencia. 

Se  ha  creado  una  Dirección  General  Agronómica. 

Al  patriotismo  de  la  Asociación  Rural  del  Uruguay,  corres- 
ponde el  convocar  pronto  á  ejercicios  teórico-prácticos  de 
oposición,  para  que  cuanto  antes  tengan  el  hombre  compe- 
tente, que  les  ayude  con  sus  conocimientos  facultativos  á  la 
organización  de  tan  importante  oficina.  A  nosotros  sólo  nos 
cumple  la  satisfacción  de  consignar  como  una  fecha  gloriosa, 
el   15  de  Marzo  de  1876. 


II. 


Cuando  el  noble  sentimiento  de  la  independencia,  secundado 
por  el  fanatismo  religioso,  borró  de  la  península  española  los 
últimos  rastros  de  la  civilización  agarena: 

Cuando  las  abrasadas  lágrimas  de  Boadil,  secaron  el  jugo 
de  las  fértiles  vegas  de  Granada: 

Cuando  los  caballerescos  Árabes  se  vieron  empujados  has- 
ta las  playas  Africanas: 

Cuando  los  sabios  Hebreos  sucumbieron  en  las  hogueras  de 
la  inquisición. 

Cuando  las  naves  de  Colón  trasladaron  al  nuevo  continente 
los  más  ilustres  vastagos  de  la  hidalguía  castellana: 


362  JUAN  DE  COMINGES. 


Cuando  para  entretener  los  ocios  de  vagos,  aventureros  y 
segundones,  se  llevó  la  destructora  guerra  á  los  ¿aóoriosos  hijos 
de  los  Países  Bajos: 

Cuando  se  vieron  perdidos  los  hábitos  de  trabajo  á  causa 
de  una  lucha  de  ocho  siglos,  ¿dónde  estaban  los  hijos  de  Cu- 
lumela  y  Avicena? 

Los  héroes  que  se  asfixiaban  en  el  pequeño  recinto,  limitado 
por  las  Columnas  de  Hércules,  se  lanzaban  sobre  frágiles  ca- 
rabelas álos  abismos  del  Atlántico,  en  busca  de  más  dilatados 
horizontes. 

Los  que  no  poseían  otra  fortuna  que  su  espada,  ni  conocían 
otra  vida  que  la  vida  délos  campamentos,  se  alistaban  bajóla 
bandera  de  los  tercios  de  Ñapóles  ó  de  Flandes. 

Los  que  amaban  la  vida  sedentaria,  ingresaban  en  las  ór- 
denes monásticas. 

Los  magnates,  dueños  del  territorio,  se  divertían  en  el  ejer- 
cicio de  la  caza,  y  hacían  pastorear  por  sus  pedreros,  algunos 
millares  de  merinos. 

Y  los  que,  cobardes  para  correr  el  riesgo  de  mares  y  ba- 
tallas é  independientes  para  vivir  en  vasallaje  ó  tras  las  rejas 
del  claustro,  se  dedicaban  á  la  vida  de  salteadores,  ancha  pla- 
za les  ofrecía  la  Sierra  Morena  y  las  jaras  de  los  montes  de 
Toledo. 

La  agricultura  no  existía,  porque  no  es  existir  el  cultivar 
algunas  legumbres  y  hortalizas  en  las  reducidas  huertas  de 
Valencia  y  Murcia. 

La  agricultura  que  bajo  el  dominio  de  los  árabes  había 
llegado  á  ser  la  admiración  de  todas  las  naciones  conocidas; 
esa  agricultura,  que  sin  disponer  de  los  auxiliares  mecánicos 
con  que  cuenta  el  labrador  del  siglo  diez  y  nueve,  llegó  á 
sustentar,  en  los  reinos  de  Andalucía,  un  número  de  habitan- 
tes á  que  jamás  ha  llegado  nación  alguna;  esa  agricultura  no 
era  necesaria  para  los  nuevos  conquistadores.  La  agricultura 
sólo  es  precisa  para  aquellas  sociedades  que  sienten  la  necesi- 
dad de  la  civilización.  Los  condes  y  marqueses,  se  conforma- 


ARTÍCULOS  DIVERSOS.  363 


ban  con  tener  á  su  mesa  una  buena  pierna  de  cecina,  con 
montar  un  caballo  cordobés  y  con  abrigarse  con  el  paño  se- 
goviano. 

Cuando,  pasando  el  tiempo,  el  comercio  con  las  demás 
naciones,  los  hizo  mirarse  en  el  espejo  de  su  ignorancia,  no  les 
fué  necesario  salvarse  de  la  vergüenza,  por  el  camino  de  la 
agricultura,  porque  los  barcos  de  la  India  descargaban  en  el 
puerto  de  Santa  María  ricos  cargamentos  de  oro,  que  salían 
por  Irún  para  tornar  convertidos  en  productos  de  la  laboriosa 
Europa. 

Por  otra  parte  la  agricultura  nacional  era  imposible. 

Los  pobres  no  tenían  propiedad;  y  los  grandes  no  dividían 
la  suya  ni  para  sus  hijos. 

El  terreno  pertenecía  á  unos  cuantos  ganaderos  que  se  con- 
sideraban muy  felices  con  tener  una  docena  de  vasallos  por 
legua  cuadrada.  Ignorantes  para  conocer  las  ventajas  que  trae 
la  multiplicación  de  los  hombres;  egoístas  para  sacrificarlo 
todo  á  la  multiplicación  de  los  animales,  y  fuertes  y  poderosos, 
como  fieles  auxiliares  del  despotismo  y  la  intolerancia,  llegaron 
á  constituir  una  liga  para  combatir  franca  y  desembozadamen- 
te,  las  tendencias  de  la  agricultura,  que  son  el  preludio  de  la 
libertad. 

Esta  terrible  asociación,  origen  de  todas  las  miserias  de  la 
desdichada  España,  se  dio  á  sí  misma  el  título  de  «Honrado 
Concejo  de  la  Mesta» ;  obtuvo  de  los  monarcas  toda  clase  de 
privilegios,  y  hasta  llegó  á  manchar  las  páginas  de  la  historia 
con  una  ley  que  impedía  al  propietario  labrar,  cercar  ni  plan- 
tar viñas.  « 

Cerca  de  tres  siglos  se  han  necesitado,  para  destruir  una  á 
una  las  leyes  fatales  de  La  Mesta.  Éstas  desaparecieron  el  día 
en  que  los  Reyes  dejaron  de  serlo  no  solo  por  la  gracia  de  Dios, 
sino  por  la  de  Dios  y  de  la  Constitución;  es  decir,  cuando  apa- 
reció la  aurora  del  progreso. 

Cuando  la  ganadería  no  es  más  que  la  explotación  de  los 
anímales,  que  nacen  y  crecen  y  se  multiplican,  sin  otro  auxilio 


364  JUAN  DE  COMINGES. 


que  el  de  la  naturaleza,  entonces  es  incompatible  con  la  agri- 
cultura; más  aún,  es  su  enemiga  irreconciliable,  es  su  verdugo. 
Entonces  los  intereses  rurales  son  antípodas. 

El  progreso  de  un  país  no  puede  alcanzarse  sino  el  día  en 
que  una  población  abundante  y  laboriosa  pone  en  juego  sus 
fuerzas  é  inteligencia  para  despertar  los  dormidos  gérmenes 
de  riqueza,  ocultos  hasta  entonces  á  la  vista  de  los  ignorantes. 

El  progreso  que  viene  con  la  población,  es  imposible,  don- 
de el  dominio  de  la  ganadería  excluye  á  la  agricultura,  por 
que  con  excepción  de  los  centros  industriales,  la  falta  de  ella 
excluye  la  población. 

Cuando  llega  para  un  pueblo  el  feliz  momento  en  que  la 
agricultura  y  la  ganadería  viven  en  íntima  fraternidad,  apo- 
yándose y  protegiéndose  mutuamente,  es  porque  el  perfec- 
cionamiento de  ambas,  ha  trasformado  á  la  una  en  industria 
agrícola,  y  á  la  otra  en  industria  pecuaria. 

Cuando  los  intereses  materiales  dei  individuo  se  oponen  á 
los  intereses  morales  y  materiales  de  la  raza,  no  bastan  las 
fuerzas  de  la  razón  para  arrastrar  el  carro  del  progreso;  se  ne- 
cesita la  fuerza  material  de  las  revoluciones. 

La  de  1834  que  acabó  con  los  odiosos  privilegios  de  los 
ganaderos  españoles,  marcó  el  principio  de  la  verdadera  pros- 
peridad de  aquel  país. 

La  República  Oriental  no  explota  más  riqueza  que  la  escasa 
que  puede  proporcionarle  una  ganadería  que  no  es  digna  de 
los  honores  de  industria  pecuaria. 

Esta  ganadería  no  es  otra  cosa  que  la  trasplantación  de  la 
ganadería  española,  con  todos  sus  vicios  y  preocupaciones. 

El  comercio  de  los  orientales  con  las  demás  naciones,  les 
ha  traído  todas  las  necesidades  de  la  civilización,  las  que  fa- 
talmente satisfacen  y  tienen  que  satisfacer. 

A  Montevideo  no  llegan  de  la  India  los  cargamentos  -de 
plata,  conque  los  españoles  suplían  su  indolencia  y  llenaban 
sus  aspiraciones  aristocráticas. 

Está  visto  que  las  plantas  de  cuatro  patas ^  que  acaso  hu- 


ARTÍCULOS  DIVERSOS-  365 


hieran  bastado  para  una  existencia  oscura,  y  vergonzosamente, 
no  bastan  para  barrer  las  calles  con  raso  y  terciopelo;  para 
diamantes,  banquetes,  palacios,  jardines,  carretelas,  y  menos 
aun,  para  mantenerse  en  equilibrio  y  presentarse  con  decoro, 
como  nación,  ante  las  naciones  cultas. 

Todos  los  planes  financieros;  todas  las  economías  del  presu- 
puesto, no  pueden  salvar  el  país  que  viene  desde  hace  muchos 
años  sosteniéndose  del  crédito;  porque  se  ha  despertado  para 
el  consumo  y  se  ha  dormido  para  la  f>roducción. 

Es  preciso  cultivar  la  tierra. 

Esas  naciones  que  nos  avergüenzan,  mandándonos  sus  pro- 
ductos agrícolas,  no  están  como  la  nuestra,  favorecidas  por  la 
naturaleza. 

La  espesa  capa  de  tierra  vegetal  que  cubre  nuestro  suelo, 
sólo  aguarda  que  caiga  un  germen  en  sus  fecundas  entrañas, 
para  trasformarle  en  el  más  delicado  fruto. 

¿Qué  esperaremos? 

Montevideo,  Marzo  de  1876. 


DESDE  EL  CHACO  PARAGUAYO 


EN  PLENA  NATURALEZA  PRIMITIVA 


M¡  querido  hermano  Antonio:  Mi  espíritu  inquieto  y  mi 
genio  amante  de  las  aventuras  me  tienen  otra  vez  en  este 
escenario  sin  espectadores,  donde  se  representan  lindos  saí- 
netes y  algunas  tragedias  menos  divertidas,  pero  que  hacen 
sentir  la  vida  mucho  más  que  en  medio  del  letargo  y  del  afe- 
minamiento  de  las  grandes  ciudades. 

Bosques  impenetrables  de  cuyos  árboles  descienden  flexi- 
bles lianas  más  resistentes  que  el  alambre,  y  de  cuyos  troncos 
y  copas  penden  aros,  bromelias,  clemátides,  orquídeas  y  miles 
de  flores  parásitas  desconocidas. 

Frutas  silvestres,  tan  abundantes  como  sabrosas,  con  las 
que  se  regalan  carpinteros  de  dorada  cresta;  palomas  del  ta- 
maño de  gorriones;  guacamayos,  loros,  cotorras  y  numerosas 
tribus  de  inocentes  y  divertidos  monos.  Palmares  que  aseme- 
jan á  extensas  catedrales  con  sus  elevados  estípites  y  con  sus 
copas  formando  bóveda  bajo  la  del  cielo,  que  impide  á  trechos 
el  paso  de  la  luz,  y  por  tanto  el  desarrollo  de  las  praderas. 
Praderas  limitadas  por  azulados  montes,  por  las  que  atraviesan 
leones,  osos  hormigueros,  antas,  avestruces,  ciervos,  mulitas, 
quirquinchos,  tigres,  multitud  de  roedores  y  reptiles  como  el 
crótalus,  músico  ambulante  en  nada  parecido  á  Orfeo,  pues 
que  sus  melodías  espantan,  no  sólo  á  los  hombres,  sino  á 
todos    los    seres   vivientes;    concierto   de   cascabeles  al  que 


ARTÍCULOS  DIVERSOS.  367 


no  puede  acudir  el  hombre  civilizado,  sino  provisto  del  per- 
manganato  de  potasa  y  del  inyector  correspondiente.  Ba- 
ñados sin  límites,  cubiertos  por  altísimos  juncos  y  espada- 
fias,  por  verdes  y  floridos  camalotes  que  flotan  provistos 
de  boyas  naturales,  ó,  por  Iotas,  nepentes,  ninfeas  y  Victo- 
ria Regia.  Verdaderos  oasis  del  Chaco,  donde  el  fatigado 
explorador  puede  satisfacer  su  sed  con  agua  fresquísima,  y  su 
apetito  cazando  los  mergeos,  canaos,  patos  y  flamencos  que 
lo  surcan,  los  carpinchos  y  chanchos  cimarrones  que  lo  ro- 
dean, ó  en  caso  de  poca  fortuna,  los  cocodrilos  que  duermen 
tranquilos  y  repletos  sobre  la  orilla,  y  cuya  cola  es,  dejando 
aparte  las  preocupaciones,  alimento  más  regalado  y  nutritivo 
que  el  mejor  de  las  clases  proletarias. 

Este  es  el  boceto  del  país  donde  he  vuelto  por  mi  gusto, 
después  de  diez  años  de  forzada  ausencia;  en  el  que  estoy  con- 
tento, que  no  es  poco  decir,  y  en  el  que  dejaré  los  huesos  con 
toda  tranquilidad.  Si  algo  me  aflige,  es  no  tener  á  mi  lado  á 
todos  los  seres  que  amo,  para  que  compartiesen  mi  alegría. 
Esto  es  un  paraiso  y  os  compadezco,  como  á  desterrados,  á 
todos  los  que  vivís  respirando  la  viciada  atmósfera  de  las  ciu- 
dades, y  soportando,  hasta  el  fin  de  la  existencia,  el  pesado  yugo 
de  las  imposiciones  sociales. 

Yo  sé  bien  que  mis  sobrinas  no  aceptarían  mi  brazo  para 
pasearlas  por  el  Prado,  Recoletos  ó  los  Jardines  del  Buen  Re- 
tiro, si  me  presentase  entre  ellas  con  mi  blusa  azul,  mis  botas 
granaderas,  mi  sombrero  de  calcuta,  mi  camisa  genovesa  y  un 
revólver  á  la  cintura,  como  estoy  ataviado  en  este  momento, 
y  que  tú  mismo,  hermano  cariñoso,  que  me  has  servido  de 
padre,  te  pondrías  colorado  como  un  tomate  si  con  tu  unifor- 
me de  gentil-hombre,  y  yo  con  esta  facha,  te  diese  por  sorpre- 
sa un  abrazo  ante  tu  reina,  en  los  salones  del  palacio;  pero 
vive  tranquilo,  que  no  son  mis  ideas  las  de  abrazar  á  nadie  en 
el  palacio  de  Madrid. 

Sin  embargo,  debo  pedirte  como  un  acto  de  justicia,  que, 
dejando  aparte  esas  leyes  pesadas  de  la  sociedad,  á  las  que 


368  JUAN  DE    COMINGES. 


nunca  he  podido  someterme,  digas  á  tus  hijos,  con  lealtad, 
que  no  hay  conciertos  como  los  que  la  naturaleza  nos  da  aquí 
todas  las  madrugadas  y  todas  las  noches,  con  los  millones  de 
seres  que  cantan  sus  amores  y  pulsan  dulcísimos  instrumentos; 
y  que  bajo  la  bóveda  celeste  no  hay  jardines  que  hagan  sentir 
las  bellezas  que  Dios  ha  creado,  como  los  que  se  encuentran 
entre  el  Pilcomayo  y  el  Otuquis.  El  espléndido  jardín  zooló- 
gico de  Londres,  con  aquellos  seres  prisioneros  en  jaula  do- 
rada, lejos  de  la  patria  y  condenados  á  un  clima  artificial,  ¿qué 
es  sino  una  tristísima  y  ridicula  parodia  de  la  naturaleza  de  los 
países  tropicales? 

Diles  que  me  acuerdo  de  ellos,  cuando,  en  mi  canoa  y  acom- 
pañado de  mi  hijo  Juanito  y  seis  indios  de  remo,  salgo  en  ex- 
ploración por  estos  arroyos  y  lagunas  cubiertas  de  flores  per- 
fumadas y  pobladas  de  aves,  anfibios  y  abundante  pesca.  Nada 
es  más  encantador  que  estos  parajes  en  los  que  jamás  el 
espíritu  se  siente  fatigado,  y  donde  el  cazador  más  empecina- 
do regala  sus  armas,  porque  no  quiere  ultimar  traidoramente  á 
seres  inofensivos  que  se  le  someten  y  le  acompañan  confiados. 

¿  Qué  hago  aquí  ?  Vas  á  saberlo : 

Hace  veinte  años  que  el  Chaco  del  Norte  no  era  más  que 
un  antro  amenazador,  en  cuyas  costas  aparecían  con  frecuen- 
cia indios,  tigres  y  cocodrilos  sobre  los  cuales  disparaban  las 
armas  los  tripulantes  de  los  escasos  buques  de  vela  que  se 
arriesgaban  hasta  la  provincia  de  Matto  Grosso. 

Las  peripecias  de  la  guerra  del  Paraguay,  las  relaciones  que 
empezaron  á  establecer  con  los  indios  algunos  atrevidos  ma- 
dereros; los  buenos  resultados  obtenidos  por  un  marsellés  que 
vivió  22  años  frente  á  la  Asunción;  el  establecimiento  déla 
colonia  «Nueva  Burdeos»,  más  tarde  «Villa  Occidental»  y  hoy 
«Villa  Hayes»;  mis  exploraciones  de  1878  y  1879,  las  del 
señor  Thouar,  y  las  de  los  bolivianos  que  se  establecieron  en 
Bahía  Negra,  hoy  Puerto  Pacheco,  hicieron  comprender  que 
aquel  antro  encerraba  riquezas  inagotables,  y  que  el  Paraguay 
poseía  un  tesoro  con  el  que  hacer  frente  á  su  deuda,  recobrar 


ARTÍCULOS  DIVERSOS.  369 


SU  crédito  y  dar  un  nuevo  impulso  á  su  progreso  algo  amor- 
tiguado. 

El  territorio  del  Chaco  fué  subdividido  en  lotes  y  puesto  en 
venta,  y  no  faltaron  ávidos  especuladores  que  se  apoderaron 
de  estas  seis  mil  leguas  cuadradas  que  hoy  empiezan  á  explo- 
tarse bajo  el  aspecto  pecuario,  agrícola  y  sobre  todo  forestal. 
Ya  no  hay  soledades  en  la  ribera  del  Paraguay.  Desde  el  25^^ 
al  20  de  latitud  Sud,  ó  lo  que  es  igual  todo  el  Chaco  Pa- 
raguayo, en  manos  inteligentes  y  laboriosas,  no  es  hoy  una 
amenaza  para  nadie,  sino  un  porvenir  seguro  para  los  que  lo 
explotan;  un  honor  para  los  que  con  una  ley  pronunciaron  ^fiat 
que  lo  sacó  de  la  nada,  y  una  tabla  de  salvación  para  los  cuaren- 
ta millones  de  europeos  que  están  llamados  á  contribuir  á  su 
engrandecimiento  con  la  inteligencia,  el  capital  y  el  trabajo. 

Las  vacas  mugen;  el  arado  surca  el  feracísimo  suelo;  el 
golpe  del  hacha  y  del  martillo  se  dejan  oir  por  toda  la  costa; 
el  tigre  huye  espantado  á  las  profundidades  del  desierto;  el 
cocodriilo  se  deja  matar  impunemente,  sin  haber  jamás  co- 
metido un  atentado  contra  la  especie  humana,  pues  que  hasta 
los  niños  se  bañan  en  su  amable  compañía,  y  el  indio  feroz, 
aquel  indio  de  color  de  bronce,  peludo  y  emplumado;  el  caníbal 
tan  perfectamente  descrito  al  amor  de  la  chimenea  por  los 
exploradores  de  café  cantante,  con  sus  horribles  macanas  y 
sus  envenenadas  flechas;  aquellos  que  danzan  en  torno  de  la 
víctima  humana,  que  se  preparan  á  devorar  en  medio  de  estri- 
dentes gritos. ..esos  indios  tan  calumniados  por  los  cobardes  y 
por  los  ignorantes,  ó  por  los  que  buscan  laureles  por  haber 
surcado  las  aguas  del  Paraguay  escribiendo  novelas  que  suelen 
pasar  por  informes  geográficos;  esos  hermanos  nuestros  en  el 
estado  de  la  inocencia  primitiva,  esos  hijos  de  la  naturaleza  no 
son  una  remora  para  el  progreso  de  este  territorio,  sino  por 
el  contrario,  dóciles  á  las  disposiciones  del  hombre  culto ^ 
parcos,  fuertes,  serviciales,  aclimatados  y  conocedores  del  te- 
rreno, son  auxiliares  tan  imprescindibles  como  económicos  para 
echar  los  cimientos  de  la  civilización. 

23 


370  JUAN  DE  COMINGES. 


Un  ciento  de  estos  salvajes  que  me  secundan  en  los  trabajos 
que  tengo  emprendidos,  duermen  en  este  momento  entre  las 
hogueras  del  perfumada  palosanto,  á  la  puerta  de  mi  ranchito. 
No  sé  si  habrán  cenado  lo  suficiente,  pero  estoy  bien  seguro 
de  que  no  seré  en  todo  caso  el  complemento  de  la  cena,  como 
de  que  se  regocijan  con  las  bromas  de  mi  hijo  Juanito,  que 
les  está  haciendo  cosquillas  con  una  ramita  en  sus  desnudas 
espaldas. 

El  clima  es  preferible  al  mejor  de  nuestra  patria.  Estamos 
en  el  corazón  de  Sud- América,  y  aunque  en  esta  latitud,  en  el 
mar  el  calor  de  verano  es  demasiado,  aquí  estamos  ya  á  gran- 
de altura  sobre  el  nivel  del  mar,  y  por  lo  tanto  la  temperatura 
es  agradable,  salvo  hoy  que  el  frío  (aunque  no  hiela)  se  deja 
sentir  en  demasía. 

No  hay  planta  que  aquí  no  se  desarrolle  con  esplendidez, 
en  poco  tiempo.  Las  patatas,  los  nabos,  los  tomates,  los  pi- 
mientos, la  sandía  y  la  escarola  me  han  germinado  en  tres 
días,  y  están  ya  fuera  de  tierra. — Para  el  maíz  y  batata  es 
siempre  estación.  El  tabaco  es  espontáneo  y  el  cultivado  es  ex- 
celente. La  caña  de  azúcar  dura  veinte  años. — El  ramio  crece 
dos  metros;  en  fin,  la  humedad  de  un  suelo  plano,  surcado  por 
mil  arroyos  y  lagunas,  y  la  temperatura  que  jamás  desciende 
de  15®  centígrados,  unida  aun  suelo  formado  con  aluviones 
modernos,  y  con  la  descomposición  de  restos  orgánicos  abun- 
dantísimos, hacen  de  esta  tierra  la  tierra  de  promisión  para  los 
cultivadores  y  ganaderos.  En  cuanto  á  los  obrajeros,  no  hay 
más  que  decir  sino  que  el  río  Paraguay  está  surcado  por  bas- 
tantes docenas  de  chatas  y  remolcadores  que  conducen  á  Mon- 
tevideo y  Buenos  Aires  millones  de  palmas,  vigas  y  dur- 
mientes, así  como  de  rodillos  de  quebracho  que  se  exportan  á 
Europa  para  la  fabricación  del  extracto  que  hoy  se  emplea  de 
preferencia,  como  materia  curtiente,  pues  esta  planta,  cuya 
duración  en  obra  no  es  conocida  por  falta  de  tiempo,  desde  la 
conquista,  contiene  un  18  por  ciento  de  tanino. 

¿Pero  en  qué  me  ocupo  en  el  Chaco?  preguntarás  de  nuevo; 


ARTÍCULOS  DIVERSOS.  3  7  I 

pues  en  hacer  extracto  de  quebracho,  negocio  regular  aquí 
donde  abundan  los  desperdicios  de  esta  madera,  donde  con  el 
mismo  material  y  gasto  de  fabricación  que  en  Europa,  se  eco- 
nomizan los  altos  fletes  de  la  parte  inerte  del  quebracho. 

Al  fracasar  la  empresa  Bravo,  que  tantos  sacrificios  costó 
á  su  digno  iniciador  y  á  mí  que  le  secundé  con  toda  mi  alma, 
no  fracasaron  mis  esperanzas  de  tornar  al  Chaco.  Esperé,  y 
diez  años  más  tarde,  poniéndome  en  relación  con  un  español 
que  ha  unido  su  nombre  al  progreso  argentino  y  que  posee 
en  el  Chaco  la  friolera  de  tres  mil  leguas  cuadradas  ( don 
Carlos  Casado ),  le  propuse  interponer  mi  amistad  con  todas 
las  tribus  y  contribuir  con  mi  conocimiento  del  territorio,  á 
construir  el  ferrocarril  desde  el  grado  22a  Santa  Cruz  de  la 
Sierra,  en  Bolivia. 

Este  señor  me  aceptó  á  su  lado,  asociándome  por  el  mo- 
mento á  esta  industria  y  encargándome  el  estudio  y  prepara- 
ción de  obras  más  grandes. 

Aquí  estoy,  pues,  y  no  me  tengas  lástima. 

Tuyo. 


Juan  de  Cominges. 


Puerto  Casado,  Agosto   13  de  1889. 


CUIDADO  CON  LOS  PRIVILEGIOS 


«Don  Carmine  Duce  se  ha  presentado  al  gobierno,  á  nom- 
bre y  en  representación  de  una  sociedad,  pidiendo  privilegio 
por  el  término  de  20  años,  á  contar  desde  la  fecha  de  su  acep- 
tación, para  establecer  una  fábrica  de  aceite  de  oliva  y  un  des- 
tilatorio para  la  elaboración  de  aguardiente. 

El  solicitante  ofrece  en  cambio  plantar  20,000  olivos  en 
campos  fiscales,  donde  el  gobierno  designe. 

Dos  años  después  de  aceptada  esta  propuesta,  la  fábrica  y 
el  destilatorio  estarán  funcionando. 

El  señor  Duce  pide  se  exonere  de  pago  de  derechos  á  las 
máquinas  y  útiles  que  sea  necesario  introducir,  lo  mismo  que 
de  impuestos  y  contribuciones  al  edificio,  librándose,  asimismo, 
del  servicio  de  las  armas  á  los  empleados  del  estableci- 
miento.» 

Esto  dice  en  su  última  hora  é[  Ferro- Carril  de  ayer,  y  sobre 
ello  vamos  nosotros  á  ocuparnos  hoy,  á  fin  de  que  el  gobierno, 
sorprendido  ó  mal  aconsejado,  no  caiga  en  el  escollo  de  de- 
cretar favorablemente  lo  solicitado  por  D.  Carmine  Duce. 

Cuenta  Aristóteles  que  antes  de  que  el  cultivo  del  olivo  se 
conociera  entre  los  celtíberos,  los  fenicios  los  surtían  de  aceite 
en  cambio  de  abundantes  barras  de  plata. 

España,  Francia  é  Italia  son  hoy  para  nosotros  lo  que 
los  fenicios  fueron  para  los  inocentes  y  primitivos  españo- 
les. Como  ellos,  habitamos  un  jardín  que  puede  producir 
manzanas  de  oro.  Como  ellos,  ocupamos  una  parte  del  pla- 
neta que  está  situada  precisamente  en  el  centro  de  la  región 


ARTÍCULOS  DIVERSOS.  373 


del  olivo;  pues  es  sabido  que  esta  planta  providencial,  que  sur- 
gió á  la  vida  al  llamado  de  Minerva,  nace,  vive,  crece,  fructi- 
fica, se  reproduce  y  muere  en  ambos  hemisferios  sobre  esa 
inmensa  zona  que  se  extiende  desde  los  trópicos  hasta  el  grado 
45  de  latitud. 

Nosotros,  pues,  podríamos  con  ventaja  mandar  aceite  á  los 
fenicios  del  siglo  XIX,  del  mismo  modo  que  hoy  lo  hacen  con 
sus  antiguos  mercaderes,  algunos  pueblos  de  la  Europa  meri- 
dional. 

Ama  el  olivo  la  proximidad  de  los  mares,  los  ríos  y  los  la- 
gos, porque  teme  los  bruscos  cambios  de  temperatura  y  nece- 
sita un  ambiente  saturado  de  humedad.  Nosotros  podemos 
disponer  de  cuatro  mil  leguas  de  superficie  en  las  condiciones 
que  son  exigidas  para  e!  cultivo  del  olivo. 

Necesita  en  nuestra  región  exposiciones  al  Sud,  para  que  no 
adelantándose  la  florescencia,  no  haya  riesgo  de  perder  el  fru- 
to con  las  heladas  tardías,  pues  las  ondulaciones  de  nuestro 
suelo  son  las  más  aparentes  para  facilitar  al  cultivo  toda  clase 
de  exposiciones. 

Puede  vivir,  como  en  Méjico,  hasta  á  una  altura  de  2274  me- 
tros sobre  el  nivel  del  mar,  y  nosotros  no  tenemos  en  nuestro 
territorio  alturas  tan  considerables. 

Nada  falta  para  que  los  orientales  puedan  cosechar  más  y 
mejor  aceite  que  todo  el  que  recibimos  de  Niza,  Marsella  y 
Andalucía. 

¿Por  qué  pues  no  se  ha  extendido  entre  nosotros  el  cultivo 
de  una  planta  que  puede  aumentar  nuestros  recursos  en  más 
de  quinientos  millones  de  pesos  fuertes  anuales? 

¿Qué  ciencia  infusa  se  necesita  para  cultivar  una  planta  tan 
desinteresada  que,  aunque  agradece  el  cultivo  y  lo  recompensa 
con  usura,  suele  en  algunos  parajes  ofrecer  generosamente 
sus  frutos  sin  exigir  la  retribución  de  las  labores? 

¿Por  qué  entonces  no  se  ha  cultivado  en  grande  escala  esa 
planta  entre  nosotros? 

Vamos  á  decirlo. 


374  JUAN  DE  COMINGES. 


Porque  España  no  concedía  á  sus  colonias,  sino  como  gra- 
cia especial,  y  con  ciertas  limitaciones,  el  permiso  para  cultivar 
una  planta,  que  entonces  constituía  el  ramo  más  importante 
de  la  riqueza  de  la  Metrópoli.  Porque  desde  la  emancipación 
de  la  República  hasta  nuestros  días,  las  continuas  guerras  no 
han  dejado  tiempo  para  pensar  en  las  mejoras  materiales,  y 
porque  la  importante  clase  de  los  ganaderos,  única  industria 
importada  por  los  españoles,  se  ha  opuesto  cuando  ha  podido, 
y  aun  se  opone  cuando  no  puede,  á  dejar  paso  libre  al  noble 
ejercicio  de  la  Agricultura. 

Para  patentizar  ante  los  ojos  del  pueblo  y  del  gobierno, 
cuan  interesante  no  será  para  nosotros  el  establecer  el  cultivo 
del  olivo,  sin  limitación  alguna,  basta  saber,  que  una  de  las 
razones  políticas  de  más  importancia  que  pesaron  en  el  ánimo 
de  los  monarcas  españoles,  para  proscribir  en  las  colonias  el 
cultivo  de  tan  interesante  planta,  fué  el  temor  de  que  con  tan 
extraordinarias  riquezas,  como  podrían  alcanzar  con  el  comer- 
cio del  aceite,  les  sería  más  fácil  el  apresurar  los  días  de  la 
emancipación.... 

Los  monarcas  españoles  sabían  que  cualquier  olivo  de  bue- 
na edad  puede  producir  durante  nueve  cientos  años  dos  arrobas 
de  aceite  anuales,  y  que  los  olivares  suministran  toda  la  leña 
indispensable  para  el  consumo  de  las  poblaciones. 

Sabían  que,  vendiendo  el  aceite  á  dos  pesos  la  arroba,  se 
pueden  labrar  íos  olivos  con  azadones  de  plata^  sin  gastar  en 
el  cultivo  ni  el  cincuenta  por  ciento  de  los  productos. 

Sabían  que,  pl